Parque jurásico: medios de museo


                Al mundo del arte en general le es muy querida la Antigüedad como marco de historias. No es extraño, porque la primera forma que tuvo de expresarse el ser humano fue a través del arte, en las pinturas rupestres que han llegado hasta nosotros. El parque jurásico provocaba tanta curiosidad que las películas que lo tuvieron por protagonista fueron un éxito. Aunque yo, la verdad, soy más de Los Picapiedra y sus ingenios pleistocénicos. Tal vez porque tienen que ver con nuestro día a día más de lo que la gente pudiera creer.

                En nuestro teatro, en eso de los medios y la tecnología siempre vamos como cuatro pueblos por detrás, O cuatrocientos, según se mire. No olvidemos que la ley de enjuiciamiento criminal es de cuando todavía no existían vehículos automóviles y que, hasta no hace demasiado, contaba los días para citar a los derogados juicios de faltas en virtud de la distancia. Y en muchas cosas ahí nos hemos quedado.

                Esta semana, sin ir más lejos, comprobaba que una de las causas que manejo, se había citado varias veces por telegrama. Comprobé, además, que no era nada raro, sino absolutamente normal en Toguilandia. Y entonces quise hacer una prueba, pregunté a mis hijas si sabían lo que era un telegrama, y todavía están riéndose. Además, una de ellas me mostró muy solícita una noticia que sacó de San Google donde decía que en Francia han dejado de existir los telegramas. Pero aquí sigue, como el no va más de la seguridad jurídica para citar a testigos.

                Otro de nuestros top ten es el correo con acuse de recibo. Nuestras bandejas de entrada -reales, no virtuales- tienen muchas veces esos papelitos rosas con forma de cuartilla apaisada que llegan cuando ya el destinatario nos ha dado las gracias -o las desgracias- y nos ha mandado un par de fotos con su móvil, ese instrumento de Satán que tanto costó implantar en Justicia.

                Porque quienes llevamos tiempo en Toguilandia, recordamos con angustia al predecesor del móvil, el busca, un artefacto que pitaba para decirte que había “algo” y que corrieras a buscar la cabina de teléfonos más cercana -os lo juro, existían- para que te desvelaran el contenido del sobre sorpresa. Generalmente, había sido agraciada con un habeas corpus, un detenido a destiempo o hasta un levantamiento de cadáver, que no se diga. Lo curioso de aquellos artefactos es que sobrevivieron en el tiempo y cuando ya todo el mundo, de cualquier administración pública o empresa privada, gastaba teléfono móvil, nosotros seguíamos con ellos. Y como ir al ralentí es lo que tiene, cuando nos llegaron fueron las sobras, y hemos estado luciendo móviles de la guardia sin acceso a Internet y con pantalla en blanco y negro cuando ya estaba llegando el 4G. Que no se diga que no somos austeros.

                Otro de nuestros medios característicos, casi con exclusividad, es el fax. Lástima que nuestros teléfonos oficiales no tengan pantalla, porque sería digna de ver la cara que se le queda a alguien cuando le sugieres que te envíe lo que sea por fax. No hace mucho, una periodista me preguntaba “¿y aún existe eso?”. La invité a nuestras dependencias y dice que se sintió como en el Museo paleontológico. Y es que, justo en ese momento, había junto a la máquina de fax y fotocopias un procedimiento con sus CD´s primorosamente metidos en bolsitas y grapados. No la dejé preguntar, simplemente, le dije “también los usamos. Y como nos des un pen gritamos de la alegría”. Ella aun no da crédito.

                Una de mis compañeras, cuando le he pedido que me recuerden esas antiguallas que tanto usamos, me hace una reflexión certera. ¿qué hay más anticuado que una auxilio judicial que llame a voces desde la puerta? Y tiene toda la razón, aunque con un matiz. Hay veces que el auxilio en cuestión no está o no lo hay, y es el propio fiscal o juez quien lo hace, toga al vuelo. Que por poner de nuestra parte que no sea.

                Pero nuestra vida judicial sería imposible sin una serie de adminículos absolutamente indispensables: los posits , que nos dan la vida, ya sea pegados a la causa, a la mesa o en la propia pantalla de ordenador, y siempre y cuando se tenga la suerte de tenerlos. Si además, si son de variado color y tamaño, ya nos podemos dar con un canto en los dientes. Luego están las grapadoras, preferentemente con grapas adecuadas, los quitagrapas, el tippex, otra joya de la naturaleza y, por descontado, las gomas . Que nadie me malinterprete pero ¿qué sería de una o una fiscal sin esas gomas de caucho marrón, algunas de ellas pasadas, que igual sostienen los autos, las carpetillas, que alguna esquina de un cajón que se ha desvencijado. A mí me valen incluso, para hacer el nudo a San Cucufato -lo confieso, le tenga mucha voluntad- cada vez que pierdo algo, que es con frecuencia. Y, se crea o no, me funciona.

                Y, desde luego, hay un clásico que no pude faltar, como me recuerda una compañera. El vaso de lápices de variada procedencia, con su boli plastiquero propaganda de una funeraria, cuatro o cinco clips desvencijados y las inevitables gomas enrolladas en la capucha de un boli bic. ¿A que lo estamos viendo ahora mismo? Pues eso.

                No obstante, me dejo para último la mejor anécdota. La de otra compañera que me cuenta como su papá, fiscal, cuando ella tendría unos doce años, le pagaba 25 pesetas por pasarle a máquina escritos de calificación, con su papel de seda y su calco de carbón que tiznaba los dedos. Me hizo mucha gracia leerla porque yo tengo alguna experiencia parecida con escritos de defensa de mi padre. Y es que nada había por aquel entonces como una Olivetti de las de toda la vida. Algunas todavía pululan en algún armario de fiscalía.

                Y ahora cierro el telón, tirando de unos cordeles imaginarios como los que atan, todavía, nuestras valijas de correo. El aplauso se lo daré, una vez más, a todas las compañeras y compañeros que han aportado su granito de tecnología jurásica a esta función, incluido aquel de cuyo muro hurté la imagen -gracias Ernesto- Y, por supuesto, su sentido del humor, que eso sí que es necesario,

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