La clase social es algo que se refleja, en todas partes, nos guste o no. Nuestros derechos serán los mismos, pero la realidad no siempre lo es, y eso se ve claramente en cine y teatro. Entre La pequeña cerillera de Dickens, o la pobreza de Las cenizas de Ángela a la Alta sociedad hay un mundo. Y los ejemplos podían ser miles, en un extremo y otro. C’est la vie
En nuestro teatro debiéramos decir que no hay reflejo de clase social alguna. Pero eso sería tanto como vivir en Los mundos de Yupi y no asomar siquiera la cabeza para que un soplo de realidad nos estropee nuestro particular planeta. Y eso no es posible
La clase social, o, más bien, la clase económica marcada por el poder adquisitivo, se nota a uno y otro lado de estrados. Aunque en algunos casos, no tanto como venden, o como quieren vender.
Se dice hasta la saciedad que quienes formamos parte de Toguilandia, especialmente jueces y fiscales, tenemos un árbol genealógico florido y ascendientes con una cuenta corriente no solo florida sino floreciente. He leído poco menos que sin apellidos compuestos y rimbombantes, era difícil entrar en esto. Pero se equivocan. Aquí hay de todo, como en botica, como ya contamos en el estreno dedicado al tesón. De hecho, las últimas estadísticas recién salidas de la escuela Judicial desvelan que lo de que la mayoría descendemos de rancio abolengo toguitaconado es una leyenda urbana, y la mayoría viene de ámbitos donde nadie había oído eso de “visto para sentencia” más que en las películas.
No obstante, no seré yo quien peque ahora de ingenua y me quede en esos Mundos de Yupi de los que antes hablaba. Hay que reconocer que unas circunstancias económicas favorables o, al menos, no demasiado adversas, son casi imprescindibles para llegar a ser juez o jueza o fiscal –también para ser Inspector de Hacienda o Registrador de la Propiedad, aunque de eso nadie hable- Me refiero a la posibilidad no solo de pagar un preparador sino de poderse permitir no trabajar durante un numero indeterminado de años. Y sí, hay becas –pocas- y algún ofrecimiento de preparación gratuita, pero no es la regla general. Como tampoco lo es aprobar mientras se trabaja, aunque haya un puñado de valientes que así lo hicieron y lo lograron, ante quienes hay que quitarse el sombrero. Pero de admitir una obviedad como esta a describirnos a todos como hijos de papá sin más mérito que nuestra herencia hay un mundo. La carrera judicial y la fiscal están llenas, y cada vez más, de gente de toda procedencia, que ha llegado con su esfuerzo, y con el esfuerzo de sus familias para hacerlo posible.
Donde quizás es más evidente la influencia de la clase social o, más bien, socioeconómica, es al otro lado de estrados. Los delincuentes habituales pertenecen en muchos casos a familias donde la delincuencia ha sido un modo de vida y es difícil salir del círculo. En algunos ambientes desestructurados y faltos de recursos, la delincuencia, generalmente menor, se convierte en una salida a la que muchos llegan por inercia. Cuando a esto se suman adicciones, el coctel está servido. Porque, aunque hay quien afirma que las drogas igualan a las personas, no es del todo cierto. Aunque el sufrimiento sea el mismo, e incluso los hechos a los que la adicción lleve, no son las mismas las posibilidades de deshabituación y rehabilitación según la familia de cada cual. Es lo que hay.
Ahora bien, reconocer ciertas realidades no nos debe llevar a caer en el estereotipo. No se puede estigmatizar al pobre porque lo sea ni tampoco al rico, ni mucho menos asignarles el binomio delincuencia/honradez según su procedencia. Nada más lejos de la realidad, Y cada día más.
Hay, por ejemplo, un tipo de delitos que requieren que el autor pertenezca a determinada clase privilegiada. Hablo de los delitos de corrupción, que tanto han azotado a nuestro país durante una época. Es evidente que si no se ostenta una situación determinada de poder, no se pueden cometer estos delitos. Lamentablemente, aunque he visto peleas entre indigentes con terribles resultados por una esquina donde mendigar, esto nunca sería tráfico de influencias.
Otra realidad preocupante es la que pretende enlazar la condición de inmigrante con la de delincuente. La constante y machacona alusión a los menores no acompañados con el despersonalizante acrónimo de “menas” para acusarles de todo tipo de delitos es algo que vemos a diario. Y, como dice el refrán, injuria, que algo queda. Así que estas personas en condiciones tan difíciles ven aumentar esas dificultades por el hecho de señalarles como delincuentes. Y aquí, como siempre, de todo hay.
Por último, hay que hablar de esos delitos respecto de los que siempre hay alguien que dice “fue condenado, pero…” o, por decirlo de otro modo, lo que algunos llaman “delitos de personas normales”. He oído varias veces expresiones parecidas en las que, aunque subyace una discriminación y clasismo importante, mucha gente se identifica. El tipo paradigmático de estas situaciones sería el de los delitos contra la seguridad vial, en los cuales el elenco de posibles autores es amplísimo. Por suerte, y a base de campañas de concienciación, poco a poco desaparece esa permisividad social para este tipo de delitos. La gravedad de las consecuencias así lo imponía.
Sin embargo, otro caso donde aun no se ha dado ese paso de conciencia social completa es en la violencia de género. Todavía escuchamos con frecuencia a personas que dicen que conceptúan estas condenas como injustas o que, directamente, niegan la existencia de estos delitos. Y si a eso sumamos quienes tildan directamente a todas las mujeres de mentirosas y de interponer, un día tras otro, denuncias falsas , el motivo de preocupación está servido. Y el trabajo por hacer, también.
Por todo esto hoy pido el aplauso para todas las personas que luchan porque la igualdad sea un hecho, a uno y otro lado de estrados, sin que la clase social o económica suponga nada más que un dato estadístico. Gracias por marcar el camino
El conocimiento de nuestro cuerpo es fuente frecuente de obras de arte, ya lo contaba visualmente Rembrandt en la Lección de anatomía. Y es que Nuestro cuerpos y nuestras almas son el principio y el fin de todo. En el mundo del cine, la anatomía se usa tanto en sentido figurado, como en Anatomía de un asesinato, como en un sentido tan real que una confusión en un cerebro conservado u otro da lugar a una obra maestra como El jovencito Frankenstein. Sin olvidar que el Frankenstein que le precedió, tanto en su versión literaria como en las versiones cinematográficas, nunca hubieran existido sin esos laboratorios donde se estudiaba el cuerpo humano.
En nuestro teatro la anatomía tiene mucha más influencia de lo que a primera vista pudiera parecer, y en los más diversos ámbitos. Y no me refiero, por supuesto, al cuerpo serrano de Sus Señorías ni del resto de habitantes de Toguilandia. Faltaría más.
Cuando una habla de anatomía y Derecho, lo primero que se suele venir a la cabeza es ese acto de anatomía patológica que forma parte de nuestro escenario y que es la autopsia, realizada en nuestro caso por el médico forense correspondiente, a quienes ya dedicamos uno de los primeros estrenos. La autopsia, además del dato esencial del momento y causa de la muerte, nos puede decir muchas cosas. Aunque, llegada a este punto, no puedo dejar de referirme a algún titular de periódico de esos que afirman muy ufanos que la autopsia desveló que el cadáver estaba muerto. Pobre forense en otro caso. Tampoco me resisto a rememorar una famosa leyenda urbana de nuestro mundo, esa en la que le preguntan al forense como supo que la víctima estaba muerta y responde que porque su cerebro estaba conservado en un frasco a varios metros del cuerpo. Ignoro si sucedió alguna vez o es una réplica judicial de la historia del perro y la mermelada de Ricky Martin, que todo el mundo conoce pero que nadie vio. Pero a mí esta me gusta mucho más. Entre un frasco de mermelada y uno con un cerebro, no hay color.
El lugar del cuerpo determina muchas cosas, incluso la propia existencia del delito o la tipificación del mismo. Cuando hablamos de asesinatos u homicidios intentados, uno de los criterios indicativos del ánimo de matar es el lugar de la herida, aunque luego la víctima haya sobrevivido. Resulta evidente que clavar un cuchillo en el pecho o el abdomen denota que el autor le tenía ganas a la víctima, y que tenía intención de mucho más que de darle un susto. Cuando, por el contrario, le ataca en una pierna o un brazo, y luego resulta que muere desangrado, por una infección o por cualquier otra razón, habrá que presumir que en principio su intención no era homicida. Por supuesto que no es el único indicio, sino que hay que combinarlo con otros, como el arma utilizada, para decidir si quería matar o lesionar, pero es obvio que la parte de la anatomía atacada ya nos dice mucho.
Otro tipo de delitos donde la anatomía cumple un papel fundamental, son los de carácter sexual. A nadie se le escapa que tocar los pechos, meter mano en los órganos genitales o penetrar vaginalmente es algo que tiene un clarísimo ánimo lúbrico. Pero con otros casos no está tan claro, como ocurre con las palmadas en el trasero o, como dice alguna vetusta sentencia, donde la espalda pierde su casto nombre.
Si hablamos de penetración, la cosa se pone más complicada de lo que parece. Más allá de la clásica penetración vaginal, y de la penetración anal, que siempre fueron delito aunque la segunda era considerada en otro tiempo un abuso deshonesto que luego se convirtió en violación, hay otros casos dudosos. La penetración bucal se introdujo en el Código a finales del siglo pasado, planteándose para el supuesto tipo de introducir el miembro viril en la boca de la víctima. Pero, como quiera que se quiso ampliar el tipo penal de la agresión sexual a la penetración de objetos, se daba la circunstancia curiosa de que, interpretado al pie de la letra, introducir un objeto en la boca de alguien se considerase violación. Por supuesto, la jurisprudencia primero y la ley después, corrigieron esta disfunción, como no podía ser de otra manera. Y otro tanto cabría decir de la penetración digital. Aquí, más que nunca, cada cosa en su sitio y cada sitio en su cosa.
También es importante el lugar del cuerpo afectado cuando se trata de delito de lesiones. Aunque el criterio fundamental en el tipo básico sea la existencia o no de tratamiento médico, además de la primera asistencia –algo tan complicado que merecería su propio estreno-, hay determinadas lesiones que por el lugar del cuerpo y por el resultado merecen mayor sanción. Sería el caso de las lesiones que causan perjuicio estético, sobre todo cuando son en la cara u otro lugar bien visible del cuerpo. También sería el de las mutilaciones en las que, ojo, hay que distinguir si se trata de órgano o miembro principal, un criterio tan escurridizo que hay que ir a la casuística para determinar la trascendencia. Me viene a la cabeza ahora el caso de una bailaora de flamenco que, pese a haber perdido una mínima parte del dedo, insistía, y con razón, en lo principal que era para ella porque en su trabajo el movimiento de las manos es esencial.
Pero, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, aunque a mi fiscalita interior le pase como a la cabra, que siempre va al monte. Para determinar la responsabilidad civil que da lugar a una indemnización de daños y perjuicios, fuera de los supuestos penales, hay que determinar muy bien la parte del cuerpo afectada y la repercusión en su funcionalidad en el caso concreto. Pensemos, si no, en todas esas modelos que aseguran sus piernas, su trasero y hasta sus pechos, o en el lucro cesante de la lesión en un pie de un jugador de fútbol de esos que cobran cantidades obscenas.
Así que, como vemos, el cuerpo humano sirve para mucho más que lucir el palmito o torturarnos en las clases de ciencias naturales. Puede resultar un mapa y hasta un GPS para llevarnos a la determinación de los hechos y de su consecuencia jurídica. Por eso, y como no podía ser de otra manera, el aplauso es hoy para quienes lo leen y lo interpretan. Como dice la canción, sin ellos –y ellas- no somos nada.
Hay familias que nunca dejan de crecer. Y llegan a ocho criaturas, como aquella serie de televisión de mi adolescencia, Con ocho basta, o hasta forman un coro como los Trapp de Sonrisas y lágrimas. Las criaturas crecen y crecen, aparecen una, dos, tres… y hasta ocho. Y llega El octavo pasajero, que no siempre ha de ser Alien.
No sé cuántos pasajeros tiene nuestro teatro, ni cuántos puede llegar a tener, a la vista de las largas colas que cada día veo en la entrada de la Ciudad de la Justicia. Lo que sí que sé es que, a lo tonto a lo tonto, mis criaturas crecen, y acabar de ver la luz la octava, Els cabells molt rulls. Ocho, Ahí es nada.
El cabells molt rulls es uno de esos libros que habían nacido antes de que escribiera una sola letra. Desde que me hice cargo de la coordinación de los delitos de odio en mi fiscalía, pensé que, al igual que hiciera en su día con Caratrista, tenía que contar un cuento destinado a la infancia para concienciar sobre este tema. Y, sin que me diera cuenta, Malika, mi protagonista, estaba empezando a cobrar forma.
Els cabells molt rulls es una historia escrita en valenciano para personas desde 8 o 10 años en adelante. Y digo “en adelante” porque me consta que hay adultas a quienes ha encantado, empezando por mi propia madre. O desde antes de los 8 años, porque con solo ver las magníficas ilustraciones de @madebycarol es suficiente para hacerse una idea.
Cuenta la historia de una niña, Malika, que llega desde muy lejos en patera, en un duro viaje donde perdió a su madre, y que, tras su estancia en diversos centros, es adoptada por una pareja homosexual que le adoran y a quienes adora. Pero un acontecimiento en principio rutinario cambia las cosas y saca a relucir los prejuicios que lastran nuestra sociedad, entre ellos, la homofobia y el racismo. No contaré más porque hacerme spoiler a mí misma sería para matarme.
Aunque lo importante no es tanto el argumento sino lo que subyace dentro, la importancia de luchar contra los prejuicios y por la igualdad desde los primeros años de nuestra vida. O ese es, al menos el propósito.
Pero Malika no está sola ahora. Además de sus padres en el cuento, tuvo unos padrinos de excepción el día de su bautizo, en la feria del libro de Valencia. Nada menos que Enric Morera, president de les Corts Valencianes, y Lucia Beamud, concejala de igualdad. Y, por supuesto, su otro padre, el editor de Vincle, Manolo Gil, siempre dispuesto a secundar mis ocurrencias. Sin que faltara la compañía de Carolina Lázaro, más conocida como @madebycarol la dibujante -aunque sería mejor decir la maga- que lee mi mente y transforma mis ideas en preciosos dibujos.
La historia de Malika, como contamos en la presentación, toma su nombre de una frase de una conocida nana tradicional, una nana que me cantaba mi madre, Mareta. También había nacido el título antes de que el texto existiera. Mi protagonista tenía que tener “els cabells molt rulls”, el cabello muy rizado en castellano, como la muñeca de la canción.
El nombre de la niña se lo cogí prestado a una mujer que conocí en una presentación, que, cuando me pidió que se lo dedicara a ella, Malika, el nombre que significa “reina” y que se usa en varios lugares, no sabía la huella que me dejaría su nombre. Eso sí, le pedí prestado su nombre para mi protagonista, y me lo dejó. Ahora le debo una nueva dedicatoria, esta vez de su pequeña tocaya.
Ahora Els cabells molt rulls es la pequeña de mis criaturas. Pero estoy segura que todavía vendrán más. Ojalá sirva para, además de entretener, para aprender de eso tan importante que es la igualdad. Porque la lucha contra la discriminación y los delitos de odio no se acaba cuando una deja la toga colgada en el despacho.
Y ahora solo queda el aplauso. Hoy se lo doy, sin duda, a mi pequeña protagonista, Malika, que encarna a todas esas personas que sufren la discriminación y la intolerancia. Y añado una ovación extra para sus padrinos de lujo, y para todas las personas que vinieron a acompañarnos en el día de su presentación en sociedad. Mil gracias
Ah, y que no se me olvide. Si queréis tener a Malika, aquí podéis encontrarla, además de en liberías y similares, aquí mismito. A un solo clic
Hay muchas películas sobre juicios. Y todavía hay más series de televisión, de todos los tiempos, desde la ya mítica Ironside hasta The Good Fight, pasando por La ley de los Angeles, Ally Mc Beal, o las nacionales Turno de oficio o Anillos de oro, sin olvidarme de las recientes Hierro o Ana Tramel. Los juzgados son plato de gusto para las cámaras, y aunque han dado lugar a obras maestras como Matar a un ruiseñor, 12 hombres sin piedad o Testigo de cargo, de todo hay en la viña del señor. Lo que no se puede negar es su influencia en el imaginario colectivo.
En nuestro teatro necesitamos bien poco de a ficción para encontrar historias de todo tipo, desde las más hilarantes a las más dramáticas. Siempre he pensado que si un guionista se sentar a lo largo de una sola mañana en una sala de vistas o en un juzgado de guardia, encontraría tantas historias como para ganar el Oscar unas cuantas veces.
Ya hemos comentado en varios estrenos que la cultura -o incultura- jurídica bebe de las fuentes anglo sajonas, que nada tiene que hacer nuestra patria campanilla al lado de un buen mazo para llamar al orden, y dónde va a comprarse nuestra sobria toga con el pelucón y las chorreras. Y así todo. Ya hablamos de series de ficción y también de películas y hoy la cosa va un poco de lo mismo, aunque dándole la vuelta. ¿Nos han acabado influyendo las películas americanas en nuestros juicios en lugar de ocurrir al revés? He ahí el quid de la cuestión.
Hay un ejemplo que inclinaría la balanza a una respuesta positiva sin ningún género de dudas. Ya lo hemos visto más veces, y antes hacía referencia a ello, pero es inevitable. En el proceso español, nunca se vio mazo alguno. Las normas y la costumbre eran ajenos a semejante cosa hasta que empezamos a verlo en películas y televisión. No hay un solo cuadro o representación de ningún tipo donde aparezca. Lo nuestro era una campanilla con la que se llamaba al orden o se anunciaba la audiencia pública que, en honor a la verdad, ha desaparecido de la mayoría de salas, salvo algunas Audiencias muy tradicionales- Sin embargo, los jueces y juezas de las nuevas hornadas tienen mazo. Siempre aparece algún amigo o pariente que se lo regala cuando aprueba o para tener un detalle. De verdad o a modo decorativo, de abrecartas o pisapapeles, pero ahí están abriéndose paso. Y dejando a las pobres campanillas olvidadas. Y menos mal que no ha pasado otro tanto con la peluca en relación con nuestro birrete. Aunque confieso que algún juez aquejado de alopecia galopante me ha dicho que le gustaría llevarla. Mucho más barato que un viaje a Turquía.
El otro día veía una serie de televisión española donde es el tribunal del jurado quien juzga un delito de inducción al suicidio, un tipo penal que no se encuentra entre la magra lista atribuida al jurado . Hablaban, además, de delito de perjuirio, de que el acusado no podía mentir, o de la posibilidad de que los testigos declaren cuando les viniera en gana. Por supuesto, abogado y fiscal se dedicaban a investigar en el lugar de los hechos cogidos de la manita, mientras el juicio estaba en marcha, aunque luego llega otra fiscal que retira la acusación a mitad de la práctica de la prueba, con un par. Y, para acabarlo de arreglar, el juicio acaba con un sobreseimiento porque las partes lo acuerdan. Cuando es de primero de Derecho -y de elemental de sentido común- que los juicios solo acaban con sentencia, aunque sea absolutoria, y que las partes poco pueden decir ante un delito perseguible de oficio.
Pero el problema no sería más que una anécdota graciosa -o cabreante, según el caso- si no fuera porque luego los clientes exigen a sus letrados y el justiciable a todo el mundo toguitaconado que nos comportemos como los personajes. Pobre de la abogada que no consiga un sobreseimiento a mitad de jurado, o que no logre que el fiscal se retire por la cara.
De hecho, me atrevo a decir que en ocasiones hay alegatos excesivamente ampulosos y largos por parte de letradas y letrados -generalmente de fama y caché- que parecen dirigirse más bien a impresionar a sus clientes que a lograr el convencimiento de un tribunal que lo tiene todo claro tras la práctica de la prueba. Cuántas veces me quedo con ganas de tomar la palabra y emular a Baltasar Gracián con lo de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y lo malo, ni te digo.
Anécdotas aparte, lo que realmente preocupa, por no decir que enoja y entristece al mismo tiempo, es que los productores de una serie de televisión española -sea esta o cualquiera, que ejemplos hay a punta pala- no pierdan ni un minuto de su vida en asesorarse como es debido. Y remarco el “como es debido” porque, según me contó una amiga, la protagonista dijo en una entrevista que tenían un estupendo asesoramiento jurídico. Pero, o no era estupendo, o no le harían ni puñetero caso, no fuera que la realidad les estropeara un buen guion. Lo peor es que con una simple llamada a alguien que conociera un poco Toguilandia, se hubieran ahorrado muchos gazapos. Pero o no interesa la realidad, o la justicia, o ambas. Es lo que hay.
La verdad es que siempre me pregunto si los juicios americanos serán como los pintan en las películas, porque si no son fieles a la realidad en España, tal vez allí tampoco. Y es que de ver a Marlene Dietrich como testigo a Chus Lampreave como testiga hay un mundo. Aunque si tuviera que elegir no sé con cuál de las dos me quedaría.
Ahora, como en toda película, sea americana, española o de donde sea, hay que acabar bajando el telón. Y dando, por supuesto, el aplauso, que hoy va dedicado a esa gente del cine y la tele que sí se preocupan en ser fieles a la realidad, aunque no les quede tan aparente. Gracias por respetarnos.
(relato incluído en la Antología «Los hilos de la vida», libro solidario coordinado por Lute Pérez a favor de la Asociación de Alzheimer de El Vendrell)
Cuando me lanzaron el reto, dudé si aceptarlo. Hoy no dejo de dar gracias por haberlo hecho. Aquella decisión, en apariencia intrascendente, cambió mi vida.
Era difícil para una adolescente que, como toda adolescente que se precie, se creía adulta, tomar una decisión así. Parecía fácil, pero solo de imaginármelo me entraban sudores fríos. Pero pudo más mi curiosidad y hasta mi soberbia. Aquel pretencioso amigo de mis padres, que se daba ínfulas de saberlo todo, no iba a ganarnos la partida. Si él se creía en posesión de la verdad, había llegado el momento de demostrarle que no era así y que las jóvenes de hoy en día no éramos una panda de descerebradas solo pendientes de la ropa que nos ponemos y de las fotos que nos hacemos por el móvil
Esa fue la razón por la que acepté y por la que, además, conseguí arrastrar conmigo a mi prima Ester, mi compañera de fatigas. Le daríamos una lección a aquel tipo que pretendía enmendarnos la plana, a nosotras y a nuestros padres, diciendo que no nos sería posible aguantar sin nuestros móviles ni ningún tipo de acceso a Internet durante quince días en el pueblo de nuestros abuelos, donde íbamos todos los veranos a pasar una temporada.
Después de pasado el tiempo, he de confesar que, además de mi afición a los retos, hubo algo más que me movió a hacerlo. El tipo en cuestión, un conocido de nuestros padres, se había empecinado en sostener que la sociedad actual no tenía valores, que no respetábamos nada y que tanta libertad no había traído más que problemas a la sociedad, incluida, según él, la liberación de las mujeres, que nunca debieron salir de su ámbito natural, las labores domésticas y el cuidado de los niños. Le faltó decir aquella manida frase de que “con Franco se vivía mejor” aunque, según me contaron más tarde, la usaba con frecuencia.
Dicho y hecho. Al día siguiente, a la hora del desayuno, mi prima Ester y yo nos desprendimos de todo vestigio tecnológico y entregamos mansamente nuestros teléfonos móviles y nuestras tabletas. La noche anterior habíamos aprovechado para despedirnos de nuestras amistades reales y virtuales, analógicas y digitales. Según lo pactado, nos limitamos a explicar que habíamos decidido pasar unos días libres de tecnologías a modo de desintoxicación y que estábamos en el pueblo por si alguien quería venir a vernos, pero que no nos buscaran por redes, y ni siquiera en el móvil, porque no estaríamos conectadas. Tampoco teníamos en la casa teléfono fijo, con lo que la desconexión sería total. Y, aunque lo negué, reconozco que sentí vértigo en el momento en que me desprendía de mi teléfono móvil y lo ponía en manos de Don Braulio, el maestro jubilado del pueblo, que se había enterado de nuestro reto y quería seguirlo desde primera fila.
Como si de una aventura se tratara, Ester y yo hicimos una cuidadosa planificación de nuestras actividades para los siguientes quince días. Habíamos decidido incluir la televisión entre los dispositivos prohibidos, para evitar apoltronarnos en el sofá viendo un programa tras otro. Y habíamos cometido un error terrible que íbamos a pagar caro: no nos habíamos llevado ningún libro convencional. Tanto a Ester como a mí nos gustaba leer, pero nos habíamos adaptado al EBook y hacía mucho que no pasábamos las páginas de un libro de papel. Así que aquel entretenimiento también estaba descartado. No nos quedaba otro remedio que valernos de nosotras mismas y de lo que teníamos a nuestro alrededor
Ideamos un plan de excursiones de la mejor manera que supimos. No nos imaginábamos que nos iba a resultar tan difícil, sin contar con Internet para auxiliarnos. Descubrimos, entre la sorpresa y la tristeza, que aquel pueblo en el que llevábamos veraneando los dieciséis años de nuestras vidas era un total desconocido para nosotras. Nos dimos cuenta que, más allá de la plaza del Ayuntamiento, de la discoteca-pub, la calle de los bares, la piscina y el polideportivo, no sabíamos adonde ir. Y eso nos sucedía en un paraje conocido en todo el país por su riqueza paisajística, por sus montes, sus bosques, su río y su vegetación, que le habían convertido en una zona muy demandada para el turismo rural.
Empezamos dando una vuelta por los alrededores más pegados al pueblo. Apenas habíamos andado un par de kilómetros cuando llegamos al cementerio. Lo conocíamos, aunque solo habíamos estado un par de veces. La primera, cuando hacía tres veranos, falleció nuestro abuelo y la última, más reciente, cuando el verano anterior un amigo de la pandilla de nuestros hermanos mayores se mató estampando su moto contra un árbol.
Como teníamos tiempo de sobra, nos entretuvimos bastante con cada lápida, con cada nicho, con cada inscripción, con cada fotografía esmaltada. Nos llamaba la atención la diferencia entre aquellas tumbas llenas de flores frescas y aquellas que parecía que nadie había visitado desde hacía años, pasando por aquellas cuya profusión de flores de plástico nos devolvía al sentido práctico de la vida. Con un pequeño escalofrío, comentamos las veces que se repetían nuestros propios apellidos entre los habitantes de aquel mundo de mármol y tierra.
La verdad es que el cementerio daba una sensación de abandono que reduplicaba la inquietud que un sitio así despertaba ya de por sí. La falta de cuidados y la sequía que venía repitiéndose en los últimos años hacían que apenas hubiera vegetación, y que la que había estuviera seca. Una lástima porque, según contaba nuestra abuela cada vez que iba a visitar la tumba del abuelo, aquel cementerio antes era como un vergel, lleno de flores. Más que un cementerio parecía el Jardín Botánico, decía siempre.
¿Qué se les ha perdido por aquí, señoritas?
La voz cansada del enterrador nos hizo dar un respingo. De edad indefinida y vestido con un guardapolvos de color igual de indefinido, parecía ser parte del entorno. Con gesto triste, nos contó que apenas le quedaban unos días para jubilarse, y que nadie le sustituiría. Ya no había trabajo apenas
¿Saben? Ahora entre la moda de las incineraciones y los recortes de presupuesto, apenas tenemos nada que hacer. Las plantas que un día adornaban esto como un precioso jardín fueron muriendo, y yo no daba abasto para cuidarlas desde que despidieron a Jacinto, el jardinero, y lo sustituyeron por una empresa que viene una vez cada quince días, además del día antes al Día de todos los Santos y al de la Virgen de agosto, la patrona del pueblo. A mi también me sustituirán por una empresa que venga una vez cada quince días, aunque la verdad es que ahora pasan meses enteros sin un solo entierro.
¿Y eso? –le pregunté, curiosa-
Apenas queda gente en el pueblo. Y tampoco queda gente de la que vive fuera pero quiere ser enterrada aquí. Ahora la gente es una desapegada. A nadie le importa que le entierren con sus mayores
Nos dio pena aquel hombre enjuto, que parecía disfrutar de un trabajo, cuanto menos, peculiar. Nos habló del pueblo, de sus muertos y de sus vivos como si fueran una misma cosa. Nos habló del vergel que antes era el cementerio, convertido ahora en un secarral por mor de la sequía y el descuido. Se nos pasó la tarde volando. Cuando ya nos íbamos, nos dijo algo que espoleó nuestra curiosidad.
– ¿No han visitado la parte de detrás del cementerio? Yo, de ustedes, no me marcharía sin echar un vistazo
Le hicimos caso pero, a primera vista, no vimos nada que llamase nuestra atención. Una pared lisa custodiada por un par de cipreses y poco más. No sabíamos a qué ser refería aquel anciano, hasta que nos dimos cuenta que lo que buscábamos estaba mucho más cerca de lo que hubiéramos pensado. Casi a junto a mis pies, crecía orgulloso un rosal de flores blancas, junto a otras flores que no supimos identificar. Nada tenía que ver con el resto del paisaje árido y casi devastado que rodeaba el cementerio. La tierra que circundaba las flores estaba fresca y oscura y hasta me hubiera atrevido a decir que estaba removida hacía poco. ¿Qué hacía aquella tierra fértil en medio de una sequedad tan absoluta? ¿Era la naturaleza, o la mano del hombre la que había colocado aquellas flores?
– Señoritas, veo que han dado con ello –dijo, enigmático, el enterrador- Ahora váyanse que voy a cerrar la tapia y cuando la noche cae aquí no se ve ni un alma. O tal vez se ven demasiadas…
Nos fuimos con la duda acerca de la tierra fresca y las flores. Al día siguiente alteraríamos nuestros planes y comenzaríamos por allí.
Una vez en casa, preguntamos a la bisabuela, sin mucha fe. Desde que el bisabuelo se marchó, su memoria cada día flaqueaba más, y la edad no ayudaba. A veces, ni siquiera nos reconocía ni a mi ni a Ester, o nos confundía con otras personas. Pero no costaba nada intentarlo.
Bisabuela, ¿tú sabes qué había en la parte de detrás del cementerio? ¿por qué hay flores solo en un trozo, si el resto es tierra seca?
María, has venido… -la abuela sonrió- Has vuelto de tus flores
Abuela, soy Ester. Y ella es Rosana. No hay ninguna María por aquí
Has vuelto…
Nos quedamos de piedra con aquella reacción de mi abuela, pero mi madre no nos dejó insistir. Dijo que debíamos dejar a la abuela en paz. Y juraría que también mi madre se puso nerviosa con el tema.
Estábamos agotadas cuando nos metimos en la cama. Ni una sola vez nos habíamos acordado de nuestros teléfonos móviles
Los siguientes días no fueron tan fructíferos en hallazgos ni tan entretenidos. Permanecimos un buen rato en el cementerio y en su parte posterior, así como por los alrededores, a la búsqueda de alguna pista de aquella rareza de las flores. No hicimos ningún progreso, más allá de confirmar que en toda la contornada era el único rosal vivo y que las otras flores no existían en muchos kilómetros a la redonda A punto estuve de cortar una, pero Ester me hizo desistir. Decía que era algo así como una profanación. Y me convenció.
No obstante, nuestras excursiones estaban resultando bastante entretenidas, y aunque hay que reconocer que alguna vez nos hubiera gustado tener a mano nuestro móvil para inmortalizar algunos momentos, en general no los habíamos echado en falta. Ni nosotras mismas lo podíamos creer.
Quizás parte de la culpa de ello la tenían la dichosa tierra fértil de la tapia del cementerio. Nos habíamos obsesionado con aquello hasta el punto de que no veíamos el momento de volver. Además, estábamos casi seguras que el viejo enterrador quería que escarbáramos en aquello, no sé exactamente con qué fines. Su insistencia, cada vez que pasábamos por allí, lo delataba.
Así que, al final, nos decidimos. Madrugamos, cogimos un par de palas y algunas herramientas del jardín de mi tío, y nos fuimos a la parte de atrás del cementerio dispuestas a descubrir el misterio. No dijimos nada a nadie. Teníamos algo más que la intuición de que podría ser importante. La reacción de mi abuela, la de mi madre, y las indirectas del enterrador parecían dar inequívocas pistas en ese sentido.
Fue curioso. Yo siempre había pensado que cavar debía ser muy difícil y costoso, pero hacerlo en la tierra de aquella zona resultó casi tan sencillo como hacerlo en la arena de la playa, con mi cubo y mis palitas como cuando éramos niñas. Ester compartía la misma sensación que yo, aunque ella, un poco más cauta, insistía en que aquello no era normal, que debía haber algún motivo para que cavar allí fuera coser y cantar
– A lo mejor alguien lo ha preparado todo porque quiere que descubramos algo
Los acontecimientos no tardaron en darle la razón. Apenas llevábamos cavando un cuarto de hora sin demasiado esfuerzo cuando encontramos un hueco enorme en la tierra, que parecía haber sido removida hacía poco y colocada a propósito. Me palpitaba el corazón en una mezcla entre miedo y curiosidad. A Ester se le saltaban las lágrimas y hablaba con nerviosismo. Acordamos que una se quedaría fuera y la otra entraría en el hueco y que,, si hacía falta, lo haríamos por turnos. No hizo falta. En cuanto me agaché, lo vi. Un objeto extraño, cubierto de tierra, pero fácilmente localizable. Parecía algo así como una piruleta, o una raqueta de tenis en miniatura. Nos miramos, con los ojos brillantes de emoción
– Quizás no deberíamos tocarlo
No hicimos ni caso a nuestras propias aprensiones. Con cuidado, le quitamos la tierra hasta darnos cuenta de qué era aquel objeto. Se nos saltaron las lágrimas
– ¡Es un sonajero!
Nos preguntábamos cómo había llegado aquel sonajero hasta allí, y a quién pertenecía. ¿Estaría allí enterrado el cadáver de algún niño muerto en extrañas circunstancias? ¿Lo habrían puesto allí para confundirnos? ¿O era una mera casualidad, un capricho del destino?
En cualquier caso, aquello ya sobrepasaba lo que podíamos hacer. Teníamos que poner el hallazgo en conocimiento de las autoridades, y antes, de nuestros padres. Recogimos nuestros bártulos, guardamos nuestro tesoro con cuidado y nos dispusimos a regresar. Cuando cruzábamos por la puerta del cementerio, una voz conocida nos sobresaltó
– ¿Lo habéis encontrado?
Asentimos con la cabeza y él sonrió. Fue la última vez que lo vimos.
Cuando supimos qué era todo aquello, ya habíamos recuperado nuestros móviles y regresado a nuestra vida habitual. Pero el policía que nos atendió y se quedó nuestro pequeño tesoro cumplió la promesa que nos hizo de que seríamos las primeras en conocer el resultado de las investigaciones.
Aquel sonajero tenía dueño. Pertenecía a un niño que nació en 1936, recién empezada la Guerra Civil. Su madre fue fusilada en el paredón de al lado del cementerio junto con nueve personas más, les acusaban de agitadores y criminales por el mero crimen de que ellos o sus familias pertenecían a un sindicato. Cuando Ester y Rosana conocieron el nombre de aquella joven madre, no podían creerlo. Se trataba de María, una prima de la que nadie volvió a hablar en la familia. Aquella María con la que confundió a Ester cuando le preguntaron por las flores del cementerio,
Al parecer, alguien pagaba al viejo enterrador para que mantuviera fresco y florido el lugar donde pensaban que estaban enterrados María y sus nueve compañeros de infortunio. El era quien lo había dispuesto todo para que ellas dieran con el sonajero y, a su vez, se pudieran hacer las gestiones para la exhumación de aquella fosa. Pero nunca pudimos saber quién era la persona que le hacía aquel encargo. El enterrador murió apenas unos días después de que se encontrara el sonajero.
Hoy, un año más tarde, he ido con mi prima Ester al lugar donde está enterrada María. Llevamos unas flores y un paquete con el que hemos de cumplir un encargo muy especial. Allí hemos podido, por fin, entregar su sonajero a nuestro tío Lucas, cuya existencia ignorábamos. El era aquel bebé cuya madre fue fusilada en aquel negro día del año 37, y que se llevó consigo el sonajero de su niño para estar ceca de él hasta el último momento.
No fue difícil conocer la historia. Me bastó con seguir mi intuición y mostrarle el sonajero a mi bisabuela
María, otra vez estás aquí. ¿Has visto que mayor está el niño?
Mi bisabuela murió antes de que cumpliéramos aquel encargo. Cuando se fue, ya ni siquiera me confundía con María. Pero, por la sonrisa con que nos obsequió en el último momento, supimos que se iba en paz, con la satisfacción que quien ha saldado una deuda que llevaba a rastras toda su vida
Cuando, al día siguiente, nos pidieron una foto que hubiera inmortalizado el momento, nuestra respuesta fue la única posible
El maltrato dentro de la casa, con carácter general, ha sido objeto de muchas obras de cine y literatura. Lamentablemente, ocurre porque está tan presente en nuestras vidas que no es posible sustraerse de ello. Y no hace falta hablar de filmes impresionantes sobre maltrato infantil o hechos desgarradores –basados en hechos reales- como los que se narraban en Crimen en familia. Hay películas tan inocentes como Cenicienta o Blancanieves que ya lo describen, porque ¿qué otra cosa era aquellos a lo que sometían a las protagonistas hermanastras y madrastra?
En nuestro teatro, por desgracia, la violencia doméstica es muy habitual, en cualquiera de sus versiones. Maltrato en la pareja, de padres a hijos, de hijos a padres y de cualquier otro tipo, que abarcan todo el catálogo de ilícitos penales imaginables, desde los delitos contra la vida hasta los relativos a la libertad sexual, pasando por cualquier otro. La casuística es tan amplia como imaginarse pueda.
Lo primero que me gustaría explicar, en este estreno toguitaconado, es la diferencia entre violencia doméstica y de género, una diferencia que no por trillada deja de ser necesaria de concretar. La Violencia de género, tal como se concibe en nuestra ley integral, tiene lugar dentro de la pareja o entre quienes lo han sido, siempre que la ejerza el varón sobre la mujer. Aunque hay que aclarar que otras fuentes legislativas como el Convenio de Estambul o nuestro propio Pacto de Estado la amplían a todos los delitos que se cometan contra las mujeres por el hecho de serlo, como ocurre con delitos como la mutilación genital femenina, los matrimonios forzados o los atentados contra la libertad sexual. Pero a día de hoy nuestro Código Penal y nuestras leyes procesales –por la competencia del juzgado de violencia sobre la mujer- aun no lo han asumido, aunque es de suponer que en un período medio de tiempo habrá de que ponerle el cascabel a ese escurridizo gato.
Por su parte, la Violencia doméstica es toda la que ocurre en el seno de la casa o la familia, entendida en el sentido amplio que incluye a familiares por afinidad, como la relación entre las hermanastras y Cenicienta de la que hablaba antes, o la de Blancanieves con su madrastra y verdugo. Así pues, puede entenderse que la Violencia de género –en su acepción de la ocurrida dentro de la pareja- es una especie de la violencia doméstica. Aunque también cabe entender que no es una clase sino que tiene especificidad propia, criterio más coherente con la concepción de la violencia de género como violencia sobre la mujer por el hecho de serlo. Sea como sea el criterio que se elija, lo que hay que dejar bien claro son dos cosas. La primera, que tiene una especificidad que requiere una normativa propia, y, la segunda, que esa normativa propia en modo alguno significa que se desprotejan los otros tipos de violencia doméstica, respecto a los que cabe, incluso, la tan llevada y traída orden de protección, que no es un invento del feminismo sino que se reguló antes que la violencia de género, en 2003, para todo el ámbito de la violencia doméstica.
Dicho esto, habrá que entrar en harina. Y la harina no es ente caso otra que muchos tipos de maltrato, entre los que es especialmente doloroso el maltrato infantil. Cuando yo daba mis primeros pasos en Toguilandia, recuerdo que mi madre me preguntaba si era verdad aquello que sacaban en la tele sobre niños maltratados por sus propios progenitores, porque le parecía inconcebible. Y, aunque a mí también pudiera habérmelo parecido en algún momento, no tardé un nanosegundo en descubrir la triste realidad y responderle en consecuencia. Todas las personas que habitamos Toguilandia hemos tenido casos escalofriantes de criaturas apalizadas, quemadas con cigarrillos o abandonadas sin alimento e incluso asesinadas. Un bautismo de fuego especialmente duro, pero inevitable. Ahora mismo me vienen a la cabeza varios casos, porque pase el tiempo que pase, es difícil olvidarlos. Pero del que más me acuerdo es del asesinato de un bebé por su madre, cuya condena logré, y respecto del que luego tuve que soportar una circunstancia, cuanto menos, curiosa. Uno de esos haters que se amparan en un cobarde anonimato, me espetaba en redes, como hacen casi a diario, que no perseguía los delitos cometidos por mujeres sobre sus hijos, y me lanzaba a la cara virtual un recorte sobre ese caso que, precisamente, había llevado yo, Por supuesto, no le respondí, amparada en la máxima de no alimentar al troll, pero desde luego que me quedé con las ganas.
Precisamente, esto me lleva a otra de las cosas que quería explicar. Las mujeres no somos seres de luz, y las feministas no tenemos por postulado que todas las mujeres lo sean. Las mujeres tenemos tantas luces y tantas sombras como cualquiera, y el hecho de perseguir la violencia de género no impide a nadie perseguir otros delitos. Por más que se empeñen en decir lo contrario. Acusamos a madres que matan o maltratan a sus hijos cuando así sucede, aunque aprovecho también para recordar que, a pesar de unas estadísticas manipuladas que circulan por ahí, en modo alguno son más las mujeres que matan a sus hijos que los hombres que lo hacen. Y son igual de reprochables y se les castiga igual. Algo que por obvio que parezca hay que repetir casi a diario.
En la frontera entre este tipo de maltrato y la violencia de género está la violencia vicaria de la que ya hemos hablado más de una vez. Se trata de la que ejercen los padres contra sus propios hijos e hijas al utilizarlos como instrumento para dañar a la madre. Los ejemplos dolorosos nos vienen a la cabeza enseguida con los rostros de las pequeñas Anna y Olivia, Rut y José Bretón y tanto otros.
Otra faceta importante de este poliedro de la violencia doméstica es el maltrato en la pareja diferente de la violencia de género. Hablo del maltrato en parejas homosexuales o el de la mujer sobre el hombre. Quede claro que se castiga con la misma dureza y se aplica la misma agravante de parentesco. Y que, además pueden otorgarse las mismas medidas cautelares, como la orden de protección a la que hice referencia antes.
Y, por supuesto, otra de las partes más dolorosas es el maltrato de los hijos o hijas a sus progenitores o ascendientes. Por desgracia, quienes llevan menores saben mucho más de eso de lo que les gustaría. Y, aunque no siempre sea así, en estos casos hay problemas sociales de fondo que los juzgados difícilmente pueden resolver. Entre estos supuesto, los de madres maltratadas por hijos drogadictos que se debaten entre soportar ese infierno o denunciarlo y dejar a su hijo abandonado a su suerte sin sitio donde vivir y en el más absoluto desamparo.
Por último, no me olvido de los atentados sexuales que sufren muchas niñas y niños durante su infancia por parte de familiares muy próximos por consanguinidad o por afinidad, esto es, sean padres o padrastros. Y el mundo de silencio en el que viven esa tortura que puede marcar sus vidas para siempre.
Hasta aquí el estreno de hoy. Solo pretendía dar unas pinceladas sobre algunos de los hechos que más nos marcan en nuestras carreras jurídicas. Por eso el aplauso es para quienes día a día se enfrentan a estos casos con entereza y profesionalidad. Aunque luego les cueste el sueño. Algo que no siempre se valora como debería.
No hay dos sin tres, según un conocido dicho y, cómo no, el título de una película. Tres eran tres las hijas de Elena, dice la canción, y tres son Los Angeles de Charlie, Los tres superpolicías o Las tres mellizas. También hay varias obras que han llegado hasta su tercera parte y, aunque segundas partes nunca fueron buenas para el refranero, nada dice de las terceras que, como El padrino o la saga de La guerra de las galaxias, poco tiene que envidiar de la primera.
Hoy el protagonista de este dicho es este propio blog. Después de contar tantas cosas sobre nuestro teatro, ha llegado el momento de que sea el mismo el protagonista de un estreno. Y cómo no, si hay que ir se va, y se hace a lo grande, que no se diga.
Después de tres nominaciones a los premios al mejor blog de 20 minutos, el pasado 7 de octubre le llegó el gran día. Si, como contaba en anteriores ediciones ya era un subidón ver esa portada a la que tanto cariño le tengo ocupando todo el escenario, el subidón se volvió superlativo al escuchar que Con Mi Toga Y Mis Tacones había sido galardonado con el premio al mejor blog en categoría personal. Y ojo, que quedó entre los tres finalistas al mejor de todas las categorías. Ahí es nada.
Habrá quien se pregunte por qué categoría personal un blog jurídico. Es decir, qué hace un blog como tú en un sitio como este, como la canción. Pero todo tiene su explicación. En las anteriores ediciones, el blog concursaba en la categoría de blogosfera, es decir, algo así como las selecciones de “resto del mundo” cuando juega un partido benéfico y se trata de un batiburrillo de jugadores de diferentes procedencias. Pero despareció dicha categoría, y no había otra con un encaje más propio que la personal. Y ahí que fue a para al blog con su toga puesta y subido a sus tacones. Cómo no.
Es cierto que llama la atención que un blog jurídico vaya a un certamen de blogs de todo tipo, con lo dados que somos en Toguilandia en no salirnos de nuestro mundo. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Pero también hay quien no encaja este espacio toguitaconado en el casillero de blogs jurídicos, porque no hace sesudas reflexiones acerca del dolo eventual ni el homicidio preterintencional, ni casa bien con el tercero hipotecario o la enfiteusis y, por supuesto, no comenta ni cita las últimas sentencias del Tribunal Supremo. Pero precisamente eso era lo que pretendía cuando, un día ya lejano hace más de cinco años decidí abrir por vez primera el telón de este escenario
Quise hacer un blog que hablara de Derecho, sin que entrara en los esquemas de los blogs jurídicos, que ya hay muchos y muy buenos. Pretendía explicar el Derecho a no juristas con un lenguaje que también gustara a juristas. Y demostrar, sobre todo, que los temas jurídicos pueden ser divertidos sin perder credibilidad. Y también que el Derecho es mucho más que aburridas leyes y jurisprudencia. Esto es, que tiene alma, un alma que pude llevar a llorar o a reír, según el caso. O a ambas cosas a un tiempo, como la propia vida.
No sé si lo he logrado. Lo que sí sé ahora es que a un jurado le ha parecido que tiene la suficiente personalidad y calidad para premiarlo, y eso me hace muy feliz. Por mí, y por todas esas personas que, cada martes y cada viernes, me seguís.
Si algo le reprocho a este espacio toguitaconado es haberme robado la personalidad. No son pocas las personas que, cuando me ven en la guardia o en juicio, me identifican como “la de los tacones”. El otro día escuché como una abogada le decía a otra, cuando le preguntaba qué fiscal estaba en sala, que la de la toga y los tacones. Y he de confesar que me encanta, aunque ahora a ver quién se atreve a ir en deportivas por la vida. Mil gracias por eso y por tantas cosas.
Hoy el blog y yo somos felices. Algo que, lejos de llevarnos a cerrar página, nos da fuerzas para seguir adelante. Quedan muchas cosas por contar, muchas personas por concienciar y muchos temas que explicar. Queda mucho espacio para luchar por la igualdad en cualquiera de sus versiones, y por contar historias que remuevan mentes y almas. Y aquí seguiremos siempre que haya un público dispuesto a leernos.
Mil gracias a @madebycarol por sus preciosas ilustraciones y su generosidad y, con ella, a todas las personas que han contribuido con sus imágenes o con sus ideas. Esto no habría sido posible sin sus aportaciones.
Así que hoy, como he hecho otras veces, me desdoblo en dos y hago de voz en off para dar el aplauso al blog, a sus protagonistas y a sus lectores y lectoras. Y, por supuesto, a 20 minutos por considerarlo merecedor de este premio y darnos esta alegría. Seguimos adelante. Y por mucho tiempo, por supuesto, mientras el público quiera
Hoy, en nuestro escenario, un relato que es mucho más que una historia. Una invitación a la reflexión.
Ligera de equipaje
Nunca pensó que su vida entera cabría en una maleta. Y no en una maleta grande, ni siquiera mediana, sino en una de esas tan pequeñas que hasta las compañías aéreas más pejigueras la hubieran aceptado como equipaje de mano si no fuera por las dos orejitas negras que sobresalían, dibujando a la perfección la cara de una Minnie Mouse sonriente con su enorme lazo rojo de lunares. Tan sonriente como ella en ese mismo momento.
La maleta era de su hija. O, mejor dicho, había sido de su hija, cuando todavía la necesitaba. La niña fue a la vez su alegría y su tormento, su fuerza y su debilidad, su talón de Aquiles y su muleta. El crecimiento de Angela había ido marcando los tiempos de su vida hasta haberla dejado carente de sentido, ahora que se había marchado. Por eso se decidió, después de tanto tiempo, a poner punto y final a una historia que llevaba encallada desde siempre en unos eternos puntos suspensivos. Por eso, también, sacó del altillo la maleta de Disney que le regalaron a la niña por su Primera Comunión y que tanto le gustaba hasta el día que dijo que era demasiado mayor para usarla, y decidió que sería el perfecto continente para el imperfecto contenido de su vida.
Nunca le había gustado hacer el equipaje, pero esta vez lo estaba disfrutando. Con parsimonia, elegía cada una de las cosas que se llevaría a esa nueva vida que estaba ansiosa por empezar. Hasta se descubrió a sí misma con una sonrisa que hacía años que no ejercitaba al descartar un montón de detalles que hasta hacía nada le hubieran parecido imprescindibles.
Mientras acariciaba las orejitas de Minnie y abría la cremallera de la maleta, se dio cuenta que cada una de las cosas importantes de su vida había estado marcada por la vida de Angela, incluso antes de que naciera.
Abrió el cajón de la cómoda, ese que nunca se atrevía a mirar. Allí vio el primer parte médico de una sucesión imparable, que dudaba si describir como un rosario o como un Vía crucis. Fechado hacía más de veinte años y con una caligrafía intrincada y casi borrada por el paso del tiempo, era el testigo mudo de la primera paliza, la que él le dio cuando estaba embarazada de la niña. Hasta entonces, solo -¿solo’- había habido insultos, amenazas, y algún empujón que otro que le había dejado un hematoma en el cuerpo y una cicatriz en el alma. No sabía si fue porque era el primero o porque no se lo esperaba, aquel bofetón fue el que más le dolió de todos.
Llegó a plantearse denunciarlo, pero en aquella época era impensable. De hecho, llegó a ir hasta la puerta de una comisaría donde un policía entrado en años y en carnes le dijo con condescendencia que se volviera a casa, que seguro que su marido estaba arrepentido y podría conocer el dulce sabor de la reconciliación. No hubo tal, pero no le importó demasiado. En realidad, una vez supo que el riesgo para la vida de su pequeña estaba superado, todo le dio igual.
A partir de ahí, su vida se convirtió en un descenso en caída libre. Se hizo la idea de que el mundo solo giraba en el espacio de tiempo que mediaba entre una paliza y la siguiente. Al principio, se esforzaba porque todo estuviera en orden, porque no faltara un detalle que le hiciera enfadarse y estrellar su furia contra ella. Sus comidas eran las mejores, su casa la más limpia, sus armarios los más ordenados, su bebé la más bonita y la mejor vestida. Pero daba igual, si se arreglaba le recriminaba porque se acicalaba demasiado y seguro que quería llamar la atención de otros hombres Si no se maquillaba, era porque no le quería, porque no se esforzaba en estar guapa para él.
Hiciera lo que hiciera, estaba perdida. Llegó un momento en que deseaba que estallara su arrebato de furia, que le pegara ya y acabara pronto, porque lo peor de todo era la angustia de esperar que en cualquier momento le cayera la golpiza. Y vuelta a empezar.
Se acostumbró a aquello como si se tratara de algo normal. Es más, llegó a pensar que era algo normal, e incluso a creer que lo merecía. Hasta aquel día. El día que le puso la mano encima a su pequeña Angela. Ese día todo cambió para siempre.
La niña estaba probándose el vestido de Primera Comunión. De hecho, la fotografía enmarcada de ese día era una de las pocas cosas que ella había metido en la maleta de Minnie Mouse que era el fin y el principio de todo. Angela quiso emular el anuncio de una conocida marca de detergente de la época, un anuncio con el que madre e hija se reían mucho, en el que la protagonista vertía una taza entera de chocolate sobre el inmaculado vestido de organdí, pero no pasaba nada porque el milagroso detergente quitaría la mancha en un santiamén. Así que la niña comenzó a girar como una peonza como hacían en el spot televisivo mientras su madre se reía a carcajadas. El padre las vio y, sin que ninguna de las dos supiera que fuerza demoníaca le había poseído, arrojó la copa de coñac que estaba tomando sobre el vestido banco, y a continuación le propinó a la niña un bofetón tan fuerte que se golpeó contra los azulejos de la cocina. La boca comenzó a sangrarle, y el vestido se tiñó de rojo, de un rojo que no hubo detergente milagroso que borrara. De aquel vestido de anuncio solo quedó la fotografía enmarcada que ella guardó.
Angela no pudo hacer la Primera Comunión con sus compañeras de colegio. Mientras ellas cantaban “Con flores a María”, ella apenas podía encontrar un espacio de su cuerpo donde no hubiera un cardenal, un corte o una herida. Comulgó un par de meses más tarde, con un vestido corto de nido de abeja y el hueco visible en la boca del lugar que una vez ocupó un diente.
Habían cambiado de residencia. Se mudaron a un pueblo a más de 100 kilómetros, que para ella estaba tan lejano como la Luna, La visita del médico a la niña, y las cosas que dijo aquel hombre, advirtiéndoles que de repetirse algo así pondría los hechos en conocimiento de la policía, motivaron la Diáspora, y a el le dieron la excusa perfecta para aislarlas un poco más cada día. Ahora ni siquiera tenían a la familia para acudir si pasaba algo. Solo se tenían la una a la otra y, en medio, un muro de miedo. Ni siquiera hablaban de ello.
El tiempo fue pasando. Y mientras que ella se había resignado a su suerte, como si tuviera un callo en la dermis de la vida, Angela cada día se rebelaba más. Llegó a enfadarse con su madre porque no reaccionaba ante los continuos desmanes de aquel hombre que todo el mundo decía que era su padre pero que a ella se le antojaba un monstruo. Y le reprochaba no haber hecho nada por ella misma y, sobre todo, por sacarle a ella de aquel ambiente opresivo y doloroso. Aun tardó un tiempo en descubrir que tal vez para su madre fuera tarde, que tantos años y tantos golpes minaron sus fuerzas hasta dejarla exhausta.
Cuando cumplió la mayoría de edad, Angela se fue de casa. Antes de hacerlo, intentó por todos los medios que su madre la acompañara, que se marcharan juntas y empezaran de nuevo. Su madre le juró que lo pensaría, pero al final no se decidió, y Angela no le perdonó que no lo hiciera.
Lo que la niña ignoraba es que aquella noche en que le suplicaba a su madre que la acompañara, la escena había tenido un testigo, alguien que se coló sin invitación y que permaneció agazapado sin ser visto. El lo oyó todo, y esperó con paciencia a que la niña terminara y se marchara a su habitación para montar el segundo acto de aquella función
-No se te ocurrirá marcharte, ni llevártela a ella -gritaba él, encendido de furia-
-Pero… ¿Por qué no dejas que nos marchemos a nuestro pueblo? No contaremos nada a nadie, podemos venir a verte los fines se semana. Te dejaré si quieres comida para toda la semana
-¿Qué dices, loca? ¿Qué te has creído? A mí no me deja nadie-un sonoro bofetón selló sus palabras- Nadie. ¿Me has oído?
Se quedó acurrucada junto al sillón con cuyas patas se había golpeado al caer tras el empujón de él. Quería llorar, pero no le quedaban lágrimas. Quería removerse, pero tampoco le quedaban fuerzas.
-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo
-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.
-Pues, ya sabes
-Y que te quede claro. Como te marches con esa niña, no pararé hasta encontraros. Y os mataré a las dos, pero empezaré por ella para que puedas verlo
-No, por favor…no le hagas nada a ella. A ella, no.
-Pues, ya sabes
No pudo hacer nada. Ni siquiera pudo oponer resistencia a que aquella noche el practicara sexo con ella. O más bien contra ella. Esa noche, ni siquiera fue capaz de decirle que no quería. Aunque no hiciera falta.
Angela se marchó de casa un mes después de ser mayor de edad. Su madre consiguió hacerse con algún dinero para darle, pero se le rompía el corazón de pena por perder a su niña, no solo en la distancia sino en el respeto
-Mamá, te lo digo por última vez. Vente, vámonos juntas
-No puedo, hija. De verdad que no puedo. Algún día lo entenderás…
-No lo entenderé nunca, mamá -dijo agria- Si no te vienes, es porque no quieres. Y porque no me quieres. Quédate con él, si es lo que prefieres
-Hija, por Dios
-Cualquier día te matará. Y yo no quiero estar aquí para verlo
Ni siquiera cogió los billetes que le tendía, preparados en un sobre. Abrió la boca un par de veces, a punto de desvelarle las amenazas con que él la tenía retenida. Pero volvió a cerrar la boca sin pronunciar palabra. Sabía que él era capaz de cumplir sus advertencias. Al menos, que ella pudiera librarse de su yugo.
No volvió a saber de Angela en mucho tiempo. Su marido le prohibió ni siquiera mencionarla
-Esa niña esta muerta y enterrada. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre en esta casa ni en mi presencia
-Pero…
-¿Lo has oído bien? Quiero que quites todas las fotos y todo lo que de ella quede en esta casa. Está muerta. ¿lo entiendes?
-Sí -dijo con un hilo apenas audible de voz-
-No me obligues a…
No le dejó acabar la frase, Sabía lo que venía a continuación, y le daba pánico solo oírlo.
Quitó todos los retratos, y tuvo que enseñarle a él como se deshacía de ellas. Él se encargó personalmente de que fueran al basurero y de ahí al vertedero. Solo pudo conservar la foto con el vestido que nunca usó. Su pequeño tesoro.
Tampoco hubo manera de comunicar con ella. No dejó seña ninguna, y no volvió a aquella casa, ni al pueblo del que un día se marcharon. Ningún pariente, ninguna amiga sabía nada de ella ni le daba ninguna pista. Era como si se la hubiese tragado la tierra, y aquella ausencia le dolía más que cada paliza, que cada golpe. Se tocó la cicatriz que le cruzaba la mejilla de parte a parte y volvió al presente. A su maleta con cara de ratoncita de dibujos animados. Y sonrió otra vez.
Escogió con cuidado la ropa que iba a meter en la maleta. En realidad, casi ninguna de sus prendas tenía especial valor económico ni sentimental que mereciera la pena preservar. Se trataba de ropa cómoda y funcional sin ninguna personalidad.
Sus zapatos, sin embargo, eran cosa aparte. Con un celo que apenas recordaba haber tenido alguna vez, sacó de su armario un par de zapatos. Eran de color rojo, de modelo salón, de tacón de aguja. Los había comprado para Angela, para regalárselos en un cumpleaños que nunca llegaron a celebrar juntas. Aunque usaban el mismo número, nunca los usó. Prefería mantenerlos intactos en su caja dorada, envueltos en papel de seda, esperando en día en que se reencontraran con su Cenicienta.
Cada año, por su cumpleaños, la recordaba de una manera especial. Cocinaba una tarta de manzana, su preferida, y ponía una velita con la esperanza de alguna vez fuera ella quien viniera a soplarla. También guardaba todas aquellas velitas consumidas que, año a año, habían ido marcando el tiempo de separación de su hija. Las había metido en la maleta, pero optó por sacarlas. No quería ocupar sitio con cosas tristes. Demasiada tristeza había ocupado su vida.
Acarició de nuevo los zapatos rojos. Esta vez sí. Esta vez irían a parar a los pies de su dueña. Aun no podía creerlo. Limpió con cuidado la lágrima que había caído sobre el charol rojo, para que continuaran impecables.
De reojo, miró la pantalla de su móvil y comprobó q2ue no había ninguna señal que alertara de nada. Todavía recordaba palabra por palabra aquella llamada que lo cambió todo. Y la recordaría toda su vida.
-¿Es usted María Ángeles Romero Castillo?
-Sí, señora, dígame. ¿quién es usted?
-¿Tiene una hija llamada Angela Martínez Romero? ¿Es así?
-Si, si -decía ella con nerviosismo- ¿Le ha pasado algo?
-No. Bueno, sí. Siéntese, y le cuento. Es una larga historia.
Se sentó y escuchó con atención a aquella extraña, que resultó ser la trabajadora social de un hospital de una provincia limítrofe. Su hija estaba ingresada allí. Estaba bien cuidada pero no tenía a nadie cerca, y, después de mucho insistirle, había dado las señas de su madre
-Pero ella, ¿cómo está? ¿Qué tiene? ¿Se encuentra bien?
-Será mejor que se lo diga ella
-Sí, sí, dígale que se ponga -decía esperanzada-
-Ahora mismo no está a mi lado. Pero será mejor que venga y comprueba como está en persona. Me ha dado permiso para que la llame
-¿De verdad que quiere verme? ¿Está segura?
-De verdad
No dudó ni por un momento lo que tenía que hacer. Cogió el primer autobús que salía hacia allí y se plantó en aquel hospital. Ni siquiera se molestó en dejar un mensaje en su casa, ni darle a él ninguna explicación. Nunca había pensado que aquel olor aséptico y penetrante le parecería el mejor de los perfumes.
El abrazo con su hija fue largo, prolongado y húmedo por las lágrimas derramadas y las no derramadas desde hacía tanto tiempo. Antes de ponerse al día, la miró y algo punzante le atravesó el corazón.
Su niña estaba débil. Respiraba con dificultad y tenia unas ojeras muy pronunciadas. Las redondeces de las caderas que tantos quebraderos de cabeza le habían causado habían desaparecido, y habían sido sustituidas por piel y huesos. Su niña no estaba bien, por más que se empeñara en decir lo contrario.
Lo que más la alertó, sin duda, fue el pañuelo que llevaba en la cabeza. El signo equívoco de que de su abundante melena castaña no quedaba ni rastro. La interrogó con la mirada
-Sí, mamá, es lo que imaginas. Tengo cáncer. Cáncer de mama
-¿Y…cómo? ¿qué? -no sabía cómo hacerle la pregunta que la quemaba por dentro- ¿cuánto…?
-¿Si me voy a morir? Pues sí, como todo el mundo. Pero no tengo la más mínima intención de que sea ahora. Aunque hay un bichito -dijo señalándose el pecho- empeñado en ponérmelo difícil, no me va a ganar
-Claro que no, hija. Y menos ahora que está tu madre contigo-trató de sonreír- Ya te puedes ir yendo a otro lado, bicho, aquí no tienes nada que hacer.
Le debía una vida de explicaciones. Pero, sobre todo, le debía una vida de abrazos, de mimos y hasta de riñas. Pero en ese momento lo único que deseaba con todas sus fuerzas es que no fuera demasiado tarde.
Después del reencuentro, de ponerse al día en besos y abrazos, llegó el momento de conocer la verdadera situación de Angela. Habló con la trabajadora social que la había avisado, y juntas fueron a hablar con las doctoras que se encargaba de ella. Sufría, según le dijeron, un tipo de tumor muy agresivo, pero pensaban que lo habían cogido a tiempo, aunque en estas cosas nada era seguro.
Lo que sí era seguro es que, en cualquier caso, a Angela le quedaba por delante un largo y duro tiempo de tratamiento, y que necesitaría a alguien a su lado. Por eso, cuando vieron que aquella chica estaba sola, que nadie la acompañaba, decidieron tomar cartas en el asunto. Y, al parecer, habían acertado. Tanto la madre como la hija parecían estar esperando el empujón que uniera otra vez lo que había quedo roto tiempo atrás.
Había llegado el momento de la verdad, y no tuvo ninguna duda. La trabajadora social le dio las señas de varios hostales cercanos donde podía quedarse para estar con Angela mientras estuviera ingresada. Luego, ya verían
.Hija, tengo que ir a casa a recoger mis cosas
-Pero ¿seguro que vas a volver?
-¿Tú quieres que vuelva?
-Más que nada en el mundo
-Entonces, volveré
-¿Y te quedarás conmigo?
Para siempre, hija. Para siempre
Cuando aquel mismo día regresó a casa, ya sabía que sería la última vez que pusiera los pies en aquel lugar donde tan desgraciada había sido. Aquel bicho que se había infiltrado en el cuerpo de su hija había hecho una faena extra: le había dado las fuerzas suficientes para tomar la decisión que debía haber tomado tanto tiempo atrás.
No le dio ninguna explicación mientras, con toda parsimonia, iba eligiendo las pocas cosas que se llevaría en su maleta de Minie Mouse. Sabía que, más bien pronto que tarde, él aparecería demandando explicaciones, exigiendo que le hiciera la comida, o la cena, o cualquier otra cosa que se le ocurriera.-
.-¿Se puede saber dónde has estado? ¿Y por qué has vuelto tan tarde? -reclamaba él a gritos- ¿De dónde vienes?
-De ningún sitio que te intereses – respondió ella con una seguridad que le pasmó a sí misma-
-¿Y dónde leches vas? -dijo mirando la maleta-
-Me voy. Se acabó
-No puedes irte -él, de pronto, cambió el tono exigente por otro lastimero- No me dejes así, somos una familia
-No aguanto más. Tenía que haberme ido antes
-Puedo cambiar -suplicaba- Dame una oportunidad. No puedo vivir sin ti
-Ya es tarde. Adiós
Mientras cerraba las orejitas de Minnie Mouse, oía como él empezaba a gritar de nuevo. Bramaba que no pararía hasta dar con ella, que la buscaría, que la obligaría a volver a su lado. La mataría. De la cárcel se sale, del cementerio, no. La maldita frase que tantas veces había escuchado. Pero ahora parecía no producir ningún efecto sobre ella.
Se instaló en el hostal cercano al hospital que le recomendaron. Antes de dejar su maleta, pasó a ver a su hija. Quería que supiera que había vuelto, como le prometió, y que era para siempre. Quería estar con ella ahora que la necesitaba, devolverle todo el tiempo perdido.
Angela estaba tumbada en la cama, conectada a un gotero, aunque despierta
– Mamá, qué pronto has vuelto
– Te lo prometí, ¿no?
– Y esa maleta, es la mía -se río- Solo a ti se te ocurre pasearte por ahí con una maleta de Minnie
– Pues a mí me gusta
– Y a mí, mamá. Y a mí
Todo saldría bien. Estaban seguras de ello
Al cabo de pocos días, tenían que operar a Angela. Madre e hija se fundieron en un abrazo antes de que entrara en el quirófano. Ambas pensaban que el destino, que tan esquivo les había sido, no les iba a jugar ahora la mala pasada de separarlas.
Y el destino no les falló. Meses más tarde, Angela abandonaba el hospital, con su equipaje en una maleta de Minnie Mouse y calzada con unos preciosos zapatos de tacón de color tojo
Juntas fueron al despacho de un abogado, donde, por fin, se libraron de las cadenas que las habían atenazado tanto tiempo.
Mientras su madre firmaba el convenio de divorcio, Angela hubiera jurado que Minnie Mouse le guiñaba un ojo desde su maleta.
Todas las personas tenemos nuestras preferencias. Nuestra peli favorita, nuestra canción, nuestro libro y hasta nuestra persona predilecta. Los seres humanos no somos planos y a veces, no tenemos problemas en mostrar nuestras debilidades. Hasta Mi villano favorito es el título de toda una saga de películas. Aunque no es siempre fácil decidirse, por eso hay títulos que te instan a hacerlo, como Elígeme.
En nuestro teatro también tenemos nuestras debilidades, nuestras filias y nuestras fobias. Cuando me preguntan, suelo decir que mis juicios favoritos son las violaciones, no porque me resulte agradable la materia sino porque me gusta emplearme a fondo en un tema donde la prueba que se desarrolla en juicio es fundamental. Medio en broma medio en serio, suelo decir que yo soy fiscal de sangre, sexo y vísceras, por contraposición a otros compañeros y compañeras que se inclinan más por las cuestiones económicas. Y es que un buen asesinato también me pirra, lo confieso, hasta el punto que una de mis hijas dice que le da miedo la cara de disfrute que pongo cuando hablo de estos temas. Y es que no es fácil para alguien ajeno a Toguilandia entender que se disfrute al hablar de puñaladas o penetraciones, por ponet un ejemplo.
He de confesar que este estreno trae causa de una pequeña iniciativa que hice en redes, invitando a que me contaran sus preferencias en materia de juicios. Me ha abrumado la cantidad de respuestas, que agradezco en el alma, y trataré de desvelar qué pensamos los juristas, que de todo hay en la viña del señor.
Hay quien, con un toque de humor, se decanta por lo práctico. Así, una abogada amiga me dice que sus preferidos son aquellos en que la fiscalía retira la acusación. Otra, en similar sentido, se inclina por aquello donde la parte demandada no se presenta. Y la verdad es que esos juicios gustan a cualquiera. Bueno, bonito…y no siempre barato.
En cuanto a materias, hay quien se inclina directamente por lo penal, e incluye lo que venga, sobre todo, dice una compañero fiscal y se adhiere otra, si se enfrenta a una buena defensa. Sin embargo, ganan por goleada los aficionados al derecho civil, aunque el contencioso también tiene sus fans, y lo laboral. Que no se diga
En cuanto a jurisdicciones, también hay muchas respuestas que se inclinan por la de menores y por lo relativo a personas vulnerables, incluida la discapacidad. Sin embargo, la violencia sobre la mujer ha recibido menos votos, aunque me encantó el de quien expresó sus preferencias por las comparecencias de orden de protección. En este caso, me adhiero al letrado.
Y, entando en materias concretas, los juicios con jurado son muy del gusto toguitaconado, a lo que yo misma me sumo. Otras materias penales con cierta popularidad son la libertad e indemnidad sexual, la imprudencia, el tráfico de drogas, las estafas, los delitos económicos, la siniestralidad laboral –en sus múltiples vertientes- o el asesinato –cuanto más complejo, mejor-. Hay quien también disfruta cuando se discute sobre imputabilidad y sus causas, y quien dirige sus preferencia en función del procedimiento, desde quienes adoran los sumarios hasta quienes lo que adoran son los delitos leves, que también tiene su puntito.
En el campo penal, también me ha llamado la atención la frase de una persona que hace hincapié en que le gustan los juicios donde se juzga a los acusados y no a las víctimas, elección a la que me uno. Me entristece, sin embargo, que nadie haya manifestado su favoritismo por los delitos de odio. Menos mal que sé que es una preterición involuntaria o errónea, y aquí estoy yo para defenderlos.
En el orden civil, los hooligans son legión, y, entre todas las materias, es la de familia la que no tiene rival, seguida, aunque de lejos, por las sucesiones y por las herencias, con lo que gustaban cuando veíamos en la tele Falcón Crest o Dinastía.
Pero para gustos hay colores. Me llama la atención que a una fiscal le guste especialmente el procedimiento de derecho al honor, pero así es. Y junto a este, temas variados, mezclados con el mercantil algunos de ellos, como la competencia desleal y la propiedad industrial, los contratos de distribución y de franquicia, el exequatur, la responsabilidad extracontractual –bastante votada-, los relacionados con la empresa, alimentos, arrendamientos, propiedad horizontal, compraventa, liquidación del régimen matrimonial, declarativos de dominio, defectos en la construcción o interdictos de retener y recobrar. Hasta las reclamaciones de cantidad o los verbales de tráfico tienen su público.
También hay quien elige, como pasaba el Penal, en función del procedimiento, y el ordinario es el que más agrada. Además, me comenta un juez que le gustan especialmente las audiencias previas por su contenido jurídico, aunque no siempre se valoran como deben.
En materia administrativa o contencioso administrativa, la extranjería tiene mucho predicamento, como debe de ser. No siempre somos capaces de pensar los intereses tan importantes que hay en conflicto.
Y no me olvido del laboral. Despidos y derechos fundamentales son de lo más valorado, aunque me encanta la apreciación de otra Señoría, que encamina sus gustos hacia materias especialmente novedosas, como han sido en su momento los ERTES por Covid. Y es que tener la oportunidad de hacer cosas nuevas y seguir estudiando nos da la vida y nos ayuda a no perder la ilusión que, a veces, parece querer escaparse por la rendija que le abre la rutina.
Y hasta aquí este pequeño esbozo de nuestras preferencias que tal vez deben dejar ojiplático a quien no visite nuestro mundo con frecuencia. También en Derecho vale el refrán de “sobre gustos no hay nada escrito”
Ahora solo queda el aplauso. Que es, sin duda, para todo el mundo Twitter que ha colaborado con sus aportaciones. Mil gracias por contarlo, y por entregaros a esas materias nada fáciles. Me declaro fan vuestra.
Como fan soy de @madebycarol, autora de la ilustración de hoy y de otras muchas, para la que pido la ovación extra
-Mamá, ¿por qué se lo llevan, si es un hombre bueno?
-Hija, es tan difícil de explicar que no sé si voy a tener palabras
-Pues inténtalo, mamá. Necesito saberlo
El hombre a quien se llevaban era médico. Uno de los pocos que podían llamarse así oficialmente por aquel entonces. Enseñaba Medicina en la Universidad y su fama y buen hacer eran tales que llegó a ser el médico personal del rey. No obstante, nunca perdió la humanidad ni se dejó arrastrar por fama ni oropeles. Atendía a cualquiera que necesitara sus servicios, fuera noble o plebeyo, amo o siervo, rico o pobre, hombre o mujer.
Pero nada de eso le sirvió cuando vinieron a buscarlo. O tal vez se dejó ver demasiado y despertó envidias inoportunas. Se lo llevaban en el nombre de Dios, en el nombre de un dios que habían jurado no tomar en vano. La Inquisición procedía contra aquel hombre sabio y bueno por una sola razón, porque alguien había denunciado que seguía practicando el judaísmo, a pesar de haberse convertido hacía mucho a la religión cristiana.
Se dejó llevar sin oponer resistencia. Sabía que aquello iba a ocurrir desde el aciago día en que aprehendieron a su amada esposa y la trasladaron a un lugar del que no regresó jamás. Sabía que si ella caía, él sería el próximo. Solo rezaba a su dios, fuera el que fuera, para que sus hijos no corrieran la misma suerte. O la misma desgracia
No hubo piedad, no perdón, ni remisión posible. Primero ardió ella en la hoguera, después de obligarla a procesionar por toda la ciudad con el sambenito que la estigmatizaba como hija del diablo tras meses de torturas. Más tarde, le tocó el turno a él. Ninguna de todas aquellas personas a las que tan bien trataron se atrevió a decir una palabra en su favor. Temían que el fuego de la hoguera les alcanzase si abrían la boca.
-No fueron el único caso. Por desgracia, la Inquisición mató y torturó a un montón de personas inocentes
-¿En el nombre de Dios?
-En el nombre de un dios que jamás aceptaría eso.
La película terminó. La madre y la hija se dieron un largo abrazo. Ambas tenían los ojos llenos de lágrimas.
-Menos mal que esas cosas ya no pasan
Tras la película, la televisión emitía un avance informativo con una noticia de urgencia. Los talibanes se habían hecho con todo el control de Afganistán. Las imágenes de mujeres tapadas de pies a cabeza, de obras de arte destruidas, y de dolor y llanto eran estremecedoras. El locutor recordaba que las mujeres no podrían estudiar, ni trabajar, ni siquiera salir a la calle sin que les acompañara un varón
– Por desgracia, siguen pasando, hija. Puede cambiar el nombre del dios, pero no cambian las personas que usan su nombre como excusa para la barbarie.