Poder: ¿es querer?


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Muchas veces nos dicen eso de “querer es poder”, una manera de remachar aquello de que la voluntad mueve montañas. Y las mueve en muchos casos, pero en otros las montañas se quedan como estaban. La voluntad es fuerte, pero no es un imbatible Abrete Sésamo como en Ali Babá y los cuarenta ladrones, por más que nos gustara que así fuera siempre. De eso saben mucho los artistas, que por más que deseen y trabajen, no siempre consiguen el anhelado papel en el casting, ni el éxito con el que habían soñado tras el estreno de su obra. Querer es una cosa, y poder, otra. Cuando van juntas, miel sobre hojuelas. Y cuando no, ya se sabe, son Las cosas del querer.

Una vez más, tengo que empezar por explicar que este estreno es fruto de una pequeña diatriba entre varios tuiteros togados, a quienes he pedido convenientemente permiso. El delito de allanamiento de talento se está convirtiendo en una costumbre en mí, así que espero que nadie tome nota de ello para una próxima reforma, no vaya a tener que cambiar la toga y los tacones por el pijama de rayas. Pero justo es reconocerlo. Al César lo que es del César -y a su mujer a dejarla en paz, qué narices-

Como decía, debatían acerca de eso de si querer es poder, y de si todo es posible a base de voluntad -a la que ya dedicamos un estreno-. Y no seré yo quien dé con la respuesta, pero sí con algunos supuestos sacados de Toguilandia para decidirlo, con uno de esos finales abiertos al gusto del espectador.

Tal vez el momento más importante donde ese “querer es poder” se utiliza para animarnos, es en los estudios, y especialmente en la oposición. Aunque en ocasiones pueda tener el efecto contrario y hundirnos en la miseria. Me explico. Nos dicen eso de “querer es poder” para animarnos, para insistir en que el esfuerzo tiene su recompensa y el tesón  acabará llevándonos a La tierra prometida -que en este caso no es Xanadú sino Toguilandia- y pretenden con eso insuflarnos una inyección de ánimo cuando éste anda por suelos o amenaza con largarse por la ventana. Y, en un momento dado, puede servir, y de hecho sirve, para seguir adelante. Pero ¿qué pasa si el objetivo no se ha conseguido? ¿Nos creemos que no lo hemos querido lo bastante fuerte, esto es, que nos ha fallado la fuerza de voluntad? Nada más propio para hundirse en la miseria.

Y es que, aunque haya quien siga defendiendo que a la suerte hay que buscarla, a veces por más que busquemos, es peor que la famosa aguja del pajar. La suerte puede sernos esquiva tanto manifestada en un mal día, unos temas que dan ganas de cortarse la mano que cogió las bolas, unos competidores talla XXL plus extra que dejan nuestro examen a la altura del betún o unos examinadores con exceso de malas pulgas o famélicos de plazas a repartir. Y no solo eso: una desgracia familiar, una enfermedad, un accidente o cualquier otra eventualidad puede dar al traste con nuestro esfuerzo aun con la más fuerte de las voluntades. Así que querer es uno de los requisitos para poder, pero no el único. Ni muchísimo menos.

Contaba uno de mis compañeros de la orden del pajarito azul su propia experiencia, en la que una de estas circunstancias-la enfermedad de una hija, en su caso- le privó de lo que más quería, aprobar la oposición. Hubo de demorarlo hasta diez años más tarde que fue cuando, por fin, el poder y el querer se reconciliaron y olvidaron su divorcio.

Una vez dentro de Toguilandia, vemos a diario que poder no siempre es fruto de querer sin más. Por eso, quienes nos sentamos a una y otra parte de estrados, queriendo cada cual una cosa diferente y opuesta a la del otro, vemos cómo por más que lo deseemos, a veces no nos dan la razón. Y no se trata de quien lo había deseado con más fuerza, ni siquiera de quién lo hizo mejor, sino de una cosa tan simple como la aplicación de la ley por quien debe de interpretarla, el juez.  Que imagino que siempre querrá que le confirmen sus resoluciones -o, mejor aún, que no se las recurran- pero ha de conformarse con lo que diga el tribunal que resuelve el recurso. Así es la vida.

Pero si para alguien es evidente que querer no es poder ni mucho menos, es para nuestros queridos investigados/ acusados. Obviamente, todos y todas quieren que su asunto se archive, y lo quieren mucho, pero muchos son los que no lo consiguen, por más que añadan a su voluntad una jaculatoria a Santa Rita y otra a San Judas Tadeo, que no sé cuál de los dos va mejor para estas cosas. Y, conforme avanzan pasos en el camino de la imputación -de sospechoso a investigado, de investigado a acusado, y de ahí a condenado, sin firmeza y luego con ella- se van reduciendo sus posibilidades de que querer salirse de rositas implique poder hacerlo.

No obstante, los casos donde más confusión he encontrado entre el querer y el poder son los relacionados con la violencia machista en sus múltiples manifestaciones. El acoso sería el paradigma. El acosador quiere que la acosada le haga caso, y por eso se cree que puede hacer cualquier cosa para lograrlo. A veces, no son cosas a priori malas, incluso podrían ser buenas en otro contexto. Recuerdo el caso de un muchacho empeñado en que una chica le hiciera caso a base de ponerse cada día en su portal a leerle poesías a voz en grito. Y no hubo manera de explicarle que querer -o quererla, como él decía- no era suficiente para que ella respondiera a sus deseos.

Y seguro que quien haya llevado asuntos en los juzgados de violencia de género ha pasado más de una vez por la experiencia del acusado recalcitrante que quebranta la condena una y otra vez, y nos repite “es que yo quiero verla”. Pues no señor, usted quiere pero no puede. Esto es lo que hay.

Así que la próxima vez que oigamos eso de “querer es poder” pongámoslo, al menos, en cuarentena. Una reflexión con la que acabo este estreno. Sin olvidar, por supuesto, el aplauso, dedicado esta vez a quienes lo inspiraron. Gracias de nuevo. En este caso, os lo quiero agradecer, y puedo hacerlo.

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