Expectativas: Descontando hasta cinco


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Las expectativas son algo muy personal. Cuando se pone toda la ilusión en algo, toda la carne en el asador y se concentra toda la energía, siempre se espera que todo vaya sobre ruedas, que la ilusión no se venga abajo, la carne no se queme y la energía no se disperse. Y a veces ocurre. Todo sale según lo esperado y una se va a dormir satisfecha.

Pero a veces las cosas salen tan bien, que se superan las expectativas, y una se va a dormir no solo satisfecha sino con una sonrisa pintada en la cara que no se la despintan ni con toneladas de aguarrás. Y eso es precisamente lo que me ha ocurrido con el estreno de mi primera novela, Descontando hasta cinco.

Lo que ocurrió en el precioso salón del Casino de Agricultura de Valencia el 22 de febrero de 2018 fue Algo para recordar, y para recordarlo Por siempre jamás. Y me gustaría compartirlo con quienes os asomáis cada semana a leer mis aventuras y cuitas toguitaconadas.

En un salón lleno hasta la bandera, sonaron los acordes de Lo imposible, tocados al chelo en directo, llenando de magia el entorno. A continuación, una a una, maravillosas bailarinas encarnaban el espíritu de la novela, Descontando hasta cinco con sus cuerpos.

A partir de ahí, esa mesa donde me arroparon como nadie Mauro Guillén, mucho más que mi editor  -Mauro siempre pone la red para que esta trapecista se lance al vacío-, y Ana Durán, periodista , amiga y muchas cosas más. Pocos escritores se encontrarán tan a gusto en el bautizo de su criatura como estuve yo.

No quise hacer spoiler entonces y no lo haré ahora. Pero sí quisiera contar algunas cosas para quienes no estuvieron presentes en persona aunque sí en espíritu. Porque noté su presencia y su cariño incluso físicamente.

Como dije, un buen día decidí escribir una novela. La idea me andaba rondando algún tiempo, así que todo estaba ahí, solo quedaba escribirlo. Y eso es lo que hice en verano. Los personajes cobraban vida propia en el papel, y se apoderaron de mí hasta el punto que me entraban ganas de leer lo que todavía no estaba escrito. Esa novela negra que no sé si al final es negra o se quedó solo en gris marengo, que una no puede acabar de desprenderse nunca de su tinte optimista. Un crimen, una trama de intriga y una historia de amistad como telón de fondo. Y el tema de la violencia de género latiendo a través de las páginas, de las que solo desvelaré una frase, la que consta en la propia reseña y que creo que resume el mensaje “Todas podemos ser víctimas”. El resto ahí queda, para quien tenga ganas de leerlo, que, por supuesto, espero que sea mucha gente. Faltaría más.

Y, para la criatura, un traje de bautizo maravilloso. Una portada magnífica obra de Vicente Greus, a quien no tengo suficientes palabras para agradecer como puso imagen a lo que yo tenía en la cabeza, y un aperitivo fantástico, el prólogo de mi querida amiga y periodista Loreto Ochando. No se puede ser más afortunada. Y, para acabar de aderezar el guiso, la corrección de Teloseditamos, que es tan buena en cada nota que pone que a una le entran ganas de equivocarse para que la corrijan, y el apoyo de Bibliocafé, con José Luis, como siempre, como librero de cabecera.

Pero nada sería una presentación sin su público. Amigos y amigas por doquier, desde las que aprendieron a leer conmigo en el colegio, hasta las que comparten cada dia sus redes sociales y su amistad, algunas venidas desde muy lejos. Mi familia, siempre a mi lado, y aunque esta vez mi madre solo trajo el corazón, juro que también la vi en la sala. Compañeros y compañeras de trabajo, periodistas, letrados, compinches de vida y de aventuras que traían distintos retazos de mi vida y hasta gente a la que jamás había visto. Gracias por este regalo inolvidable. Y gracias también por el apoyo desde medios de comunicación y desde redes sociales. No sé si lo merezco, pero haré todo lo posible por merecerlo.

Disculpas por anticipado por el momento cursi, pero cuando una ve superadas sus expectativas hasta ese punto, es inevitable que la posea el espíritu de Mimosín y los Osos amorosos hasta dispararle los niveles de azúcar. No es para menos.

Ahora solo falta que la novela os haga disfrutar. Y también pensar un poco, que nunca viene mal. Ojala lo consiga.

Y cómo no, el aplauso hoy es para todas las personas que en persona o en espíritu estuvieron acompañándome en este viaje. Mil gracias.

Y para quien quiera, ya en Amazon

Y también en la librería on line de Bibliocafé

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Alcoholismo: más que un problema


lavadora

 

Hoy en con mi toga y mis tacones estamos de resaca tras la inolvidable presentación de Descontando hasta cinco, que pronto tendrá su propio estreno. Así que, mientras llega, aprovecharé para contaros un cuento, que ojalá haga pensar a más de uno y de una sobre un tema más frecuente de los que se piensa

 

Relato finalista del certamen de cuentos 2017 de Valencia Escribe

EL KARMA EN LA LAVADORA

 

No sé en qué maldito momento se me ocurriría consultar con ella. Ni sé en qué estaría yo pensando para acudir a aquello que siempre había considerado patrañas. Cualquiera que me conociera pondría el grito en el cielo. Yo, tan equilibrada, tan cerebral, tan ponderada siempre, dejándome llevar a un mundo de chacras, auras y buenas vibraciones. A buen seguro que pensarían que me había vuelto loca. Y tal vez no irían demasiado desencaminados.

El caso es que, aunque decidí, una vez recobrada mi supuesta cordura, hacer caso omiso de todas aquellas cosas, su frase no se me iba de la cabeza. Y así andaba, de un lado para otro, sin poder evitar que repiqueteara en mi cerebro. “Tienes el karma para meterlo en la lavadora”. Y no había modo de quitarme aquello de mi cabeza.

El karma en la lavadora. Me perseguía al ir al trabajo, al estar en casa, al jugar con mis hijas, al tratar con mis amigos y hasta cuando estaba dormida. El karma en la lavadora.

Tal vez eso fue lo que me hizo pensarlo dos veces antes de pegar un grito a aquella pobre chica de la ventanilla del Banco, que no tenía ninguna culpa del desaguisado en que me encontraba. O al encargado del puesto de frutas, que me dio más manzanas podridas que sanas. O al taxista que me había demostrado que el camino más corto entre dos puntos no era la línea recta. O a la teleoperadora que se empeñaba en venderme un producto que yo no quería porque aquél era su trabajo. O a mi hija pequeña, que no había sacado tan buenas notas como yo esperaba. La maldita frase me perseguía y me impedía desfogarme a gusto. Y mi legendario carácter explosivo se había convertido en una balsa de aceite casi a mi pesar.

Y la culpa de aquello no la tenía yo, ni siquiera aquélla que me perforó la meninge con la frasecita de marras. La culpa, en realidad, la tenía el destino, o lo que quiera que fuese, que me llevó a aquella mesa donde, con gesto reverencial, me habían entregado una sentencia de muerte. O tal vez de vida. Y posiblemente el quid de la cuestión estuviera desde siempre ahí, sin siquiera saberlo. En decidirme a poner de una vez el karma en la lavadora. Y no era tan facil como parecía.

Me había construido una buena vida. O, al menos razonablemente buena. Una situación económica bastante holgada para quien no tenía vicios caros ni caprichos excesivos, una par de hijas estupendas, un par de divorcios no tan estupendos pero no demasiado traumáticos y un trabajo que me gustaba. Unos pocos amigos y muchos más conocidos que contribuían a hacer agradable tanto el ocio como el negocio, y una ambición moderada que me permitía ascender en el trabajo sin pisar callos ni dejar cadáveres a mi paso. Una existencia aparentemente envidiable. O casi.

Pero un buen día algo pasó que dio la vuelta a mi vida como un calcetín. Y donde antes había orden empezó a reinar el caos. Empecé a olvidar cosas, a dejar tareas a medias, a perder el interés por todo. Le iba quitando importancia hasta que un día sonó una voz de alarma tan fuerte como la sirena de los bomberos en pleno incendio, Olvidé recoger a mi hija a la vuelta de una de sus asignaturas extraescolares. Y ahí se quedó la criatura varias horas hasta que un alma caritativa la trajo a casa.

Accedí a ir al médico, tras muchos ruegos de mis mejores amigas. Cuando, después de varios exámenes y muchas preguntas me espetó su diagnóstico, no podía creerlo. Me esperaba que me hablara de una depresión, de algún tipo de alteración e incluso de alguna enfermedad degenerativa e incurable. Pero nunca aquello. Y menos con aquella cara circunspecta, que parecía culparme de lo que me estaba pasando.

Yo era una alcohólica. Lo soltó tal cual, sin anestesia. Y de nada sirvió que yo replicara e intentara convencerle de lo contrario. Fue implacable. Era cierto que todas las noches me tomaba un par de copitas de whisky mientras veía la tele, y también que últimamente también lo hacía depués de comer. Y que a media mañana me gustaba almorzar con un par de cervezas y tomarme un par de vasos de vino con la comida. Y es posible que más de una noche hubiera tomado alguna copa de más cuando salía de fiesta, pero ¿quién no lo hacía?. Pero no hubo manera. Su sentencia era ésa.

A partir de ahí, mis amigas más íntimas comenzaron a darle la razón. Cuando se lo contaba indignada, me recordaban episodios que yo había olvidado, y me trataban con condescendencia. Nadie entendía que yo no podía tener ese problema. Eso les pasaba a otros. A esos borrachos que andaban arrastrando sus miserias de bar en bar, que se caían a la puerta de los portales y hasta dormían en cajeros. Yo no era una de ellos.

Por eso fui a hablar con aquella mujer. Y me soltó lo del karma en la lavadora. Y en ello andaba, cuando me di cuenta que, cada vez que pensaba en ello, mi impulso inmediato era ir a buscar una copa. De lo que sea. Pero el impulso era más fuerte que yo. Y cada vez necesitaba más cervezas, más copas de vino o más whiskys para acallar esa voz.

Hasta el día que aparecí allí. Sin saber cómo había llegado, me desperté en una cama de hospital hecha un asco, con la lengua convertida en una pedazo de papel de lija y el estómago tan revuelto que parecía que se iba a escapar de mi cuerpo. Y la cabeza llena de martillos pilones que, entre golpe y golpe, me seguían repitiendo aquello del karma en la lavadora.

Asumí la terapia, y también la vergüenza. Aunque seguía sin estar convencida de que aquello me estuviera pasando a mí. A pesar del dolor físico y a pesar de las ganas enormes de sumergirme en el sopor de un buen cóctel. Pero sería una buena chica y cumpliría, y a mi regreso a la vida desde aquel centro les demostraría a todos que podía controlar aquello. Yo no era una alcohólica. Solo tenía que encontrar la lavadora donde meter aquel maldito karma.

En el centro redescubrí mi afición por la pintura, algo que me gustó de niña y había dejado abandonado. Según decían, no se me daba nada mal. Por eso, comencé a regalar a mis hijas, y a los pocos amigos que venían a verme algunos de mis cuadros. Era lo único que me entretenía en aquel centro donde ni siquiera sabía muy bien qué pintaba. O sí. Porque pintar, pintaba. Y mucho. Y, aunque yo no quisiera creerlo, mucho más que cuadros. Y seguían pasando los días y los cuadros, los días y los cuadros. Y seguía oyendo una y otra vez aquello del karma en la lavadora.

Hasta que llegó aquel día. Por fin me dejaron salir, aunque solo fuera por unas horas, de aquel centro. Por fin me había puesto un bonito vestido y mis añorados zapatos de tacón, y me había maquillado. Y en el momento en que me ofrecían una copa de cava, noté una sacudida en mi cerebro, y la rehusé con elegancia, cambiándola por un refresco.

Ante mí, mi obra maestra, expuesta en una galería de arte de las más prestigiosas de la ciudad. Una de mis amigas la hizo llegar a un conocido, y ahora lucía mucho más orgullosa que su autora, a pesar de mi precioso traje y mis zapatos de tacón.

Mi cuadro, “el karma en la lavadora”, se vendió casi de inmediato. Y juraría que al llevárselo su nuevo dueño oí por fin centrifugar aquella dichosa máquina, coincidiendo con la sacudida de mi cerebro.

Jamás he vuelto a probar una sola gota de alcohol.

En cuanto al karma, no descarto pintar una lavadora de repuesto.

Marrones: pies para que os quiero


marrones

El pobre color marrón siempre ha tenido mala suerte. Es el más estigmatizado de los colores, además de no tener ni siquiera hueco en el arco iris. Seguro que Judy Garland no pensaba en él cuando lo veía en El Mago de Oz. Siempre ha ido el pobre acompañado de connotaciones escatológicas. Los gases, como los de la cena de El profesor chiflado, escenas como las de American Pie y unas cuantas más de películas sobre universitarios americanos son una muestra de ese humor marrón que nos hace arrugar la nariz. Aunque luego hemos adoptado lo de hablar de “marrones”, con un lenguaje propio de El Vaquilla, para referirnos a todas esas cosas inesperadas y difíciles de soportar con la que nos obsequia la vida, el trabajo, o lo que sea.¿ Quién no ha dicho alguna vez eso de “Menudo marrón”?

Nuestro teatro es proclive a marrones varios, y de todas las tonalidades posibles. Incluso hay temporadas, cuando se aproximan vacaciones, que hay varios por semana y hasta por día. Y seguro que a diario hemos usado dicho eso de “me cago en esto o en aquello”. Y no sin razón.

Y es que una se pone a pensar, y se da cuenta que es más frecuente de lo que parece. Cómo no, en un mundo donde los fiscales “evacuamos” el traslado conferido cada dos por tres y los testigos ”deponen”. Un lenguaje bien feo que nos tendríamos que hacer mirar, por cierto, porque a nadie se le escapa esa doble interpretación susceptible del chiste facilón.

Asuntos donde el tema escatológico sale a colación hay muchos, y más frecuentes de los que pensamos. Más de una anécdota desagradable nos hemos encontrado en temas de drogas, cuando el cuerpo es el medio de transporte para las sustancias. También he leído, en el ámbito de la violencia de género, escenas francamente repugnantes en el que el maltratador obligaba a lamer heces a su víctima o se las restregaba por la cara, hechos que entran de lleno en los delitos contra la integridad moral y que le hacen perder a una la compostura.

Rebajando el tono, y pasando de la repulsión a la sonrisa, recuerdo  un juicio muy pintoresco donde el objeto sustraído no aparecía por ningún sitio. El acusado afirmaba habérselo tragado accidentalmente. Ni que decir tiene que tuvimos que esperar a la práctica de una prueba sencilla, excusado por medio, para comprobar la veracidad de su testimonio. Y sí, dijo la verdad, y fue absuelto del delito de apropiación indebida que se le imputaba. Ahora bien, no quiero yo pensar en cómo satisfaría la obligación de restitución de la cosa, y en qué condiciones la recibiría su propietario.

Pero, aparte de los escatológicos, en nuestro teatro tenemos muchos de esos marrones metafóricos de los que hablaba. De repente, alguien se pone enfermo y ahí están los juicios que tenía que hacer esperando un nuevo propietario, o, mejor dicho, pringado, o pringada, que para esto la igualdad es incuestionable. O esa causa que anda vagando sin dueño como alma en el purgatorio, yendo de un juzgado a otro, de inhibición en inhibición, a ver quién le pone el cascabel al gato. Que si aquel ya tenía una causa abierta y se acumula, que si estaba cerrada minutos antes y ya no toca, que si la víctima o la demandada cambió de domicilio el día anterior o el de después, que si la hora de la denuncia era ésta o aquella. Y, destrozando las leyes de la física, cuanto más voluminosa es la causa, más facilidad tiene para trasladarse de juzgado en juzgado, de mesa en mesa. Un fenómeno a que ni el mismísimo Einstein encontraría explicación.

¿Cuantas veces nos hemos acordado de quien sea tras entrar un  marrón de esos en una guardia? Ahí estamos, preguntándonos por qué se les ocurrió detener a Fulanito en tal día, o por qué razón Menganita denunció ese día y no el otro, o maldiciendo nuestra mala fortuna de que ese hecho terrible hubiera ocurrido precisamente cuando estamos de guardia, con la de días que tiene el año. Pero es lo que hay.

Confieso, en confianza, que más de una vez he desparecido y hasta corrido cual Usain Bolt en la Olimpiada ante la previsión de que el marrón me cayera encima. Y no soy la única, seguro. Aunque también he de reconocer que esas maniobras de escapismo no suelen dar resultado. Ni el Gran Hudini pudo escapar a su destino. Y el destino, en forma de causa con preso de varios tomos el día anterior a coger las vacaciones, acaba alcanzándote inexorablemente antes o después.

Así que hoy el aplauso no puede ser otro que el que dedico, con todo mi cariño, a quienes acaban comiéndose esos marrones. O sea, a todos los habitantes de Toguilandia. Que nos sea leve y, como decían las abuelas, que sea una horita corta. Aunque suelan ser muchas más de una.

Toguipropiedad: mío, mío y mío


 

Compartir-es-bueno

El sentido de la propiedad es uno de los más arraigados en el ser humano. Una de las primeras cosas que aprenden los bebés es a gritar “mío” referido a cualquier cosa que se les antoje, y a berrear si no la consiguen. Y esto es algo que el mundo del espectáculo, como reflejo de la vida que es, tiene muy presente. ET el extraterrestre reclamaba su teléfono y su casa, y eso que ni siquiera era humano y  el Gollum de El señor de los anillos no dejaba de reclamar “mi tesoro”, al igual que uno de los protagonistas de Lazy Town cantaba que todo era suyo. Las actrices que han rodado para Almodóvar pasan automáticamente a ser “chicas Almodóvar” y son frecuentes los títulos que emplean el posesivo “mi”. Mi chica, Mi vida sin mí, Mi padre, Todo sobre mi madre y muchas más.

En Toguilandia también tenemos un pronunciado sentido de la propiedad. O mejor dicho, de las propiedades, porque por nuestros lares el concepto da para mucho. Un sentido que es, además, peculiar y diferente de lo que ocurre en otros ámbitos, aunque parta de lo mismo.

Nuestro primer contacto con el concepto de “propiedad”, más allá de los tiempos en que, chupete en ristre, reclamábamos nuestras papillas o nuestros juguetes , viene de la propia carrera. En cuanto una se adentra en el Derecho Civil, le pinchan en vena los conceptos de propiedad, posesión y sus diferencias, con sus modos de adquirir y todo, incluida la usucapión que más de un dolor de cabeza ha causado. Pero ya antes la cosa se anunciaba, que no en vano Ticio, Cayo y Sempronio querían ser propietarios de sus fundos y sus sextercios, y de ahí a la creación de un Derecho Romano de cuyas fuentes todavía se bebe. Sin olvidar, claro está, el Derecho Constitucional, que nos garantiza el derecho a la propiedad privada, entre otras cosas, y, por supuesto, el Derecho Penal, que castiga a los amigos de lo ajeno que emplean modos de adquirir la propiedad diferentes a los que estudiábamos en el Derecho Civil y contrarios a la opinión de sus dueños.

Además la propiedad, como la materia, no se crea ni se destruye, solo se transforma. Por eso nos surgen la multipropiedad , la propiedad horizontal –que siempre pensé que tenía que llamarse vertical, ya que se trata de pisos que están uno encima de otro-, la propiedad indivisa, dividida, por cuotas, las comunidades de propietarios y mil cosas más, incluida la propiedad intelectual.

Pero como no solo de Derecho vive el jurista, también tenemos nuestro propio modo de vivirla, bastante más prosaico. La primera manifestación llega cuando una acaba la carrera y tiene en sus manos su flamante título de licenciada –o graduada, ahora- en Derecho. Mío, mío y mío. Sensación que se acrecienta para quienes estudiamos una oposición y tenemos, por fin, nuestra plaza. Mía, mía y mía. Mi tesooooro, como Gollum.  Como me dijo una tía mía, “ahora ya tienes la jubilación asegurada”.

Y ahí no acaba la cosa. De pronto, se nos desarrolla un sentido de la propiedad que abarca a las personas. Y pasamos a hablar de “mi juez”, “mi LAJ” –antes “mi secre”- “mi forense” y “mis funcionarios”. Y, por supuesto, a la recíproca. Ellos nos consideran “su fiscal”, lo cual ya empieza a complicar las cosas. Y no porque seamos más libres ni más independientes, ni siquiera porque digan que somos inmortales, como el viejo chiste, sino porque muchas veces es difícil hacer comprender que no estamos destinados en ningún juzgado, sino adscritos por cuestiones de reparto que pueden variar en cualquier momento. Y por el detalle importarte que no tenemos ninguna exclusiva con ningún juzgado. Es más, muchos fiscales llevan más de un juzgado y todos, toditos, todos –y todas, claro- hacemos muchas más cosas que atender al juzgado al que estamos adscritos. Por ejemplo, hacer juicios en Sala y Juzgados de lo penal, un dos tres, responda otra vez. Y por 25 pesetas cada respuesta, como decía Victoria Abril en sus tiempo de azafata del programa, le podríamos dar hasta sacar un piquito. Como dice siempre mi compi @escar_gm, no solo acusamos. Registro Civil, Menores, extranjería, incapaces, guardia, reuniones, social, contencioso, consumidores…hasta el infinito y más allá. Pero es lo que hay. No siempre podemos acudir prestos como el rayo cuando nos llaman del Juzgado reclamando “su fiscal”. Que por algo vamos de la Ceca a la Meca y viajamos más que el baúl de la Piquer.

Y, si hay un momento en que el sentido de la propiedad se exacerba como las alergias en primavera, ése es cuando andamos a la búsqueda del abogado. De pronto, tenemos una comparecencia de prisión, un detenido, una declaración, o cualquier otra cosa y lo necesitamos. Y empiezan las peleas: que si esto es del de guardia, que si es el que lo atendió la otra vez, que si el que hizo la guardia de ayer tenía un juicio hoy y el de guardia de hoy está en una comisaría en la Chimbamba. Y ni Paco Lobatón en sus mejores tiempos nos lo soluciona con su Quién sabe dónde. Y, de pronto, vislumbramos en lontananza la letrada que buscábamos u otro que nos puede servir. Y empieza la subasta. Que le han llamado de ese otro juzgado que señaló antes, que no, que nosotros llamamos primero, que la causa con violencia es preferente, que ésta es con preso, que la otra es de jurado. Y pobre, de Herodes a Pilatos sin saber a qué juez hacer caso, y cuál le echará menos bronca. Confieso que más de una vez he robado abogados y abogadas y hasta me los he llevado con malas artes toguitaconadas. Pero, ya se sabe, es mío, mío y mío. Faltaría más. Y a veces, cuando veo eso, me viene a la cabeza una cancioncilla de Alaska y los Pegamoides, Terror en el supermercado, cuando decía “de quién es esta cabeza, este brazo, esta pierna..”. Tanto tirar de un lado a otro que el día menos pensado nos encontramos en el DSM VIII el síndrome del letrado desmembrado. O una reforma de la Ley de enjuiciamiento criminal que regule la búsqueda y captura abogadil. Y si no, al tiempo.

Así que, como las criaturas en el colegio, tendremos que reaprender eso de compartir es vivir, que tanto costaba cuando le tenías que dejar tu bici a otra. Pero mientras tanto, a espabilar, en aplicación del principio de “prior tempore, potior iure” que en castizo es “tonto el último”. Como de muestra vale un botón, juro que hay un juzgado donde me llaman a las 8.30 de la mañana cuando tengo guardia en ese partido, que se simultanea con otro, para decirme “no tenemos nada aún, pero cogemos turno por si le llaman del otro sitio”. Como en Quién da la vez, que no se diga.

Por todo lo dicho, y por mucho más, el aplauso hoy no podía ser otro que para los seguidores del santo Job. Esto es, quienes se toman estas cosas con paciencia. Y si, además, es con buen humor, aplauso extra, que hoy estoy que lo tiro.

 

Viceversa: cuando somos víctimas


delincuente

A veces es bueno verse en el otro lado. En mundo del espectáculo no es infrecuente la inversión de papeles, y hasta la conjunción en uno solo. Actores que pasan a ser directores hay muchos, inclusos algunos con más éxito o reconocimiento que en su ocupación original, como Robert Redford, que consiguió como director el Oscar que se le resistía como actor por Gente corriente, o Clint Eatswood y sus Puentes de Madison. Y tampoco es extraña la incursión al revés, basta con recordar la afición de Hitchcook de salir al menos un instante en las películas que dirigía.

En nuestro teatro, con la salvedad de quienes ejercen la abogacía que, sin dejar su toga, ora son acusadores, ora defensores, en un ejercicio de esquizofrenia digno de admiración, no somos demasiado proclives a cambiar nuestros papeles. Ni siquiera los fiscales , que, aunque en más de una ocasión hacemos cosas diferentes que lo que mucha ente cree que hacemos en exclusiva, o sea, acusar, no puede decirse que mudemos de papel, porque acaba siendo el mismo, el de defensores de la legalidad. Por eso no cambiamos nuestro sitio en estrados.

Pero hete tú aquí que tenemos otra vida. A pesar de que haya quien crea que no, que el otro día una tuitera me recriminaba por escribir artículos diciéndome que me dedicara a ejercer de fiscal en vez de hacer otras cosas. Y, se crea o no, ser fiscal no impide ser o hacer otras muchas cosas, como escribir, pero también ser madre, amiga, salir de fiesta, y hasta practicar deportes de riesgo si me viene en gana, o dedicarme a hacer macramé o a la cría del calamar salvaje. Acabáramos.

Y como quiera que tenemos otra vida, también de vez en cuando nos vemos Al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las maravillas. Y, querámoslo o no, somos víctimas de delitos y usuarios de la Administración de Justicia.

La verdad es que, por suerte, mis experiencias como víctima de delitos han sido pocas. Pero algunas tengo, como todo el mundo. Y algunas más me han contado compañeros y compañeras, y muy pintorescas.

En cuanto a mi vida personal, recuerdo una ocasión en que un amigo de lo ajeno se encaprichó de mi bolso, que lucía, flamante, en el asiento del copiloto de mi vehículo de motor mientras yo abría el portón de mi garaje. Cuando ví eso que llamamos el acto depredatorio, hice todo lo que no se debe hacer. Gritar como una posesa –mi hija oyó mis berridos desde el sexto piso y llamó a la policía- y correr como alma que lleva el diablo tras el autor, subida a mis tacones y arriesgándome a partirme la crisma. En esa ocasión comprobé el valor de la solidaridad ciudadana. Mientras un hombre al que no conocía de nada le bloqueaba el paso, otro le perseguía junto a mi hasta lograr arrancarle mi preciado bolso, al tiempo que una pareja recogía del suelo todas mis pertenencias desparramadas, que recuperé íntegramente, dinero incluido. No pudimos detenerle pero sí al menos recuperar lo sustraído. Y, tan importante como eso, reforzar mi fe en el género humano.

En otra ocasión robaron en el apartamento donde veraneo, cuando no había nadie. Como debió gustarles, repitieron al día siguiente, y entonces fue cuando les trincaron, y dio la casualidad que yo estaba de guardia. Me abstuve, claro está, pero reconocer las pertenencias robadas en vivo y en directo fue un golpe de suerte para mí y mis vecinos y de todo lo contrario para el delincuente, que, visto lo visto, acabó conformándose.

Aunque de las experiencias más pintorescas desde el otro lado, la de una compañera que, perseguida e intimidada cuando caminaba con su bolsa llena de expedientes por un atracador con jeringa –cosa muy habitual en una época- tuvo los arrestos de decirle que ella no tenía nada, pero que si iba con ella le llevaría donde estaban sus amigos, que le darían todo lo que tuviesen. El atracador, no demasiado espabilado, le hizo caso, y fue a parar de cabeza al bar donde toda la comisión judicial de guardia tomaba café. Ni que decir tiene cuál fue el final de esta historia.

Y otra compañera, embarazadísima, sufrió un atraco en su portal. Al día siguiente, el atracador, que imagino que siguió con sus fechorías, fue detenido y puesto a disposición del juez y la fiscal de guardia. Que no fue otra que la embarazadísima víctima del día anterior. Cuenta que el pobre se echó a llorar nada más verla y que cantó La Traviata. Otro final que cualquier imaginará.

También recuerdo el caso de unos carteristas que andaban detrás de los bolsos de dos de mis amigas, ambas casadas con jueces. Lo más gracioso fue cuando pude oir perfectamente cómo uno le decía a otro: “quita, quita, que son las esposas de sus señorías”. Y estoy segura que no se referían a los grilletes. Por supuesto, actuaron con lo que en derecho llamamos un “desistimiento voluntario” que impidió que el delito llegara a realizarse.

Aunque no todos los finales son tan felices. Cuando, no hace mucho, mi hija menor de edad fue víctima de un robo de móvil por un mocito que se dio a la fuga y no hubo modo de encontrar, la acompañé a denunciar al día siguiente. Aun recuerdo la cara del Guardia Civil cuando, tras preguntarme si lo denunciaba para cobrar el seguro, le dijo muy seria que no, que lo denunciaba porque era un delito y había que perseguirlo. Aunque he de decir que no se quedó muy convencido.

También recuerdo mi paso por la Administración de Justicia como testigo de unas injurias. Y la verdad es que mi actuación como testigo dejó bastante que desear, y confieso que me sentí como pez fuera del agua mientras me interrogaba una compañera. Y, aunque la cosa acabó en condena, ésta y esas otras experiencias me sirvieron para apreciar, aunque solo sea por un instante, como se siente una al otro lado.

Así que hoy mi aplauso no será para los delincuentes que tuvieron la desgracia de elegir mal sus víctimas, desde luego. El aplauso de hoy está dedicado a quienes, cada día, administran justicia desde la imparcialidad, sean quienes sean autores y víctimas, algo que sucede todos los días del año en miles de juzgados a lo largo y ancho de nuestra geografía. Y por quienes, alguna vez, se han visto al otro lado.

 

Fotografías: reflejos


fotografa

El mundo del espectáculo está íntimamente relacionado con la fotografía. De hecho, la fotografía bien hecha es un verdadero arte. Y el cine, en realidad, no es otra cosa que fotografía en movimiento, desde que los hermanos Lumiere se pusieron en ello. Y por supuesto, su valor es tal que tiene categoría propia en los Oscar. De hecho hay películas dedicadas a la vida de un fotógrafo, como Life, o a la propia fotografía, como Smoke.

En nuestro teatro la función se desarrolla en vivo y en directo -aunque se graben -, así que pudiera parecer que hay poco espacio para tan noble arte. Pero nada más lejos de la realidad. Las fotos han sido siempre una prueba fantástica, si están relacionadas con el hecho y reúnen los requisitos correspondientes. Por eso en cuanto se ha cometido un delito y existe esa posibilidad, se buscan los fotogramas de las cámaras de seguridad que pudiera haber en las inmediaciones del lugar del crimen . No dejan de ser curiosas las imágenes que semejantes artefactos nos proporcionan, porque las he visto desde de delincuentes muy profesionales que no se desprenden del artificio con el que intentan esconder su identidad, sea un pasamontañas, un casco de motorista o una peluca con melena de rizos, hasta de aquellos que no pueden evitar pasar delante de una cámara sin hacer cucamonas, sacar la lengua o hacer un corte de mangas de lo más genuino. Claro que a ésos se les suele pillar enseguida. Y haberlos, haylos, y más de lo que la gente podría imaginar.

Hoy en día, además, que todo el mundo tenemos una prolongación del brazo llamada teléfono móvil  con una cámara de tropecientos mil megapixeles, hay pocas causas que no vengan aderezadas por alguna imagen, y hasta por selfis subidos a las redes sociales, que no nos falte de nada. Con esas cosas, han pillado hasta a gente que decía estar de baja pegándose unas fiestas considerables. Que se lo digan, si no, a Julián Muñoz, que ha pagado caro el marcarse una sevillana cuando se supone que había salido de prisión por estar en las últimas o poco menos.

Confieso que a mí me sigue causando cierto rubor la aportación de algunas fotografías. A veces, se ha pretendido incluso demostrar que la víctima de un delito no estaba tan afectada por él porque hacía vida “normal”, como si hubiera debido de enclaustrarse de por vida.

Pero las que más reparo me causan son aquellas que se aportan en algunos pleitos de familia para tratar de hacer ver lo buen padre o madre que se es frente a las alegaciones de la otra parte. Y ahí van las fotos de los niños comiéndose un helado, jugando al balón, montando en un tiovivo o saludando a la cámara como si con eso pudieran probar algo más que son eso, niños o niñas haciendo cosas propias de su edad. Y luego está quien, para colmo, las sube a las redes sociales para que todo el mundo vea lo bien que se llevan y lo felices que son, o para hacer gala de un madrepantojismo en el que quien más quien menos hemos caído alguna vez.

Aunque también he de reconocer que hay ocasiones que proporcionan nuestros buenos ratos, y más de una anécdota. Entre ellas, me quedo con la de una mujer que, en un juicio de divorcio quería demostrarnos cuál era la ocupación profesional de su pareja, de la que, según ella, sacaba un pastizal, para lo que nos trajo el vídeo promocional de una web de citas donde el muchacho mostraba sus encantos de todas las formas posibles., mientras ella nos lo explicaba con todo lujo de detalles. Al final se vino tan arriba que le tuvimos que decir que ya nos hacíamos una idea de lo demandados que eran los servicios de la otra parte.

Y otras que también me encantan son las fotos que aportan para justificar la petición de cambio de nombre por el usado habitualmente. Como hace tiempo que no llevo Registro Civil, no se si estos expedientes seguirán siendo iguales, pero tenía su encanto cuando María Deseada quería llamarse Desiré, o Maria Josefa quería constar como Jennifer y aportaban cosa tan tiernas como el boletín de notas del colegio, la foto que le hicieron en la guardería vestida de Papa Noel o la estampita de la comunión con su foto con misal y rosario y su nombre «de guerra» en preciosa letra gótica en relieves dorados

Además de este tipo de fotografías, hay otras que me gustan menos. Y que están, además, fuera del proceso. Por un lado, las que nos obsequian medios de comunicación poco o nada escrupulosos con la intimidad de las víctimas y el dolor de sus familiares.

Por otro, las fotos postureo. Esas que se hacen los mandamases de turno aquí o allá presumiendo de lo bien que va todo y de lo cerca que están de la justicia mientras, en un universo muy lejano, seguimos igual de mal que siempre. O las que se hacen con víctimas, o familiares prometiendo esto o aquello. Como dice el refrán, obras son amores y no buenas razones.

Así que hoy el aplauso es, una vez más, para quienes valoran las cosas en su justa medida y hacen justicia aunque sea a base de juego malabares. Aunque no salgan en la foto.

Dietas: adelgazando


dieta dibu

El culto a la imagen no es algo nuevo, pero sí es algo que está especialmente presente en el mundo del espectáculo, donde actores y sobre todo actrices se ven obligadas a pasar más hambre que nadie con tal de mantener la figura como imponen los estereotipos. Siempre recuerdo una escena de Lo que el viento se llevó donde Escarlata se queja de tener que fingir que come como una pajarito. O a la protagonista de Pret a Porter, a la que su jefa le echaba la bronca por usar una talla 38, por más divina de la muerte que estaba. Aunque no solo de delgadez vive el cine, aunque lo parezca. También hay películas que protagonizan los Gordos o las comilonas, como La Grande Bouffe. En cualquier caso, para quien vive de su imagen, la dieta se convierte en una constante en su vida. La de la alcachofa, la de los hidratos y hasta la del bocadillo –lo juro, lo ví en un programa de tele-. Es lo que tiene.

En nuestro teatro la realidad es otra. El culto a la imagen no es prioritario y, aunque nos guste estar monas, con mi toga y mis tacones, arreglá pero informal, como Martirio, tenemos nuestra toga como capa que todo lo tapa, y ni falta que nos hacen ciertas cosas. Y es que claro, cuando en vez de photocall una tiene las paredes de la sala de vistas o el juzgado de guardia y en vez de alfombra roja los pasillos de los juzgados, la cosa cambia mucho.  Bye bye, glamur. O no.

La cuestión es que en Toguilandia, si hablamos de dietas, seguro que lo primero que viene a la cabeza a más de uno y de una son las que nos pagan por desplazamientos o por ir a los cursos. Y, aunque eso de “dietas” parece que suena muy bien y que va a ser un pastizal, nada más lejos de la realidad. Aquí las dietas solo las cobramos si para desplazarnos a un juzgado fuera de nuestra sede oficial usamos nuestro vehículo, y a veces ni eso, que nos dicen que vayamos en transporte público que ya nos pagarán el importe del billete cuando las ranas críen pelo, lo mismo que el kilometraje, que da justo para la gasolina, y eso si el coche no consume demasiado.

Luego están las de los cursos y reuniones. Ajustadas a un baremo del año de la picor, una puede elegir entre comerse en menú del día en la Fonda La Paca o pagar de su bolsillo la diferencia, o mejor dicho, todo, y esperar a que varios meses más tarde te ingresen el importe como si hubiera comido en la fonda.

La verdad es que a lo largo de mi trayectoria cursillista  toguitaconada he visto cosas muy pintorescas, por decirlo de algún modo. Desde tener que compartir habitación con una compañera cuando era vocal del Consejo Fiscal porque la dieta no llegaba a una habitación para mí sola, hasta, más recientemente, que nos discriminen en el hotel con un desayuno “especial” en una zona también “especial” porque para nosotros no estaba previsto el desayuno normal del hotel, sino un café y un bollo. Eso sí, hay que agradecer que se cuiden de la frugalidad de nuestras comidas y de la sobriedad de nuestros gastos, que probablemente con la diferencia puedan crearse un montón de juzgados. Algún día, claro. Podrían hasta ponerle nombres: la fiscalía del croissant, la sala de vistas de las tostadas, o el juzgado del zumo de naranja, en honor al que no pudimos tomar para ahorrar esos euros al Ministerio.

Y eso que ahora tenemos suerte, si comparamos con otras épocas. Recuerdo una vez que nos mandaron a un hotel que era calcado al motel de Psicosis. Tanto es así que me sorprendí cuando no vi a Norman Bates en recepción. Y eso sí, antes de acostarme revisé muy bien la habitación no fuera a encontrarme el esqueleto de la madre de Anthony Perkins por allí. Verdad verdadera.

Pero es que a quienes mandan les gusta tener a la Justicia permanentemente a dieta. Por eso son tan tacaños a la hora de proporcionar medios no vaya a ser que caigamos en el pecado de la gula y cojamos un empacho por exceso de pósits, folios o grapas. Y eso sí que no, que hay que cuidar al personal.

También debe ser por una razón de salud y para practicar la virtud de la templanza la costumbre de adelgazar los presupuestos de justicia. Ya pusieron en práctica la dieta de los sustitutos –eliminarlos, como el colesterol-, la de los juzgados –no crear, para que no nos indigestemos-, o la de los medios –eliminar la tentación de desaprovecharlos no teniéndolos-. Si a eso unimos la preocupación porque practiquemos ejercicio en abundancia, manteniendo juzgados atascados donde hay que ponerse las pilas y estar al tajo todas las horas posibles, pues se nos queda un tipín que la bruja de Pret a Porter no tendría nada que echarnos en cara. No sé de qué nos quejamos.

Y, por acaso el sedentarismo hace estragos, pues nada mejor que señalamientos maratonianos para que no le dé a una tiempo a comer. En esos casos, siempre temo que el la grabación de la vista se oiga el rugido de las tripas de alguien, pero parece que queda bien como sonido ambiente.

Así que nada. El aplauso lo dejaremos diferido como el pago de las dietas. Para cuando se lo merezca quien corresponda. Eso sí, mientras tanto quienes engordan sin control son los procedimientos, porque la dieta del papel 0  ha sido tan ineficaz como la de la alcachofa.

#historiasdesuperación : A un solo clic


maleta

A un solo clic

Nunca debí aceptar ese caso. Tenía los papeles desparramados encima de la mesa de mi despacho sin que una sola idea me viniera a la cabeza. Cada vez que me enfrentaba con ellos me bloqueaba a la espera de que surgiera ese clic que me indicaba por dónde seguir para encontrar la solución más adecuada. O, al menos, el camino para llegar hasta ella. Pero nada.

Siempre había huído de estos asuntos como de la peste. Me traían demasiados recuerdos.  Pero, por alguna razón que no llegaba a alcanzar, éste fue distinto. Lo asumí por impulso. Un impulso del que me arrepentía cada vez que esparcía la documentación sobre mi escritorio.

Fui demorando su resolución hasta que no me quedó más remedio. Los plazos se agotaban y ya ni siquiera quedaba tiempo para derivar el trabajo a otro compañero. Entonces la vi, desafiando al tiempo y la memoria. La vieja maleta, que creía desaparecida desde que le pedí a la empleada doméstica que se deshiciera de ella ¿O quizás solo pensé en decírselo?

La cuestión es que me cayó encima mientras buscaba en el altillo unos viejos libros de consulta que hacía mil años que fueron desplazados por las colecciones de jurisprudencia on line, mucho más prácticas. No sé por qué pensé en acudir a ellos, ni qué hacía allí la maleta, pero ahí estaba. Y una pulsión extraña me hizo abrirla, dejando una vez más de lado mi apremiante asunto a la espera del clic que no llegaba.

En aquellos cuatro cachivaches estaba encerrada mi infancia, y parte de mi vida. Apenas unos trastos viejos que marcaban la frontera entre las dos partes de ella. Unos cuantos libros, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” grabada en letras rojas, un artilugio portátil para reproducir discos, un balón, varios trofeos y medallas de latón, unas viejas zapatillas de deporte, y, en el fondo, un pequeño muñeco de plástico articulado, uno de los primeros clics de la marca Playmobil del que apenas me acordaba.

Sin poderlo evitar, rompí a llorar recordando al niño que fui, a aquel niño que perdió su infancia de un día para otro y que a punto estuvo de perder mucho más cuando apenas acababa de cumplir los doce años.

Todo empezó con aquel dolorcillo extraño tras una fuerte caída en un partido de baloncesto. Por aquel entonces yo creía que sería una estrella, y también parecían creerlo alguno de mis entrenadores. Era feliz.

Mis padres, tras comprobar que el dolorcillo no remitía en varios días, me llevaron al médico. Lo que parecía una lesión sin importancia devino en la tragedia mayor que pudiera imaginar. El diagnóstico era contundente. Cáncer. Un osteocarcinoma, que exigía la amputación inmediata de parte de mi pierna derecha para intentar que no fuera a más. La noticia fue insoportable, pero todavía lo fue más la cara de mi madre al tratar de explicármelo. No dejaba de preguntarme por qué a mí pero, sobre todo, no dejaba de desear despertarme un día y que todo hubiera sido una pesadilla.

Me ingresaron en el hospital, me operaron, me sometieron a largos y dolorosos tratamientos con un cariño al que nunca supe corresponder. Me sentía tan desgraciado que no podía soportar que trataran de consolarme. No quería consuelo, quería mis amigos, mi colegio, mis partidos de baloncesto y mis tardes de parque. Quería mi vida.

Me recuperé, pero nunca recuperé mi vida. Entré en el hospital siendo un niño, y salí de él siendo un viejo prematuro, sin una pierna y sin ninguna ilusión. Cuando, muchos meses más tarde, me dieron el alta, ni siquiera me alegré. Como no me alegré tampoco cuando, tras muchos esfuerzos, curas y pruebas, conseguí adaptarme a la flamante prótesis que habían hecho expresamente para mi en un país lejano que ni siquiera recuerdo.

Sobreviví a la vida centrándome en los estudios y conseguí recuperar el tiempo perdido de lecciones y exámenes. Pero, por más que me insistieron en todas las posibilidades de practicar deporte en mis circunstancias, siempre me negué en redondo.

Y un día, la ilusión que creía perdida llamó con timidez a mi puerta. Había empezado a tomarle cierto gusto a mis estudios de Derecho y, cuando me puse la toga por vez primera, noté un cosquilleo extraño. Por un momento, hubiera jurado que sentí de nuevo mi pierna y todo lo que perdí con ella.

Mi trabajo como abogado, dedicado sobre todo a causas con un componente de justicia social, me llenaba casi por completo. O eso pensaba hasta que me cayó aquella maleta encima.

Fue en ese momento cuando, por fin, oí el clic. Era el ruido que hizo la maleta al abrirla, pero era mucho más. Conseguiría que a aquel niño de doce años le pagaran la prótesis que le había negado la sanidad pública y que no podía costearse. Un niño de doce años que se parecía demasiado al niño que fui.

Cuando, meses más tarde, nos notificaron la sentencia favorable, fui personalmente a casa de su familia con un regalo. Eran mis viejas zapatillas, las últimas que usé y que languidecían en una maleta en el altillo. Junto a ellas, una taza de café con la leyenda “Eres un campeón” y un clic de Playmobil al que faltaba una pierna porque yo se lo arranqué hacía una vida.

Ese mismo día, mi nuevo amigo y yo quedamos para empezar a ir juntos a jugar al baloncesto en silla de ruedas.

Desde entonces, no hemos faltado una sola semana al entrenamiento. Y hoy, mientras esperábamos que empezara el campeonato, me enseñó orgulloso sus zapatillas, que un día fueron mías, mientras yo tomaba un sorbo de café en una taza con la leyenda “Eres un campeón”. Apretado en su mano, un viejo clic sin pierna nos deseaba suerte con un guiño en su cara de plástico.

Poder judicial: puñeta´s house


poder judicial

Como sabe todo el mundo, el teatro es el mundo del disfraz. Actores y actrices se ponen en la piel de quien corresponda, disfraz incluído, y nos hacen creer que son lo que no son. Así que, por supuesto, se pueden disfrazar de jueces –o de lo que toque- pero eso, obviamente, no implica que lo sean, aunque haya quien llegue a creérselo e identifique al interpretado por el intérprete. El  Spencer Tracy de La Costilla de Adán no era juez sino un actor haciendo de juez, y Katharine Hepburn tampoco era abogada, sino una actriz haciendo de tal. Obvio. Aunque a veces nos lían, como cuando en alguna serie o película salía alguien “as himself” o sea, haciendo de sí mismo y desmontaba la teoría con eso que hoy llamamos cameos. Y, para rizar el rizo, hay actores o actrices que en la vida real son lo mismo que su personaje, como la neurobióloga de Big Bang Theory. Aunque, aún así, es una actriz haciendo un personaje que, casualmente, tiene el mismo título universitario y profesión que ella, pero no es ella sino su personaje. Nada es lo que parece.

¿Por qué meto todo este rollo y que tiene que ver con Toguilandia? Pues mantendré un poco la intriga y, si lo consigo, seguirán leyendo. O, al menos, eso espero.

La verdad es que este estreno tiene que ver con algo que leí estos últimos días, aunque ya hacía tiempo que creía necesario aclarar ciertas cosas respecto a jueces –y de paso a fiscales, que lo del arrimar el ascua a mi sardina lo llevo a gala-. Y no es, ni más ni menos, que explicar que no son jueces ni poder judicial todo lo que la gente cree, o se empeña en creer. Vaya, que no es oro todo lo que reluce ni poder judicial todo lo que lleva toga o puñetas.

Resulta que leía en twitter –gracias de nuevo, pajarito azul, por ser inagotable fuente de inspiración- las críticas a la elegida para ocupar el cargo de Magistrada del Tribunal Europeo de Derecho Humanos, y los comentarios irónicos al respecto de un tuitero de pro, @AngryJuez. Y, como advertía el otro día, le dije eso de “a los tacones vas”. Así que lo prometido es deuda.

Eso sí, que nadie se espere otra cosa. No voy a entrar en las razones de fondo de las críticas, sino a usar ese ejemplo para explicar algunas cosas. Decía alguien frases del siguiente tenor: que si no tenían otro representante entre los jueces para designarle a ella, así como a otro que resultó vencido, y que por qué no le habían expulsado de la carrera porque al criticador le parecía que lo merecía.  Pues bien, y empezando por el final, resulta que a esta persona nunca se le habría podido expulsar de la carrera judicial porque nunca perteneció a ella. Porque, aunque haya quien crea otra cosa, los magistrados del TEDDHH no se eligen de entre miembros del poder judicial, aunque también podría ocupar ese cargo un juez, un fiscal, o cualquier jurista de reconocido prestigio. Eso nos lleva a la contestación de la primera pregunta: no es un representante de los jueces, con lo cual, no pude usarse su ejemplo para generalizar sobre una carrera a la que nunca había pertenecido. Así que, señores criticones, protestones, y machacones, critiquen lo que quieran pero infórmense antes.

Tirando de este hilo, vamos al siguiente ejemplo, el del candidato que no resultó elegido, aunque sí había sido Presidente del Tribunal Constitucional en su día. Y a eso vengo a referirme ahora. Tampoco los miembros del Tribunal Constitucional son jueces per se, aunque entre ellos pueda haberlos, ni forman parte del Poder Judicial, aunque vistan toga y puñetas y se llamen Magistrados –y Magistradas, aunque bien poquitas, dicho sea de paso- De hecho, esta humilde toguitaconada, que nunca fue jueza, pudo haberlo sido si la hubieran votado. Aunque, en confianza, menudo marrón me quitaron de encima, viendo lo que veo en las noticias desde mi sofá. Pero, aparte de este pequeño toque de umbralismo por el que pido disculpas, eso explica todo lo que se dijo en su día acerca de su afiliación a un partido político. Los jueces –tampoco los fiscales- tenemos prohibido afiliarnos a partidos políticos. Este hombre lo estaba porque no era juez. Claro y contundente. Otra cosa es lo que se opine de ello, pero eso lo dejo para quienes me lean, usando mi privilegio de voz en off en esta función.

Quizá el lío venga porque, pese a lo que creen o quieren creer muchos, el Tribunal Constitucional no es una tercera instancia ni sus miembros forman parte del poder judicial. Las sentencias son firmes cuando no se han recurrido o se resuelto el recurso por el órgano superior del que dictó la sentencia –la Audiencia Provincial, el Tribunal Superior de Justicia o el Tribunal Supremo, según el caso-. Así que, tachen de su vocabulario eso de que la sentencia no es firme porque está pendiente un recurso ante el Constitucional o el TEDDHH porque no es así. Estos resuelven sobre supuestas vulneraciones de la Constitución o de los Derechos Humanos pero no son la tercera ni la cuarta oportunidad. Aunque en la práctica alguna vez puedan serlo si anulan la resolución porque se han vulnerado tales o cuales derechos. Y, otro dato importante, se necesitan determinados requisitos para que algo se pueda impunar ante ellos, que van mucho más allá de que la sentencia no nos guste, no nos parezca bien o no estemos de acuerdo con su contenido.

Pero como me he venido arriba, me voy a meter en otro jardín. O en dos, que no se diga. El Consejo General del Poder Judicial es el órgano de gobierno de la judicatura, pero no ejercen jurisdicción, ni tampoco son todos ellos jueces de carrera –aunque una parte de su composición sí lo son necesariamente-. Como dice la propia Constitución, el ejercicio de la potestad jurisdiccional se ejerce juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, ni más ni menos. Que esa parte que sí proviene de la carrera judicial se elija solo por los jueces, como se hizo en un primer momento, o a través del Parlamento, como se hace ahora, es otro debate que da para varios post y al que, de momento, no voy a entrar. Aunque lo que está claro es que el sistema necesita una buena capa de chapa y pintura, sea el de los muchachos de Grease o el de Cars, aunque me temo que lo nuestro es más de Manolo y Benito en Manos a la obra.

Y, como no podía ser de otro modo, no pondré el The End de esta función de hoy sin aclarar otra cosa. El Fiscal General del Estado no es fiscal de carrera. No es requisito serlo, aunque algunos si lo han sido –los últimos FGE que eran fiscales, curiosamente o no, ni siquiera acabaron sus mandatos-. Y en cuanto al sistema de elección, también aquí vendría bien un gotelé legal. Y puesta a aclarar, aclararé que el Consejo Fiscal, sin embargo, sí está compuesto por fiscales y, salvo los miembros que lo son por su cargo –consejeros natos- los vocales electos sí se eligen únicamente entre fiscales y por fiscales. Que cada cual saque sus conclusiones.

Quizás alguien se preguntará qué hace esta fiscalita pisando los charcos de la carrera hermana. Y me explicaré. Como ocurre en todas las familias, los hermanos se pelean entre ellos, pero, cuando toca, salen a defender al hermano o la hermana cuando alguien le toca las narices. Y ahí está la cosa. Me fastidiaron las críticas a la carrera judicial por lo que haga o deje de hacer alguien que no pertenezca a ella. Que cada palo aguante su vela, oiga.

Así que sin más, hoy, por una vez y sin que sirva de precedente, mi aplauso va para los jueces  y juezas con los que trabajamos cada día. Aunque no os hagáis ilusiones, que no siempre voy a echaros flores. Que somos la carrera hermana y, como reza el dicho, Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos.

 

Corporativismo: juntos pero no revueltos


Puñetas-jueces

En todas las profesiones existe el corporativismo, esa hermanastra mala de la necesaria unión y fraternidad entre los miembros de un determinado colectivo. Y aunque el mundo del espectáculo tampoco se libra de él, también es cierto que la competencia feroz que existe en las tablas pueden llegar a diluirlo. El todos para uno de Los Tres Mosqueteros no siempre es tan para todos y más para uno, aunque llegado el momento, y alfombra roja mediante, sí que respiran unidos a la hora de hacer ciertas reivindicaciones como ocurrió contra el IVA cultural, contra la Guerra de Iraq o, recientemente, con el movimiento #MeToo y sus secuelas.

A quienes habitamos Toguilandia se nos suele acusar de corporativismo. Pero no tanto referido a toda la fauna –dicho sea con el mayor de los respetos- jurista de togados y togadas, sino más bien dentro de cada especie, y hasta subespecie. Como si fuéramos más de Las chicas con las chicas y los chicos con los chicos que del Todos a una Fuenteovejuna. Ya dedicamos sendos estrenos a la deseable unión y a los conflictos que la empañan. Los jueces defienden a jueces, fiscales a fiscales, lajs a lajs, procuradores a procuradores y abogados a abogados –y a procuradoras y abogadas, claro está-. Y así hasta el infinito y más allá en nuestra Toguilandia Story. Pero no siempre es así. Además de que no todo lo que se tilda de corporativismo lo es, que no es oro todo lo que reluce.

En primer lugar, hay que aclarar que muchas cosas que se tachan de corporativas no lo son. El hecho de que un juez o una jueza defiendan las resoluciones de otro colega, no tiene por qué ser corporativo. Puede deberse, simplemente, a que piense que tiene razón o incluso a que le parezcan buenos su argumentos auqnue no los comparta. Y no hay que tener siempre la escopeta preparada para soltar el gatillo de la sospecha.

Y si hablamos de fiscales, todavía es peor. No solo somos corporativos sino que obedecemos órdenes del Gobierno. La cantinela que nos tiene hasta las narices Y aunque de todo hay en la viña del señor, tal vez sería el momento de recordar a quien corresponda que no se puede ver todo con las gafas políticas puestas. Se puede pedir la libertad o la prisión de alguien, acusar o pedir el sobreeseimiento, sin saber siquiera a qué partido pertenece. Se lo juro, y sin cruzar los dedos ni de los pies, que los tacones no me dejan.

Y tengo para todos. También hay cierta costumbre de apiñarse en sectores, y pensar que el de enfrente está equivocado, incluso que es injusto, por la única razón de que quien defiende la tesis opuesta es un colega, aunque ni siquiera lo conozcamos. Se ve en la vida, en las salas de vista y las guardias, y también en las redes sociales que, además, cuentan con un aliado estupendo, el cuñadismo on line. La de juicios e interpretaciones que se hacen de informes y sentencias que ni siquiera se han leído. O la de juicios de valor o críticas de lo que debió poner un fiscal, por ejemplo, en su escrito de calificación, cuando esté tiene un contenido tasado del que no puede salirse.

Muy cerca y muy lejos del corporativismo está su primo bueno, el compañerismo. Este no es otra cosa que la buena voluntad de ayudar al compañero o compañera, que a veces se traduce en hacerle los juicios o la guardia, otras en pasarle jurisprudencia y otras, en tratar de explicar un fallo o una omisión que, muchas veces, no es tal. Y eso no solo está muy bien, sino que es una práctica sana y recomendable. Si hubiera un gimnasio del compañerismo, la vigorexia sería estupenda.

Pero como nada es blanco ni es negro, hay zonas grises que también existen. Una de ellas es el respeto, que se podría traducir en que, aunque se vea que un colega la ha pifiado, no entrar al trapo ni hacer leña del árbol caído, o tratar de suavizar sus consecuencias.

Otras de las zonas grises vendría dada por la propia ley. No podemos olvidar que nuestras leyes, normas deontológicas y estatutos profesionales nos impiden hablar de ciertas cosas aunque nos puedan las ganas. El secreto de sumario, sin ir más lejos, o la necesaria reserva de las actuaciones mientras están subiudice y fuera de las cuestiones sobre las que sí se nos permite informar. Y hasta opinar, oiga, que no somos de piedra ni de plástico, ni tampoco el sacerdote de Yo confieso.

El corporativismo puro existe cuando se justifica lo injustificable, cuando se reclaman o se muestran adhesiones ciegas por la sola razón de que Fulanito o Zutanita es de nuestra estirpe, dicho sea en término togados. Y eso sí que no. Más vale callar que meter la pata.

Por eso hoy envío un aviso a navegantes. Antes de afirmar alegremente que tal o cual cosa se hace por corporativismo, pensémoslo un poco. Igual leyendo y tratando de ponernos en la piel del otro nos llevamos más de una sorpresa. Y, si no, tiempo habrá de dar leña al mono, que es de goma. Pero que sea de goma de verdad, no vaya a resultar un trampantojo.

Asi que hoy el aplauso no podría ser otro que para el compañerismo y la lealtad bien entendida. Esa virtud que se practica mucho más de lo que parece. Por fortuna