Sensibilidad: el fiscal que lloró


Las lágrimas no son patrimonio de unos pocos, ni mucho menos. Hace tiempo, al principio de la llegada de los culebrones a nuestra televisión, había una cuya título dejó huella: Los ricos también lloran. Hoy parafraseo ese título para recordar que las togas, aunque a veces pueda parecerlo, no nos insensibilizan para las cosas que llegamos a ver, aunque sirvan de escudo.

Hoy traigo a nuestro escenario un relato que escribí hace tiempo, y que está recogido en mi antología de relatos Remos de plomo

EL FISCAL QUE LLORÓ

            Los hombres no lloran. Se lo habían dicho una y mil veces, y se lo había creído. Los hombres no lloraban, y cuando eran fiscales, todavía menos. Su deber era acusar de un modo implacable, ponerse la muesca imaginaria en la toga, y seguir adelante como si tal cosa.  Como si fueran el mismísimo John Wayne en el Salvaje Oeste.

            Su mentor decía esto siempre con una sonrisa algo torcida, no sabía muy bien si por costumbre o forzada por la apoplejía que sufrió tiempo atrás. El fue quien le enseñó todo lo que sabía de Derecho y de la Carrera Fiscal, incluídas las triquiñuelas para tratar de sacarse de delante todo el trabajo posible con el mínimo esfuerzo. Y se lo agradecia, desde luego. Pero cuando ya tuvo su propia toga, empezó a sentir como se despegaba de él hasta que quedó muy poco de la admiración que le profesaba cuando empezó a prepararse las oposiciones.

            Recordaba lo que sentía cuando empezó. Le veneraba. Le parecía un milagro que a un chico de pueblo como él, sin blasones ni tradición jurídica en su familia y sin un colchón económico abultado, le hubiera admitido entre su escogido ramillete de pupilos.

– Menuda suerte que has tenido. No coge a cualquiera, no creas. No sé cómo te ha cogido a ti.

En efecto. Sus compañeros le hicieron sentir como la excepción que confirmaba la regla. El también ignoraba por qué aquel señor tan empingorotado le había aceptado entre sus no menos empingoratados alumnos, la mayoría de cuyos apellidos no cabían en una sola línea. Sus simples “Martínez Gómez” y su condición de hijo del tendero de un pequeño pueblo del interior no eran un buen aval. Pero suponía que el hecho de que su pueblo fuera el lugar de veraneo del aquel prohombre y que su padre, el mejor jugador de dominó de la contornada, aceptara ser la pareja de él en las partidas del casino, tuvo algo que ver.  A veces imaginaba que hasta su preparación fue fruto de una apuesta, y le debía la carrera a un seis doble oportuno.

Cuando se mudó a la ciudad para empezar a preparar las oposiciones, sus padres le colmaron de consejos. Que se portara bien, que aprovechara el tiempo, que hiciera caso a todo lo que dijera el preparador y que fuera formal. Y su madre, como siempre, que se alimentara bien y tuviera cuidado de no coger frío.

Su padre, en un aparte mientras la madre preparaba las fiambreras con que le pensaba llenar una maleta, le guiñó un ojo y le dio unos cuantos consejos extra de cómo comportarse “como un hombre”. Hasta le dejó caer que el que iba a ser su preparador tenía querencia por ciertos locales de alterne y que no pasaría nada si le acompañaba si le invitaba a ello. Que eso sería un honor, y ni se le ocurriera hacerle el feo. Y le metió unos billetes de más en el bolsillo “para esos menesteres”. Para eso siempre había dinero, aunque tuviera que dormir en una pensión de mala muerte porque había que ahorrar. Prioridades.

Tampoco olvidó decirle algo que repetía con frecuencia, algo que le tenía harto.

-Y por Dios, deja de lado tus ñoñerías y todas esas cosas de arte que te gustan tanto. No seas tan “sensible”, que con eso no vas a ningún sitio.

Qué cansado le tenía. Decía lo de ser “sensible” con retintín, como si fuera algo terrible. Y él sabía perfectamente a qué se refería. Su padre estaba convencido de que era homosexual y eso no lo podría aguantar de ninguna manera. Menuda deshonra para él.

La cuestión es que a él le gustaban las mujeres, aunque en algún momento llegó a dudarlo. Era curioso, pero la obsesión paterna producía en el hijo exactamente el efecto contrario al pretendido. Como le gustaba leer, escribir, ir a exposiciones, al teatro o al ballet, estaba estigmatizado. Y, como cuando la única vez que se atrevió a hablar de eso, dijo que los hombres deberían compartir con las mujeres el trabajo de la casa, le puso la cruz. Las mujeres estaban para servir a los hombres y que ni se le volviera a ocurrir levantarse a quitar un plato de la mesa, que para eso estaban su madre y su hermana. Acabáramos.

Así que creció con la duda de si era homosexual por el solo hecho de que no le gustaban las mismas cosas que a él. Sus propias hormonas empezaron a despejar esas dudas. Simplemente, era raro. Y decidió guardarse sus opiniones y sus gustos para sí mismo. Que él pensara lo que quisiera.

Tal vez por eso su vocación se acrecentó mucho. Tenía tantas ganas de ser fiscal –o juez, aunque menos- como de librarse de la convivencia con su padre en aquel pueblo pequeño y asfixiante. Así que se fue a la ciudad con sus maletas, sus fiambreras y su mente abierta a todo.

El preparador se empeñó en suplir al padre a su modo. Era como una versión sofisticada de él. Sus mismas manías, su misma obsesión por las cosas “de hombres” y por compartir con sus alumnos chistes y ocurrenccias que a él no le hacían niguna gracia. Sus compañeros –por llamarlos de algún modo- seguían la corriente al mentor y se mostraban encantados, pero nunca olvidaban mirarle a él por encima del hombro. El no era como ellos y se lo recordaban a cada rato.

La verdad es que le hicieron un gran favor. No iba a sus cenas, ni a sus encuentros, y dedicaba todo el tiempo a estudiar. No sabía si era mucho más brillante que ellos, pero su dedicación y constancia hacían que lo pareciese. Y eso tampoco lo perdonaban.

Un buen día llegó el momento que su padre anticipaba y para el que le dio un dinerillo extra que él había guardado para gastar en el cine o en alguna obra de teatro que le gustara. Aquel día cantó el tema que le preguntó especialmente bien. Las servidumbres legales eran complicadas y las había clavado.

-Muchacho, te has ganado un premio. Llevas muchos días haciendo méritos, así que prepárate que este viernes, al acabar de clase, nos vamos de juerga.

Cuando vio cómo le guiñaba el ojo con su gesto torcido y el regusto baboso que se desprendía del modo de decirlo, no tuvo dudas. Cuando iba a poner la excusa más fácil, le cortó el camino

-Y no te preocupes, los gastos corren de mi cuenta.

Consumada la encerrona, no tuvo valor para negarse. Solo tenía una posibilidad, y tiró de ella. Al viernes siguiente, dio la lección del modo más catastrófico posible. Equivocó de forma deliberada el número de los artículos del Código, titubeó repetidas veces, cambió los epígrafes de orden y, como colofón, dijo que no se acordaba del final. Aspiraba a haber perdido su premio y poder irse a la pensión tranquilo, aunque fingiera una contrariedad enorme por quedarse sin la noche de juerga.

-Ay, muchacho. Te entiendo –otra vez me guiñó el ojo torcido-. Estás tan nervioso con lo de esta noche que no das pie con bola. ¿Eh?

Nada que hacer. La estratagema no dio resultado y su cobardía le llevó derechito a un sitio al que juró no volver jamás. Farolillos rojos, camareras escasas de ropa ofreciendo mucho más que bebidas aguadas, y toda la parafernalia que había visto en las películas. Se pidió un whisky, lo bebió de un trago y sonrió a la mujer que se lo servía con la esperanza de que ahí quedara la cosa. Pero su gozo en un pozo. El preparador le instó a que le siguiera y, sin comerlo ni beberlo, se encontró a solas en una habitación con una mujer desvestida de lencería barata y con los labios del rojo más chillón que jamás hubiera visto.

Con una mueca que pretendía ser una sonrisa provocativa, le preguntó qué le gustaba hacer. Y le dijo que tenía crédito suficiente para lo que quisiera. Para cualquier cosa, insistió. Se llamaba Marlene y estaba a su servicio. Y al decirlo, notó a la perfección cómo su alma contradecía lo que salía de sus labios. Siempre pensó que una situación así le causaría asco, pero solo le dio pena.. Mientras dudaba entre dejar hacer a Marlene para que se ganara su jornal o proponerle otra cosa, ella ya se había desnudado, dejando al descubierto unos pechos blancos cuajados de cardenales de distintos tonos y una cicatriz junto al ombligo.

-Marlene, si no le importa, a mí lo que me apetece es hablar

-Pero a mí no me pagan por hablar

-Fingiremos que no hemos estado hablando, sino haciendo…eso por lo que te pagan

-Como usted guste, señorito. Pero no se lo diga a nadie.

Se lo prometió. Casi más por él que por ella. Confiaba en haber superado su “bautismo” y que no le volvieran a llevar a semjante sitio. Ni a otro parecido.

El preparador debió darle el parte oportuno al anhelante padre. Su cachorro había pasado la prueba con buena nota. Podía dormir tranquilo, era un machote. La cara de satisfacción de Marlene, a quien él conocía de sobra, daba fe de ello. Qué confundidos y ciegos podían llegar a estar.

Después de aquello, ni sus compañeros ni su maestro volvieron a molestarle. Aquéllos hacían una vida y él otra. Solo coincidían cada martes y cada viernes ante el despacho de madera maciza y cuero verde del preparador. Y la verdad es que allí más bien le rehuían. Las comparaciones siempre son odiosas, y en cuanto al nivel de conocimientos, él les ganaba por goleada.

En cuanto al preparador, continuó con la actitud paternalista sobre él, pero solo en la vertiente profesional. De vez en cuando, algún chiste picante, que él soportaba como podía, y poco más fuera de Códigos, leyes, artículos y reglamentos. El hombre no era tonto y sabía que aquel muchacho llegaría lejos, a pesar de ser un tanto paleto. Pero se adaptaba bien y seguro que se puliría con el tiempo. Y el éxito del alumno sería tambien el éxito del maestro.

Poco más de dos años después del día que desembarcó en la ciudad con su maleta llena de fiambreras, llegó el momento. El examen estaba convocado y él, por mor del azar, sería de los primeros en hacer la prueba. Y tanto él como su preparador sabían que estaba listo. La suerte haría el resto. La suerte, y la carta de recomendación que mandaría a los miembros del Tribunal de oposición, por si las moscas. No fuera que sus apellidos y su acento pueblerino hicieran que lo miraran con malos ojos. El muchacho se encargaría del resto. Recitaba los temas de un modo y con una precisión que dejaban poco espacio a las dudas.

Aprobó sin problemas el primer examen. Y luego el siguiente. Sus padres estaban henchidos de la emoción, él estaba orgulloso y el preparador, invitado de honor al banquete de celebración que su padre encargó en el casino del pueblo, se pavoneaba diciendo que él vio en aquel muchacho un diamante en bruto desde el día en que lo conoció. Y que, por supuesto, con su preparación había triunfado, como no podía ser de otra manera. Olvidaba explicar cómo esa misma preparación de nada había servido a los demás compañeros de apellidos compuestos y blasones, pero eso allí no importaba a nadie.

Por descontado, a la hora de elegir destino, decidió marcharse lo más lejos posible. Y sin ninguna intención de volver en mucho tiempo. Con las ganas que tenía de perder de vista la vigilancia paterna directa, y la indirecta a través de su preparador, poner tierra de por medio le vendría de fábula. Ya vería a la familia en Navidades o en vacaciones.

Así lo hizo. Pero el destino siempre dispone a su antojo, y las cosas cambiaron para él de golpe. Su padre sufrió un ictus que le dejaría postrado, y su madre, delicada de salud, le pidió que se acercara a su casa para echarle una mano. Su hermana se había casado y tenía varios hijos y no podía estar siempre con ellos. Y además, económicamente, sin su padre haciéndose cargo de la tienda y con la obligación de atenderle a tiempo completo, las cosas se habían puesto cuesta arriba.

Aunque se sentía mal por ello, deeseaba con todas sus fuerzas que no saliera en mucho tiempo una plaza en la ciudad donde había preparado la oposición, la más cercana a su pueblo natal. Aliviaría su conciencia enviándole a su madre más de la mitad de su sueldo y acudiendo a verles cada vez que podía. Pero tampoco ahí el destino estuvo de su parte, y en poco tiempo la Gaceta de Madrid publicaba la vacante de un compañero que se había marchado a otra provincia. Y no tuvo excusas para no solicitarla, cruzando los dedos para que hubiera alguien más antiguo que se la llevara. Pero nada. En un par de meses, él y su maleta con las fiambreras vacías estaban de vuelta en la ciudad que le vio partir.

Se negó a hacerse cada día el trayecto en tren que le separaba del pueblo y, aunque iba casi a diario, se alquiló un modesto pisito en la ciudad. Al menos, que mantuviera su santuario allí. Ni tenía novia ni intención de tenerla, pero nunca se sabe. Y sus libros, sus cuadros y su música estarían con él.

El preparador le recibió con los brazos abiertos. Ahora él era el Teniente Fiscal, el segundo de a bordo de la Fiscalía, aunque él se jactaba de ser quien mandaba

-Bienvenido a casa, muchacho. Verás que bien vamos a estar. Ese –decía señalando el despacho del Fiscal Jefe- no se entera de nada.

Otra vez el guiño supuestamente cómplice de ojo torcido. Y una nausea le recorrió la garganta recordando aquella noche en el local de alterne. Le temblaron las piernas con la sola idea de que se le ocurriera una fiestecilla de bienvenida. Pero, de momento, no parecía ese su propósito y respiró aliviado.

La vida transcurría entre el trabajo, su piso y sus aficiones de ermitaño, y las frecuentes visitas a la casa paterna, donde su padre se consumía como una vela y su madre se estaba dejando la salud por el camino.

Mientras tanto, leía, y estaba en contacto con grupos que, desde la clandestinidad, trataban de hacer valer los Derechos Humanos en un momento aciago para ellos, en plena dictadura. Era solo correspondencia y, muy de vez en cuando, alguna reunión, pero se sentía satisfecho de hacer algo por tratar de cambiar las cosas.

En el trabajo, realizaba su cometido sin grandes alharacas. Era el recién llegado, el más joven del escalafón y, salvo que le tocara por reparto algún asunto complejo de los que no abundaban, su función era sencilla, casi tediosa. Pastoreo abusivo, robos en el campo, riñas de vecinos o accidentes de tráfico eran su día a día. Hasta que llegó la que parecía ser su oportunidad.

Era un caso por asesinato. La prensa lo había bautizado como “el crimen del marqués”, en atención al título nobiliario que ostentaba su ilustre víctima. El no lo siguió en su momento, solo sabía de ello por los periódicos y ya se sabía que no eran demasiado de fiar. Por ellos tenía conocimiento de que el propio Fiscal Jefe se ocupó personalmente de llevarlo, en contra de su costumbre de delegar el trabajo en otros.

Apenas unos meses después que que él llegara a su destino, el Fiscal Jefe sufrió un infarto, quedando el mando de la Fiscalía en manos del que fue su preparador, con el que mantenía una relación cordial, aunque exenta de demasidas implicaciones personales. Y no se sabía si por esa relación, por considerarle el más capacitado, o porque él mismo se negaba a trabajar más de la cuenta, le endosó lo que llamaba “la joya de la corona”

-Muchacho, se te ha aparecido la Virgen. Vas a llevar un asunto bien bonito, y bien fácil. La prueba está clarísima, la condena es segura y el trabajo lo tienes casi hecho. Solo tienes que hacer el juicio. El Jefe ya lo dejó calificado y listo. Y ya sabes…

De nuevo el gesto torcido, el guiño de ojo. No supo a qué se refería, pero le dio mala espina y le bajaron como las de una gaseosa desventada las burbujas de alegría con la que recibió la noticia.

      Una semana. Ese era el tiempo de que disponía para preparar el juicio que, según su preparador, era pan comido

-Una perita en dulce, muchacho.

Pero la pera debía estar agusanada porque no le supo nada dulce. Por el contrario, conforme ahondaba en el estudio de aquel sumario –con lo meticuloso que era, casi se los aprendía de memoria- más se arrepentía de haberlo aceptado de tan buen grado. Aunque no tuviera otro remedio, de haberlo sabido hubiera, cuanto menos, discutido por no hacerse cargo.

El marqués de Miraflores había sido asesinado por una prostituta. Según el escrito de calificación de su compañero, con premeditación y alevosía. Aquella tal María Virtudes García García había urdido un plan para, aprovechando que la víctima había consumido alcohol en exceso incitado por ella misma, asestarle una cuchillada en el abdomen, que le causó la muerte.

Algo no cuadraba ahí. Un sencillo y viejo cuchillo de mesa no parecía el arma elegida por nadie para cometer un asesinato. De hecho, según el resultado de la autopsia, la herida podía no haber sido mortal de no ser por el óxido y la mugre del cuchillo, y por las mellas de su vieja hoja. Todo eso produjo una infección que acabó con la vida del marqués, que debía estar tan borracho que ni siquiera fue capaz de defenderse o pedir ayuda.

Por su parte, la presunta asesina contaba que aquél le había propinado varios golpes, y que incluso llegó a quererla estrangular. Decía que era cliente habitual de la casa y que todas le temían por su violencia, pero nadie había tenido a bien oir la declaración de sus compañeras confirmando ese extremo. Tampoco parecía haber tenido nadie en cuenta los partes médicos de ella, que confirmaban por una marca en forma de surco en el cuello y varios moratones en distintas partes de su anatomía, su versión. Parecían haberla condenado sin darle ninguna opción a defenderse. Y aunque su abogado de oficio pidió la práctica de esas pruebas, así como de un dictamen psiquiátrrico de ella, todas ellas habían sido rechazadas de plano sin ser recurridas.

Era una pesadilla. El era el fiscal y empatizaba más con la autora que con la víctima. Le vino a la cabeza aquella noche en el lupanar con su preparador, y tuvo que hacer esfuerzos para no vomitar.

Decidió comportarse con honestidad, y exponerle a su preparador, que ejercía las funciones de jefe, su punto de vista. Aquella chica merecía, al menos, la aplicación de una rebaja considerable por haber actuado en legítima defensa. Le miró como si se hubiera vuelto loco.

-Déjate de historias, muchacho. Esa merece garrote, y eso es lo que tiene que tener. Nada de contemplaciones. Al fin y al cabo, es una guarra y nadie la echará de menos

No había nada que hacer. Pinchaba hueso, y de los duros. No le iban a permitir otra cosa que dirigir los pasos de aquella desafortunada al cadalso. Decidió darlo por imposible, y ya vería cómo se las componía en el juicio. Trataría de hacer ver las cosas de otro modo, confiando en que el tribunal tuviera algo de humanidad. Se arriesgaría, aunque le costara caro.

Llegó el día de la vista oral. Mientras recogía su toga del armario donde las guardaban, el que era su jefe en funciones se acercó a él y volvió a obsequiarle su guiño de ojos torcidos.

-Animo, vista y al toro, muchacho. Has tenido mucha suerte en tu primera pena de muerte. La primera cuesta, pero luego ya no.

Odiaba aquella forma de llamarle. El ya no era el muchacho que un día se llevó a una casa de putas.

-Muchacho. Ni se te ocurra rebajar la pena. Me has entendido, ¿no?. Ni se te ocurra –y cambió su sonrisa torcida por un rictus autoritario que no dejaba lugar a la duda-

El juicio fue un desastre. Los periódicos destacaron la lamentable labor del Ministerio Fiscal, que más parecía hacer de defensa que de acusación. Menos mal que la marquesa se había personado con una abogado de alto copete para reclamar justicia. O mejor, venganza.

Pero, llegado el momento, no tuvo los arrestos suficientes. No se atrevió a modificar la calificación provisional y al menos rebajar la pena. Tan solo introdujo una calificación alternativa, “para el caso de que no se admitiera la realizada en primer lugar”. En ella, contemplaba la posibilidad de que la víctima actuara para defenderse, aunque se hubiera excedido en la respuesta, y solicitaba una pena de prisión de 25 años.

            Aquello le valió una bronca de su jefe y el anuncio de una futura sanción. Pero a esas alturas, ya poco le importaba.

            La sentencia salió a los pocos días. Pena de muerte. Apenas la leyó, cayó enfermo y así permaneció durante mucho tiempo. Le obligaron a incorporarse a su puesto de trabajo, a pesar de que su estado de salud era pésimo y su estado de ánimo aún peor. Y tampoco tuvo arrestos para negarse.

            Creyó oir con toda claridad el sonido que delataba la rotura del cuello de la ejecutada. Y sintió como si fuera el suyo propio. Al día siguiente, firmó su renuncia y pidió la excedencia, y dejó colgada para siempre en aquel armario su toga de fiscal y toda su ilusión. Y lloró. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.

            Sobrevivió a base de llevar pleitos insulsos para varias compañías de seguros, y donaba parte de sus ganancias de modo anónimo a aquellas organizaciones de Derechos Humanos con las que colaboró y con las que nunca más osó contactar. Se sentía un fraude y un traidor.

            Nunca le contó a nadie que aquella María de las Virtudes García García no era otra que Marlene. La misma Marlene que una noche lejana, le había mostrado sus hematomas y le había pedido ayuda. La misma a la que él prometió ayudar y con la que creía haber cumplido dejando, de vez en cuando, un sobre con dinero en aquel maldito local de alterne.

            Mi madre acabó de contarme aquella historia bien entrada la madrugada del día que terminé mi carrera de Derecho. No sabía muy bien a qué venía aquello, pero no podía dejar de atenderla.

-Sabes quién era el fiscal que lloró, ¿verdad?

Era mi padre. Mi querido y bondadoso padre. El hombre que puso todo su empeño en que yo estudiara esa carrera, y que fuera fiscal “ahora que por fin las leyes dejan que lo seais las mujeres”.

Aquello espoleó una vocación que ya venía fraguándose hace tiempo. Aprobé la oposición y me juré a mi misma que haría que él, desde donde quiera que estuviera, se sintiera orgulloso. Sería la fiscal que a él no le permitieron ser.

Hoy me acordé de él. Más, si cabe, que lo recordaba cada vez que me ponía la toga. Hoy obtuve una condena histórica para los desalmados que organizaban una red de trata de mujeres para explotarlas como prostitutas.

Cuando una de ellas pasó por mi lado y me dio las gracias, no pude contener las lágrimas. “La fiscal que lloró”, me llamó la prensa, pero no me importó. Le di un abrazo y, ante su cara estupefacta, le dije solo dos palabras

-Perdónale, Marlene.

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