Horror: que nunca se repita


En estos días en que estamos sufriendo por lo que ocurre a las mismas puertas de Europa, hemos de tener presente lo que pasó en esta misma Europa no hace tanto tiempo.

Por eso en nuestro escenario hoy representamos una función especial, un relato que nos recuerda esos horrores que nunca deben repetirse

MERCEDITAS

(relato publicado en mi antologia Remos de plomo)

            Estaba rodeada de cajas de zapatos. Había llegado el momento. Hice todo lo que pude por retrasarlo, pero ya no había más prórrogas. Tenía que vaciar aquella habitación antes de que acabara el día.

            Eran los zapatos de mi madre. Un montón de cajas que guardaba celosamente, aunque los años y la artrosis hacía tiempo que le impedían usar la mayoría de ellos. En cada caja, escrito con rotulador negro, la referencia de los zapatos. Una de las manías de mi madre: etiquetarlo todo. Etiquetaba la ropa, los baberos del colegio, las mochilas y hasta el bocadillo del almuerzo, etiquetaba las fiambreras donde congelaba la comida, los medicamentos que algún día nos recetaron y todo lo que se le pudiera por delante. Y, por supuesto, etiquetaba las cajas donde cada par de zapatos esperaba los pies de su dueña. “Salón rojo”, “manoletinas azules”, “sandalias plata” “botas ante” “zapatillas tenis” y así hasta casi cincuenta. Ninguna caja sin su etiqueta. Y ninguna etiqueta sin su recuerdo. Por eso demoré el momento todo lo que pude. Los zapatos que llevó el día de mi Primera Comunión, los de la fiesta de su setenta cumpleaños, los de su boda, las alpargatas que solía ponerse en sus paseos por la playa y los zapatos ortopédicos de sus últimos días, que tanto odiaba. Toda una vida a sus pies.

            Uno tras otro, fui decidiendo su destino. Estos me los quedaría, aquellos los daría a alguna institución benéfica, los otros los llevaría a reparar y algunos no tendría más remedio que tirarlos a la basura. Nadie en su sano juicio y con un piso que parecía una caja de cerillas podía guardar cincuenta pares de zapatos que jamás se pondría. Entonces encontré aquella caja. “Merceditas”, ponía en su etiqueta. No recordaba que jamás mi madre llevara ese modelo de zapatos, ni siquiera que hiciera ninguna referencia a ellos. La abrí, intrigada. Y me quedé más intrigada todavía al ver su contenido.

            La caja contenía un solo zapato. Correspondía al modelo a que aludía su etiqueta, un zapato tipo “Merceditas”, con un tacón plano de unos tres centímetros y una hebilla oxidada que en algún momento debió ser dorada. Estaba muy usado, desgastada la suela y con los pespuntes reventados. Y era de un color indefinido en la gama que va del marrón al granate, imposible de saber cuál sería su color originario. Era tan feo y estaba tan viejo que no debería haber tenido otro destino que el cubo de basura. Y precisamente por aquello lo guardé. Si mi madre guardó aquella birria sería por algo. Más todavía si tenía en cuenta que aquel zapato era, como mínimo, de un par de números menos que el que ella usaba.

            Guardé la caja en una esquina y continué con mi tarea, prometiéndome a mí misma que averiguaría por qué estaba allí aquella caja con un solo zapato.

            Mi madre había muerto un mes antes. Después de una vida dedicada a sus dos hijas, había logrado un estatus relativamente confortable, que le permitía vivir con holgura permitiéndose algún que otro capricho, como aquella extravagancia suya de los zapatos. Y a sus hijas siempre nos pareció bien. También nosotras aprendimos a ir calzadas de un modo espléndido para cada momento, pasara lo que pasara y cayera quien cayera. Un buen zapato define a la persona. Esa era la máxima que nos repetía cada vez que clamábamos por seguir los dictados de la moda y ponernos e los pies lo que se estilara, aunque fuera horroroso.

            Así que aquello no tenía sentido. O debía tenerlo, y yo no tenía ni idea. La curiosidad empezó a metérseme en el cuerpo, adormecido desde que, un mes antes, nos despidiéramos de ella en el cementerio del pueblo.

            Pregunté a mi hermana, pero tampoco tenía la más mínima idea de qué hacía aquel zapato allí. Pero ella, mucho más práctica que yo, le quitó importancia, y me pidió que lo tirara al contenedor y me dejara de historias.

            Así que, al día siguiente, me encaminé a la residencia donde estaba ingresada mi tía Aurora, hermana mayor de mi madre, cuya mente iba y venía entre el presente, el pasado, y un universo propio que no sabíamos muy bien dónde situar. Me fui con el zapato en una mano y la esperanza de despejar mis dudas en la otra.

  • Tía Aurora, ¿cómo estás?

La besé, sin saber muy bien si ella estaba hablando conmigo, con mi madre o con algún personaje desconocido. Sonrió con expresión ausente, y siguió haciendo garabatos sobre un papel con su lápiz rojo. Le enseñé el zapato dichoso, la forcé a mirarlo bien, pero no reaccionó de ningún modo. O eso creía yo. Insistí

  • Tía, ¿nunca viste esta “Merceditas”?
  • ¿Merceditas? Shhh. .. Papá nos ha prohibido hablar de ella –miró a uno y otro lado- Que no te oigan…

Se alteró, aunque solo duró un instante. Después, interrumpida por la enfermera que le traía sus pastillas y su merienda, regresó a su universo particular. Ya no hubo modo de sacarla de ahí. Le di un beso, y me marché, con la intriga espolenado mi cerebro.

Merceditas. Tal vez el rótulo de mi madre en aquella caja no respondiera al modelo de calzado, como yo supuse, sino al nombre de una persona. O tal vez fuera precisamente el modo de tener oculto algo, teniéndolo a la vista de cualquiera. Merceditas. No paraba de darle vueltas.

Cuando llegué a casa, volví a meter el zapato en la caja. Miré y remiré el rótulo como si fuera a revelarme algo, pero nada. Frustrada, volví a dejar la caja en el suelo, con un golpe que expresaba toda esa frustración.

La caja al golpearrse contra el suelo sonó de un modo raro. Entonces me dí cuenta que, debajo del papel de seda que separaba el fondo del zapato, según costumbre inveterada de mi madre, el cartón de la base se desprendía en las esquinas. Me bastó con meter la uña y descubrí un burdo doble fondo. El corazón empezó a palpitarme con fuerza.

Debajo de ese cartón, había un par de fotografías viejas y un sobre que debía contener una carta. Nerviosa´, saqué mi tesoro, tumbada en el suelo de aquella habitación llena de cajas de zapatos.

En el fondo de su caja, una miliciana joven me sonreía desde una vieja fotografía en blanco y negro. Parecía la portada de algún libro, con su expresión alegre, su uniforme y su gorrra ladeada. Desde otra imagen, un grupo de personas que apenas se distinguían, posaban incómodas ante la cámara. El sobre, viejo y amarilleado por el tiempo, se dirigía a mi abuelo y tenía como remiteente la dirección estampada de un centro penitenciario de mujeres.

Nerviosa, destapé coon cuidado la solapa del sobre y saqué una cuartilla de su interior. A máquina, unas sencillas líneas que, con toda la frialdad de un formulario, participaban el fallecimiento de María de las Mercedes Gómez Perales. Acaba la misiva con el consabildo “que Dios la tenga en su gloria” y el no menos consabido “Atentamente”. Y como postdata, añadía que los efectos personales de la difunta le serán enviados a su domicilio.

María de las Mercedes Gómez Perales. Los mismos apellidos de mi madre. Todo empezaba a tener sentido. Por eso mi tía Aurora, desde su mundo, me rogaba silencio cuando menté el nombre tanto tiempo prohibido. Me cayó una lágrima, y luego varias más. Nunca conocería la historia de aquella tía mía que murió en la cárcel y cuyo recuerdo había sido preoscrito para siempre en la familia. Su rostro sonriente me miraba retador desde la caja donde permanecía aquel zapato que era el único recuerdo de su paso por el mundo.

Guardé con recelo mi tesoro, y decidí seguir adelante con mi tarea de vaciar la casa, y con mi vida. Pero aquel letrero estampado a rotulador empezó a perseguirme allá donde iba, y la joven miliciana se me aprecía en sueños pidiendo ser rescatada del anonimato.

Hace cinco años de aquello. No pude resistirme a la insistencia de aquella imagen y de aquel zapato deslustrado, y dediqué tiempo y ganas a cumplir con el ruego que ella me hacía cada noche.

 La clave me la dio la otra fotografía, la que yo apenas miré al principio. La restauré y amplié y me di cuenta de que, entre los rostros de aquella reunión familiar, estaba el de la miliciana, esta vez sin su uniforme. De pie, sujeta entre dos hombres, apenas se notaba que le faltaba una de sus piernas, aunque se distinguían bien unas muletas. En el único pie, un zapato de tacón bajo con pulsera abrochada con hebillas. La merceditas de la caja de zapatos, sin duda.

A partir de ahí, seguir el rastro de una ex miliciana con una sola pierna no me fue difícil. Perdió su pierna en una batalla poco conocida de la Guerra Civil  Pude saber que fue aprehendida en la frontera cuando trataba de huir de España, cuando fue perseguida una vez acabada la contienda. Probablemente, su problema físico le impidió correr como la mayoría de sus compañeros, y dio con sus huesos en la cárcel. Allí se perdía su rastro. Tras un par de años, la noticia de su muerte, sin que nadie supiera a qué fue debida. Y la verdad es que tampoco me importaba demasiado.

Hoy mi tía Mercedes, junto con nueve mujeres más, recibe un homenaje en el Ayuntamiento de mi ciudad. Dos de ellas todavía viven y la recuerdan. Una de ellas me abraza, mirando fijamente mis pies.

  • Dios mío, si llevas los zapatos de Merceditas

Por una sola vez, renuncié a los tacones altos que usaba en las grandes ocasiones. Le encarguñe a un zapatero que restaurara el que un día encontré en la caja y que le hiciera su pareja. Aquella amiga suya, que lloraba en silencio, llevaba unos exactamente iguales que los míos.

Estoy segura de que mi madre, pese a que no eran los mejores zapatos del mundo, hubiera aprobado nuestra elección.

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