Igualdad: el largo camino


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Nos hemos acostumbrado a ver mujeres y hombres en el teatro. Actores y actrices, sobre todo y, en una más pequeña parte, guionistas o directoras, y también figurinistas, maquilladoras o técnicas de luces o sonido. Pero no siempre fue así. En esos tiempos remotos de Shakespeare enamorado hasta los papeles femeninos eran representados por hombres. Y hubo que andar un largo camino para conseguir hacernos visibles, aunque aún queda un trecho por recorrer. Los propios títulos, como Todos los hombres del Presidente o Doce hombres sin piedad dicen mucho de por dónde van los tiros, y hasta una obras con un papel femenino importante, como el de  Demi Moore de Algunos hombre buenos, tienen un título con evocaciones más bien masculinas. Y, aunque a mí me gusta más eso de Tacones Lejanos o Mujeres al borde de un ataque de nervios, el cine no es sino un trasunto de la realidad. Una realidad que sigue pagando más a los actores que a las actrices, y que dificulta a estas la obtención de papeles lucidos conforme se hacen mayores, algo que no sucede a sus colegas del otro sexo.

¿Y qué ocurre mientras en nuestro escenario? Pues más de lo mismo. Corregido y aumentado, además. Que no hay más que echar un vistazo a la fotografía de la apertura del curso judicial para que a una se le caiga el alma a los pies. Y la toga y los tacones, que protestan como nunca.

Ya vimos en otro estreno (Mis tacones) lo que nos costó a las mujeres meternos en este mundo. No lo logramos hasta el siglo XX y, aunque las abogadas empezaron antes (en 1922), jueces, fiscales o médicos forenses no lo logramos hasta la década de los 70. Hace nada, como quien dice, aunque ya ha llovido bastante. Pero no estamos todo lo presentes que deberíamos, o no cómo deberíamos. Solo basta con mirar la foto. Y es que nuestra presencia cede conforme se ascienden escalones.

Por suerte, somos muchas las mujeres togadas . Cada vez más. De hecho, las últimas promociones de Jueces, Fiscales y Letrados de la Administración de Justicia –otrora secretarios judiciales- cuentan con una abrumadora presencia femenina. Sin embargo, solo una de los 18 presidentes de Tribunal Superior de Justicia es una mujer a día de hoy –la de mi tierra, precisamente- y eso es para hacérselo mirar.

Cuando yo aterricé en esta carrera, hace más años de los que quisiera pero menos de los que parece, llegué junto a otras dos compañeras directamente de la Escuela Judicial –así se llamaba entonces también para los fiscales- y nos encontramos con una fiscalía en donde no había ninguna mujer. Incluso hubo quien dijo que habían mandado niñas en lugar de fiscales, vaya. Y, aunque no haga tanto tiempo, todavía había quien preguntaba por el fiscal y se sorprendía al vernos a nosotras. Claro que, solo unos años antes, otra compañera tenía que pelear por explicar que era la fiscal, o la fiscala, si lo preferían, pero que era ella misma, no la mujer de ningún señor fiscal. Y aun así había quien lo veía nada claro. También recuerdo a una jueza, que tenía que explicar muchas veces que la Decana era ella, no el compañero del Juzgado de al lado, porque eso era lo que solían dar por sentado.

Y no hemos cambiado tanto, vaya que no. Es cierto que es un gran paso que ya varias mujeres magistradas del Tribunal Supremo, alguna en los más codiciados puestos, y  lo es más, si cabe, tener una Fiscal General del Estado por primera vez en nuestra historia. Pero no echemos las campañas al vuelo. Todavía son excepción, no regla general.

Y es que en lo nuestro también el techo de cristal existe. Aunque seamos más y el sueldo sea el mismo. Porque seguimos siendo mayoritariamente nosotras quienes, llegado el caso, pedimos las excedencia por cuidado de los hijos, o sacrificamos nuestro avance profesional por los problemas que la conciliación o la falta de ella, nos causa. Y así seguimos. He contado más veces el caso de una compañera que, llamada a ostentar un alto cargo, fue preguntada por un periodista por cómo se organizaría para compatibilizarlo con sus hijos, mientras que al compañero varón que estaba en el mismo caso le preguntaba por sus objetivos profesionales.

Incluso he oído cosas como que “cobramos un sueldo de hombre” o “hazte fiscal, que es más cómodo para una mujer”. De gente que está trabajando, con toga pero sin tacones, por supuesto. Y cuya identidad guardaré celosamente por eso de que se dice el pecado pero no el pecador.

Ojala no tarde mucho en llegar el día en que haya que buscar con lupa a las mujeres en la fotografía –hay dos detrás, casi escondidas junto a la puerta-. Y para ese día me guardo el aplauso de hoy.

Plantillas: tablas de salvación


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No siempre es fácil estar al pie del cañón. El público exige una función tras otra, y los empresarios teatrales aprietan hasta el límite para que los artistas den todas las representaciones posibles, porque el espectáculo debe continuar. A veces, sin tiempo a descansar, o a repasar los guiones, o a preparar la actuación. Hay que salir a escena como sea. Aunque se sientan Con el agua al cuello.

Pero ya se sabe, a situaciones extremas, soluciones desesperadas. Houston, tenemos un problema. Pero esto no es la NASA, ni el Apolo 13, ni el momento de Atrapa la bandera. Y ahí es donde entra nuestro protagonista de hoy, plantillas, modelos o recursos a los que echar mano. Esos truquillos que tienen los actores para salir adelante cuando olvidaron su papel, o el guionista cuando el cerebro se le secó de ideas y el tiempo apremia. Lugares comunes, a veces. Ayudas, muletas o soluciones. Algo así como el vetusto apuntador escondido en su concha, o el pinglanillo con el que van chivando a los actores conforme van rodando. Como esos culebrones donde contaban que rodaban diez capítulos por día sin haber siquiera leído una vez el texto. Pero ahí estaban Luis Alfredo y Cristal dándolo todo, vaya que sí, una sobremesa tras otra.

En nuestro teatro no tenemos apuntador, ni pinglanillos. Ya me hubiera gustado en más de una ocasión, cuando la otra parte te pilla en un renuncio y no tienes ni la más repajolera idea de si aquello ha prescrito, si hay una prueba ilícita o qué narices dice la ley X, la Instrucción Y o la sentencia salida anteayer sobre la materia que una no vio jamás. Pero nada. Hay que improvisar y salir lo más dignamente posible. Y tratando de no meter una morcilla, y que, de hacerlo, se note lo menos posible. Echando mano de toga, tacones y vergüenza torera. Y, como no, de las tablas, que tanto ayudan.

Pero si hay una tabla de salvación famosa en el mundo entero, ésas son las plantillas que tantas veces usamos. Un salvavidas que para sí hubieran querido en el Titanic o en La Aventura del Poseidón. Porque, como decía, a grandes problemas, soluciones desesperadas. Así que, cuando Los problemas crecen, a mayor ritmo que la serie de televisión, y las mesas se llenan por culpa de esa enfermedad crónica llamada mesofobia , viene divinamente echar mano de esos modelos. Que, además, están ahí desde la noche de los tiempos, y, aunque crean algunos que es culpa de la fiebre de la cortaypegamanía, su existencia data de allá donde se pierde la memoria. Porque sea con Olivetti y papel de calco o con los ordenadores de penúltima generación –a nosotros nunca nos llega la última-, o sea, incluso, a mano -que de eso los fiscales sabemos un rato largo-, los modelos son necesarios. Y pobres de nosotros si no estuvieran.

Pero las plantillas en sí no son malas. Lo que puede no ser bueno es el uso que se haga de ellas. O mejor dicho, el abuso. Porque sería tonto repetir cada vez tecleando eso de “el Fiscal, evacuando el traslado conferido…” –horrible palabro ese de “evacuar, por cierto, que ya deberíamos ir cambiándolo-, “Vistos los autos por Su Señoría…”, o “Niego la correlativa del Ministerio Fiscal”, por poner algún ejemplo. El problema viene cuando se convierte en una plantilla también el contenido, que de todo hay en la villa del Señor. Pero lo que es bien cierto es que hay “resoluciones de modelo” para resolver asuntos de modelo, o sea, exactamente iguales. Que haberlos, haylos.

La mayoría tratamos de hacer las cosas lo mejor posible. Pero cuando los expedientes nos inundan y amenazan con caérsenos encima, no nos queda otra que tratar de echar mano de lo que se pueda. Plantillas, resoluciones anteriores en asuntos parecidos sobre los que escribir se convierten en un recurso no solo útil sino imprescindible. Aunque a veces pasa lo que pasa. Y, como las prisas no son buenas consejeras, pues ha habido ocasiones en que un juez se ponía en libertad a sí mismo –y menos mal que no me puse en prisión, me dijo-, que una mujer acaba divorciándose de ella misma, o que se acusa al abogado o al procurador o hasta se cita al testigo de otro juicio porque se deslizó su nombre de un escrito anterior. Y nadie se da cuenta hasta que quien inicia el interrogatorio –el Fiscal, normalmente- pregunta como quien no quiere la cosa eso de “Cuéntenos lo que recuerde de los hechos…” y se ve sorprendido con que de esos hechos, nada. Pero nada de nada.

Así que seamos justos, que de eso va nuestro teatro. Y no queramos ser más papistas que el Papa. Los modelos no sólo vienen bien, sino que son útiles y necesarios. Para usar, no para abusar. Por eso, el aplauso es hoy para quien realiza sus resoluciones, escritos, calificaciones o dictámenes, con modelos o sin ellos, del modo más exquisito posible, dadas las circunstancias. Y la lluvia de tomates, por supuesto, para quien hace que esas circunstancias sean mucho más difíciles de lo que debieran. Que para algunos, la tomatina de Buñol se va a quedar en una minucia.

Anécdotas: tomas falsas


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Ya advertí en un anterior estreno que la saga continúa, como tantas en el cine. Y aunque no sea Indiana Jones ni Harry Potter, ni viva La Guerra de las Galaxias ni Star Trek ni tenga las obtusas relaciones familiares de El Padrino, tomaré mi nave y, cual James Bond, afrontaré la Misión Imposible de acometer nuevas entregas de este tema sin que decaiga el interés. Que si ellos pueden, por qué yo no. Espero no eternizarme como El secreto de Puente Viejo, coétanea, por cierto, a nuestra ley de Enjuiciamiento Criminal. Que nunca está de más recordarlo.

Ya vimos que Las Togas también ríen , y no hace falta que insista en ello. Somos humanos y tenemos sentimientos . Y si hay algo que haga reír al respetable son las tomas falsas, ésas que reproducen el material guardado y desechado, normalmente porque los actores se equivocan o son presas de un súbito e incontenible ataque de risa.

Pues bien, nosotros no tenemos esa suerte. Nuestro espectáculo siempre es en riguroso directo, y si hay ataques de risa, hay que templarse como una buenamente pueda, encaramarse a los tacones, ajustarse la toga y seguir adelante. Que no queda otra. Y ojo, que a veces las situaciones son de lo más pintoresco. Especialmente en los juicios, donde se desarrolla la función de hoy.

Y es que en juicios se ve de todo. Desde un personaje que, para demostrar que llevaba dentadura postiza y ahí se quedaban los vapores alcohólicos no tuvo ningún problema en sacársela de la boca y esgrimirla cual trofeo, hasta otro que, tras parecer con un atuendo propio de Matrix, firmó el acta como The last northern warrior, no sin antes espetar un “nos veremos”. Y es que el cine marca mucho. Quizás por eso, un compañero, que presenció como un letrado trataba de saltar la cola de compañeros en trance de conformidad para susurrarle al fiscal un “Qué me ofrece”, no pudo resistir la tentación de responderle con un “Descabalga forastero..” al más puro estilo John Wayne.

Pero es que las esperas son largas y a veces el que espera desespera. Como le sucedió a una imputada que, harta de aguardar para entrar a juicio, dijo que se iba porque tenía mucha plancha. Porque, claro está, hay cosas que a uno le hacen perder la loción del tiempo, o le dejan vitrificado de puro espanto, o se enfadan hasta el punto de ponerse como un obelisco. Y eso si lo recuerdan, porque algunos no recuerdan nada porque estaban híbridos el día de autos. Es lo que tiene.

Aunque, pase lo que pase, hay que aguantar el interrogatorio. Y muchas veces, la cosa se pone cuesta arriba desde el principio. Porque los interrogados se arman un lío y no saben cómo dirigirse a nosotros. Su Santidad, Su señorita o Mi señoría son algunas de las cosas que nos dicen. Pero no siempre son tan formalistas. Que hay quienes se empeñan en utilizar el tuteo y, advertidos con un educado “hábleme de usted”, se descuelgan contando su vida y milagros , incluso, acercándose a la mesa y preguntando “Qué quieres que te diga de mí”. Como lo cuento. Y es que la puesta en escena no es fácilmente comprensible para todo el mundo, y me cuenta una compañera que hace tiempo, en uno de sus primeros juicios, el testigo subió hasta el estrado y, requerido por la juez con un gesto de las manos para que bajara, hizo su propia interpretación, agachándose poco a poco como si estuviera bailando Paquito el Chocolatero o algún tema de King Africa.

Y, aunque parezca mentira, hay cosas que parecen intrascendentes y que de pronto toman una importancia inusitada en sala. Y una de ellas es, al parecer, el estado civil de la señora fiscal. Porque otra compañera me refiere que aludían a ella como la señorita fiscal, nada menos. Y a mí, en mi primer juicio, la mujer de ochenta años víctima de violación se negaba a contarme lo sucedido porque eso no se podía contar a una mujer soltera. Y hube de prometerle que tenía novio y pronto me casaría para conseguir que hablara, aun a regañadientes, que a ella eso no le parecía bien que lo escuchara. Acabáramos.

Los móviles, de otra parte, han supuesto una fuente inagotable de anécdotas, ya que las más variadas alarmas suenan en el peor momento, a pesar de las advertencias de que se apaguen. Recuerdo un juicio por un intento de asesinato varias veces interrumpido por las más variopintas melodías. Tan pronto sonaba un impagable “Dame veneno, que quiero morir, dame veneno”, como aparecía “El del medio de los chichos” o Los Amaya empeñados en “Decidle a ella que vuelva”.

Y, si hay algo que hace difícil mantener la compostura son los malos entendidos en los interrogatorios. Me cuentan que una juez, ante la afirmación de que la interrogada era una lumi, preguntó si era que le gustaban los muñecos infantiles que salían en televisión. Ante la respuesta de que no, que era una lumi «de verdad», creyó entender aquello. Y supuso que se trataría de la persona que estaba dentro de Lucanero, Lupita y sus amigos. Y lo peor es que así lo dijo, alto y claro. Como el whisper XL. Solo hubiera faltado que, como le sucedió a otro compañero con una bailarina cubana a la que interrogaba, le respondiera que su vida privada era solo de ella. Que todo es posible.

Así que ahí queda eso. No se vayan todavía, aún hay más… O mejor, esperen a la siguiente entrega. Y mientras aplauden, como dijo Superatón, no olviden supervitaminarse y mineralizarse.

Vuelta al cole: más de lo mismo


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Desde que era niña, he odiado esos anuncios en que infantes presuntamente contentos, daban saltos de alegría ante la perspectiva de volver a las aulas. Nunca entendía por qué estaban tan contentos, que  tener unos zapatos nuevos con puntera reforzada o un rotulador útil para diestros y zurdos no es para tanto. Ni que el hecho de que tus padres se pudieran ahorrar el quince por cierto en unifomes o libros de texto fuera algo para echar cohetes. Igual es qe soy rarita, pero lo sigo viendo igual. Tal vez sea porque mi toga y mis tacones están esperándome en el mismo sitio de siempre. En nuestro teatro, que es de lo que se trata.

Pero, por tópico que resulte, en el teatro, como en cualquier ámbito de la vida, el regreso es un tema recurrente. Ya se trate de empingorotados británicos de Retorno a Brideshead o los menos empigorotados y patrios personajes de la España profunda de Volver o los de la oscarizada Volver a empezar, o se trate de personajes de ciencia ficción, como en el Retorno del Jedi. Hasta subiéndonos de tono, que ya se sabe que El cartero siempre llama dos veces, la vuelta es precisa. Y es lo que tiene. Se acabaron las galas, las giras de verano y los temas supuestamente refrescantes. Hay que volver a la rutina.

Y en nuestro teatro, por supuesto, no podía ser de otro modo. Después de unas vacaciones disfrutadas muchas veces a salto de mata, ya que la supresión de sustitutos convierte hacer los repartos de trabajo en obras de ingeniería, se impone el regreso. Así, sin anestesia, que aquí no hay síndrome postvacacional que valga.

Y, como si de un viacrucis se tratara, empezamos. Porque nosotros, además del trauma que para cualquiera supone quitarse el traje de baño y las chanclas –de nuevo con mi toga y mis tacones-, tenemos algunas peculiaridades que hacen que nuestra vuelta al cole tenga un sabor especial, como la canción. Aunque no todos estemos en Sevilla.

Comenzamos. Tras llegar, el primer escollo es superar el ataque de pánico que nos entra solo con pensar cómo se encontrará nuestra mesa. La mesofobia. Un síndrome médico digno de estudio que consiste en esencialmente en sudores fríos provocados por el terror que produce no conseguir ver el tablero y la silla, sepultados por expedientes. Y que este año viene más virulento, porque se ha complicado con otro problema grave, la reformitis aguda, un virus que nos ha pillado a todos. Y lo malo es que no hay vacuna que valga, más allá de estudiar, estudiar y estudiar. Y llorar, llorar y llorar.

Pedir socorro, consultar foros, preguntar a compañeros son un tratamiento sintomático eficaz, pero solo sintomático, no terapéutico. Nos quita el susto, pero la mesa sigue ahí, desafiando a la ley de la gravedad con el equilibrio inestable que mantienen carpetas y carpetillas, que parecen mirarnos ansiosas esperando que les hinquemos el diente. Y ahí hay para una indigestión. Otro problema médico a añadir a la lista.

Pero nada, está visto que esto de la mesofobia es una enfermedad crónica. Que hay que tratarla dejándose las cejas, y que tiene brotes, que surgen indefectiblemente al volver de vacaciones, permisos y hasta cursos. Y, lo que es peor, cuando una se ha visto enfrascada en un juicio largo y ha dejado abandonada a su suerte el expediente nuestro de cada día.

Pero no desesperemos. Igual algún día alguien da con una vacuna efectiva. Que se llama medios personales y materiales dignos. Y para ese será nuestro aplauso cuando el día llegue. Si llega, claro.

Mientras tanto, mi toga, mis tacones y yo seguiremos esperándolo. De momento, como dice la canción La vida sigue igual.

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Más anécdotas: el making of


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Como veíamos en el estreno pasado, las togas también ríen. Y a veces, les entran esas ganas irresistibles en el momento que menos debiera, y hay que disimular como sea. Menos mal que, como buenos actores de nuestro teatro, interpretamos nuestro papel a la perfección, sin que se note. O al menos lo intentamos, que en nuestra Escuela Judicial o Centro de Estudios Jurídicos, Escuela de Práctica o lo que corresponda no hay método Stanislavsky que valga. Aunque quizás sería cuestión de implantarlo.

El caso es que, como veíamos, gran parte de las anécdotas -que hacen bueno el dicho de que la realidad siempre supera la ficción- ocurren, u ocurrían, en los defenestrados juicios de faltas, hay otros filones para no perder de vista. La guardia, sin ir más lejos. Algo así como el making of de lo que luego será el gran estreno, el juicio. Así que, desafiando otra vez aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” –si El Padrino II y El Imperio contraataca la consiguieron, por qué no nosotros-, me lanzo a ello. Sin olvidar la advertencia de que este estreno está basado en hechos reales, aunque espero que tal advertencia no produzca el efecto somnífero que muchas de las películas que la hacen me provocan, sobre todo si las hacen en la tele a la hora de la siesta.

Y es que la guardia da mucho de sí, porque muy variados son los casos que se nos presentan y muy variadas también las actuaciones a realizar. Entre ellas, las declaraciones darían para una capitulo aparte, como la de una señora que acudió indignada a denunciar por estafa a quienes le vendieron el supuesto veneno con el que ella pretendía envenenar a su marido a base de aliñar con él el caldo gallego que el pobre señor se tomaba un día tras otro. Y como resultó que el señor estaba como una rosa, la mujer se sintió ofendidísima con quienes, en lugar de veneno, le vendieron colirio. Y así lo contó. Y claro, se descubrió el pastel. O el caldo gallego, en este caso. Pero es que lo de que por la boca muere el pez es rigurosamente cierto. Y si, que se lo digan al juez, el fiscal y el abogado que escucharon como un acusado por causarle lesiones a su padre, lejos de negarlo, preguntaba cuál era la pena por asesinato, y al conocerla, se maldijo a sí mismo en voz alta porque le parecía un buen precio por quietarse de encima un progenitor que intuyo que no le había dado muchas alegrías.

Otra de las máximas que se cumplen a pies juntillas en ese making of de nuestro teatro es el de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”. Y algunos, con una gracia que no hay quien lo aguante. Como la mujer de un imputado que, tras meter la pata con sus embustes en un intento de salvar con su declaración a su maridito, espetó, cuando se vio acorralada un “no se admiten más preguntas, Señoría”, y se quedó más a gusto que un arbusto. Como a gusto debió quedarse otro imputado al ser identificado por la policía, hasta el punto que el atestado constaba como “quien dice ser y llamarse Caperucita Roja”. Un tipo que con cierta frecuencia aparecía por los juzgados, aunque todavía esperan que algún día se lleve a su abuelita. Pero probablemente tengan miedo al lobo feroz.

Pero no fueron los únicos casos en que las personas acaban siendo esclavas de sus palabras. En una ocasión, ante la inocente pregunta del juez al imputado de si pegó a su esposa, éste respondió a su vez con otra pregunta : ¿Qué usted no pega a la suya?. Ni que decir tiene que el Fiscal no necesitó esmerarse demasiado en el interrogatorio.

Otra parte donde hay una verdadera mina por explorar son los propios atestados. Los hay que hablan de órdenes de alojamiento, de individuos que van haciendo heces por la carretera porque estaban híbridos o de otros que estaban haciendo uso del matrimonio con una prostituta. En una ocasión, se consignó como uno de los síntomas de la intoxicación etílica que el sujeto tenía el rostro pálido, y cuál no sería mi sorpresa al ver al comprobar que el individuo era… de raza negra. Y en otra, ante la solicitud de una explicación de qué entendía por “mirada vidriosa”, otro de los síntomas de ebriedad que se consignaban en el atestado, la respuesta fue : “pues qué iba a ser, que llevaba gafas”. Una aparente obviedad que también escuché en otra ocasión, cuándo me explicaron que deambulación vacilante era eso, que el imputado le vacilaba, al tiempo que chasqueaba los dedos para escenificarlo. Impresionante, en dos palabras o en una, como se quiera. Cosas del predictivo o no, nunca lo sabremos. Pero una fuente inagotable de risas y sonrisas.

Otras veces la obviedad viene de la propia descripción de la prueba, como un caso que cuenta un compañero en que, habiendo sustraído un individuo, entre la gamberrada y la inconsciencia, el botín consistente en una bola llena de chucherías, se describe como fue hábilmente descubierto por el reguero de chicles que dejaba a su paso y desembocaron en la detención. Aunque no siempre el botín es tan inocuo, aunque sí igual de visible, ya que, según me cuenta otro compañero, supo como en una diligencia de registro en un banco, desapareció a la vista de todos uno de los vehículos policiales.

Y es que, por más que pasen los años, esta profesión nunca deja de sorprendernos, y de proporcionarnos un arsenal de anécdotas. Por eso, hoy el aplauso es para ellos, para los que, sin quererlo, nos han dado esos momentos inolvidables. Y, por supuesto, para los compañeros que me las han hecho llegar.

Anécdotas: las togas también ríen


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Si hay un género dramático agradecido y celebrado, ése es la comedia. El más duro de los argumentos puede tener su lado amable. Y, desde luego, una de las mejores frases que he oído jamás “Nadie es perfecto”, pertenece a una memorable comedia, que hoy remasterizamos en nuestro teatro en una nueva versión, una suerte de remake judicial: Con togas y a lo loco.

Y es que entre tanto drama y tanto seriedad, siempre hay momentos en que la hilaridad se impone, y no queda otra que disimular, tirar un bolígrafo al suelo o cualquier otra cosa para que nadie note que somos juristas al borde de un ataque de risa. Y ojo, que no siempre es fácil.

Las guardias o los defenestrados juicios de faltas constituyen un verdadero filón para hacer aflorar el sentido del humor incluso del más serio de cuantos togados haya en el mundo mundial, pero como no solo de faltas vive el jurista, cualquier momento es bueno para sacar de paseo la sonrisa cuando no la risa franca. Eso sí, tratando de mantener la compostura y, por supuesto, con todo el respeto al justiciable. Que lo cortés no quita lo valiente y, al igual que, como decía un viejo culebrón, Los ricos también lloran, en nuestro caso Las togas también ríen.

Y es que cualquier momento es bueno para que aparezca la musa del humor, los juicios de faltas –habrá que ver si los nuevos levitos los superan-, las guardias, la sala de vistas, y hasta los propios juicios civiles o sociales o cualquier otro momento entre compañeros.

Pero empecemos exprimiendo el limón de las faltas, aunque sea como postrer homenaje a las que tantos ratos distendidos nos regalaron, con la promesa de una –o más- nuevas entregas para otros momentos.

Difícilmente olvidaré uno de mis primeros juicios, en uno de los pueblos de la geografía española donde todavía existía un único juzgado, en que tuvimos serios problemas para celebrar un aparentemente sencillo caso de agresión a un árbitro en un partido de fútbol de tercera regional. La cuestión es que costó Dios y ayuda encontrar letrados que no estuvieran implicados con una de las partes y, cuando lo logramos, nos encontramos un problema nuevo: el oficial que hacía las funciones de secretario era nada más y nada menos que el entrenador de uno de los equipos, y se empeñaba en explicarme que el árbitro lo tenía merecido por pitar aquel penalti. Tuvimos que improvisar un sustituto, y salimos como pudimos del trance, con todos condenados, por cierto, porque se empeñaban en justificar la agresión en la terrible decisión del colegiado. Cosas del fútbol, como dicen.

Menos mal que no me trajeron el balón, que cualquiera sabe. Como quiera que en la citación dice que deben de traerse los medios de prueba, hubo una vez que no solo me trajeron la cinta de vídeo, sino que trajeron el reproductor y hasta una televisión cargada en una furgoneta. Y entonces nada de pantalla plana, no nos creamos.

Pero las pruebas no siempre son tan agradables. Una fiscal me cuenta que a ella pretendían sacarle en la sala de vista el contenido de una bolsa de basura que contenía las pruebas de la acción. Que no era otra que haberse defecado en la cama del compañero de piso, por lo que rápidamente evitaron que les dieran en las narices con la prueba del delito. Por la integridad de sus pituitarias, por descontado.

Y otros cuentan que le pillaron allí mismo con la cuña de queso que había tomado prestada de un establecimiento, alertados por el olor que desprendía el acusado y que emergía de las partes menos nobles de su cuerpo. Un lugar donde debe serles grato ocultar los sustraído. Y cuando de comida se trata, la cosa tiene su aquel, que uno nunca sabe. Que hay una compañera que afirma no haber vuelto a un supermercado tras comprobar en juicio que no querían ser indemnizados porque recuperaron lo hurtado, que el acusado había guardado en esa parte del cuerpo a la que tiene tanta estima. Y otro que me cuenta que el traje de chaqueta de marca que ocultaba el acusado bajo su viejo chándal fue puesto después a la venta.

Pero es que en esos pueblos pequeños, un juicio es un evento memorable. Me cuenta una compañera que en donde ella ejercía los parroquianos se ponían el traje de los domingos para presenciarlos, que no había otro acontecimiento que los juicios o la Misa. Aunque luego tuvieran que aguantar la risa ante la imposibilidad el policía insultado de repetir en público los insultos recibidos: “carapeo, feo, feo, so mamón” (sic). O ante la reacción de un acusado que afirmaba sin cortarse un pelo que echó a correr ignorando el grito de “alto” del agente porque no pensaba que con ese cuerpo le fuera a coger.

Pero, así como para algunos un juicio es un acontecimiento, para otros es algo tan manido que se permiten sugerencias sobre el procedimiento. Como le sucedió a otro compañero, al que un patriarca gitano, no contento por lo que sucedía, le advirtió que suspendería el juicio y se lo llevaría a la capital de la provincia. Y era tal su seguridad, que casi le hacen caso.

Así que hoy cambiaremos el aplauso por una sonrisa. La que dedico a todos aquellos que, con todo, nos han hecho pasar un buen rato. Y por supuesto, a los esfuerzos de los profesionales por mantener el tipo, entre los cuales están los compañeros que me han aprovisionado de tan jugosas anécdotas, lo que les agradecemos de corazón mi toga, mis tacones y yo misma.

Y esto no es todo. Permanezcan atentos a sus pantallas, que la función tendrá continuación.

Desplazamientos: toga en ristre


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Pocas cosas hay más propias del mundo de la farándula que los bolos. Las galas de verano, las giras por distintas ciudades o por distintos países son la esencia del mundo del artisteo. Por eso, ha pasado a formar parte del acervo popular eso de viajar más que el baúl de la Piquer, por referencia a la tonadillera valenciana de hace ya unos cuantos años.

Y nosotros también llevamos nuestros buenos bolos a las espaldas. O al menos, algunos de los intérpretes de nuestro teatro. Porque la verdad es que jueces y secretarios Judiciales –en nada, Letrados de la Administración de Justicia- se desplazan poco. Tienen su juzgado, su partido judicial y, salvo algunos destinos concretos, se mueven poco. Lo hacen, eso si, para determinadas diligencias, como una reconstrucción de hechos, un levantamiento de cadáver o visitas a centros penitenciarios para práctica de diligencias, o para inspección de residencias, los que asumen esta función. También lo hacen los que llevan Juzgados de Vigilancia penitenciaria o Juzgados de Menores, para visitar los centros propios de su jurisdicción. Pero más allá de éstos, no son quienes más galas tienen en nuestro espectáculo. Cosas de la programación que en nuestro caso, se llama Ley orgánica del poder Judicial.

Quienes sí salimos con frecuencia somos los fiscales. Para nosotros, sí que vale el dicho del baúl de la Piquer, sobre todo los más jóvenes, que es bien sabido que, salvo excepciones, el nivel de escalafón es inversamente proporcional al número de salidas y la distancia de éstas de la respectiva sede. Cuanto menos veterano es uno, más galas le salen. Algo así como esos artistas que hacían las Américas para luego poder instalarse cómodamente en España. Y es que, como la distribución del Ministerio Fiscal tiende a centralizarse en una sede, aunque ya queden lejos los tiempos en que todos estaban en las fiscalías provinciales merced a la creación de Fiscalías de Area y Secciones territoriales, no queda otra que desplazarse para hacer las labores de guardia, los extintos juicios de faltas –hoy levitos-, los juicios civiles, o los juicios rápidos del octavo día o del día que toque. Con la toga a cuestas, con el chófer cuando lo había, el taxi concertado si el presupuesto llega, el trasporte público o el vehículo propio, según se pueda. Recuerdo la cantidad de kilómetros que recorrí en mi primer destino, con mi propio coche, como si fuera el Herbie de Chity Chity Bang Bang, y con mi propia angustia, dado que mi sentido de la orientación es el mismo que el de un gato de escayola, y entonces, lo del GPS no cabía ni en el más disparatado de los sueños. Sabía, eso sí, el día que había mercado en uno u otro pueblo y, dado que en uno de ellos coincidía con el día de los juicios de faltas, conseguía llegar siguiendo a las señoras que llevaban carrito de la compra, y que la policía nos hiciera un hueco al lado del camión que descargaba lechugas. Incluso en ocasiones nos regalaban alguna, y aun me río de la cara de pasmo del que nos las regalaba ante mi negativa obstinada a recibirla, no fuera a considerarse cohecho. Y no me iba a jugar mi puesto, que me había costado tanto esfuerzo, por una lechuga, por fresca y estupenda que estuviera.

Pero no somos los únicos que viajan. Los médicos forenses también tienen que hacerlo, que desde que dejaron de estar de adscritos a un juzgado y pasaron a integrarse en los Institutos de Medicina Legal, han pasado a tener una situación parecida a la nuestra.

Y, por supuesto, los abogados, y también los procuradores, cuando les toca. Que no es raro verles correr como alma que lleva el diablo porque tienen señalamientos distintos en pueblos con una distancia kilométrica importante. Y llega un punto en que empiezan a mirar el reloj como si se tratara de la lámpara de Aladino.  Porque cualquier retraso en un juicio o diligencia, desmonta ellas piezas de lego de su programación y desbarata el castillo. Y ahí están, haciendo encaje de bolillos para llegar de un sitio a otro. Recuerdo una vez, no hace mucho, en que la Letrada llegó con una brecha en la cabeza, directa del hospital donde le habían dado puntos entre juicio y juicio en diversos lugares de la provincia, porque con las prisas ella solita se había abierto la crisma con la puerta de su coche. Por suerte, no pasó del susto y aun bromeamos sobre ello.

Así hoy sí que sí. Vaya el aplauso para todos los que toga en ristre, se recorren a toda prisa la geografía española para que se pueda hacer justicia. Que no siempre es fácil. Que ya dijo el poeta eso de «Con tropemil juicios por banda, toga en ristre a toda vela..». ¿O no era así’

Silencio: mutis por el foro


SILENCIO

         Todos hemos oído alguna vez eso de que hay silencios más elocuentes que cualquier palabra. Y es bien cierto. En el teatro se hace un gran uso de él, y las pausas dramáticas son un recurso más que utilizado. El propio silencio es el protagonista de obras tan conocidas como El silencio de los corderos o Los gritos del silencio.

         En nuestra función el silencio también es fundamental. Tanto, que constituye un derecho del imputado cuando es interrogado, que puede declarar o no declarar, contestar o no contestar a todas o algunas de las preguntas que le hagan y, en definitiva, hacer lo que crea procedente. O, mejor, lo que le aconseje su abogado, si es que se deja aconsejar, que no todos los hacen. Porque es España, por el contrario de lo que sucede en otros derechos, el acusado, imputado, investigado o como quiera que decidan llamarlo, no presta juramento ni comete delito alguno si se hincha a decir mentiras. Y es que en nuestro país no existe el delito de perjurio. Y no se le dice eso de que tiene que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, por más que nos hayamos aprendido la frasecita de memoria a base de oírla una y otra vez en películas de juicios. De hecho, recuerdo la cara de decepción de más de una persona citada en el juzgado cuando no ha encontrado Biblia donde poner la mano y jurar por lo más sagrado. Pero ya sabemos eso de Spain is different. Por suerte, en este caso.

         Lo del derecho del imputado  –no me acostumbro a lo de investigado- a guardar silencio e incluso a mentir impunemente, tiene su aquel. Recuerdo un magistrado con poca paciencia que decía en juicio: Usted tiene derecho a guardar silencio, pero no a tomarnos el pelo. Y se quedaba tan fresco. Pero es que a veces las versiones con las que se defienden pueden llegar a sacar de quicio a más de uno. Pero hay que estar ahí, que los derechos son los derechos.

         Eso sí, quien no tiene derecho a guardar silencio es el testigo . Aunque no tenga que jurar en términos cinematográficos, sí ha de jurar o prometer decir verdad y además les advierten que de no hacerlo podrían dar con sus huesitos en la cárcel. Y nada de acogerse a la Quinta Enmienda, que aquí de eso no gastamos. Aunque algún enteradillo ha intentado más de una vez hacerlo valer.

         Pero como toda regla tiene una excepción, también aquí la hay. Y hay testigos que sí se pueden acoger a una especial derecho al silencio. Son los parientes del imputado respecto de los hechos cometidos por éste. Una previsión que tiene sentido en muchos casos, pero que en otros está causando un daño enorme.

         Y es que nuestro Derecho permite que quien es testigo de un delito cometido por su padre, por su hija, por su esposa o por cualquier otro pariente de los más cercanos, pueda acogerse a lo que llamamos la dispensa a declarar. Se trata de evitar el conflicto de intereses entre cumplir con la obligación ciudadana o la lealtad a la persona querida Y así es como se planteaba, en un momento en que lo privado primaba sobre lo público, en un momento –el siglo XIX- en que los derechos sociales aún andaban en pañales. Pero como aquí hay leyes que duran y duran como el conejito de Duracell, pues ahí quedó para siempre jamás en nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal. Y lo que fue hecho para solventar un conflicto, produce en algunos casos otro aun mayor : que la víctima pueda no declarar contra su verdugo, como ocurre en tantos casos de violencia doméstica y, sobre todo, de violencia de género .

         No voy a ocultar que ese silencio no me gusta nada. Porque no es el silencio de quien cree que debe lealtad, es el silencio del miedo, el silencio de la vergüenza, el silencio de miles de mujeres tan machacadas que ni siquiera son capaces de ver lo que les pasa. Y es muy duro tener que ver y oir como una mujer apalizada en el cuerpo y en el alma se niega a declarar contra su agresor, es muy duro presenciar como caen las lágrimas a borbotones de sus ojos morados de un puñetazo. Pero más duro aún es saber que la ley le ampara para hacerlo. Y que eso puede suponer su sentencia de muerte.

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         Así que hoy no hay ovación ni aplauso. Ni siquiera abucheo. Hoy solo hay un silencio, porque ya se sabe que hay silencios que lo dicen todo.

PRESUPUESTOS: EL PRECIO ¿JUSTO?


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Todos hemos oído alguna vez eso de “pagar el precio de la fama”. Cuando un artista o famoso o famosuelo por cualquier razón se ve sorprendido por un Objetivo Indiscreto, o se ve sometido a las opiniones de cualquiera por algo que ha hecho o ha dejado de hacer en su vida, se dice que está pagando el precio de la fama. Como dije en mi anterior post, parafraseando a la profesora de Fama, la fama cuesta, y hay que pagarla.

Pero este es el precio simbólico, y hay otro precio mucho menos metafórico, y más real. El precio de verdad, el dinero que hace falta para pagar a los artistas, el decorado, los guionistas y todo lo que rodea el espectáculo, hasta el catering. Lo que puede llegar a diferenciar una función mediocre de una laureada con muchos premios. ¿O acaso alguien cree que un guión tan simplón como el de Titanic se hubiera llevado tantos Oscar si no hubiera tenido un presupuesto tan titánico como su nombre indica? ¿O que el Parque Jurásico no hubiera pasado en ser una más de dinosaurios si el presupuesto no hubiera sido tan gigantesco como el Tyranosaurius Rex?

Pues eso es lo que pasa en nuestro teatro. Quisiéramos hacer una obra maestra, una función que fuera digna de todos los premios del mundo. Y, de hecho, contamos con los mejores guiones y con intérpretes de primera fila, con grandes dosis de vocación y con una ilusión a prueba de bala, por más que a veces cueste tanto mantenerla. Pero algo falla. Y ese algo no es otra cosa que el dichoso presupuesto, ese corsé en que se mete el gasto que se ha de hacer en justicia, un corsé tan apretado que ni la Mamita de Lo que el Viento se llevó creo que pudiera ajustar.

¿Que pedimos grapas, cuños, posits o carpetas? No hay dinero. ¿Qué tenemos que hacer nuestro trabajo a 40 grados porque el aire acondicionado no funciona en pleno mes de julio? No hay dinero. ¿Que hace falta más jueces, fiscales o funcionarios? No hay dinero. ¿Qué hay una baja y hacen falta sustitutos? No hay dinero. ¿Qué los ordenadores funcionan a pedales, si lo hacen? No hay dinero. Y así una cosa y otra y otra. Y cualquiera rueda un filme en condiciones. Que ya me gustaría a mí ver cómo se las apañaba el director de Memorias de Africa para rodarla en un sótano o el de StarTrek o La Guerra de las Galaxias si hubiera de hacer las naves con cajas de cerillas.

Y ahí seguimos. Esperando cada año como si no hubiera un mañana que esos sesudos señores que hacen la ley de presupuestos se acuerden de nosotros, como ya les pedimos en nuestra carta a los Reyes Magos. Pero nada. Predicar en el desierto, que diría mi madre.

Pero una no pierde la ilusión, y mira a ver si esta vez se han acordado de nosotros, como Santa Claus se acordaba cada año de aquella diminuta Natalie Wood de De Ilusión también se vive a pesar de que ella no creía en él. Y va y no. De eso nada.

¿Recuperaremos alguna vez aquellos juzgados que se crearon pero nunca entraron en vigor? ¿Tendrán los JAT y los FAT (Jueces y fiscales de adscripción temporal) plazas definitivas? ¿Nos devolverán a los sustitutos perdidos? ¿Crearán plazas suficientes para poder trabajar en condiciones? ¿Arreglarán las sedes que se caen a pedazos?. Pues no, no, no y no. Parece que tendremos que esperar otro año, y otro, que el cinturón ese que había que apretarse a unos nos ciñe más que a otros, y a nosotros nos sigue teniendo con la lengua afuera y morados a costa de no poder respirar. De hecho, como apunta un opositor tuitero y desesperado, ni siquiera hay manera de desentrañar de la lectura del proyecto de ley de Presupuestos si las plazas de oposición para jueces y fiscales van a ser 100 o 150. Que me temo que será lo primero, claro, porque aquí siempre hay que ponerse en lo peor. Y encima, querrán que nos pongamos a echar cohetes.

Así que me da que nos habremos de conformar, una vez más, con decir eso de Amanece, que no es poco, y seguir dando una función de serie B cuando podríamos hacer una obra maestra.

Por eso hoy, una vez más, propongo al público una ración dual de ovaciones y abucheos. Los primeros, para los que intentan hacer la mejor de las representaciones pese a todo. Los segundos, para los que se lo impiden. A buen entendedor…

Sentimientos: corazón togado


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Entre los espectadores de cualquier función, siempre hay entendidos, expertos en el arte de que se trate, sea teatro, cine, danza o música. Pero la mayoría no lo son. Quienes acudimos al teatro, esperamos ver una representación que nos llegue, aunque jamás hayamos solfeado una nota, ni hayamos pisado un aula de ninguna Escuela de Arte Dramático, ni sepamos distinguir una triple pirouette de una vuelta de las de toda la vida. Pero todos sabemos algo incuestionable: si la función nos gusta o no. Y para eso no necesitamos saber si el artista se formó en el Bolshoi o en el Actor’s Studio. Es más, puede no transmitirnos nada aunque tenga la formación más depurada, o puede dejarnos tocados aunque no haya pasado jamás por tan reputadas aulas. Porque, para que un artista llegue al público necesita un ingrediente fundamental que no se enseña en ninguna escuela: ponerle corazón a lo que hace. Sólo así consigue traspasar esa frontera que hay entre nuestros cuerpos y nuestras almas. Si, además, tiene una preparación exquisita, pues miel sobre hojuelas. Y es entonces cuando una interpretación perfecta se convierte en sublime. Algo a que aspira cualquier artista.

Nuestro teatro no puede suponer una excepción, por más que muchos no lo vean. La formación nos viene de serie, que no en vano hemos pasado por las correspondientes Facultades, hemos hecho nuestras prácticas y, muchos de los protagonistas, hemos pasado por una dura oposición con su traumático examen  que, más allá de ser la meta, no constituye sino el principio del camino. Y es que, si no ponemos algo más que conocimientos en nuestras actuaciones, corremos el riesgo de convertirnos en robots sin alma, una suerte de Robocops togados que se alejan de las personas, ese ciudadano al que nos debemos y cuyo servicio debe animar nuestras representaciones.

Desde el principio de mis días en este teatro, comenté a mis compañeros más allegados que si un día se apercibían de que perdía la ilusión y el alma me avisaran, porque habría llegado el momento de tomar medidas. Y siguen advertidos. Y es más, si alguien se percata, que no deje decírmelo. Es posible que mi toga haya perdido los superpoderes que tenía, o quizás alguien haya encontrado la kriptonita jurídica. Y sería hora de luchar contra eso.

Y es que nuestra función, aunque a muchos pueda parecerles algo frío y encorsetado, tiene muchos momentos en que el corazón se te sale por la boca con tal fuerza que amenaza con hacerme caer de mis tacones. Menos mal que esa capa de superhéroe con puñetas y galleta siempre me ayuda a equilibrarme.

Hay asuntos obvios. Hay que tener el Corazón Helado para no estremecerse ante las historias que tantas veces vemos: violaciones, asesinatos, malos tratos, pérdidas de seres queridos y todos los terribles dramas con los que nos enfrentamos día a día. Pero no son ésos los únicos casos en que se nos subleva el alma, por más que sean los más aparentes.

Recuerdo, hace algunos años, cuando todavía íbamos a todos –o casi todos- los levantamientos de cadáver, uno que me impresionó especialmente. No había periodistas en la puerta, ni nadie se hizo eco en los medios de comunicación. Ni siquiera nos dieron noticia de ello con especial  alarma. Aparentemente, solo era una muerte natural que ningún médico certificó, pero había mucho más. Y no me refiero con ello a que se tratara de un crimen oculto, ni de actuaciones de una mafia ni nada parecido, no. Se trataba de una mujer mayor, que había muerto sola en su casa, y cuya muerte no fue descubierta hasta que la pituitaria de los vecinos, en un sofocante mes de agosto, no pudo más y avisó a la policía. La mujer estaba tirada en el suelo, sola, víctima de una muerte tranquila. Nadie la había echado de menos. Pero en su casa, perfectamente ordenada, se veían por todas partes los vestigios de la vida que un día tuvo. Fue una vedette de un cierto éxito, y su humilde pisito estaba lleno de fotografías de ella con sus plumas, su sonrisa y sus adoradores, algún trofeo, y varios retratos con famosos de su época dorada. También había fotografías dedicadas por estrellas reconocidas. Pero nada quedaba de eso, ni de las estrellas, ni de la fama, ni de los adoradores. Y había muerto sola, tan sola, que nadie se había percatado de su ausencia. Pero a mí, aquella muerte jurídicamente insignificante me atravesó el alma.

Porque no podemos perder de vista que detrás de cada expediente y de cada asunto hay personas reales con sus historias reales de risas y de lágrimas, desde el más insignificante insulto hasta el más terrible asesinato. Y también los hay en cada reclamación de dinero, de reparación o de cualquier cosa que a nosotros nos pueda parecer un trámite más. Y eso es algo que siempre hemos de tener en cuenta para tomar una declaración o hacer un dictamen. Porque encontrar sentencias que contemplen casos iguales es tan importante como saber que cada caso es distinto.

Por eso hoy el aplauso es para los que hacen su trabajo aplicando la mayor exquisitez jurídica sin perder de vista a las personas. A todos esos que compatibilizan cerebros preparados con corazones togados. Con el permiso de Anne Igartiburu, claro.