Categorías profesionales: ese galimatías


      Todas las cosas son susceptibles de clasificación. Y, aunque el mundo del arte tiende a querer romper los encasillamientos -nada peor para un actor o una actriz que sentirse encasillado- es difícil en muchos casos poder hacerlo. El actor cómico parece que no sabe hacer otra cosa. Hasta que la hace, claro. Menuda sorpresa se llevó la gente con cambios de registro como los del Pajares de Los Bingueros al de Ay Carmela, o con un José Luis López Vázquez que, además de ser el señoriiiiiito al que se refería Gracita Morales en comedias de la época, era un actorazo en estado de gracia en La cabina o Mi querida Señorita. Y si nos vamos a Hollywood, más de lo mismo, actrices que siempre iban de guapas y estupendas hacen papelones como el de Nicole Kidman en Las horas o el de Charlize Theron en Monster. Aunque la verdad, sería mucho más difícil que una actriz con un físico “no convencional” lograra hacer un papel de una chica 90-60-90, pero todo se andará. O no.

      En nuestro teatro, las casillas son muy peculiares. Desde el día que entramos en Toguilandia, a Jueces, Fiscales, Lajs y funcionariado nos colocan en una lista en la que partimos de abajo y vamos ganando puestos, si todo va como se espera. Se llama escalafón y ya tuvo, cómo no, su propio estreno.

      Pero, como quiera que la cosa tiene mucha miga, y que sigue siendo un misterio que ni Iker Jiménez se atreve a investigar, he decidido rescatar el contenido de un post que nada menos que en el año 2014 publiqué en el blog de Salvador Viada, Justicia Imparcial, al que agradeceré siempre la oportunidad de darme voz cuando lo tenía menos fácil que ahora. Así que quede claro, de un lado, mi agradecimiento, y de otro, que este restreno no es sino un remake del que en su día hice y que, como suele ocurrir en nuestro mundo, más de un lustro más tarde es casi de total aplicación  O sin casi

Y es que, si de verdad hay algo difícil de explicar a un profano, o incluso a un estudiante de Derecho o un opositor, es la división en categorías en la carrera fiscal. Pocas cosas resultan más inexplicables.

            A priori, parece sencillo, hay tres categorías como bien sabemos: Abogados Fiscales, Fiscales y Fiscales de Sala. Pero cuando se intenta analizar el paralelismo con la carrera judicial, que siempre parece la medida de todas las cosas, empieza el problema. Uno recuerda al interlocutor que las categorías de la carrera judicial son Juez, Magistrado y Magistrado del Tribunal Supremo, y empieza a notar cómo éste comienza a perderse. Y con razón.

            Así, por arriba, parece absurdo o cuanto menos irracional que si la máxima categoría judicial es la de Magistrado del Tribunal Supremo, la máxima categoría de la carrera fiscal no sea la de Fiscal del Tribunal Supremo. Pero entonces, es cuando una tiene que explicarle a su interlocutor que no, que no es lo mismo Fiscal de Sala que Fiscal del Tribunal Supremo, porque ésos no son necesariamente Fiscales de Sala. Y se empieza a marear. Cuando se continúa con la explicación de que los Fiscales de Sala no necesariamente actúan en el Tribunal Supremo, alucinan. Y cuando añades que pese a que se llaman Fiscales de Sala no pertenecen a Sala alguna y que los hay que no van a Sala, empiezan a enloquecer. Y entonces es cuando intentas salvar la cosa diciendo que somos de Primera, de Segunda y de Tercera, pero el interlocutor no parece muy convencido. Porque lo único que se nos ocurre en paralelo son las divisiones de la liga de fútbol y poco tienen que ver las togas con el calzón corto y las botas de tacos

            La categoría intermedia, la de los Fiscales, es un inmenso cajón de sastre al que pertenecemos la mayoría, de distintos pelajes, condiciones y, desde luego, cargos. Pero como este inmenso grupo, algo así como el equipo de “resto del mundo” de los partidos benéficos, parece que se hace más comprensible, pues renuncias a tratar de matizar que no todos somos iguales, que los hay que son decanos, coordinadores y delegados varios y los que no lo son, y que en este grupo hay además jefes, por supuesto, salvo que no estén incluidos en la categoría anterior. No vaya a ser que el interlocutor se desmaye.

            Y, para acabar, le hablas de la tercera categoría, como la guinda del pastel. Empezando por un nombre que nadie entiende, el de Abogado Fiscal, que siempre hay algún momento en que nos preguntan si hacemos declaraciones de renta, lo cual es totalmente comprensible a la vista de tal nomenclatura, dicho sea de paso. Y cuando parece que, al menos, en lo que a ellos respecta, la cosa está clara, pues no lo está tanto. Porque no es fácil explicar que alguien pueda permanecer en una plaza de Abogado Fiscal pese a ser Fiscal con tal de que la pillara antes de ascender, y que ahí puede permanecer in secula seculorum haciendo el mismo trabajo que sus compañeros por bastante menos dinero. Ni que alguien no pueda aspirar a esa plaza en el lugar que anhela por el hecho de que, por ser más antiguo en el escalafón, le haya alcanzado un ascenso como a quien alcanza un rayo. Y que, al contrario, alguien puede ser Abogado Fiscal y ocupar plaza de Fiscal y cobrar más de lo que teóricamente corresponde a su categoría. Y entonces el interlocutor se queda definitivamente ojiplático. Por suerte, y aunque las cosas de palacio van despacio, algunos compañeros y compañeras tenaces, han ido consiguiendo sentencias en la vía correspondiente para corregir estas desigualdades y pagarles, en su caso, lo que toca por el trabajo que hacen, pero todavía lo están peleando. Y lo que te rondaré, morena     

Por supuesto, te olvidas de comentar la razón por la que nuestra nomenclatura parece militar, con tanto teniente, área, zona o, antiguamente, destacamento. Eso, mejor te lo dejas para cuando se recupere del susto, si es que para entonces no ha decidido dejar de estudiar Derecho o abandonar la oposición.

Como he dicho, cuando de jueces se trata, parece más sencillo. Pero solo lo parece. Porque en principio, a la regla que nos enseñaban de que juez -o jueza- es el titular de un órgano unipersonal y magistrado -o magistrada- el de un órgano colegiado, le salen tantas excepciones que casi deja de ser regla. Primero, porque quienes llegaban a la carrera iban a un órgano unipersonal y mixto, cosa que ahora no sucede, porque pueden ir de apoyo o de JAT a cualquier sitio. Y luego porque pueden ser de jueces de adscripción temporal, como vimos en su estreno, hasta que las ranas críen pelo, si quieren o no tienen mejor salida.

A esto hay que añadir algo que resulta obvio para quienes habitamos Toguilandia, pero no tanto. Que hay magistrados y magistradas que ocupan órganos unipersonales y que hay juzgados que requieren categoría de magistrado para acceder a ellos, con lo que surge la paradójica figura del magistrado-juez o su correlativo femenino. ¿En qué quedamos entonces? Pues que ni sí, ni no, sino todo lo contrario.

Y otro tanto pasa con los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia, cuyo destino y categoría va unido al del juzgado o sala en el que se encuentran. Con las mismas incongruencias.

Y digo yo que, con tantas veleidades reformistas como ha habido. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido convertir nuestra organización en algo razonable? No digo yo que tengamos que copiar la organización de funcionarios de otras administraciones, cuyos puestos se relación con letras y números, pero un poco de sistemática no nos vendría nada mal ¿O es que preferimos que siga siendo incomprensible?

No quiero ni pensar el sudoku que habría que hacer si la eternamente postergada instrucción del fiscal llegara a término y hubiera que recolocarnos como las piezas de un puzle. Pero seguro que no es ni hoy ni mañana

Mientras tanto, me reservo el aplauso. Y lo dejo en suspenso para quine corresponda hasta que ponga un poco de sensatez a algo que cada día se complica más en vez de aclararse. Y me avisáis de cuando descongelo el aplauso.

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