Anacronismos: obsolescencia no programada


              Las antigüedades tienen mucho encanto. Y las cosas antiguas también pueden tenerlo, aunque no sea lo mismo. Pero lo que ya va teniendo menos gracia son las cosas viejas sin más. Sobre todo, si tienen que resolver necesidades nuevas. ¿Nos imaginamos desplazarnos ahora en el coche de caballos de Escarlata en Lo que el viento se llevó, por bonito que resultara en su día? ¿O llamando por teléfono con esos aparatos adosados a la pared que salían en películas como Qué bello es vivir o con el zapatófono del Superagente86? Pues eso.

            En nuestro teatro, sin embargo, estamos más que acostumbrados a resolver necesidades nuevas con medios antiguos. O, mejor dicho, a intentarlo, aunque no siempre se consiga. Así que en plena era de la tecnología aun contamos con algunos “ingenios” que vivieron su época dorada hace muchos años.

            A cualquiera que, ajeno a Toguilandia, se relacione con nuestro mundo, se le salen los ojos de la órbitas cuando comprueba que uno de los artilugios que a toda marcha es, nada más y nada menos que el fax, algo que en muchos sitios ya ni se usa pero que resulta imprescindible tal como funcionamos. Pero si el fax ya está a punto de entrar en desuso salvo en Justicia, hay algo que no es que esté a punto, es que lo está. Me refiero a los telegramas, que se siguen usando para citaciones y otros menesteres cuando en sitios tan cercanos como en Francia han dejado oficialmente de utilizarse y clausurado sus oficinas. Casi nada.

            Pero los ejemplos son múltiples. Me aporta un compañero el sofisticado modelo de papelera que ilustra este estreno, el no va más para el reciclaje y la protección de datos, teniendo en cuenta la sensibilidad de las informaciones que constan en nuestros papeles. Pero como hablemos de una trituradora de papel, a alguien le da la risa. O las ganas de llorar.

            Por otro parte, nuestro día a día se nutre de numerosos adminículos de papelería que es difícil encontrar en otros sitios. Las gomas de caucho son uno de ellos que, salvo para esconder los postizos en el peinado de fallera -pasmaos, que sé peinar-, no he visto usar en ningún sitio, y menos con la frecuencia que lo hacemos en fiscalía y juzgados. Lo mismo sujetan las carpetillas  para ir a juicios que consiguen que los tomos de un sumario no se desparramen. Que, por descontado, nos sirven de preciosas pulseras cuando te las colocas en la muñeca porque no sabes bien donde ponerlas. Y es que la digitalización es lo que tiene. O, mejor dicho, lo que no tiene.

            Y hablando de sostener tomos, todavía hay otras cosa más viejuna que ahí sigue. Me refiero a los cordeles con los que atan la pieza al sumario, la llamada cuerda floja por nuestra modernísima Lecrim del siglo XIX y que, aparte de ahí, solo he visto para atar longanizas o chorizos.

            Y, por supuesto, si de tomos y tomazos se trata, de alguna manera habrá que trasladarlos de un lado a otro. Ya se hizo famoso en su día el carrito de Mercadona que un entonces famoso fiscal tenía tras de él en una entrevista, pero, aunque él ya no está en la carrera sino en excedencia, no puede decirse lo mismo de los carros, que siguen cumpliendo esa función, tan diferente a la de transportar hasta la caja registradora las frutas, las verduras o el papel higiénico que les es propia. Y ojo, que hasta aquí llega el intrusismo, y cualquier silla o asiento, con un par de ruedines que tenga, sirve para trasladar los expedientes, siempre que no sea de esas de cuero claveteado que aun lucen por algunos despachos. Y eso incluye las maletas, trolers, maletines y cualquier otro instrumento similar Que no se diga que desaprovechamos los medios

            Otra reliquia habitual en nuestro mundo es el CD. Y no es la cita de vídeo de milagro, aunque alguna he llegado a ver reproducir en sala. No deja de ser curioso que cuando los ordenadores portátiles de que disponemos no tienen ranura para CD , los juicios sigan grabándose en este soporte y parte de la prueba también. Y no hay más que ver el modo que van de la ceca a la meca, dentro de expedientes llenos de grapas desafiando a todo. Faltaría más.

            Aunque nada más imprescindible en nuestro escenario que un buen mazo de posits Nunca les rendiremos el homenaje que merecen esos rectángulos de papel que tan pronto te anuncian la urgencia de una cusa con preso como la distribución de trabajo. Qué sería de nuestra vida sin ellos…

            En este mundo, quien tiene una grapadora y un quitagrapas tiene un tesoro. Os lo digo yo que tengo el quitagrapas atado con un cordel -si, como el de los tomos… y de los chorizos-, porque en casa del, herrero cuchillo de palo. O sea, que me desparecían hasta que tomé tan sofisticada medida de seguridad. Que no soy yo nadie cuando me pongo, oiga. Aunque reliquias tenemos bastantes, desde esos bolis bic que soportan el paso del tiempo mejor que la mismísima Jane Fonda, a los móviles de la guardia que se convertirán en piezas de museo antes de que cambien el modelo.

            Para acabar, no me quiero olvidar del elemento humano, pura poesía. Nada comparable en el mundo al modo en que el auxilio -antes, agente judicial- llama a gritos a las personas que deben entrar a declarar en el juicio, o dice eso de “audiencia pública”. Que para qué pantallas ni requerimientos digitales si tenemos cuerdas vocales ¿verdad?            

Pues eso, que hasta aquí una pequeña muestra de todas esas antiguallas que forman parte de nuestro día a día. No están todas las que son, pero, sin duda, si son todas las que están. Por eso no puedo olvidarme del aplauso, destinado a todos esos compañeros y compañeras que han  compartido sus cuitas conmigo. Que ya dice el refrán que a mal de muchos…

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