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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Efecto mariposa: pequeñas grandes cosas


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Todo el mundo ha oído hablar del Efecto mariposa alguna vez, ese que dice que el aleteo de una sencilla mariposa puede ser suficiente para desencadenar grandes cosas, como sucedía en Cadena de favores, en que la simple idea de unir a las personas haciéndoles un favor daba lugar a cambios sorprendentes en sus vidas.

Yo no sé si lo que voy a contar es causa o consecuencia de ello, pero sí estoy segura que nos hará pensar en un pequeño gesto  que puede contribuir a hermosos resultados. Y lo haré contando la historia de Isabel, la niña que soñaba volar.

Era el final. Isabel había hecho todo cuanto había podido para enderezar el rumbo del avión y lograr aterrizar, pero las circunstancias eran demasiado adversas para lograrlo. Cuando notó cómo su cabeza se golpeaba contra algo duro, se convenció de que no lo había conseguido.

                En ese momento, como había oído tantas veces, vio cómo su vida transcurría ante sus ojos como en una película. Revivió aquel momento terrible en que descubrió el cuerpo de su madre en su portal, cosido a puñaladas, y cómo lloró de pena, de impotencia y de rabia al saber que era su propio padre quien la había asesinado.

                Su padre, aquel hombre que tan pronto parecía un santo como un demonio, no había aceptado la ruptura con ella, y la buscó cuando salía de uno de los múltiples trabajos con los que sacaba adelante a Isabel y sus hermanos, para poner fin a su vida del modo más cruel. Quebró sus alas para que no volara, y a punto estuvo de romper también las de Isabel, cuyo sueño desde niña era pilotar aviones.

                Su madre trabajaba duro para que pudiera estudiar, pero sin ella, con su padre en la cárcel, y sin nadie más en el mundo, Isabel sabía que su sueño nunca se haría realidad.

                Pero desde el cielo le llegó un regalo. O así lo sintió ella cuando alguien de una Fundación que financiaba becas para niños y niñas como ella, le dijo que podría seguir estudiando. Isabel pensó entonces que, si los ángeles tenían forma humana, ella acababa de ver uno.

                Siguieron desfilando ante ella los momentos importantes de su vida. Uno de los más especiales su graduación como piloto, la primera de su promoción. También se vio a sí misma la primera vez que tomó los mandos de un avión, con todo el cielo ante ella. Un cielo en el que siempre creía ver a su madre. Esa imagen fue la última que vio antes de que todo se hiciera oscuro

                Despertó en una camilla. La sacaban del avión. A su lado, una de las azafatas le daba las gracias con lágrimas en los ojos. Su pericia había conseguido realizar un aterrizaje casi imposible.

                Las doscientas cincuenta personas que viajaban en el avión salvaron la vida. Entre ellos había un grupo de niños y niñas de un colegio que habían ganado el viaje con un trabajo de clase, otro grupo de congresistas de Medicina nuclear de regreso tras haber logrado avances científicos importantes, varios jóvenes que iban a ver a sus familias después de ahorrar durante meses lo suficiente para el pasaje, y mucha más gente. La más pequeña, una bebé de apenas 9 meses que iba junto a su madre para, por fin, reunirse con su padre. Los más mayores, una pareja de ancianos de más de ochenta años que viajaban desde otro continente para conocer a sus nietos.

                Isabel los salvó, sin duda. Si no hubiera sido ella quien pilotaba el avión, y quien decidió jugárselo todo en una maniobra arriesgada, es probable que hubieran muerto. No en vano era la piloto mejor preparada de la promoción.

                Pero nada de eso hubiera ocurrido si un día a Isabel no le hubieran financiado los estudios con esa beca que ella creyó caída del cielo  y que le regaló sus alas, las alas con lasque volaba en su avión y fuera de él.

¿Por qué os cuento esta historia? Pues porque cualquiera podemos ser el día de mañana el padre o la madre de los niños de la excursión escolar, los abuelos que van a reunirse con su nieta o la familia de los jóvenes trabajadores en el extranjero. También podríamos padecer alguna de las enfermedades para las que encontraron remedio en el Congreso médico, o padecerlas un ser querido. Historias que acabarán con un final feliz  porque Isabel tuvo un día la  oportunidad de estudiar a pesar de que la vida le había golpeado con dureza.

Por eso hoy os invito a que ayudéis a las Isabeles del mundo. A esos niños y niñas  a los que la Violencia de género dejó sin madre y les cerró las puertas de muchas cosas. Desde la Fondo de  becas Soledad Cazorla, que debemos a una gran fiscal  que se nos fue, financian becas para la formación de jóvenes como Isabel. Y eso no es gratis, desde luego.

Tenemos una forma sencilla de contribuir, comprando un décimo -o más- de la lotería del Sorteo del Niño. Una pequeña contribución para una gran causa. Así que no hay excusa. Aunque no os guste jugar, haced una excepción. Y para quienes dicen que nunca les toca, esta vez si toca, aunque no toque. Porque hay muchas Isabeles esperando para salvar el mundo.

Por último, esta humilde toguitaconada os anima a comprar cualquiera de los décimos amadrinados. Pero confieso que si lo hacéis con el mío, me daréis una alegría extra. Y seguro que también a mi querida @madebycarol1, mi ilustradora de cabecera, que de nuevo me regala una imagen para ilustrar este post especial (Ojo: aunque veáis en la imagen la fecha del sorteo del pasado año, el número es el mismo este año).

No me dejo el aplauso. Lo daré a quienes contribuyáis. Espero poder hacerlo hasta que me sangren las manos.

Aquí os dejo el enlace para comprar los décimos. Un solo clic para hacer el mundo un poco mejor

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

 

Pretérito indefinido: #cuentosdeNavidad


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– ¿Me ha entendido bien? ¿Tiene alguna duda?

No la tenía, desde luego ¿Cómo iba a tenerla, si me había repetido lo mismo varias veces? Lo que pasaba es que, mientras me hablaba, había fijado mi mirada en las bolas rojas del árbol de Navidad que había tras ella, y había viajado en el tiempo.

Me encontré de pronto en las navidades felices de mi infancia, cuando mi abuela encarnaba al mismísimo espíritu de la Navidad. Hasta el día en que dejaron de ser felices.

Fue un 8 de diciembre, el día de su santo. Ese día íbamos todos a su casa, y yo llegaba siempre ilusionada, con la seguridad de que mi abuela Concha habría adornado la casa con su arbolito de bolas rojas y doradas, su Belén de loza, y con todos los cuadros de la casa rodeados de espumillón brillante algo despeluchado. Hacía mantecados caseros y pasteles de boniato, y yo salivaba de pensarlo con solo subir aquellas escaleras.

Pero ese día no había nada. Ni arbolito, ni Belén, ni espumillón, ni un solo dulce. Cuando protesté, mi abuela puso una cara muy rara diciendo que se había olvidado. No fue el único olvido de esas navidades, y la cara rara se le quedó fijada de modo permanente. El día de Nochebuena se le quemó el pavo y mi madre y yo tuvimos que ir corriendo a comprar turrones porque tampoco había. Después de cenar, mi abuela rompió a llorar diciendo que no sabía qué le pasaba, y luego volvió a quedarse ausente diciendo cosas que yo no comprendía.

Pasadas las fiestas, supimos qué le pasaba. Le diagnosticaron el mal de Alzheimer y mi madre me explicó que era una enfermedad que barría los recuerdos, que tendría que ser paciente y cariñosa con ella. Entonces fui yo quien lloré.  Intuía que las navidades felices se habían acabado.

Así fue. Las siguientes navidades mi abuela apenas era una sombra de lo que fue. Se iba y volvía a un mundo imaginario, un mundo donde yo era su hermana y mi madre era su madre. De vez en cuando regresaba, y volvía a llamarme por mi nombre. Entonces yo todavía creía que aquello tendría remedio.

Un año más tarde, mi abuela ya no nos reconocía. Ni tan siquiera era capaz de hablar, salvo alguna frase incoherente. Ya no nos reconocía, aunque de vez en cuando me miraba con una sonrisa enigmática.

Esas Navidades decidí pedir a los Reyes un regalo especial. Les pedí que mi abuela, aunque fuera por un momento, recuperara la memoria y me reconociera.

El 6 de enero la mujer que cuidaba a mi abuela nos llamó con urgencia, diciendo que le pasaba algo. Cuando llegué, estaba sentada en su cama mirándome. Me llamó por mi nombre y pidió quedarse a solas conmigo. Solo fueron unos minutos, pero mi abuela Concha volvió al mundo y pude decirle cuánto la quería, y ella me dio un abrazo que todavía llevo pegado a mi piel. Al día siguiente, murió, con una enorme sonrisa pintada en la boca.

Volví del mundo de los recuerdos para contestar a aquella mujer que insistía en preguntarme si lo había entendido todo. Le contesté que sí, y que tenía prisa por marcharme, que era Navidad y tenía muchas cosas por hacer.

Aquella mujer se quedó con una expresión indescriptible en la cara. Probablemente, en toda su vida profesional como neuróloga, ninguna otra paciente a la que hubiera dado un diagnóstico tan terrible había reaccionado así.

Me acababa de decir que yo padecía Alzheimer.

Corrí a mi casa, dando gracias de que aún recordaba la dirección, y escribí una carta. Era una carta a los Reyes Magos, que dejé en la mesita de noche de mi hija para que se la entregara a mi nieta.

Mi carta está dirigida a “los reyes magos del futuro” y pide lo mismo para mí que pedí en su día para mi abuela. Unos minutos de memoria.

-Abuela, ¿y cuándo he de pedirlo?

-No te preocupes, lo sabrás cuando haga falta

En ese momento, la niña me abrazó muy fuerte. Y ese abrazo se me ha quedado pegado a la piel para siempre junto al de mi abuela Concha. Solo espero no olvidarlo nunca

Toguinavidad: con mi toga y mi zambomba


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Lo decimos cada año cuando llegan estas fechas. La Navidad es terreno abonado para las artes escénicas. No hay Navidad sin el Cascanueces, sin echar unas lagrimitas viendo Qué bello es vivir o sin esbozar una almibarada sonrisa con Love Actually. Y eso solo por poner tres ejemplos de los más típicos. Y es que por más siesa que se sea, es difícil escaparse de la espiral de regalos, polvorones, panderetas y zambombas entre el sonido de los niños de San Ildefonso cantando la lotería y el de villancicos varios.

También en Toguilandia es Navidad. Nuestras sedes se adornan por unos días con espumillón y bolas de colores, pero no echamos el cierre. Como todos los servicios públicos, alguien tiene que quedarse cuidando el fuerte, porque los malos no descansan y el mundo sigue girando. Y nos unimos a bomberos, policías, hospitales y demás trabajando para que el resto del mundo pueda tener su Noche de paz.

Por eso, en esta ocasión alzaré el telón para estrenar Toga Actually, y contar como se vive la Navidad de Juzgados para adentro.

La cosa no empieza en Navidad, sino mucho antes. Cuando, con más o menos anticipación según los casos, se reparte el calendario de guardias, todo el mundo acaba dirigiendo su mirada a esos días rojos de diciembre y enero, y se oyen varias vocecillas maldiciendo su suerte. Me ha tocado guardia en Nochebuena, en Navidad, en Nochevieja o el día de Reyes. O varias a un tiempo, que en este sorteo hay muchos más agraciados que en Navidad y El Niño juntos. Creo poder afirmar sin temor a equivocarme que no conozco a ningún habitante de Toguilandia que no haya pasado una o más veces unas navidades en el Juzgado. Con más o menos trabajo, que esa es otra lotería, claro. Pero siempre acaba cayendo algo, sea el Gordo o la pedrea.

Después de muchos años con mi toga y mis tacones, no sabría decir qué es peor, si Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo o Reyes. Que cada cosa tiene su puntito.

La verdad es que la Nochebuena suele transcurrir en la guardia entre cruzar los dedos para acabar a una hora razonable, y que no pase nada que nos obligue a volver -o a permanecer- y, por qué no reconocerlo, algo de alivio pensando que serán otros quienes tendrán que ocuparse de poner la mesa y que no se queme el cordero, el pavo o el besugo. Alguna ventaja tendría que tener la cosa, aunque llegues a comértelo cuando esté frío y la familia esté ya dando buena cuenta de los polvorones. Reconozco que el único año en que llegué bastante tarde esa noche, lo hice cuando ya estaban dándole traca traca con la cucharilla a la botella de anís El Mono para acompañar los villancicos. Hace mucho tiempo de eso, pero recuerdo que tuve que asistir a un levantamiento de cadáver de un suicida. La Navidad puede ser muy triste para quienes no tienen a nadie.

Otro clásico de estas fiestas de Toguilandia para adentro son las alcoholemias. Los excesos se pagan y, como decía Steve Wonder, si bebes no conduzcas, porque además de un riesgo evidente para la circulación, puedes acabar yendo derechito al calabozo. A más de uno y de una hemos recibido el día de Navidad o el de Año Nuevo para celebrarlo con un juicio rápido por alcoholemia, algunos todavía con el gorrito de Papa Noel o el matasuegras. Y hasta con la corbata anudada en la cabeza, que no nos falte de na.

También en estas fechas no faltan las peleas varias, sea entre cuñados que se pasan de listillos, sean el en after celebrado en un bar. Aunque de las consecuencias más tristes son las surgidas a raíz de las entregas y recogidas de los menores entre padres separados y mal avenidos. Es muy triste, pero no falla. Siempre hay alguna denuncia por no haber entregado a los niños, o por haberlo hecho a destiempo. Algo a lo que, por más que pasen los años, no me acostumbro.

Tampoco me acostumbro a que cada año por estas fechas aumentan los casos de violencia de género. No sé si es la convivencia, la fiesta, el alcohol o de todo un poco, pero no hay Nochebuena que no se salde con varios de estos casos. De los más tristes que recuerdo, el de un hombre mayor, al que trajeron en pijama y del que ninguno de  los hijos se quería hacer cargo después de que su mujer decidiera que no aguantaba más y lo denunciara entre lágrimas mientras él continuaba bramando contra ella, amenazándola ante nuestras propias narices.

Por lo demás, lo de siempre corregido y aumentado, como los carteristas que hacen su agosto en diciembre alentados por la afluencia de personas haciendo las últimas compras. Nada nuevo bajo el sol.

Gajes del oficio, que la delincuencia no descansa en Navidad como no descansamos quienes, de uno u otro modo, vivimos de ella.

Por eso hoy, desde el Juzgado de guardia, mi aplauso para quienes trabajan para que el resto puedan descansar. Feliz Navidad, con la esperanza de llegar a tiempo a comerme el cocido (que este año, salvo que la cosa se tuerza, sí que sí)

 

 

Muñecos de nieve: mi regalo


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Un año más, llega la Navidad. Y un año más, mi toga, mis tacones y yo queremos hacer un regalo en forma de relato a quienes cada martes y cada viernes -o alguno de ellos- leéis este blog.

Feliz Navidad

MUÑECOS DE NIEVE

(relato publicado en la antología Remos de plomo)

Llegamos al pueblo exhaustos. Hacía frío, el viaje era largo y pesado y los críos y mi madre lo acusaban en sus caras. Pero en ella había algo más. Mucho más. Era la viva estampa de la emoción contenida. Y no era raro. Era la primera vez que pisaba su pueblo desde aquel día que, siendo aún una niña, lo abandonó de noche, deprisa y corriendo, con solo lo puesto, huyendo de una guerra que no comprendía.

La casa estaba en pie. Su prima se había preocupado de mantenerla hasta el día que murió, dejándole en herencia un trozo de su infancia perdida enccerrada en aquellos muros de piedra.

A mis hijos, de diez y doce años, todo aquello les traía sin cuidado. Llegaron con la ilusión de vivir, por primera vez en su vida, un invierno con nieve. Y con la obsesión de hacer el muñeco más grande del mundo.

  • ¿Cuándo hacemos el muñeco de nieve?

Mi madre gritó que no con una voz desconocida. Una voz de pánico que nunca le había oído. Luego se desmayó, y llegué a creer que la perdía.

Al cabo de un buen rato, recostada en un sofá que todavía cubrían unas sábanas blancas, me lo contó todo.

No sabía cuánto tiempo hacía que había empezado la guerra. Pero tenían mucha hambre. La misma nieve que impedía que llegaran las tropas hasta allí, impedía también que llegara comida. Y lo poco que daba el campo se había helado. Su hermano Isidro, tres años mayor que ella, había salido, como todos los días, en busca de algo con que aplacar aquel agujero que tenían en el estómago.

Pero ese día no volvió la hora de siempre, ni después. Ya entrada la noche les avisaron que estaba prisionero en las dependencias del antiguo colegio, una improvisada prisión que montó el nuevo alcalde, el que se autonombró en cuanto el Alzamiento tuvo lugar.

Mi tío Isidro había cometido el terrible error de destrozar el muñeco de nieve que, enarbolando una bandera, estaba en la puerta del Ayuntamiento tratando de desafiar a la guerra para decir que era Navidad. En la única vez que pudo verle, le explicó que solo quería coger la zanahoria con que le habían construido la nariz.

Después de decirle aquello mientras unos guardias le conducían hasta un claro del bosque, no lo volvieron a ver vivo. Oyeron un estruendo, y supieron lo que había pasado.

Su hermano fue ejecutado, acusado de enfrentarse a la autoridad y de dañar bienes públicos. Todo por querer coger la zanahoria de un muñeco de nieve para dar de comer a su familia. Mi madre siempre pensó que el hecho de que aquel autonombrado alcalde fuera el rival de mi abuelo por un asunto de lindes de tierras tuvo mucho que ver, pero nunca pudieron probarlo. Y ni siquiera les dejaron ver el cadáver.

Había descubierto la razón por la que mi madre había odiado siempre las zanahorias, a las que decía tener alergia. Y ahora sabía también por qué odiaba los muñecos de nieve y, por extensión, cualquier decoración navideña.

Se lo conté a mis hijos. Adoraban a su abuela y sabía que serían capaces de renunciar a su capricho por no hacerle daño.

Al cabo de unos días, los niños nos llamaron. Nos querían dar una sorpresa. Nos llevaron a su padre, a su abuela y a mí hasta un claro del bosque. Habían construido, con sus manitas, un muñeco de nieve enorme, con la zanahoria más grande que nunca había visto por nariz. Al pie, un enorme cartel con letras doradas en el que ellos mismos habían escrito “en memoria de nuestro tío Isidro”

Mi madre lloró todo lo que no había llorado en su vida. A partir de entonces, no hubo invierno sin un muñeco de nieve llamado Isidro dando la bienvenida a nuestra casa.

 

Rabia: ni una menos


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Hay veces en que la rabia es tanta, que es imposible pensar en películas agradables, ni en canciones amables, ni en colores bonitos. Esos días que se convierten en Un día de furia, en que la rabia y la impotencia se mezclan en un Coctel tan terrible que no puedes quitarte el mal sabor de boca.

En días como éste, mi toga, mis tacones y yo misma nos ponemos de luto, y somos incapaces de abrir el telón si no es para hablar de ella, y de tantas como ella.

Ayer nos llegaba la noticia de que una joven profesora, de nombre Laura, había aparecido muerta con signos de violencia a los pocos días de su desaparición, en aquel lugar donde había acudido hacía nada con las esperanzas y la ilusión intactas de quien comienza un trabajo y una vida.

Es cierto que mucha gente ya temíamos lo peor. Aunque no quisiéramos pensarlo, no era la primera vez, aunque ojalá fuera la última. Una chica joven desaparece sin aparente motivo, y su cadáver aparece tiempo más tarde confirmando los más negros augurios. Ayer se llamaba Laura y era profesora, pero antes se llamó Celia y era jugadora de golf, y antes Diana, y mucho antes Marta, Anabel, Rocío, Sonia o Miriam, Toñi y Desiré. Y eso solo por citar algunos nombres de esa otra cifra de la vergüenza en la que da miedo pensar.

En mi vida toguitaconada, recuerdo un suceso ocurrido hace muchos años que me impactó especialmente. A mí y a toda la sociedad de la época, aunque cuando eres tú quien tiene que ir a levantar el cadáver, el impacto se multiplica por infinito. No destapo ningún secreto si digo de qué asunto se trata, porque en su día hizo correr ríos de tinta. Fue el de quien se conoció como el asesino en serie de Castellón, que asesinaba mujeres jóvenes por el hecho de serlo, aunque entonces todavía no hablábamos de machismo al referirnos a estos crímenes. Confieso que me costó mucho despegarme de las ropas y el cuerpo la sensación terrible de  ver aquel cuerpo desnudo y abandonado en un barranco, el cuerpo de quien antes sería una mujer llena de vida. Y todavía no me he desprendido de la rabia y la indignación de entonces, que reedito cada vez que alguien es asesinada por el sencillo hecho de haber nacido mujer.

Yo también fui una joven como ellas, con mucha vida por delante y muy poca por detrás. Yo también estuve llena de ilusiones en un futuro por estrenar, también protesté cuando mis padres me decían que volviera acompañada a casa y, pese a ello, también llegué más de una vez a mi portal apretando el paso y con las llaves en la mano al oír una respiración detrás de mí. Yo también pensé que exageraban y repliqué que sabía cuidarme solita. Pero el problema no era que yo supiera o no cuidarme, sino que existieran unos monstruos tales de los que había que cuidarse. Pensé entonces que cuando tuviera hijas, ellas nunca tendrían que aguantar semejantes sermones paternos porque la sociedad habría cambiado. Pero me equivocaba. Y hoy soy yo a quien toca advertirles a ellas como en su día hacían mis padres, mal que me pese.

Ya hace muchos años desde aquel 25 de noviembre de 1960 en que tres jóvenes dominicanas, las hermanas Mirabal, fueran asesinadas en un acto que dio lugar tiempo más tarde, a la instauración de el día para la eliminación de la violencia contra la mujer. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero el machismo sigue enraizado en los cimientos de la sociedad, y se sigue matando a mujeres por el hecho de serlo.

Buena prueba de ello fueron algunos de los comentarios que ayer se leían en redes sociales y foros varios ante el aluvión de espontáneos homenajes a Laura. Aunque parezca increíble, se leían mensajes contestando a quienes reclamaban protección para las mujeres, escupiendo su veneno en una sola frase: ¿y los hombres, qué? Pues los hombres no tienen que oír a sus padres pidiéndoles cuidado, ni tienen que agarrar las llaves para entrar corriendo en el portal y, sobre todo, no desparecen sin motivo alguno y aparecen muertos días más tarde asesinados por una mujer. Así son las cosas, aunque no haya peor ciego que el que no quiera ver.

Oigo voces indignadas clamando aumentos de penas y castigo, pero lamento decirles que el Derecho Penal no es la respuesta. Hará, sin duda, caer todo el peso de la ley sobre esos salvajes, pero nunca devolverá a Laura, y a todas las Lauras del mundo, a unos padres destrozados. Ninguna condena la devolverá a la vida ni hará que recobre el futuro que le han arrebatado.

Alguien contestó al cartel que he usado como imagen que sería mejor desear un año nuevo sin que ningún hombre violara, matara o agrediera a una mujer, en vez de desear que ninguna mujer fuera violada, matada o agredida. Y no les falta razón. Quizá ha llegado el momento de cambiar el foco de lugar, el momento en que los padres adviertan a sus hijos al salir de casa que respeten a las mujeres. Algo bastante menos obvio de lo que parece.

Hoy, el estreno de Con Mi Toga y Mis Tacones quiere ser un homenaje a Laura, y a todas las Lauras del mundo. Para ellas va un aplauso que ojalá no tuviera que repetir nunca. Porque hoy #TodasSomosLaura

 

 

Poder: ¿es querer?


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Muchas veces nos dicen eso de “querer es poder”, una manera de remachar aquello de que la voluntad mueve montañas. Y las mueve en muchos casos, pero en otros las montañas se quedan como estaban. La voluntad es fuerte, pero no es un imbatible Abrete Sésamo como en Ali Babá y los cuarenta ladrones, por más que nos gustara que así fuera siempre. De eso saben mucho los artistas, que por más que deseen y trabajen, no siempre consiguen el anhelado papel en el casting, ni el éxito con el que habían soñado tras el estreno de su obra. Querer es una cosa, y poder, otra. Cuando van juntas, miel sobre hojuelas. Y cuando no, ya se sabe, son Las cosas del querer.

Una vez más, tengo que empezar por explicar que este estreno es fruto de una pequeña diatriba entre varios tuiteros togados, a quienes he pedido convenientemente permiso. El delito de allanamiento de talento se está convirtiendo en una costumbre en mí, así que espero que nadie tome nota de ello para una próxima reforma, no vaya a tener que cambiar la toga y los tacones por el pijama de rayas. Pero justo es reconocerlo. Al César lo que es del César -y a su mujer a dejarla en paz, qué narices-

Como decía, debatían acerca de eso de si querer es poder, y de si todo es posible a base de voluntad -a la que ya dedicamos un estreno-. Y no seré yo quien dé con la respuesta, pero sí con algunos supuestos sacados de Toguilandia para decidirlo, con uno de esos finales abiertos al gusto del espectador.

Tal vez el momento más importante donde ese “querer es poder” se utiliza para animarnos, es en los estudios, y especialmente en la oposición. Aunque en ocasiones pueda tener el efecto contrario y hundirnos en la miseria. Me explico. Nos dicen eso de “querer es poder” para animarnos, para insistir en que el esfuerzo tiene su recompensa y el tesón  acabará llevándonos a La tierra prometida -que en este caso no es Xanadú sino Toguilandia- y pretenden con eso insuflarnos una inyección de ánimo cuando éste anda por suelos o amenaza con largarse por la ventana. Y, en un momento dado, puede servir, y de hecho sirve, para seguir adelante. Pero ¿qué pasa si el objetivo no se ha conseguido? ¿Nos creemos que no lo hemos querido lo bastante fuerte, esto es, que nos ha fallado la fuerza de voluntad? Nada más propio para hundirse en la miseria.

Y es que, aunque haya quien siga defendiendo que a la suerte hay que buscarla, a veces por más que busquemos, es peor que la famosa aguja del pajar. La suerte puede sernos esquiva tanto manifestada en un mal día, unos temas que dan ganas de cortarse la mano que cogió las bolas, unos competidores talla XXL plus extra que dejan nuestro examen a la altura del betún o unos examinadores con exceso de malas pulgas o famélicos de plazas a repartir. Y no solo eso: una desgracia familiar, una enfermedad, un accidente o cualquier otra eventualidad puede dar al traste con nuestro esfuerzo aun con la más fuerte de las voluntades. Así que querer es uno de los requisitos para poder, pero no el único. Ni muchísimo menos.

Contaba uno de mis compañeros de la orden del pajarito azul su propia experiencia, en la que una de estas circunstancias-la enfermedad de una hija, en su caso- le privó de lo que más quería, aprobar la oposición. Hubo de demorarlo hasta diez años más tarde que fue cuando, por fin, el poder y el querer se reconciliaron y olvidaron su divorcio.

Una vez dentro de Toguilandia, vemos a diario que poder no siempre es fruto de querer sin más. Por eso, quienes nos sentamos a una y otra parte de estrados, queriendo cada cual una cosa diferente y opuesta a la del otro, vemos cómo por más que lo deseemos, a veces no nos dan la razón. Y no se trata de quien lo había deseado con más fuerza, ni siquiera de quién lo hizo mejor, sino de una cosa tan simple como la aplicación de la ley por quien debe de interpretarla, el juez.  Que imagino que siempre querrá que le confirmen sus resoluciones -o, mejor aún, que no se las recurran- pero ha de conformarse con lo que diga el tribunal que resuelve el recurso. Así es la vida.

Pero si para alguien es evidente que querer no es poder ni mucho menos, es para nuestros queridos investigados/ acusados. Obviamente, todos y todas quieren que su asunto se archive, y lo quieren mucho, pero muchos son los que no lo consiguen, por más que añadan a su voluntad una jaculatoria a Santa Rita y otra a San Judas Tadeo, que no sé cuál de los dos va mejor para estas cosas. Y, conforme avanzan pasos en el camino de la imputación -de sospechoso a investigado, de investigado a acusado, y de ahí a condenado, sin firmeza y luego con ella- se van reduciendo sus posibilidades de que querer salirse de rositas implique poder hacerlo.

No obstante, los casos donde más confusión he encontrado entre el querer y el poder son los relacionados con la violencia machista en sus múltiples manifestaciones. El acoso sería el paradigma. El acosador quiere que la acosada le haga caso, y por eso se cree que puede hacer cualquier cosa para lograrlo. A veces, no son cosas a priori malas, incluso podrían ser buenas en otro contexto. Recuerdo el caso de un muchacho empeñado en que una chica le hiciera caso a base de ponerse cada día en su portal a leerle poesías a voz en grito. Y no hubo manera de explicarle que querer -o quererla, como él decía- no era suficiente para que ella respondiera a sus deseos.

Y seguro que quien haya llevado asuntos en los juzgados de violencia de género ha pasado más de una vez por la experiencia del acusado recalcitrante que quebranta la condena una y otra vez, y nos repite “es que yo quiero verla”. Pues no señor, usted quiere pero no puede. Esto es lo que hay.

Así que la próxima vez que oigamos eso de “querer es poder” pongámoslo, al menos, en cuarentena. Una reflexión con la que acabo este estreno. Sin olvidar, por supuesto, el aplauso, dedicado esta vez a quienes lo inspiraron. Gracias de nuevo. En este caso, os lo quiero agradecer, y puedo hacerlo.

Remos de plomo: la familia crece


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Las familias numerosas son un clásico en el cine, el teatro y la tele. La gran familia, La familia y uno más, Doce fuera de casa, Con ocho basta o Los problemas crecen son solo algunos ejemplos de ello. Y series como Cuéntame, de prolongada emisión en el tiempo, nos muestran cómo sus protagonistas se hacen mayores y van llegando otros nuevos.

Algo así estoy viviendo en mi cara B, la de escritora. Con mi toga y mis tacones ya ha cumplido cuatro años  y a lo largo de ellos ya he contado en sus respectivos estrenos cómo daba a luz a mi primer vástago de papel en solitario, Mar de lija  y el de mi primera novela, Descontando hasta cinco.  Hace poco bauticé también a Balanza de género, mi ensayo sobre perspectiva de género en la justicia del que no diré más porque también tendrá su propio papel protagonista en otro momento. Y ahora vengo a contar, en este estreno algo atípico, el nacimiento y puesta de largo del nuevo miembro de la saga, Remos de plomo. El evento ha tenido lugar en el Casino de Agricultura de Valencia, un entorno muy querido que ya va siendo familiar a mis criaturas, y con el amadrinamiento del president de les Corts Valencianes, Enric Morera, que me hizo el honor de estar en la mesa de presentación junto a mis dos editores, Mauro Guillén, el de siempre, y Antonio Martínez, que compartía estreno de nueva editorial, El talón de Aquiles.

Pero como Con Mi toga y Mis Tacones no es un informativo, sino un blog con sus propias características, no me extenderé más en la crónica y sí lo haré un poco más en las sensaciones, que fueron muchas y muy hermosas. Puedo decir, aun arriesgándome a resultar cursi -que lo soy- que ayer fui feliz. Como toda madre orgullosa, veía a mi criatura como la más guapa de todas, y quise enseñársela a todos los familiares, amigos y seguidores que tuvieron a bien acompañarme, tanto  en persona, como quienes no pudieron estar en persona pero lo estuvieron en espíritu. Juró que os ví

Mi niño  no venía solo, claro está. Lo había vestido con una portada preciosa Vicente Greus, un gran fotógrafo que siempre se deja atracar por esta toguitaconada. También le han ayudado a estar guapo desde la editorial el Talón de Aquiles, sin olvidar los retoques necesarios de la corrección de Teloseditamos. Y, como guinda del pastel, el magnífico prólogo de Fani Grande, otra de las damnificadas por mis atracos. A este paso, el día menos pensado me veo sentada ante algún colega acusada de allanamiento de talento, aunque siempre podré alegar la atenuante de estado de necesidad. Porque eso es para mí escribir, una necesidad imperiosa. Cuando me escribo encima, no hay nada ni nadie que pueda remediarlo.

He de reconocer que hasta hace algún tiempo me costaba reconocerme en la palabra “escritora”. Son tantos y tantas, y tan grandes, que me parecía demasiada palabra para una humilde toguitaconada como yo. Pero al correr del tiempo, o me he vuelto menos escrupulosa o me he convencido a mí misma, y ya no me da ningún reparo utilizar el término. Soy escritora porque escribo, y, además, tengo la inmensa suerte de que le publiquen y me lean e, incluso, a decir de algunos, que les guste. Pocas cosas pueden hacer más afortunada a una persona que algo así.

Podría hablar de muchas de las personas que ayer me acompañaban. Mis amigas de siempre, y las que, aun con menos tiempo, han llegado a formar parte indispensable de mi vida, mi familia, siempre presente cuando hace falta, compañeras y compañeros de letras y personas a las que he conocido trabajando pero con las que he forjado lazos que van mucho más allá de la toga y los tacones. Pero entre todas esas personas maravillosas, destacaré un par de ejemplos de la magia del momento.

El primero de ellos es, sin duda, la sonrisa de mi madre, esa mujer maravillosa sin la cual no sería lo que soy, y que, a sus noventa y cuatro años, sigue dándome ejemplo cada día. La sonrisa de satisfacción que lucía era como para escribir varios libros. Y seguro que lo haré.

Ella, además, me regaló un momento muy especial, el reencuentro con alguien a quien no veía desde hace más de sesenta años. La televisión, las redes y, sobre todo, el destino, quisieron que esa persona reconociera en mí, aun sin conocerme, a la hija de alguien que fue muy importante en su pasado, cuando era niño y España atravesaba los más duros momentos. Cuanta emoción en ese reencuentro y en esa historia interrumpida y hoy recuperada tanto tiempo después.

A la otra persona a la que quiero dedicar unas líneas es a alguien que conocí siendo víctima y hoy es una superviviente, además de una querida amiga. Un día, hace tiempo, cuando todavía se escondía tras una imagen pixelada y una voz distorsionada, me prometió que llegaría el momento en que mostraría abiertamente su cara y su voz. Hoy lo hace, y me acompañaba en este acto. Y solo por sus palabras de cariño hacia mí y hacia mi obra valdría la pena escribir no un libro sino una saga entera.

Para acabar, hablaré un poco de la criatura, cómo no. Remos de plomo es una antología de relatos que tiene una cierta continuidad con su antecesora, Mar de lija, aunque se lean por separado. El título simboliza las dificultades en las que nos encontramos las mujeres para avanzar en un mundo en el que la igualdad todavía no es una realidad completa. Ojala pronto pudiera escribir una continuación que tuviera por título “llegada a buen puerto”. Hasta entonces, seguiré utilizando la literatura para, además de entretener -o intentarlo- ejercer la responsabilidad social que nos compete a todas las personas.

Y hoy, no me resta otra cosa que brindar mi aplauso a todas las personas que, desde el salón o desde la distancia, me acompañaron. Mil gracias por estar ahí, hoy y siempre.

Ah, y dejar el enlace de Amazon, claro

Constitución: feliz cumpleaños


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Ya hemos comentado más de una vez que al mundo del espectáculo le gusta celebrar aniversarios y efemérides varias. Cualquier excusa es buena para ponerse de tiros largos y posar en el photocall, aprovechando, si surge, para promocionar el próximo estreno. Y hasta lo emplea en sus propios títulos, como El aniversario, Feliz aniversario o, simplemente, Celebración.

También nuestro escenario tiene sus efemérides. Y aunque las hay más o menos importantes, hay una que no podemos pasar por alto: el 40 aniversario de nuestra Constitución. Que coincide, por buscarle una pareja cinematográfica, con el de Grease, el musical que nos marcó a toda una generación.

Me vais a perdonar si me pongo un poco en modo abuela cebolleta, que una tiene sus años y, además de canas y arrugas -y veteranía , por supuesto- alguna ventaja me tenía que dar. Imaginadme, para haceros una idea, como María, la hermana pequeña de Cuéntame, que a veces creo que mi madre  les prestó fotos mías para vestirla igual.

Cuando yo nací no había Constitución. Era muy niña cuando se aprobó, tanto que apenas recuerdo poco más que el hecho de que en la tele estaban pesadísimos. He de confesar que, en esa época, me parecían bastante más importantes Olivia Newton John y John Travolta y su Happy end en aquel Instituto Ryder al que me hubiera encantado ir, porque no hacían otra cosa que bailar y cantar y ponerse estupendos modelitos y no había una sola escena que estuvieran dando clase o haciendo exámenes.

Con  el tiempo, la balanza de la importancia fue inclinándose a favor de la Constitución en contra de Olivia y John y sus gorgoritos. Una se hace mayor, aunque también he de confesar que no me pierdo ninguna reposición de Grease y que salgo a la pista como una posesa si en una verbena o una boda suenan los acordes del “Tell me more” o del acachudermotuplayer. Pero ya hace tiempo que perdí mi álbum y mis carpetas forradas de escenas de Grease y, sin embargo, conservo como oro en paño el primer ejemplar de la Constitución, que me dieron en el colegio por cortesía del Ayuntamiento, y el primero que tuvo mi padre, ese con fondo ocre que he visto en más de un nostálgico tuit,  como el de la compañera que me ha prestado la imagen.

La cuestión es que, por suerte para mí, crecí como si el hecho de tener una Constitución fuera normal, sin acabar de ser consciente de que durante los cuarenta años anteriores no lo había sido en absoluto. Conforme me fui haciendo adulta, empecé a ser consciente de ello, y, cuando me decidí a encaminar mis pasos hacia Toguilandia, tuve, además, que estudiarlo. Por supuesto, el día que me puse mi toga y mis tacones por vez primera, me sabía a pies juntillas la Constitución enterita, incluidos esos enormes artículos 148 y 149 sobre las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas a los que tanto debo, ya que me salió ese tema en el examen y creo que fue la clave no solo para aprobar sino para hacerlo con buena  nota. Y la verdad es que les debía un homenaje al estilo de Lola Flores, que siempre decía eso de su público, al que tanto quiero y al que tanto debo.

También he de decir que fue una buena inversión. Además del impagable aprobado, con su pasaporte a Toguilandia incluido, es una de las pocas materias que no han cambiado casi, apenas un par de retoques que cabrían en un folio de las famosas actualizaciones de los apuntes.

Eso me lleva a la pregunta seria de este estreno, que cualquier peli que se precie tiene que tener un mensaje. ¿Hace falta reformar la Constitución? ¿Necesita una buena capa de chapa y pintura, como cualquier edificio por bien construido que esté?. No contesten ahora, háganlo al final del post.

Es cierto que todos los partidos coinciden en que algo hay que reformar, aunque en lo que no coincidan tanto es en el qué. Yo le daría una vueltita al lenguaje, que sonara un poco más inclusivo. Eso de que el término “mujer” solo salga dos veces, y sea para decir que será preferido el varón sobre la mujer en la sucesión del trono, me chirría. Y creo que también le chirría al propio texto y a su artículo 14, que proclama la igualdad.

También retocaría alguna que otra cosita, aunque voy a dejarlas a la imaginación de cada cual para mantener el suspense. Creo que ya ha pasado suficiente tiempo para que podamos revisarla sin complejos, aunque no creo que llegara a desgastar la punta de mi lápiz rojo.

Eso sí, a quienes daría un toque, y no un retoque, sería a quienes se empeñan en patrimonializar la Constitución para sí, declarándose constitucionalistas a machamartillo y arrogándose la pertenencia de un texto que pertenece a todo el mundo. No quisiera que pasase como con la bandera, que ha acabado por identificarse con determinada tendencia aunque no debiera ser así. Y, de paso, recordaría que la Constitución tiene más de un artículo, que a veces parecen olvidarlo.

Si me dan a elegir, me quedo con toda la parte dedicada a los derechos fundamentales, porque creo que ahí late nuestra esencia. Aunque no puedo por menos que mostrar mi debilidad por el título relativo al poder judicial y, en concreto, a ese artículo 124 dedicado al Ministerio Fiscal. Cosas de la fiscalita que llevo dentro, y que no me perdonaría si no dijese.

Así que este es el The End de este estreno. Ahora, que cada cual decida si hace falta una reforma y dónde. Mientras tanto, mi aplauso es para nuestra Constitución y por quienes, desde sus distintos puestos, hacen cada día que se cumpla. Feliz aniversario.

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Guardias: en bucle


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Pocas veces una película ha descrito una sensación mejor que Atrapados en el tiempo.  El famoso Dia de la Marmota se ha convertido en un clásico para aludir a esa sensación de encontrarse por enésima vez en el mismo lugar haciendo la misma cosa. En bucle. Si estuviéramos en Casablanca, a buen seguro que mandaríamos a Sam al guano y le suplicaríamos que no la tocara otra vez.

Pero nuestro teatro dista mucho del escenario de esa ciudad y quienes lo habitamos no somos Humphrey Bogart ni Ingrid Bergman, así que no hay pianista a quien pedirle nada. A nuestro pianista, quien quiera que sea el encargado de marcar la melodía de Toguilandia, solo le podemos pedir una cosa: si hemos de hacer algo, que sea en unas condiciones dignas.

Ya dediqué un estreno, en los inicios de este blog, al Juzgado de Guardia. Por eso no me extenderé en machacar sobre la importancia de las cosas que allí se hacen. Pero, llegado este momento, contaré más bien cómo se hacen -o cómo no se hacen- y cómo se debieran hacer.

Cuando pienso en las guardias, siempre recuerdo a una compañera, que contaba que su hija, preguntada en el cole por el trabajo de su mamá, dijo “no sé, siempre trabaja en la guardia”. Ninguna de sus amiguitas acertó sobre cuál era el trabajo de su madre, de inmediato lo relacionaban con ser médico o policía. Y debe ser por eso, porque se conoce poco, por lo que pasa lo que pasa.

El hecho de estar de guardia marca los tiempos de nuestras vidas como nadie que no esté en el ajo podría hacerse idea. Cuando mi hija era pequeña, un día me dijo muy seria que había descubierto la causa de la violencia de género. Ante tan singular anuncio, me dispuse a prestar orejas a lo que tuviera que decirme, no fuera a ser que una niña de 8 años hubiera dado con la fórmula que llevamos tanto tiempo buscando. Totalmente convencida, aseguró que “los malos maltratan el día que estás de guardia, porque saben que tengo examen, para que no puedas ayudarme a estudiar y suspenda». A punto estuve de hablar con su profe para que cuadrara los exámenes con mis guardias, a ver si tenía razón. No hubo suerte, claro está, pero sirva esta anécdota para comprobar la incidencia en nuestras vidas de ese hecho repetitivo de “estar de guardia”.

Aunque la gente no lo crea, en Toguilandia hay más modalidades de guardia que canciones en un musical. En las ciudades grandes hay guardias de 24/48 horas en los juzgados de instrucción, a las que se suman las guardias de Menores y de Violencia de Género -generalmente, de 3 días-, y la guardia de delitos leves -antigua guardia de faltas-. En el resto de partidos judiciales, las guardias son de una semana seguida, a la que se suma el famoso octavo día, dedicado a juicios rápidos sin detenido. Ese es el esquema básico, con todas las variantes posible, para juzgados.

En cuanto a Fiscalía, las modalidades se multiplican hasta el infinito. Salvo en el caso de Juzgados de Instrucción de grandes capitales, en que hay un fiscal por juzgado, la mayoría de partidos comparten fiscal con otro u otros juzgados, lo que hace imposible el esquema de que el fiscal haga la guardia del juzgado al que está adscrito. Así que se agrupan como se puede, y se gestionan por semanas. Tanto en el caso de jueces, como de fiscales o LAJ, una semana entera con disponibilidad las 24 horas del día, con una periodicidad que va desde una cada dos semanas, hasta una al mes más o menos -salvo en partidos judiciales de un solo juzgado, de guardia siempre-. Y, aunque mi madre siempre me dijo que estaba feo hablar de dinero, desobedezco sus consejos para contar que ese tiempo está pagado a razón de cantidades que a veces no llegan a 1 euro la hora. O sea, que ni siquiera da para pagar a alguien que cuide a nuestras criaturas mientras.  Además se cobra a unos tres meses vista, con suerte.

A todo esto hay que añadir que, tras la supresión de los sustitutos para estas cosas, por más que estés de vacaciones, hay que volver a hacer la guardia y seguir con las vacaciones después, con lo que es difícil encadenar más de 10 días de vacaciones seguidos, lo que hace imposible la necesaria desconexión. Tampoco se cuentan los fines de semana trabajados a efectos de vacaciones, así que en cómputo global, trabajamos más días al año, sin que ello se compense con días de vacaciones o libranza, salvo los arrancados a golpe de recurso y con una interpretación restrictiva.

Y una cosa más. El servicio en los juzgados de violencia sobre la mujer -salvo los de Madrid, Barcelona, Sevilla y Valencia, por tener cuatro o más juzgados- no se retribuyen, aunque se atiendan detenidos y otras cosas exactamente igual. Eso sí, no atienden por la tarde ni en fin de semana porque el legislador ha decidido que la especialización para la mayoría de partidos judiciales solo exista en horario de oficina.

No me olvido de los letrados y letradas. Confieso que soy incapaz de comprender, y menos transcribir, los diferentes sistemas que, según Colegios, utilizan para distribuir las guardias. Pero lo bien cierto es que van como pollos sin cabeza de comisaría a juzgados -a veces con muchos kilómetros de distancia- y no solo el día que teóricamente están de guardia, sino que cotinuan el día siguiente -o los días- para solventar los famosos flecos de la guardia, tantos que acaban pareciendo el mantón de Manila  de las chulapas de Don Hilarión. El detenido de ayer al que se toma declaración hoy, la víctima que no encontraron y de pronto aparece, la diligencia que quedó pendiente… Y todo eso al módico precio de alrededor de 3 euros la hora, que se cobrarán cuando los sapos bailen flamenco, día arriba, día abajo

Así estamos y así seguimos. Porque parece que decidir sobre la libertad de una persona, o sobre cómo proteger a una víctima, no está suficientemente valorado por quien tendría que hacerlo.

La idea de este estreno me surgió a raíz de un tuit de una compañera, que se quejaba amargamente de que pasaría las navidades completas, por segundo año consecutivo, a muchos kilómetros de su pareja y su familia por gentileza del servicio de guardia. Tampoco yo sé a qué hora tomaré el cocido de Navidad ni si lo haré por la misma razón, aunque, con todo, sea una privilegiada que, tras 26 años de carrera “solo” tengo hipotecados 1 de cada 7 días laborables y 1 de cada 7 fines de semana.

Las guardias son necesarias, sin duda. Son el modo de cumplir con el derecho a la tutela judicial efectiva que consagra como un derecho nuestra Constitución. Precisamente por eso, deberían ser reguladas y retribuidas de un modo digno y razonable.

Por todo eso, mi aplauso es hoy para quienes siguen hipotecando horas de su vida en un juzgado de guardia en pro de una justicia que no siempre es justa con quienes la administramos. Buena guardia.

Dichos: a hacer puñetas


hasta luego mari carmen

Los dichos populares pueden ser un verdadero filón para el cine y el teatro. Tanto los que viene de toda la vida como los que van tomando cuerpo desde los propios escenarios, impregnan obras y hasta copan títulos, incluso haciendo juegos de palabras más o menos ingeniosos. Aquí no hay quien viva o algunos títulos de la época de los 70 del cine español como La Lola nos lleva al huerto o Los extremeños se tocan, dan buena cuenta de ello. Aunque en otros casos, son desde el propio cine desde donde se trasladan a la vida real. O acaso no hemos dicho nunca eso de “Hasta el infinito, y más allá”, “Más madera” o “…y dos huevos fritos”? Seguro que sí

Aunque no lo parezca, somos tan proclives a estos dichos como cualquier otro ámbito de la vida. Ya hablamos en otro estreno de las frases hechas pero tal vez es el momento de darle otra vuelta. Porque, como en botica, hay de todo. Y ya se sabe que para gustos hay colores.

Algunos de estos dichos son aplicables a nuestro propio modo de funcionar. El Visteme despacio, que tengo prisa, es un buen consejo para cualquier asunto complejo que tengamos que acometer. Y eso de En casa del herrero, cuchara de palo, algo que nos pasa a diario, cuando por ejemplo hemos de decidir sobre los derechos laborales de la gente y no  logramos que reconozcan los nuestros.

La violencia de género también tiene lo suyo, y aunque haya quien no lo crea, todavía hay gente que nos dice eso de que Los que se pegan se quieren o su versión más cruda, Me pega porque me quiere. Yo reconozco que si algún investigado me sale con esas, tengo unas ganas enormes de decirle que No me toque las palmas que me conozco, pero prefiero quedarme callada y aplicarme lo de que a palabras necias oidos sordos.

Incluso la jurisprudencia tiene su propio dicho popular. Tanto vale lo de que Más sabe el diablo por viejo que por diablo, como que todos hemos sido cocineros antes que frailes,aunque no hayamos tocado un fogón ni vestido hábito en la vida. Porque de todo el mundo es sabido que el hábito no hace al monje. Hasta se puede alegar la necesidad de especialización acudiendo al tan conocido Zapatero a tus zapatos, lo contrario de valer igual para un roto que para un descosido o que ser aprendiz de todo y oficial de nada.

Los enfrentamientos dialécticos en juicio también dan para alguno que otro de estos dichos.  Siempre podemos aplicar aquello de Al enemigo ni agua para no descubrir antes de tiempo nuestra estrategia procesal, y pedir Más madera cuando hemos decidido sacar toda la artillería pesada. Y si las cosas no salen como una espera, ya sabemos, Más se perdió en Roma. Aunque, cuando llegan a términos inaguantables, bien podría sustituirse el puñetazo en la mesa, que nunca queda fino, por un dicho muy de mi tierra, Hasta aquí llegó la riada.

¿Y que hacer cuando no sabemos cómo comportarnos ante un imprevisto? Pues está claro, si vas a Roma, haz como los romanos, y no olvides que en Derecho todo es discutible porque todos los caminos conducen a Roma.

Lo que no me gusta nada es prejuzgar por las apariencias. Ya sabemos que las apariencias engañan, y eso de la mujer del César debería desterrarse de una vez de nuestro vocabulario. La mujer del César puede hacer lo que le venga en gana, que es el comportamiento del César el que importa. Pero a veces, hay que callarse, que hay quine vale más por sus silencios que por sus palabras. O vayamos a pasarnos de listillos, que seguro que alguien nos sale con lo de consejos vendo que para mí no tengo. Que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.

Para acabar, un dicho que se ajusta como un guante al Ministerio Fiscal. Eso de ser como la tripa de Jorge, que se estira y se encoge -versión castiza del Mc Gyver que hace un telescopio con un chicle y una goma del pelo-. Porque para todo nos llaman, alegando que igual valemos para un roto que para un descosido.

Así que ahí queda eso. Me iba a despedir con un Hasta luego Lucas propio de los tiempos de Chiquito de la Calzada, pero habré de optar para que no me digan que tengo más años que las cuevas de Altamira, por un mucho más moderno Hasta luego Maricarmen.

Solo me queda el aplauso, que hoy va dedicado a quienes me leen, con un abrazo extra.Que es de bien nacida ser agradecida