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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

#DonesEsmorzadores: igualdad a la mesa


                Cuando yo era pequeña, alguna vez escuché decir a personas mayores que a los hombres se les conquista por el estómago. Y, aunque siempre he pensado que a hombres, y a mujeres, y a hasta a animalicos si me apuran, se les llega muy bien por esa vía, además de por otras, era un dicho que confirmaba un reparto de roles que todavía perdura aunque no lo creamos.  Y, además, no olvidemos que una buena comida siempre es un buena excusa para todo, incluida una buena película, como El festín de Babette, Ratatouille, Comer, beber, amar o Bon Appetit, entre otras muchas.

Hoy en nuestro teatro me voy a salir, aparentemente, de los márgenes de Toguilandia para contar cómo cualquier excusa es buena para perpetuar la igualdad entre hombres y mujeres. Y pocas excusas como un buen festín gastronómico.

En mi tierra, Valencia, existe la buena, magnifica costumbre de almorzar –esmorzar- No me refiero a hacer un tentempié, ni un brunch o como quiera que se diga, ni a hacer un kit kat para tomarse cualquier cosa para aguantar en pie y seguir adelante. Hablo de palabras mayores, de almorzar como está mandado. O como decimos por estos lares, esmorzar, que nunca esmorzaret. Ni esmorzaret ni caloret, por cierto, que ya tenemos bastante cruz con que nos recuerden de vez en cuando ese episodio de lo más bochornoso.

Para almorzar no basta con tomarse un bocadillito. Hay que hacer toda una liturgia, que empieza por la arrancaora y acaba con el cremaet, ambos con el carácter espirituoso que cualquiera puede imaginar a poco que se ponga, y tiene por protagonista un bocadillo que es mucho más que eso. En el ínterin, como si del plazo para recurrir se tratara, es absolutamente necesario el plato de cacahuetes con su cáscara -cacau amb corfa-, las olivitas, los altramuces, y todo lo demás que tenga a bien disponer el hostelero-anfitrión de que se trate. En medio, un bocadillo a elegir que suele ser de todo menos ligero –ni falta que le hace-, y con más fundamento que las sentencias mejor motivadas. Y, por supuesto, no hay «visto para sentencia» sin el cremaet correspondiente, una suerte de café que no solo es un café.

Pensará alguien, y con razón, que lo que cuento tampoco es tan raro, y que en todas partes cuecen habas o almuerzan de uno u otro modo. Y también pensará, y sin razón, que a ver que tiene que ver este romance con la igualdad, que ya se me ha ido la pinza y que cualquier excusa es buena para soltar mi matraca. Y eso si que no.

Y es que, si miramos bien, en cualquiera de las mesas de bares donde se almuerza, encontramos una mayoría arrolladora de hombres. Hombres que, según la tradición, almorzaban y arreglaban el mundo mientras sus señoras cocinaban y arreglaban la casa , como fiel reflejo de una época en que las mujeres ni siquiera podían abrir una cuenta corriente sin el permiso de su señor esposo.

Pero hete tú aquí que los tiempos han cambiado, que las mujeres tenemos igualdad formal en nuestro país, pero que la sociedad a veces no acaba de creérselo. Y eso del almuerzo pude ser una buena muestra.

Así fu como mi ya buena amiga Coca de panses –su nombre de guerra que, traducido es algo así como Torta de pasas- me metió en este maravilloso berenjenal de les dones esmorzadores, mujeres que nos introducimos en esta cultura del almuerzo que aparecía como tan masculina, para formar parte de ella. Y ojo, no solo con el consentimiento, sino con el beneplácito y aplauso de los señores, con Paco Alonso a la cabeza, periodista y alma máter de esta historia.

Y así, a lo tonto a lo tonto, os he contado como de algo aparentemente poco relacionado con el derecho, se puede sacar jugo jurídico, y de los buenos, ese que emana de la Constitución y que consagra nuestros derechos, la igualdad entre ellos.

Para acabarlo de rematar, este año nos sacaron en una falla, a la cultura del almuerzo en particular y a les dones esmorzadores en particular. ¿Se puede pedir más? Pues eso

Así que aquí lo dejo por hoy, con la sonrisa puesta y la digestión hecha, aunque no me olvide del aplauso. Y ese va destinado, sin duda alguna, a quienes han hecho posible esta iniciativa, y demuestran que la igualdad no solo se hace efectiva a través de textos legales.

Amenazas: El tiempo que nos queda


Hoy en nuestro teatro, un cuento. Es un relato que pretende tranmitir la angustia que produce una amenaza según cómo y de quién venga

EL TIEMPO QUE NOS QUEDA

(Relato finalista de certamen Carolina Planells 2021)

                  Vivía con la angustia instalada en el cuerpo y en el alma. Era un pasajero molesto, que tomó su billete el día que me llegó el primer mensaje y nunca llegaba a su estación

                  “Disfrutad del tiempo que os queda juntas”

                    El mensaje de whatsapp parpadeaba en la pantalla de mi móvil alterando mi tranquilidad. Fui tonta al pensar que con la firma del acuerdo de divorcio podría pasar página y empezar una nueva vida. Es cierto que empezaba una nueva vida pero era, si cabe, peor. Nada que ver con lo que había imaginado el día que renuncié a todo el dinero que me correspondía en el reparto a cambio de la custodia de mis dos hijas.

                  Por el contrario de lo que creía, o de lo que quise creer, él no despareció de mi vida. Desarrolló un nuevo e insólito interés por compartir con las niñas una compañía que nunca le interesó. Mientras duró el matrimonio, jamás las recogía del colegio, nunca les cambió un pañal ni les dio una papilla, fue incapaz de llevarlas al parque o a un cumpleaños. Y, de pronto, cuando nuestra separación se hizo efectiva, le entraron unas ganas locas de ser el padre que nunca había sido. O eso fue, al menos lo que hizo creer al mundo entero, empezando por el juez que dictó la sentencia de nuestro divorcio.

                  Me resigné. No me quedaba más remedio. Así que uno de cada dos fines de semana preparaba sus maletitas de Minnie y lloraba por dentro, aunque les mostraba la mejor de mis sonrisas. Ya me había advertido mi abogada que por nada del mundo dijera nada a las niñas que les llevara a negarse a ir con su padre. Si aquello sucedía, podría ser contraproducente para mí, hasta el punto de quitarme la custodia de las niñas por haberlas manipulado. Esa perspectiva me producía escalofríos, no tanto porque no concebía la vida sin que estuvieran conmigo, sino porque no sabía lo que podría llegar a pasarles. Nadie más que yo sabía lo que era capaz de hacer ese hombre ni hasta dónde podía llegar.

                  Por eso, cuando me llegó el primer mensaje, se me puso el corazón en la boca y a punto estuvo de salírseme. Sabía que era un ultimátum. Y que, además, producía el efecto contrario de lo que decía: con la espada de Damocles encima, era difícil, cuando no imposible, disfrutar de nada.

                  A pesar del miedo que tenía, decidí denunciarlo. No se me pasó por la cabeza que alguien pudiera no ver lo que yo veía con toda claridad en aquella sucinta frase, una amenaza para la vida de mis hijas y para la mía. Pero el abogado que me tocó de oficio ya me advirtió de que no veía fácil que me concedieran la orden de protección que pedía.

– La frase no tiene contenido objetivamente amenazante. Entiendo que usted lo sienta así, pero tengo muchas dudas en que sus Señorías lo entiendan así

– ¿Entonces?

– Le juro que lo intentaré con todo mi empeño, pero no veo demasiadas posibilidades. Lo siento.

                  No había contado con eso. En realidad, cuando él decía que yo era tonta e inútil, debía tener razón. Si no lo fuera, habría caído en que él, el prestigioso y rico abogado con el que me casé, no iba a cometer el error de hacer algo que pudiera perjudicarle. Seguía con la misma táctica con la que me había machacado casi desde el primer día, la de mostrarse como un tipo equilibrado, encantador, inteligente y responsable que trataba a su esposa como una reina. Con una sonrisa displicente, me disculpaba cada vez que hablaba, como si yo fuera una niña cuya opinión no importaba a nadie. Confieso que llegué a pensar que era así, a pesar de que siempre fui una excelente estudiante y acabé con el premio de honor una carrera que jamás ejercí.

                  Al salir del Juzgado, con la orden de protección denegada tal conforme pronosticó mi abogado, volví a ver aquella sonrisa displicente que me atravesó como el más afilado de los cuchillos. No le hizo falta decir nada para que yo me sintiera amenazada. Y ahora, además, tenía de nuevo los mandos de un juego que jamás perdería, unos mandos que nunca había dejado de tener. Solo él y yo sabíamos que eso era una amenaza, y que el juego era un juego mortal.

                  Estaba sola. Sola, con mis hijas. Sola, a pesar de todas las personas que, a mí alrededor, querían ayudarme y no sabían cómo. Sola con mi miedo y con mi angustia.

                  Trataba de todas las maneras posibles pasar página, como me decían una y otra vez. Pese a que sabía que él no acabaría olvidándose, que nunca me dejaría en paz y que empezar una nueva vida era imposible, quise creer que podía hacerlo, como me repetían hasta la saciedad. Incluso puse en práctica lo que el mismo demonio me decía en sus mensajes de whatsapp, que se repetían casi a diario. Trataba de disfrutar del tiempo que nos quedaba.

                  Es difícil imaginar para quien no haya pasado por ahí cómo se siente alguien con un temporizador controlando su vida. Es cómo yo me sentía. Cuando llevar al parque a mis hijas, pensaba que tenía que aprovechar el tiempo porque tal vez fuera nuestro único paseo por el parque. Y me pasaba lo mismo cuando las llevaba al colegio, a merendar o al cine. Se me encogía el alma al imaginar que podía tratarse de su última clase, su último cumpleaños o su última película. Y, por más que intentara disfrutarlo, era imposible

  • Mami, ¿no quieres jugar? ¿Por qué estás siempre triste?
  • No estoy triste hija. Solo un poco cansada.

                    Por el contrario que su padre, yo era una actriz pésima. No podía disimular el desasosiego que sentía, apuntalado por cada mensaje que recibía. Y, en consecuencia, mis hijas se agobiaban en mi compañía. Intentaba disimular mi angustia, pero era muy difícil

  • ¿Sabes qué, mami? –dijo de pronto mi hija mayor- Papá cada día está más divertido. Seguro que si lo conocieras ahora, volveríais a estar juntos
  • Nos lo ha dicho él –intervino la pequeña- Que seguro que ya no estabas enfadada con él y podríamos quedar los cuatro

                      Se me cayó el alma a los pies. Él estaba repitiendo con las niñas lo que hizo conmigo en su día. Estaba atrapada en el infierno, y él tenía la llave

“Sigue disfrutando de ellas. Será por poco tiempo”

                  Cuando las niñas volvían de las visitas con su padre, respiraba aliviada. Siempre temía que no regresaran. Y ellas no entendían nada. Las estaba atrapando en su tela de araña y yo no podía hacer nada para que se soltaran

  • Jo, mamá, no nos achuches tanto. Cualquier diría que no nos vas a ver más…

                       La frase de mi hija mayor fue una premonición. Aquel domingo, a las ocho de la noche, las niñas no llegaron. Tampoco llegaron a las ocho y media, ni a las nueve, ni a las diez. Cuando las agujas del reloj mostraron que ya era un nuevo día, seguían sin venir. Y a ese día siguió otro, y otro, y otro más. El había cumplido su amenaza.

                        Fui al juzgado a denunciar su desaparición, aunque era consciente de que no serviría para nada. Me atendió el mismo juez ante el que había solicitado la orden de protección unos meses antes. Su cara se descompuso al verme. Y, aunque intentaba disimular, no lo conseguía

  • Lo siento, de veras

                     Hice una mueca que quería ser una sonrisa. No tuve fuerzas para darle las gracias, ni mucho menos para decirle que si me hubiera hecho caso, no estaríamos así. No era más que un peón en el juego y con un jugador como él a los mandos, nadie podía hacer nada. Era la dolorosa lección que había aprendido.

                  Seguimos sin saber nada de mis hijas, ni de él, durante tres eternos meses. Hasta ayer mismo

                  La historia de Carolina me impresionó sobremanera. Había oído hablar de la violencia de género, de la violencia vicaria y de todo tipo de maltrato, incluso había escrito sobre ello por encargo del periódico en el que trabajaba. Pero no me había visto en la tesitura de enfrentarme al dolor cara a cara. Y el dolor me había traspasado hasta lo más hondo.

                  Carolina era poco más que una muerta viviente. A pesar de que todo el mundo mantenía la esperanza de que las niñas estuvieran a buen recaudo en cualquier país lejano junto a su padre, ella parecía darlas por muertas. Contaba las cosas con un tono neutro, como si estuviera hueca por dentro. Sin embargo, aquel tono dolía mucho más que cualquier grito o gemido

  • No las volveré a ver. Ni yo ni nadie

                  El último mensaje había sido demoledor para ella, aunque continuaba siendo tan poco explícito como el resto

“ Espero que disfrutaras de ella cuando pudiste”

                  Yo quise consolarla diciéndole que la existencia de un mensaje después de tanto tiempo era una buena noticia. Al menos, él no se había matado arrastrando a las niñas con él, como habían hecho otros malditos machistas. Pero ella no lo veía así

  • Están muertas. Lo sé.

                    Ha pasado ya un año desde que desparecieron. Nadie las ha encontrado, ni vivas ni muertas. Tampoco ha dado nadie con el paradero se su padre, a pesar de que mi artículo con la petición de ayuda de esta madre desesperada fue el más leído del periódico en toda su historia.

Buñuelos; salió como un churro


No sé qué tienen los churros que su sola mención vale para todo. O para casi todo. Tan madrileños como La verbena de la paloma, no solo son un desayuno o merienda fantásticos, sino que son la metáfora de que algo se fabrica en cantidades considerables. Pero hay otro significado metafórico de “churro”, que viene referido a las cosas que salen hechas un cuadro. Como las chapuzas de Pepe Gotera y Otilio o las de la serie Manos a la obra, con su gotelé a tutiplén. Aunque en la Valencia de Cañas y Barro o La Barraca más que churros, hablamos de buñuelos. Como está mandado.

            En nuestro teatro hacemos más churros, o buñuelos, de los que quisiéramos. Las condiciones de tiempo y falta de medios nos convierten a veces en máquinas de hacer churros como ya contábamos en un estreno, y los churros se indigestan, además de no ser siempre la mejor opción. Ni los buñuelos tampoco. Pero a veces no queda otra.

            ¿Quién no ha sentido alguna vez que se ha preparado algo de maravilla y el resultado no es el esperado? Es una de las primeras lecciones que aprendemos como estudiantes, antes, incluso, que el contenido a aprender. En la Facultad me pasó más de una vez: exámenes para los que había estudiado mucho -o eso creía entonces- luego salían como un buñuelo. Probablemente, no llevara tan bien la cosa como yo pensaba, aunque en ese momento prefiriera echar la culpa a la mala suerte, a la manía que me tenía el profesor o, como Gabinete Caligari, decir que La culpa fue del cha cha cha. La oposición es, sin embargo, otra cosa. Ahí sí que, por bien que se lleven los temas, siempre puede salirte la cosa como un churro. Los nervios, la presión y la escasez de plazas es lo que tienen.  O, como decía un preparador, la opositora gallega que, como allí está siempre lloviendo, no hace otra cosa más que estudiar, dicho sea con todo mi respeto y cariño para Galicia y su gente. Pero ya se sabe que para los opositores lo suyo es insistir, persistir y nunca desistir. En Galicia o en Canarias.

            Una vez con la toga a cuestas, la cosa no mejora, y las posibilidades de que algo salga como un buñuelo se multiplican, aunque también tiene que ver con la percepción que cada cual tenga de sí mismo, y de su nivel de perfeccionismo y exigibilidad.

            A este respecto, siempre recuerdo con cariño mis primeros juicios, cuando me preparaba un juicio de faltas -cuánto os añoro- como si se tratara del juicio del siglo. En el primero en que informé, todavía como fiscal en prácticas, estuve tres cuartos de hora para hablar de una estafa por no haber pagado el peaje de la autopista -que entonces eran, claro está, de pago-. Ni que decir tiene que condenaron al angelito, pero no por mi informe precisamente. El tipo lo había reconocido, pero yo no quise o no supe perder la oportunidad de soltar todo el rollo que me había preparado. La jueza me escuchó pacientemente y, aunque nunca lo ha dicho, no creo que me haya perdonado semejante paliza. Cosas de la bisoñez.

            No fue ella la única que tuvo que soportar mi entusiasmo no demasiado bien canalizado. Todavía me entra una mezcla de risa y vergüenza cuando me viene a la memoria la cara de los magistrados de la sala cuando me empeñé en darles una charla sobre el dolo eventual y su diferencia con el dolo directo. Y menos mal que no absolvieron, porque hubiera podido pillar una depresión de órdago. Que yo entonces todo me lo tomaba a la tremenda.

            A veces son los despistes los que nos hacen quedar, como dice mi madre, como un cochero. Como a despistada no me gana nadie, confieso que alguna vez me he confundido de juicio y e momento “trágame tierra” ha sido grandioso. En una ocasión confundí las carpetillas de un día con las de otro y comencé lo que yo creía que era un juicio por el asalto a una gasolinera cuando se trataba del tirón a una viejecita por la calle, Como el acusado se acogió a su derecho a no declarar, no pude caer en la cuenta de lo que pasaba hasta que vino la testigo, que yo creía empleada de la gasolinera. Al comprobar que tenía más de ochenta años cumplidos, me quedé descolocada, porque aquella señora que apenas se tenía en pie con un andador no podía estar manejando un surtidor. Cuando caí en la cuenta de lo ocurrido, salí del paso como pude, pero casi muero de la vergüenza . El juicio que tan bien creía haber preparado se quedó hecho un buñuelo y yo hecha un guiñapo. Aunque, por suerte, la sangre no llegó al río y salvé las naves lo suficiente como para conseguir una sentencia condenatoria. Y, por supuesto, que la señora del andador no se diera cuenta de lo sucedido y se fuera satisfecha.

            Hay otras ocasiones en que, si las cosas salen como un churro, buñuelo o lo que sea, la culpa no es nuestra. Algún error a la hora de recibir las notificaciones, que a veces pasa, nos hace acudir corriendo a un juicio que no habíamos preparado. Y hay que leer lo que se pueda lo más aprisa posible y echar mano de fondo de armario jurídico y un poco de caradura, que siempre viene bien. En general, se trata de cosas de poca complejidad y suelen acabar bien, pero la cara de susto no se le quita a una en un tiempo. Verdad verdadera.

            Una compañera me cuenta un par de cosas que encajan de maravilla con lo que quiero transmitir. La primera es lo que le ocurrió cuando en un juicio por jurado, con todo preparado al milímetro, alguien soltó un ratón y no solo cundió el pánico, sino que tuvieron que desalojar la sala, con la consiguiente falta de concentración y cambios logísticos. Las cosas ya no rodaron como deberían. Como pasaba durante una época que en los exámenes no fallaba el aviso de bomba o, en la versión más cutre, la bomba fétida. Que levante la mano quien no la ha sufrido alguna vez.

            El otro caso que me cuenta es todavía más personal, y por eso le agradezco especialmente la aportación. Como quiera que mi compañera necesita una silla de ruedas para desplazarse, consiguió que la Audiencia colocara una rampa. Pues bien, su gozo en un pozo cuando, con todo dispuesto, resultó que no ajustaba todo lo bien que deberían, con lo que las ruedas delanteras se metieron en la raja y por el canto de un duro no salió disparada de bruces ante la mirada atónita de los tres magistrados. Menudo mal rato, la verdad, Y menudo buñuelo de rampa la que construyeron.

            Aunque lo peor de todo es cuando la churrería viene de la imposibilidad de hacer las cosas mejor. Cuando a una le entran veinte calificaciones con la misma fecha de entrada, o diez recursos para contestar a la vez, se hace lo que se puede. Y en ocasiones, redunda en la calidad de nuestro trabajo, y en que la abogacía se queje de que no cumplimos los plazos. Pero, como todo el mundo sabe, lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible. Es lo que tiene la falta de medios personales y materiales, que la buena voluntad hace su papel, pero no lo soluciona todo.

            Tampoco las prisas son las mejores consejeras, pero en Toguilandia las prisas tienen una forma concreta llamada plazos que por la ley de Murphy tienden a solaparse y a ahogarnos. Menos mal que las togas flotan y sobrevivimos.

            Y con esto, acabo el estreno de hoy, buñuelos mediante. El aplauso se lo doy hoy a las compañeras que ha compartido conmigo sus anécdotas, y a Vicente, uno de nuestros funcionarios, a quien debo la imagen de este post y algunas otras, y que siempre nos alegra la vida con las decoraciones que en cada momento hace de su despacho. Gracias por sacarme una sonrisa.

Nuestro día: Día de la Mujer


Hoy es nuestro día, el día de todas y cada una de las mujeres, un día para reivindicar y para celebrar al mismo tiempo

Por eso, en este escenario en que tantas cosas hemos compartido, quiero hoy haceros un pequeño regalo. O, mejor dicho, dos. El primero, es un cuento, para recordar quiénes fuimos y quiénes podemos llegar a ser. La ilustración, una vez más, es de la maravillosa @madebycarol

El segundo, es un fantástico cortometraje en el que he participado junto a varias mujeres de todas las edades, realizado ex profeso para este día, para que nunca olvidemos que el mundo nos pertenece

Aquí tenéis el cortometraje-videodanza «Todas»

Y, a continuación, el cuento

Relato incluido en la antología Reescribiendo a Blasco Ibáñez, de Generación Bibliocafé 2018

TAPETES DE GANCHILLO

              Aquella tarea me estaba costando la vida. Vaciar una casa es mucho más que dejarla sin muebles ni enseres. Es dejarla sin vida. Y parte de la vida que había en ella era la mía y ahí se quedaría para siempre.

              Pero no había otro remedio. Con la muerte de mi padre y el estado de salud de mi madre, lo más acertado era que se viniera a vivir conmigo. Y mis magros ingresos no daban para mantener dos viviendas, por más que se nos rompiera el alma al abandonar el escenario de nuestra existencia. Así que había que hacer de tripas corazón y ponerse a la tarea.

              Hubiera querido ir más deprisa. El tiempo, representado por el camión de mudanza y su despersonalizada tarifa por horas, corría y corría, pero cada caja, cada mueble y cada cosa que aparecía por armarios y cajones me arrancaba un trocito de alma. Y el alma se me estaba desgarrando a pedazos.

              Mientras empaquetaba mi pasado en cajas de cartón, me quedé un buen rato mirando al sillón de orejas, ése donde siempre se sentaba mi madre. Desde la última reforma ya no tenía la tapicería floreada ni los tapetes de ganchillo que confeccionó con esmero mi abuela en su día. Yo odiaba sobremanera aquellos tapetes que mi madre se resistía a quitar porque le traían buenos recuerdos, pero ahora los añoraba hasta hacer rodar las lágrimas por mi cara. Y, por un instante, me pareció verlos de nuevo, impolutos sobre los apoyabrazos del sillón, y viajé en el tiempo hasta varios años atrás.

              Yo acababa de cumplir los dieciocho años. Tenía el miedo tan agarrado en la garganta que apenas me salía la voz, y tuve que increpar varias veces a mi madre para que alzara la vista del libro que leía, como hacía cada noche en su sillón de orejas con tapetes de ganchillo. Lo que tenía que decirle era demasiado importante como para asegurarme de que me prestaba toda su atención. Así que me arodillé en el suelo mientras esperaba que cerrase su libro.

              La verdad es que no sé si estaba más avergonzada que asustada, o más bien era al contrario. Pero contarle a mi madre que había sido tan tonta de quedarme embarazada era un trago bien amargo. Lo hice de tirón, sin dejar que las palabras se engancharan en mis labios ni las lágrimas en mis ojos. Y esperé, en un minuto que se me antojó eterno, a que reaccionara, mientras permanecía expectante arrodillada ante aquel sillón de orejas con tapetes de ganchillo.

              Y, entonces, mi madre, lejos de rasgarse las vestiduras, hacer aspavientos o darse golpes de pecho, me contó tranquilamente una historia. La de mi tía abuela Manuela, una tía a la que nunca conocí y a la que, al parecer, yo le debía mi nombre.

              Mi tía Manuela era la chica más guapa del pueblo donde vivían. Desde que empezaron a asomar en su cuerpo sus formas de mujer, los hombres se volvían a su paso, y ella se dejaba querer. Era coqueta, alegre y dicharachera. Y le llovían pretendientes por todas partes. Y ella tonteaba con unos y con otros sin quererse comprometer con nadie. Tiempo habría de ello.

              Pero la vida a veces te juega malas pasadas y a su familia le habían repartido unas pésimas cartas en la partida de la vida. El negocio familiar se había hundido y no había forma de salir adelante. Y un buen día la solución se plantó en la misma puerta de su casa. En su mano de naipes había un comodín. Uno de los hombres más ricos del pueblo quería casarse con Manuela. Era mayor, y muy poco agraciado, pero aquella pizpireta muchacha se vio obligada a acceder a ello para salvar a su familia de la miseria. Y tras un tira y afloja que duró más bien poco, sucumbió a la autoridad paterna y se casó con aquel hombre feo y viejo, sin contarle a nadie que iba al altar embarazada de Antonio, un chico joven y guapo por el que bebía los vientos.

              Apenas habían pasado cinco meses de la boda, se desencadenó la tragedia. Mi tía Manuela había logrado disimular su estado, pero sabía bien que no podría fingir mucho más. Y estaba en la cama, con la excusa de que tenía una indisposición, cuando le llegó la noticia de que Antonio había sido detenido cuando acababa de degollar a aquel niño que ella parió a escondidas.

              La noticia se extendió como un reguero de pólvora en su pueblo y en toda la contornada. Pero mi madre, una niña por aquel entonces, me contó que nadie les dijo qué fue de Manuela. Jamás volvieron a verla y su sola mención estaba terminantemente prohibida en su familia y en su casa. Y pense´que tal vez por eso mi madre quiso ponerme su nombre, como un postrer homenaje a aquella desdichada mujer.

              Después de contarme esa historia terrible, me hizo ver lo afortunada que era yo, con mi embarazo a cuestas y todo. Yo podía decidir qué hacer con mi vida, y ella me apoyaría en todo. Tanto si optaba por desprenderme del feto que albergaba en mi interior, como si decidía tenerlo. Y que nadie me juzgaría como le había ocurrido a Manuela, ni en un caso ni en otro. No sería fácil pero, por suerte para mí, estos eran otros tiempos.

              Aquella historia fue determinante para tomar una decisión fundamental en mi vida. Y la imagen de mi madre en el sillón de orejas con tapetes de ganchillo volvió a mi mente con una lucidez que no tuve entonces. Y, cómo en un flash, ví la imagen del libro que leía mi madre mientras me la contaba. Cañas y Barro, de Vicente Blasco Ibáñez.

              Encontré el libro entre sus pertenencias, en una caja con algunos otros recuerdos. Con un nudo en el estómago, los metí en mi bolso haciéndome a mí misma la promesa de que les buscaría el hueco que se merecían en mi casa.

 En cuanto instalé a mi madre y sus pertenencias en su nuevo hogar, me dispuese a leer el libro. Nunca antes se me hubiera ocurrido, porque yo no era demasiado amiga de la lectura y todavía menos de aquellos autores que consideraba pasados de moda. Me lo leí casi de un tirón y, al hacerlo, lo vi todo claro.

Mi tía abuela Manuela nunca había existido, más allá de las páginas del libro de mi madre. Fue como homenaje a su autor que yo tuviera el nombre de la protagonista. Y fue ella quien, desde el mundo donde las historias son parte de la vida, vino a salvar la mía. En la voz de una mujer maravillosa sentada en un sillón de orejas con tapetes de ganchillo.

Fui hacia a mi madre con el libro en la mano, y me lo confirmó con la mirada. Ni una palabra. Levantó la vista de lo que tenía entre manos, y no hizo falta hablar. Ya no podía leer, pero jugueteaba con los tapetes de ganchillo que un día estuvieron en su sillón de orejas.

Reincidencia: el bucle eterno


                El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así comenzaba un programa sobre motor que emitían en mi infancia y que, si la memoria no me falla, se llamaba la Segunda oportunidad. El programa no me gustaba nada, pero el pedrusco con el que simulaban el accidente haciendo marcha atrás me chiflaba. Cosas de niña. No sabía entonces que el dicho era verdad verdadera y que la vida, como el cine, nos ofrece constantemente tanto Sospechoso habituales como Delincuentes habituales. Y así hay que tomarlo.

En nuestro teatro la repetición de hechos delictivos tiene enorme importancia. De hecho, determina la pena y la posibilidad de entrar en prisión o no. Pero no toda persona que haya sido detenida por algún delito, incluso por varios, es reincidente. Y no es reincidencia toda repetición de hechos delictivos. Un nuevo caso de divorcio entre lenguaje coloquial y jurídico.

En su día dedicamos un estreno a la habitualidad , la conducta de aquellos que son visitantes frecuentes de Toguilandia  desde el lado oscuro de los estrados. Pero, como decía, no todos los casos de repetición delictiva son iguales ni tienen los mismos efectos. Y bien valía un post para explicarlo.

La reincidencia, el término más conocido, como tantas cosas en nuestro escenario, no es lo que parece. Aunque a primera vista se pueda creer que cualquier persona que delinque varias veces es reincidente, técnicamente no lo es. Ya hablamos de eso al dedicar un estreno a las agravantes pero hoy toca darle otra vuelta de tuerca.

Para saber si alguien es o no reincidente y merecedor, por tanto, de la agravación de la pena que corresponde por serlo, hay que echar mano de sus antecedentes penales. Y he aquí otro término que tampoco responde exactamente a la idea generalizada. Los antecedentes penales vienen en la hoja histórico penal a la que, por supuesto solo tenemos acceso las autoridades y funcionarios que lo necesitamos, y describe únicamente las condenas por sentencia firme del sujeto. No constan las absoluciones, ni los archivos, ni los sobreseimientos. Ni siquiera las condenas pendientes de recurso. Y vienen ordenadas por fechas, para que hagamos el cálculo del tiempo transcurrido desde el cumplimiento –o no- para saber si son computables. Porque los antecedentes, como todo el la vida, caducan, aunque esa caducidad se llama cancelación y se hace en un expediente al efecto. Pero, eso sí, si no se ha solicitado pero ha transcurrido el tiempo, no se computan. A cada cual, lo suyo.

No hay que confundir antecedentes penales con policiales. En los antecedentes policiales constan las detenciones, que pueden haber acabado o no en condena. Recuerdo una mujer que tenía un récord digno del Guness con más de doscientas detenciones, pero cuya hoja histórico penal –antecedentes penales- no reflejaba su amplia vida delictiva. La explicación era que la mayoría de sus fechorías eran hurtos que dieron lugar a juicios de faltas y que no dejaban antecedentes. Pero su récord era difícil de batir.

Los antecedentes policiales, que son esas fichas con fotos nada favorecedoras de frente y perfil, también pueden cancelarse con un expediente al respecto. Algo especialmente importante en los casos en que esa detención quedó en una absolución o un archivo. No obstante, para nuestras decisiones no se toman en cuenta. La presunción de inocencia es lo que tiene.

Para ser reincidente ha de existir, al menos, una condena no cancelada ni cancelable anterior a los hechos, y que además lo sea por u delito del mismo título y además, de la misma naturaleza. Es decir, que quien cometió un asesinato no será reincidente respecto de un delito de lesiones, aunque sí lo sería si se considerara que el nuevo hecho es un asesinato u homicidio intentado, por ejemplo. O quien es acusado de un robo no será reincidente si fue condenado por estafa porque aunque sea del mismo título no es de la misma naturaleza, aunque eso de la similar naturaleza sea un concepto un tanto laxo.

En el caso de la violencia de género, donde los preceptos están desperdigados en distintos títulos, se dan situaciones chocantes. Si alguien le condenaron por pegar a su mujer, no será reincidente si luego la intenta matar, aunque sí si vuelve a pegarla. Otro tanto sucede si la amenaza. Aunque es difícil hacer entender estos matices.

Distinta de la reincidencia es la habitualidad, que es la comisión de tres o más delitos del mismo capítulo en un plazo de 5 años, condena mediante. Ahora bien, esta habitualidad era trascendente para la sustitución de la pena, que ya no existe, así que se queda un poco colgada de la nada en el Código. Como si fueran las casas de Cuenca, pero sin gracia. Como mucho, podría tenerse en cuenta para tomar una decisión sobre una medida como la prisión preventiva, pero como un indicio más y no por disposición expresa. Un lío, como tantas cosas.

Pero una cosa es la habitualidad así entendida, y otra el maltrato habitual, un tipo específico en la violencia de género y doméstica que no responde a estos cánones estrechos sino a la sucesión en el tiempo de hechos que crean un clima de terror doméstico.

También hay delitos con su propia habitualidad, como ocurre con el hurto, en el que hay una agravación específica por haber cometido tres delitos de las mismas características. Con lo fácil que sería usar un concepto igual para todo. Pero el legislador parece que se divierte con estas cosas.

Para acabarlo de arreglar, tenemos la reiteración delictiva, que no cuenta con concepto propio, pero que se refiere, como su nombre indica, a la repetición de hechos análogos, y también es un indicio a tener en cuenta a la hora de adoptar medidas cautelares.

En la práctica, para una de las cosas que más se tiene  en cuenta la existencia de antecedentes penales es para la concesión de la suspensión de la pena, que como todo el mundo sabe, se da, en principio, a quien no tiene antecedentes o, según la dicción clásica, a los delincuentes primarios. Pero tampoco en este caso son las cosas tan sencillas, puesto que la suspensión admite excepciones en las que se puede dar un tipo extraordinario sin concurrencia de este requisito, como ocurre en supuestos de drogadicción con sometimiento a programa de deshabituación –siempre que se siga, claro está- . No obstante hay que recordar que esa es la regla general, porque también puede denegarse la suspensión a un delincuente primario, si se entiende que no procede, al tratarse de una decisión facultativa y no potestativa. Un galimatías que ya vimos al hablar de la ejecución de la pena.

Y la última vuelta de tuerca vendría dada con el delito continuado y el delito masa. En el primero se cometen varios delitos, con un lapso de tiempo pequeño, que se juntan para formar uno solo pero más grave. Lo que ocurre es que en ocasiones perjudica y en otras favorece al delincuente. Pensemos en que quien comete doce delitos de quebrantamiento de condena puede ser condenado del mismo modo que si solo cometiera tres, con lo que parece que hay unos cuantos que salen gratis. Sin embargo, quien comete tres delitos leves de hurto sale perjudicado por la aplicación de la figura del delito continuado. En cuanto al delito masa, es el de múltiples perjudicados pero por un solo hecho, como las grandes estafas inmobiliarias.

Y hasta aquí, lo que se daba hoy. Solo queda el aplauso, dedicado a quienes me leéis. Espero que en eso sí seáis reincidentes

Verdulería: manzanas traigo


En nuestras vidas tienen mucha influencia las frutas y verduras, aunque a veces ni siquiera nos demos cuenta. Ya en nuestra más tierna infancia convivíamos cada tarde con el frutero, uno de los habitantes de Barrio Sésamo, y con Los Fruitis, frutas y verduras cobrando vida. También había un frutero con un papel fundamental en la serie 7 vidas y en su heredera Aída. Y, por su parte, el cine nos ha dado títulos como Fresa y chocolate, o La Manzana de la discordia. Por no hablar del cante, donde nombres como Manzanita o Tomatito son de los más común.

            En nuestro teatro, aunque no lo parezca, los productos de la tierra tienen su influencia. Como en la vida.

            Cuando estudiaba la carrera, y luego la oposición, me hablaron del hurto famélico, ese que se cometía para subvenir las necesidades más elementales de la vida, como comida o vestido. Siempre había algún gracioso que comentaba que el vestido no se come, y, por tanto, no sacia el hambre, pero es evidente que por más que la palabra sea la que es, se refiere a cualquier necesidad esencial. Una vez comencé a pisar Toguilandia, me di cuenta de que el hurto famélico, tal como me lo imaginaba, existía poco. Aunque algunas sustracciones de comida en supermercados se le acercarían mucho

            No obstante, no es lo mismo hurto famélico que cualquier hurto de productos del campo. Que se lo digan si no a los pobres agricultores que tienen que sufrir actos depredatorios con cierta frecuencia. Algunos de ellos darían para alimentar a un regimiento, que he visto hasta ir con camiones a cargar naranjas u otras frutas antes de que al propietario le haya dado tiempo a recoger la cosecha. Y eso, desde luego, no es famélico. Famélico sería, en todo caso, el estado precario en el que dejan al pobre agricultor.

            Hablando de naranjas, que por algo una es valenciana, también recuerdo la cantidad de procesos que durante una temporada teníamos por las estafas a naranjeros. Hay que tener en cuenta que la evolución de las explotaciones agrícolas, de un sistema en el que bastaba un apretón de manos o se compraban las cosechas “a l’ull” -a ojo- a la vida actual requirió de un reseteo importante del que siempre hay desaprensivos que sacan partido.

            Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, y hay asuntos donde las frutas y verduras maduran en otras jurisdicciones. Una de la que tuve noticia hace referencia a algo que vemos en los dibujos animados pero que no parece realidad: el resbalón con una piel de plátano. Recuerdo a una señora que obtuvo una sustanciosa indemnización por una caída en un supermercado por esa causa, en la que se partió la cadera. Un verdadero caso de mala pata, vaya.

            Las fruterías también se arriendan, se compran y se venden. Se puede impagar la renta y tener que desahuciar a quien las ocupa, y se les puede pedir responsabilidad si causan daños. Como a cualquiera. Porque para tener un negocio más vale tenerlo todo bien madurado y no estar verde como comerciante.

            Por otro lado, cuando hacemos mal nuestro trabajo, nos pueden despedir a tomatazos, sean reales o imaginarios. Más de una vez lo hemos hecho en nuestras funciones para quienes nos escamotean medios o nos niegan el pal y la sal. O los garbanzos, que viene a ser lo mismo.

            Pero, además de las frutas y verduras físicas, también están las metafóricas, y en nuestro teatro florecen más de lo que podríamos imaginar. Y si no, pensemos en la cantidad de veces que nos quedamos de pasta de boniato, o nos ponemos rojas como un tomate, según las cosas nos sorprendan o nos avergüencen, Aunque también podrían ser las dos cosas al tiempo, y tendríamos un bonito boniato rojo rojísimo, no sé si transgénico, pero muy llamativo, en cualquier caso.

            También hemos sentido más de una vez que algo nos importa un pimiento. En concreto, yo me siento así con algunos escritos a los que les sobran paja y páginas, o cuando algún testigo se va por los Cerros de Úbeda con cosas que nada tienen que ver con el objeto del pleito. Y es que, con los juicos, pasa como con los pimientos de Padrón, que unos pican y otros non.

            ¿Y como llamamos a quienes han faltado a la probidad que deberían tener y han sustraído caudales públicos? Pues manzanas podridas , que es un modo común de referirse a los corruptos. O garbanzos negros, que, aunque no sea fruta ni verdura, es legumbre, vegetal, al fin y al cabo.

            En estos casos, si conseguimos pillarles con el carrito del helado y la cosa acaba con sentencia condenatoria, nos quedamos más a gusto que un arbusto. Y quien en su día fue fresco como una lechuga no se saldrá de rositas, que no son fruta ni verdura, pero sí una flor, y bien bonita.

            Por su parte, entre las personas que intervenimos en las tablas de nuestro escenario. las hay dulces como melocotón maduro, o ácidas como un limón. Hasta las hay agrias, como una fruta podrida o amargas como un café bien cargado. Para gustos hay colores. Con toga, o sin ella.

            Para acabar, recordaré a un clásico, al perejil que le poníamos a San Pancracio para que nos dé un trabajo, y cuya imagen me llevé al examen . Y una vez encomendada al santo, daré el aplauso a quienes en nuestro mundo hacen todo lo posible para que la experiencia en Toguilandia no sea un bocado amargo.

Horror: que nunca se repita


En estos días en que estamos sufriendo por lo que ocurre a las mismas puertas de Europa, hemos de tener presente lo que pasó en esta misma Europa no hace tanto tiempo.

Por eso en nuestro escenario hoy representamos una función especial, un relato que nos recuerda esos horrores que nunca deben repetirse

MERCEDITAS

(relato publicado en mi antologia Remos de plomo)

            Estaba rodeada de cajas de zapatos. Había llegado el momento. Hice todo lo que pude por retrasarlo, pero ya no había más prórrogas. Tenía que vaciar aquella habitación antes de que acabara el día.

            Eran los zapatos de mi madre. Un montón de cajas que guardaba celosamente, aunque los años y la artrosis hacía tiempo que le impedían usar la mayoría de ellos. En cada caja, escrito con rotulador negro, la referencia de los zapatos. Una de las manías de mi madre: etiquetarlo todo. Etiquetaba la ropa, los baberos del colegio, las mochilas y hasta el bocadillo del almuerzo, etiquetaba las fiambreras donde congelaba la comida, los medicamentos que algún día nos recetaron y todo lo que se le pudiera por delante. Y, por supuesto, etiquetaba las cajas donde cada par de zapatos esperaba los pies de su dueña. “Salón rojo”, “manoletinas azules”, “sandalias plata” “botas ante” “zapatillas tenis” y así hasta casi cincuenta. Ninguna caja sin su etiqueta. Y ninguna etiqueta sin su recuerdo. Por eso demoré el momento todo lo que pude. Los zapatos que llevó el día de mi Primera Comunión, los de la fiesta de su setenta cumpleaños, los de su boda, las alpargatas que solía ponerse en sus paseos por la playa y los zapatos ortopédicos de sus últimos días, que tanto odiaba. Toda una vida a sus pies.

            Uno tras otro, fui decidiendo su destino. Estos me los quedaría, aquellos los daría a alguna institución benéfica, los otros los llevaría a reparar y algunos no tendría más remedio que tirarlos a la basura. Nadie en su sano juicio y con un piso que parecía una caja de cerillas podía guardar cincuenta pares de zapatos que jamás se pondría. Entonces encontré aquella caja. “Merceditas”, ponía en su etiqueta. No recordaba que jamás mi madre llevara ese modelo de zapatos, ni siquiera que hiciera ninguna referencia a ellos. La abrí, intrigada. Y me quedé más intrigada todavía al ver su contenido.

            La caja contenía un solo zapato. Correspondía al modelo a que aludía su etiqueta, un zapato tipo “Merceditas”, con un tacón plano de unos tres centímetros y una hebilla oxidada que en algún momento debió ser dorada. Estaba muy usado, desgastada la suela y con los pespuntes reventados. Y era de un color indefinido en la gama que va del marrón al granate, imposible de saber cuál sería su color originario. Era tan feo y estaba tan viejo que no debería haber tenido otro destino que el cubo de basura. Y precisamente por aquello lo guardé. Si mi madre guardó aquella birria sería por algo. Más todavía si tenía en cuenta que aquel zapato era, como mínimo, de un par de números menos que el que ella usaba.

            Guardé la caja en una esquina y continué con mi tarea, prometiéndome a mí misma que averiguaría por qué estaba allí aquella caja con un solo zapato.

            Mi madre había muerto un mes antes. Después de una vida dedicada a sus dos hijas, había logrado un estatus relativamente confortable, que le permitía vivir con holgura permitiéndose algún que otro capricho, como aquella extravagancia suya de los zapatos. Y a sus hijas siempre nos pareció bien. También nosotras aprendimos a ir calzadas de un modo espléndido para cada momento, pasara lo que pasara y cayera quien cayera. Un buen zapato define a la persona. Esa era la máxima que nos repetía cada vez que clamábamos por seguir los dictados de la moda y ponernos e los pies lo que se estilara, aunque fuera horroroso.

            Así que aquello no tenía sentido. O debía tenerlo, y yo no tenía ni idea. La curiosidad empezó a metérseme en el cuerpo, adormecido desde que, un mes antes, nos despidiéramos de ella en el cementerio del pueblo.

            Pregunté a mi hermana, pero tampoco tenía la más mínima idea de qué hacía aquel zapato allí. Pero ella, mucho más práctica que yo, le quitó importancia, y me pidió que lo tirara al contenedor y me dejara de historias.

            Así que, al día siguiente, me encaminé a la residencia donde estaba ingresada mi tía Aurora, hermana mayor de mi madre, cuya mente iba y venía entre el presente, el pasado, y un universo propio que no sabíamos muy bien dónde situar. Me fui con el zapato en una mano y la esperanza de despejar mis dudas en la otra.

  • Tía Aurora, ¿cómo estás?

La besé, sin saber muy bien si ella estaba hablando conmigo, con mi madre o con algún personaje desconocido. Sonrió con expresión ausente, y siguió haciendo garabatos sobre un papel con su lápiz rojo. Le enseñé el zapato dichoso, la forcé a mirarlo bien, pero no reaccionó de ningún modo. O eso creía yo. Insistí

  • Tía, ¿nunca viste esta “Merceditas”?
  • ¿Merceditas? Shhh. .. Papá nos ha prohibido hablar de ella –miró a uno y otro lado- Que no te oigan…

Se alteró, aunque solo duró un instante. Después, interrumpida por la enfermera que le traía sus pastillas y su merienda, regresó a su universo particular. Ya no hubo modo de sacarla de ahí. Le di un beso, y me marché, con la intriga espolenado mi cerebro.

Merceditas. Tal vez el rótulo de mi madre en aquella caja no respondiera al modelo de calzado, como yo supuse, sino al nombre de una persona. O tal vez fuera precisamente el modo de tener oculto algo, teniéndolo a la vista de cualquiera. Merceditas. No paraba de darle vueltas.

Cuando llegué a casa, volví a meter el zapato en la caja. Miré y remiré el rótulo como si fuera a revelarme algo, pero nada. Frustrada, volví a dejar la caja en el suelo, con un golpe que expresaba toda esa frustración.

La caja al golpearrse contra el suelo sonó de un modo raro. Entonces me dí cuenta que, debajo del papel de seda que separaba el fondo del zapato, según costumbre inveterada de mi madre, el cartón de la base se desprendía en las esquinas. Me bastó con meter la uña y descubrí un burdo doble fondo. El corazón empezó a palpitarme con fuerza.

Debajo de ese cartón, había un par de fotografías viejas y un sobre que debía contener una carta. Nerviosa´, saqué mi tesoro, tumbada en el suelo de aquella habitación llena de cajas de zapatos.

En el fondo de su caja, una miliciana joven me sonreía desde una vieja fotografía en blanco y negro. Parecía la portada de algún libro, con su expresión alegre, su uniforme y su gorrra ladeada. Desde otra imagen, un grupo de personas que apenas se distinguían, posaban incómodas ante la cámara. El sobre, viejo y amarilleado por el tiempo, se dirigía a mi abuelo y tenía como remiteente la dirección estampada de un centro penitenciario de mujeres.

Nerviosa, destapé coon cuidado la solapa del sobre y saqué una cuartilla de su interior. A máquina, unas sencillas líneas que, con toda la frialdad de un formulario, participaban el fallecimiento de María de las Mercedes Gómez Perales. Acaba la misiva con el consabildo “que Dios la tenga en su gloria” y el no menos consabido “Atentamente”. Y como postdata, añadía que los efectos personales de la difunta le serán enviados a su domicilio.

María de las Mercedes Gómez Perales. Los mismos apellidos de mi madre. Todo empezaba a tener sentido. Por eso mi tía Aurora, desde su mundo, me rogaba silencio cuando menté el nombre tanto tiempo prohibido. Me cayó una lágrima, y luego varias más. Nunca conocería la historia de aquella tía mía que murió en la cárcel y cuyo recuerdo había sido preoscrito para siempre en la familia. Su rostro sonriente me miraba retador desde la caja donde permanecía aquel zapato que era el único recuerdo de su paso por el mundo.

Guardé con recelo mi tesoro, y decidí seguir adelante con mi tarea de vaciar la casa, y con mi vida. Pero aquel letrero estampado a rotulador empezó a perseguirme allá donde iba, y la joven miliciana se me aprecía en sueños pidiendo ser rescatada del anonimato.

Hace cinco años de aquello. No pude resistirme a la insistencia de aquella imagen y de aquel zapato deslustrado, y dediqué tiempo y ganas a cumplir con el ruego que ella me hacía cada noche.

 La clave me la dio la otra fotografía, la que yo apenas miré al principio. La restauré y amplié y me di cuenta de que, entre los rostros de aquella reunión familiar, estaba el de la miliciana, esta vez sin su uniforme. De pie, sujeta entre dos hombres, apenas se notaba que le faltaba una de sus piernas, aunque se distinguían bien unas muletas. En el único pie, un zapato de tacón bajo con pulsera abrochada con hebillas. La merceditas de la caja de zapatos, sin duda.

A partir de ahí, seguir el rastro de una ex miliciana con una sola pierna no me fue difícil. Perdió su pierna en una batalla poco conocida de la Guerra Civil  Pude saber que fue aprehendida en la frontera cuando trataba de huir de España, cuando fue perseguida una vez acabada la contienda. Probablemente, su problema físico le impidió correr como la mayoría de sus compañeros, y dio con sus huesos en la cárcel. Allí se perdía su rastro. Tras un par de años, la noticia de su muerte, sin que nadie supiera a qué fue debida. Y la verdad es que tampoco me importaba demasiado.

Hoy mi tía Mercedes, junto con nueve mujeres más, recibe un homenaje en el Ayuntamiento de mi ciudad. Dos de ellas todavía viven y la recuerdan. Una de ellas me abraza, mirando fijamente mis pies.

  • Dios mío, si llevas los zapatos de Merceditas

Por una sola vez, renuncié a los tacones altos que usaba en las grandes ocasiones. Le encarguñe a un zapatero que restaurara el que un día encontré en la caja y que le hiciera su pareja. Aquella amiga suya, que lloraba en silencio, llevaba unos exactamente iguales que los míos.

Estoy segura de que mi madre, pese a que no eran los mejores zapatos del mundo, hubiera aprobado nuestra elección.

Incautos: mejor no abrir la boca


                El refranero, tan rico como sabio, nos dice cosa como que por la boca muere el pez y que en boca cerrada no entran moscas. La verdad es que no sé por qué al halar de silencio se relaciona con animales. Una afamada película sobre un asesino en serie se llama, precisamente, El silencio de los corderos. Tendremos que preguntarle, entonces, por ello al Pez llamado Wanda o a El Señor de las Moscas. Pero no se si guardaran el silencio tanta veces recomendable. Ya reza otro dicho que si no tienes nada interesante que decir, mejor harás callando.

En nuestro teatro, son muchos los ejemplos de quienes, por hablar demasiado, se meten en la boca del lobo que habrían podido esquivar de otra manera, dirección letrada mediante. Ya dedicamos en su día un estreno al bocachanclismo , ese mal tan frecuente en nuestros días.

Leía hace nada en la prensa la historia de un ciudadano que es claro ejemplo de esta práctica de meter la pata por querer ser más listo que nadie. El ciudadano en cuestión se fue a la policía local a denunciar, nada más y nada menos, que un mal servicio por parte de una prostituta que, según él, no había cumplido con lo pactado tras la entrega de sus míseros 30 euros. Pues bien, el tipo no solo no consiguió su objetivo de resarcimiento, sino que se llevó el dudoso honor de ser el primer sancionado en el pueblo por la ordenanza relativa a la prostitución. Le cayó una multa de nada menos que 800 euros, aunque probablemente sea peor todavía el oprobio y las risitas al respecto. Lo que se dice ir a por lana y salir trasquilado, echando de nuevo mano de refranero y animales, por cierto

También leía en la prensa sobre algo tan rocambolesco que he utilizado esa imagen para ilustrar esta función. Se trata de la alegación por parte de determinadas personas, cuando se ven envueltas en asuntos turbios, de una supuesta inmunidad diplomática por pertenecer a nada más y nada menos, que la República de Menda Lerenda. Y ojo, que no se trata de un caso aislado. De hecho, he tenido conocimiento de su existencia porque una compañera nos contaba como un detenido había interpuesto un habeas corpus aleando violación de esta inmunidad diplomática. Es entonces cuando he comprobado que la República en cuestión no es un invento del detenido que tuvo mi compañera sino que ya andan por ahí haciendo valer tal argumento peregrino. Y nunca mejor dicho lo de “peregrino” que en este caso, porque la república de marras se denomina como “República errante”. Y es que a nuestro detenido ni siquiera se le puede valorar la originalidad, vaya. Aunque no se le puede negar la poca vergüenza. Sin ninguna duda.

Por supuesto, la práctica diaria nos da suculentos ejemplos de este tipo. Ya hablamos en su día, en el estreno referente a la última palabra , de los acusados que, por usar de ese derecho, se cavan su propia tumba, con cosas como preguntarle al juez si él no pega a su mujer o decir que le pega lo normal. Aunque uno de mis preferidos fue un muchacho que, acusado de un delito de quebrantamiento por estar en un bar donde iba su ex, nos dijo muy serio que él no estuvo allí, que nos lo podía demostrar con una foto que él mismo hizo ese día del bar. Tal cual.

Hace unos días, sin ir más lejos, me encontré otro ejemplo de esto, en un ciudadano que quiso quejarse de que le despidieron por motivos de discriminación, cuando, en realidad, fue él quien propinó una paliza a su compañero presuntamente discriminador que había permanecido callado –insultarle, sí que le insultó- pero que, una vez abierta la caja de los truenos, sacó de la chistera su parte de lesiones y la cosa se dio la vuelta.

Una buena amiga me cuenta el caso de otro espabilado, que pretendía cobrar por las lesiones que se causó “reteniendo” a una persona con la que, previamente, se había liado a porrazos. Y lo difícil que resulta explicarle que con esa “retención” no está cumpliendo un deber ciudadano ni actuando como un policía. Salvo, claro está, que el policía de referencia sea Torrente, y estuviera apatrullando la ciudad.

Tampoco estuvo muy hábil el tipo que, hace unos días, denunciaba su novia por insultarle cuando se encontraban en casa de ella…siendo que él tenía una medida de alejamiento de ella y de su casa vigente. Un angelito.

Aunque quizás el premio al delincuente inocente del mes sea para el que denunció a otro por amenazas cuando fue a reclamarle la droga que le había guardado . Aunque de esos hay varios, y ahora me viene a la cabeza otro lumbreras que denunció en el juzgado que la droga que le habían vendido era de mala calidad, y que así no podía vendérsela a nadie. Tal como lo cuento.

Y con esto, cierro el telón por hoy. Respecto a estos iluminados, no están todos los que son, pero sí son los que están. Y si lo están, es gracias a mis estupendas amistades compinches, que me traen estas joyas, y para quienes pido el aplauso de hoy.

Ejecución: más allá de la sentencia


                No todo acaba donde parece a primera vista. Cuando era pequeña, siempre me preguntaba qué pasaría una vez que Cenicienta, o Blancanieves, o quien quiera que fuera, se había casado con el príncipe y se hubiera atiborrado de perdices, que hay que ver qué manía de comer siempre eso en vez de un buen jamón de pata negra o un buen plato de marisco. Hoy, la verdad, casi mejor no preguntármelo. Pero lo bien cierto es que las cosas no acaban con el The End, aunque la película sea de crímenes y hayan encontrado al asesino. Hay vida más allá de ese rótulo.

                En nuestro teatro también hay vida más allá de nuestro particular The End, la sentencia , un final que es feliz o no según el cristal con que se mire, o, mejor dicho, el lado de estrados desde donde se contemple.

                La vida después de esa resolución definitiva que acaba el proceso, sea la sentencia o un auto de archivo del tipo que sea, tiene en Toguilandia un nombre. Se llama ejecución y, a pesar de la contundencia del término, no significa que vayamos a ejecutar a nadie, por fortuna. Pero así dicho, reconozco que asusta.

                La ejecución en Derecho Penal se traduce en un expediente enorme y lleno de grapas llamado “ejecutoria”, como no podía ser de otra manera. He de confesar que abultan mucho pero no es tan fiero el león como lo pintan. Consiste en unos tomos que van adquiriendo volumen conforme se le van añadiendo incidencias. La primera parte viene compuesta por el sumario o el procedimiento instruido, continúa con el acta de juicio oral y a partir de ahí con todas las actuaciones para que se haga realidad lo ordenado en la sentencia.

                Ni que decir tiene que, llegados a este punto, las mejores son las que se incoan con una sentencia absolutoria, puesto que no hay nada que hacer mas que revocar todas aquellas medidas cautelares que se tomaron, si fue el caso, como devolución de fianzas, de efectos del delito y tasación de costas, si las hay. Y poco más.

                Las sentencias condenatorias son otro cantar, y ahí es donde empieza la faena para algunos. Particularmente, para los Juzgados de ejecutorias, allá donde los hay, que solo se encargan de estos menesteres, que no son poca cosa, por cierto.

                Una de las primeras cosas que se hacen, y que hace juego con la denominación de esta fase del procedimiento, por lo que asusta, es la liquidación de condena. Por supuesto, tampoco liquidamos a nadie sino que se trata, pura y simplemente, de determinar los días que ha de cumplir de prisión, de alejamiento, de inhabilitación o de la pena de que se trate. A la operación matemática de sumar el número de días y traducirlos a dígitos del calendario hay que hacer la resta de los días que se pasaron en prisión preventiva, o de detención, o de medida cautelar de alejamiento, en su caso. Una operación aparentemente sencilla que se complica cuando hay que aplicar reglas como las de los límites de la pena de prisión, como el triplo de la más grave o el total de años a cumplir, que no podía exceder de 30 años hasta que la prisión permanente revisable dio una vuelta de tuerca a las cosas.

                Y antes, incluso, de esto, viene una parte fundamental para quienes han resultado condenados a una pena privativa de libertad: la posibilidad de la suspensión de la ejecución de la pena, que hubo un tiempo en que se llamó remisión condicional. No es, ni más ni menos, que esa regla de la que se habla en tertulias como si fuera una verdad universal, la de que quienes están condenados a penas inferiores a dos años de prisión, no entran en la cárcel. Y, aunque esta sea la regla general, siempre que no haya antecedentes penales, no hay verdad universal que valga. La suspensión de la ejecución es facultativa, no automática, y, aun en el caso de que concurran todos los requisitos, puede denegarse si así lo estima conveniente el juez, con informe del Ministerio fiscal. No obstante, hay un requisito importante, el de haber pagado la responsabilidad civil () derivada del delito, esto es, la indemnización. Aunque también es verdad que se suaviza un poco al admitir la posibilidad de que se trate no  de un pago al contado sino de un plan de pago viable.

                Y es que ninguna regla es absoluta. Por eso, ni siquiera la de los dos años de prisión como límite se da siempre. Hay excepciones, como los casos de drogadicción, donde se permite la suspensión con penal más altas, siempre que conste dicha drogadicción y que haya una sumisión a tratamiento de deshabituación, que controlará su señoría, por descontado. Y, por descontado también, si no se cumple hará que se quite el beneficio de la suspensión de la pena y que, por tanto, se entre en prisión.

                La suspensión de la pena, además, puede someterse, según los casos a reglas de conducta. En el caso de la violencia de género es obligatorio un curso de reeducación, sin el cual no hay suspensión que valga. Y en el de los delitos de odio, aunque no es obligatorio, sí que puede imponerse como tal y, la verdad es que parece bastante razonable. Otra cuestión es el aprovechamiento, pero eso es harina de otro costal.

                Otra de las partes más costosas y menos lucidas de las ejecuciones es la económica. Ya se sabe que Poderoso caballero es Don Dinero. Por un lado, pueden existir fianzas, tanto para eludir la prisión como para garantizar la responsabilidad civil. Por otro, hay que abonar la responsabilidad civil a la víctima del delito, si existió condena en este sentido. Y, además, hay que ejecutar la pena de multa, fraccionada a veces en tantos plazos que tardan una eternidad en pagar, y eso si se acredita la solvencia, otra de las averiguaciones que hay que hacer en las ejecutorias. El impago, si hay solvencia, da lugar al embargo de bienes, y si no la hay, al cumplimiento de la responsabilidad personal subsidiaria, consistente un día de prisión por cada dos cuotas impagadas. Así que, frente a la creencia popular, nadie se sale de rositas. O, al menos, se hace todo lo posible para que así no sea.

                Cuando en la ejecutoria se ha hecho todo lo que tocaba, y solo se está al transcurso del plazo de cumplimiento de las penas, procede el archivo provisional, y se deja al expediente dormir el sueño de los justos. O de los injustos, en este caso. Y cuando se ha cumplido por completo, se archiva definitivamente. Pero eso no supone que ya se esté libre de polvo y paja. Habrá de transcurrir el plazo de prescripción para que se considere terminado el asunto, aunque ya estuviera ejecutado tiempo antes.

                Quedaría, por otro lado, cancelar los antecedentes penales que dejaron como recuerdo los hechos delictivos, pero esto se hace en un expediente separado, una vez transcurrido el término legal. Algo que algún día tendrá su propio estreno toguitaconado.

                Y hasta aquí, la historia de esa parte desconocida más allá de la sentencia. Sin perdices, pero con aplauso, dedicado esta vez a quienes se dedican a esa actividad tan desconocida pero sin la cual la justicia no sería más que papel mojado. No olvidemos que, según la Constitución, el ejercicio de la potestad jurisdiccional consiste no solo en juzgar sino también en hacer ejecutar lo juzgado

Colegueo: pasarse de rosca


         Como todo el mundo sabe, es muy importante la forma de dirigirnos a cada cual. Por supuesto, depende a quién nos dirigimos para escoger el modo de hacerlo. Tan mal está pasarse como quedarse corta. No podemos convertir a todo el mundo en Colegas a la fuerza ni tampoco llamarles Su distinguida Señoría. En el término medio está la virtud, en el cine y en la vida. El problema es encontrarlo, porque muchas veces estamos Sin manual de instrucciones y toca improvisar. Y aunque en el cine hay improvisaciones que luego han pasado a ser antológicas, como el “soy el rey del mundo” de Titanic, la carcajada de Julia Roberts en Pretty woman o el “Aquí está Jacques” de El resplandor, más vale no jugársela porque son la excepción que confirma la regla.

En nuestro teatro hay poco espacio para la improvisación y, aunque algunas veces salgamos bien parados del momento de crisis, no es lo común. En un mundo donde los formalismos son moneda frecuente, salirse del molde tiene su precio. Y en algunos casos puede salir muy caro.

Y es que, por más que haya abogado desde este escenario y desde cualquier otro por entender un lenguaje asequible para hacerse comprender, no hay que pasarse de frenada porque el golpe puede ser de órdago. En eso andaba pensando esta mañana cuando un tuit de una jueza amiga (Amparo, otra vez sales en los tacones) me confirmaba mis conclusiones. Contaba Su Señoría que se encontraba delante de un escrito donde se decía “El problema de mentir es que por poco que rasques te pillan. La lástima es que la juzgadora de instancia no rascase con más energía”. Y, lástimas aparte, lo cierto es que la juzgadora en cuestión se quedó con las ganas de decirlo “el rascar se va a acabar” o algo similar, precisamente, porque sí mantuvo las formas. O, como comentó otro tuitero en estado de gracia “iura novit rasca”.

No es el único caso. En ese mismo hilo de Twitter me encontré con otros ejemplos también muy ilustrativos, como la argumentación de un escrito de impulso procesal del siguiente tenor: “que llevo esperando dos meses”. Claro, que siempre habría sido peor decir “que se me pasa el arroz”. Pero mejor no daré ideas.

Y si los escritos dan lugar a frases memorables, que el papel es muy sufrido, los informes orales no son menos. El otro día, sin ir más lejos, escuché cómo un letrado comenzaba sus alegaciones en un juicio civil diciendo Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos”. Y yo, la verdad, no sé si Dios diría alguna vez semejante cosa, pero lo que sí sé es que ni a la juez ni a mí nos importaba

Otro ejemplo práctico de lo que digo lo he vivido yo misma esta mañana, del otro lado de las togas. Se trataba de un detenido que, cuando ha sido informado, como toca, de los motivos de su detención, nos ha espetado un “¿perdonaaaaaa?” que nos ha dejado de pasta de boniato toguitaconada. Por supuesto, Su Señoría le ha instado a hablarnos de usted, como estábamos haciendo con él en todo momento, pero estoy segura de que se ha quedado con la duda de si le habíamos perdonado o no. Y con ella va a seguir, porque ha resuelto sobre su situación personal, que era de lo que se trataba. Con perdón o Sin perdón., con permiso de Clint Eatswood

Las materias relacionadas con la violencia de género dan para más de una anécdota de este tipo. Recuerdo a un acusado que, en el momento de la última palabra, le dijo al juez con un guiño que “ya sabía que a la parienta hay meterla en vereda”, con lo que se apuntaló una condena como la copa de un pino. Y ya he contado alguna vez el que a la pregunta de si pegaba a su mujer repreguntó con “¿qué usted no pega a la suya?” que produjo parecido efecto al anterior, por más que le hablara de usted y hasta de usía

También me he encontrado alguna vez –pocas, por fortuna- a algún habitante de Toguilandia que se acercaba a mí diciendo cosas como “ya sabe, la típica mujer que se inventa cosas”. Por supuesto, le dije que no lo sabía, y que tampoco tenía gana de que me lo contara, vaya, pero que mejor buscara otra línea de defensa para su cliente.

Y, para acabar, algo que me contaron el otro día y que me tiene riendo desde entonces. Estaban celebrando juicios y escuchaban, desde algún lugar fuera de la sala, a alguien que gritaba desaforadamente “tengo hambre y sed de justicia”. Como quiera que repitió su mensaje más veces de las que se pueden soportar, alguien espetó, desde la sala “por dios, dadle un bocadillo de providencias a ver si se calla”. Y es que hasta en Toguilandia hay tan buenos humoristas que un Club de la comedia toguitaconado podría ser récord de audiencia. Tomen nota, productores

Así que, con esto y un bizcocho, hasta el juicio de las ocho. O el de las nueve, o el que sea. Mientras llega, no me olvido del aplauso que, va, como no podía ser de otro modo, para @Amparo_S_L y quienes han aportado una sonrisa a nuestras negras togas. Que buena falta nos hacen