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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Adiós 2022: bienvenido 2023


              Como cada año, ha llegado el momento de hacer balance, también desde nuestro teatro. Y, como en el cine, echaremos la vista atrás para quedarnos con Algo para recordar y diremos Adiós a todo lo malo. Siempre hay una oportunidad para Volver a empezar.

              En nuestro teatro, ha habido de todo un poco. Nos removieron las aguas, una vez más, al no mover lo que debería estar más agitado que el Martini de James Bond. Hablo, por supuesto, del Consejo General del Poder Judicial, que sigue un año más -y van cuatro- de prestado ante la incapacidad de los políticos de ponerse de acuerdo. Y aprovecho la ocasión para recordar algo que nunca se dice lo suficiente. El Consejo General del Poder Judicial no es Poder Judicial. Ni siquiera es Administración de Justicia en sentido estricto, sino un órgano de carácter político por su modo de elección y sus funciones. Es el órgano de gobierno de los jueces -y juezas- como tantas veces nos dicen, pero ni todos sus miembros proceden de la carrera judicial ni ejercen la jurisdicción como tal Consejo. La Justicia de verdad queda muy lejos de sus despachos, en las trincheras del día a día de cada Juzgado y cada Fiscalía de España, donde resolvemos pequeños y grandes problemas con casi siempre pequeños medios. Es lo que hay.

              Tampoco es Poder judicial ese Tribunal Constitucional cuya renovación nos ha producido días de terremoto -y de sonrojo- y que finalmente se ha renovado en tiempo de descuento. Tanto, que sus nuevos miembros toman posesión el 31 de diciembre. Si se descuidan, no llegan.

              Pero más allá de nuestro teatro, y del mundo ene general, con sus guerras y sus desastres varios, está la historia personal. Y también de esta toca hacer balance. Mi balance toguitaconado, en este caso.

              En lo profesional, penas que son alegrías, y viceversa. Las denuncias por delitos de odio, a los que, junto con los compañeros de la sección que capitaneo, dedico mucho tiempo y mucha ilusión, continúan creciendo, sin que nunca sepa bien si es una buena o mala noticia. Mi parte optimista me dice que si suben las denuncias es porque la gente que sufre estos delios empieza a reaccionar, a confiar en la justicia y a romper ese silencio que es el gran obstáculo para perseguir estos hechos. Mi yo pesimista me dice que, en esta sociedad tan polarizada, donde el discurso de la desigualdad ha llegado a las instituciones y ha llegado a sentar sus posaderas en el poder, los delitos crecen Supongo que la verdadera respuesta estará en el punto intermedio. Pero yo sigo teniendo a mi fiscalita positiva y a mi fiscalita siesa peleándose entre ellas. Aunque, por suerte, ninguna de las dos deja de trabajar.

              ¿Y qué voy a decir de la violencia de género, la otra parte de mi trabajo? (No, no me lo he dejado por los delitos de odio, sino que lo he sumado, porque hay quien sigue preguntándolo). Y es que, visto lo visto en el último mes, todas las manos son necesarias. Siguen asesinando mujeres, y seguimos sin dar con la solución. Y no olvidemos que más allá de leyes y medidas, lo más importante son los medios para llevarlas a la práctica, y ahí en Justicia siempre andamos escasos. Y, por supuesto, recordemos una vez más que la ciudadanía tiene un papel esencial en este tema, y no siempre da la talla. El negacionismo se ha inoculado a mucha gente y la pasividad se ha instalado en otra mucha, Demasiada. Y sin un reproche social firme y contundente, esto nunca acabará. Nunca. Porque en los juzgados gestionamos el fracaso, pero la solución ha de estar en la prevención. En el antes, no en el después.

              Por eso agradecí tanto todas las muestras de apoyo en ese tema por el que me sentí abrumada . Fue -y sigue siendo- muy desagradable tener a alguien que utiliza mi imagen para decir barbaridades y tratar de humillarme. Insisto en lo de “tratar” porque, como dice el refranero, no ofende quine quiere sino quien puede. Pero, como dije en su día, me quedo con las muestras de apoyo, que vinieron desde personas particulares hasta instituciones como la Fiscalía General del Estado, desde personalidades como la ministra de Justicia o la delegada de Gobierno contra la Violencia de Género hasta asociaciones judiciales y fiscales. Y, por supuesto, los medios de comunicación, empezando por Loreto Ochando, que desde El Plural fue la primera, hasta muchísimos otros medios. Mil gracias otra vez. Seguro que el 2023 es el año de finalización de esto.

              Pero, como reza el dicho, mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido. Y yo me niego a eso. Así que también ha muchas cosas bonitas que contar en el terreno personal. El primero, mis libros. Este año no vio la luz ninguna de mis criaturas en solitario, porque las que ya van por ahí, Els cabells molt rulls sobre todo, necesitaban el espacio que la pandemia les robó. Pero el año que viene empezará fuerte, ahí lo dejo. De momento, he intervenido en la antología de 101 Relatos Judiciales, con un relato sobre Clara Campoamor que me encantó escribir y en Salgan con los libros en alto, de Generación Bibliocafé, que además ha celebrado sus primeros diez años de vida.

              La literatura, junto con otra de mis grandes pasiones, las fallas, me dieron las primeras alegrías del año. Sendos segundo y tercer premio en el certamen literario de aproposits fallers, infantil y adulto, de Junta Central Fallera. Una suerte de obra de teatro con características propias a la que he tomado gusto.

              Y este año he tenido una experiencia fantástica, ser jurado del premio Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia, que premia relatos relacionados con la igualdad. Un certamen que gané hace tiempo y del resulté finalista en más ocasiones y que me ha regalado el placer de vivirlo desde el oro lado.

              Aunque, si de premios se trata, este año ha habido dos maravillosos. El de las Cortes Valencianas, que me reconoció entre las mujeres a destacar por el 8 de marzo, y el del Consell Valencià de Cultura, ambos por trayectoria. Para que luego digan que nadie es profeta en su tierra.

              Aunque allende fronteras autonómicas tampoco puedo quejarme. Un año más me han reconocido entre las 25 mujeres más influyentes de España, en concreto, en el puesto noveno. Solo de ver la compañía de mujeres fabulosos da vértigo. Mil gracias de nuevo. Y además, en un año tan especial como este, en el que celebraba 30 años como fiscal, algo que dio lugar a una fiesta inolvidable en Teruel junto con toda mi promoción.

              Y, como guinda, eso hobbies que son mucho más que eso. Bailar se ha convertido en una de las actividades más gratificantes de mi vida. He disfrutado, y seguiré haciéndolo, con el tutú y las puntas, con el contemporáneo y, cómo no, con la dansà, el traje regional y las castañuelas. Probadlo. No sabéis lo que os perdéis si no os animáis a hacer lo que os gusta.

              Y hasta aquí, este breve balance. El aplauso lo doy a todas las personas que me leéis cada semana. Sin vosotras, nada de esto sería posible.

Hada madrina: milagros que hacen justicia


              Cada año, en Con Mi Toga y Mis Tacones nos asomamos a historias muy especiales, historias que son o no reales, pero son tan reales que podría serlo. Porque las hadas madrinas existen, aunque no siempre vengan con varita mágica. Porque a veces, las varitas mágicas tienen una forma que no reconocemos.

              Eso le pasó a Lorena, una periodista como tantas otras. Pero Lorena tenía sus propias ideas, entre ellas, una considerable beligerancia contra la batalla contra la Violencia de Género y quienes la defendían. Sobre todo, a Lorena le parecían exageradas todas las ayudas destinadas a las víctimas y consideraba que ahí había un coladero para desaprensivas y caraduras.

              Por eso Lorena había ido evitando los temas comprometidos que pudieran dejar sus ideas al descubierto. Sabía que no le convenía significarse y con ello cerrarse puertas, así que trató de quedarse con temas blancos, temas donde nada de todo eso pudiera salir a la luz. Aunque a veces la luz es más fuerte de lo que imaginamos.

              Lorena cubría temas de artes escénicas. Especialmente, estrenos y representaciones de teatro. Ese día, sin embargo, le había tocado danza. Ballet clásico, en concreto, un arte del que conocía bastante porque lo había practicado hasta los 20 años, cuando las circunstancias le hicieron elegir entre el tutú y el micrófono. Había seguido la carrera de Carla Aguilera, una niña que despuntó en un programa de jóvenes talentos de televisión y que ahora volvía a nuestra ciudad como primera bailarina del Royal Ballet. Así que preparó las preguntas de una entrevista muy previsible, en la que obtuvo unas respuestas tan imprevisibles que nunca las olvidaría

  • ¿Nos puedes contar cómo conseguiste compatibilizar los estudios con la danza, Carla?
  • Bueno, en principio lo llevaba bien. Mi madre hacía grandes sacrificios para conseguir proporcionarme todo lo que necesitaba para bailar porque, aunque el Conservatorio era público, las zapatillas, la ropa y un montón de cosas que necesitábamos no lo eran. Entre ellas, la profesora particular que me ayudaba a recuperar las clases que me veía obligada a perderme en el Instituto. Pero nos apañábamos. Hasta que llegó la beca del Royal Ballet
  • Entonces todo cambió a mejor ¿verdad?
  • Eso me hubiera gustado, pero -Carla paró, tomó aire, y supo que había llegado el momento de romper su silencio- fue todo lo contrario. Cuando mi padre clavó a mi madre el cuchillo con el que iba a cortar el jamón para celebrar el triunfo, todo empezó a desmoronarse. El shock, el juicio, el dolor…y la sensación de que todo saltaba por los aires. El Royal Ballet, donde había obtenido la beca, me dieron un plazo de tres meses para incorporarme, pero la situación en que había quedado, con mi madre en el cementerio, mi padre en la cárcel y más cuotas de hipoteca por pagar que el valor de nuestra casa, me dejaban pocas opciones. No tenía manera de cubrirme la estancia y la vida en Londres, por más que la beca cubriera parte.
  • Pero, al final fuiste. ¿no?
  • Sí. Y lo hice gracias a mi particular hada madrina. Me acuerdo de que estaba ensayando Cenicienta, como si fuera una premonición, en mi conservatorio de siempre, cuando recibí una visita. Aquella hada madrina sin varita ni traje brillante, tenía en sus manos la solución a mi problema. La Fundación a la que pertenecía otorgaba becas para estudios a personas huérfanas de víctimas de violencia de género, como yo. Así que, cuando lo daba todo por perdido, conseguí cumplir mi sueño e ingresar en la escuela del Royal Ballet. El resto, es historia. Pero toda la vida tendré una deuda enorme con la Fundación. De hecho, he decidido que irán a sus arcas las ganancias de la taquilla del día del estreno. Por fortuna, mis compañeras y compañeros están de acuerdo.

            Lorena no salía de su asombro. Aquello no tenía nada que ver con el artículo que ella pensaba escribir, ni mucho menos con las ideas que había mantenido toda su vida. Aquella mujer, casi una niña y ya toda una prima ballerina, estaría probablemente despachando hamburguesas o trabajando de cajera si nadie hubiera apostado por su talento y hubiera hecho posible que siguiera sus estudios.

       Así que acabó dedicando su artículo a una Fundación que realizaba diversas acciones con este fin. Entre las actividades, supo que jugaban en el sorteo anual de El Niño, con décimos solidarios que, si tocaban, servirían para dar becas como aquella de la que disfrutó Carla, primera bailarina del Royal Ballet de Londres

       Lo que no escribió en su artículo es que nunca más diría que las víctimas de violencia de género cobraban demasiadas ayudas, como había venido defendiendo desde siempre.

Esta historia podría estar basada en hechos reales. O no. Aunque Carla no exista, existen muchas Carlas esperando su beca. Lo que si que existe, por suerte es la Fundación Soledad Cazorla, que otorga becas de estudio a huérfanos y huérfanas de violencia de género. Y también es real la iniciativa de la Lotería del Niño: por eso hoy nuestro escenario invita a todo el mundo a colaborar

Os daré el aplauso en cualquier caso, lo hagáis con el número que lo hagáis. Pero si apostáis al mío, me haréis un poco más feliz. A mí, y a la pequeña bailarina que podría haber dibujado Carla de pequeña y que, esta vez, ha salido de mi humilde lápiz.

No hay más que dar cilc aquí

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

#cuentosdeNavidad : Poinsettia


Poinsettia

-Mira. Estaba tan preciosa que no he podido resistirme a traerla

-Es muy bonita, pero…

-Ya sé. Te acuerdas de aquel día

        Claro que me acordaba. ¿Cómo olvidarlo? Yo temblaba como un flan. Después de recorrerme todas las tiendas de la ciudad en busca del regalo ideal, acabé decidiéndome por la planta. La señora que regentaba la floristería me dijo que era lo más refinado que podía regalar para Navidad, que acababa de recibirla y que ya vería como pronto se harían populares.

            Tenía razón. En apenas un año, en todas partes se veían aquellas plantas de hojas rojas y puntiagudas, y en pocos años más, cualquier tienda las tenía. Pero entonces, no. Yo era la primera vez que la veía y, aunque me insistieron que se conocía como “flor de pascua”, me quedé con el nombre culto, poinsettia.

-¿Le has comprado una planta a mi madre? Qué buena idea. Seguro que le va a encantar

-Es una poinsettia

-Vale, pero es una planta, ¿no? Y tú eres más cursi que un repollo con lazos

            No sabía si acertaría. Era mi presentación en sociedad. Habíamos decidido que era el momento de que su familia me conociera y yo fingí un entusiasmo desmedido ante la propuesta. Pero tenía miedo, un miedo que no podía controlar. Era difícil que alguien como yo encajara en una familia como la suya

-Les vas a encantar

             Su madre, viuda desde hacía tiempo, había insistido en que quería que todos sus hijos acudieran con sus parejas a celebrar la Nochebuena. Pero temía su reacción cuando me viera aparecer. Yo no pertenecía a su mundo, y me sentía como una pieza sacada de un rompecabezas distinto al de aquella estampa idílica que estaban acostumbrados a construir cada Navidad.

            A pesar de mis temores, todo transcurrió con aparente normalidad. Aquella señora de modales suaves y carácter fuerte me obligó a sentarme a su lado y no dejó de darme conversación en toda la velada. Su hermana me cubrió el otro flanco y los hermanos disimularon sus caras de sorpresa con tanta maestría que cualquiera hubiera dicho que lo sabían todo. Él sonreía, con una cara de felicidad tan plena como nunca le había visto.

            Cuando nos despedíamos de ella, ya a solas los cuatro, fue cuando la marquesa de Benejúzar, mi suegra, pronunció la frase que se convirtió en el leit motiv de nuestra vida

-Lo que me voy a disfrutar contándoles a mis amigas que soy una pionera en abrir armarios. No quiero ni pensar la cara de pasmo que van a poner Cuchita y Chimi.

             Después de una carcajada, nos abrazamos, con los ojos llenos de lágrimas. Apenas empezaban los ochenta y todavía quedaba mucho camino por recorrer para que reconocieran a las parejas del mismo sexo. Y aún más en el ambiente en el que había nacido y se había criado Luis. Pero aquella mujer magnífica hacía fácil lo difícil.

            Ya era muy mayor, pero estaba llena de vida cuando, años después, celebramos nuestra boda. Solo faltó uno de los hermanos de Luis, que después de aquella Navidad se cansó de disimular su rechazo a nuestra relación. Por lo demás, fue todo perfecto.

            Hace un par de años, conseguimos adoptar una niña. Yo me empeñé en llamarla como mi suegra, pero ella no lo consintió

-Como le pongáis a la niña mi nombre, cierro el armario ese del que salisteis hace años

            Fue una bendición, porque llamar a una niña Gertrudis era cargarla con un sambenito tal vez excesivo

-¿Y si la llamamos Poinsettia?

            Así fue. Gertrudis murió el pasado año, justo antes de Navidad, tras pasar un par de años sufriendo como el Alzheimer se llevaba poco a poco sus recuerdos. Pero nunca olvidó el nombre de su nieta. Fue la última palabra que pronunció, lo único que no logró llevarse la enfermedad

              Por eso hoy, cuando tanto la recordamos, he vuelto a comprar una planta igual que la de aquel día. La hemos puesto en el centro de la mesa. Su lugar.

Lectura: milagros en blanco y negro


Hoy nuestro teatro estrena un cuento, mi cuento que forma parte de la antología de Generación Bibliocafé «Salgan con los libros en alto». Espero que os guste

Milagro en blanco y negro

 “Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”

Diario de Anna Frank

         Nunca pensé que el sonido de una alarma antiaérea fuera a hacerme feliz. Ni siquiera sabía unos meses antes qué era una alarma antiaérea, salvo lo que había visto en alguna de aquellas películas antiguas en blanco y negro que tanto le gustaban a mi padre. Pero, a veces, las cosas que creemos que nunca van a pasar, pasan. Y a mí me pasó.

         La primera vez me causó un gran impacto, aunque no fuera consciente de lo que ocurría. Mi madre llevaba días muy nerviosa, deambulaba de un lado a otro trayendo y llevando cosas que yo ni siquiera sabía qué eran. Mi abuela casi no hacía otra cosa que llorar y suspirar, y repetir en voz muy baja “otra vez, no”. Mi padre estaba fuera de casa, en uno de sus viajes de negocios que esta vez se me estaba haciendo más largo de lo normal. Pero yo seguía con mi vida sin hacer mucho caso a todo aquello. Hasta que mi madre me gritó, con una voz aguda que nunca antes le había oído

  • Coge lo más preciso que tenemos que irnos a un sitio. Y coge unos cuantos libros, que te vendrán bien.

¿Libros? Yo leía de vez en cuando, aunque no tenía una gran pasión por la lectura. Lo que me obligaban en el colegio y poco más. En todo caso, alguna cosa que me recomendaban mis colegas o que se había puesto de moda. Ni siquiera supe de dónde coger los libros a que aludía mi madre. Ella, viendo mi cara de desconcierto, me llevó a una estantería del despacho donde trabajaba mi padre, y cogió unos cuantos

  • Estos te gustarán- aseguró- Y ahora corre al sótano. Yo ayudaré a la abuela a bajar.

        Su voz quedó casi oculta por el sonido de un timbre agudo y persistente que se me quedó grabado en el oído y en el alma.

         Salí a la escalera con los libros en una mano y el desconcierto en la otra. No tuve problema en encontrar el dichoso sótano porque varios vecinos me antecedían a la carrera, mientras otros me empujaban por detrás instándome a que me apresurara. Mi madre llegó al cabo de un rato que se me hizo eterno, junto a mi abuela, que repetía su salmodia entre sollozos “otra vez, otra vez.”

         El sótano era bastante diferente de lo que me había imaginado. No estaba mal del todo. Tenía sillas de sobra, un par de mesas y hasta un sofá desvencijado donde acomodaron a mi abuela. También tenía una pequeña nevera, y varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Ahora ya entendía todos aquellos viajes de mi madre cargada de cosas.

         Me cogió de la mano y me situó en una silla, junto a una mesa y una pequeña estantería. Yo todavía llevaba los libros que me había dado en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ellos. Me señaló la estantería

  • Puedes dejarlos aquí. Así echaremos mano de ellos cuando acabemos el que estamos leyendo. Elige uno

        Hasta entonces no había tenido tiempo de mirar ni siquiera las portadas. Tres libros de Julio Verne, ese autor que mi padre se empeñaba en que leyera, a lo que yo me había resistido porque me parecían anticuado, y “El diario de Anna Frank”. No sé si la elección de ese libro fue casual o intencionada, pero parecía lo más acorde con nuestra nueva situación. Lo cogí sin demasiadas ganas y me sumergí en sus páginas.

         No llevaba ni diez minutos leyendo cuando alguien se sentó a mi lado.

  • ¿Puedo?

       Agarró “El rayo verde” de la estantería y se quedó mirándome esperando mi asentimiento.

  • Claro

       No pronunciamos una palabra más. Continuamos durante más de dos horas cada cual en su libro hasta que nuestras madres vinieron a buscarnos

  • Ya podemos volver. El peligro ha pasado.

       Ni siquiera nos despedimos. Antes de marcharme, dejé mi ejemplar de El diario de Anna Frank en la estantería. No sé por qué lo hice, si porque no quería volver a aquellas cuatro paredes o porque quería dejarlo como un rehén para mi vuelta. Ahora sospecho que fue más por lo segundo, pero entonces no tenía ni idea. Ni de eso, ni de nada de lo que pasaba.

         Regresamos a nuestra vida, aunque nada volvió a ser como antes. Mi abuela seguía sollozando y mi madre continuaba trajinando de acá para allá. Mi padre continuaba sin aparecer, pero ya no me atrevía a preguntar por él.

         En un par de días, cuando ese pitido agudo y desagradable volvió a alterar nuestra rutina, me descubrí dando saltos de alegría. Bajé las escaleras a toda prisa, con un cargamento precioso en mis manos. Había cogido varios libros más de la biblioteca de mi padre y los fui a dejar en la estantería con el corazón en la boca. Cuando llegué, una de las dos sillas ya estaba ocupada y “El rayo verde” había vuelto a la mesa.

  • Te estaba esperando. He traído unos cuantos libros de mi casa para nuestra estantería
  • Yo también

        Apenas había retomado a Anna Frank donde la dejé, una niña se acercó a nuestro rincón

  • ¿Me podrías dejar un libro?
  • Claro. Coge el que quieras
  • ¿Cuál me recomendáis?

       Le explicamos lo que sabíamos de cada ejemplar y decidimos que “Mujercitas” le podía gustar. Se fue con una sonrisa

  • Cuando lo acabes, te lo cambiamos por otro

         Se corrió la voz y en, poco tiempo, los ejemplares se habían multiplicado y también quienes acudían en busca de algo de lectura para espantar las sombras de la guerra. Pusimos un pretencioso cartel casero de “librería” en el estante más alto y comenzamos una actividad frenética.

         Yo había acabado hacía días “El diario de Anna Frank” y estaba a punto de terminar “La vuelta al mundo en 80 días” cuando me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, que era una buena ayuda en nuestra situación

  • Pues voy a leerlo yo

          Una vez más nuestras madres nos interrumpieron, con aquella frase que ya no quería decir nada

  • El peligro ha pasado, volvamos a casa.

         Esta vez parecía que iba en serio. Pasaron varios días sin que la alarma nos incordiara, y un espejismo de tranquilidad nos invadió. A todo menos a mí, que anhelaba en secreto volver a mi librería.

         El espejismo, no obstante, acabó pronto. En unos días, la alarma volvió a sonar con más fuerza que nunca. Casi al mismo tiempo, un estruendo nos hizo tambalearnos mientras bajábamos por la escalera hasta el sótano. Cuando llegamos, supimos la terrible noticia. Una bomba había alcanzado de pleno al edificio contiguo, en el que vivían más de la mitad de las personas que se refugiaban en nuestro sótano.

         De pronto, me invadió el pánico. Corrí a mi librería y no vi a nadie. Un negro presentimiento me sacudió, y me puse a buscar un libro, el único libro que faltaba en la librería, “El Diario de Anna Frank”.

         No estaba por ningún sitio. Sabía que la última vez que lo vi estaba en sus manos, y aquello solo podía significar una cosa.

         Lloré y lloré sin consuelo, dejando que las lágrimas empaparan todos los ejemplares que había revuelto en mi búsqueda frenética. Maldita guerra y malditas bombas. Me senté a sollozar en silencio junto a mi abuela, que no había dejado de hacerlo desde el primer día en que bajamos a aquel sótano.

         No sé cuánto tiempo transcurrió, pero una voz desconocida me sacó de mi marasmo

  • Necesito un libro Y no hay nadie en la librería

          Fui arrastrando los pies y el alma. Sentía que era mi deber, por más que no tuviera ganas de nada. Cuando llegué a mi rincón, no pude creer lo que estaba viendo. Mi ejemplar de “El diario de Anna Frank” estaba de nuevo en la estantería

  • Me salvó. Anna me salvó –me dijo llorando de pena mientras yo lloraba de alegría- Bajé hoy al sótano porque tenía ganas de leer y el libro estaba en nuestra librería. Estaba aquí cuando pasó todo. Ahora ya no tengo nada. Solo los libros

        Nos abrazamos y lloramos hasta que no nos quedaron lágrimas. Luego recordé a la niña que me había pedido el libro, que seguía esperando

  • ¿Qué libros te gustan?

LAJ: entender para comprender


              No siempre somos conscientes de la importancia de las cosas hasta que nos quedamos sin ellas. Y entonces, como suele pasar, las consecuencias son inevitables- Jugando con títulos de películas, la Bendita ignorancia no es siempre tan bendita, y La sabiduría es fundamental para prevenir los riesgos Antes que sea tarde.

              En nuestro teatro no siempre sabemos darnos a entender, sobre todo a la opinión pública. Y luego vienen las consecuencias, que esa misma opinión publica no entiende. Ese es el sentido de este escenario toguitaconado, y en eso vamos a abundar.

              Hoy voy a hablar de los LAJ, dicho coloquialmente, o de los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia utilizando la nomenclatura correcta. Y lo voy a hacer porque, desde hace tiempo, están enredados en unas reivindicaciones tan justas como desconocidas. Y ya se sabe que es una obra de misericordia enseñar al que no sabe. Que luego se suspenden las vistas, las declaraciones o cualquier otra actuación en los Juzgados y la gente no sabe por qué.

              Este teatro, en las primeras funciones de su historia ya dedicó un estreno -de los más visitados hasta el día de hoy- a los entonces llamados Secretarios Judiciales, un estreno que hacía referencia a la cara oculta de la luna por el desconocimiento de su existencia aunque siempre estén ahí. Incluso la propia denominación daba lugar a desagradables equívocos, cuando había quien pensaba que eran los secretarios particulares de los jueces o juezas, cuya misión era llevarles el café, hacerles las fotocopias y poco más. En tan lamentable error cayó alguna que otra película y serie de televisión, siendo la más recordada al respecto la segunda parte de Turno de oficio, que dio incluso lugar a una queja del colectivo. Con toda la razón.

              Ya hace mucho tiempo, en el año 2015, cambiaron su nombre por el de Letrados -y Letradas- de la Administración de Justicia. No me atrevería a decir si el nuevo nombre fue un acierto, porque la confusión puede seguir existiendo respecto de la abogacía, pero lo cierto es que ya hace bastantes que nos quedamos con la versión reducida a siglas que, aunque no es demasiado armónica al pronunciarla, sí les dota de una individualidad que no da lugar a dudas a quienes habitamos Toguilandia. Y tal vez ahí está el problema, en que solo es en nuestro mundo donde lo tenemos claro. Y a veces ni eso.

              Hagamos la prueba. Preguntemos a cualquier persona -incluidos periodistas no especializados en tribunales y tertulianos y opinólogos varios- qué es un LAJ. La cara de asombro de cualquiera ante la pregunta es un hecho. Pero pongámoselo más fácil. Preguntemos si saben qué es un Letrado de la administración de Justicia y a buen seguro que, además de los consabidos no sabe/no contesta encontraremos respuestas de lo más variopintas, pero todas ellas más cerca de la función de la Abogacía que de la que les es propia. Y es que si siempre digo que la fiscalía es la gran desconocida de la Justicia, lo suyo ya es un Expediente X que ni Iker Jiménez. Y bien está arrojar un poco de luz a este nuestro Cuarto Milenio particular.

              Tradicionalmente, los Secretarios Judiciales -así, en masculino, que era como se denominaba al cuerpo- tenían por función fundamental la fe pública. Es decir, que eran algo así como los notarios de la Administración de Justicia. Y esto no es cualquier cosa, porque nada de lo que hagamos tendría validez si no dejan constancia de ello. Y esta función fundamental se ha visto aumentada en los últimos tiempos con otras muchas, incluida la de dictar algunas resoluciones que antes competían de manera exclusiva al poder judicial. De hecho, iba a escribir a «Sus Señorías», incurriendo en un frecuente error, que también lo son, al igual que lo somos las y los fiscales. Como también llevan su toga y sus puñetas, nuestro particular uniforme de trabajo.

              La función de los LAJs es indispensable en actuaciones tan conocidas y necesarias como entradas y registros, apertura de correspondencia o, algo que cada vez se ve más en estos tecnológicos tiempos, transcripción de conversaciones y cotejo. Sin eso, no hay prueba que valga, y sin prueba, ya se sabe que no hay condena. Ni siquiera vale un levantamiento de cadáver si no están presentes. Y esto son solo algunos ejemplos.

              Hay quien puede pensar que, como ya no están en las salas de vistas recogiendo como un monje amanuense en acta manuscrita todo lo que ocurre en juicio, ya no son necesarios. Craso error. Lo que resultaba anacrónico es que en pleno siglo XXI tuvieran que estar recogiendo cosas al dictado como me hacía mi madre cuando iba a Primaria. Ahora lo hacen los ordenadores, por descontado. Pero es necesario que se garantice que esos ordenadores, con ese programa informático y el modo de hacer responden fielmente a lo que ha sucedido en el juicio, en la declaración o en el acto que sea, y que tenga validez. Y eso es lo que hacen los LAJs, y sin eso no hay nada de nada.

              ¿Y por qué cuento esto? Pues para que se entienda que, como está sucediendo ahora, si se declaran en huelga, los efectos para el justiciable, que ve suspendidos juicios, declaraciones u otros actos judiciales que estaba esperando son graves. Por no hablar de las consecuencias para otros profesionales, fundamentalmente la abogacía.

              Lo verdaderamente penoso es que hayan tenido que llevar sus reivindicaciones hasta las últimas consecuencias para que les hagan caso, porque padecen de un mal que comparten con jueces y fiscales, cual es la falta de órganos sindicales que puedan negociar sus derecho laborales con eficacia. Si unimos a eso que somos cuatro gatos en la inmensidad de la población -y cuatro gatos dan pocos votos- y que la Justicia es la hermanita pobre de las Administraciones públicas, tenemos La tormenta perfecta. Aunque sin Gerge Clooney al timón, ya quisiéramos.

              Así que cuando vayamos a quejarnos de que algo se suspende o se retrasa por estas movilizaciones, parémonos a pensar qué el lo que piden, y si es justo. Y no nos quedemos en la simpleza de que solo quieren que les subamos el sueldo, que ya lo he oído más de una vez y no solo de ellos. Reclamar un salario justo no es pedir sin más que suban el sueldo, y pedir unas condiciones de trabajo dignas no es un capricho. Porque ese trabajo es, precisamente, un servicio público, y para darlo en condiciones, se tienen que tener los medios adecuados, incluido el reconocimiento a la dignidad de la función, que es mucho más que palabrerío.

              En definitiva, se pueden compartir o no las reivindicaciones, pero lo que no se pueden nunca es ignorar. Así que, enterémonos bien de lo que reclaman, porque nadie se pone en huelga, perdiendo un dinero tan necesario,  por capricho

              Por eso hoy les dedico el aplauso. Porque es justo y necesario

Enfermedades : de la toga a la cama


            Son muchas las películas que tratan el tema de las enfermedades, desde uno u otro punto de vista. Un monstruo viene a verme, Camino, Cuarta planta, Mi vida sin mí, Maktub, Quédate a mi lado, entre otras muchas, como Philadelphia, que aborda la enfermedad en nuestro mundo de togas. Y, aunque no todas las enfermedades son graves, cuando lo son es cuando, sin duda, más juego dan al celuloide, por todos los sentimientos que despiertan

En nuestro teatro, como en todas partes, sufrimos enfermedades. Nadie se libra, ni la judicatura, fiscalía o abogacía ni encausados, testigos o peritos. Es la vida.

Hoy dedicaremos este estreno no a las enfermedades en sí mismas, sino a las consecuencias que producen en Toguilandia, no siempre fáciles de solucionar. Y recordemos que en nuestro mundo, pasa como con las fichas de dominó falla una y se caen todas. Sin remedio. O casi.

Durante estos últimos años hemos visto, entre la estupefacción y la adaptación, como un virus, el COVid, alteraba toda nuestra vida y dejaba sentir sus efectos más allá del tiempo del confinamiento y las restricciones. Primero fueron las suspensiones, y luego la acumulación de trabajo para recuperar el tiempo perdido pero aún ahora continuamos encontrándonos con más suspensiones y aplazamientos porque alguno de los intérpretes de nuestras funciones había cogido el dichoso bicho. Hoy, sin ir más lejos, ha sido una funcionaria de guardia la que ha tenido que ser sustituida a toda prisa por esa causa. Suma y sigue.

Pero no todas las enfermedades son pandémicas ni graves, Volvemos a ver, con más fuerza que nunca, el constipado nuestro de cada día, o la gripe nuestra de cada año que parece que no, pero puede dejar más incapacitada que si un camión de mudanzas te hubiera pasado por encima con toda su carga, piano incluido, Porque no hay mudanza que se precie sin piano, que si hay que ir, se va, que ir para nada es tontería.

Y es entonces, claro, cuando llega la pregunta del millón. ¿Qué se hace cuando, de repente, alguien de quienes estaban llamados a protagonizar la función del día no viene porque algo más que un moco ha ido a verle? Pues según depende, como todo.

Si se trata de un investigado, se suspende, por supuesto, siempre y cuando acredite la enfermedad de algún modo. Incluso si no la acreditara se suspendería en aquellos juicios que no se pueden celebrar en ausencia –penas mayores a dos años de prisión- aunque si no justifica esa ausencia de modo convincente, se ganará una busca y captura como la copa de un pino, y una comparecencia de prisión cuando la búsqueda dé frutos, con todo lo que ello puede suponer, que no es moco de pavo.

Si se trata de testigos, y también consta la imposibilidad por enfermedad, lo suyo es suspender, si la prueba fue admitida. Otra cuestión es si se trataba de un testigo que iba a proponerse como cuestión previa, porque en ese caso tiene que decidir su Señoría ponderando la certeza de la imposibilidad y la necesidad de su testimonio. Cosas de la tutela judicial efectiva, vaya.

Algo parecido ocurriría si se trata de un perito aunque, si es de los peritos “de la casa” –médicos forenses, psicólogos forenses- puede ser sustituido por un compañero o compañera que se come el marrón de estudiarse a toda prisa el informe para poder dar cuenta de él en la declaración o el juicio.

Si se trata de Su Señoría, las posibilidades son varias. Antes, cuando atábamos los perros con longanizas y teníamos siempre un sustituto a mano, la solución era sencilla, se les llamaba y punto pelota. Pero desde que nos cicatearon los medios personales, la cosa se pone más complicada y, aunque hay sustitutos y sustitutas para eventualidades, puede acabar siendo el juez de al lado quien se haga cargo de la sesión de juicios o de las declaraciones programadas, haciendo gala de un don de la ubicuidad que se nos presume a pesar de no ir en el programa de la oposición ni venderse con la toga y las puñetas.

Lo de la fiscalía todavía tiene más perendengues, porque siempre hay alguien que te espeta eso de que como el fiscal es único, pues que vaya cualquiera. Y ahí es dónde está el problema, que no siempre es fácil encontrar a cualquiera que esté libre, dada la multiplicidad de funciones con las que batallamos cada día. Y, además, aunque se encuentre el bombero para apagar el fuego, no siempre tenemos la información suficiente del asunto en cuestión para tirarnos así, a pecho descubierto. Pero más de una vez lo hemos hecho. No queda otra.

Y me he dejado para el final el caso de los Letrados y Letradas, con quienes nos encontramos cada día al otro lado de estrados. Sus dificultades son mayores, ya que al no ser un cuerpo público dotado de sustitutos, ni poder tirar de “cualquiera” como la fiscalía, se lo ponen chungo. En principio, la incomparecencia en juicio del abogado o abogada del investigado, da lugar a la suspensión, si bien las consecuencias para el profesional que no justifique su ausencia pueden ser lo más variadas, incluidas posibles sanciones. Por supuesto, se trataría de justificar, a priori si es posible o a posteriori si no lo es, la enfermedad padecida. Pero hay veces que las cosas no son tan claras y no se es tan receptivo a las peticiones de suspensión con un “que le venga a sustituir un compañero”. Sé de abogadas a las que les ha pasado algo así con relación a algo tan obvio como los embarazos y su desenlace forzoso en el parto. Y lo lamento profundamente. Hay que entender que, a pesar de que otro profesional pueda hacerse cargo del asunto, ello supone una pérdida económica y de clientes que no hay por qué soportar, cuando de un derecho tan esencial como la salud o la maternidad se trata. Pero sé que siguen peleando por ello. Y aquí dejo mi granito de arena para echar una mano, si es posible. Porque no podemos permitirnos, cuando de derechos se trata, eso de que en casa del herrero cuchillo de palo.

Por supuesto, cuando la enfermedad es lo suficientemente grave o prolongada en el tiempo, las medidas a tomar han de ser, por fuerza, distintas. En estos casos no se puede eternizar la duración de un proceso, y es cuando es necesario echar mano de los diferentes mecanismos de sustitución posibles. No hay más remedio.

Y hasta aquí, este estreno dedicado a eso que tanto ocurre por estas fechas de frío. Y que, por ocurrir con tanta frecuencia, deberíamos de tener previsto. Pero las cosas son así en Toguilandia. Y por eso el aplauso es hoy para quienes se ven en la obligación de aguantar el chaparrón con el paraguas agujerado. O sin siquiera paraguas.

Medidas de seguridad: las no-penas


              No todo lo que parecen cárceles lo son. Las películas nos han dado amplios testimonios sobre centros psiquiátricos de verdadero horror, como la escalofriante Alguien voló sobre el nido del cuco, o teñidos de esperanza como en Despertares. Pero, en cualquier caso, son encierros que no son penas, aunque a veces lo parezcan. Y de eso precisamente se trata, de lo que parece y no es, porque, como dice un refrán y reproduce el título de una película Las apariencias engañan.

              En nuestro teatro hay penas que no son penas pero lo parecen. Incluso en algún caso inducen a confusión hasta a los más avezados, porque la terminología no siempre ayuda. Quizás por eso la mayor paradoja es que esas penas que no son penas se llamen “medidas de seguridad” cuando la más segura de las medidas a aplicar según los casos sería, precisamente, la prisión. Pero la prisión es una pena y nunca una medida de seguridad y así son las cosas, Y eso es lo que vamos a tratar de explicar.

              Lo primero que hay que aclarar es que las medidas de seguridad no son sanciones. Son, como su propio nombre indica, medidas, o sea, prevenciones que se toman respecto de alguien que haya cometido un delito, encaminadas a su rehabilitación y a que no repita esa conducta. Ese es otro requisito importante, porque las medidas predelictuales basadas en una supuesta peligrosidad quedaron derogadas cuando acabó la vigencia de la Ley de vagos y maleantes y su heredera la Ley de peligrosidad social, ambas del franquismo, y que metían en el mismo caso homosexualidad, proxenetismo, mendicidad, prostitución o consumo de drogas, entre otras muchas cosas. Un batiburrillo que se derogó no hace tanto tiempo, exactamente con la entrada en vigor del Código de 1995, aunque muchas de sus disposiciones habían dejado de aplicarse antes por inconstitucionalidad sobrevenida.

              Dicho esto, huelga decir que tales medidas pueden ser impuestas en sustitución de una pena, como ocurre con los inimputables respecto de los cuales se decreta el internamiento en centro psiquiátrico, conjuntamente con la pena, como puede suceder con un tratamiento ambulatorio o incluso con posterioridad al cumplimiento de la misma, como pasa con la libertad vigilada. Pero, aun así, no es oro todo lo que reluce.

              Vayamos por partes. Las medidas de seguridad vienen específicamente expuestas en la parte general de nuestro Código Penal, que las divide en dos tipos, privativas y no privativas de libertad.

 A las primeras pertenecen el internamiento en centro psiquiátrico, en centro de deshabituación o en centro educativo especial, y nunca pueden imponerse si el delito cometido no estuviera castigado con pena de prisión, algo que, aunque es lógico, hace que surja la confusión en más de un caso.

 Al segundo tipo, esto es, las no privativas de libertad pertenecen la inhabilitación profesional, la expulsión en caso de extranjeros sin residencia legal, la libertad vigilada, la custodia familiar, la privación de derecho a conducir y la de tenencia y porte de armas.

En cuanto a las medidas de internamiento en cualquiera de los centros citados, se trata de medidas que, con una enorme frecuencia, se aplican a quienes resultan absueltos por razón de inimputabilidad, o a quienes se les aplica una eximente incompleta y se sustituye la pena por esta medida. Del primer supuesto, recuerdo algunos casos muy llamativos de personas con verdaderos trastornos psiquiátricos, aunque el que más me impactó fue el de un hombre que degolló a su mujer en la creencia de que ella quería envenenarle y luego escribió en las paredes con su sangre. En el otro lado del espectro, recuerdo con cariño a un tipo convencido de que cada semana le abducían los extraterrestres y le obligaban a cometer pequeños delitos contra la propiedad, algo que relataba con una naturalidad pasmosa. Como hermana pequeña de esta medida está el tratamiento ambulatorio, del que se solía echar mano en caso de eximentes incompletas, y que suponía una vía intermedia entre el internamiento y la libertad.

El problema surge cuando estas medidas se confunden con los requisitos para conceder la suspensión de la ejecución de la pena, especialmente si se trata de deshabituación de drogodependientes de lo que se habló en los estrenos dedicados a la ejecución Aunque el contenido sea el mismo, las consecuencias de su vulneración son diferentes, ya que si se trata de un requisito de la suspensión de la pena dará lugar a la revocación del beneficio y al cumplimiento de la pena, lo que nunca sucederá en un internamiento decretado para un inimputable.

Y, si en el caso de las medidas privativas de libertad puede haber confusión, en los de las medidas no privativas de libertad se multiplica. En primer lugar, tres de ellas, la inhabilitación profesional, la privación del derecho a conducir y la de tenencia de armas, son también penas en el catálogo general que de las mismas hace e Código Penal. Pero hay que distinguir muy claramente cuando se imponen en uno u otro concepto porque también las consecuencias son diferentes, ya que si se trata de penas se incurriría en un nuevo delito, el de quebrantamiento de condena, castigado condena de prisión. Por su parte, y para rizar el rizo, otra de las medidas previstas, la de expulsión, puede coincidir en su contenido con una sanción administrativa o con una medida de sustitución de la pena, y de nuevo las consecuencias del incumplimiento cambian porque, si es una pena sustituida y se regresa al territorio habrá que cumplir la pena a la que sustituyó, mientras que si es una sanción administrativa se le volverá a expulsar.

Y si la cosa no estaba bastante enredada, aun hay más, porque alguna de estas medidas puede formar parte de las reglas de conducta adicionales cuya observancia se impone como requisito de la suspensión de la pena. Y entonces ocurre lo que sucede con las prohibiciones de aproximación impuestas en ese concepto y no en el de pena, que dan lugar -aunque no obligatoriamente- a la revocación del beneficio o, al menos, a una modificación en sus condiciones, y no a un delito de quebrantamiento. Un lío, vamos. Tanto que en una ocasión el propio policía que nos traía a un detenido nos decía que no sabían si había quebrantado o no, a pesar de que lo encontraron en la vía pública haciéndose arrumacos con la persona a la que debía mantenerse alejado. Y, mira por dónde, resultó que no, porque la pena de alejamiento la había cumplido y lo que le quedaba por cumplir era una regla de conducta para la concesión de la suspensión de la pena, que, por supuesto, se le revocó. Así que no se salió tan de rositas como pretendía. Cosas del Derecho Penal.

Y hasta aquí, el estreno dedicado a estas medidas de seguridad. Espero que haya arrojado un poco de luz o, aunque sea, un poco de ese otro tipo de seguridad, la jurídica, que no es moco de pavo. Por eso quiero dar hoy el aplauso a quienes cada día se ven en el brete de aplicar todas estas normas, juntas o separadamente, Porque a veces el legislador parece que quiere gastarnos bromas pesadas.

De cine: del celuloide a Toguilandia


              Hay frases de películas que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. Desde El padrino a Toy Story, de La guerra de las galaxias a Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Lo que el viento se llevó a El exorcista, son muchas las películas cuyo legado, además de audiovisual, es una frase que se incorpora a nuestras vidas y pasa a formar parte de ellas para siempre.

              En nuestro teatro no podíamos ser menos e incorporamos estas frases rápidamente, incluso sin darnos cuenta de ello. Porque no puede ser de otro modo.

              En algunos casos, ya el propio contenido de la frase nos conecta directamente con Toguilandia sin ningún género de dudas. ¿Quién no ha caído alguna vez en la tentación de llamar a un letrado “Abogadoooo” con la entonación característica del pavoroso protagonista de El cabo del miedo? ¿Quién no ha emulado a Groucho ante un documento indescifrable y ha aludido a la parte contratante de la primera parte? ¿Quién no ha dicho con voz de ultratumba, que en ocasiones veo muertos, en sentido literal, como el niño de El sexto sentido, o en sentido figurado?

              Aunque quizás una de nuestras figuras más característica, los testigos, ha dado lugar a los momentos más hilarantes o al menos, curiosos. Más allá de emplear una y otra vez el tan socorrido A dios pongo por testigo de Escarlata O’Hara, yo soy más de Chus Lampreave que, en un momento inolvidable de la no menos inolvidable Mujeres al borde de un ataque de nervios, afirmaba que ella era testiga de Jehová y que no podía mentir, añadiendo que eso es lo malo de las testigas, que no pueden mentir. Todavía me dan ataques de risa cuando una amiga, que sabía que iba a ser llamada a testificar en una causa bastante mediática, hizo su propio homenaje a la actriz refiriéndose a sí misma como “testiga” y diciendo que por eso no podía mentir. Algún día lo contaré con detalle en mis memorias, si ella no se adelanta con las suyas. Y, por supuesto, no me refiero a las Memorias de la fiscalía, por si alguien se equivoca.

              De todos modos, no hace falta que las frases tengan relación directa con Toguilandia. Todo puede trasladarse a nuestro mundo, y así, nos hemos sentido ante la estrechez de algunos espacios como en el camarote de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera, y nos ha costado no sucumbir a la tentación de añadir “y dos huevos duros”. También hemos sentido ante algunas de las cosas que pasan en los juicios que nos giraba la cabeza como a la niña del exorcista y si no preguntamos eso de ¿“has visto lo que ha hecho la guarra de tu hija? No es por falta de ganas. Y, por supuesto, cuando un juicio se repito una y otra vez, hemos afirmado encontrarnos ante el día de la marmota de Atrapados en el tiempo.

              Y no olvidemos un clásico. Cuando, inasequibles al desaliento, nos sentimos con fuerzas para presentar los recursos que hagan falta ante todas las instancias habidas y por haber, decimos que iremos Hasta el infinito y mal allá, como el Bud Lightyear de Toy Story. Y, si en algún momento del periplo no podemos con nuestras vidas, exclamamos que no siento las piernas como Rambo. Y, por supuesto, cuando recobramos las fuerzas, pedimos Más madera, de nuevo con Groucho.

              Confieso que yo, que además de toguitaconada tengo querencia a los tutús y las zapatillas de punta, me animo a mí misma cuando las cosas no van demasiado bien recordando a la profe de Fama repitiendo con su bastón eso de que La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagarlo, con sudor. Si las cosas siguen cuesta arriba, me repito eso de Houston, tenemos un problema como si estuviera en Apolo XIII y hasta aviso con un Teléfono rojo. Y si, finalmente, la cosa no sale como una esperaba, bien muy bien tirar de Casablanca y repetir que siempre nos quedará París.

              En otras ocasiones, las lecciones de filosofía de la madre de Forrest Gump son muy útiles, tanto casi como un informe forense para determinar la imputabilidad, al decir que Tonto es el que dice tonterías. Y hablando de informes periciales, un buen resumen de las pruebas de ADN es la frase antológica de la saga de las galaxias, Yo soy tu padre. A lo que siempre cabría contestar, con Clark Gable, que francamente, querido, me importa un bledo. Y es que Nadie es perfecto, una de mis frases favoritas, de esa escena memorable de Con faldas y a lo loco, aunque en nuestro caso sería Con togas y a lo loco.

              No acabaré este estreno sin pediros que vengáis a la luz, como la Carolyn de Poltergeist, para dar el aplauso merecido a quienes, inasequibles al desaliento, no se desaniman ante el fracaso y, con Escarlata de nuevo, repiten lo de mañana será otro día. Y, además, nos invitan a seguir con un Ven a jugar con nosotras, como las gemelas de El Resplandor. ¿Vamos?

#ArtistaInvitada : Loreto Ochando


Hoy, en nuestro escenario, una nueva entrega de la sección dedicada artistas invitados. Y hoy no es jurista, aunque sí alguien que está muy cerca de nuestro puñetero mundo de togas y latinajos.

Loreto es periodista de tribunales, conocida por sus apariciones en televisión y sus textos, tan auténticos como ella misma.

Pero para mí Loreto es mucho más que eso. Es, probablemente, el mejor regalo que me traje de mi etapa de portavoz de la fiscalía. Desde el primer día que entró e mi despacho, supe que no iba a salir de mi vida. Hoy, me enorgullezco de que sea más que una amiga, una hermana, mi sister.

Por eso no se podía escaquear de la llamada de los tacones, y me regala un texto tan real y tan auténtico como es ella. Ojala lo que dice no tuviera que ser dicho, pero al menos existen personas como ella que lo ponen negro sobre blanco.

Os pido desde ya el aplauso para ella

Hasta las narices

Loreto Ochando

Acabo de ver una noticia en La Sexta sobre Australia. Una asesora del parlamento australiano denunció haber sido violada y hasta el primer ministro pidió perdón. Hoy, un representante de la Fiscalía ha salido diciendo que se cierra el caso para que la víctima pueda sanar, porque la joven está ingresada en el hospital después de haber recibido presiones y amenazas. 

Y una piensa, no me jodas, ¿en serio? Pues sí, en serio. Y es en ese momento cuando una piensa en lo sucedido tras la entrada en vigor de la ley del solo sí es sí. ¿Qué es una chapuza jurídica? Sí, sin lugar a dudas. Es lo que pasa cuando los políticos se pasan por sus partes pudentas los informes preceptivos. Pero si una gira el cuello y mira hacia otros países aun tiene que dar las gracias por cómo estamos en España, pues pese a las reducciones de penas, aquí las mujeres lo tienen mucho mejor que en otros países para conseguir que las crean.

Hace unos días me he leído el maravilloso libro ‘Fuego’ de la periodista y, sí, mi amiga, Gema Peñalosa, que cuenta el crimen de Benejúzar, donde una madre quemó vivo al violador de su hija.

Aquí la que suscribe estas líneas no está de acuerdo con el ‘ojo por ojo’, pero joder, cuando ves lo de Australia piensas: poco pasa. Vivimos en un país donde una ley, la Ley Integral contra la Violencia de Género, que se aprobó por unanimidad en el Congreso de los Diputados y ahora, gracias a un partido político, está en la picota.

Vivimos en un país donde ahora, en 2022 casi 23, el 20 por ciento de los menores de edad piensan que la violencia de género no existe. ¿Qué carajo estamos haciendo? ¿Qué carajo de sociedad estamos dejando a nuestros hijos e hijas?

Escribo estas líneas desde el cabreo más absoluto, pero es que voy a ser sincera, no puedo más. Llevo defendiendo la igualdad en charlas, en la radio, en la televisión y hasta en el bar, cerveza en mano, años. Y lo siento, pero tengo ganas de llorar. 

Utilizo este foro, el del blog de mi sister, para abrir un debate. ¿En qué estamos fallando? Porque seamos sinceros, estamos fallando.

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Vistas: juicios que no son juicios


              No todo es lo que parece. Lo que ocurre en la Administración de Justicia es un gran filón para cine y series. Pero, por el contrario a lo que parece, alguna de esas series o pelis no sacaban juicios sino otros momentos distintos, aunque igual de importantes. Es el caso de Juzgado de guardia, Turno de oficio o series de investigación como Bones o CSI en sus distintas versiones. Todo cuenta.

              En nuestro teatro hablamos constantemente de juicios, pero no vivimos contantemente con la toga puesta, al menos en sentido literal. Realizamos numerosas actuaciones que no requieren toga y que, por tanto, no son juicios. Aunque también hay actuaciones que requieren toga y tampoco son juicios. Pero vayamos por partes

              Algunas de las actuaciones judiciales más visibles son las que ocurren en el Juzgado de guardia y ninguna de ella es un juicio en sentido estricto. Hay una salvedad, claro está, la del juicio rápido con conformidad que formalmente es un juicio -empieza con un atestado o una denuncia y acaba con una sentencia firme- pero no se desarrolla materialmente como un juicio, con sus estrados, sus partes, sus togas y sus informes.

              Aparte de este caso, no hay juicios en la guardia. Ni las declaraciones, ni las comparecencias de prisión o de orden de protección lo son, aunque a veces algunos todólogos profesionales induzcan a confusión. Y el hecho de que no sean juicios se comprueba con tres claves: no se usa toga, no se acaba con sentencia y no se pide la venia para intervenir. Y sí, ya sé que hay muchos profesionales que piden la venia a su señoría cada vez que preguntan en un interrogatorio, pero no procede porque no es un juicio. Aunque pueden objetar que lo que abunda no daña. Y tendrán razón.

              Otro tanto cabe decir de las declaraciones que se realizan más allá de la guardia, en el juzgado de instrucción correspondiente, sean de investigados, sean de testigos. Pues tampoco, aunque haya a quien le gusta tanto llevar si toga a cuestas que no se deshaga de ella ni para estas cosas. Allá cada cual con sus manías.

              Tal vez los actos que induzcan más a confusión sean las comparecencias de prisión. Ignoro porque razón, hubo una época en que se llamaban “vistillas” como si fueran una hermana pequeña de los juicio, pero el hábito no hace al monje y lo que es una comparecencia no deja de serlo porque le cambies el nombre. Y sí, seguro que alguien me dice que las ha hecho con toga en la sala. Yo también, pero tampoco ese hábito nos hace ingresar en orden religiosa alguna. Y, aunque se celebre con toga por estar en la sala de vistas, no deja de ser una comparecencia. Por si alguien se pregunta en qué casos hay comparecencia de prisión preventiva en la Sala, le responderé que, en esencia, para aquellos casos en que el investigado o procesado que se encontraba en libertad provisional incurre en alguno de los supuestos que hagan que se replantee su situación personal, como el hecho de no comparecer a los llamamientos judiciales cuando le citan o no cumplir con la obligación de firmar en el juzgado con la periodicidad que se diga, lo que llamamos comparecer apud acta.

              Y, hablando de comparecencias apud acta, no puedo dejar de contar algo que presencié hoy. Un investigado iba a firmar a la ventanilla correspondiente, y le oí preguntar al funcionario si le podía ayudar, que creía que la juez del 4 le había dicho los lunes y miércoles, la del 17 los jueves, y la del otro juzgado que no se acordaba cada semana. El pobre funcionario no se aclaraba con tanto lío, así que al final el angelito dijo que iría todos los días para no equivocarse. Y es que el tipo debía tener un verdadero máster delincuencial de amplio espectro, visto lo visto. Porque si se hacen las cosas, se hacen bien, vaya

              Tampoco son juicios otras de las actuaciones estrella de los juzgados de guardia, sobre todo si son de violencia sobre la mujer, las comparecencias de orden de protección. En este caso, se escucha a las partes, y hasta se da la última palaba al investigado, pero tampoco se considera juicio ni acaba con sentencia sino con auto. Que, como nos decía mi preparador cuando empezábamos con la oposición, es algo más que un vehículo automóvil.

              Pero hay otro tipo de vistas, más formales y con toga incluida, pero que no acaban en sentencia. Se trata de las vistas de recursos que no siempre existen, en unos casos porque no está previsto y en otro porque solo hay cista si hay petición de parte. En cualquier caso, cuando se celebran, son vistas en el más estricto sentido, pero no juicios. Aunque en algunos casos lo parezcan, por su desarrollo y su solemnidad. Porque, en este caso, sí que se pide la venia para actuar.

              Y, si queremos un proceso que tiene más comparecencias que ninguno antes de llegar a la fase de juicio, ese el tribunal de jurado. Tan es así que, si se celebran todas, cuando llega el momento del juicio, los profesionales que intervenimos nos hemos visto tantas veces que hasta nos ha dado tiempo a hacernos amigos. Y hasta enemigos, en algunos casos, que no todo es happy flower en Toguilandia

              Por supuesto, me he referido solo a las vistas del proceso penal. La del civil, y otras jurisdicciones, la dejamos par otro estreno, pero e este bajamos el telón por hoy. El aplauso se lo daremos a quienes celebran vistas cada día con toga o sin toga, con sentencia o sin ella, pero con unas dosis de profesionalidad y paciencia que bien merecen un reconocimiento.