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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Colegueo: pasarse de rosca


         Como todo el mundo sabe, es muy importante la forma de dirigirnos a cada cual. Por supuesto, depende a quién nos dirigimos para escoger el modo de hacerlo. Tan mal está pasarse como quedarse corta. No podemos convertir a todo el mundo en Colegas a la fuerza ni tampoco llamarles Su distinguida Señoría. En el término medio está la virtud, en el cine y en la vida. El problema es encontrarlo, porque muchas veces estamos Sin manual de instrucciones y toca improvisar. Y aunque en el cine hay improvisaciones que luego han pasado a ser antológicas, como el “soy el rey del mundo” de Titanic, la carcajada de Julia Roberts en Pretty woman o el “Aquí está Jacques” de El resplandor, más vale no jugársela porque son la excepción que confirma la regla.

En nuestro teatro hay poco espacio para la improvisación y, aunque algunas veces salgamos bien parados del momento de crisis, no es lo común. En un mundo donde los formalismos son moneda frecuente, salirse del molde tiene su precio. Y en algunos casos puede salir muy caro.

Y es que, por más que haya abogado desde este escenario y desde cualquier otro por entender un lenguaje asequible para hacerse comprender, no hay que pasarse de frenada porque el golpe puede ser de órdago. En eso andaba pensando esta mañana cuando un tuit de una jueza amiga (Amparo, otra vez sales en los tacones) me confirmaba mis conclusiones. Contaba Su Señoría que se encontraba delante de un escrito donde se decía “El problema de mentir es que por poco que rasques te pillan. La lástima es que la juzgadora de instancia no rascase con más energía”. Y, lástimas aparte, lo cierto es que la juzgadora en cuestión se quedó con las ganas de decirlo “el rascar se va a acabar” o algo similar, precisamente, porque sí mantuvo las formas. O, como comentó otro tuitero en estado de gracia “iura novit rasca”.

No es el único caso. En ese mismo hilo de Twitter me encontré con otros ejemplos también muy ilustrativos, como la argumentación de un escrito de impulso procesal del siguiente tenor: “que llevo esperando dos meses”. Claro, que siempre habría sido peor decir “que se me pasa el arroz”. Pero mejor no daré ideas.

Y si los escritos dan lugar a frases memorables, que el papel es muy sufrido, los informes orales no son menos. El otro día, sin ir más lejos, escuché cómo un letrado comenzaba sus alegaciones en un juicio civil diciendo Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos”. Y yo, la verdad, no sé si Dios diría alguna vez semejante cosa, pero lo que sí sé es que ni a la juez ni a mí nos importaba

Otro ejemplo práctico de lo que digo lo he vivido yo misma esta mañana, del otro lado de las togas. Se trataba de un detenido que, cuando ha sido informado, como toca, de los motivos de su detención, nos ha espetado un “¿perdonaaaaaa?” que nos ha dejado de pasta de boniato toguitaconada. Por supuesto, Su Señoría le ha instado a hablarnos de usted, como estábamos haciendo con él en todo momento, pero estoy segura de que se ha quedado con la duda de si le habíamos perdonado o no. Y con ella va a seguir, porque ha resuelto sobre su situación personal, que era de lo que se trataba. Con perdón o Sin perdón., con permiso de Clint Eatswood

Las materias relacionadas con la violencia de género dan para más de una anécdota de este tipo. Recuerdo a un acusado que, en el momento de la última palabra, le dijo al juez con un guiño que “ya sabía que a la parienta hay meterla en vereda”, con lo que se apuntaló una condena como la copa de un pino. Y ya he contado alguna vez el que a la pregunta de si pegaba a su mujer repreguntó con “¿qué usted no pega a la suya?” que produjo parecido efecto al anterior, por más que le hablara de usted y hasta de usía

También me he encontrado alguna vez –pocas, por fortuna- a algún habitante de Toguilandia que se acercaba a mí diciendo cosas como “ya sabe, la típica mujer que se inventa cosas”. Por supuesto, le dije que no lo sabía, y que tampoco tenía gana de que me lo contara, vaya, pero que mejor buscara otra línea de defensa para su cliente.

Y, para acabar, algo que me contaron el otro día y que me tiene riendo desde entonces. Estaban celebrando juicios y escuchaban, desde algún lugar fuera de la sala, a alguien que gritaba desaforadamente “tengo hambre y sed de justicia”. Como quiera que repitió su mensaje más veces de las que se pueden soportar, alguien espetó, desde la sala “por dios, dadle un bocadillo de providencias a ver si se calla”. Y es que hasta en Toguilandia hay tan buenos humoristas que un Club de la comedia toguitaconado podría ser récord de audiencia. Tomen nota, productores

Así que, con esto y un bizcocho, hasta el juicio de las ocho. O el de las nueve, o el que sea. Mientras llega, no me olvido del aplauso que, va, como no podía ser de otro modo, para @Amparo_S_L y quienes han aportado una sonrisa a nuestras negras togas. Que buena falta nos hacen

Vacunación: más allá del pinchazo


         Hay un género de literatura y cine que, si antes tenía adeptos, ahora aún los tiene más: el de obras relacionadas con la ciencia en general o con la medicina en particular, muchas veces a caballo entre la realidad y la ciencia ficción. A películas como Coma, Contagio, Epidemia, Estallido o La peste, con sus dosis de inquietud vistas hoy en día, se unen otras como 22 ángeles, la historia real del transporte de vacunas mediante los cuerpos de niños, 0 las biografías de científicos como Jenner o Pasteur, cuyo trabajo fue capital para salvar vidas. Cosas que parecían de otro tiempo y que han resultado ser, con la pandemia, mucho más actuales de lo que jamás hubiéramos imaginado.

En nuestro teatro, en principio, poca relación parece haber con un tema como este. Pero solo lo parece. Si nos ponemos a pensar, nos percataremos enseguida de lo que puede repercutirnos la vacunación, o la falta de ella.

Para empezar por el principio, como está mandado, no está de más recordar que, como en todos los ámbitos, la vacunación masiva ha supuesto un balón de oxígeno para Toguilandia. Gracias a eso, se acabaron, primero, los confinamientos, y luego, las suspensiones masivas por razones de aforo o de partes enfermas o confinadas. Aunque esto último sigue existiendo, no cabe duda que la reducción de días del confinamiento y, sobre todo, el cambio de la norma que obligaba a que, contagiado alguien cercano, tenía que confinarse hasta el Tato, nos ha ayudado bastante. Como ahora hasta el Tato -o casi- está vacunado, la cosa mejora. Que no estamos para más dilaciones.

Asimismo, y por obvio que resulte, también hay que referirse a que los fallecimientos e ingresos hospitalarios se han reducido una barbaridad, y que eso también nos repercute. Como seres humanos, sin duda, y también porque las repercusiones en nuestro trabajo son evidentes.

Pero no todo iba a ser tan sencillo ni tan fácil de explicar. Ahora viene lo gordo, y lo más relacionado con nuestro trabajo diario. Los asuntos que tienen por causa directa o indirecta la vacunación.

Quienes llevamos Derecho de familia nos dimos cuenta, no más empezó la vacunación de niños y niñas, que esto nos iba a dar faena, en caso de discrepancias de los padres. Si se dan verdaderos conflictos con casos como si el niño va a ballet o a judo o la niña estudia alemán o inglés, ni que decir tiene que el hecho de querer vacunar o no a la criatura los iba a traer más gordos. Y claro, no tardaron en llegar asuntos en los que uno de los progenitores no daba su consentimiento a la vacuna. Y de nuevo no queda otra que la resolución por el órgano judicial con el informe del fiscal, como para tantas cosas. Siempre me acuerdo de las palabras de una juez que recriminaba a los padres de que nosotras habíamos tomado más decisiones en la vida de su hija que ellos. Y tenía razón, porque habían sometido a juicio hasta el traje de Comunión que había de llevar la niña que, por cierto, acabó con dos vestidos distintos para dos celebraciones diferentes. Tal como lo cuento.

Y es que, por increíble que a mí me parezca, los antivacunas y el ruido mediático que hacen se deja sentir, mucho más allá de la extravagancia de un Miguel Bosé venido a menos. Al verlo sí que podríamos decir eso de que Don Diablo se ha escapado, y no cuando descoyuntaba las caderas y era capaz de decir una frase entera sin pararse varias veces a respirar.

Hemos visto manifestaciones no permitidas, broncas entre antivacunas y quienes se enfrentaban a ellos y todo tipo de desafueros que hacen que las manecillas del reloj del Derecho Penal se vuelvan locas. Porque ahí están los límites de la libertad de expresión y del ejercicio de los derechos escurriéndose sin saber muy bien donde fijarlas.

Comentaba el otro día con un grupo de compañeros y compañeras si ser negacionista de las vacunas puede considerarse una creencia o ideología. Y si lo sería defenderlas. Porque en ese caso podría llegarse al caso de que un ataque en uno u otro sentido podría estar en la frontera de los delitos de odio. A mí, la verdad, es que me cuesta verlo así, y tampoco he visto ninguna resolución ni informe al respecto. A lo que me niego, desde luego, es a considerar a quien ha elegido no vacunarse como parte de un grupo vulnerable. Ellos lo han elegido, y allá se las compongan con su decisión.

También ha dado que hablar un tema íntimamente relacionado con las vacunas, el de la exigencia del llamado “pasaporte covid”. Y es que, con esos conceptos tan superficiales como peligrosos de la libertad de algunos políticos, luego pasa lo que pasa. Que más de uno se viene arriba y cree que no le pueden exigir el documento. Pero de eso nada. No pueden obligarnos a vacunarnos, aunque en algunos países europeos sí que lo hagan, lo que me plantea serias dudas. Pero es perfectamente lícito que quien toma esa decisión tenga que apechugar con sus consecuencias, como no poder entrar en un bar a ponerse ciego de mojitos. Aunque la verdad es que dice bien poco de mucha gente que se haya decidido a vacunarse porque no le dejaban entrar en una discoteca y no porque podía contagiar a su nonagenaria abuelita. Cosas veredes, amigo Sancho.

La cuestión es que, del mismo modo que no puedes conducir un coche, por más que sepas hacerlo, sin carnet que te habilite para ello, hay cosas que no puedes hacer sin el documento que habilita para ello. En un caso puedes atropellar a alguien y en el otro mandarle a la UCI con una bombona de oxígeno.

Hay otras cuestiones, sin embargo, más peliagudas, como si se podría despedir a alguien por no haberse vacunado o si se le puede limitar un derecho verdaderamente fundamental, como la educación, que no es lo mismo que no dejarle ir a un bar o al teatro. Ni siquiera es lo mismo que dejarle o no jugar un gran slam, por más número uno del mundo -en tenis, no en otras cosas- que se sea. Pero todavía nos quedan muchos casos que ver y muchas decisiones a discutir, y ahí estaremos. Seguro que también algún otro estreno toguitaconado, por más que las vacunas y el negacionismo ya tuvieran los suyos

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo daré, hasta romperme las manos, a la ciencia que ha dado con la vacuna y a quienes trabajan con ello cada día. Nos habéis salvado la vida. Literalmente.

Y la ovación extra, una vez más, es para @madebycarol y sus fantásticos dibujos, como el que ilustra este post

Amor digital: corazones 2.0


         El amor es, sin lugar a dudas, el tema más tratado en el mundo del arte, y muy especialmente en la literatura, el teatro o el cine. Además de que el romanticismo, en su versión de comedia o de tragedia, es un género en sí mismo, cualquier otro género puede incluir una historia de amor para endulzar el relato. Ya dice el dicho aquello de “haz el amor y no la guerra”. Pero los tiempos traen consigo cambios, y el amor que antes se construía de miradas lánguidas y abrazos furtivos -o no tanto- ahora se crea a través de una pantalla. Ya lo hacían por medio del correo electrónico en Tienes un email o El diario de Bridget Jones, y no son tan recientes. Y es que los cambios siempre tienen su reflejo, incluso en el amor.

         En nuestro teatro podríamos creer que el amor a través de las pantallas no tiene ninguna trascendencia, pero nos equivocaríamos de medio a medio. Hay muchos casos en que esta nueva -o no tan nueva- relación despliega efectos jurídicos.

         Hace ya mucho tiempo, cuando nadie podía imaginarse que podríamos ver en un cacharro que cabe en un bolsillo a una persona que se encuentra en las antípodas, el Derecho ya preveía algunas cosas para suplir la realidad física. Pensemos en los poderes que se dan a los procuradores, o a cualquier otra persona. Y, en concreto, recordemos que siempre ha existido la posibilidad de contraer matrimonio por poderes. Es un hecho que ha dado lugar a varias escenas de películas, aunque confieso que no conozco a nadie que se haya casado de ese modo. O que, al menos, me lo haya contado

         Por supuesto el matrimonio así contraído era válido a todos los efectos, sean para que funcione la famosa presunción de paternidad, o para tener derecho a una herencia o a una pensión de viudedad, que poderoso caballero es Don Dinero. No todo iban a ser Cupidos sonrosados y corazones a tutiplén.

         Pero hoy en día la cosa es más difícil. Partiendo de la base de que la pareja ya no solo es la formada por hombre y mujer, y que ya no necesita de un contrato llamado matrimonio o al menos de una inscripción en un registro para desplegar efectos jurídicos, la cosa se complica. Porque quienes están casados está claro, pero ¿a partir de qué momento se considera que dos personas son pareja y no mera relación esporádica?

         La cosa no es baladí, y hay muchos frentes por donde tiene importancia. La tendría en Derecho Laboral, para generar derecho a una pensión, en Derecho Civil, para tener la consideración de heredero. Y también en Derecho procesal, en donde tiene trascendencia para cosas como ser tachado como testigo o poder acogerse a la dispensa legal de no declarar contra la persona con la que se tiene una relación de pareja. Incluso en Derecho orgánico, porque la existencia de matrimonio marca algunas incompatibilidades entre jueces y fiscales y también entre otros habitantes de Toguilandia.

         En Derecho Penal, por supuesto que la cosa tiene trascendencia. La tendría para aplicar la circunstancia mixta de parentesco -agravante o atenuante en teoría, aunque yo siempre la he visto como agravante-, para acogerse a la excusa absolutoria en los delitos contra la propiedad, o para considerar que se ha cometido un delito de violencia de género. En este último caso, además, determina la competencia del juzgado que va a instruir la causa.

         La doctrina tradicional entendía que para hablar de pareja de hecho deberían darse determinados requisitos como publicidad de la relación y tener un plan de vida en común, además de una cierta duración en el tiempo. Y si esto es difícil en las relaciones analógicas, en las relaciones digitales se convierte en una verdadera adivinanza.

         Por un lado, están las personas que se conocen a través de una red social, el sustitutivo actual de las antiguas y denostadas agencias matrimoniales. En este caso, las pantallas no han sido sino el medio de encontrarse, como quienes se encuentran en una boda – ¿no dicen siempre que de una boda sale otra? – en la facultad o en la cola de la panadería. Pero la relación luego sigue por sus cauces analógicos como cualquiera otra.

         Pero ¿qué pasa cuando no solo se conocen, sino que mantienen su relación por esta vía, incluso a miles de kilómetros de distancia? ¿Pueden ser consideradas como pareja dos personas que jamás se han visto, si tiene un plan de vida común e incluso han planeado casarse? ¿Cuánto tiempo tiene que estar comunicándose para adquirir este estatus?

         La respuesta no es fácil, entre otras cosas porque no se pueden dar reglas generales. También se podría pensar que quien, tiempo ha, tenía al novio haciendo la mili en Melilla no tenía una relación en persona y sin embrago nadie dudaba de la existencia de ese noviazgo.

         Al respecto, siempre me acuerdo del caso de una parejita en la que ella juraba que eran novios y él que no la conocía en persona. Practicado careo, ella nos sorprendió echándole en cara que él fue quien la desvirgó, y él insistía en que jamás la vio más allá de la pantalla de su ordenador. Y no sé si sería o no cierto, pero la versión de él perdió bastantes puntos de credibilidad cuando, tras advertirlo ella, se descubrió que tenía su nombre tatuado muy cerca de donde la espalda pierde su casto nombre. Tal como lo cuento.

         En materia de violencia de género, viene entendiéndose que con pocas semanas y una cierta continuidad existe esa relación o que, en cualquier caso, debe instruir el Juzgado de Violencia sobre la Mujer y será en el juicio donde se discuta si esa relación no existe y no procede la aplicación del tipo penal correspondiente. Sin embargo, sería impensable que una relación de ese calibre pudiera generar el derecho a una indemnización o a una herencia. Salvo, claro está, en la de Pacicos de mi vida, cuya carta, paradigma del testamento ológrafo a principios del siglo pasado, hemos aprendido de memoria muchos opositores. La de veces nos habremos acordado del cariño de su Matilde al tal Pacicos. Confieso que me encantaría conocer su verdadera historia.

         Y hasta aquí, el estreno de hoy, El aplauso, por supuesto, hoy se lo daremos al amor y a las personas enamoradas, analógica o digitalmente. Que no se diga que de vez en cuando no me pongo cursi

Acecho: No me busques


Hoy en nuestro escenario un relato sobre algo mucho más frecuente de lo que creemos: el acecho, el acoso, el hostigamiento. Hay que reaccionar antes de que sea tarde, aunque az veces es muy difícil

No me busques

(Relato incluido en mi antología Remos de plomo)

“No me busques. No te empeñes en saber dónde estoy, ni en averguar dónde he ido. No quiero volver a verte nunca más”

Iba a dejarle una nota, pero al final optó por hacerlo a través de un mensaje de teléfono. Era la forma habitual de comunicarse, por más que a ella le pareciera más personal lo de la carta manuscrita.

Dio igual. Aunque se lo hubiera tatuado en la frente, él no estaba dispuesto a dejarla ir así como a así. La buscaría. Removería cielo y tierra hasta encontrarla. Y ya la convencería de que no sabía bien lo que decía. Que no iba a estar con nadie mejor que con él, que estaban hechos el uno para el otro.

Lo hizo. La buscó hasta dar con ella. Y ella volvió a marcharse de su lado en cuanto pudo. Y le volvió a mandar otro mensaje, esta vez sin adornos

“No me busques”

El seguía sin hacerle caso, Y de nuevo la buscó, y la encontró. De nuevo la asedió hasta que ella pdo escaparse otra vez. Y otra, y otra más.

Cambió de casa, de número de teléfono, de trabajo. Cambió de vida tantas veces que ya ni siquiera sabía quién era.

Y él seguía buscándola. Y encontrándola. Y asediándola.

Fueron casi cinco años años viviendo como una fugitiva. Ya ni siquiera le quedaban fuerzas para volver a empezar por enésima vez. Pero lo hizo, Y esa vez sería la definitiva.

“No me busques”, le dijo, por correo aquella vez.

La encontró.

Inerte, en la bañera, con un rastro de sangre que salía de sus muñecas mancilladas.

En el espejo del baño, un mensaje escrito en el vaho “Te gané. No me podrás buscar más”

El médico que trató de reanimarla jura que jamás vio una expresión de paz en un cadáver como aquella.

Cuños: viejunismo imprescindible


      No siempre es fácil distinguir entre lo viejo y lo antiguo, lo anticuado y lo vintage, lo tradicional y lo obsoleto. Las cosas que tienen tiempo pueden ser simplemente desechables por eso o, por el contrario, tener un enorme valor por la misma razón. Es cuestión de perspectiva, y de eso sabe mucho el mundo del cine. Tal vez por eso La tienda de antigüedades sea un escenario idóneo para cualquier película, incluso si es de dibujos animados, como la de Toy Story 4, te hagan o no la mejor oferta. Sin olvidar, por supuesto, las subastas, y entre ellas la fabulosa escena de Con la muerte en los talones.

      En nuestro teatro no cabe duda que de viejunsimo sabemos un rato. Con una ley de enjuiciamiento criminal del siglo XIX y unos medios materiales que casi siempre nacen anticuados, no hay que ser un genio para concluir que lo nuestro está más cerca de lo viejo que de lo antiguo, de la obsolescencia que de lo vintage. Por eso, ya menos dedicado más de un estreno a cuestiones como los anacronismos . Y seguro que este no es el último.

      Pero hoy me quería detener sobre un elemento concreto un imprescindible de la mesa de cualquier fiscal, junto con las carpetillas y los posit : los cuños. Y sí, ya sé que no es exclusivo de los miembros del Ministerio Fiscal, ni siquiera de la Fiscalía, que la burocracia campa en Toguilandia por sus fueros y pocas cosas hay más burocráticas que una buena ración de sellos y membretes. ¿O no?

      El cuño más propio, más característico de la carrera fiscal es el cuño de “visto”, Cuando desembarqué en este mundo, lo consideraban poco menos que el no va más de la tecnología. De hecho, mi primer fiscal jefe no quería ni oír hablar de cuños para poner “visto”. Los “vistos”, según él, se ponían a mano como toda la vida y sanseacabó. Con el tiempo, conseguimos convencerle de que nos dejara utilizarlos, y accedió. Eso sí, siempre que nos los costeáramos de nuestro bolsillo, que el erario público no estaba para esas cosas. Así que, por supuesto, me pagué mi primer cuño, uno que estampaba “VISTO. Fecha ut supra. Fdo Susana Gisbert Grifo “ Oui, c’est moi.

      El tiempo pasó y cuando me marché de aquel primer destino, me llevé en mi mochila aquel primer cuño, que todavía utilicé durante un tiempo. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que, cuando llegué a la Ciudad de la Justicia en Valencia, me proporcionaban uno con mi nombre, el lugar, y una ruedita muy mona que coloca la fecha exacta, nada de ut supra. La verdad es que pensaba que ese cuño me duraría hasta el final de mis días toguitaconados, pero he tenido una nueva sorpresa con este cuño. Tiene fecha de caducidad. Su fabulosa ruedita no es como esos calendarios perpetuos que vendían en los quioscos. El mío, en concreto, acababa en 2021. Así que ahora estoy en tiempo de descuento, esperando que llegue el nuevo y haciendo una chapuza para tapar con boli el 1 y poner un 2. Con boli bic, por supuesto.

      A propósito de eso, me viene a la cabeza una anécdota que ahora parece divertida `pero en su momento no tenía ni pizca de gracia. Nos llamaron de la guardia para que acudiéramos a un juzgado de un pueblo donde había aparecido un paquete sospechoso. Como era una época dura de terrorismo y sospechas, llamamos a la Policía y esta a los artificieros, que acordonaron la zona y se dispusieron a examinar el paquete de marras. Tras todo este despliegue de medios, un sábado por la mañana, resultó que el paquete no era sino un cuño de “visto” que el cartero había dejado en la puerta de la fiscalía al no encontrar a nadie.

      Por descontado, hay más cuños que el de “visto”, aunque sea nuestro rey particular. Algunas y algunos fiscales, con ya algunos trienios, tenemos el de “visado” para dar fe de que hemos realizado esta labor. Por supuesto, sin perjuicio de hacerlo constar en el programa informático, que cada cosa va por su lado. Faltaría más.

      Nuestro personal auxiliar, al igual que el de los juzgados, maneja de maravilla todos esos que dejan constancia de la entrada de un documento y de su salida. De hecho y, aunque parezca mentira en los tiempos en los que estamos, la fecha del sello es la que se tiene en cuenta en relación a los plazos . Increíble pero cierto. Hablo de una fiscalía no digitalizada, más allá del programa informático donde hay que registrar todo además de tenerlo en papel. Los compañeros y compañeras que disponen di fiscalía digital tienen otras cuitas como ya contamos en su día.

      Por último, dedicaré unas líneas a uno de los sellos que más me gusta, el de “es copia”. Aunque parezca mentira, me resulta utilísimo para poderme saltar la enésima versión del mismo documento en el expediente, con el ahorro de tiempo, y de mal humor, correspondiente.

      Y, hasta aquí, el estreno de hoy. Podría dar el aplauso a quienes manejan los sellos, cuños y membretes con buenas dosis de gracia y donaire, pero no lo haré. Lo dedicaré a quienes, algún día, consigan una administración de justicia eficiente donde los cuños no sean necesarios.

Categorías profesionales: ese galimatías


      Todas las cosas son susceptibles de clasificación. Y, aunque el mundo del arte tiende a querer romper los encasillamientos -nada peor para un actor o una actriz que sentirse encasillado- es difícil en muchos casos poder hacerlo. El actor cómico parece que no sabe hacer otra cosa. Hasta que la hace, claro. Menuda sorpresa se llevó la gente con cambios de registro como los del Pajares de Los Bingueros al de Ay Carmela, o con un José Luis López Vázquez que, además de ser el señoriiiiiito al que se refería Gracita Morales en comedias de la época, era un actorazo en estado de gracia en La cabina o Mi querida Señorita. Y si nos vamos a Hollywood, más de lo mismo, actrices que siempre iban de guapas y estupendas hacen papelones como el de Nicole Kidman en Las horas o el de Charlize Theron en Monster. Aunque la verdad, sería mucho más difícil que una actriz con un físico “no convencional” lograra hacer un papel de una chica 90-60-90, pero todo se andará. O no.

      En nuestro teatro, las casillas son muy peculiares. Desde el día que entramos en Toguilandia, a Jueces, Fiscales, Lajs y funcionariado nos colocan en una lista en la que partimos de abajo y vamos ganando puestos, si todo va como se espera. Se llama escalafón y ya tuvo, cómo no, su propio estreno.

      Pero, como quiera que la cosa tiene mucha miga, y que sigue siendo un misterio que ni Iker Jiménez se atreve a investigar, he decidido rescatar el contenido de un post que nada menos que en el año 2014 publiqué en el blog de Salvador Viada, Justicia Imparcial, al que agradeceré siempre la oportunidad de darme voz cuando lo tenía menos fácil que ahora. Así que quede claro, de un lado, mi agradecimiento, y de otro, que este restreno no es sino un remake del que en su día hice y que, como suele ocurrir en nuestro mundo, más de un lustro más tarde es casi de total aplicación  O sin casi

Y es que, si de verdad hay algo difícil de explicar a un profano, o incluso a un estudiante de Derecho o un opositor, es la división en categorías en la carrera fiscal. Pocas cosas resultan más inexplicables.

            A priori, parece sencillo, hay tres categorías como bien sabemos: Abogados Fiscales, Fiscales y Fiscales de Sala. Pero cuando se intenta analizar el paralelismo con la carrera judicial, que siempre parece la medida de todas las cosas, empieza el problema. Uno recuerda al interlocutor que las categorías de la carrera judicial son Juez, Magistrado y Magistrado del Tribunal Supremo, y empieza a notar cómo éste comienza a perderse. Y con razón.

            Así, por arriba, parece absurdo o cuanto menos irracional que si la máxima categoría judicial es la de Magistrado del Tribunal Supremo, la máxima categoría de la carrera fiscal no sea la de Fiscal del Tribunal Supremo. Pero entonces, es cuando una tiene que explicarle a su interlocutor que no, que no es lo mismo Fiscal de Sala que Fiscal del Tribunal Supremo, porque ésos no son necesariamente Fiscales de Sala. Y se empieza a marear. Cuando se continúa con la explicación de que los Fiscales de Sala no necesariamente actúan en el Tribunal Supremo, alucinan. Y cuando añades que pese a que se llaman Fiscales de Sala no pertenecen a Sala alguna y que los hay que no van a Sala, empiezan a enloquecer. Y entonces es cuando intentas salvar la cosa diciendo que somos de Primera, de Segunda y de Tercera, pero el interlocutor no parece muy convencido. Porque lo único que se nos ocurre en paralelo son las divisiones de la liga de fútbol y poco tienen que ver las togas con el calzón corto y las botas de tacos

            La categoría intermedia, la de los Fiscales, es un inmenso cajón de sastre al que pertenecemos la mayoría, de distintos pelajes, condiciones y, desde luego, cargos. Pero como este inmenso grupo, algo así como el equipo de “resto del mundo” de los partidos benéficos, parece que se hace más comprensible, pues renuncias a tratar de matizar que no todos somos iguales, que los hay que son decanos, coordinadores y delegados varios y los que no lo son, y que en este grupo hay además jefes, por supuesto, salvo que no estén incluidos en la categoría anterior. No vaya a ser que el interlocutor se desmaye.

            Y, para acabar, le hablas de la tercera categoría, como la guinda del pastel. Empezando por un nombre que nadie entiende, el de Abogado Fiscal, que siempre hay algún momento en que nos preguntan si hacemos declaraciones de renta, lo cual es totalmente comprensible a la vista de tal nomenclatura, dicho sea de paso. Y cuando parece que, al menos, en lo que a ellos respecta, la cosa está clara, pues no lo está tanto. Porque no es fácil explicar que alguien pueda permanecer en una plaza de Abogado Fiscal pese a ser Fiscal con tal de que la pillara antes de ascender, y que ahí puede permanecer in secula seculorum haciendo el mismo trabajo que sus compañeros por bastante menos dinero. Ni que alguien no pueda aspirar a esa plaza en el lugar que anhela por el hecho de que, por ser más antiguo en el escalafón, le haya alcanzado un ascenso como a quien alcanza un rayo. Y que, al contrario, alguien puede ser Abogado Fiscal y ocupar plaza de Fiscal y cobrar más de lo que teóricamente corresponde a su categoría. Y entonces el interlocutor se queda definitivamente ojiplático. Por suerte, y aunque las cosas de palacio van despacio, algunos compañeros y compañeras tenaces, han ido consiguiendo sentencias en la vía correspondiente para corregir estas desigualdades y pagarles, en su caso, lo que toca por el trabajo que hacen, pero todavía lo están peleando. Y lo que te rondaré, morena     

Por supuesto, te olvidas de comentar la razón por la que nuestra nomenclatura parece militar, con tanto teniente, área, zona o, antiguamente, destacamento. Eso, mejor te lo dejas para cuando se recupere del susto, si es que para entonces no ha decidido dejar de estudiar Derecho o abandonar la oposición.

Como he dicho, cuando de jueces se trata, parece más sencillo. Pero solo lo parece. Porque en principio, a la regla que nos enseñaban de que juez -o jueza- es el titular de un órgano unipersonal y magistrado -o magistrada- el de un órgano colegiado, le salen tantas excepciones que casi deja de ser regla. Primero, porque quienes llegaban a la carrera iban a un órgano unipersonal y mixto, cosa que ahora no sucede, porque pueden ir de apoyo o de JAT a cualquier sitio. Y luego porque pueden ser de jueces de adscripción temporal, como vimos en su estreno, hasta que las ranas críen pelo, si quieren o no tienen mejor salida.

A esto hay que añadir algo que resulta obvio para quienes habitamos Toguilandia, pero no tanto. Que hay magistrados y magistradas que ocupan órganos unipersonales y que hay juzgados que requieren categoría de magistrado para acceder a ellos, con lo que surge la paradójica figura del magistrado-juez o su correlativo femenino. ¿En qué quedamos entonces? Pues que ni sí, ni no, sino todo lo contrario.

Y otro tanto pasa con los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia, cuyo destino y categoría va unido al del juzgado o sala en el que se encuentran. Con las mismas incongruencias.

Y digo yo que, con tantas veleidades reformistas como ha habido. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido convertir nuestra organización en algo razonable? No digo yo que tengamos que copiar la organización de funcionarios de otras administraciones, cuyos puestos se relación con letras y números, pero un poco de sistemática no nos vendría nada mal ¿O es que preferimos que siga siendo incomprensible?

No quiero ni pensar el sudoku que habría que hacer si la eternamente postergada instrucción del fiscal llegara a término y hubiera que recolocarnos como las piezas de un puzle. Pero seguro que no es ni hoy ni mañana

Mientras tanto, me reservo el aplauso. Y lo dejo en suspenso para quine corresponda hasta que ponga un poco de sensatez a algo que cada día se complica más en vez de aclararse. Y me avisáis de cuando descongelo el aplauso.

Corrupción: manzanas podridas


Uno de las temas más frecuentes en películas y series de televisión es, sin duda alguna, la corrupción. Por desgracia, es tan real que el mundo del arte no podía ser ajeno a ello. ¿Quién no recuerda el título de aquella serie tan rompedora en su día, Corrupción en Miami? ¿O títulos como Serpico, Leviatán, LA Confidential, La caja 507 o El hombre de las mil caras? Y es que pocas cosas hay tan consustanciales a la naturaleza del ser humano como la capacidad de corromperse. Por triste que parezca.

En nuestro teatro la corrupción tiene un papel protagonista. Por supuesto, como trama de nuestras funciones, que no se me malinterprete. En Toguilandia es donde levantamos el telón para acabar con los corruptos. O para intentarlo, que no siempre puede conseguirse.

No obstante, hay que hacer algunas precisiones. En cuanto a la corrupción, como en tantas cosas, no es oro todo lo que reluce y el divorcio entre el concepto gramatical y coloquial de corrupción no siempre tiene su encaje en el Código Penal, y menos aun con ese nombre. Ya hemos comentado alguna vez que nuestro Código Penal es esquivo a llamar a las cosas por su nombre, como ocurre con la Violencia de Género o los delitos de odio, que en ningún momento son nombrados como tales en nuestro texto punitivo, y todavía menos definidos. Y, por supuesto, la corrupción no iba a ser menos. El delito de corrupción, con ese nombre, no viene en ningún lugar del Código Penal. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que la corrupción no sea punible, aunque haya que encajarlo en los diferentes tipos penales que existen, como la prevaricación, la malversación de caudales públicos, el cohecho o el tráfico de influencias. No podría ser de otro modo.

Pero, como siempre, hay que separar el trigo de la paja, y advertir de esas cosas que parecen corrupción, pero no lo son. O no lo son penalmente hablando. Si alguien coloca a su sobrino de Alpedrete en su empresa, por encima de otros candidatos teóricamente mejores, puede ser enchufismo, una cacicada o una injusticia, pero no es corrupción. Puede, incluso, que el sobrino de Alpedrete sea tan válido como el resto de candidatos, pero el hecho de ser sobrino hace gravitar la sombra del nepotismo sobre su colocación. Y, como dicen muchas veces, hay que hacer gala de eso que se reclamaba de la mujer del César, que no solo tenía que ser honesta sino que parecerlo. Algo con lo que, por supuesto, no estoy de acuerdo, porque el que ha de ser honesto es César, y para gobernar dejemos tranquila a su mujer que no es asunto nuestro.

La cosa se complica si el puesto al que aspira el sobrino de Alpedrete es en una administración pública, y su tío no es el dueño de la empresa sino un alto cargo -o no tan alto- de tal administración. Pues bien, incluso en este caso no será corrupción el hecho de elegir al sobrino sobre otros candidatos si no se han cometido hechos sancionados por el Código Penal para conseguirlo, como puede ser falsedad en documentos, o incluso sobornos a quien corresponda para lograr el objetivo. En otro caso, estaremos en lo mismo: será una cacicada, pero puede no pasar de ahí. O ser susceptible de responsabilidad disciplinaria, pero no penal.

            Los delitos de corrupción no son cosa nueva, aunque sea relativamente reciente que se juzguen. Hace unos años, cuando yo empezaba a dar mis primeros pasos toguitaconados, era prácticamente impensable que alguien que tuvo las más altas responsabilidades en un Consejo de ministros o en una Comunidad Autónoma pudiera siquiera sentarse en un banquillo como acusado. Ahora, afortunadamente, lo hemos normalizado. Aunque en realidad no sé si es por suerte o por desgracia, porque aunque sea una suerte que quien la haga la pague como todo hijo de vecino, no lo es tanta que haya tantos ejemplos en nuestra vida judicial reciente. Lo dejaremos, pues en tablas.

            Los delitos de corrupción se instruyen, en principio, pero el juez o jueza del partido judicial donde se hayan cometido, según las normas generales que consagran el derecho al juez natural. Solo hay una excepción, y es tan obvia como relativamente frecuente, los aforamientos. Cuando hablamos de determinados cargos, sobre todo cuando se trata de los puestos más altos de la pirámide del poder, puede existir un fuero especial que determine que el instructor no sea el que correspondería sino un órgano superior, normalmente el Tribunal Supremo o el Tribunal Superior de Justicia respectivo. Lo que no quiere decir, en cualquier caso, que se salga de rositas. El órgano en cuestión investigará como lo haría un instructor si no mediara aforamiento.

            De todos modos, y aunque parezca otra cosa, no son tantas las personas aforadas como se cree, y el hecho de que cualquier órgano judicial del más pequeño de los lugares deba conocer, causa más de un problema. Puede tratarse de alguien sin ninguna experiencia, recién llegado a la carrera y, por supuesto, de juzgados con escuálidos medios materiales que se ven desbordados por esa lotería del asunto de corrupción que le hay caído en entre manos. Recuerdo el rosario de jueces que se sucedieron uno tras otro en un juzgado de un pueblo de Castellón donde se conocía un asunto gordísimo de corrupción. Algunos medios de comunicación quisieron ver una mano negra que se llevaba a Sus Señorías hacia otros destinos para apartarles del asunto, pero nada de eso. La pura realidad es que cuando alguien llega a su primer destino y se encuentra semejante zapatiesto, sin perjuicio de cumplir con su trabajo mientras está allí, ruega al destino que aparte de sí ese cáliz y pueda concursar a donde sea en cuanto el plazo de congelación y las plazas vacantes se lo permitan. Y no hay que buscar tres pies al gato.

            Si hablamos de fiscalía, es otro cantar. La Fiscalía Anticorrupción existe como fiscalía especial -distinta de especializada-, desde 1995, en la época del Gobierno de Felipe González en que se creó por ley 10/95, de 24 de abril, siendo ministro de justicia Juan Alberto Belloch y fiscal general del Estado el magistrado del Tribunal Supremo Carlos Granados. Digo que es una fiscalía especial y no especializada porque tiene, del mismo modo que sucede con la Fiscalía Antidroga, unas características propias. Es un órgano con sede en Madrid y jurisdicción en toda España que pude nombrar fiscales delegados en las fiscalías que tenga a bien hacerlo. Pero, a la hora de celebrar un juicio, tanto puede llevarlo el delegado o delegada del lugar del que se trate, o cualquier otro miembro de la fiscalía anticorrupción. Algo que escapa a la organización de las fiscalías especializadas, que se dividen en secciones en cada fiscalía y son las que conocen de cada delito cometido en cada territorio, como el caso de la Violencia de género. Y es que, como siempre digo, entender la estructura del Ministerio Fiscal tiene una dificultad pareja a entender la fisión nuclear de los átomos, si es que tal cosa existe. Ya querría ver yo aquí a Einstein.

            Aunque pueda parecer que peco de corporativista, o que arrimo el ascua a mi sardina, ni que decir tiene que esta especialización facilita enormemente el trabajo de Sus Señorías quienes, sin comerlo ni beberlo, ven caer una causa así en su juzgado. Aunque, por supuesto, hay Señorías que ya saben de corrupción como para escribir un libro, o hasta una trilogía. A la fuerza ahorcan.

            Para acabar, hay que hacer hincapié en la diferencia entre delitos económicos y delitos de corrupción. Desde luego, la mayoría de los delitos de corrupción tienen un componente económico importantísimo, pero no todos los delitos con un componente económico importante son delitos de corrupción. No lo son los delitos patrimoniales comunes ni tampoco los fraudes de subvenciones e impuestos, salvo casos muy concretos. La corrupción tiene un plus de aprovecharse de la confianza que el Estado deposita en determinados cargos o funcionarios. En concreto, los delitos de que conocen son delitos contra la Hacienda Pública, contra la seguridad social y de contrabando, prevaricación, abuso o uso indebido de información privilegiada, malversación de caudales públicos, fraudes y exacciones ilegales, tráfico de influencias, cohecho, negociación prohibidas a los funcionarios, defraudaciones, insolvencias punible, alteración de precios en concursos y subastas públicos, delitos relativos a la propiedad intelectual e industrial, al mercado y a los consumidores, delitos societarios, blanqueo de capitales y conductas afines a la receptación, corrupción en transacciones comerciales internacionales. corrupción en el sector privado. y delitos conexos con los anteriores, a lo que hay que añadir los cometidos por grupos organizados -su nombre completo es fiscalía contra la corrupción y la criminalidad organizada- Todo ello conforme al Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal, si bien hay que matizar que no basta la comisión de cualquier de los delitos relacionados para considerar que hay corrupción, sino que ha de existir ese plus al que se ha hecho referencia para que las Fiscalía Anticorrupción lo asuma. En la práctica, la línea que separa los delitos económicos de los de corrupción es tan fina que es muy difícil de encontrar.

            Hasta aquí, unas pequeñas pinceladas de una materia que a mí, que soy fiscal de sangre, sexo y vísceras, me parece complicadísima. Por eso hoy mi aplauso va destinado a quienes conocen de estos asuntos. Ojalá no fuera necesario su trabajo.

#MaestrosInolvidables : Oportunidad perdida


                  Todavía lo recuerdo con una mezcla de vergüenza y rabia. Y no vergüenza ajena, precisamente. Por desgracia.

– ¿la habéis visto? No lleva nada debajo del abrigo. Solo una enagua horrorosa y pasada de moda

 

Prorrumpimos en carcajadas. La profesora de Derecho Civil, una mujer mayor y extravagante, se había olvidado de vestirse y había venido a clase de aquella guisa. No era la primera vez que hacía cosas raras. Y tampoco era la primera vez que nos reíamos de ella, ajenos a cualquier forma de empatía. Lo único que nos interesaba era si aquella señora iba a hacer examen o, como se rumoreaba, iba a dar un aprobado general. Nos traía sin cuidado que aquella fuera una asignatura esencial en nuestra formación y que toda la vía pagaríamos la falta de conocimientos sobre ella.

            Hacía tiempo de aquello, pero yo todavía conservaba la papeleta que acreditaba mi matrícula de honor en una materia de la que no sabía nada. Me tocó la lotería, pensé. Pero estaba equivocada de medio a medio.

            La dejamos a su suerte, con su enagua y el desconcierto nuestro de cada día. Continuábamos riendo sin piedad. Solo un compañero que, según, conocía a aquella mujer por ser amiga de su familia, se apresuró a ir junto a ella y a ponerle el abrigo, abrochado hasta el cuello

-Yo la llevo a casa, Doña Elisa.

Aquella mujer no estaba bien, sin duda. Pero nadie dijo nada al respecto. Una buena calificación en Derecho Civil subiría nuestra nota media. No lo merecíamos, pero nos daba igual. Del mismo modo que ella no merecía que la tratáramos así, ni nosotros, n quienes consentían que continuase impartiendo clase a pesar de una demencia evidente. Se decía que le faltaba un año para jubilarse y que la pérdida económica era tan grande para ella si se jubilaba de modo anticipado que quedaría casi en la indigencia. Y, por supuesto, no le habían reconocido una invalidez que solucionaría sus problemas económicos.

            Junto a mi papeleta, amarilleada por el tiempo, se burlaba de mí un recorte de periódico, tanto como yo me burlé en su día de ella. Aquella vieja profesora había muerto después de más de diez años en una residencia. Al lado de la esquela, un obituario recogía los méritos de aquella mujer, la primera catedrática de Derecho Civil en nuestro país, la autora de múltiples obras jurídicas y la artífice de la reforma del Código Civil que modificó la capacidad de la mujer. Gracias a ella, podíamos ser titulares de una cuenta corriente, alquilar un piso o viajar al extranjero sin el permiso de un hombre.

Podía habernos enseñado mucho, si hubiéramos sabido ayudarla. Y, en otro caso, podíamos haber ayudado a que tuviera un fin digno, en lugar de morir sola en una residencia olvidada del mundo.

No podía hacer nada ya por ella. Pero le debía algo. Por eso me presenté en su funeral con una enagua de mi madre por única ropa bajo de mi abrigo. Pero nadie se río de mí. La dignidad de personas como ella enseñó a quien quiso escucharla a que para ser una gran jurista solo se pude ser una gran persona.

Podría haberlo aprendido en su momento, pero perdí mi oportunidad. Y ahora tendré que dedicar el resto de mi vida a ello.

Partes: nuestro rompecabezas


A veces hay que encajar las piezas para conseguir ver la obra de arte completa. Y no siempre es fácil. Tenemos un Puzzle que hemos de acabar, y no siempre encontramos la pieza adecuada. A veces, ni siquiera están todas las partes de ese Rompecabezas, o no damos con ellas, aunque estén ante nuestras narices. Y hay que seguir Buscando, sea La búsqueda de la felicidad o cualquier otra Búsqueda.

En nuestro teatro son tan importantes las partes que sin ellas no es posible el proceso, Son sus piezas fundamentales, aunque en ocasiones se tome la parte por el todo, en esa sinécdoque a la que ya dedicamos un estreno.

De hecho, es tan importante que estén todas las partes que cuando falta una de ella, concretamente el investigado -antes llamado imputado -, no nos andamos con chiquitas. Le ponemos en busca y captura en un plis plas y, si se pone renuente, puede acabarse decretando su ingreso en prisión si hay riesgo de que vaya a eludir la acción de la justicia. Y es que en Toguilandia con algunas cosas se admiten pocas bromas. Como debe de ser.

Según estudiábamos en la facultad, las partes son quienes intervienen en el proceso sosteniendo una pretensión. Pueden ser necesarias o contingentes, pero la verdad es que la cosa cambia mucho según estemos ante una jurisdicción u otra, y según la naturaleza pública o privada de ellos intereses el conflicto. Eso sí, lo que tienen en común es que ahí están Sus Señorías para dirimir ese conflicto. Jueces y juezas, magistrados y magistradas, cuando actúan como tales, nunca son parte. Por eso se dice que son imparciales, porque nunca se les puede aplicar el castizo dicho según quien parte y reparte se queda con la mejor parte. Mejor, decir que parten y reparten y no se quedan con nada porque no les pertenece. Es lo que hay.

En el proceso civil, y en todos aquellos de naturaleza privada, ha de haber, al menos, dos partes, una que pide y otra de quién se pide, esto es, parte demandante y demandada. Aunque no siempre es todo tan sencillo. La parte inicialmente demandada puede retrucar con otra petición, formulando una reconvención y, por arte de birlibirloque, pueden convertirse las dos partes en demandantes y demandadas al mismo tiempo. Pero hay que hacer una precisión. Cuando hablo de Derecho Civil, quedan fuera las cuestiones de Derecho de Familia , cuya especialidad por la naturaleza de los bienes en conflicto hace que las partes no puedan disponer de todo y que, si hay menores, intervenga, como parte necesaria, el Ministerio Fiscal en defensa de la legalidad y del interés de los menores.

Por otro lado, tanto en una parte como en otra puede haber varias personas, incluso varios grupos de ellas, que se agrupan según los intereses en conflicto. Son los casos de litisconsorcio que tantos dolores de cabeza nos dan cuando estudiamos y a los que algún día seguro que dedico una función porque hay mucha tela que cortar. En cuanto encuentre las tijeras adecuadas, por supuesto,

Pero entre la imparcialidad absoluta del poder judicial y la parcialidad de quienes intervienen en el proceso en su propio nombre, hay una figura intermedia, que parece en cuanto hay interés público, sobre todo en el proceso penal: el Ministerio Fiscal. Como siempre, todo lo liamos porque a veces parece que no somos ni carne ni pescado, sino todo lo contrario. Somos imparciales, pero en cuanto sentamos nuestra postura, nos convertimos en parte. ¿En qué quedamos, entonces? Pues en que somos una parte necesaria, de un lado, y que no hay que confundir imparcialidad con objetividad. Porque la fiscalía, aun cuando asuma formalmente el papel de parte, siempre lo hace con objetividad, en defensa de la legalidad y del interés público. Algo que no siempre es fácil de entender,

Algún sector de la abogacía sigue empeñado en que nuestra posición es la misma que las de los letrados y letradas que representan a las partes y que por eso, entre otras cosas, no deberíamos estar en sala entre juicio y juicio. Sin entrar en profundidades, resaltaré dos cosas, una de ellas formal, que es que la ley nos atribuye la misma categoría y tratamiento que el poder judicial, y otra meramente práctica, ya que si el miso fiscal hace los 15 juicios de esa mañana con el mismo juez, sería absurdo que saliera y entrara en cada momento de la sala. Más aun con las normas COVID, que obligarían a desinfectar el asiento y cambiar la bolsita que cubre el micrófono, si la hay. De hecho, si un mismo abogado tiene dos juicios seguidos, tampoco se sale de la sala, y nadie plantea nada. Otra cosa es que se esté bromeando o teniendo una conversación impropia, pero eso forma parte de la mala praxis y no hay que hacerlo, sin más. Del mismo modo que el médico mientras opera no debe estar bromeando con la anestesista o el enfermero. Con un ejemplo, queda clara la diferencia: si el letrado o letrada no puede asistir y así lo justifica, el juicio se suspende; si es el fiscal, se sustituye por otro miembro del Ministerio Público. Y sanseacabó. Lo cual no significa que no merezcamos el mismo respeto ni la misma consideración, desde luego.

No obstante el lío que algunas personas arman entre objetividad, imparcialidad, independencia y autonomía, hay un concepto de partes que todo el mundo tiene claro, y poco tiene que ver con el mundo jurídico, o eso parece. Se trata del concepto de “partes” como eufemismo de aquel segmento de nuestra anatomía con el que se practica el sexo. Esa acepción, aunque se usa en la calle y pueda tener influencia en el conocimiento de determinados temas, en concreto los delitos sexuales, no es el habitual en Toguilandia. Pero que no sea el habitual no significa que no se use nunca.

            Precisamente, al hilo de esto traigo una de mis anécdotas toguitaconadas preferidas, que conocí personalmente. Se trata, ni más ni menos, que de la interpretación de una fórmula que tenemos tan asumida que no vemos su ambigüedad. Yo no me di cuenta de ello hasta que un denunciado en un juicio de faltas se negó a firmar el acta, que por aquel entonces era totalmente manual. Y dijo que no firmaba porque ahí ponía que “firma el juez con las partes” y el juez había firmado con un bolígrafo que sostenía en su mano, pero no con “sus partes”. Aunque tenía más razón que un santo, no lo reconocimos. Bastante teníamos con aguantar la risa. Y el denunciado en cuestión se fue sin firmar el acta. Y, además, creo recordar que fue absuelto, aunque por falta de prueba, no por falta de nada relacionado con las partes de Su Señoría. Verdad verdadera.

            Y hasta aquí el estreno de hoy. Esta parte cierra el telón, pero no se olvida del aplauso, que hoy, como estoy generosa, es para todas esas partes que intervienen en los procesos. Por supuesto, entendidas en su acepción jurídica, no en la de nuestro denunciado. Que no quiero confusiones.

Depresión: hay salida


La búsqueda del tesoro anhelado es una constante en el mundo del cine. En busca del valle encantando, En busca del arca perdida o Tras el corazón verde son muestras de ellos. Pero no es necesario ir muy lejos para encont5rar la salida, por muy Desesperado que se encuentre alguien, por muy despacio que pasen Las horas para la Gente corriente

Hoy nuestro teatro aprovechando que acabamos de conmemorar el Día Mundial contra la Depresión trae hoy un relato para infundir esperanza incluso cuando parece todo perdido

Espero ganarme el aplauso

Una habitación sin vistas

(Relato incluido en la Antología Habitaciones de paso, de varias autoras, entre las que me incluyo)

UNA HABITACIÓN SIN VISTAS

– Necesito una habitación sin ventana

– Lo siento, señora. No tenemos habitaciones sin ventanas. Teníamos, pero la normativa covid nos obligó a clausurarlas

– Pues lo necesito. Es importante

La mujer se retorcía las manos con nerviosismo. Se movía tanto en todas direcciones, que a punto estuvo de tirar al suelo el pequeño jarrón con flores de plástico de color violeta. Las flores, que tiempo atrás le encantaban, ahora le traían demasiados recuerdos y demasiado dolor. Aunque fueran de plástico y de color violeta.

-¿No puede darse prisa?

Se la veía muy preocupada. Se sentó en el sofá de Recepción, un sofá negro de imitación de piel que había conocido mejores épocas. Apretaba entre sus manos uno de los cojines blancos, mirando sus numerosas manchas como si pudiera leer en ellas su futuro.

-Acabo de consultarlo con Dirección -le dijo la recepcionista- y creo que hemos encontrado la solución

-¿Una habitación sin ventana?

-Más bien una habitación sin vistas. Hemos escogido la que tenía la ventana más pequeña y la taparemos por fuera de modo que nadie pueda ver en su interior. Por supuesto, tampoco se podrá ver el exterior. Y es una pena, porque daba a la puerta lateral de la estación y es bonito ver el trasiego de viajeros desde tan cerca. Aunque siempre puede entretenerse con la tele. Es vieja, pero funciona de maravilla. Ya no hacen aparatos como aquellos

-Perfecto, perfecto. ¿Me da ya las llaves, por favor?

-Aquí están -dijo tendiéndole una tarjeta perforada- Habitación 323.

Le costó un par de intentos lograr que la tarjeta encajara en la ranura para abrir la puerta Las manos le temblaban cada vez más. Una vez dentro, revisó en un vistazo rápido todas las esquinas de la sobria habitación y respiró hondo. Todo en orden.

Descolgó el teléfono para impedir cualquier llamada, y puso en marcha la televisión. Las ofertes de la teletienda se sucedían una tras otra sin lograr captar su atención. Era justo lo que necesitaba, un mero ruido de fondo para acompañarla.

Comprobó que la ventana estaba condenada y se tranquilizó un poco. Sentada en el borde de la cama, se dispuso a organizar toda la parafernalia para su misión secreta.

Lo tenía todo. Aquellas pastillas eran las adecuadas. Le había costado bastante conseguir la receta y todavía más que se las trajeran a la farmacia de la otra punta de la ciudad, pero ahí estaban. El plástico metalizado que las envolvía individualmente reflejaba la luz de la lamparilla de la habitación y le hacía guiños. Había llegado el momento.

Sacó su neceser y se maquilló con cuidado en el cuarto de baño. La luz no era muy buena, pero consiguió buenos resultados. Se veía guapa. Se cepilló el pelo con energía y volvió al borde de la cama, donde había dispuesto todo para la función. La última función.

Se entretuvo imaginando cómo se sentiría él cuando lo supiera, cuánto lloraría por haberla tratado tan mal y cuánto se arrepentiría de cada una de las palizas, de cada uno de los insultos, de cada uno de los golpes. Lo vio yendo a su entierro, cabizbajo y entre lágrimas, con un enorme ramo de flores como los que usaba para zanjar cualquier situación. Incluso se relamió y saboreó el gusto de la venganza. Un gusto acre, mucho menos agradable de lo que había pensado.

Permaneció un rato sin pensar en nada, con la vista fija en el teléfono, y al final se decidió

-¿Recepción?

-Dígame

-Le llamo desde la habitación 323

-¿Está todo a su gusto, señora?

Bueno…sí. Pero he cambiado de idea. Quiero cambiar de habitación- ¿Es eso posible? Le compensaré -por las molestias, por supuesto.

-Ha tenido suerte. Este es un hotel pequeño, pero todavía disponemos de algunas habitaciones libres. ¿Cómo la quiere?

-Una habitación con vistas, por favor

En cuanto entró a su nueva habitación, abrió la ventana y sacó la cabeza, respirando hondo. Entonces, cogió los envases de la farmacia que hacía un rato le habían hecho guiños, y los arrojó con fuerza.

El sonido que causaron al estamparse contra el suelo fue la melodía de inicio de su nueva vida.