Menores: los más vulnerables


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Los niños siempre han sido una garantía de éxito para el mundo del espectáculo. Desde El Chico que acompañaba a Charlie Chaplin a la Pequeña Coronela de tirabuzones dorados llamada Shirley Temple, desde la pizpireta Marisol a la más concentrada Ana Belén de Zampo y yo y, cómo no, el inevitable Joselito con sus 12 cascabeles y su Campanera a cuestas o el tierno Pablito Calvo de Marcelino Pan y Vino. Aún a costa de ellos mismos y de perder su infancia, como han contado luego algunos de ellos. Como la propia Marisol, la niña de ET, el extraterrestre o el niño de Solo en Casa. Pero, sea como fuere, la receta siempre ha sido infalible y ahí está Harry Potter y toda su saga para demostrarlo.

También en nuestro teatro contamos con muchos protagonistas que no han alcanzado la mayoría de edad. A uno y otro lado del banquillo, como autores o como cómplices, como actores principales o secundarios, están mucho más presentes de lo que a primera vista pudiera parecer. No solo en los casos mediáticos, esos que hacen clamar a gritos un endurecimiento de las medidas a imponer a los menores que delinquen, o esos otros que hacen clamar, a gritos también, un amento de la protección de los menores que son víctimas. Ni son solo los que salen en noticias truculentas en los informativos, ni puede dejarse las medidas a adoptar en uno u otro caso a lo que se pida a golpe de telediario.

Reconozco que los niños y las niñas que visitan los juzgados, por una u otra cusa, nos han arrancado a todos más de una sonrisa. Hay momentos tiernos, pequeños detalles, que quedarán en el disco duro de nuestras memorias para siempre. Recuerdo que hace tiempo, cuando las dependencias del Juzgado de Violencia sobre la Mujer no estaban en el Juzgado de guardia, improvisamos una pequeña sala para ellos a base de llevar juguetes de los que nuestras propias criaturas habían dejado en desuso. Allí se entretenían aquellos angelitos que se veían obligados a acudir allí con sus madres porque éstas no tenían dónde ni con quién dejarles. Con muñecas, coches, libros o piezas de construcción, aunque el top ten siempre acababan siendo los fosforitos y el cuño del Juzgado. Teníamos también una pequeña exposición de sus obras pictóricas, que a buen seguro hubieran dado material suficiente para más de un dictamen psicológico. Una de aquellas obras maestras, hecha por la hija de un abogado que la trajo con él por exigencias de la conciliación –o mejor dicho, la falta de ella- me gustaba especialmente. Una figura garabaeteada de una mujer con una enorme sonrisa, los labios pintados, grandes pestañas, una capa negra y unos enormes zapatos de tacón, y una leyenda abajo “para Susana”. Quizás aquel dibujo fue el precursor de estas historias toguitaconadas. Hace unos días volví a ver a la niña, ya una mujer, y recordé su dibujo. Y junto a él, todos los demás dibujos de otros niños, la mayoría menos alegres que aquél.

Y es que los niños son constantes visitantes de las tablas de nuestro escenario. Unas veces, como autores, protagonistas absolutos de esa jurisdicción de menores tan delicada y tan difícil. Es una pena que apenas se conozca ese trabajo cuando hechos terribles lo traen a las portadas. Menores que cometen delitos tan graves que lo único que emerge es un grito de venganza social, demandando un incremento de penas. Sin que se sepa que las medidas que se aplican a ellos no son penas, y no pueden ser tratadas como tales. Y que también son duras, cuando tienen que serlo, aunque nunca puede –ni debe-compararse con las de los delitos cometidos por mayores de edad. Pero lo que no se ve, ni se sabe, es todo el trabajo que se hace con muchos menores, trabajo que da como resultado su reinserción en una sociedad que, en gran parte de los casos, no fue todo lo generosa que debería ser con ellos.

Me contaba el otro día una abogado amigo, especialista en menores, que le llevaron a un menor y no sé qué narices le habrían contado, pero le tomó por una especie de hechicero. Y es que en verdad a veces hay que ser magos para encontrar soluciones a temas tan delicados.

Y luego están todos esos menores que son víctimas de delitos. Muchos, por desgracia, de delitos contra la libertad sexual por desalmados que nos revuelven las entrañas. Otros, de malos tratos por aquellos que más debieran cuidar de ellos. Y, en otros muchos casos, víctimas invisibles de las disputas de sus padres, o del maltrato que se ejerce en su entorno aún sin ponerles a ellos una mano encima.

¿Pensamos siempre lo difícil que es para un niño venir a un juzgado, declarar ante unos señores que no conoce de nada o recordar cosas que su mente quiere borrar, o hablar de sus padres? Lo cierto es que hay grandes profesionales que, aún con medios escasos hacen todo lo que pueden para intentar aminorar los efectos negativos. Y que cada vez se intenta hacer mejor. Pero aún le falta mucho al sistema, y más todavía cuando leyes como la de la Infancia o el Estatuto de la Víctima nacen sin dotación presupuestaria porque así lo establece la propia ley. Cosas del disposicionadicionalismo low cost que nos ha invadido.

Así que el aplauso lo dedicaremos hoy a todos los profesionales que se dejan el alma y las horas en hacer que la vida de esos menores sea mejor. Pero no dejaremos sin lanzar una ración de tomates a quienes no ponen todos los medios que hacen falta. Porque nada hay más vulnerable que un niño. O una niña, claro, está.

Agobio: con mi toga y mi reloj


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Ansiedad. Agobio. Angustia. Presión. Estrés. ¿A quien no le suena? En el teatro y fuera de él. En el escenario y en la vida. Este es el mundo que nos toca vivir. O no.

En el teatro es un clásico. Los nervios del estreno, el montaje que no está acabado, el vestuario que no llega, los retoques de última hora, la estrella que llegó tarde, los caprichos de los divos, los decorados que no están a punto, el sonido que falla. Mil cosas. No sé si por un mecanismo de defensa o porque realmente es así, dicen en el teatro que un ensayo general horrendo augura un gran estreno. Y no sé si es así. Pero quizás alguien inventó el dicho para evitarle un infarto fulminante a algún director a punto del colapso. Pero en general, funciona. O al menos queremos creerlo.

Nuestro teatro no es que no se libra de esto, Es que vive permanentemente en un ay, pendiente de plazos y señalamientos, y haciendo encaje de bolillos para que no coincidan. Los Procuradores, actores principales en esta parte de la función, viven Deprisa, deprisa . Pero no son los únicos.

Desde el principio de nuestra incursión en este mundo, nos introducen en un universo de plazos y agitación. Fechas de exámenes, prácticas y demás para los estudiantes. Y, en cuanto uno se convierte en opositor, el odioso cronómetro se convierte en eterno compañero de su vida. Cantar los temas en tiempo, sin que los numeritos digitales se menos queden cortos o se nos pase el arroz. Como si fuera una paella con el riesgo de que el arroz quede duro como perdigones si falta tiempo de cocción o de quedar un emplasto apto para cimentar catedrales si uno se excede. Quizá por eso, en mis primeros tiempos de preparadora, usaba un temporizador de cocina, un huevo primero y luego una simpática ollita con sus verduritas –con ojitos y todo- rebosantes, regalo de un querido alumno. También llamados “pollitos”, siguiendo con el símil gastronómico y desde el afecto incondicional que les profeso.

Y a partir de ahí nuestra vida con toga y tacones, o sin ellos, se convierte también en una vida con toga y reloj. Sea el del teléfono móvil  o el de pulsera, del que los migrantes digitales no hemos sabido desprendernos. Como pasaría en su día al de cadena, tan elegante. El del conejito de Alicia en el País de las Maravillas.

Plazos, recursos, prisas por la entrada en vigor o por aprovechar la vacatio legis. Ya les dedicamos sus respectivos estrenos, como también a ese insufrible lexnet que tantas cuitas nos causa. Y a su papá el fantasmagórico Papel 0. Pero no solo es eso. Es vivir en un permanente corre-que-te-pillo -tacones, para qué os quiero-, cruzando los dedos para que no coincidan las cosas, no nos notifiquen una causa con preso justo el día antes de vacaciones a la vez que ese par de sentencias que andábamos esperando que y que había que recurrir sí o sí.

Todos sufrimos estos agobios. Los jueces, a los que se les amontona la faena entre juicios y sentencias, los LAJ, tratando de estar aquí y allá, los fiscales, desparramados entre guardias y juicios mientras el papel crece a su aire en los despachos, los abogados y los procuradores, con la espada de Damocles de los plazos sobre sus cabezas. Vivir sin vivir en mí, como Santa Teresa en versión toguitaconada o poco menos.

Pero si hay una cosa que demuestra este desasosiego, es algo que pasa con frecuencia. Con más de la que debería. Y que no es otra cosa que la pelea encarnizada que a veces protagonizamos En busca del Abogado perdido. O, mejor dicho, no perdido, sino secuestrado por las hordas enemigas del juzgado vecino. Tal como suena. Porque en eso se convierte el juzgado que te ha robado al letrado justo cuando lo necesitabas. Que si es preferente la guardia, la causa con preso, el señalamiento anterior, la jurisdicción penal, la violencia de género, los menores o vaya usted a saber qué. Todos tienen razón, o lo pretenden. Y confieso que más de una vez me he arremangado las puñetas de la toga y me he ido a recuperar a un abogado como si no hubiera un mañana, y he entrado donde haga falta cual elefante en cacharrería dispuesta a todo con tal de que el letrado venga. Y, como el juicio de Salomón, juro que he llegado a temer ver a  algún abogado partido por la mitad. Y aún temo a veces que llegue el día en que esto pase.

Así que, vaya hoy el aplauso para todos los que sufren el estrés nuestro de cada día. Porque no nos queda otra para hacer Justicia, tal como estamos. Y que no falte.

 

Terror: que no nos pare


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Ya hemos hablado en otros estrenos del éxito del thriller como género cinematográfico. Desde las sagas sangrientas hasta el terror psicológico más sofisticado, el terror es un sentimiento que da para mucho. Todos hemos visto aparecer en sueños, como aquella Pesadilla en Elm Street a una caterva de personajes, reales o ficticios, o a medias entre ambos mundos. El Hombre del Saco de nuestra infancia –o su versión más real, el Sacamantecas– , Drácula, Frankesntein, Freddy Krugger o el Hombre Lobo son ya un clásico. Y todos sabemos también a qué nos referimos cuando viramos la cabeza como la niña de El Exorcista o llamamos a la Carolyn de Poltergeist a la luz, o vemos en ocasiones muertos como el niño de El Sexto Sentido. Ya forman parte de nuestra vida, como los zombies de Michael Jackson, herederos de una tradición que aún hoy continúa.

Pero el verdadero terror, por desgracia, no es cosa del cine. El terror nos lo llevan trayendo, a la vida y a nuestro escenario, personas bien reales bajo siglas que pretenden enmascarar la maldad bajo una ideología, unos principios o una religión. Mentiras. Con todas las letras.

No nos deben parar. Show must go on. Pero tampoco podemos callar a tamaña salvajada. Bruselas acaba de teñirse de luto como hace unos meses se tiñó Paris y antes Londres y Nueva York. Y, por supuesto, Madrid, aquel infame 11 M que quedará grabado a fuego en nuestra memoria colectiva. Sin olvidarnos de todos los muertos que otra organización de otra índole pero parejo salvajismo sembró durante muchos años en España. Y muchas otras en otros lugares, en otras fronteras. Porque nada ni nadie justifica esto.

Como tampoco justifica el terror que un día tras otro sufren más allá de nuestras fronteras, más allá de nuestro continente. Ese terror que es el mismo pero que parece que no vemos igual en función del número de kilómetros que lo separan del sofá de nuestras casas. Como mucho, ellos nos dan pena. Pero ahora representan su macabra función cerca de nosotros nos dan miedo. Terror. Ese virus que se inocula de golpe y se extiende rápido.

Nuestro teatro vive parte de ese horror. Representa algunas de sus funciones reproduciendo esos escenarios, sobre todo en el ámbito de la Audiencia Nacional que, con su respectiva Fiscalía, es a quien le tocó en el reparto de papeles representar éste. Y sé que no es fácil, aunque toco de oídas. Pero seguro que a nadie se le escapa lo difícil que es transitar en ese mundo, aún parapetado tras la toga. Desde los espeluznantes levantamientos de cadáver hasta la convivencia con el miedo que obligaba a tener escolta, desde el dolor de perder a compañeros hasta la dificultad de bregar con juicios donde, a buen seguro, el corazón y el cerebro andan divorciándose a cada paso. Lo que te piden las entrañas y lo que te pide la ley, nada menos.

Pero esta es la grandeza de la civilización y del estado de derecho. Y esto es lo que hemos de defender A capa y espada. Sin que nos ganen las vísceras ni dejemos resquicio para la venganza. Ahora más que nunca.

¿Y por qué ahora más que nunca? Porque es así. Porque es fácil caer en la tentación de usar este terror para otras cosas. Para amparar medidas restrictivas e inhumanas a quienes no hacen otra cosa que huir de ese espanto. Para justificar la xenofobia y el odio, e incluso para auparse al poder personajes que recuerdan demasiado tiempos de cruces gamadas. Y también para limitar los derechos que hacen grande el estado de Derecho.

Cuidado. El terror acecha. Pero no solo lo hace dentro de explosivos. Lo hace cada vez que justifica lo injustificable. No dejemos que nos posea.

Así que hoy el aplauso es múltiple. Para todos los que luchan contra él, con o sin toga. Y también para quienes, pese a todo no se dejan doblegar. Y por supuesto, una cerrada ovación para las víctimas. Pasadas y presentes. Y ojala que no sean futuras.

 

Experiencia: más que un grado


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La experiencia es la madre de todas las ciencias, reza un dicho popular. Y es que, como dice otro, la veteranía es un grado, bien los sabemos, que más sabe el diablo por viejo que por diablo y todos hemos sido cocineros antes que frailes.

En el mundo del espectáculo, a veces, se valora especialmente esa veteranía por medio de homenajes y premios especiales. El Oscar o el Goya a toda una trayectoria a cuyos galardonados deben darles ganas de salir corriendo pensando que se acabó lo que se daba. Como le pasó al añorado Paul Newman, que ni siquiera quiso ir a por ese premio por entender que aún le quedaba mucha guerra que dar. Y que fue premiado al año siguiente con un Oscar “de verdad” por El color del dinero, si no me falla la memoria.

En nuestro mundo también tenemos nuestros oscar honoríficos, aunque algunos no lo sean tanto y lleguen incluso a ensuciar el premio de quien realmente lo merecía. Pero esa es otra historia, como diría mi buena amiga MJ Letrada.

Pero la experiencia de la que hoy quería hablar no solo es ese cúmulo de vivencias que una acumula a lo largo de su vida profesional. Es mucho más. Es ese plus que te debe dar esa experiencia para usarla en el día a día y hacer un poco mejor el trabajo que realizamos.

Comentaba el otro día otra buena amiga –qué afortunada soy por tener amigos que tanto me aportan- que una nunca se acostumbra a algunas cosas. Ella -Laura- es enfermera pediátrica y tiene que enfrentarse con frecuencia a una de las cosas más terribles: la muerte de un niño. Y hablamos al respecto de ese difícil equilibrio entre la profesionalidad y la humanidad, entre hacer lo que se debe y tragarse las lágrimas, entre acostumbrarse y anestesiarse ante ello, que no es lo mismo.

Confieso que cada persona asesinada, cada víctima de violación, cada mujer maltratada, cada menor apalizado y tantos otros han pasado a formar parte de la carga de la mochila invisible que todos los días me llevo a cuestas cuando me pongo la toga y los tacones. Al peso de la ley se une este otro peso, mucho más delicado por lo frágil y lo difícil de transportar que resulta en ocasiones.

Pero en esa mochila, que da más de sí que la de Mery Popins, también caben otras cosas maravillosas. El abrazo de una víctima de maltrato que ha salido de ese infierno, el agradecimiento de los padres de un niño abusado tras uno de mis primeros juicios, las lágrimas de una madre que vio salir por fin a su hijo del mundo de las drogas, los bombones de una joven que había decidido seguir adelante con su denuncia contra un agresor al que había perdonado hasta cuatro veces, la satisfacción de que a alguien le devuelvan lo que lleva reclamando años o la de que se acabe con una práctica injusta o vejatoria.

Entre los recuerdos que me sacan una sonrisa siempre que acuden a mi cabeza, está el de un capellán de prisión que se empeñó en hablar conmigo antes de celebrar un juicio contra un joven que estaba en prisión preventiva. El muchacho había cometido el delito recién cumplida la mayoría de edad y siendo drogadicto pero cuando iba a celebrarse la vista, tras un tiempo en prisión preventiva había logrado rehabilitarse y aspiraba a una nueva vida que se vendría abajo si la petición de condena se hacía realidad. El sacerdote, un hombre encantador, me dijo que cumplía veinticinco años en el sacerdocio y que no tendría mejor regalo que conseguir que aquel joven pudiera comenzar una nueva vida alejado de la prisión. Al día siguiente, tras haberme estudiado el asunto y ver que, efectivamente, la documentación que aportaba permitía una rebaja de la pena que él estaba dispuesto a aceptar, busqué al sacerdote y le dije que tendría su regalo. Aquel hombre me plantó un enorme abrazo. Y digo enorme porque mi barriga, en la que andaba a punto de salir mi hija pequeña, no hacía fácil la maniobra. En ese momento, tocó mi vientre y me deseó que aquella niña tuviera toda la felicidad del mundo. Tiempo más tarde, supe del joven, que tiene una vida totalmente rehabilitada fuera del delito, por una visita que me hizo aquel sacerdote, que no olvidó preguntarme por mi hija.

Cuando no hace mucho tiempo, falleció el capellán, recordé aquella anédcota. Siempre me he preguntado si en el parto de mi hija, fácil como pocos, tuvo aquello algo que ver. Pero es cierto que ella, al igual que el joven de mi historia, es una persona feliz.

Por eso hoy, dar el aplauso es sencillo. Va dirigido a todos aquellos que, con toga o sin ella, saben usar su saber y su experiencia para hacer de éste un mundo mejor. Ahí es nada.

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Refugiados: somos humanos


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Ya lo hemos dicho otras veces. Si hay un entrono proclive a la solidaridad y las acciones reivindicativas, ese es el mundo del espectáculo. Sea por algún tipo de especial sensibilidad de los artistas, sea por su poder de transmisión, o sea por ambas, está claro que ahí hay un hervidero de acción para termas que nos estrangulan las entrañas. Y ya hace mucho tiempo que lo que ha dado en llamarse, de un modo eufemístico, crisis de los refugiados, anda estrangulando las entrañas de muchos. Aunque, por desgracia, de muchos menos de los que debiera.

La existencia de refugiados, asilados o perseguidos o huidos de un país no es nada nuevo. Y como tal, ya ha sido objeto de atención en el mundo del cine. ¿Cómo olvidar Noches de sol, y no sólo por las catorce piruetas de un sublime Baryshnikov, o El Último Bailarín de Mao?. La persecución, el desarraigo, la salida forzada del país de origen no son algo nuevo, desde luego. Desde los tiempos en que la sagrada familia huían de Herodes, que ya comentamos en el estreno navideño

Ahora el tema está de candente actualidad. Aunque en realidad nunca dejó de estarlo nunca, aunque sí lo ha estado nuestro punto de vista egoísta, esa costumbre de mirar hacia otro lado hasta que una imagen nos estalla en nuestras propias narices. Y la imagen llegó este verano. Aylan, un niño como tantos otros, yacía muerto en la playa. Un niño tan parecido a todos los que conocemos que podría ser nuestro hijo, con su pantalón azul y sus zapatitos abrochados con velcro. Y quizás por eso se despertaron todas nuestras alarmas. Para dormirse de nuevo hasta que otras imágenes nos volvieran a estallar en la cara. Un día tras otro.

En nuestro teatro no podemos mantenernos ajenos a este drama. No podemos ser meros espectadores de esta macabra función, porque estaríamos faltando a todo aquello que prometimos –o juramos- el primer día que nos pusimos la toga, con tacones o sin ellos. Y eso sí que no.

Estos días la realidad ha vuelto a estallarnos en la cara. Y en la faceta en la que más podemos hacer, la jurídica. O la antijurídica, quizás. Porque nos ponen sobre la mesa un acuerdo que se salta todo los que nos han enseñado, todo lo que hemos aprendido, todo lo que nos convirtió en lo que somos. Amantes de la Justicia, aunque suene cursi. Y de la Justicia así, con mayúsculas, no como un compendio de leyes entre las que buceamos con menor o mayor acierto.

  ¿Podemos consentir un acuerdo que mercadea con vidas humanas? ¿Qué las cambia por intereses como los niños cambian cromos? ¿Podemos seguir creyendo en la bondad de determinadas organizaciones cuando proponen estas cosas? ¿Tenemos que esperar que otro Aylan nos sacuda las conciencias siemplemente porque su aspecto nos revela que podría ser nuestro hijo?

La respuesta es obvia. O al menos, así me gustaría creerlo. Y para apoyar esa creencia, veo comunicados, movimientos, manifestaciones en todo tipo de fiscales, de jueces, de abogados, y de todos –o muchos- cuantos transitamos por las bambalinas de nuestro teatro. Y que sigan.

No es solidaridad, ni humanidad. O mejor, dicho, no solo es eso. Es nuestra obligación y nuestra responsabilidad. Como ciudadanos y como juristas. Porque la defensa de los derechos humanos está delante de cualquier otra cosa, por más revestidura jurídica que quieran darle.

No aceptemos ponernos ese traje, porque nos quemará la piel y no podremos volver a ponernos una toga sin que las cicatrices de las quemaduras nos recuerden una complicidad inaceptable. En esta función nos ha tocado ser protagonistas, así que asumamos el papel . De otro modo, las generaciones futuras nos lo reprocharán. Y tendrán sobrados motivos para ello.

Así que hoy, más que aplauso, hay una llamada a la acción. En la calle, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las instituciones y donde cada uno pueda. El aplauso vendrá cuando consigamos algo.

Ojala pueda darlo hasta que me sangren las manos. Con mis tacones y con una toga que espero que nunca haya de escocerme por esas cicatrices que deja no haber cumplido con la Justicia. Así, con mayúsculas.

 

De nuevo fallas: a las llamas


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Como hace más de un año que inauguramos nuestro teatro, éstas son las segundas fallas que toda vivir desde este escenario. Con mi toga y mi peineta, como comentábamos hace 366 días nada menos.

Nuestra fiesta sigue despertando el interés de artistas y de quiénes no lo son. No en balde va camino de ser declara Patrimonio Inmaterial por la UNESCO. Es, como muchas otras fiestas, parte de nuestra vida y de nuestra cultura. También en nuestro teatro. Y por eso no podía dejar de dedicarle un estreno especial.

Tal vez lo que trasciende al exterior es la parte más espectacular y más visible. Fallas monumentales o explosiones pirotécnicas. Pero hay mucho más, el puro espíritu de la fiesta, la sátira. Y quiero hacer partícipe de él a nuestro teatro, tan necesitado de humor como de crítica.

Por eso hoy plantaré mi propia falla. La falla de Con Mi Toga y Mis Tacones. Con una muñequita toguitaconada que quiere plantar su particular monumento y acabar quemándolo, como está mandado.

La figura central va a ser un cero enorme. Un cero que representa más de una cosa: esa enorme quimera del papel 0 que nos han querido vender, lo que interesa la justicia a quienes nos mandan o aspiran a ello, y la calificación que merece la legislatura que todavía estamos arrastrando. Nada menos. Tres en uno.

El lema de la falla estaría relacionado con el paso del tiempo y las distintas velocidades. Por un lado, una escena donde una diligencia del Salvaje Oeste nos recuerda al paso que evoluciona la justicia. Por el otro, las enormes prisas que ha tenido el legislador durante el último año, representado en el pollo sin cabeza en que nos han convertido. Y saliéndose de escena, una nave espacial descacharrada y la máquina del tiempo de Regreso al Futuro tratando de ubicarse en cada momento, mientras la pobre muñeca toguitaconada sigue con su GPS navegando en un BOE que se ha convertido en un monstruo incontrolable.

Otra de las escenas vendría protagonizada por unos niños cantando eso de Vamos a contar mentiras, tralara. Ahí, además de las liebres corriendo por el mar y las sardinas por el monte, estarían las nuevas plazas de jueces y fiscales que nunca existieron, representadas por simpáticos fantasmas con toga que vagan por unos no menos simpáticos juzgados fantasmas que nunca se crearon. Por supuesto, lo harían con unos ordenadores fantasmas donde utilizarían un expediente electrónico tan fantasmal como ellos. Mientras, desde las redes sociales y los medios de comunicación, unos avezados Cazafantasmas van tomando el pulso a lo que en realidad ocurre y contándolo a quien quiera oírlo.

Y, continando con ese diseño imaginario de un monumento fallero puñetero, no podemos olvidar una escena llamada el rincón del olvido. Ahí deberían ir toda esa serie de cosas que aún quedan causando sus desmanes: las odiosas tasas judiciales, el límite del plazo de instrucción, la ley mordaza, los recortes en materia tan esenciales como la violencia de género. Y, llegando con paso fuerte, la sombra de ese acuerdo sobre refugiados que la UE nos pretende colar. Un enorme contenedor de basura podría ser el leit motiv de esa escena. Y, a su lado, el invento del año, el disposionadicionalismo, consistente en la manía de crear leyes aparentes con una disposición expresa que prohíbe gastar un duro en ellas: la ley de la infancia, el estatuto de la Víctima o la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal han sido algunas de las víctimas de esta nueva moda.

Pero no hay falla sin Ninot Indultat, esos muñecos que se salvan del fuego por su especial mérito. Y ahí es donde incluiría todos los profesionales que, peses a todo, tratan de sacar adelante este bien de todos que es la Justicia. Jueces, fiscales, LAJs, abogados, procuradores, funcionarios y todos los que intervienen en este teatro nuestro. Sin olvidarme de los estudiantes y opositores que, pese a todo, aspiran a ello.

Así que hoy, en vez de aplauso, Mascletá en su honor. Fuegos artificales disparados en su honor. Y, por supuesto, el resto de la falla, a quemarse el día de San José. A ver si eso supone un nuevo tiempo.

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        (iMAGEN DE LA FALLA NA JORDANA 2016,la libertad y la justicia besándose, cortesía de @fanigrande)

Lexnet: ciencia ficción


 

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Uno de los géneros que nunca falla es el de la ciencia ficción. Desde las casi proféticas obras de Verne hasta las sagas de Star Trek o la Guerra de las Galaxias, pasando por Encuentros en la Tercera fase o cualquier otra, el tema nuca falla. Siempre hay una legión de seguidores dispuestos.

También nuestro teatro tiene su dosis de ciencia ficción. Más ficción que ciencia, en los últimos tiempos, ya que nosotros apenas hemos superado los tiempos de Julio Verne y, a veces, solo el hecho de encender el ordenador y llegar a la pantalla deseada recuerda poderosamente a las 20.000 leguas de viaje submarino o a la vuelta al mundo en 80 días. Esta última, en versión de Cantinflas, además.

Pero si en los últimos tiempos algo e ha recordado estas películas, es la ya famosa quimera del papel 0 y su hija predilecta, llamada lexnet. Algo que nos vienen vendiendo desde hace tiempo como el colmo de la modernidad y la solución de la justicia y no pasa de ser un enorme fiasco con pretensiones. O sin ellas.

Para el que no lo sepa, ese engendro llamado lexnet es algo así como Alien, el Octavo pasajero, en versión Justicia. Un ser que aparentemente ha surgido de las mismas entrañas del sistema pero que en realidad es totalmente ajeno a él. Porque, no hay que olvidarlo, por más que incardinen la criatura en un macroproyecto de Papel 0  y expediente electrónico, no es otra cosa que un extraño en un sistema que todavía navega en los tiempos de la cuerda floja, las copias selladas y los formularios en papel por triplicado. Algo así como si tratáramos de ver en 3D una película de Charlot. Por más que nos pongamos las gafas adecuadas, la cinta no da más de sí.

Nos han impuesto el sistema, como tantas otras cosas en los últimos tiempos, en un corre que te pillo, que se les acababa la legislatura y tenían que dejarnos una herencia a juego con la trayectoria que han seguido, una de las más erráticas en lo que a justicia se refiere. Y ojo, no es que lo diga esta humilde toguitaconada -que también-, es que lo han dicho hasta la saciedad asociaciones de fiscales, de jueces, de LAJ, de abogados, de procuradores y cualquier otro transeúnte, habitual u ocasional, de nuestro querido teatro.

Y es que había que meterlo como fuera, con calzador si es preciso. Y así ha sido. En primer lugar, como ya conté en otros lugares (la quimera del Papel 0), han incrustado un elemento nuevo en un sistema arcaico, como si un tren de alta velocidad tuviera que circular por las vías de un ferrocarril de cercanías. Y, lógicamente, no ha tardado en descarrilar, perdiendo además varios tornillos por el camino, que estaban mal ajustados. Pero no solo eso. Obstinados en no echar marcha atrás, han insistido en continuar el camino de este tren fuera de vías, y se pierde más tiempo en remozarlo desde cada salida de la vía que en construir unas nuevas vías.

No obstante, no podría explicarlo desde mi experiencia personal. ¿Por qué? Pues por una razón tan sencilla como la de que los fiscales no usamos tal sistema porque, de momento, no se ha previsto. Da igual que la ley diga que las comunicaciones habrán de ser telemáticas. Las nuestras, por falta de previsión, ni a telepáticas llegan. Pero hay una razón adicional: algunas comunidades autónomas -entre ellas la mía- se han erigidos en rebeldes de Lexnet, y han manifestado desde un primer momento que con ellas no va la cosa. Porque lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Pero, curiosa que es una, ello no impide que esté rigurosamente al día de todas las incidencias y pesadillas de los usuarios varios. Tampoco tiene un mérito especial. No hay más que darse un paseo por las redes sociales, o por las cafeterías cercanas a los juzgados, para recibir tan preciosa información. Así que la cosa se ha convertido en una mezcla entre Que he hecho yo para merecer esto, Dios mío, pero que te he hemos hecho, Juristas al borde de un ataque de nervios o Como ser jurista y no morir en el intento. Nos querían vender un Cariño, he encogido a los niños -o más bien a los procedimientos- pero la cosa no ha quedado más allá de un Bienvenido Mister Marshall como si de repente, el mismísimo Bill Gates hubiera aparecido en pleno siglo XIX cual Pepe Isbert encabezando la antológica procesión a mediados del siglo pasado.

Desesperación para acceder, fechas que se cambian como por ensalmo o notificaciones que viajan de unas pantallas a otras hasta aparecer en el sitio más insospechado hacen que conseguir el objetivo de que lleguen al Juzgado sea poco menos que emular a Indiana Jones en busca del arca perdida. Y todo ello, sin saber qué pasa por el camino, quién puede acceder o dónde puede aparecer la información. Y todo ello, a pesar de la buena intención de alguna que otra Hada Madrina, que desde sus puestos tratan de solucionar los problemas pero que no tienen varita mágica.

Y la cosa llega al punto que un compañero que no ha tenido hasta el momento problemas con ello, pide disculpas cada vez que lo cuenta, como si fuera culpable de algo.

Pero la cuestión va más allá. En el hipotético caso de que nos halláramos en Un Mundo feliz y el sistema de marras funcionara como debiera, tampoco eso es la solución que nos pretender vender. Lexnet no es el expediente electrónico ni el utópico papel 0. No es más que un sistema de notificación que, a la postre no hace otra cosa que cambiar la impresora de sitio. Tal cual.

Así que hoy de aplauso, nada. Hoy lo que toca es recuperar esos tomates que debieron ir en el tren de mercancías que pretendía ser AVE. Seguro que todo el mundo sabe hacia qué destinatarios dirigirlos

Deseos: todos los días son 8 de marzo


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El mundo del espectáculo está lleno de mujeres. Si a alguna profesión se incorporaron pronto, quizás fuera a ésta. Pero no tanto como creemos. Durante mucho tiempo, hasta las tablas nos estaban vedadas, y era hombres quienes interpretaban los papeles femeninos. Tiempos de Shakespeare Inlove sin ir más lejos. Y aún hoy, las actrices siguen cobrando menos que los actores, y sus vidas profesionales son mucho más difíciles a partir de determinada edad en que tienen muchos más problemas para conseguir papeles lucidos que sus congéneres del otro sexo, cómodamente asentados en el rol de maduro e interesante.
También en nuestro teatro y en todos los escenarios del mundo siguen pasando estas cosa, y peores.
Por eso, en este día, me quitaré la toga y los tacones para solamente formular un deseo: que todos los días sean 8 de marzo. Un deseo como el de la niña del relato, que traigo hoy como pequeño regalo

Relato ganador del I Certamen de narrativa corta “Mujeres” del Ayuntamiento de Benetússer 2013
LA NIÑA QUE QUERIA SER HOMBRE
Cuando yo era como vosotros, de mayor lo que quería ser era hombre.
Por más tiempo que viva, jamás olvidaré esta frase, salida de los labios de una mujer muy mayor ante un grupo de escolares de doce a catorce años. Era una actividad del colegio, consistente en charlas de familiares nuestros sobre sus respectivas profesiones. Y ella era Soledad, tía abuela de una de mis compañeras y probablemente, la mujer que más haya marcado mi existencia.
Su afirmación me dejó anonadada, y ya no pude dejar de escucharla. Soledad había nacido en un pueblo pequeño, de ésos donde todos se conocen, y era la segunda de cuatro hermanos, todos varones menos ella. Desde niña, odiaba los lazos y vestidos que le ponía su madre, y envidiaba profundamente los pantalones cortos de sus hermanos. Cuando protestaba ante su madre, ésta la recriminaba porque debía vestir como una niña, y no como un chicote. Por las mismas razones la reñía cuando volvía del colegio con manchas en la ropa, por más que a sus hermanos no les dijera nada. Y pronto empezó a llamarle la atención porque quería jugar con la pelota en lugar de con las remilgadas muñequitas que le habían comprado. Con el tiempo, las diferencias entre sus hermanos y ella se iban acrecentando, y a Soledad la obligaban a fregar los platos mientras sus hermanos estaban repantingados en un sofá. Y cuando protestaba, siempre la misma cantinela, que ella no era un chico y debía comportarse como una señorita. Y así, una vez y otra. Si hablaba su padre, ella tenía que callar porque era mujer, y hacer lo que dijera aunque no estuviera bien o no fuera justo. Y mientras, su madre, siempre sumisa, siempre callada, aunque su padre le gritaba, y la llamaba inútil, y torpe, y mil cosas más. Pero nunca protestaba. Y le decía a Soledad que él era su marido, y los maridos siempre tenían razón.
Hasta que llegó el día en que Soledad acabó los estudios primarios. Era una estudiante excelente, y quería hacer el bachiller, y luego una carrera, y convertirse en abogada, o en maestra. Pero su padre dijo que debía quedarse en casa a ayudar a su madre hasta que se casara, y su madre no se opuso. Soledad lloró y protestó, pero no hubo modo de que cambiaran de opinión. No entendía cómo su hermano mayor, que era un desastre en los estudios, tenía esa oportunidad que a ella le negaban pese a merecérsela tanto.
Le dijo a su madre que no pensaba casarse, y que tendría que aprender un modo de ganarse la vida. Pero su madre no quiso ni escucharla. Se casaría con un buen hombre, como su prima Purita, que tampoco quería casarse y ahora era tan feliz con sus tres hijos. O eso decían.
Así que no le quedó otro remedio que permanecer confinada en la casa mientras esperaba su oportunidad de liberarse. Ella seguía protestando, y su madre, cada día más cansada y anciana, continuaba diciéndole que aquello era porque era una mujer, y eso era lo que debían hacer las mujeres. Y asunto zanjado.
Así que un buen día, después de enterarse que su prima Purita había muerto al dar a luz a su quinto hijo, decidió marcharse. Se fugó de noche, a escondidas, vestida con la ropa de uno de sus hermanos, y con el poco dinero que había ahorrado y el aderezo de su Primera Comunión por todo patrimonio. Subió en un tren que la llevó a otro pueblo, y de ahí a otro, y consigió sobrevivir fregando escaleras. De hecho, era para lo único que la habían educado. Y se las arregló para ir estudiando en sus ratos libres, y comenzó a escribir, y descubrió que más allá del papel había otro mundo, ése al que a ella jamás le dejaron acceder. Con el tiempo, Soledad consigió publicar una novela, y a ésa le siguió otra, y otra más. Pero la mejor era la última, aquélla en que por fin había consegido desnudar su alma, y contar la historia de su madre, aquella mujer que se caía tantas veces, que siempre tenía moratones en todas las partes de su cuerpo, aquélla que decía de sí misma que era tonta y torpe sólo porque su marido así se lo decía, aquélla que se consieraba una inútil y que acabó quitándose la vida bebiéndose una botella de lejía un año después de que Soledad se fuera de casa. A ella, cuya historia conoció cuando ya era tarde, le dedicó su libro “No me quieras tanto, quiéreme mejor”.
Y la niña que entonces era yo decidió que de mayor quería ser mujer. Una mujer como Soledad.

Vecinos: junto al telón


VECINOS

Todos sabemos lo qué es un vecino. Alguien que te puede mejorar o empeorar la vida aunque apenas lo conozcas…o aunque lo conozcas demasiado. Entre los vecinos se crean vínculos de amistad o enemistad eterna, incluso algunos muy cercanos a las relaciones familiares. Los avatares de las comunidades de vecinos han dado tanto de sí que han dado lugar a un sebgénero de películas y, sobre todo, de series de televisión, desde la más antigua Vecinos, hasta las archiconocidas Aquí no hay quien viva o La que se avecina, y otras que también centran gran parte de su argumento en las relaciones de vecindad, desde Cuéntame a 7 vidas o Aida. Y, en la pantalla grande, el tema de los vecinos ha dado mucho de sí. Baste recordar títulos como El apartamento o La tentación vive arriba o, las más castizas No desearás al vecino del Quinto o La Chica del 17. Y, por supuesto, la “vecinita” se convirtió en un cliché de nuestro cine, de ésos que causaban que a López Vazquez o a Landa les hicieran chiribitas los ojos.

Nuestro teatro, aunque no lo parezca, está lleno de vecinos y vecinas que hacen distintos papeles según toque. Tenemos, de un lado, nuestras propias versiones escenificadas de las series vecinales, que vivimos sobre todo en los ya finiquitados juicios de faltas y que nos dieron algunos de las más sabrosas anécdotas de nuestra vida profesional.

Pero el papel del vecino no queda ahí. Muchas veces, voluntaria o involuntariamente, se ven llamados a representar el papel de testigos en nuestra obra, llegando en ocasiones al punto de ser su testimonio el que fundamente una absolución o una condena. En los procedimientos de violencia de género, por ejemplo, pueden representar un papel estelar, porque ellos son los únicos que pueden dar fe de que entre esta o aquélla pareja eran continuas las discusiones, las riñas, los gritos, los insultos o las amenazas, aún cuando la propia víctima se quiera acoger a esa dispensa a declarar que tantos problemas nos trae. De ellos parte, en muchos casos, la iniciativa de llamar a la Policía y destapar una situación que tal vez jamás hubiera salido de las cuatro paredes de la casa, o hubiera terminado en un trágico final.

Pero hay un tipo de vecino especialmente recurrente. El que, desde su ventana, ve unos hechos que nada tienen que ver con él. Como si fuera el James Stewart de La ventana Indiscreta. Aunque, en nuestro caso, teniendo que participar en una segunda parte de la película al ir a declarar al juzgado y al juicio, para contar aquello que vio. Es curioso la cantidad de gente que desde su ventana puede ver desde una agresión a un robo, desde un intercambio de drogas hasta una detención policial, desde un accidente de tráfico a un pinchazo intencionado de las ruedas de un coche. Y más curioso aún la cantidad de detalles que son capaces de recordar, desde el color de la camisa del muchacho que pinchaba las ruedas del coche hasta la mano en que llevaba la papelina el traficante, desde las características del arma con la que se perpetró el atraco hasta los rasgos físicos del autor. Siempre recordaré la gráfica descripción de una señora bastante mayor que decía que el atracador en cuestión era moreno pero con aspecto de haber sido rubio de pequeño. Y lo cierto es que la buena señora tenía más razón que un santo.

Aunque las relaciones de vecindad no siempre son tan amables ni tan simpáticas ni dan lugar a situaciones tan hilarantes como las de las series de televisión. A lo largo de mi vida toguitaconada he visto varios homicidios basados en este tipo de historias, desde un vecino que mató a otro con una katana porque estaba harto de lo alta que ponía la música, hasta otro que acabó con sus convecinos disparándoles con una escopeta por los conflictos que le ocasionaban las frecuentes fiestas que en su ausencia montaba la hija. Y eso por no hablar de enemistades tan enquistadas que han dado lugar a algunos de los más terribles episodios de nuestra historia negra, como el tristemente famoso de Puerto Hurraco.

Pero hay aspectos más pintorescos del vecinismo. Lo que yo llamo vecinismo estrella, que seguro que todos hemos visto por televisión. Y que no consiste en otra cosa que en la actitud del vecino que, aprovechando que vive en los alrededores de la escena del hecho delictivo, sea el que sea, ve la ocasión de tener su minuto de gloria como si el mismísimo Almódovar fuera a llamarlo, y nos cuenta lo que sea con tal de salir en la tele. Da igual que sea para decir que el presunto asesino era muy buena gente o para afirmar que él ya lo veía venir, o para contarnos que compartían dentista o compraban el pan en el mismo horno. El caso es salir en la tele. Y, a ser posible, con el inevitable espontáneo por detrás, bien en su modalidad hacerse el despistado, o bien en esa otra de dar saltitos o hacer cucamonas para tener la enorme suerte de salir en algún programa de zapping o ser récord de visitas en Youtube.

Así que hoy también habrá aplauso. Pero no para cualquier vecino. Hoy solo para aquellos que aportan con su testimonio la posibilidad de probar un hecho delictivo. Porque ser un buen ciudadano bien merece una ovación

 

DOLOR: LO QUE NO SE VE


dolor

Es difícil ver lo que no podemos percibir con los ojos. Es algo demasiado obvio. El mundo del espectáculo es cada día más visual, y eso a veces nos vuelve perezosos. Como si vagáramos En la Ardiente oscuridad y no viéramos más allá de nuestras propias narices. O, lo que es peor, como si no quisiéramos ver. Porque es más fácil quedarnos en lo que percibimos con los sentidos que ir más allá, hasta ese Sexto Sentido del niño que en ocasiones veía muertos, pero que podría ver cualquier cosa. No hay más que permanecer alerta.

Hay cosas intangibles que pueblan las tablas de nuestro escenario día a día. Silencios, intuiciones y otros sentimientos que nos diferencian de meros autómatas con toga y tacones –o sin ellos-. Pero quizás el más terrible de ellos es el dolor. ¿Cómo percibir el dolor de otro? ¿Cómo demostrarlo? ¿Cómo cuantificar algo que no es cuantificable?

Cada día nos encontramos en nuestro escenario a personas marcadas por el dolor. No un dolor físico, que es relativamente fácil de ver y de medir. Lesiones, tratamiento médico, días de incapacidad o de hospitalización. Duro, pero visible. Y demostrable.

Pero ¿qué pasa cuándo ese dolor no deja huellas visibles? ¿Cuándo el machaque de una mujer maltratada es tanto y no podemos medirlo más que por la tristeza de su mirada o el tono de su voz? ¿Cómo probar la humillación de sentirse inútil, culpable, destrozada, anulada, aniquilada?

Los casos se repiten. Un día tras otro. Pero solo contaré algunos que aún me ponen los pelos como escarpias. Aunque haya pasado tiempo.

Recuerdo uno de mis primeros asuntos de este cariz. Una chica cuya melena larga y sedosa era su mayor orgullo. Su maltratador, además de humillarla constantemente llamándola inútil, zorra y todo cuanto se le ocurría, rizó el rizo cortándole su preciosa melena con unas tijeras de podar y, como ella al verlo no paró de llorar, le pegó los mechones arrancados con pegamento de contacto. Aun tiemblo pensando en ello.

Otra mujer, hace menos tiempo, era obligada por su pareja a limpiar, a barrer y a recoger todo lo que él ensuciaba, a propósito para humillarla. No contento con eso, la forzó a coger con la boca las heces del perro, al que trataba mil veces mejor que a ella, y del que decía que era mil veces mejor que ella. Igualmente tremendo.

Y aún hay más. No hace micho conocí del caso de un chico que, para dañar a su novia, estampó contra la pared el cachorrillo de pastor alemán que ella adoraba, que murió de una hemorragia reventado por dentro al cabo de un par de días de sufrimiento.

Pero si hay un caso en que la crueldad humana supera todos los límites, fue el de una mujer que, tras ser sometida a una mastectomía por un agresivo cáncer, era constantemente insultada por su marido, que miraba sus cicatrices riéndose de ella y diciéndole que ya ni para lo que sirven las mujeres servía, y así un día tras otro.

¿Cómo se prueba esto? ¿Cómo se demuestra que estos hechos van más allá del insulto episódico o la vejación que da lugar a una condena nimia, o a veces ni eso?

No es fácil, insisto. A veces, roza Lo Imposible.  Pero hay que ir hasta el infinito y más allá, y nunca admitir que No hay Salida. Porque la hay. Por eso, en ocasiones hay que buscar Entre lo Visible y lo Invisible para encontrar las pruebas que aseguren que el canalla acabará donde deba estar y la víctima recobrará la vida a la que tiene derecho. Aunque sea Buscando en el Baúl de los recuerdos.

Lo esencial, sin duda alguna, un dictamen pericial serio y contundente que establezca que la víctima sufre secuelas derivadas de este maltrato psíquico que es mucho más que unos insultos ocasionales. Pero con eso no basta. Los vecinos y conocidos de ella, que a buen seguro, si hacen memoria, recuerdan situaciones humillantes. El médico de familia o cualquier otro especialista, que quizás vieron en esa mujer una tristeza o unos síntomas que no encajaban con otra enfermedad. Los compañeros de trabajo, que tal vez percibieron alteraciones de ánimo inexplicables. El propio jefe, que podría dar cuenta de un absentismo laboral frecuente y de difícil justificación. Y, por descontado, los vestigios materiales. En nuestro caso, el perro muerto, las heces, los mechones de pelo, las cicatrices.

Se trata de recomponer el puzle y no quedarse solo con las piezas. Pero, eso sí, añadiendo un ingrediente esencial. La sensibilidad y la profesionalidad de todos los que intervenimos en este largo proceso. Sin ello, podemos hacer que el puzle se desbaratey las piezas no encajen jamás.

Así que hoy la ovación es por todas las que sufren este dolor invisible. Y también los que consiguen verlo. Porque solo así podremos atajarlo.

#PorEllas

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