LAJ: entender para comprender


              No siempre somos conscientes de la importancia de las cosas hasta que nos quedamos sin ellas. Y entonces, como suele pasar, las consecuencias son inevitables- Jugando con títulos de películas, la Bendita ignorancia no es siempre tan bendita, y La sabiduría es fundamental para prevenir los riesgos Antes que sea tarde.

              En nuestro teatro no siempre sabemos darnos a entender, sobre todo a la opinión pública. Y luego vienen las consecuencias, que esa misma opinión publica no entiende. Ese es el sentido de este escenario toguitaconado, y en eso vamos a abundar.

              Hoy voy a hablar de los LAJ, dicho coloquialmente, o de los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia utilizando la nomenclatura correcta. Y lo voy a hacer porque, desde hace tiempo, están enredados en unas reivindicaciones tan justas como desconocidas. Y ya se sabe que es una obra de misericordia enseñar al que no sabe. Que luego se suspenden las vistas, las declaraciones o cualquier otra actuación en los Juzgados y la gente no sabe por qué.

              Este teatro, en las primeras funciones de su historia ya dedicó un estreno -de los más visitados hasta el día de hoy- a los entonces llamados Secretarios Judiciales, un estreno que hacía referencia a la cara oculta de la luna por el desconocimiento de su existencia aunque siempre estén ahí. Incluso la propia denominación daba lugar a desagradables equívocos, cuando había quien pensaba que eran los secretarios particulares de los jueces o juezas, cuya misión era llevarles el café, hacerles las fotocopias y poco más. En tan lamentable error cayó alguna que otra película y serie de televisión, siendo la más recordada al respecto la segunda parte de Turno de oficio, que dio incluso lugar a una queja del colectivo. Con toda la razón.

              Ya hace mucho tiempo, en el año 2015, cambiaron su nombre por el de Letrados -y Letradas- de la Administración de Justicia. No me atrevería a decir si el nuevo nombre fue un acierto, porque la confusión puede seguir existiendo respecto de la abogacía, pero lo cierto es que ya hace bastantes que nos quedamos con la versión reducida a siglas que, aunque no es demasiado armónica al pronunciarla, sí les dota de una individualidad que no da lugar a dudas a quienes habitamos Toguilandia. Y tal vez ahí está el problema, en que solo es en nuestro mundo donde lo tenemos claro. Y a veces ni eso.

              Hagamos la prueba. Preguntemos a cualquier persona -incluidos periodistas no especializados en tribunales y tertulianos y opinólogos varios- qué es un LAJ. La cara de asombro de cualquiera ante la pregunta es un hecho. Pero pongámoselo más fácil. Preguntemos si saben qué es un Letrado de la administración de Justicia y a buen seguro que, además de los consabidos no sabe/no contesta encontraremos respuestas de lo más variopintas, pero todas ellas más cerca de la función de la Abogacía que de la que les es propia. Y es que si siempre digo que la fiscalía es la gran desconocida de la Justicia, lo suyo ya es un Expediente X que ni Iker Jiménez. Y bien está arrojar un poco de luz a este nuestro Cuarto Milenio particular.

              Tradicionalmente, los Secretarios Judiciales -así, en masculino, que era como se denominaba al cuerpo- tenían por función fundamental la fe pública. Es decir, que eran algo así como los notarios de la Administración de Justicia. Y esto no es cualquier cosa, porque nada de lo que hagamos tendría validez si no dejan constancia de ello. Y esta función fundamental se ha visto aumentada en los últimos tiempos con otras muchas, incluida la de dictar algunas resoluciones que antes competían de manera exclusiva al poder judicial. De hecho, iba a escribir a «Sus Señorías», incurriendo en un frecuente error, que también lo son, al igual que lo somos las y los fiscales. Como también llevan su toga y sus puñetas, nuestro particular uniforme de trabajo.

              La función de los LAJs es indispensable en actuaciones tan conocidas y necesarias como entradas y registros, apertura de correspondencia o, algo que cada vez se ve más en estos tecnológicos tiempos, transcripción de conversaciones y cotejo. Sin eso, no hay prueba que valga, y sin prueba, ya se sabe que no hay condena. Ni siquiera vale un levantamiento de cadáver si no están presentes. Y esto son solo algunos ejemplos.

              Hay quien puede pensar que, como ya no están en las salas de vistas recogiendo como un monje amanuense en acta manuscrita todo lo que ocurre en juicio, ya no son necesarios. Craso error. Lo que resultaba anacrónico es que en pleno siglo XXI tuvieran que estar recogiendo cosas al dictado como me hacía mi madre cuando iba a Primaria. Ahora lo hacen los ordenadores, por descontado. Pero es necesario que se garantice que esos ordenadores, con ese programa informático y el modo de hacer responden fielmente a lo que ha sucedido en el juicio, en la declaración o en el acto que sea, y que tenga validez. Y eso es lo que hacen los LAJs, y sin eso no hay nada de nada.

              ¿Y por qué cuento esto? Pues para que se entienda que, como está sucediendo ahora, si se declaran en huelga, los efectos para el justiciable, que ve suspendidos juicios, declaraciones u otros actos judiciales que estaba esperando son graves. Por no hablar de las consecuencias para otros profesionales, fundamentalmente la abogacía.

              Lo verdaderamente penoso es que hayan tenido que llevar sus reivindicaciones hasta las últimas consecuencias para que les hagan caso, porque padecen de un mal que comparten con jueces y fiscales, cual es la falta de órganos sindicales que puedan negociar sus derecho laborales con eficacia. Si unimos a eso que somos cuatro gatos en la inmensidad de la población -y cuatro gatos dan pocos votos- y que la Justicia es la hermanita pobre de las Administraciones públicas, tenemos La tormenta perfecta. Aunque sin Gerge Clooney al timón, ya quisiéramos.

              Así que cuando vayamos a quejarnos de que algo se suspende o se retrasa por estas movilizaciones, parémonos a pensar qué el lo que piden, y si es justo. Y no nos quedemos en la simpleza de que solo quieren que les subamos el sueldo, que ya lo he oído más de una vez y no solo de ellos. Reclamar un salario justo no es pedir sin más que suban el sueldo, y pedir unas condiciones de trabajo dignas no es un capricho. Porque ese trabajo es, precisamente, un servicio público, y para darlo en condiciones, se tienen que tener los medios adecuados, incluido el reconocimiento a la dignidad de la función, que es mucho más que palabrerío.

              En definitiva, se pueden compartir o no las reivindicaciones, pero lo que no se pueden nunca es ignorar. Así que, enterémonos bien de lo que reclaman, porque nadie se pone en huelga, perdiendo un dinero tan necesario,  por capricho

              Por eso hoy les dedico el aplauso. Porque es justo y necesario

Anuncio publicitario

2 comentarios en “LAJ: entender para comprender

  1. Muchas gracias por tu artículo. Has explicado de manera clara y breve las funciones, la problemática y los motivos de la huelga de Letrados de la Administración de Justicia. Enhorabuena. Soy «LAJ» y ojalá que quien ha provocado este conflicto con sus incumplimientos, que no es otro que el Ministerio de Justicia, tuviera las ideas la mitad de claras que tú.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s