Digitalización: lo imposible


DIGITALIZACION

Cuántas veces habremos oído hablar de ese palabro de digitalizar y sus derivados, que, aunque se relacione con dígito, o con dedo, se usa para hacer referencia a la modernización por la vía de las no tan nuevas tecnologías. Algo que, desde luego, ha hecho cambiar el mundo en general, y el del espectáculo en particular, por dentro y por fuera. El cine ha avanzado desde los tiempos en que la música se interpretaba con un piano en el escenario donde se proyectaba una película muda hasta el momento actual, en que un solo dedo hace que se proyecte en tres, cuatro y hasta cinco dimensiones si nos descuidamos. Por no hablar de los efectos especiales, en los que se han cambiado los decorados por un teclado donde un clic nos traslada desde el Far West hasta el futuro en un nanosegundo. Pasando por la antigua Roma, la Edad Media y la Revolución Francesa si es necesario. Y otro tanto ocurre con su contenido. No ha pasado tanto tiempo y ya suena muy anticuado aquello de Tienes un Email, las cuitas de la protagonista de La Red o El diario de Bridget Jones y hasta las habilidades como hacker de Lisbeth Salander en la trilogía de Milenium.

Ya hemos hecho referencia alguna vez a esa coplilla de Don Hilarión en La Verbena de la Paloma, de “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Y no digo yo que no tuviera razón el hombre, pero el problema es que en nuestro escenario parece que nos paramos ahí, o casi. Al menos de esa época es la ley que todavía rige nuestro proceso penal. Por más que la tuneen y parcheen y nos la vendan como el colmo de la modernidad. Pero no cuela.

Y para demostrarlo, cambiaré el título de la película original y la convertiré el Tribulaciones de una fiscalita en Fiscalía o El diario de una Toguitaconada. Y podremos comprobar que no es oro todo lo que reluce, ni moderno todo lo que dicen modernizar.

Llegada al despacho. Lo primero que hay que hacer es conectar el ordenador, aunque confieso que lo dejo en reposo del día anterior, porque así me ahorro un cuartito de hora de arrancarlo. Lista que es una. Y, una vez sale la pantalla oportuna, hay que introducir el nombre de usuario y la clave. Y cruzar los dedos para que no haya caducado.

Una vez saltado el primer escollo, consultar el correo corporativo. Nuevo usuario, nueva clave, y nueva cruzada de dedos. Operación ésta que hay que duplicar si se dispone de otro correo corporativo en razón de la función, y triplicar porque ninguno de ambos tiene capacidad suficiente y acabamos usando el particular, con otro nombre de usuario y otra clave. Y, si hay tiempo, vaciar los dos primeros, en la costosa operación de ir seleccionando uno a uno porque no hay posibilidad ni pestaña de enviarlo a la papelera directamente.

Una vez comprobado que no hay correos que nos envíen a juicios sorpresa ni nada semejante, disponerse a empezar a trabajar. Para ello, los fiscales tenemos que entrar en el sistema Fortuny, – o más bien Infortuny– que nos pide otra clave y otro usuario. Más cruzada de dedos. Tratando, claro está, de no dejar de usarlo por más de un cuarto de hora porque habría que volver a empezar la operación. Cosa que, a veces, no es fácil, ya que lo más eficaz es confeccionar un documento aparte que luego cortamos y pegamos, y hasta recauchutamos, porque uno y otro sistema no coinciden y se nos desconfigura el documento. y, tras la enésima cruzada de dedos, albricias, hemos conseguido eleborar el informe. Pero, claro, hay que imprimirlo, que lo del papel 0 será en otra dimensión, y aquí todo tiene que acabar siendo impreso, cuñado y sellado. Como toda la vida. Y eso de imprimir también tiene su aquel, porque mi impresora y yo tenemos un contencioso y no siempre está dispuesta a obedecer. Y, cuando está realmente enfadada, no solo no imprime sino que hace que se cuelgue el ordenador y toca reiniciar todo, incluida la cruzada de dedos.

Pero ahí no acaba todo. Debemos anotar minuciosamente en un papel lo que hacemos, porque cada mes nos piden que rellenemos una estadística que, oh sorpresa, necesita de más claves. Una para entrar en fiscal.es y otra en Ainoa. Y, acordándonos de la familia de quien inventó el estadillo, rellenamos un montón de datos mientras seguimos cruzando los dedos para que no se cuelgue mientras tanto, porque ahí ya no vale cortar y copiar. Y estoy segura que quien lea esto pensará que para qué, si ya habíamos ido poniendo todo en el sistema Fortuny, que debe arrojar esos datos en un pis pas. Pues preguntéselo a Iker Jiménez porque yo no he encontrado la respuesta. Pero no descarto que se revele al mundo a la vez que el Cuarto Misterio de Fátima. Optimista que es una.

Por supuesto, el lector no ducho en estas prácticas estará imaginando que todo esto logra que se envíen las cosas al Juzgado. Pero de eso nada. Los Juzgados tienen otro sistema, incompatible con el nuestro, al que, eso sí, por fin hemos conseguido acceso a efectos meramente informativos. Por descontado, con otra clave y otro nombre de usuario. Faltaría más.

Y quizá pensarán que me olvido de algo. Del famoso Lexnet. Y no es que me olvide, sino que en mi Fiscalía, aun cuando tenemos un icono en la pantalla, éste dice que no estamos autorizados. Y casi que me alegro, porque los compañeros de otras fiscalías donde sí acceden en modo programa piloto, me explican que tienen más claves, más nombres de usuarios y, por supuesto, más cruzadas de dedos. Y, mis amigos y amigas de la abogacía me cuentan la cantidad de tiempo que pasan peleándose para que el escrito encaje, se envíe y llegue a su destinatario. Una delicia.

Si, además, fuera LAJ o por la razón que fuera quisiera acceder al registro de órdenes de protección, o de penados y rebeldes, más usuarios y claves, Y más aun si pretendo consultar el sistema relativo a la Violencia de Género, el VioGen. Y suma y sigue.

Así que, llegada a este punto, una se llega a preguntar si la tan cacareada digitalización existe y, si, en ese caso sirve para algo. Porque de momento lo que nos está sirviendo es para duplicar el trabajo que hacemos en papel, como toda la vida, pero registramos en infinitos y cibernéticos lugares. A pesar de que los procedimientos siguen entrando, convenientemente atados con gomas, en un carrito de supermercado empujado por el funcionario de turno, y salen, una vez sellados y cuñados, exactamente por el mismo conducto. Es decir, el de los tiempos de Don Hilarión. Ni más ni menos.

Y ojo, no vayamos a necesitar una cruzada de dedo extra super plus si ese ataque cibernético del que todo el mundo habla llega a nuestras pantallas. Aunque a veces entren ganas de que dé el petardazo y se dejen de historias. Pero seguro que nuestros sistemas son tan arcaicos que ni al virus interesan.

Resulta curioso, por no decir otra cosa, que las cosas no sean así en todas partes. En Hacienda, tan servicio público como el nuestro, las cosas van de otro modo. Y da mucho que pensar por qué es todo tan fácil para que el estado nos exija cumplir nuestras obligaciones, y tan difícil para poder ejercitar nuestros derechos.

Así que hoy el aplauso es para la Santa paciencia que nos hemos de gastar cada vez que alguien se llena la boca hablando de modernización, digitalización y otras gaitas. Porque esto es lo que hay.

Chascarrillos: chistes con toga


CHISTE

Qué importante es poner un poco de humor a la vida. Y más en los tiempos que corren, en los que a veces parece el único antibiótico que cura la desazón o al menos ayuda a sobrellevarla.

Bien sabe el mundo del espectáculo de esa importancia. Tanto, que la comedia, en sus diversas modalidades, es uno de los más aplaudidos, y de los más buscados. Porque pasar un buen rato no tiene precio. Y la sonrisa, sea La sonrisa de Mona Lisa, o las de Sonrisas y lágrimas, como cualquier otra, siempre se agradece. Y hasta la carcajada. No te rías, que es peor, como decía aquel viejo programa de televisión.

Y nuestro teatro, cómo no, también emplea el humor para trivializar tantas miserias. Son muchos los chistes y no menos las anécdotas, a las que ya hemos dedicado más de un estreno. Pero no me he resistido a  recopilar algunos chistes, anécdotas y chascarrillos toguitaconados que me han cedido algunos compis generosos.

Y hablando de chistes, es inevitable aludir a aquel que más odiamos los fiscales, el de que nos llaman los inmortales porque no podemos pasar a a mejor vida. Un chiste que, visto lo visto, ha quedado más que obsoleto, cosa de la que no sé si alegrarme o lamentar. Tendré que pensarlo.

Así que voy a eugeniear un poco, y como la toga es tan negra como el atuendo que vestía, puedo empezar diciendo lo de “¿saben aquel que diu..?” de un hombre que decía a su esposa “Pepa, me ha dicho el juez que o 1000 euros o al talego”, respondiendo ella, cómo no “Pepe, tú no seas tonto y trinca los 1000 euros”. Y dice la leyenda que ese mismo Pepe, cuando el fiscal le dijo que le hablara de usted, le dijo muy serio “¿Y qué quiere que le cuente de mí?”

Aunque la realidad siempre supera la ficción. Por eso, hoy en día, pocos chistes hay que nos hagan soltar mayores carcajadas que la afirmación de que los funcionarios van a recuperar el poder adquisitivo perdido en los últimos diez años, que van a triplicar las plantillas de jueces y fiscales y, casi la más graciosa, que nos van a atribuir a los fiscales la instrucción, un chascarrillo que llevó oyendo no desde antes de ponerme la toga, sino casi desde antes de subirme a lo tacones por vez primera.

Y para realidades hilarantes, unas cuantas recopiladas entre mis compañeros y compañeras fiscales, aunque valen para cualquier habitante de Toguilandia. Una de ellas cuenta que en un atestado se hacía constar que el testigo, por no saber firmar, estampaba sus huellas genitales. Ni imaginarme quiero la escena, ni la cantidad de tinta que requerirían. Pero no es el único caso, no vayamos a creer. ¿O alguien no ha dejado volar su imaginación al leer eso de “el juez firmará con las partes”?.

El lenguaje y el uso del mismo también proporcionan un buen filón. Decir de alguien que es multiorgásmico (por politoxicómano), llamar al ecotoxicólogo “ecotoxicómano” –el pobre se ha quedado con ese nombre para los restos-, hacer heces por la carretera –y no se refería a un caballo- , o el auto de alojamiento o auto de escarmiento para referirse al alejamiento, son varias de las cosas que vemos de vez en cuando. Pero si algún palabro se lleva la palma, ése es el habeas corpus, que ha sido solicitado como corpus cristi, via scorpiu porque su prisión sobrepasaba lo que “estimula” la ley, y hasta como un ave scorpio.

   Las respuestas también tienen lo suyo. Cuenta una compañera que un testigo, harto de responder al fiscal, cuando llegó el turno al abogado le dijo que ya se lo había contado todo al cura. Otros hacen bueno eso de que “por la boca muere el juez”, y se condenan solitos. Hubo quien, tras ser absuelto in voce porque no había pruebas de que robara el vehículo, preguntó si se podía llevar el coche. Y recuerdo a un maltratador que ante la pregunta del juez de si pegaba a su mujer, quiso galleguear diciendo “¿y usted no pega a la suya?”. Y hasta quien, a la pregunta de si había bebido, tras enumerar las copas que había trasegado, añadió que tomó de postre tarta al whisky. U otro buen hombre que, preguntado si era experto criador de cerdos, respondió que tanto como eso no, que solo les echaba de comer. Tan servicial como la que, a la pregunta del juez sobre su profesión, dijo “puta, para servirle” y se quedó tan ancha.

Y a veces, son sus propias señorías –o señoritas, o hasta majestad, de todo nos han llamado- quienes hacen cosas que acaban resultando pintorescas. Como el juez que, en una resolución sobre modificación de la capacidad hizo constar que a la pregunta pertinente, el peritado respondió “acertadamente” que pesaba más un kilo de plomo que uno de paja. O una tasación pericial, que al valorar un gato en 2000 pesetas, dio por definitiva  una tasación de 14.000 , resultado de multiplicar por  las 7 vidas del gato. Y, si de animales hablamos, no quiero ni imaginarme la cara de quienes intervinieron en un juicio de medio ambiente con un piloto imputado por la muerte de una abutarda, en que lo esencial fue la autopsia del pajarito.

Así que, como decía, la realidad siempre supera a la ficción. Y por eso hoy el aplauso es para quienes con sus aportaciones me han hecho reir y, si este post tiene el efecto pretendido, han hecho reír a los lectores. Mil gracias. Que una sonrisa vale mucho y cuesta poco.

Imagen: ser y parecer


espejo

En un mundo como el que vivimos, con una cultura eminentemente audiovisual, pocas cosas hay que importen tanto como la imagen, nos guste o no. Pero esto, que es una constante de la vida actual, siempre lo ha sido para el mundo del espectáculo. La dificultad de triunfar con mucho talento y un fisico poco agraciado es inversamente proporcional a la facilidad de hacer otro tanto con un físico espectacular y una espectacular ausencia de talento. Que se lo pregunten a aquella estupenda Pequeña Mis Sunshine que aspiraba a ser Más bonita que ninguna, con su Cara de Angel.

También en nuestro mundo la imagen es importante. Y no tanto la imagen física como otro tipo de imagen, aunque a nadie le amarga un dulce, e ir convenientemente toguitaconada, tuneada y alicatada es estupendo. Aunque no sea imprescindible ni lo más importante. Algo que algunos medios de comunicación parecen no comprender, cuando dedican gran parte de sus crónicas judiciales a comentar sobre el troller o el bolso de una juez, o que va niquelada de los pies a la cabeza. Algo que por supuesto no ocurre con las corbatas ni el maletín de sus congéneres masculinos, aunque eso sea otra historia, como diría una buena amiga.

La cuestión está en la imagen que damos al justiciable, nuestro destinatario, algo no tan cuidado como debiera. E incluso despreciado, sin pensar que si no gusta lo que se ve en el escaparate, es difícil que nadie entre a ver la mercancía, por fina y exquisita que ésta pueda ser. Y, como reza el dicho, la mujer del Cesar no solo ha de serlo, sino también parecerlo. Aunque desde aquí propugno que se cambie eso de la pobre mujer, y que sea y parezca lo que le venga en gana, que quien se tiene que preocupar de lo que es y parece es el propio César, qué narices. Pero también eso pertenecería a la otra historia a que hacía referencia invocando a mi amiga.

Y como suele ocurrir, de aquellos polvos, estos lodos. Y hoy más lodo que nunca, con la que está cayendo, que una abre el periódico y ya no sabe si está en las páginas de política o en las de tribunales. Pero nos cuidamos poco de construir unos buenos cimientos en nuestra casita, y cuando llega el aguacero nos salen las goteras, las humedades y hasta los champiñones, Por no hablar de las ranas, claro.

Lo primero que deberíamos haber contado es quiénes somos y qué hacemos. A uno u otro lado de estrados, con puñetas o sin ellas, esos señores y señoras que vestimos un batín negro para trabajar somos mucho más que unos engreidos que hablan en clave y viven en su torre de marfil, aunque unos más que otros. Nos dedicamos, lisa y llanamente, a hacer que los derechos que todos tenemos reconocidos sean efectivos. Bien reclamando que se cumplan, bien castigando a quien los vulnera, bien exigiendo la reparación si eso ocurre. ¿Tan difícil resulta de explicar?

Pero claro, no sentamos las premisas y en cuanto viene el tío Paco con las rebajas, ya está el lio armado. Y ahora mismo hay uno armado, y de los gordos. Porque con el aluvión de noticias sobre corrupción y otros desmanes, surgen por doquier los Hamlets obstinados en repetir hasta la saciedad eso de que “algo huele a podrido en Dinamarca”. Y algo hay, desde luego. Por suerte, no tengo la pituitaria anestesiada, auqnue a veces, visto lo visto, bien que me gustaría. Pero el problema viene de la generalización, y cuando pretenden defender que ese “algo” más bien es “todo”.

Ya hace tiempo que en mi carrera venimos hablando de eso que llmamos “fiscales de trincheras”. Que no somos otra cosa que la inmensa mayoría de los aproximadamente 2500 que la conformamos. Esto es, quienes nos mojamos las rodillas toga en ristre cada día, usando la frase de otra de mis compañeras. Pero soy consciente de que en las trincheras de la Justicia no andamos solo nosotros, armados y pertrechados de Códigos, pósits y con suerte, de un ordenador obsoleto. Ahí tienen cabida jueces, abogados, procuradores, funcionarios, forenses y cuantos habitantes tiene Toguilandia. Aunque ahora nos ha tocado pagar el pato a nosotrros.

No, damas y caballeros. Lo crean o no, no me llama el ministro ni el presidente del gobierno cada mañana para ordenarme qué tacones debo ponerme. Aunque al Fiscal General lo elija el gobierno. Ni llama tampoco a jueces ni juezas para decirles cuál ha de ser el color de su chaqueta, aunque también su órgaano de gobierno tenga una procedencia política. Y tampoco creo que nadie llame a un abogado antes de ir a la guardia, se cueza lo que se cueza –si es que se cuece algo- por las alturas.

Cada vez que nos tiramos piedras unos a otros, cargando el tirachinas con acusaciones veladas de parcialidad, de falta de transparencia, de profesionalidad y hasta de vagueria, estamos cargando un boomerang que salpica a todos. Y es la imagen de la Justicia y su credibilidad la que padece. Pensémoslo antes de aplicar la técnica del “y tú más”. La transparencia es mucho más que echar porquería sobre el otro, y debería haber empezado mucho antes de que las cosas se nos vayan de las manos.

Po eso hoy el aplauso no puede ser más que para quienes, con su trabajo diario y constante, ofrecen la imagen de la Justicia que todos queremos. A pesar de todo.

Nacimiento: muchas togas y un biberón


cigueña

Pocas cosas dan en el mudo tanta alegría como el nacimiento de una criatura. Sea cual sea el entorno, el ambiente, o las circunstancias, la llegada al mundo de un nuevo habitante nos devuelve la ilusión y la fe en la vida, aunque sea por un momento. Cualquiera que haya sido madre, padre, tío, sobrina, hermano, abuela o cualquier otra cosa, sabrá que esas manitas que tienden los dedos al mundo enternecen hasta al más huraño. Y no es para menos.

Y en el mundo del espectáculo, cómo no, hay muchas obras dedicadas a ello, como protagonistas absolutos de ese Milagro de la Vida, que se plantean desde Qué esperar cuando se esta esperando durante Nueve meses hasta Mira quién habla, que cuentan que La cigüeña dijo sí o las andanzas de un Bebé a bordo, Arizona Baby o las cuitas de Tres solteros y un biberón. Y además, cientos de películas tienen su momento culminante en ese parto inesperado que tiene lugar en un ascensor, en un taxi, y hasta en un autobús, como Carne Trémula.

Pero también en Toguilandia tenemos nuestros propios momentos. Y, de pronto, entre reivindicaciones, juicios, agobios y otras cuitas, un bebé nos borra de la cara ese rictus de indignación casi permanente y nos pinta una enorme sonrisa. Y eso es lo que ha pasado esta semana. Una de mis queridas compinches , Ana, nos ha regalado ese momento. Y, por un instante, todos los que la apreciamos nos hemos olvidado de juicios, togas y puñetas para volver nuestra mirada a Jaime, esa pequeña maravilla que acaba de irrumpir de un modo u otro en nuestras vidas.

Nuestro pequeño compinche no era un desconocido, ni mucho menos. Tuvimos la suerte de compartir la alegría de la noticia de que estaba en camino, y la evolución de su desarrollo hasta que se ha hartado de estar a refugio y ha tenido la valentía de salir al mundo. Y, como no podía ser de otro modo, siempre hace recordar a quienes ya pasamos por ahí nuestro pequeño gran momento. Ya conté en otros estrenos la llegada de mis hijas, casi con la toga puesta. En sentido literal, ya que las primeras contracciones que anunciaban la llegada de una de ellas tenían lugar toga en ristre, camino de la Audiencia, y la otra apenas pudo esperar unos minutos a que bajara del avión que me traía de regreso a casa de una reunión del Consejo Fiscal.

A ellas, y a tantos otros, se une hoy Jaime. Otro bebé que crecerá entre togas, expedientes y lucha por una justicia mejor. Que hará que sus padres tengan que hacer encaje de bolillos, no para hacer puñetas, sino simplemente para lograr conciliar la vida personal y laboral de quienes habitamos Toguilandia. Que tomará su primer alimento tranquilo mientras su madre piensa la de cosas que le quedan por hacer. Un bebé cuyas primeras papillas a buen seguro que mancharán algún que otro expediente y que, si nadie lo remedia, en alguna ocasión tendrá que acompañar a su mami al juzgado porque todavía falta mucho por andar en ese camino para se #CadaVezMasIguales. Un bebé cuyos tiempos de lactancia se mezclarán con los plazos para hacer una calificación o interponer un recurso, pero cuya sonrisa, al acabar el día, borrará la amargura de la impotencia de esa víctima que no quiso denunciar a su maltratador.

Y seguirá creciendo, y habrá que ir combinando deberes con trabajo, en un equilibrio tan difícil como posible. Las matemáticas serán algo más que encajar los números de las cuentas de impuestos, el lenguaje alcanzará otros registros que poco tendrán que ver con el jurídico, y las prisas por llegar a los sitios incluirán en el trayecto el cole y las actividades extraescolares. Los días ya no se diferenciarán según sean hábiles o inhábiles, sino según las vacaciones escolares, y los minutos empezarán a cobrar una importancia desmedida, porque cada segundo arañado al trabajo se colocará en una recién estrenada cuenta de debe y haber para el nuevo miembro de la familia.

Pero lo mejor de todo es la certeza de que ese nuevo habitante del planeta llega dispuesto a mejorarlo. Que sabrá luchar por un mundo mejor, por un mundo donde la Justicia llegue a todos y donde la igualdad entre todas las personas sea una realidad, porque lleva viviéndolo desde mucho antes de abrir sus preciosos ojos y de empezar a mover sus manitas.

Bienvenido Jaime. El mundo te necesita. A tí, y a muchos como tú. Desde ya te ofrezco la pequeña toguita que mi madre hizo a mis hijas y que adorna la portada de este blog para que nos regales una preciosa foto.

Así que hoy el aplauso no podía ser más que para Jaime, para Ana Garnelo, esa mamá de la que puede estar bien orgulloso, para su papi y, con ellos, para todos y todas los que siguen empeñados en traer criaturas a este mundo que lo hagan mejor que lo hicimos nosotros. Bienvenido, mini compinche.

Y eso sí, antes de que nadie me lo diga, lo diré yo. #SoyCursi. Y a mucha honra.

Bases: sembrar y recoger


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No son pocos quienes, al referirse a lo que se arrastra del pasado, echan mano del dicho “de aquellos polvos, estos lodos”. Y en muchas ocasiones, no sin razón. Pero como yo soy más optimista, prefiero acudir a la figura de recoger lo que se sembró, que no tiene por qué ser malo. Y es que ni en la vida ni el teatro podemos prescindir de lo que nos ha ido conformando, con el concurso además de la propia voluntad. Construir sobre bases falsas nos puede llevar a erigir El ídolo con los pies de barro, por más que nos encomendemos a El cielo Protector, y si descuidamos lo que se siembra nos podemos encontrar con Los chicos de maíz escondidos en ello.

En el mundo del espectáculo, una buena siembra consiste en formación, disciplina y trabajo unidos al indispensable talento, aunque sin olvidar unas dosis de ese ingrediente llamado suerte. De ahí que por talentoso que sea alguien, si no riega ese talento con trabajo y lo abona con formación, no acabará obteniendo buenos resultados. Puede tener éxito, sin duda, pero suele ser efímero. Ya dicen que lo realmente difícil no es llegar sino mantenerse.

Y cómo no, nuestro teatro también necesita unas bases sólidas para lograr una buena y permanente cosecha. Como bien sabemos, no basta con estudiar una carrera y luego una oposición, en su caso, y echarse a dormir. Para ser buen profesional hay que estar estudiando casi cada día. No dormirnos, vaya. Aunque de vez en cuando una siestecita en forma de relax sea de agradecer.

Pero no creamos que solo de estudiar vive el jurista, por más que hacerlo sea imprescindible. Y hacerlo para estar al día, que pocas cosas hay mas penosas que encontrarse en una Sala alegando unos preceptos derogados. Y eso que en los últimos tiempos nos lo habían venido poniendo difícil, con esa manía de reformas exprés con entradas en vigor casi automáticas. Pero con ser un erudito no basta. Corremos el riesgo de convertirnos en máquinas de escupir Códigos, algo más que absurdo hoy en día en que no solo podemos consultar el texto legal en papel como toda la vida sino que Internet y las bases de datos nos lo ponen fácil. Como me dijeron en su día, lo realmente difícil no es conocer la norma, sino saber cómo, dónde y cuando aplicarla.

Aunque no todo está en los libros. Unas buenas bases empiezan por una buena educación, en el sentido más amplio del término. No irá muy lejos quien se sepa los códigos y leyes de pe a pa si es incapaz de saludar, despedirse, agradecer lo bien hecho y tratar con cortesía a profesionales y todo el personal, cosas básicas que no siempre se cuidan lo que se debiera. Y, si es con una sonrisa, mejor. Hasta para echar un rapapolvo que, como decía Mary Poppins, con un poco de azúcar la píldora entra mejor. Y lo bueno que resulta ejercitar los músculos faciales.

Hay más ingredientes. La empatía, a la que ya dedicamos un estreno, y que no consiste en nada más que la capacidad de ponerse en la piel del otro, y la sensibilidad, una cualidad no siempre valorada y muy necesaria en nuestro trabajo. Si no utilizamos ni una ni otra, por más que sepamos jurisprudencia al dedillo, corremos el riesgo de parecer dios con pandereta. Y eso sí que no.

Pero como obras son amores y no buenas razones, no solo hay que tener de todo eso. Hay que ponerlo en práctica. Con el resto de interpretes de nuestro teatro y, sobre todo, con el justiciable, ese público al que, como diría Lola Flores, tanto queremos y al que tanto debemos. Y al que no siempre mimamos como debiéramos, o al que no siempre miman quienes tienen en su mano hacerles la justicia de mejor calidad con unos medios dignos.

Y hay una versión especial de ese sembrar y recoger en nuestro teatro. La de ser esclavos de nuestras palabras. Y si no, pensemos cuántas veces nos hemos visto en un brete por algo que habíamos dicho en un informe anterior, o que hemos heredado de un compañero. Y ahí queda el papel para siempre, mirándote con cara desafiante diciendo “a ver cómo sales de ésta”. Lo que en Derecho llamamos “doctrina de no ir en contra de los propios actos” y que alguna vez produce ganas de que se te trague la tierra. Y es que el papel es muy sufrido…

Por todo ello, el aplauso es hoy para quienes actúan con la coherencia suficiente para recoger lo que sembraron sin llevarse sorpresas. Que no siempre es fácil en los tiempos que corren.

Y la ovación extra para @JulioAntonio48, que de nuevo me ha cedido una de sus preciosas imágenes para que me sirva de inspiración. Mil gracias

Empoderamiento: mujeres del tercer milenio


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Si echamos un vistazo a la imagen de la mujer en el mundo del espectáculo, a buen seguro que nos encontraríamos con clichés machistas a tutiplen. Algunos evidentes y otros tan sutiles que nos pasan desapercibidos pero calan, y mucho. El cine nos ofrece todo un muestrario de mujeres sumisas, encadenadas al mito del amor romántico y al papel que la sociedad se ha empeñado en darles. Hasta las que se rebelan, como La fierecilla domada, la Escarlata de Lo que el viento se llevó o Gilda, reciben “su merecido”. Incluso los títulos sentaban cátedra sobre el sentido de posesión, con eso de que Los caballeros las prefieren rubias y su continuación Pero se casan con las morenas Por no hablar de toda esa etapa del cine español embebida por el espíritu de una época, con el prototipo de Las que tienen que servir y el señoriiiiito por aquí y por allá o títulos hoy impensables como La Lola nos lleva al huerto. Hoy no es tan evidente, pero entre Crepúsculos donde las mujeres llegan a asumir ser vampirizadas por amor o aquellas dispuestas a que las eleven a Tres metros sobre el cielo, seguimos recibiendo mensajes que nos sitúan a las mujeres en un segundo y subordinado plano.

Algo que ocurre en la vida y que en nuestro teatro, como no es otra cosa que una representación de la vida misma en versión toguitaconada, vemos a diario. Con su maldita culminación en esa tragedia llamada Violencia de Género  tan evidente y dañina que ha dado lugar a la creación de una jurisdicción propia.

Y para combatir ese machismo que es la base de tantos males, las propias mujeres tenemos una herramienta poderosa: el empoderamiento. Algo que se consideraba un palabro exportado del inglés y que ya ha cobrado carta de naturaleza en la RAE desde 2014, y que consiste en el proceso por el cual las personas fortalecen sus capacidades para impulsar cambios positivos en las situaciones en las que viven. Y las mujeres, obviamente, necesitamos mucho de eso. Ya dedicamos un estreno a ese largo camino de la igualdad  y a las pioneras que empezaron a poblar de tacones Toguilandia. Y aunque aun nos queda llegar arriba, por abajo ya estamos empujando. Más de la mitad de las carreras judicial y fiscal somos mujeres.

Cuando pienso en esto, siempre me viene a la cabeza una juez amiga, a la que, recién llegada a su primer destino, alguien se dirigió diciéndole “morena, tráeme un café”. Ni que decir tiene que a ese alguien casi le dio un síncope al descubrir que era la juez que a partir de ese momento dirigiría ese mismo juzgado. O las veces que se han dirigido a mí o a cualquiera de mis compañeras llamándonos “bonita” o “niña”. Y hasta “señorita” en vez de señoría. Incluso a otra compañera una funcionaria le dijo que iba a tutearla porque era joven y “chica”, algo que ni se le pasaba por la mente hacer con nuestros compañeros varones.

Pero no solo de togas vive el mundo. Y las mujeres del tercer milenio, en todas partes, debemos dar el paso a una sociedad distinta, donde la igualdad sea real y no solo formal. Y para ello hay iniciativas muy valiosas. Y hoy, desde Con Mi toga y Mis tacones, quisiera compartir una de ellas.

Se trata del Foro de mujeres del Tercer Milenio, una iniciativa que se llevará a cabo en Madrid los días 5 y 6 de Mayo. Pero que a buen seguro continuará , como si de un tracto sucesivo o de un delito permanente se tratara, permaneciendo en el tiempo. Muchas mujeres dispuestas a debatir, compartir experiencias y aprender cómo llegar a eso del empoderamiento. Escritoras, artistas, profesoras universitarias, científicas o empresarias que traerán a colación las situaciones vividas en carne propia o ajena, y tratarán de encontrar el modo de evitar que sucedan en el futuro. Sin dejar de contar con nuestros compañeros en el camino, los hombres. Porque una sociedad en igualdad es una sociedad mejor para todas las personas.

Pero no nos confundamos. Empoderarse no implica asumir roles masculinos, como algunos quieren hacer creer. Que se atreva alguien a cuestionar mis tacones, que se arriesga a que les dé un uso diferente para el que fueron hechos. Caminar, siempre adelante, hacia esa meta de la igualdad que, con iniciativa como ésta, están un poco más cerca.

En esta carrera, el empoderamiento no consiste en otra cosa que en dotarnos de las herramientas suficientes para conseguir situarnos en el mismo punto de partida que los hombres. No se trata de darnos ventaja, sino de quitarnos de encima la desventaja. Y, una vez ahí, saltar todos los obstáculos que nos vamos encontrando en el camino: la conciliación –o la falta de ella- , los malos tratos y la violencia de género, la brecha salarial, el techo de cristal y su primo hermano el suelo pegajoso, la trata de mujeres, los matrimonios forzados…

Todo eso y mucho más es el tema de este Foro del Tercer Milenio, organizado por Mujeres felices y que además tiene un fin benéfico, la lucha contra la mutilación genital femenina, otro de esos obstáculos tan enormes que encontramos en nuestro camino.

Y esto no es más que el principio. La mujeres del tercer milenio han de ser mujeres a las que el hecho de serlo no les suponga ninguna cortapisa. Y es nuestra responsabilidad el ir haciéndolo aquí y ahora.

Así que hoy, en vez de aplauso, hay premio. Un premio especial, entradas para ese Foro, y que tendrá quien haga los tres primeros comentarios a este post. Y dos más, para los mejores entre los restantes que se hagan en las 24 horas siguientes a la publicación.

Aunque el verdadero premio será el del futuro. Un mundo donde las mujeres y los hombres seamos iguales. Y, como Escarlata, a dios pongo por testigo de que acabaremos lográndolo.

 

NOTA DE LA AUTORA: Después de la publicación de este post, y dado el interés el evento, por parte de la organización se ha logrado la entrada libre. Basta acudir a la web y solicitarlo. Así que han ahorrado a esta toguitaconada el trabajo de decidir quien ganó el premio. Hay premio per tutti

 

#historiasdelibros : Revolución


niño y abuelo

Próxima la celebración del Día del libro, mi toga, mis tacones y yo misma nos queremos unir a ella, con, «Revolución», una pequeña historia sobre la importancia de estos grandes amigos, una de tantas #historiasdelibros. Ojala nunca nos hayamos de convertir en La Ladrona de Libros para acceder a ellos..

Revolución

                  Como cada jueves, llegó puntualmente, sin faltar a nuestra cita. Y como cada jueves, me cercioré de que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, no fuera que nadie entrara. Con aquella vez que casi nos pillan, tuvimos más que de sobra. Aún me entran temblores cuando lo recuerdo.

                  Se sentó a mi lado y se sacó cuidadosamente las dos cápsulas de la boca, con cuidado de que no le rozaran la lengua, según me contaba. Hoy eran una roja y otra verde. Tras guiñarme el ojo, contestó a gritos a su madre que ya se las había tomado.

                  La verdad es que me daba mucha pena, pese a que a sus diez años tenía toda la vida por delante.  Tal vez precisamente por eso. El pobre odiaba los exámenes mucho más de lo que yo los odié nunca, que ya era mucho. Me fue imposible transmitirle cómo eran en mi época, un batería de preguntas y respuestas que escríbiamos con algo para él deconocido llamado bolígrafo. Y me lo imaginaba allí sentado, en silencio, esperando que el profesor leyera los contenidos de su cerebro y dictaminara si estaba preparado para pasar a la siguiente fase. Si cuando yo era niño me hubieran dicho que las evaluaciones del colegio se podían hacer así, estoy seguro que hubiera tenido ganas de que llegara ese momento. Y ahora, sin embargo, no me daba otra cosa más que lástima.

                  La vida era muy diferente en el año 2050. Hacía ya una década que comenzaron a experimentar con los estudios en grageas, que insertaban directamente los conocimientos en el cerebro. Poco a poco, los iban rellenando, y dependía de la capacidad  de almacenar de cada cual que le pasaran a la siguiente fase de enseñanza o no. Ahora se había generalizado, y habían acabado prohibiendo otro sistema de aprendizaje. Y todos parecían felices con ello.

                  Pero él no. Cuando lo veía aburrido un día tras otro sentado en la mesa de la salita, siempre a mi lado, decidí asumir el riesgo y actuar. Y ahora no faltaba un solo jueves a nuestra cita secreta, aunque al día siguiente tuviera que asimilar una doble cantidad de cápsulas con el terrible dolor de cabeza que le causaban las sobredosis. Según decían, era muy peligroso introducir más conocimientos de los previstos para un día.

                  Nos pusimos manos a la obra. Mi nieto era feliz, y juraría que esos eran los únicos ratos en que disfrutaba de verdad. Y yo disfrutaba con él.

                  Nos entretuvimos tanto que casi nos pillan otra vez. Pero reaccioné a tiempo. Una milésima de segundo antes de que mi hija entrara en el salón con mi bandeja de la cena, él había vuelto a su silla ergonómica y yo a la mía, motorizada y computerizada. Agaché mi cabeza sobre el regazo y me apresuré en volver a colocarme la manta de cuadros sobre las piernas. Y hasta dejé caer un hilillo de saliva para rematar la puesta en escena.

  • Qué pena, papá. Con lo revolucionario que tú has sido y que acabes así, todo el día dormido y sin poder moverte ni decir palabra…

              Confieso que me costó mucho no levantarme y abrazarla. Pero si lo hubiera hecho, me hubieran llevado de inmediato a aquel centro donde mandaban a los hombres de mi edad, sin más alimento para el cuerpo y la mente que cápsulas de colores. Mi primo Antonio me dijo que no se estaba mal, pero no le creía, así que seguí sin moverme, como casi siempre.

            Cuando cerró la puerta a mis espaldas, por fin pude sacar mi tesoro de entre los pliegues de mi manta térmica. Un libro. Uno de aquellos pocos que logré rescatar y que mi nieto y yo compartíamos cada jueves en la clandestinidad.

            Al menos, en algo tenía razón mi hija. Era y seguía siendo un revolucionario. ¿O acaso había mayor signo de revolución que un buen libro?

Señalamientos: día y hora


 

subida tacones

              Hay que planificar las cosas. El momento en que se hagan es un factor fundamental para que salgan bien o sean un desastre. Bien lo saben los empresarios del espectáculo, que planean minuciosamente los estrenos en función de diversidad de variables. Y un error en eso puede ser vital a la hora del éxito o el fracaso. Siempre vemos que los estrenos de películas con aspiraciones a premio se amontonan en fechas próximas al fallo de los mismos, o cómo se dejan las películas u obras familiares para las vacaciones de verano, o  se hacen funciones ex profeso de cara a la Navidad. Y, por supuesto, el día en que se planea una acción es importantísimo, como el famoso Día D del Desembarco de Normandía. O, por qué no, El día de la Bestia y hasta El Día después

Nosotros también tenemos nuestro día D. O, mejor dicho, muchos días D. Tantos, como funciones representamos a diario en nuestro teatro. Y el cómo y cuándo se señalan es esencial al buen fin de nuestra función.

Decía mi tutor en su día que los jueces cuentan con una de las armas más peligrosas en su poder: el libro de señalamientos. Y no le faltaba razón. Agenda en mano, pueden dar con el momento para que el juicio sea por completo satisfactorio o pueden incluso destrozarte los planes más elaborados sin contemplaciones. A propósito o sin buscarlo. Y hoy en día con la inestimable ayuda de los LAJs, aliados imprescindibles en ese trance. O cómplices, según se mire.

Una sesión de juicios con unos señalamientos bien pensados y planificados es garantía si no de éxito seguro, casi. Y viceversa. Unos señalamientos mal planificados es una llamada al desastre. Salvo milagro, por supuesto. Y todo ello aderezado por las coincidencias  que, para quienes no somos jueces o lajs, nos obligan a hacer encaje de bolillos. Y a veces es muy difícil no enredar el hilo.

Pero no creamos, que no es cosa fácil. No se trata de poner al azar los juicios, o hacerlo por orden cronológico tal cual van entrando. Hay que hacer unos cálculos aproximados de la duración previsible, para decidir cuánto tiempo le dan hasta el siguiente. Y, por añadidura, hacer un ejercicio de adivinación para suponer los que tienen posibilidades de conformidad o acuerdo o aquéllos en los que toda avenencia es imposible. Cualquiera que haya dado algo más de un par de paseos por Toguilandia sabe que no es lo mismo una alcoholemia sin accidente que un alzamiento de bienes, una reclamación de cantidad sencilla que una negligencia médica. Por eso, un buen señalamiento combina cálculos de probabilidades que ni los ingenieros de la NASA y las labores de la más inspirada pitonisa. Y aún así a veces no se acierta.

Por supuesto que todo sería mucho más sencillo si los juzgados tuvieran una carga razonable de trabajo y no se vieran obligados en muchos casos a forzar la máquina señalando más juicios de los que se pueden celebrar, confiando en que la providencia toguipuñetera les eche una mano en forma de acuerdo, conformidad o suspensión. Pero mientras las cosas sigan así, esto es lo que hay.

La primera decisión a tomar es la relativa al número máximo de juicios a señalar, seguida de el tiempo destinado a cada uno de ellos. Hay quien señala juicios cada cinco minutos, y quien lo hace cada hora, pero lo habitual y lo más adecuado es imaginar la posible duración del mismo. Porque, como sabemos, en cuando uno dura más de lo previsto, arrastra a los demás como fichas de dominó y se empieza a acumular el retraso. Y, con él, los nervios, la impaciencia… y el hambre. Jurp que más de una vez me he visto en verdaderos apuros para lograr hacer callar a mis tripas, que pugnaban por rugir enfurecidas.

Si no me falla la memoria, mi record absoluto ha sido celebrar treinta y tres juicios en una mañana. Y acabando a una hora razonable, encima, aunque con una considerable empanada mental. Y, por el otro lado, he acabado a más de las 8 de la tarde sesiones que deberían haber terminado antes del mediodía sin parar a comer. Gajes del oficio. Y eso que no he consultado el Guiness, que tal vez debería plantearse una sección toguitaconada.

Confieso que, en ocasiones, cuando el tiempo supera lo previsible, empiezo a ver a los demás togados con cara de bocata de jamón, hasta el punto de costarme mantener la concetración. Y más de una vez hemos presenciado muestras de impaciencia en ese “letrado, sea breve”, que tanto puede llegar a incomodar. Pero lo mejor es hacer de tripas corazón -nunca mejor dicho- y tratar de ponernos en la piel del otro. Tan difícil y pesado es estar en la puerta varias horas esperando, como permanecer dentro celebrando un juicio tras otros sin solución de continuidad. A cada cual, lo suyo.

Por eso hoy el aplauso es doble. Para quienes señalan con tino y previsión, de una parte, y para quienes soportan con paciencia y educación los imponderables que hacen que las cosas no se celebren cuando debieran. Porque, aunque a veces se nos olvide, todos viajamos en el mismo barco.

 

Abrazos: tesoros impagables


abrazo

Como dice el anuncio, hay cosas que no se pagan con nada del mundo. Pequeños tesoros que cambian por completo el día, la semana y hasta la vida de una. Y los abrazos son uno de esos tesoros, aunque a veces no sepamos reconocerlo. En el cine, abrazos de todo tipo –o la falta de ellos- han protagonizado y sobre todo, puesto el The End a muchas películas, y en algunas incluso  son los que dan título a la obra, como Los abrazos rotos o El abrazo de la serpiente. Son innumerables los abrazos que podemos encontrar, desde los más castos a los más libidinosos, de los más sinceros a los más traicioneros, desde los de saludo a los de despedida.

Y aunque no lo creamos, los abrazos también forman parte de nuestro teatro. O quizás deberían formar parte más de lo que lo hacen, que muchas veces nos contenemos demasiado a la hora de expresar determinados sentimientos. No olvidemos que bajo las togas siempre late un corazón y ay de nosotros y del justiciable si no es así.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto y vivido muchos abrazos, todos ellos importantes en mayor o menor medida. El primero que me gustaría destacar, uno de los más trascendentales, es el abrazo triunfador, ese abrazo que marca la frontera entre la opositora y la fiscal –trasladable a cualquier otra oposición o profesión-. Ese abrazo desmedido, con saltitos incluidos, que le endosas a cualquiera que pilles cerca cuando tu nombre aparece en la lista de aprobados. En ese momento, abrazarías a cualquiera que estuviera a tiro, incluído el mismísimo demonio con rabo, cuerno y tridente. Y por supuesto, hay modalidades de esos abrazos cada vez que se aprueba un examen difícil, sea en la carrera, en el colegio o en cualquier otro ámbito.

Una de las modadlidades más frecuentes es el abrazo saludo, algo que cada día se ve más pero que todavía nos cuesta, especialmente a una generación a la que nos inculcaron muchos reparos hacia el contacto físico. Se puede dar cada día, pero la verdad es que no suelo ver que los togados andemos abrazándonos cada dos por tres. Además, resultaría raro a la vista de la gente que juez y fiscal se abrazaran antes o después del juicio, o lo hicieran con letradas o lajs. Ni que fuéramos Los Teletubbies, diría alguno, sin caer en que una señal de afecto no hace daño a nadie. Pero hay ocasiones en que son necesarios. Hace nada, vino a vernos una funcionaria de baja tras una operación. No pude dejar de abrazarla, aunque no lo haga habitualmente. Pero no veo mejor manera de mostrarle mi alegría por verla recuperada.

Otro tipo de abrazos frecuentes son los abrazo despedida. Son abrazos que se dan empapados en lágrimas, contenidas o no. Entre estos, destaco algunos de los que seguro que hemos sido testigos quienes habitamos el planeta Toguilandia. Me refiero a ese abrazo que le da la madre –u otro familiar- al delincuente que va a ingresar en prisión. Muchas veces, en la propia sala de vistas, donde la mujer pregunta si puede abrazar a su hijo. Confieso que más de una vez se me han saltado las lágrimas ante esta escena, donde el dolor trasciende mucho más allá de los cuerpos que se abrazan.

Y también existe el abrazo felicitación. El que le estampamos a un compañero o compañera que ha tenido un éxito en su vida, personal o profesional. Y cuidado con estos abrazos. Muchos son sinceros, pero alguno que otro es el abrazo del oso, y hasta hay que ir mirando las espaldas por si vuelan puñales. Cosas de la vida.

Y, aunque haya tantas clases de abrazos como personas y sentimientos, quería dejar para el final un abrazo especial: el abrazo reconfortante. No hace mucho, en un acto público, quiso venir a conocerme en persona alguien de quien conocía su triste historia de maltrato a través de un  contacto virtual. Que viniera a verme, se identificara y me buscara me emocionó tanto que le di uno de los abrazos mas sinceros que haya dado nunca. Creo que era mi modo de decirle que aunque no estuviera en mi mano hacer algo más por ella, podía contar conmigo. Y noté como una corriente de cariño traspasaba nuestros cuerpos hasta meterse dentro de nuestras almas. Y ella debió notar lo mismo, porque al llegar a casa encontré un mensaje suyo diciendo que lo mejor del acto había sido ese abrazo.

Ese abrazo me recordó otro. El que hace ya tiempo dí a otra mujer con una historia igual de dura. La conocía y conocía su historia por razones profesionales, pero a pesar de ser toda una superviviente, no estaba dispuesta a contar su historia, ni siquiera a aparecer en fotos. Cuando llegó a mi despacho un día y me dijo que iba a hablar en público para ayudar a otras mujeres, dando la cara, no pude hacer otra cosa que darle un enorme abrazo. El que le sigo dando cada vez que nos vemos. Y lo mejor de estos abrazos no es darlos, sino recibirlos. Qué afortunada me siento por ello.

Por eso hoy el aplauso no será aplauso. Es un enorme abrazo para todas las personas que superan sus aprensiones para manifestar su afecto, su apoyo, su solidaridad, su cariño y hasta su dolor. Porque un abrazo es mucho más que dos cuerpos que se juntan.

 

Semana Santa: togas penitentes


procesion

Pocos temas han dado para tanto metraje como la vida de Jesucristo y la temática religiosa en general. Y pocas películas han sido tan repetidas a lo largo de la historia de televisión como ese arsenal que nos ponían cada Semana Santa sin solución de continuidad. La túnica sagrada, Jesús de Nazaret, Quo Vadis, Ben Hur, El Evangelio según San Mateo, Los Diez Mandamientos y muchas más, a las que han sucedido otras versiones más iconoclastas como La ultima tentación de Cristo. Aunque, insuperable en el ranking La vida de Bryan, que una dosis de humor siempre viene bien.

En nuestro teatro no hay representaciones religiosas, desde luego. Pero también vivimos la Semana Santa a nuestra manera toguitaconada. O sea, vacaciones, en el bien entendido caso de que vacaciones no significa no llevarse deberes  a casa, como tantas veces nos toca. Pero es lo que hay.

Con motivo de estas vacaciones pascueras, desde Con Mi Toga y Mis Tacones queremos sumarnos a nuestro modo a ese espíritu de celebración, montando nuestra propia Pascua. Que espero que no le haga la pascua a nadie.

Como no hay Semana Santa sin procesiones, podemos montar la nuestra propia. Y lo primero que no pueden faltar son los penitentes. Y los penitentes no son otros que aquellos que tienen que desfilar purgando sus pecadillos. Y ahi, desde luego, hasta nos faltarían capirotes. Los que le pondría a todos los culpables de que las plazas de jueces y de fiscales sigan siendo las mismas que desde la noche de los tiempos, los que siguen sin crear juzgados, los que continúan sin dar una retribución digna y adecuada al turno de oficio, los que consienten que algunas sedes judiciales se caigan a pedazos, los que continúan manteniendo programas informáticos y equipos que funcionan a pedal o los que inventan leyes sin presupuesto. Y, en el papel de clavarios o clavariesas quienes, además de todo esto, presumen de que la digitalización va viento en popa o de que se ha agilizado la instrucción de las causas. Que cada cual les ponga nombre, y su sitio adecuado en el cortejo.

En nuestra procesión imaginaria, podríamos sacar en andas a Lexnet, que menuda murga han dado con ese invento que, hasta el momento, da más dolores de cabeza que otra cosa.

Pero en Pascua no todo son procesiones. También hay gastronomía propia de la época. Torrijas, potaje de bacalao, mona y huevos de pascua y hasta longaniza propia de la época. Y ¿por qué no transformarlas en un suculento menú judicial, propio del mejor bistro jurídico?. Tan suculento que no dé tiempo a que prescriba, ni a que se agote el plazo de instrucción, porque ya hayamos dado buena cuenta de ello, haciendo de la digestión la fase de consumación del delito. Con premeditación y alevosía, si hace falta

Podríamos empezar por un potaje de leyes, como el que nos hacen cada vez que les entra el furor reformista, bien aderezado con la retroactividad de la ley penal más favorable y no demasiado generoso, que siempre va a venir acompañado de una disposición adicional que nos escamote los ingredientes, que es tiempo de ayuno y abstinencia. Y como es momento de vigilia, nada de carne, pero sí unas verduritas aliñadas al aroma de claúsulas suelo, con un toque de jurisprudencia europea para darle sabor. Y, por supuesto, ligero, para que no origine lesiones en la gula que requieran tratamiento médico ni dejen como secuelas cartucheras de unas armas cuya tenencia no sepamos si es iícita o no.

Y como siempre, lo mejor, los postres. Esas torrijas de Semana Santa cocinadas a base de presunción de inocencia y consumidas más deprisa que cualquier juicio rápido. Y sin demasiada bebida espirituosa, que luego llegan las pruebas de alcoholemia y ya se sabe. Y cuidado con comer más de una, que podemos caer en la reincidencia y hasta en la habitualidad. Un poquito de zumo de equidad para alcanzar la medida justa, sin necesidad de acudir a arbitraje ni mediación alguna. Con aplicación estricta del principio de oportunidad, por descontado, que nada más oportuno que darnos un homenaje de vez en cuando.

Sin olvidar la merienda. Una buena mona de Pascua confeccionada por alguien que no sea el tercero hipotecario, que a ése nadie lo ha visto, no vaya a ser que su ingesta se convierta en un delito imposible por falta de objeto. Y, coronando la mona, un buen puñado de azúcar de instrucción, que aún no sabemos si se lo acabarán comiendo jueces o fiscales, y si dejaran algo para el resto de habitantes de toguilandia. Buen provecho.

Una forma de celebrar una especial Semana Santa Toguitaconada que algunos afortunados no verán porque han conseguido enlazar varios días de vacaciones y marcharse a desconectar a Dios sabe dónde. Bienaventurados sean, aunque no salgan en el sermón de las siete palabras.

Así que hoy el aplauso es para todos. Con un especial recuerdo a quienes pasarán estos días en el Juzgado de guardia, y una ovación muy especial para esas personas que, desde twitter, elaboraron esa idea del #BistroJuridico que he tomado prestada. Mil gracias.

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