El tipo de papel en que se escriben las obras tiene su importancia. Desde la piedra en que se escribieron las primeras palabras de las que tenemos constancia hasta el actual mundo virtual que en muchos casos no usa ningún soporte físico, ha corrido mucho. El pergamino era lo normal en aquel Biblioteca de Alejandría de los tiempos de Hipatia, pero hoy pocas cosas quedan el papel, ni siquiera La carta. Y es que el progreso es lo que tiene.
En nuestro teatro el papel sigue vivo, y bien vivo, por más que nos quisieran vender aquello del Papel 0 y, según los sitios, la digitalización esté más o menos avanzada. Pero seguimos necesitando los posits, las grapas, el cordel para coser los autos y hasta los dedales de goma para pasar las hojas. Ya dedicamos hace poco un estreno a nuestro particular parque jurásico donde comentábamos todas estas cosas. Y lo malo es que podríamos dedicarle varios más.
Pero hoy quería hablar de algo que, si no ha desaparecido, va camino de hacerlo. Y, llamadme nostálgica, pero me da cierta penita, sentimental que es una. Hablo, ni más ni menos, que del papel de oficio.
Cuando yo llegué a Toguilandia, esos tiempos donde la máquina de escribir era la reina del mambo y donde los ordenadores eran un artefacto del demonio que tenían en la NASA y poco más, el papel de oficio era absolutamente imprescindible. No podía salir un informe de fiscalía o de los juzgados si no era escrito en aquellos folios gruesos, satinados, y con marca de agua que, además, llevaban el escudo de la administración de Justicia impreso al margen. Cuando era pequeña y mi padre traía a casa algo escrito en aquellos folios, me acuerdo que me encantaba mirarlos al trasluz y ver “el dibujito”, eso que ahora sé que era la marca de agua. También sé ahora que “el dibujito” era siempre el mismo, pero entonces los miraba siempre con la esperanza de que me tocara uno distinto, como los cromos de las chocolatinas. Y es que imaginación nunca me ha faltado.
No obstante, lo mejor que recuerdo del papel de oficio era algo que contaba un funcionario . La cuestión era que el papel de oficio, cuyo coste era bastante elevado, además, por el grabado y la alta calidad del papel, en algunos sitios desparecía de manera insólita. Cuando el fiscal jefe de aquel funcionario les dijo que no sabía que pasaba, que parecía que se comían el papel, él y otros compañeros se pusieron rojos como un tomate y empezaron a mirar al suelo, comenzando un silencio tenso que solo se rompió cuando uno de ellos dijo:-
-Comérnoslo,, no. Pero es que mi mujer dice que es el mejor papel para hacer magdalenas, y lo mismo dicen todas las que lo han probado.
Ignoro cómo sería la bronca que, a buen seguro, se vio obligado a echarles el jefe en cuestión. La historia que me contaba aquel funcionario terminaba siempre con una bandeja de magdalenas hechas por su mujer, que, no sé si con aquel papel o no, estaban para chuparse los dedos. Supe el otro día que aquel funcionario, de nombre Marcial, que me contó la historia, ya jubilado pero que nunca faltaba a felicitar las Navidades con sus formas exquisitas y su imborrable sonrisa, había fallecido, y quise hacerle este pequeño recuerdo. Espero que desde donde esté le guste leerlo.
Con el tiempo aquel papel de oficio fue perdiendo calidad -y encanto- para convertirse en folios comunes y corrientes que llevaban impreso en blanco y negro el escudo. Y más tarde, ni eso. Es el propio ordenador el que, con el programa correspondiente, imprime ya con el escudo en su sitio. Aunque, según decían, el papel ya no debería existir, ni de oficio ni de otra clase. Pero juro que mi impresora sigue funcionando sin parar cada día. Y eso por no hablar de su prima la fotocopiadora o el fax, por increíble que resulte a mucha gente.
Para acabar, me acuerdo de otra anécdota que me contaron relacionada con esto. Sucedía hace mucho tiempo, cuando, al fin de una declaración, el juez montó en cólera porque no se había escrito en papel de oficio. Cuando el declarante oyó que la declaración no valía por esa razón, sacó una hoja de papel de estraza y se la ofreció a Su Señoría, diciéndole que podía usar el papel de su oficio, que era el de charcutero. Ignoro cómo acabaría la declaración, y si el interfecto acabaría trayendo una ristra de chorizos como las magdalenas de mi funcionario´. Ni siquiera sé si es una historia verdadera o una leyenda urbana, pero ahí lo dejo. Si no es verdad podría serlo. porque en Toguilandia más que en ningún otro lugar del mundo, la realidad siempre supera a la ficción.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. Que no se diga que solo es Proust quien saca partido a las magdalenas para sus historias. El aplauso, es, sin duda, para Marcial, aquel funcionario que se fue y a quien le teníamos tanto cariño, y, con él para todas las funcionarias y funcionarios con los que trabajamos a diario y sin cuyo trabajo no habría función.
A primera vista, si pensamos en la autoría de algo, lo primero que se le viene a una a la cabeza es un sentimiento de orgullo, de ser padre o madre de una criatura, especialmente si se trata de una obra de arte o de una creación que aspira a serlo. Pero se puede ser autor o autora de muchas cosas, y no todas son para enorgullecerse, ni mucho menos. Cuando alguien dice Yo confieso, como en la película, ya se ve venir que no se trata de una obra de caridad. Y si un grupo de personas se autoproclaman Compinches, seguro que algo están tramando. Tiempo al tiempo.
En nuestro teatro, la autoría es fundamental. Es lo primero que tenemos que saber para atribuirle a alguien un hecho por el que creamos que deba ser condenado. Y no solo en Derecho Penal, sino que en cualquier rama del Derecho hay que contar con un sujeto sobre que el que recae la consecuencia jurídica. Tan fácil como lo que nos enseñaban en la clase de gramática del colegio: no hay frase sin sujeto, aunque sea elíptico. Y hay que ver esas elipsis la guerra que nos dan
El tema de la autoría es uno de los primeros que se estudia en Derecho Penal. Y aquí funcionamos al revés de la lógica. Algo que parece tan claro a primera vista empieza a complicarse según se van sabiendo más cosas. Por eso, esa frase que es la primera en que alguien piensa cuando le hablan del autor, como “el que comete los hechos” empieza a tener matices y bucles y acaba por tener más tirabuzones que la cabecita de Shirley Temple en sus mejores tiempos.
Autor es, desde luego, el que realiza el hecho. Eso dice el Código Penal y el sentido común. Y la verdad es que en la inmensa mayoría de los casos la cosa no tiene más complicaciones. Es autor el que roba, el que mata, el que pega a su mujer, el que conduce un coche borracho, el que viola o el que comete cualquier otro hecho. Obsérvese que si me refiero a “el que” y no a quien, como suelo, para abarcar a hombres y mujeres, es porque así lo hace todavía nuestro Código, que toma lo del masculino genérico tan a rajatabla que un delito que se comete generalmente contra mujeres, como la mutilación genital, se formula como “el que mutilare a otro”
Pero, lenguaje no inclusivo aparte, y uso del futuro de subjuntivo -matare- que es ya casi para lo único que se utiliza, la cuestión es que esa es la regla general, pero lo más complicado viene con las excepciones. La primera que hay que resaltar es la que hace referencia a la coautoría. Un hecho puede tener varios autores, de los que se presume que tienen una participación igual de trascendente porque en otro caso serían cómplices. Y eso es lo que nos discuten en juicio muchas veces. Está claro que si dos tipos roban un banco, y uno es quien encañona a los empleados y el otro quien recoge el dinero, ambos son culpables. Pero puede intervenir un tercero, que los espera en la puerta para que huyan, y aquí pueden plantearse dudas. La jurisprudencia entiende que es tan autor como los otros, pero su defensa siempre puede intentar convencer al tribunal de que no sabía qué habían hecho, o la gravedad de sus actos. Y, aunque generalmente no cuela, es un buen intento.
En otros casos, la coautoría es más discutida o discutible. Recordemos, sin ir más lejos, las agresiones sexuales en las tristemente famosas “manadas” donde ha habido un giro jurisprudencial que ha acabado estableciendo que en cada agresión es autor no solo el que materialmente comete el acto sexual, sino también quienes contribuyen con su colaboración de cualquier tipo, incluso pasiva.
Otro tipo de autor directo mucho menos frecuente es el inductor. O inductora, claro, con el permiso del Código. Más que nada, porque ha de probarse que su acción fue la que determinó al autor material a cometer el delito y que éste lo hizo por esa causa. Aunque hay otros casos, el más llamativo es el de los crímenes cometidos por sicarios. Que, aunque suenen muy peliculero, son muy poco frecuentes. Yo solo me encontrado con uno en mi más de un cuarto de siglo de carrera profesional y tengo muchos compañeros que jamás llevaron ninguno. En mi caso, están condenados sicarios e inductor, por cierto. Que no se diga.
Una de las figuras más resbaladizas es la del cooperador necesario. Según nuestro Código, responde como el autor porque contribuye con un acto sin el cual el hecho no podría ejecutarse. Sería el caso al que me he referido, de quienes emplean la intimidación para que otro sea el que tenga la relación sexual con la víctima intimidada. Pero no siempre es fácil diferenciarlos de los cómplices, que contribuyen simultáneamente a la acción con un acto no esencial, como proporcionarle los medios para que cometan el delito, por ejemplo, el disfraz. Seguro que más de uno está pensando en La casa de papel y su característica indumentaria.
Junto a los cómplices hay otro modo de participación, que se diferencia por el momento en que se interviene, la de los encubridores. Nuestro Código ya no lo considera, como el anterior, como una forma de participación sino como un delito autónomo que, si es con ánimo de lucro, se puede convierte en delito de receptación, que consiste, como sabemos, en sacar provecho de los efectos robados. Eso sí, el autor del robo nunca comete receptación, porque para él es un acto de aprovechamiento impune, lo que llamamos fase de agotamiento de delito. Pero a veces es el único modo de enganchar a los autores cuya acción no puede probarse. El resto de encubridores son los que esconden al delincuente o los efectos del delito. Participar en el crimen no puede salir gratis o, como decían en las series de mi infancia, el criminal nunca gana. Aunque no siempre sea cierto.
Por último, la cosa se complica cuando se meten por medio las sociedades y personas jurídicas. Al principio clásico de personalidad de la pena le han salido muchas aristas por la realidad actual, especialmente en los delitos económicos y societarios. En pincelada gruesa, podemos afirmar que hoy en día las personas jurídicas pueden delinquir y que, pueden+, además ostentar una posición difícilmente comprensible para un lego en Derecho -y para algunos no legos-: la de partícipe a título lucrativo. En cualquier caso, no olvidemos que detrás de las sociedades siempre hay personas. La mano que mece la cuna, ya se sabe
Y hasta que estas pequeñas pinceladas sobre la autoría en Toguilandia. El aplauso se lo daré a quienes cada día han de bregar con estos autores y sus pintorescas excusas. Confieso que, después de tantos años, hay algunos y algunas que todavía me sorprenden. Y, por supuesto, uno extra a mis compinches. Ya saben…
Los bares y en general, los locales de ocio, son tan importantes en el mundo del arte que son el lugar donde se fraguan muchos encuentros y hasta se firman muchos de los contratos que ha dado lugar a las mejores obras maestras o los más sonados fracasos. A veces, incluso, son los propios protagonistas de ellas, como el Bar Coyote, el Moulin Rouge o, sin apellidos, el Cabaret.
Nuestro teatro no podía ser una excepción. No hay más que echar un vistazo a las inmediaciones de juzgados, fiscalías, Tribunales Superiores de Justicia y Ciudades de la Justicia varias para apercibirse de que, a su alrededor, surgen como champiñones bares, cafeterías y locales varios que además en muchos casos tienen nombres tan jurídicos como “La venia” “Justicia” ”Tribunales” “La balanza” o similares. O, aunque se llamen de otro modo, acaban siendo “el bar del juzgado” o el de al lado del juzgado.
Seguro que a mucha gente de la que hoy habitamos Toguilandia le suena el nombre de “Riofrío”. En ese bar, cercano a la plaza de las Salesas de Madrid, sede de nuestros exámenes de oposición, hemos pasado horas de angustia esperando que llegara el momento del examen, o que saliera la nota. Y también hemos vivido momentos de celebración cuando, una vez conocida, el resultado era el deseado. Confieso que a mí me ha seguido produciendo escalofríos cada vez que volvía a ver su rótulo, al recordar aquellos momentos. La misma sensación que describe una de mis amigas, que dice que hoy, después de treinta años de aquel día, con solo ver las recargadas puertas del Tribunal Supremo con sus barrocos dibujos dorados sobre fondo verde, le entra dolor de estómago, Y eso que ahí aprobó no una sino dos oposiciones, que si no, no sé lo que le causaría.
Hay en lugares, sobre todo en sitios pequeños, donde todavía pervive la costumbre del almuerzo, y todos los intérpretes de nuestra función acudían al mismo bar, tuvieran el papel que tuvieran en los juicios a celebrar ese día. En uno de los juzgados que servía en mi primer destino, se paraba religiosamente a las 12 de la mañana, como si del Angelus se tratara, y nos trasladábamos a un bar donde había preparada una mesa larga que ni la de un banquete de boda. Mi humilde café, lo que suelo pedir en ese trance, hacía el ridículo ante tanto dispendio. Pero era la costumbre, y quién es una pobre fiscalita para romperla. así que si hay que almorzar se almuerza. Y juro que allí se sentaban jueces fiscales, abogados de defensa y acusación sin que nadie se planteara siquiera que eso pudiera afectar a la imparcialidad, Y no lo hace, desde luego, aunque haya quien pretenda cuestionarlo.
En otro de mis destinos, la costumbre era otra, y todavía la añoro. El día antes de los juicios, llegaba un fax a fiscalía donde el LAJ -entonces secretario judicial- remitía a fiscalía una nota muy simpática sobre a quién le tocaba pagar el almuerzo, que llevábamos el aludido o aludida desde casa. El nivel se puso tan alto que lo que empezó con unas ensaimadas y un café acabo siendo un almuerzo pantagruélico en toda regla, para el que acabábamos compitiendo sobre quién traía unas viandas además de ricas, originales. Recuerdo haberme recorrido varias panaderías para encontrarlas, aunque luego me despachaba con un “bah, he traído cualquier cosa”. Aquel invento se debía a un LAJ muy especial, Miguel Ángel, que ya no está con nosotros y cuya ausencia sigue doliendo
Pero si por algo se caracterizan los bares que rodean a los juzgados es por lo que podrían contar sus paredes, si hablaran. Entre las paredes -hoy, más bien terrazas- de esos locales se han cerrado acuerdos, se han fraguado conformidades y hasta han nacido enemistades eternas. A veces, hasta pienso que a algún camarero le podrían convalidar un par de cursos de Derecho por lo que ven y escuchan.
Otra de las características de estos lugares son los encuentros inesperados y hasta incómodos. De un lado del banquillo, he tenido ocasión de ver en varias ocasiones, delitos de quebrantamiento de condena o de medida cautelar porque el afectado por la medida de alejamiento se ha acercado a quien no debía y hasta la ha abordado en el bar de juzgados. Incluso en un caso tuvo que venir su abogado de testigo.. Y otro, donde el lugar donde no debía acercarse era la propia Ciudad de la Justicia, lo cual incluía los bares de la contronada
Y lo más incómodo viene del otro lado. Esas veces en que, acabado un juicio especialmente peliagudo, una se va al bar en busca de un cafelito reparador y se encuentra al ladito al letrado con quine ha tenido mayúscula bronca o, lo que es pero, el tipo para el que acabo de pedir una condena de narices. Y hasta a miembros del jurado que se está juzgando, que se quedan mirando sin saber que hacer.
Aunque una de las cosas que más fastidian es la aparición de esa persona inoportuna que te aborda en tu tiempo de descanso y pretende que le informes o le soluciones la vida, o, en su caso, el pleito. Para estos casos siempre me acuerdo de la anécdota que cuenta una prima mía médica que, cuando alguien en la calle le pregunta sobre una enfermedad le responde pidiéndole que se desnude. Cuando le dicen, con asombro, que no van a desnudarse en la calle, ella responde con la mayor tranquilidad que es en la calle donde le han pedido el diagnóstico. Co toda la razón
En este punto, me quiero acordar de mis amigas y amigos de la abogacía, que, además, tienen que aguantar que esa consulta, además de inoportuna, pretenda ser gratuita. Como si no tuvieran por costumbre comer y pagara sus facturas.
Y con esto se cierra el telón por hoy. El aplauso es esta vez para esos profesionales de la hostelería a los que tanto les ha afectado esta pandemia y que tanto hemos echado de menos. Ojala nunca volvamos a añorarlos
Las lágrimas no son patrimonio de unos pocos, ni mucho menos. Hace tiempo, al principio de la llegada de los culebrones a nuestra televisión, había una cuya título dejó huella: Los ricos también lloran. Hoy parafraseo ese título para recordar que las togas, aunque a veces pueda parecerlo, no nos insensibilizan para las cosas que llegamos a ver, aunque sirvan de escudo.
Hoy traigo a nuestro escenario un relato que escribí hace tiempo, y que está recogido en mi antología de relatos Remos de plomo
EL FISCAL QUE LLORÓ
Los hombres no lloran. Se lo habían dicho una y mil veces, y se lo había creído. Los hombres no lloraban, y cuando eran fiscales, todavía menos. Su deber era acusar de un modo implacable, ponerse la muesca imaginaria en la toga, y seguir adelante como si tal cosa. Como si fueran el mismísimo John Wayne en el Salvaje Oeste.
Su mentor decía esto siempre con una sonrisa algo torcida, no sabía muy bien si por costumbre o forzada por la apoplejía que sufrió tiempo atrás. El fue quien le enseñó todo lo que sabía de Derecho y de la Carrera Fiscal, incluídas las triquiñuelas para tratar de sacarse de delante todo el trabajo posible con el mínimo esfuerzo. Y se lo agradecia, desde luego. Pero cuando ya tuvo su propia toga, empezó a sentir como se despegaba de él hasta que quedó muy poco de la admiración que le profesaba cuando empezó a prepararse las oposiciones.
Recordaba lo que sentía cuando empezó. Le veneraba. Le parecía un milagro que a un chico de pueblo como él, sin blasones ni tradición jurídica en su familia y sin un colchón económico abultado, le hubiera admitido entre su escogido ramillete de pupilos.
– Menuda suerte que has tenido. No coge a cualquiera, no creas. No sé cómo te ha cogido a ti.
En efecto. Sus compañeros le hicieron sentir como la excepción que confirmaba la regla. El también ignoraba por qué aquel señor tan empingorotado le había aceptado entre sus no menos empingoratados alumnos, la mayoría de cuyos apellidos no cabían en una sola línea. Sus simples “Martínez Gómez” y su condición de hijo del tendero de un pequeño pueblo del interior no eran un buen aval. Pero suponía que el hecho de que su pueblo fuera el lugar de veraneo del aquel prohombre y que su padre, el mejor jugador de dominó de la contornada, aceptara ser la pareja de él en las partidas del casino, tuvo algo que ver. A veces imaginaba que hasta su preparación fue fruto de una apuesta, y le debía la carrera a un seis doble oportuno.
Cuando se mudó a la ciudad para empezar a preparar las oposiciones, sus padres le colmaron de consejos. Que se portara bien, que aprovechara el tiempo, que hiciera caso a todo lo que dijera el preparador y que fuera formal. Y su madre, como siempre, que se alimentara bien y tuviera cuidado de no coger frío.
Su padre, en un aparte mientras la madre preparaba las fiambreras con que le pensaba llenar una maleta, le guiñó un ojo y le dio unos cuantos consejos extra de cómo comportarse “como un hombre”. Hasta le dejó caer que el que iba a ser su preparador tenía querencia por ciertos locales de alterne y que no pasaría nada si le acompañaba si le invitaba a ello. Que eso sería un honor, y ni se le ocurriera hacerle el feo. Y le metió unos billetes de más en el bolsillo “para esos menesteres”. Para eso siempre había dinero, aunque tuviera que dormir en una pensión de mala muerte porque había que ahorrar. Prioridades.
Tampoco olvidó decirle algo que repetía con frecuencia, algo que le tenía harto.
-Y por Dios, deja de lado tus ñoñerías y todas esas cosas de arte que te gustan tanto. No seas tan “sensible”, que con eso no vas a ningún sitio.
Qué cansado le tenía. Decía lo de ser “sensible” con retintín, como si fuera algo terrible. Y él sabía perfectamente a qué se refería. Su padre estaba convencido de que era homosexual y eso no lo podría aguantar de ninguna manera. Menuda deshonra para él.
La cuestión es que a él le gustaban las mujeres, aunque en algún momento llegó a dudarlo. Era curioso, pero la obsesión paterna producía en el hijo exactamente el efecto contrario al pretendido. Como le gustaba leer, escribir, ir a exposiciones, al teatro o al ballet, estaba estigmatizado. Y, como cuando la única vez que se atrevió a hablar de eso, dijo que los hombres deberían compartir con las mujeres el trabajo de la casa, le puso la cruz. Las mujeres estaban para servir a los hombres y que ni se le volviera a ocurrir levantarse a quitar un plato de la mesa, que para eso estaban su madre y su hermana. Acabáramos.
Así que creció con la duda de si era homosexual por el solo hecho de que no le gustaban las mismas cosas que a él. Sus propias hormonas empezaron a despejar esas dudas. Simplemente, era raro. Y decidió guardarse sus opiniones y sus gustos para sí mismo. Que él pensara lo que quisiera.
Tal vez por eso su vocación se acrecentó mucho. Tenía tantas ganas de ser fiscal –o juez, aunque menos- como de librarse de la convivencia con su padre en aquel pueblo pequeño y asfixiante. Así que se fue a la ciudad con sus maletas, sus fiambreras y su mente abierta a todo.
El preparador se empeñó en suplir al padre a su modo. Era como una versión sofisticada de él. Sus mismas manías, su misma obsesión por las cosas “de hombres” y por compartir con sus alumnos chistes y ocurrenccias que a él no le hacían niguna gracia. Sus compañeros –por llamarlos de algún modo- seguían la corriente al mentor y se mostraban encantados, pero nunca olvidaban mirarle a él por encima del hombro. El no era como ellos y se lo recordaban a cada rato.
La verdad es que le hicieron un gran favor. No iba a sus cenas, ni a sus encuentros, y dedicaba todo el tiempo a estudiar. No sabía si era mucho más brillante que ellos, pero su dedicación y constancia hacían que lo pareciese. Y eso tampoco lo perdonaban.
Un buen día llegó el momento que su padre anticipaba y para el que le dio un dinerillo extra que él había guardado para gastar en el cine o en alguna obra de teatro que le gustara. Aquel día cantó el tema que le preguntó especialmente bien. Las servidumbres legales eran complicadas y las había clavado.
-Muchacho, te has ganado un premio. Llevas muchos días haciendo méritos, así que prepárate que este viernes, al acabar de clase, nos vamos de juerga.
Cuando vio cómo le guiñaba el ojo con su gesto torcido y el regusto baboso que se desprendía del modo de decirlo, no tuvo dudas. Cuando iba a poner la excusa más fácil, le cortó el camino
-Y no te preocupes, los gastos corren de mi cuenta.
Consumada la encerrona, no tuvo valor para negarse. Solo tenía una posibilidad, y tiró de ella. Al viernes siguiente, dio la lección del modo más catastrófico posible. Equivocó de forma deliberada el número de los artículos del Código, titubeó repetidas veces, cambió los epígrafes de orden y, como colofón, dijo que no se acordaba del final. Aspiraba a haber perdido su premio y poder irse a la pensión tranquilo, aunque fingiera una contrariedad enorme por quedarse sin la noche de juerga.
-Ay, muchacho. Te entiendo –otra vez me guiñó el ojo torcido-. Estás tan nervioso con lo de esta noche que no das pie con bola. ¿Eh?
Nada que hacer. La estratagema no dio resultado y su cobardía le llevó derechito a un sitio al que juró no volver jamás. Farolillos rojos, camareras escasas de ropa ofreciendo mucho más que bebidas aguadas, y toda la parafernalia que había visto en las películas. Se pidió un whisky, lo bebió de un trago y sonrió a la mujer que se lo servía con la esperanza de que ahí quedara la cosa. Pero su gozo en un pozo. El preparador le instó a que le siguiera y, sin comerlo ni beberlo, se encontró a solas en una habitación con una mujer desvestida de lencería barata y con los labios del rojo más chillón que jamás hubiera visto.
Con una mueca que pretendía ser una sonrisa provocativa, le preguntó qué le gustaba hacer. Y le dijo que tenía crédito suficiente para lo que quisiera. Para cualquier cosa, insistió. Se llamaba Marlene y estaba a su servicio. Y al decirlo, notó a la perfección cómo su alma contradecía lo que salía de sus labios. Siempre pensó que una situación así le causaría asco, pero solo le dio pena.. Mientras dudaba entre dejar hacer a Marlene para que se ganara su jornal o proponerle otra cosa, ella ya se había desnudado, dejando al descubierto unos pechos blancos cuajados de cardenales de distintos tonos y una cicatriz junto al ombligo.
-Marlene, si no le importa, a mí lo que me apetece es hablar
-Pero a mí no me pagan por hablar
-Fingiremos que no hemos estado hablando, sino haciendo…eso por lo que te pagan
-Como usted guste, señorito. Pero no se lo diga a nadie.
Se lo prometió. Casi más por él que por ella. Confiaba en haber superado su “bautismo” y que no le volvieran a llevar a semjante sitio. Ni a otro parecido.
El preparador debió darle el parte oportuno al anhelante padre. Su cachorro había pasado la prueba con buena nota. Podía dormir tranquilo, era un machote. La cara de satisfacción de Marlene, a quien él conocía de sobra, daba fe de ello. Qué confundidos y ciegos podían llegar a estar.
Después de aquello, ni sus compañeros ni su maestro volvieron a molestarle. Aquéllos hacían una vida y él otra. Solo coincidían cada martes y cada viernes ante el despacho de madera maciza y cuero verde del preparador. Y la verdad es que allí más bien le rehuían. Las comparaciones siempre son odiosas, y en cuanto al nivel de conocimientos, él les ganaba por goleada.
En cuanto al preparador, continuó con la actitud paternalista sobre él, pero solo en la vertiente profesional. De vez en cuando, algún chiste picante, que él soportaba como podía, y poco más fuera de Códigos, leyes, artículos y reglamentos. El hombre no era tonto y sabía que aquel muchacho llegaría lejos, a pesar de ser un tanto paleto. Pero se adaptaba bien y seguro que se puliría con el tiempo. Y el éxito del alumno sería tambien el éxito del maestro.
Poco más de dos años después del día que desembarcó en la ciudad con su maleta llena de fiambreras, llegó el momento. El examen estaba convocado y él, por mor del azar, sería de los primeros en hacer la prueba. Y tanto él como su preparador sabían que estaba listo. La suerte haría el resto. La suerte, y la carta de recomendación que mandaría a los miembros del Tribunal de oposición, por si las moscas. No fuera que sus apellidos y su acento pueblerino hicieran que lo miraran con malos ojos. El muchacho se encargaría del resto. Recitaba los temas de un modo y con una precisión que dejaban poco espacio a las dudas.
Aprobó sin problemas el primer examen. Y luego el siguiente. Sus padres estaban henchidos de la emoción, él estaba orgulloso y el preparador, invitado de honor al banquete de celebración que su padre encargó en el casino del pueblo, se pavoneaba diciendo que él vio en aquel muchacho un diamante en bruto desde el día en que lo conoció. Y que, por supuesto, con su preparación había triunfado, como no podía ser de otra manera. Olvidaba explicar cómo esa misma preparación de nada había servido a los demás compañeros de apellidos compuestos y blasones, pero eso allí no importaba a nadie.
Por descontado, a la hora de elegir destino, decidió marcharse lo más lejos posible. Y sin ninguna intención de volver en mucho tiempo. Con las ganas que tenía de perder de vista la vigilancia paterna directa, y la indirecta a través de su preparador, poner tierra de por medio le vendría de fábula. Ya vería a la familia en Navidades o en vacaciones.
Así lo hizo. Pero el destino siempre dispone a su antojo, y las cosas cambiaron para él de golpe. Su padre sufrió un ictus que le dejaría postrado, y su madre, delicada de salud, le pidió que se acercara a su casa para echarle una mano. Su hermana se había casado y tenía varios hijos y no podía estar siempre con ellos. Y además, económicamente, sin su padre haciéndose cargo de la tienda y con la obligación de atenderle a tiempo completo, las cosas se habían puesto cuesta arriba.
Aunque se sentía mal por ello, deeseaba con todas sus fuerzas que no saliera en mucho tiempo una plaza en la ciudad donde había preparado la oposición, la más cercana a su pueblo natal. Aliviaría su conciencia enviándole a su madre más de la mitad de su sueldo y acudiendo a verles cada vez que podía. Pero tampoco ahí el destino estuvo de su parte, y en poco tiempo la Gaceta de Madrid publicaba la vacante de un compañero que se había marchado a otra provincia. Y no tuvo excusas para no solicitarla, cruzando los dedos para que hubiera alguien más antiguo que se la llevara. Pero nada. En un par de meses, él y su maleta con las fiambreras vacías estaban de vuelta en la ciudad que le vio partir.
Se negó a hacerse cada día el trayecto en tren que le separaba del pueblo y, aunque iba casi a diario, se alquiló un modesto pisito en la ciudad. Al menos, que mantuviera su santuario allí. Ni tenía novia ni intención de tenerla, pero nunca se sabe. Y sus libros, sus cuadros y su música estarían con él.
El preparador le recibió con los brazos abiertos. Ahora él era el Teniente Fiscal, el segundo de a bordo de la Fiscalía, aunque él se jactaba de ser quien mandaba
-Bienvenido a casa, muchacho. Verás que bien vamos a estar. Ese –decía señalando el despacho del Fiscal Jefe- no se entera de nada.
Otra vez el guiño supuestamente cómplice de ojo torcido. Y una nausea le recorrió la garganta recordando aquella noche en el local de alterne. Le temblaron las piernas con la sola idea de que se le ocurriera una fiestecilla de bienvenida. Pero, de momento, no parecía ese su propósito y respiró aliviado.
La vida transcurría entre el trabajo, su piso y sus aficiones de ermitaño, y las frecuentes visitas a la casa paterna, donde su padre se consumía como una vela y su madre se estaba dejando la salud por el camino.
Mientras tanto, leía, y estaba en contacto con grupos que, desde la clandestinidad, trataban de hacer valer los Derechos Humanos en un momento aciago para ellos, en plena dictadura. Era solo correspondencia y, muy de vez en cuando, alguna reunión, pero se sentía satisfecho de hacer algo por tratar de cambiar las cosas.
En el trabajo, realizaba su cometido sin grandes alharacas. Era el recién llegado, el más joven del escalafón y, salvo que le tocara por reparto algún asunto complejo de los que no abundaban, su función era sencilla, casi tediosa. Pastoreo abusivo, robos en el campo, riñas de vecinos o accidentes de tráfico eran su día a día. Hasta que llegó la que parecía ser su oportunidad.
Era un caso por asesinato. La prensa lo había bautizado como “el crimen del marqués”, en atención al título nobiliario que ostentaba su ilustre víctima. El no lo siguió en su momento, solo sabía de ello por los periódicos y ya se sabía que no eran demasiado de fiar. Por ellos tenía conocimiento de que el propio Fiscal Jefe se ocupó personalmente de llevarlo, en contra de su costumbre de delegar el trabajo en otros.
Apenas unos meses después que que él llegara a su destino, el Fiscal Jefe sufrió un infarto, quedando el mando de la Fiscalía en manos del que fue su preparador, con el que mantenía una relación cordial, aunque exenta de demasidas implicaciones personales. Y no se sabía si por esa relación, por considerarle el más capacitado, o porque él mismo se negaba a trabajar más de la cuenta, le endosó lo que llamaba “la joya de la corona”
-Muchacho, se te ha aparecido la Virgen. Vas a llevar un asunto bien bonito, y bien fácil. La prueba está clarísima, la condena es segura y el trabajo lo tienes casi hecho. Solo tienes que hacer el juicio. El Jefe ya lo dejó calificado y listo. Y ya sabes…
De nuevo el gesto torcido, el guiño de ojo. No supo a qué se refería, pero le dio mala espina y le bajaron como las de una gaseosa desventada las burbujas de alegría con la que recibió la noticia.
Una semana. Ese era el tiempo de que disponía para preparar el juicio que, según su preparador, era pan comido
-Una perita en dulce, muchacho.
Pero la pera debía estar agusanada porque no le supo nada dulce. Por el contrario, conforme ahondaba en el estudio de aquel sumario –con lo meticuloso que era, casi se los aprendía de memoria- más se arrepentía de haberlo aceptado de tan buen grado. Aunque no tuviera otro remedio, de haberlo sabido hubiera, cuanto menos, discutido por no hacerse cargo.
El marqués de Miraflores había sido asesinado por una prostituta. Según el escrito de calificación de su compañero, con premeditación y alevosía. Aquella tal María Virtudes García García había urdido un plan para, aprovechando que la víctima había consumido alcohol en exceso incitado por ella misma, asestarle una cuchillada en el abdomen, que le causó la muerte.
Algo no cuadraba ahí. Un sencillo y viejo cuchillo de mesa no parecía el arma elegida por nadie para cometer un asesinato. De hecho, según el resultado de la autopsia, la herida podía no haber sido mortal de no ser por el óxido y la mugre del cuchillo, y por las mellas de su vieja hoja. Todo eso produjo una infección que acabó con la vida del marqués, que debía estar tan borracho que ni siquiera fue capaz de defenderse o pedir ayuda.
Por su parte, la presunta asesina contaba que aquél le había propinado varios golpes, y que incluso llegó a quererla estrangular. Decía que era cliente habitual de la casa y que todas le temían por su violencia, pero nadie había tenido a bien oir la declaración de sus compañeras confirmando ese extremo. Tampoco parecía haber tenido nadie en cuenta los partes médicos de ella, que confirmaban por una marca en forma de surco en el cuello y varios moratones en distintas partes de su anatomía, su versión. Parecían haberla condenado sin darle ninguna opción a defenderse. Y aunque su abogado de oficio pidió la práctica de esas pruebas, así como de un dictamen psiquiátrrico de ella, todas ellas habían sido rechazadas de plano sin ser recurridas.
Era una pesadilla. El era el fiscal y empatizaba más con la autora que con la víctima. Le vino a la cabeza aquella noche en el lupanar con su preparador, y tuvo que hacer esfuerzos para no vomitar.
Decidió comportarse con honestidad, y exponerle a su preparador, que ejercía las funciones de jefe, su punto de vista. Aquella chica merecía, al menos, la aplicación de una rebaja considerable por haber actuado en legítima defensa. Le miró como si se hubiera vuelto loco.
-Déjate de historias, muchacho. Esa merece garrote, y eso es lo que tiene que tener. Nada de contemplaciones. Al fin y al cabo, es una guarra y nadie la echará de menos
No había nada que hacer. Pinchaba hueso, y de los duros. No le iban a permitir otra cosa que dirigir los pasos de aquella desafortunada al cadalso. Decidió darlo por imposible, y ya vería cómo se las componía en el juicio. Trataría de hacer ver las cosas de otro modo, confiando en que el tribunal tuviera algo de humanidad. Se arriesgaría, aunque le costara caro.
Llegó el día de la vista oral. Mientras recogía su toga del armario donde las guardaban, el que era su jefe en funciones se acercó a él y volvió a obsequiarle su guiño de ojos torcidos.
-Animo, vista y al toro, muchacho. Has tenido mucha suerte en tu primera pena de muerte. La primera cuesta, pero luego ya no.
Odiaba aquella forma de llamarle. El ya no era el muchacho que un día se llevó a una casa de putas.
-Muchacho. Ni se te ocurra rebajar la pena. Me has entendido, ¿no?. Ni se te ocurra –y cambió su sonrisa torcida por un rictus autoritario que no dejaba lugar a la duda-
El juicio fue un desastre. Los periódicos destacaron la lamentable labor del Ministerio Fiscal, que más parecía hacer de defensa que de acusación. Menos mal que la marquesa se había personado con una abogado de alto copete para reclamar justicia. O mejor, venganza.
Pero, llegado el momento, no tuvo los arrestos suficientes. No se atrevió a modificar la calificación provisional y al menos rebajar la pena. Tan solo introdujo una calificación alternativa, “para el caso de que no se admitiera la realizada en primer lugar”. En ella, contemplaba la posibilidad de que la víctima actuara para defenderse, aunque se hubiera excedido en la respuesta, y solicitaba una pena de prisión de 25 años.
Aquello le valió una bronca de su jefe y el anuncio de una futura sanción. Pero a esas alturas, ya poco le importaba.
La sentencia salió a los pocos días. Pena de muerte. Apenas la leyó, cayó enfermo y así permaneció durante mucho tiempo. Le obligaron a incorporarse a su puesto de trabajo, a pesar de que su estado de salud era pésimo y su estado de ánimo aún peor. Y tampoco tuvo arrestos para negarse.
Creyó oir con toda claridad el sonido que delataba la rotura del cuello de la ejecutada. Y sintió como si fuera el suyo propio. Al día siguiente, firmó su renuncia y pidió la excedencia, y dejó colgada para siempre en aquel armario su toga de fiscal y toda su ilusión. Y lloró. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.
Sobrevivió a base de llevar pleitos insulsos para varias compañías de seguros, y donaba parte de sus ganancias de modo anónimo a aquellas organizaciones de Derechos Humanos con las que colaboró y con las que nunca más osó contactar. Se sentía un fraude y un traidor.
Nunca le contó a nadie que aquella María de las Virtudes García García no era otra que Marlene. La misma Marlene que una noche lejana, le había mostrado sus hematomas y le había pedido ayuda. La misma a la que él prometió ayudar y con la que creía haber cumplido dejando, de vez en cuando, un sobre con dinero en aquel maldito local de alterne.
Mi madre acabó de contarme aquella historia bien entrada la madrugada del día que terminé mi carrera de Derecho. No sabía muy bien a qué venía aquello, pero no podía dejar de atenderla.
-Sabes quién era el fiscal que lloró, ¿verdad?
Era mi padre. Mi querido y bondadoso padre. El hombre que puso todo su empeño en que yo estudiara esa carrera, y que fuera fiscal “ahora que por fin las leyes dejan que lo seais las mujeres”.
Aquello espoleó una vocación que ya venía fraguándose hace tiempo. Aprobé la oposición y me juré a mi misma que haría que él, desde donde quiera que estuviera, se sintiera orgulloso. Sería la fiscal que a él no le permitieron ser.
Hoy me acordé de él. Más, si cabe, que lo recordaba cada vez que me ponía la toga. Hoy obtuve una condena histórica para los desalmados que organizaban una red de trata de mujeres para explotarlas como prostitutas.
Cuando una de ellas pasó por mi lado y me dio las gracias, no pude contener las lágrimas. “La fiscal que lloró”, me llamó la prensa, pero no me importó. Le di un abrazo y, ante su cara estupefacta, le dije solo dos palabras
Hoy hay muchas películas, obras de teatro y manifestaciones artísticas en torno al colectivo LGTBI y su lucha por alcanzar la igualdad. No siempre fue así, y no es así, todavía, en muchos lugares del mundo. Fue un colectivo víctima del Holocausto y de la represión a lo largo de la historia. Los armarios estaban llenos, hasta que poco a poco fueron abriéndose rendijas y la luz fue entrando poco a poco, hasta que un día, por fin, empezaron a salir a la calle a reivindicar ese orgullo que muestra la película Pride. Pero, aunque no lo creamos, aun queda camino por recorrer.
En estos días en que se conmemora el Orgullo, es momento de repasar su huella en nuestro teatro, que no hace tanto los condenaba, no solo al ostracismo, sino a penas de prisión en nuestro país. Pero en muchos otros aun se les condena a muerte o a penas muy graves, por el solo hecho de ser. Ochenta países consideran delito la homosexualidad, y no hace muchos años la propia OMS consideraba la homosexualidad como una enfermedad.
Cuando yo era niña, recuerdo que mi padre, como muchas personas de la época, me decía respecto a algún artista que yo admiraba el famosos “sí pero…”. Sí, pero era mariposón, de la otra acera, de la acera de enfrente o cosas similares. Pese a que no parecía querer insultarles –hay quien sí lo hacía- yo me rebelaba, porque sentía aquel «pero» como un insulto. Me equivocaba. Yo protestaba airadamente porque decían aquello del ídolo en cuestión, sin pararme a pensar que “aquello” no era un insulto. Y es que era sí como nos hacían sentirlo.
Tuvieron que pasar varios años para que se invirtieran los papeles, y la hija de ayer fuera la madre que soy hoy. Cuando mi hija me dijo, por vez primera, que además de sus amigas, venía un amigo a casa, quiso aclara a su padre que su amigo era homosexual. Me negué, igual de airadamente que le repicaba a mi padre, algo que a ella le asombró, porque pensaba que yo pretendía ocultar algo así. Tuve que invitarla a reflexionar sobre que se trataba de un dato sin importancia, y que, en caso de ser heterosexual, no se le habría pasado por la cabeza explicar nada sobre su orientación sexual. Lo entendió, claro está. Pero en ese momento me di cuenta de que todavía cargamos con los estereotipos y prejuicios que nos han venido impuestos durante mucho tiempo.
Cuando aterricé en Toguilandia, ya hacía tiempo –no demasiado- que se había derogado la Ley de Vagos y Maleantes, que consideraba a las personas homosexuales como sujetos a reprender y castigar. No estaban tan lejanas las historias de personas encarceladas o torturadas simplemente porque eran diferentes.
Con el tiempo, parece que íbamos normalizando las cosas, pero todavía asistí a muchos juicios de faltas donde el insulto estrella era “maricón”, una ofensa terrible para algunos hombre. Y, fuera de estrados, veíamos en medios de comunicación escenas de burla sobre afeminados, sarasas o marimachos, con imitaciones toscas que entonces eran normales y hoy no pasarían ni un filtro de corrección política.
Pero no creamos que está todo hecho, ni todo el camino andado. En las fiscalías de delitos de odio, vemos cada día como este colectivo es objeto de especial inquina. He visto una paliza a una pareja de homosexuales por el sencillo hecho de no quererse ir “de putas”. He visto casos donde se caía a golpes sobre una pareja de chicas por algo tan simple como besarse por la calle. He leído casos donde se niegan a alquilar una vivienda a alguien porque apareció a ver el piso en cuestión cogido de la mano de su pareja del mismo sexo. He visto humillaciones a personas trans que ponían los pelos de punta, y he recogido denuncias de insultos de este calibre en campos de fútbol. Y lo peor es que lo que yo he visto no es sino la punta del iceberg, porque la situación de infradenuncia es tremenda. Se estima que solo salen a la luz entre un 3 y un 5 por ciento de estos hechos.
También he visto cosas que me preocupan especialmente. Niños y niñas que son sometidos al más cruel bullyng por su orientación sexual, o, por, simplemente, no hacer lo que se esperaba de ellos o ellas. Niños que bailan ballet, o niñas que hacen judo, o fútbol, que han llegado a renunciar a su pasión por no ser estigmatizados, por no ser objeto de burlas o menosprecios. Y, en los casos más graves, que han llegado incluso al suicidio por no seguir sufriendo esa tortura.
Del mismo modo, he asistido a la lucha de las personas trans por algo tan obvio para el resto de personas, el derecho a tener un nombre acorde con su identidad. Una larga pelea porque los Registros Civiles lo reflejen, y la vida les resulte un poco más fácil sin un DNI les queme el pecho como la Letra escarlata.
Tenemos una ley de igualdad que les reconoce el derecho a casarse, y a adoptar, algo impensable en los tiempos del “sí, pero…” de mi padre. Pero no bajemos la guardia, que falta mucho para alcanzar la meta. El odio al diferente todavía campa a sus anchas por el mundo, y las redes sociales son un vivero magnífico para hacerlo florecer.
Por todo eso hoy quiero dedicarles esta función. Y dar el aplauso, por partes iguales, a quienes sufren todavía por ello, y a quienes luchan cada día por aminorar su sufrimiento, usando, en nuestro caso, esa herramienta magnífica con la que contamos, la ley. Gracias por no cejar nunca en ese empeño. Ahí seguiremos hasta que, en todo el mundo, hablamos de los derechos de las personas LGTBI como los que son, y no como los que deben ser.
Y hoy, más que nunca, mi aplauso extra a @madebycarol y su ilustración, siempre sensible, generosa y bella.
En el mundo del cine y el teatro, más de una vez el actor o actriz secundaria se come al principal. Tanto es así, que en un momento dado dejaron esa denominación de «secundarios» para pasar a ser, sencillamente, actores y actrices “de reparto”, como debe de ser. Porque más de una vez la trama no tendría sentido sin ellos. Kramer contra Kramer no sería lo mismo sin ese primer Oscar, de reparto, de Meryl Streep, al que luego siguieron varios más y tropemil nominaciones. Otra secundaria que ha marcado un hito en nuestro cine fue el obtenido por Penélope Cruz por Vicky Cristina Barcelona o el de Javier Bardem por No es país para viejos. Aunque quizás el más curioso es el que obtuvo Paul Newman, después de tantas nominaciones como actor principal, como actor de reparto por El color del dinero.
En nuestro teatro es difícil hablar de protagonistas principales y secundarios, protagonistas y de reparto. Todas las personas que intervenimos en nuestro gran teatro de la justicia tenemos un papel esencial sin el cual no habría función.
Sin embargo, hay en algo donde la secundariedad parece evidente. Se trata de las penas accesorias, esas que acompañan a la principal y que, a diferencia de la pena estrella, la de prisión , en su versión provisional o definitiva, que es privativa de libertad, de lo que privan es de otros derechos distintos. Y aclaro esto porque de la nomenclatura que usamos podría desprenderse una contradicción- Si la pena de prisión es privativa de libertad y las demás son privativas de derechos ¿se entiende que la libertad no es un derecho?. Pues, obviamente, no. Por eso, deberían llamarse penas privativas de otros derechos. Pero ya se sabe que en Toguilandia no siempre hablamos lo claro que deberíamos.
Según lo que dice el Código Penal cuando habla de las penas accesorias, estas son la de inhabilitación, sea absoluta –para todo, todo y todo, como dice la niña del anuncio- o especial o parcial, y su hermana pequeña, la de suspensión. En cuanto a la inhabilitación no absoluta puede ser la que sirve de cajón de sastre para cuando no se prevé otra, esto es, la de inhabilitación especial para el derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena, o para actividades concretas.
Hay que reconocer que esa inhabilitación especial para el derecho de sufragio es algo que decimos de carrerilla y sin tomar aire, como una coletilla que va indisolublemente unida a la pena que realmente importa, la de prisión. Y, por regla general, a nuestra clientela le importa o le importaba un pimiento no poder ser candidato en unas elecciones. Pero eso era antes, claro está. De un tiempo a esta parte, desde que la política y los tribunales andan tan mezclados que es casi imposible distinguir entre las páginas de una y otra materia en la prensa, importa bastante más. En alguna ocasión, más, incluso, que la pena principal, si está es susceptible de suspensión. Porque no olvidemos que aunque se suspenda la pena de prisión la inhabilitación queda ahí, tanto para ser cumplida como para ser contada a los efectos del cómputo de la prescripción, que no es ninguna tontería. Y otro tanto cabría decir si hablamos de indulto , y este solo comprende la pena privativa de libertad.
Cuando la pena de inhabilitación es una concreta para algunos delitos, la cosa se empieza a complicar. Porque puede inhabilitar para el ejercicio de empleo o cargo público –solapada, en muchos casos, con la responsabilidad disciplinaria- o para el ejercicio de determinadas profesiones, como ocurre con las relacionadas con la educación. Pero el caso más transcendente es el que afecta a la custodia o relación paterno filial. Una pena accesoria tanto o más importante que la pena principal, cualquiera que sea esta, es la de suspensión o privación de la patria potestad, tutela y similares, o de vertientes del ejercicio de estas, como la guardia y custodia o las visitas. A este respecto, no hay que perder ojo a las reforma de junio de 2021, que refuerzan su adopción como medidas cautelares. Una decisión, por cierto, mucho más difícil de adoptar de lo que la gente cree. Como sabemos, no todo es blanco o negro, y la cantidad de matices de gris es proporcional a la cantidad de dolores de cabeza que causa una decisión de esta índole.
En estos caso, es el precepto concreto el que establece el ámbito de inhabilitación, que pude abarcar cualquier actividad. A modo de ejemplo, citaré el de la inhabilitación de actividades relacionadas con animales domésticos y tenencia de estos, para delito de maltrato de animales, o la de ejercer cualquier profesión educativa o de tiempo libre para el caso de delitos de odio. Prohibiciones que, por obvias que a priori resulten, no se podían aplicar hasta que el Código no diera su pasaporte.
Hay, sin embargo, otras penas que sin ser accesorias, acompañan a la de privación de libertad y hay quien las llama así, de una manera técnicamente incorrecta pero que todo el mundo entiende. Son las privaciones del derecho de armas, del permiso de conducir o las medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, sea de una persona, de un lugar o de ambas. De hecho se convierten muchas veces en la miga de las penas, o en el obstáculo para alcanzar una conformidad, según se mire.
Lo de las armas, por ejemplo, no me di cuenta de lo que pica en algunos casos hasta que llevé una temporada un partido judicial donde era habitual la caza. Un señor llegó a decirnos muy compungido que estaba dispuesto a estar más tiempo en prisión, o hacer más trabajos comunitarios, o lo que sea, pero que no le dejáramos sin escopeta para cazar en temporada. Y todavía más cuando del carnet de conducir se trata. Y es que, como decía mi madre, solo nos damos cuenta de las cosas que tenemos cuando las perdemos.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo decido a todas las personas, principales o de reparto, que intervienen en nuestro teatro para la aplicación de las penas. Algo que puede parecer automático pero que, bien hecho, tiene mucho cerebro y mucho corazón detrás. Gracias por hacer uso de ambos
Al mundo del arte en general le es muy querida la Antigüedad como marco de historias. No es extraño, porque la primera forma que tuvo de expresarse el ser humano fue a través del arte, en las pinturas rupestres que han llegado hasta nosotros. El parque jurásico provocaba tanta curiosidad que las películas que lo tuvieron por protagonista fueron un éxito. Aunque yo, la verdad, soy más de Los Picapiedra y sus ingenios pleistocénicos. Tal vez porque tienen que ver con nuestro día a día más de lo que la gente pudiera creer.
En nuestro teatro, en eso de los medios y la tecnología siempre vamos como cuatro pueblos por detrás, O cuatrocientos, según se mire. No olvidemos que la ley de enjuiciamiento criminal es de cuando todavía no existían vehículos automóviles y que, hasta no hace demasiado, contaba los días para citar a los derogados juicios de faltas en virtud de la distancia. Y en muchas cosas ahí nos hemos quedado.
Esta semana, sin ir más lejos, comprobaba que una de las causas que manejo, se había citado varias veces por telegrama. Comprobé, además, que no era nada raro, sino absolutamente normal en Toguilandia. Y entonces quise hacer una prueba, pregunté a mis hijas si sabían lo que era un telegrama, y todavía están riéndose. Además, una de ellas me mostró muy solícita una noticia que sacó de San Google donde decía que en Francia han dejado de existir los telegramas. Pero aquí sigue, como el no va más de la seguridad jurídica para citar a testigos.
Otro de nuestros top ten es el correo con acuse de recibo. Nuestras bandejas de entrada -reales, no virtuales- tienen muchas veces esos papelitos rosas con forma de cuartilla apaisada que llegan cuando ya el destinatario nos ha dado las gracias -o las desgracias- y nos ha mandado un par de fotos con su móvil, ese instrumento de Satán que tanto costó implantar en Justicia.
Porque quienes llevamos tiempo en Toguilandia, recordamos con angustia al predecesor del móvil, el busca, un artefacto que pitaba para decirte que había “algo” y que corrieras a buscar la cabina de teléfonos más cercana -os lo juro, existían- para que te desvelaran el contenido del sobre sorpresa. Generalmente, había sido agraciada con un habeas corpus, un detenido a destiempo o hasta un levantamiento de cadáver, que no se diga. Lo curioso de aquellos artefactos es que sobrevivieron en el tiempo y cuando ya todo el mundo, de cualquier administración pública o empresa privada, gastaba teléfono móvil, nosotros seguíamos con ellos. Y como ir al ralentí es lo que tiene, cuando nos llegaron fueron las sobras, y hemos estado luciendo móviles de la guardia sin acceso a Internet y con pantalla en blanco y negro cuando ya estaba llegando el 4G. Que no se diga que no somos austeros.
Otro de nuestros medios característicos, casi con exclusividad, es el fax. Lástima que nuestros teléfonos oficiales no tengan pantalla, porque sería digna de ver la cara que se le queda a alguien cuando le sugieres que te envíe lo que sea por fax. No hace mucho, una periodista me preguntaba “¿y aún existe eso?”. La invité a nuestras dependencias y dice que se sintió como en el Museo paleontológico. Y es que, justo en ese momento, había junto a la máquina de fax y fotocopias un procedimiento con sus CD´s primorosamente metidos en bolsitas y grapados. No la dejé preguntar, simplemente, le dije “también los usamos. Y como nos des un pen gritamos de la alegría”. Ella aun no da crédito.
Una de mis compañeras, cuando le he pedido que me recuerden esas antiguallas que tanto usamos, me hace una reflexión certera. ¿qué hay más anticuado que una auxilio judicial que llame a voces desde la puerta? Y tiene toda la razón, aunque con un matiz. Hay veces que el auxilio en cuestión no está o no lo hay, y es el propio fiscal o juez quien lo hace, toga al vuelo. Que por poner de nuestra parte que no sea.
Pero nuestra vida judicial sería imposible sin una serie de adminículos absolutamente indispensables: los posits , que nos dan la vida, ya sea pegados a la causa, a la mesa o en la propia pantalla de ordenador, y siempre y cuando se tenga la suerte de tenerlos. Si además, si son de variado color y tamaño, ya nos podemos dar con un canto en los dientes. Luego están las grapadoras, preferentemente con grapas adecuadas, los quitagrapas, el tippex, otra joya de la naturaleza y, por descontado, las gomas . Que nadie me malinterprete pero ¿qué sería de una o una fiscal sin esas gomas de caucho marrón, algunas de ellas pasadas, que igual sostienen los autos, las carpetillas, que alguna esquina de un cajón que se ha desvencijado. A mí me valen incluso, para hacer el nudo a San Cucufato -lo confieso, le tenga mucha voluntad- cada vez que pierdo algo, que es con frecuencia. Y, se crea o no, me funciona.
Y, desde luego, hay un clásico que no pude faltar, como me recuerda una compañera. El vaso de lápices de variada procedencia, con su boli plastiquero propaganda de una funeraria, cuatro o cinco clips desvencijados y las inevitables gomas enrolladas en la capucha de un boli bic. ¿A que lo estamos viendo ahora mismo? Pues eso.
No obstante, me dejo para último la mejor anécdota. La de otra compañera que me cuenta como su papá, fiscal, cuando ella tendría unos doce años, le pagaba 25 pesetas por pasarle a máquina escritos de calificación, con su papel de seda y su calco de carbón que tiznaba los dedos. Me hizo mucha gracia leerla porque yo tengo alguna experiencia parecida con escritos de defensa de mi padre. Y es que nada había por aquel entonces como una Olivetti de las de toda la vida. Algunas todavía pululan en algún armario de fiscalía.
Y ahora cierro el telón, tirando de unos cordeles imaginarios como los que atan, todavía, nuestras valijas de correo. El aplauso se lo daré, una vez más, a todas las compañeras y compañeros que han aportado su granito de tecnología jurásica a esta función, incluido aquel de cuyo muro hurté la imagen -gracias Ernesto- Y, por supuesto, su sentido del humor, que eso sí que es necesario,
Hoy en nuestro teatro solo hay lugar para las lágrimas por esas criaturas. Por eso en esta ocasión compartiré una relato que escribí hace tiempo, con el que quiero hacer homenaje a esas dos niñas asesinadas, y a todas las víctimas de este dolor inmenso. El círculo del dolor se extiende como una mancha de aceite imposible de borrar. Ojala este cuento sirva para reflexionar sobre ello
Utilizo, como tantas otras veces, una imagen de mi ilustradora de cabecera, @madebycarol, cuyo compromiso con todas las causas sociales conozco desde hace tiempo y que ha sido injustamente criticada por esa preciosa imagen de dos pequeñas sirenas que tanta gente -incluida yo misma- ha compartido
ALFILERES
(relato publicado en mi antología Mar de Lija y en la antología de Generación Bibliocafé Mayores sin reparos)
Desde que la conocí, su vida andaba entre alfileres. Siempre que iba a su casa, me abría, con una sonrisa en la boca, y varios alfileres prendidos en su bata, parte inseparable de ella y de su casa. A veces, hasta cuando coincidía con ella en el portal, cuando volvía de comprar el pan o cualquier otra cosa, todavía llevaba en la muñeca ese acerico de terciopelo rojo que siempre llevaba mientras tomaba medidas del bajo de las faldas o de los vestidos. También era parte inseparable de ella.
Nunca entendía muy bien cómo aquella mujer no perdía la sonrisa. Aunque pocas veces hablaba de ello, en el vecindario todos sabíamos por todo lo que había pasado, y a mí me parecía casi imposible que conservara esa amabilidad que siempre la había caracterizado. A veces llegué a pensar que se la había prendido con esos mismos alfileres con que prendía las orillas de las faldas y que, como todo lo que cosía, no se desprendía jamás. Aunque la tela de debajo estuviera hecha jirones.
Ella era costurera. Desde siempre se había ganado la vida con el esfuerzo de sus manos, cosiendo encargos de aquí y allá para conseguir salir adelante. No le iba mal, porque era una gran trabajadora, pero, de haber tenido suerte, podría haber aprovechado mucho mejor su talento. Cosía de maravilla, pero ningún gran modisto la habría descubierto en esa modesta casa del no menos modesto barrio donde vivíamos. Pero no parecía desdichada, aunque trabajaba como una mula para sacar adelante ella sola a sus hijos y, en los ratos libres, conseguía hacer milagros para que los niños del barrio pudiéramos seguir usando la ropa que teníamos a pesar de que nuestros cuerpos en crecimiento se obstinaran en dejarla atrás. Recuerdo que muchas veces aquellos alfileres me pinchaban, y mi madre me reñía si me atrevía a quejarme. Era como una maga, sacando tela de donde no la había en costuras insospechadas, haciendo remiendos invisibles o dando la vuelta a la tela de un abrigo para hacer otro que pareciera nuevo. Ningún milagro era imposible cuando ella y sus alfileres se lo proponían.
Y cada vez que la adversidad empezó a llamar a su puerta, cogió su acerico y se prendió la fortaleza con sus alfileres mágicos, y consiguió que nadie notara nada en mucho tiempo, como ese abrigo que parecía nuevo pero estaba hecho del forro y los remiendos de uno muy gastado.
Cuando sus hijos, un chico y una chica, empezaron a abandonar el nido para coser sus propios vestidos, ella vivía con la continua ilusión de esos nietos que tenían que llegar, esos nietos que ella deseaba por encima de todo. Y no tardaron mucho. Soñaba con hacer primorosos vestiditos para sus nietas y camisas y pantaloncitos para los niños. Y con coserles, antes de todo eso, un hermoso faldón de Bautizo con esos encajes que había ido guardando con esmero para cuando llegara la ocasión.
Se quedó, eso sí, con las ganas de coserle a su niña el vestido de novia más bonito que hubiera en el mundo. La niña no quería casarse por la Iglesia, y se empeñó en ir a un Juzgado frío y destartalado con unas pocas personas para firmar un papel que decía que ya estaba casada. Ella no protestó, pero hubo de disimular mucho para que no se notara el dolor de aquel alfiler clavado en su corazón. Sin saber que aquello no era nada para lo que habría de venir. Solo uno de los miles de alfileres del acerico de su vida.
Cuando quienes vivíamos en el barrio comenzamos a sospechar lo que pasaba, ella ya lo sabía hacía tiempo. Aquel hijo buen mozo que ella idolatraba nunca gustó demasiado a nadie. Era taciturno y malhumorado, pero ella siempre decía que estaba demasiado ocupado, y preocupado, con sus cosas, y que era un buen chico. Y le había dado dos nietos preciosos.
Cosió su anhelado traje de cristianar, que nos enseñó ilusionada a todas las vecinas, pero un día le confesó a mi madre, su íntima amiga, que jamás llegaron a estrenarlo. Su hijo prefirió ponerles a los niños el que compró en una tienda de postín, y ella se quedó con la ilusión colgada en un armario, prendida de esos alfileres que jamás llegó a quitar.
Cuando mi madre lo supo, ya se había percatado que casi no veía a aquellos nietos por los que ella suspiraba. Tampoco había visto apenas a la madre. Pensaba que, por una causa desconocida, su nuera la odiaba y le había transmitido parte de ese sentimiento a su hijo. Y mientras, con su sonrisa fijada con alfileres, fingía ante el mundo que todo iba bien, como siempre hizo. Hasta aquel día en que mi madre descubrió el faldón de Bautizo.
Para entonces ya era tan tarde que poco se pudo hacer para evitar la tragedia, si es que era evitable. Y cuando la avisaron, cuenta mi madre que pudo ver como se desprendían ante sus ojos todos los alfileres con que ella había ido prendiendo su vida.
Los demás lo vimos por la televisión, con una cara de asombro que aún no se nos ha quitado, ni creo que llegué a quitársenos del todo. Las imágenes de las camillas llevándose los cuerpos, y la del que fue nuestro vecino esposado y escoltado por la policía, son más de lo que una madre podría soportar, y eso no hay alfileres que lo remienden.
Su hijo, en un arrebato de una furia que usaba desde niño, había acabado con la vida de su esposa y de su hija, y casi lo había logrado con el niño, que luchaba por su supervivencia en un hospital de la ciudad.
Mi madre me contó que entonces se dio cuenta de todo. De que aquellos moratones que tenía su amiga con frecuencia tenían otra causa que los golpes fortuitos que ella le contaba, y de ese empeño en que el niño no se relacionara mucho con la gente, no fueran a saber. Y de tantas otras cosas ocultas entre los pliegues del vestido de su vida.
Por suerte, el niño se salvó, después de mucho tiempo en el hospital, y su padre permaneció en la cárcel desde el día en que se desencadenó la tragedia, y allí se quedaría muchos años en virtud de la sentencia que le impusieron. No podía ser de otro modo. Las víctimas clamaban justicia.
Pero había otra víctima en la que nadie apenas reparaba. La madre destrozada porque su propio hijo le había quitado lo más hermoso de su vida: a sus nietos. Porque no solo había perdido a la niña, que nunca llevaría los vestiditos que ella le cosía en su imaginación, sino también al niño, trasladado a otra ciudad bajo la guarda y custodia de sus abuelos maternos, que no querían ni oír hablar de nadie de la sangre de aquel que quebró sus vidas para siempre.
Y ella recogió como pudo los alfileres de su vida y fue cosiendo un vestido con los remiendos que quedaban. Y siguió y siguió contra viento y marea, según me contaba mi madre, su fiel amiga hasta el día que también ella nos dejó.
Cuando perdí a mi madre, heredé de ella mucho más que el amor y la fortaleza que siempre me supo transmitir. Heredé el encargo de estar cerca de esa amiga que sobrevivía a base de reconstruir una y otra vez los pedazos de su vida con alfileres. Y prometí hacerlo.
Y hoy, por fin, creo que he conseguido cumplir el encargo de mi madre. Porque, ejerciendo la carrera de abogada que ella y mi padre me pagaron con su esfuerzo, voy a hacer el mejor trámite que puede que nunca haya de realizar en mi oficio.
Y lo he hecho como a mi madre le hubiera gustado. Entregando a su querida amiga un sobre, que he cerrado con unos cuantos alfileres. Y cuando ella lo ha abierto, y ha prendido el papel de su sempiterna bata, la he visto llorar por vez primera.
Era la resolución que le reconoce el derecho a ver, dos veces por semana, a su querido nieto, por lo que había seguido luchando sin venirse abajo un solo instante.
Y esta vez, al abrazarme, no me importó que me pincharan los alfileres.
A chalk outline vector silhouette illustration of a business meeting in a conference room with business men and women sitting around a table with a monitor on the wall in the background.
Los seres humanos somos sociales. Desde que el mundo es mundo nos juntamos en reuniones y cuchipandas varias para interactuar, algo de los que la pandemia nos ha privado en gran medida. Pero reunirse, sea para La gran buffe, para celebrar La cena de los idiotas para conversar con Los amigos de Peter, para celebrar Cuatro bodas y un funeral o simplemente para pasar 3 días en familia o para que La gran familia española se reencuentre, es un argumento recurrente y resultón para cine y teatro. Es lo que tiene la sociabilidad
En nuestro teatro hay muchos tipos de juntas. Y son, además, mucho más que reuniones de café o celebraciones, como las que celebramos en nuestras bodas de plata. Nuestras juntas pueden tener valor jurídico. Y de hecho, en muchos caso, lo tienen.
A mi y a mi fiscalita interior las primeras Juntas que se me vienen a la cabeza son unas, pero las dejaré para el final. Empezaré por las que más serias y aburridas me parecen, como las juntas de acreedores. Jamás asistí a ninguna, pero imaginarme a un montón de señores y señoras que lo que tienen en común es que les debe dinero la misma persona o empresa, me da como yuyu. Claro que igual me confundo y son de los más amigable, aunque no es eso lo que creo. Tal vez esté influenciada porque la única vez que anduve cerca de una fue para tener que dirimir en a vía penal los incidentes que se habían provocado en una muy numerosa. Una de aquellas sesiones de juicios de faltas () que pasarán a la historia.
Otras juntas con fama de aburridas son las juntas de accionistas que se celebran en el seno de las sociedades. Tampoco he visto ninguna, pero me las figuro como algo plúmbeo -salvo que se trate de un equipo de fútbol, claro-, si bien, de vez en cuando, tienen sus flecos penales. Ya sabemos, esa parte del Derecho Penal que no tiene ni sexo, ni sangre ni vísceras, es decir, los delitos económicos y en concreto los societarios.
Aunque para divertidas, las Juntas de propietarios. Ya tuvieron su propio estreno pero darían para escribir un libro. ¿Quién no tiene una vecina a la que siempre le molesta el modo de tender del resto, otro a quien molesta la música o las pisadas o una cuestión de estado por un tema del color de los toldos o por los cerramientos? La verdad es que los juicios han perdido mucho color desde que, tras la reforma que barrió las faltas, desaparecieron esos pleitos, pero siempre recuerdo con una sonrisa la bronca entre dos familias nacida a partir de que la matriarca de una de ellas acusara a la de la otra de no lavarse bien la faja.
En cualquier caso, si hay Juntas importantes, esas son las Juntas de Fiscales. Nuestras Juntas son mucho más que una reunión, más que un cambio de impresiones, por jurídico que sea. Son una institución de nuestra carrera, contemplada como tal en nuestro Estatuto Orgánico, y cuya importancia es tal que llega a ser capital para resolver esas cuestiones sobre las famosas órdenes de las que tanto gusta hablar a la gente. Si un fiscal no está de acuerdo con algo que le dice su superior, no ha de obedecerlo sino que puede plantear un procedimiento en que lo somete a la Justa de Fiscales correspondiente, que puede decidir en el sentido que defiende uno u otro. También es bien conocida la importante labor que realiza la Junta de Fiscales de Sala, máximo órgano colegiado de la carrera -sin perjuicio del órgano consultivo, el Consejo Fiscal- Aunque hay quine lo ignora hasta el punto que cuando construyeron el edificio donde trabajo, hicieron una supuesta sala de juntas donde no hay sitio ni para la décima parte. Y ahí está claro que no nos juntamos.
Pero las Juntas más pintorescas son las que celebramos en las fiscalías de los distintos territorios, esto es, las de las trincheras con sus peculiaridades. Lo primero que angustia de estas es que, cuando una llega a un destino y es la última del escalafón, le toca ser la secretaria de la junta, lo cual implica que ni puede escaquearse de ir ni pude estar dormitando mientras se celebra, porque ha de tomar nota de todo. Además, ha de rellenar un libro de actas de los de toda la vida, se crea o no. Como quiera que el Estatuto Orgánico preveía la celebración de una junta con carácter mensual, recuerdo que en mi primer destino rellenábamos aquel libro con una fórmula del tipo “reunidos los señores reseñados al margen -entonces lo de lenguaje inclusivo ni se planteaba- tratan de los asuntos de interés de la Fiscalía” Y punto pelota. Ni que decir tiene que el secretario o secretaria anhelaba la llegada de alguien más joven que le librara de ese cáliz, y de ese soniquete de “esto no lo pongas en el acta» tan característico de nuestras juntas
Eso sí, cuando se trataba un tema intenso, especialmente cuando de reparto de trabajo se trata, juraría se pueden hasta oír volar los cuchillos. Ahí no hay aburrimiento que valga, aunque es cierto que de ahí han nacido enemistades eternas. Pero siempre hay alguien que relaja la tensión, como el compañero que, tras anunciar que íbamos a tratar del visado, dejó escapar un “el que visa no es traidor” que nos sacó más de una carcajada. En esa misma junta es donde ocurrió una anécdota que ya conté, la de la llamada de la mujer de un fiscal reprendiéndoles porque había calentado los chirizos en el cazo del biberón del niño, y que todos escuchamos porque el fiscal jefe le pasó la llamada por el manos libres.
También recuerdo con tanta hilaridad como en su día, el momento en que un fiscal jefe en los primeros tiempos de la informática en juzgados, tuvo un lapsus curioso y se refirió a un disquete como un casquete. Verdad verdadera.
Fantástica es la aportación de un compañero acerca de las llamadas juntas de autocrítica, que se implantaron a mediados de los 80 y que debían celebrarse, al menos, anualmente. Su entonces Fiscal Jefe la convocó, y debió de pensar que todo era perfecto y que no había ninguna crítica. Tampoco es que se le censurara, fueron solo apreciaciones de mejora nada estructurales pero el caso es que no le gustó nada, pues no volvió a convocarlas y estuvo algunos días sin hablar a nadie. En otra, se ve que había aprendido fue más inteligente. Convocó una junta con un determinado orden del día, que se celebró con normalidad. Al concluir, dejó claro que el tema que iba a tratar era fuera de junta y a efectos meramente informativos. Llevaba un caso muy polémico y como sabía que la decisión que adoptó no iba a gustar a la mayoría de los fiscales (como así fue) lo sacó de la junta para sustraer el debate que se hubiera podido producir en el seno de la misma. Cubrió el expediente e hizo lo que le da la gana.
Otra compañera me cuenta una anécdota de una de sus primeras juntas, en la que era la secretaria. Era la época en la que Maduro dijo que Chávez se le había aparecido en forma de pájaro o algo así y, como quiera que el punto culminante del debate de una cuestión polémica, una gaviota se puso a hacer ruido en la ventana, alguien hizo la broma de que era Chávez encarnado y que había que hacer caso a la gaviota. Lástima que mi compañera no sucumbiera a la tentación de hacerlo constar en acta, porque ese acta no tendría precio.
Los jueces, por su parte, también celebran sus Juntas, pero no son ni tan frecuentes ni tan institucionalizadas como las nuestras. Y me conta que, con todo el cariño, dedican siempre una parte de ellas a recordar cuanto nos quieren. Por algo son la carrera hermana.
Y aquí es donde hoy se cierra el telón. Seguro que hay otras juntas tanto o más interesantes, pero solo eran unas pinceladas. Por supuesto, sin olvidarme del aplauso, que hoy va dirigido a quienes, en algún momento, tuvieron que hacer de secretario o secretaria. Con todo mi cariño.
Hay un viejo dicho según el cual no valoramos las cosas hasta que no las perdemos. Y vale para cosas, pero también para personas. De pronto, alguien desaparece de nuestras vidas y empezamos a echarle de menos aunque jamás antes le hubiéramos tenido en cuenta, y comenzamos a pensar en las Cosas que no nos dijimos y que tendríamos que habernos dicho. Otros bienes, como la libertad, se dan por supuestos hasta que nos faltan, como hemos visto en tantas películas sobre largos encarcelamientos, entre las que me quedo con Mandela. Especialmente difícil es el caso de la memoria y los recuerdos, esos que se lleva la enfermedad o la muerte. El olvido que seremos o Lo que fuimos son algunos ejemplos, pero hasta la animación de Arrugas o la abuela de Coco nos muestra el privilegio de estar vivos y poder recordar.
En nuestro teatro no nos damos cuenta de nuestros privilegios o, al menos, no nos damos cuenta hasta que un primer choque de realidad nos arroja a la cara otras realidades distintas. En general, y aun con las diversas historias de tesón por las que más de una y de uno, hemos llegado hasta aquí, tenemos la suerte de estar. Un verdadero privilegio.
Si algo se aprende rápido en Toguilandia es la cantidad de situaciones difíciles en las que se puede encontrar el ser humano. A este respecto siempre me acuerdo de que cuando era era (más) joven y todavía existía el servicio militar, los que lo hacían o lo habían hecho siempre acababan contando batallitas –nunca mejor dicho- de la mili, aquellas Historias de la puta mili que dieron lugar a una película. Si había una situación odiosa en la vida, era la de estar con alguien que se encontraba a un compañero de mili. Y si encima habían ido al colegio juntos, apaga y vámonos. El abuelo Cebolleta quedaba a su lado como un aprendiz. Pero siempre había un lugar común: la cantidad de personas de diferentes orígenes que habían conocido y que nunca hubieran encontrado de no ser por aquello. Contaba, por ejemplo, un amigo mío que tenía un compañero analfabeto, algo que en nuestro mundo era inaudito, u otro que jamás había salido de su pueblo. Por fortuna, aquello del servicio militar obligatorio pasó y espero que jamás vuelva, pero sirva como recordatorio de que esas otras realidades mostraban privilegios de los que no se era consciente.
Hemos tenido el privilegio de poder estudiar, de tener un oficio que nos gusta –en la mayoría de casos- y de poder ejercerlo en libertad, ahí es nada. No quiero ni pensar como sería ser jurista y demócrata en un tiempo, no hace tanto, en que la libertadno existía, en que las propias leyes discriminaban por razones como el sexo, la orientación sexual o la ideología y que solo decirlo te podía costar la profesión, la libertad o incluso la vida. Si hoy es difícil en muchos casos defender los derechos de las personas, entonces podía llegar a ser una heroicidad. Y lo fue
Por suerte, en nuestro país las cosas cambiaron, pero no en todo el mundo es así. Todavía quedan muchos países donde se castiga con pena de muerte la homosexualidad o el solo hecho de pensar diferente, donde las niñas no pueden ir a la escuela o donde las personas son vendidas como si se tratara de objetos. Hay lugares donde las mujeres valemos menos que nada y el futuro y el horizonte no tienen más colores que la oscuridad.
Cuando nos quejamos, no somos capaces de pensar que si hubiéramos nacido en otro punto de la Tierra o en otro lugar, las cosas podrían ser muy distintas y mucho peores. Que ser lo que somos y estar donde estamos es un privilegio.
Por eso hoy quería dedicar este estreno a la reflexión, a recordar que quejarse de lo que nos falta está muy bien, como lo está luchar para tenerlo, pero que también hay que pensar en lo que tenemos, que no es poca cosa. Cuando yo iba al colegio recuerdo que las monjas siempre me reñían porque no me comía las lentejas –las sigo odiando, como Mafalda la sopa- y me decían aquello de “tú dejándote el plato lleno y los negritos muriéndose de hambre”. Al margen de que aquello no era un ejemplo de corrección política, lo que hoy veo claro es el mensaje que querían transmitir. Tuvieron que pasar años para entenderlo, porque yo entonces veía mucho más lógico que les dieran mis lentejas a aquellos niños que las querían, en África o donde fuera, y todos contentos.
Como juristas, y también como ciudadanas y ciudadanos, no podemos olvidar que muchas de las cosas que tenemos son privilegios de los que no goza la mitad del planeta y que nuestro deber es reivindicar los derechos de todo el mundo, no mantener privilegios a toda costa. Y esto es algo que la pandemia debería habernos hecho ver. Ojala sirva al menos para eso.
Así que hoy termino este estreno, que más bien parece una filípica que una función. No me olvido del aplauso que esta vez va, con toda mi admiración, para quienes renuncian a sus privilegios para luchar por los derechos de todas las personas. Gracias por hacer de este mundo un mundo mejor. O, al menos, por intentarlo.