Colegueo: pasarse de rosca


         Como todo el mundo sabe, es muy importante la forma de dirigirnos a cada cual. Por supuesto, depende a quién nos dirigimos para escoger el modo de hacerlo. Tan mal está pasarse como quedarse corta. No podemos convertir a todo el mundo en Colegas a la fuerza ni tampoco llamarles Su distinguida Señoría. En el término medio está la virtud, en el cine y en la vida. El problema es encontrarlo, porque muchas veces estamos Sin manual de instrucciones y toca improvisar. Y aunque en el cine hay improvisaciones que luego han pasado a ser antológicas, como el “soy el rey del mundo” de Titanic, la carcajada de Julia Roberts en Pretty woman o el “Aquí está Jacques” de El resplandor, más vale no jugársela porque son la excepción que confirma la regla.

En nuestro teatro hay poco espacio para la improvisación y, aunque algunas veces salgamos bien parados del momento de crisis, no es lo común. En un mundo donde los formalismos son moneda frecuente, salirse del molde tiene su precio. Y en algunos casos puede salir muy caro.

Y es que, por más que haya abogado desde este escenario y desde cualquier otro por entender un lenguaje asequible para hacerse comprender, no hay que pasarse de frenada porque el golpe puede ser de órdago. En eso andaba pensando esta mañana cuando un tuit de una jueza amiga (Amparo, otra vez sales en los tacones) me confirmaba mis conclusiones. Contaba Su Señoría que se encontraba delante de un escrito donde se decía “El problema de mentir es que por poco que rasques te pillan. La lástima es que la juzgadora de instancia no rascase con más energía”. Y, lástimas aparte, lo cierto es que la juzgadora en cuestión se quedó con las ganas de decirlo “el rascar se va a acabar” o algo similar, precisamente, porque sí mantuvo las formas. O, como comentó otro tuitero en estado de gracia “iura novit rasca”.

No es el único caso. En ese mismo hilo de Twitter me encontré con otros ejemplos también muy ilustrativos, como la argumentación de un escrito de impulso procesal del siguiente tenor: “que llevo esperando dos meses”. Claro, que siempre habría sido peor decir “que se me pasa el arroz”. Pero mejor no daré ideas.

Y si los escritos dan lugar a frases memorables, que el papel es muy sufrido, los informes orales no son menos. El otro día, sin ir más lejos, escuché cómo un letrado comenzaba sus alegaciones en un juicio civil diciendo Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos”. Y yo, la verdad, no sé si Dios diría alguna vez semejante cosa, pero lo que sí sé es que ni a la juez ni a mí nos importaba

Otro ejemplo práctico de lo que digo lo he vivido yo misma esta mañana, del otro lado de las togas. Se trataba de un detenido que, cuando ha sido informado, como toca, de los motivos de su detención, nos ha espetado un “¿perdonaaaaaa?” que nos ha dejado de pasta de boniato toguitaconada. Por supuesto, Su Señoría le ha instado a hablarnos de usted, como estábamos haciendo con él en todo momento, pero estoy segura de que se ha quedado con la duda de si le habíamos perdonado o no. Y con ella va a seguir, porque ha resuelto sobre su situación personal, que era de lo que se trataba. Con perdón o Sin perdón., con permiso de Clint Eatswood

Las materias relacionadas con la violencia de género dan para más de una anécdota de este tipo. Recuerdo a un acusado que, en el momento de la última palabra, le dijo al juez con un guiño que “ya sabía que a la parienta hay meterla en vereda”, con lo que se apuntaló una condena como la copa de un pino. Y ya he contado alguna vez el que a la pregunta de si pegaba a su mujer repreguntó con “¿qué usted no pega a la suya?” que produjo parecido efecto al anterior, por más que le hablara de usted y hasta de usía

También me he encontrado alguna vez –pocas, por fortuna- a algún habitante de Toguilandia que se acercaba a mí diciendo cosas como “ya sabe, la típica mujer que se inventa cosas”. Por supuesto, le dije que no lo sabía, y que tampoco tenía gana de que me lo contara, vaya, pero que mejor buscara otra línea de defensa para su cliente.

Y, para acabar, algo que me contaron el otro día y que me tiene riendo desde entonces. Estaban celebrando juicios y escuchaban, desde algún lugar fuera de la sala, a alguien que gritaba desaforadamente “tengo hambre y sed de justicia”. Como quiera que repitió su mensaje más veces de las que se pueden soportar, alguien espetó, desde la sala “por dios, dadle un bocadillo de providencias a ver si se calla”. Y es que hasta en Toguilandia hay tan buenos humoristas que un Club de la comedia toguitaconado podría ser récord de audiencia. Tomen nota, productores

Así que, con esto y un bizcocho, hasta el juicio de las ocho. O el de las nueve, o el que sea. Mientras llega, no me olvido del aplauso que, va, como no podía ser de otro modo, para @Amparo_S_L y quienes han aportado una sonrisa a nuestras negras togas. Que buena falta nos hacen

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