Vergüenza: togas sonrojadas


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El que tiene vergüenza ni come ni almuerza. Eso es lo que cualquiera de nuestras madres nos dijo más de una vez cuando, en esa etapa de la vida en que todo parece un mundo, poníamos reparos a cualquier cosa so pretexto de que nos daba vergüenza. Y por el aro acabábamos pasando porque una madre en modo madre es algo tan difícil de sortear como La Gran Muralla China.

En el mundo del espectáculo es raro que la gente sienta ese tipo de vergüenza. Al menos a priori. Se supone que el descaro y la desenvoltura son señas de identidad de quienes se ganan la vida subiendo a un escenario. Aunque luego resulta que en las entrevistas muchos de ellos confiesan ser tímidos hasta el paroxismo. ¿Verdad o postureo? Pues de todo un poco, supongo. Aunque para los profanos,  o sufren la Metamorfosis del Dr. Jeckyll y Mr Hyde o resulta difícil pensar que sea compatible la timidez con enfrentarse a una sala llena de público.Misterios sin resolver, como aquella vetusta serie de televisión.

En nuestro teatro la cosa de la vergüenza ya es harina de otro costal. Por más que representemos una función en Sesión Continua, no todos tenemos un papel protagonista y algunos ni siquiera están ahí voluntariamente. Que se lo digan si no al imputado –perdón, investigado- y algún que otro testigo renuente. Por no hablar de los candidatos a miembros de jurado, algunos de los cuales darían la vida por no verse en semejante zapatiesto.

Pero a nosotros, al igual que a nuestros homónimos de la farándula, también nos ataca en ocasiones ese sentimiento de bochorno, de vergüenza, de apuro o de azoramiento, según los casos. Incluso a aquéllos que tenemos un papel que nos obliga a estar bajo los focos y centrando la atención en algún momento. Los fiscales y los abogados, sin ir más lejos, que tenemos que hacer nuestro informe oral ante la sala, a veces repleta de público y prensa y que, por más que lo preparemos, siempre podemos ser sorprendidos con cualquier circunstancia inesperada que nos deje fuera de juego. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez con ese testigo sorpresa que no sabemos quién es y al que interrogamos con un lacónico “recuerda lo que ocurrió ese día”? ¿Quién no ha padecido que por un error de cualquier clase se ha ido a juicio con un procedimiento diferente del que se está celebrando y tiene que mantener el tipo como puede? ¿Y quien no ha sufrido esa pesadilla llamada “cuestiones previas” que se alegan al principio del juicio y que aportan algo totalmente desconocido? Y a poner cara de póker y hacer como si todo estuviera controlado mientras deseas que se abra un agujero ante tus pies y te trague la tierra. Como alguna vez que, tras una rueda de reconocimiento en la Instrucción donde el testigo reconocía al acusado sin género de dudas, se descuelga en el juicio diciendo que ese señor no era, que a él le ataracé un tipo bajito y éste tiene una estatura digna de jugador de la NBA. Y toca recomponerse y cambiarlo todo, no sin antes acordarse de lo divino y de lo humano.

Pero cuidado con lo que desees, que los deseos a veces se hacen realidad. Y conozco a una abogada a la que casi le sucedió  eso. La silla donde se sentaba se vino abajo literalmente y despareció de la sala como si la mismísima tierra se la hubiera tragado. Cuenta que no puede evitar ir a ese juzgado sin que alguien bromee con la situación, por más que el tiempo pase. Y claro, es inevitable ese sonrojo que todos conocemos.

Situaciones de este tipo hay muchas. Pero yo recuerdo con especial bochorno algo que me pasó cuando el escalafón me obligaba a viajar más que una vedette de varietés por los pueblos de mi jurisdicción. Y allá que me fui, acompañada además de los dos fiscales en prácticas que se suponía que tenían que aprender de mí, y que me enseñaron mucho más de lo que yo a ellos. Pasamos la mañana en el juzgado en una maratoniana sesión de juicios de faltas y, cuando fuimos al juzgado vecino a esperar a mi compañera, descubrí que los tacones que habían acompañado a mi toga toda la mañana se parecían tanto entre ellos como un huevo a una castaña. Llevaba en un pie un zapato salón azul marino, trenzado y con una puntera verde para más señas, y una sobrio mocasín marrón en el otro. Y ninguno se había atrevido a decir nada en toda la mañana, ni durante el viaje –de una horita de duración- Y aun hoy en día, niegan haberse percatado, en un ejercicio de elegancia que les honra. Así que acepté pulpo como animal de compañía y terminé el día de la manera más digna posible. Con mi toga y mis tacones…desparejados.

No hace mucho, a una abogada en la guardia se le escapó una frase dirigida a su cliente . “y que no me entere yo que te vuelves a acercar a esa diabla”. Como quiera que no pudimos reprimir la carcajada, me miró y me dijo “ahora voy a salir en un post, ¿verdad?”. Y tenía razón, cómo no.

Pero éstas son situaciones de vergüenza simpática. Aunque hay otras que dan vergüenza, y ya no son tan simpáticas. Como da el estado de algunos juzgados, dejados de la mano de Dios porque esto de la justicia interesa poco. O la que dan las consecuencias que genera alguna que otra reforma legislativa precipitada y con el regalo de una disposición adicional que prohíbe dotarla de presupuesto, esa moda del disposicionadicionalismo que tanto debería sonrojar a más de uno. O ese papel 0 que solo existe en la imaginación de algunos.

Y el colmo del bochorno son algunas declaraciones en modo happy flower con la que  pretenden seguir vendiéndonos que en este nuestro teatro todo funciona divinamente, y hay que ver lo ágiles y lo eficientes que nos hemos vuelto. Como si fueran los protagonistas de Hair y fuéramos a cantar todos Acuario de un momento a otro, dando palmas y exaltando el amor libre. Y no sé por qué, me ha venido a la cabeza el título de una película Enseñar a un sinvergüenza, dicho sea, por supuesto, sin señalar a nadie, que eso de señalar está muy feo y ya nos decían de niños que nos debería dar vergüenza.

Así que el aplauso va hoy destinado a los que sobrellevan esas situaciones de vergüenza simpática con dignidad y humor. De los otros, ni hablo, que hay silencios más elocuentes que cualquier discurso. ¿o no?

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