Adiós 2022: bienvenido 2023


              Como cada año, ha llegado el momento de hacer balance, también desde nuestro teatro. Y, como en el cine, echaremos la vista atrás para quedarnos con Algo para recordar y diremos Adiós a todo lo malo. Siempre hay una oportunidad para Volver a empezar.

              En nuestro teatro, ha habido de todo un poco. Nos removieron las aguas, una vez más, al no mover lo que debería estar más agitado que el Martini de James Bond. Hablo, por supuesto, del Consejo General del Poder Judicial, que sigue un año más -y van cuatro- de prestado ante la incapacidad de los políticos de ponerse de acuerdo. Y aprovecho la ocasión para recordar algo que nunca se dice lo suficiente. El Consejo General del Poder Judicial no es Poder Judicial. Ni siquiera es Administración de Justicia en sentido estricto, sino un órgano de carácter político por su modo de elección y sus funciones. Es el órgano de gobierno de los jueces -y juezas- como tantas veces nos dicen, pero ni todos sus miembros proceden de la carrera judicial ni ejercen la jurisdicción como tal Consejo. La Justicia de verdad queda muy lejos de sus despachos, en las trincheras del día a día de cada Juzgado y cada Fiscalía de España, donde resolvemos pequeños y grandes problemas con casi siempre pequeños medios. Es lo que hay.

              Tampoco es Poder judicial ese Tribunal Constitucional cuya renovación nos ha producido días de terremoto -y de sonrojo- y que finalmente se ha renovado en tiempo de descuento. Tanto, que sus nuevos miembros toman posesión el 31 de diciembre. Si se descuidan, no llegan.

              Pero más allá de nuestro teatro, y del mundo ene general, con sus guerras y sus desastres varios, está la historia personal. Y también de esta toca hacer balance. Mi balance toguitaconado, en este caso.

              En lo profesional, penas que son alegrías, y viceversa. Las denuncias por delitos de odio, a los que, junto con los compañeros de la sección que capitaneo, dedico mucho tiempo y mucha ilusión, continúan creciendo, sin que nunca sepa bien si es una buena o mala noticia. Mi parte optimista me dice que si suben las denuncias es porque la gente que sufre estos delios empieza a reaccionar, a confiar en la justicia y a romper ese silencio que es el gran obstáculo para perseguir estos hechos. Mi yo pesimista me dice que, en esta sociedad tan polarizada, donde el discurso de la desigualdad ha llegado a las instituciones y ha llegado a sentar sus posaderas en el poder, los delitos crecen Supongo que la verdadera respuesta estará en el punto intermedio. Pero yo sigo teniendo a mi fiscalita positiva y a mi fiscalita siesa peleándose entre ellas. Aunque, por suerte, ninguna de las dos deja de trabajar.

              ¿Y qué voy a decir de la violencia de género, la otra parte de mi trabajo? (No, no me lo he dejado por los delitos de odio, sino que lo he sumado, porque hay quien sigue preguntándolo). Y es que, visto lo visto en el último mes, todas las manos son necesarias. Siguen asesinando mujeres, y seguimos sin dar con la solución. Y no olvidemos que más allá de leyes y medidas, lo más importante son los medios para llevarlas a la práctica, y ahí en Justicia siempre andamos escasos. Y, por supuesto, recordemos una vez más que la ciudadanía tiene un papel esencial en este tema, y no siempre da la talla. El negacionismo se ha inoculado a mucha gente y la pasividad se ha instalado en otra mucha, Demasiada. Y sin un reproche social firme y contundente, esto nunca acabará. Nunca. Porque en los juzgados gestionamos el fracaso, pero la solución ha de estar en la prevención. En el antes, no en el después.

              Por eso agradecí tanto todas las muestras de apoyo en ese tema por el que me sentí abrumada . Fue -y sigue siendo- muy desagradable tener a alguien que utiliza mi imagen para decir barbaridades y tratar de humillarme. Insisto en lo de “tratar” porque, como dice el refranero, no ofende quine quiere sino quien puede. Pero, como dije en su día, me quedo con las muestras de apoyo, que vinieron desde personas particulares hasta instituciones como la Fiscalía General del Estado, desde personalidades como la ministra de Justicia o la delegada de Gobierno contra la Violencia de Género hasta asociaciones judiciales y fiscales. Y, por supuesto, los medios de comunicación, empezando por Loreto Ochando, que desde El Plural fue la primera, hasta muchísimos otros medios. Mil gracias otra vez. Seguro que el 2023 es el año de finalización de esto.

              Pero, como reza el dicho, mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido. Y yo me niego a eso. Así que también ha muchas cosas bonitas que contar en el terreno personal. El primero, mis libros. Este año no vio la luz ninguna de mis criaturas en solitario, porque las que ya van por ahí, Els cabells molt rulls sobre todo, necesitaban el espacio que la pandemia les robó. Pero el año que viene empezará fuerte, ahí lo dejo. De momento, he intervenido en la antología de 101 Relatos Judiciales, con un relato sobre Clara Campoamor que me encantó escribir y en Salgan con los libros en alto, de Generación Bibliocafé, que además ha celebrado sus primeros diez años de vida.

              La literatura, junto con otra de mis grandes pasiones, las fallas, me dieron las primeras alegrías del año. Sendos segundo y tercer premio en el certamen literario de aproposits fallers, infantil y adulto, de Junta Central Fallera. Una suerte de obra de teatro con características propias a la que he tomado gusto.

              Y este año he tenido una experiencia fantástica, ser jurado del premio Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia, que premia relatos relacionados con la igualdad. Un certamen que gané hace tiempo y del resulté finalista en más ocasiones y que me ha regalado el placer de vivirlo desde el oro lado.

              Aunque, si de premios se trata, este año ha habido dos maravillosos. El de las Cortes Valencianas, que me reconoció entre las mujeres a destacar por el 8 de marzo, y el del Consell Valencià de Cultura, ambos por trayectoria. Para que luego digan que nadie es profeta en su tierra.

              Aunque allende fronteras autonómicas tampoco puedo quejarme. Un año más me han reconocido entre las 25 mujeres más influyentes de España, en concreto, en el puesto noveno. Solo de ver la compañía de mujeres fabulosos da vértigo. Mil gracias de nuevo. Y además, en un año tan especial como este, en el que celebraba 30 años como fiscal, algo que dio lugar a una fiesta inolvidable en Teruel junto con toda mi promoción.

              Y, como guinda, eso hobbies que son mucho más que eso. Bailar se ha convertido en una de las actividades más gratificantes de mi vida. He disfrutado, y seguiré haciéndolo, con el tutú y las puntas, con el contemporáneo y, cómo no, con la dansà, el traje regional y las castañuelas. Probadlo. No sabéis lo que os perdéis si no os animáis a hacer lo que os gusta.

              Y hasta aquí, este breve balance. El aplauso lo doy a todas las personas que me leéis cada semana. Sin vosotras, nada de esto sería posible.

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