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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Cuento: Salvar al soldado Peris


Hoy en Con Mi toga y Mis tacones traigo el cuento con el que gané el certamen Vila de Mislata en 2018

Espero que os guste

(Incluído en mi antología de relatos Remos de plomo)

Cuando la conocí, me costó creer que estuviera próxima a cumplir los cien años. Es cierto que sus ojos tenían esa opacidad que pintan las cataratas del tiempo, pero nada del mundo podía compararse al brillo de aquella mirada cuando hablaba. Y hablaba mucho, aunque no me cansaba de oirla. Con una voz suave y pausada, como si el tiempo se hubiera detenido en su garganta para siempre.

No me fue difícil concertar la entrevista. Me sorprendió que una mujer de esa edad se aviniera tan pronto a concedérmela, pero enseguida conocí la razón. Me dijo que, por fin, contaría todo lo que llevaba ocultando tanto tiempo. Y añadió que quizás yo podría ayudarla a rellenar esos huecos que el miedo, disfrazado de prudencia, le habían hurtado. Y yo no pude hacer otra cosa que aceptar el trato.

Cuando me mostró aquel soldadito de plomo maltrecho, no supe muy bien cómo reaccionar. Estaba viejo y descolorido, tenía la pintura desconchada en muchas partes, y le faltaba una de sus piernas. Por un instante, me trasladó a mi infancia y me recordó al soldadito de plomo del cuento, aquel que bebía los vientos por su bailarina. Rosa me miró y sonrió. Aunque no lo dijo, supe que ella también pensaba en él. Y noté como un hilo invisible cosía nuestras almas con puntadas que poco a poco se iban apretando más y más mientras el soldadito nos miraba agarrado a su fusil.

Pero su soldadito no siempre estuvo solo, ni cojo. Formaba parte de un escuadrón orgulloso y brillante que lucía en el comedor de la casa donde Rosa vivió todo su infancia, en su añorado barrio del Carmen de Valencia. Su padre lo tenía expuesto, junto con muchos otros de todas las épocas, en una estantería que limpiaba con esmero cada día. Nunca permitió a su madre ni a nadie que quitara el polvo o limpiara esa vitrina, su tesoro. Y ella y sus hermanos tenían absolutamente prohibido acercarse siquiera, y ni soñar con tocarlos. Se le nublaban los ojos al recordar a aquel hombre paciente y erudito, sacando brillo a cada uno de los soldaditos de su colección, colocándolos ordenadamente en sus regimientos y contemplando su obra con la satisfacción con que mira un padre a sus hijos triunfadores.

Aquel día de 1936, cuando su padre se despidió de ellos, no supieron que los soldaditos se quedaban huérfanos para siempre. Aunque, al pensar después en ello, aventuraba que tal vez su madre sí que lo supiera. Su cara triste parecía adivinar algo, aunque el hombre se empeñó en hablar de su marcha como si se tratara de un viaje de placer. Decía que no tardaría en volver, que lo haría en cuanto hubieran restaurado la legalidad y las cosas volvieran a su sitio. Unas palabras que Rosa no comprendió hasta pasado el tiempo, cuando al fin asumió que ya nada volvería a ser lo que era. Y estaba tan guapo, vestido como aquel soldadito que ella guardaba…

El tiempo fue pasando, y Rosa y sus hermanos sobrevivían como podían a una guerra que les era ajena. No entendían muy bien qué estaba pasando, ni por qué su madre tenía esa expresión tan rara. Cuando le preguntaban, solía repetir que había que esperar a que él volviera, que entonces todo aquello habría acabado por fin. Y siguieron esperando, confiados en las palabras de su madre.

Mientras tanto, la colección de soldaditos acumulaba polvo sobre polvo. El polvo de la casa, el polvo de la calle cuando el miedo les dejaba abrir las ventanas, y, sobre todo, el polvo de la pena de no tener con ellos a su dueño. Su madre nunca osó desobedecer a su marido, y jamás se atrevió a limpiar aquella vitrina. Cuando una vez Rosa se ofreció a hacerlo, se enfureció. Le dijo que aquello no lo tocaría jamás alguien que no fuera él, y que pronto volvería y podría hacerlo. Pero pasaba el tiempo y no regresaba. Su madre les leía cartas que él mandaba, y Rosa se lo imaginaba con su bonito uniforme de soldado escribiendo aquellas preciosas cartas, en que les recordaba que pronto estaría allí y volvería a cuidar de ellos, y también de su preciada vitrina. No fue hasta muchos años después que Rosa se enteró que él no escribió ninguna de esas cartas. Las cartas las escribía su madre para fingir ante sus hijos que todo estaba bien. Y, en el fondo, también para fingirlo ante sí misma.

Con los ojos empañados de lágrimas, Rosa recitó el párrafo final de la última de aquellas cartas, que había aprendido de memoria: “Queridos hijos, cuando leais esto es posible que todo haya terminado por fin. Cuidad mientras tanto de vuestra madre y de mis soldaditos, y no olvideis cuánto os quiero”. Se acostó durante muchas noches repitiéndose esas palabras, que quiso interpretar como el anuncio de un inminente regreso.

El tiempo seguía pasando, y nada hacía presagiar que se fuera a restaurar aquella legalidad de la que habló su padre. Los ojos de su madre se apagaban día a día, y los suyos también, mezcla de tristeza y del hambre que cada vez era más evidente, más fuerte y más feroz. Incluso, una vez, Rosa cogió uno de los soldaditos de su padre para tratar de cambiarlo por algo de comida. Su madre la sorprendió, y le dio la única bofetada que había recibido hasta entonces. Del golpe, el soldadito cayó al suelo y se rompió una de sus piernas. Y, aunque quisieron arreglarlo, no fue posible. Y su madre insistía en que lo haría él cuando volviera. Pero el soldadito pasó a la retaguardia por su herida de guerra, una herida que arrastraría para siempre en su cuerpo de plomo.

Y un día la guerra acabó, pero su padre no regresó. Nunca se supo nada del soldado Peris. Cuando Rosa le preguntó a su madre, recordando la despedida de él, si ya se había restaurado la legalidad, recibió el segundo y último bofetón de su vida. Con una expresión entre triste y enfadada, le dijo que jamás, por nada de este mundo, volviera a hablar de aquello. Y Rosa se quedó con su perpejlidad y su pena llenando los huecos que debería haber llenado la memoria de su padre. Jamás volvieron a hablar de aquello hasta muchos años después, cuando supo que aquellas cartas nunca fueron escritas por su padre.

En aquel año de 1939, recién terminada la guerra, hombres vestidos de soldados fueron en muchas ocasiones a su casa. Pero su uniforme no se parecía en nada a aquel tan bonito que llevaba su padre el día que lo vio por última vez. Ni la expresión de su cara, tampoco. Se dirigieron a la adorada vitrina de su padre y lo echaron todo por tierra sin contemplaciones. Rosa y su madre lloraban en silencio viendo aquel ultraje. Pero no se atrevieron a pronunciar palabra. Aquellos hombres uniformados comenzaron a gritar y hacer aspavientos al ver el escuadrón al que pertenecía el soldadito sin pierna. Y, con una violencia indesceptible, cogieron al ejército de plomo en un puñado y se llevaron a su madre por la fuerza. Regresó a casa al cabo de un par de días, pero nunca volvería a ser la misma.

Y ella jamás se atrevió a desvelarle su secreto. En el primer golpe a la vitrina, el soldadito sin pierna, que permanecía en precario equilibrio, cayó al otro lado, por la parte de detrás del sillón donde su padre en otro tiempo leía, y Rosa se apresuró a cogerlo. Lo escondió para siempre, como su tesoro más preciado, y nunca se lo dijo a nadie. Hasta hoy, que me recibió con él en la mano, haciéndome recordar mi infancia y al pobre soldadito de plomo del cuento.

Rosa me contó que nunca volvieron a saber de su padre. Que, aunque trató de indagar por su cuenta, su memoria se perdía en el camino a un frente al que no consta que llegara nunca. Lo más probable, según los pocos datos de que disponía, es que cayera en una emboscada y acabara, junto con otros compañeros, enterrado en una de tantas cunetas. Su madre se murió con la pena de no poder ser enterrada junto a su querido esposo, aunque nunca lloró en su presencia. Siempre decía que las lágrimas las derramaría sobre un ramo de flores cuando tuviera una tumba donde depositarlas. Y, tal vez por eso, nunca la vieron llorar.

No me atreví a interrumpirla. Y permanecimos un rato calladas, mirando a aquella figurita deslucida y sin pierna, el único superviviente de un tiempo feliz. Y al fin, me atreví a preguntarle por las cartas. Tal vez algo de lo que hubiera escrito su madre suplantando al padre ausente podría arrojar luz sobre la historia. Sabía que eran algo íntimo y doloroso, pero nos podrían ser tan útiles que no dudé en pedírselas.

Rosa se levantó, arrastrando consigo de pronto todos los años que llevaba encima, y se perdió por un momento a lo largo de un pasillo. Regresó al cabo de un rato que se me antojó eterno, portando entre los brazos una caja de cartón que alguna vez debió ser de color blanco, atada con un cordel.

Despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo muy frágil, desató el nudo y sacó varias cosas de su interior. Unas gafas con un cristal roto, el envoltorio de un paquete de cigarrillos, los restos de una flor irreconocible y una fotografía en blanco y negro de la boda de sus padres. Toda una vida en unos pocos recuerdos. Y, en el fondo, unos sobres amarillentos. Me confesó entonces que nunca había vuelto a leer aquellas cartas, que se quedó con el recuerdo de su madre leyéndolas una y otra vez en voz alta. Ni tan siquiera supo de la existencia de aquella caja hasta que su madre murió, y se vio obligada a vaciar la casa que había sido su hogar y que tanto echaba de menos.

Contuve el aliento. Iba a asistir a un momento especial en la vida de aquella mujer, tan íntimo que me sentía como una intrusa irrumpiendo en su vida. Levantó por un instante los ojos del fondo de la caja, y me dijo con la mirada que era bienvenida a sus recuerdos. Y noté físicamente como ese hilo invisible que nos unía se apretaba aún más.

Ahí estaban las cartas, sobre la mesa, después de tantos años. Con manos temblorosas, levantó la solapa de la primera de ellas y extrajo su precioso contenido, una cuartilla doblada en cuatro partes. La desplegó, y empezó a caer sobre el papel el torrente de lágrimas que jamás había derramado su madre. No dijo nada, y la extendió ante mis atónitos ojos. Era un papel en blanco. Un papel que no contenía ni una sola letra escrita. No era un error. El resto de cartas eran exactamente iguales. Un pliego vacío de letras, aunque lleno de tantas cosas a las que yo no tendría acceso jamás.

Yo tampoco podía dejar de llorar. Por Rosa, y también por mí. Lloré amargamente por aquella mujer que tuvo que inventar para sus hijos una realidad que hiciera soportable el dolor de la ausencia. Me sentí en deuda con ella, con Rosa, y con tantas otras personas a las que el destino y la sinrazón les quitó todo. Y estaba dispuesta a lo que fuera con tal de devolverle algo de todo aquello.

Ahora, Rosa, con su soldadito cojo en la mano, solo me hacía un ruego. Que ayudara al soldadito a fundirse, por fin, junto a su bailarina.

Y yo, sin dudarlo, se lo prometí. Y en ello sigo, mientras el soldadito, instalado en una vitrina sobre mi escritorio, juraría que me mira suplicante esperando a que cumpla mi promesa.

Día de las mujeres: seguimos


              Cunado llega el 8 de marzo, siempre pienso lo mismo: que ojalá no tuviera que existir. Que ojalá ya no fueran necesarias películas como Solas, La boda de Rosa, Te doy mis ojos, tomates verdes fritos, No sin mi hija, Sufragistas y tantas otras para reivindicar los derechos de las mujeres. Pero sigue siendo necesario. Por desgracia.

              En nuestro teatro los derechos de las mujeres llevan tiempo siendo reconocidos legalmente casi en plenitud, aunque todo es mejorable. Pero, como dice el refrán, del dicho al hecho hay un buen trecho y de la ley a la realidad, todavía más, sobre todo cuando, como Don Quijote, con la conciliación hemos topado. Nadie se libra en Toguilandia de esos problemas, pero, para ser justas, hay que decir que especialmente lo sufren las abogadas, que, por sus especiales características como profesionales liberales, tienen que convertirse en verdaderas heroínas a la hora de ser madres.

              Pero hoy no voy a insistir en todo eso que ya sabemos. Me voy a limitar a recordar lo que hemos avanzado desde que, en los años 70, todavía existía la licencia marital hasta todo lo que hemos conseguido hoy en día. La ley del divorcio, la del aborto, la ley de igualdad o la ley integral de violencia de género han sido hitos en esa carrera hacia la igualdad que llevamos tanto tiempo disputando. Una carrera de fondo, pero no exenta de obstáculos.

              Hoy, sin embargo, voy a acordarme de aquellas que tienen dificultades hasta para tomar la salida. O de las que, aunque la tomaron, se han visto abocadas a dar pasos atrás que las deja más allá de la línea de salida. Porque en el mundo hay millones de mujeres que luchan porque se les reconozca lo básico: la dignidad. Mujeres que arriesgan su vida por cosas que aquí nos parecen nimias, como llevar bien puesto un pañuelo o bailar en la calle.

              Este año tuve la inmensa fortuna de conocer a dos de esas juezas afganas que consiguieron salir del país y con ello salvar la vida. Gulalai i Friba, tras muchas dificultades, salieron del país junto a sus familias prácticamente con lo puesto. Dejaron atrás, puede que para siempre, todo aquello por lo que habían luchado, por lo que habían trabajado, por el simple hecho de que llegaron al poder quienes no están dispuestos a reconocer ni uno solo de los derechos de las mujeres. No tuvieron otro remedio, pero, como es natural, añoraban su tierra, su gente y su trabajo. Todavía se me ponen los pelos como escarpias cuando recuerdo que una de ellas pidió llevarse el rótulo donde, debajo de su nombre, ponía “magistrada” porque” no sabíamos lo que eso significaba para ella”. Sé que son varias más a las que ahora, por fortuna, se han unido varias fiscales que, también con ayuda, han conseguido dejar el país. Pero no olvidemos que con salir de allí no está todo hecho. Por el contrario, les queda un largo camino a recorrer que va a ser de todo menos fácil. No las dejemos solas.

              Tampoco podemos dejar solas a las mujeres de Irán. Precisamente, de allí era la intérprete que las asistía, y su testimonio en primera persona, a pesar de que lleva años en nuestro país, me removió las entrañas. Las mujeres tienen vetado absolutamente todo, incluso protestar. Con cuentagotas nos llegan noticias de las cosas tan terribles que pasan, como la muerte de una joven por no llevar bien puesto el velo, las condenas a muerte de muchas personas por protestar por ello, incluido un futbolista de la selección de quien nunca mas se supo, las sentencias demoledoras por el mero hecho de bailar en la calle o de fotografiarse en una red social. Y, ya dentro de nuestro espacio, no puedo dejar de citar la condena de una abogada a 38 años de cárcel y recibir latigazos por defender los derechos de las mujeres.

              A todos estos, que son solo la punta del iceberg, podemos sumar casos somo los de Malala, la niña que casi pierde la vida por algo tan básico como querer estudiar, los secuestros de niñas en su escuela, o los recientes envenenamientos de otras pequeñas estudiantes.

              Suma y sigue La igualdad es un larguísimo camino que se recorre a muy diversas velocidades en diferentes lugares del mundo. Pero las mujeres no podemos hacer otra cosa que estar ahí, que seguir echando mano de esa sororidad de la que últimamente se habla poco y de no resignarnos a nada. Nuestros derechos no son algo que tengan que concedernos, sino que existen y hemos de reclamarlos cada día. El 8 M y el resto de los días del año.

              Por todo eso el aplauso es hoy para todas las mujeres del mundo que siguen sufriendo por el simple hecho de serlo. No estáis solas.

              Y una vez más, reitero mi agradecimiento a @madebycarol por prestarme su precioso dibujo.

Documentos: son y no son


         Desde que se inventó la escritura, la humanidad es muy dada a hacerlo constar todo formalmente. O lo más formalmente que se puede. Y así lo refleja el cine, desde las tablas de la ley en Los Diez Mandamientos hasta El informe Pelícano, La caja de música o cualquier otra historia donde los papeles jueguen, valga la redundancia, un papel fundamental. Y es que la historia, al menos hasta la llegada de las tecnologías, se escribía negro sobre blanco.

En nuestro teatro, los documentos tienen un papel fundamental. Un papel demasiado fundamental, incluso, cundo nos empeñamos en que todo conste por escrito una y mil veces a pesar de que se supone que, desde hace años, debería estar instalado el Papel 0.

En realidad, como he dicho más de una vez, la digitalización no ha supuesto en muchos casos otra cosa que tener que repetir el trabajo, analógica y digitalmente. En los lugares, que aún son muchos, donde no se ha instalado el expediente digital –y en algunos donde se ha instalado de cualquier manera- los expedientes se registran, con sus entradas y salidas, en los archivos informáticos, lo cual no nos priva de seguir recibiendo los tomos con sus grapas, sus cuerdas flojas y sus toneladas de papel. Ya podríamos haber creado varios bosques con todo el papel que generamos, pero así seguimos. Sin papel no hay paraíso.

No obstante, con los documentos pasa en Toguilandia algo curioso. Porque no son documentos todo lo que reluce. Aquí puede ocurrir perfectamente que algo parezca un gato, tenga cuerpo de gato, orejas de gato y maúlle como un gato, pero…sea un perro. O un elefante de lunares.

Veamos. Según la RAE, en la acepción que más se acerca a nuestro mudo, un documento es un “escrito en que constan datos fidedignos o susceptibles de ser empleados como tales para probar algo”. Ni que decir tiene que, cuando se habla de “escrito”, parece evocar de inmediato a papel, como no hablemos de los tiempos del Código Hammurabi, en que se escribía a golpes sobre la piedra. Pero en nuestro caso no es siempre así. Ya hace mucho tiempo, antes de que los ordenadores colonizasen nuestros despachos y nuestras vidas, el Código penal consideraba documento la plaza de matrícula de un vehículo automóvil y, por ello, su falsificación se consideraba falsedad en documento público.

Hoy es evidente que los documentos ya no son lo que eran, Atrás quedaron las escrituras de las casas que nuestros padres guardaban como oro en paño, y que ahora pueden encontrarse a un solo clic del archivo correspondiente. Por eso, muchos de los documentos que nos presentan, carecen por completo de la forma de documento de toda la vida. CD –aún son moneda habitual en Togulandia- pendrives y hasta enlaces a internet o a vaya usted a saber qué nube son cada día más frecuentes como medio de prueba. Y no siempre estamos preparados.

El caso de las conversaciones de WhatsApp –o de cualquier otra aplicación de mensajería- pese a ser el pan nuestro de cada día, ha dado lugar a múltiples resoluciones. Literalmente, en el momento en que se trasladan a papel, serían un documento, pero, sin embargo, no constituyen prueba documental salvo que concurran determinadas condiciones, como son que se hayan cotejado debidamente y se hayan comparado ambos terminales, algo que no siempre se hace. Si lo que nos aportan es una simple captura de pantalla, vulgo pantallazo, no hacen prueba., Especialmente interesante es una sentencia del Tribunal Supremo que decía que el pantallazo en sí no era prueba si no se contrastaba con el testimonio de quien hubiera visto que se recibía. O sea, lo que viene siendo un testigo de toda la vida. Para esa cesta no hacía falta tanto mimbre.

Hay muchas cosas que parecen documentos, pero no se admiten como prueba documental porque no lo son. Por ejemplo, las fotocopias de sentencias o las de atestados. En cuanto a los atestados, y a pesar de que los proponemos siempre como prueba documental, hay que recordar que no constituyen un documento en sentido jurídico, sino que tienen valor de denuncia que solo servirá como prueba si son debidamente ratificados en juicio. O sea, que son y no son.

Pero donde la consideración de documentos riza el rizo es en casos como el del recurso de casación, que tiene una vía tan estrecha que siempre me recuerda lo del camello que entra por el ojo de una aguja de que hablaba la Biblia.

Y tal vez el caso más extraño es el del procedimiento del jurado, ese alien jurídico en nuestro sistema, no por el fondo sino por la forma. Aun cuando soy juradista y confieso que disfruto ante un juicio por jurado, todas las prevenciones, testimonios que hay que aportar, con sus copias y recopias, y documentos que hay que señalar resultan francamente obsoletos en la actual sociedad de las TIC. Y ojo que esta ley no es del siglo XIX sino de finales del XX. Pero genera más papel que una imprenta de las de antaño como la que tenía mi abuelo.

Para acabar, queda hablar de los documentos que nunca sabemos si son un tipo de prueba u otra El informe de peritos, como los médicos forenses o cualquier otro que sea necesario u otros como análisis de drogas o de otras sustancias. Son documentos, y pueden impugnarse como tales. Pero si no lo son, se admiten como tales, aunque pueden traerse y discutirse en juicio como prueba pericial. Otra muestra de lo que es y no es.

Seguro que hay más ejemplos. Especialmente en otras jurisdicciones, como la civil, donde hay más tinta y menos sangre, vísceras y sexo. Pero a eso ya le dedicaremos otro estreno.

Y hasta aquí, el post de hoy que, aunque lo imprimamos, nunca será un documento. Como no lo será, tampoco, el aplauso, dedicado hoy a quienes tienen la obligación de leerse, uno tras otro, todos esos tomos que siguen inundando Toguilandia. Es lo que hay

Frustración; la niña que nunca fui


Hoy, en nuestro teatro, un relato. No es un hecho real, aunque podría serlo. O tal vez sí lo sea…

           Siempre me gustó soñar. Soñaba que era la niña más querida del mundo, la adorada de sus padres, el juguete de la familia, la joya de la corona. Soñaba que se sentaba junto a mí para hacer conmigo unos deberes para los que no necesitaba ayuda, pero que fingía requerirla para disfrutar de ese momento.

            Soñaba que tenía una casa preciosa, por donde entraba la luz a raudales y donde nadie nunca alzaba la voz. Soñaba vivir en un mundo de susurros donde bastaba una mirada para entenderse y una sonrisa para comunicarse.

            Soñaba que era feliz.

            Pero los sueños no so otra cosa que eso, sueños. Por eso dejan de serlo si se convierten en realidad. Y yo soñaba que los sueños dejaban de ser sueños para convertirse en una realidad hermosa.

            No tuve suerte. Por más que lo deseaba, nadie se sentaba por las tardes a hacer los deberes con una niña que se creía una princesa y a la que consideraban la joya de la corona. No había luz que pudiera con aquella oscuridad densa y pesada que formaba parte de la casa, aunque las ventanas estuvieran abiertas de par en par. Y tampoco había manera de que los gritos cesaran en aquel ambiente donde la palabra paz era mucho más lejana que una quimera.

            Y, aunque los sueños a veces se cumplen, los míos nunca lo harían. Porque yo nunca llegué a existir.

            Yo también fui parte de un sueño, un día no demasiado lejano. Yo era lo que más deseaba mi madre, aquello por lo que estuvo rezando a un dios en el que no creía y en el que casi volvió a creer cuando supo de mi existencia. Yo era la razón por la que llegó a decir que los sueños hay veces que se cumplen. Yo era lo que más deseaba del mundo.

            El lo sabía. Sabía que mi madre era capaz de aguantar todo, de resistir todo, de sufrir todo, con tal de hacer realidad su sueño de tener una hija. Y que lo que ella creyó que era su fortaleza, se convirtió en su mayor debilidad. Y yo pasé de ser, de la noche a la mañana, de un sueño cumplido a un talón de Aquiles. Aunque mi madre no lo comprendió hasta que no fue demasiado tarde.

            Sobreviví al primer embate. En aquel primer golpe, mis ganas de vivir y sus ganas de que yo viviera fueron suficientes para anular el ataque de la bestia. Sufrí, pero logré evitar el río rojo que hubiera supuesto mi final y el suyo.

            Pensamos que le habíamos vencido. Creíamos, como tantas veces se dice, que habíamos ganado la guerra cuando solo habíamos ganado una batalla. Una sola, de las muchas que vendrían.

            La segunda vez, la cosa quedó en tablas. La vida y la muerte ejecutaron una danza macabra que ganó la primera, aunque durante varios días parecía que iba a ser la Parca la que se llevara el gato al agua.

            Esta vez, sin embargo, no salé indemne de la batalla. Mi madre supo, en cuanto estuvo en condiciones de asimilar la noticia, que algo en mí se había quebrado para siempre. Sobreviví, sí, pero no fue gratis. Tendría que pagar mi peaje incluso antes de haber visto la luz por vez primera.

            A ella no le importó. Seguía queriéndome y queriendo que convirtiera en acto mi potencia, que me convirtiera en el escudo protector de todas sus penurias y quebrantos. Deseaba tenerme como nunca había deseado otra cosa y estaba dispuesta a enfrentarse a todo para conseguirlo

.           No necesito mucha imaginación para hacerme una idea de los planes que tenía para mí. Yo estudiaría la carrera que quisiera, pero tendría esos estudios que a ella le negaron las circunstancias. Pero antes de eso, disfrutaríamos de toda mi infancia. Me haría lazos en el pelo y vendría a ver mis funciones de fin de curso donde, por supuesto, yo sería la protagonista por ser la más bonita y la que mejor cantaba y bailaba.

            Sé que todos estos planes de futuro le servían para exorcizar un presente donde las pesadillas sustituían a los sueños, un universo de gritos, golpes y humillaciones.

            Pero él no se conformaba con destrozar su realidad diaria, y también acabó por destrozar sus sueños. Y un día, mientras dormía, una patada tras otra, un puñetazo tras otro consiguió construir un río de sangre por el que la vida que se estaba formando en su interior se escapaba a borbotones.

            Nunca llegué a ver la luz. En realidad, ni siquiera sé si llegué a ser otra cosa que un sueño esperanzador en la triste vida de mi madre. No pude darle lo que ella esperaba porque nunca llegué a existir.

            No obstante, una parte de mí se quedó en ella. Una parte que, sin saberlo, empezó a ocupar cada vez más trozos de ella hasta invadirla por completo. Y un día, cogió las cosas que un día iban a ser para mí y las que siempre fueron suyas y se fue hasta la puerta.

            El no la dejó siquiera abrirla, pero ella, por primera vez en mucho tiempo, no se arredró. Sacó el cuchillo jamonero con el que tantas veces le había hecho la comida y lo empuñó de cara a él, con los ojos brillantes

  • Si no te apartas de esa puerta, te juro que te mato

            De su cuerpo de siempre salía una voz nueva, una voz que yo conocía de los tiempos en que vivía en sus sueños.

            El la dejó pasar, no sé si porque temía que cumpliera sus amenazas o porque la sorpresa le paralizó. Ella no miró atrás ni una sola vez, ni siquiera cuando aquella voz que había poblado tantos días y noches de pesadillas trató de hacerla desistir

  • Te arrepentirás

          Ella sabía que no se arrepentiría, que de lo que se arrepentiría sería de quedarse, de caer otra vez en la trampa de esas redes que cada día que pasaba le apretaban con un nuevo e intrincado nudo.

            Nunca se arrepintió. Ni siquiera durante esa época en que él fingió que había vuelto a ser el hombre que ella conoció mucho tiempo atrás, el hombre del que se enamoró o del que creyó enamorarse. La llamaba, le enviaba cartas, y regalos y flores. Hasta una vez se plantó debajo de su casa con un trío de músicos que interpretaban la que fue su canción.

  • He cambiado. ¿No lo ves? No puedo vivir sin ti

           Le costó no caer en la trampa. Se sentía mal por no darle esa nueva oportunidad que él le imploraba varias veces a la semana. Pero llevaba tantas oportunidades desperdiciadas en su mochila de recuerdos, que no quedaba sitio para una más. Conmigo se disparó el último cartucho.

            Pero él tampoco se conformó con eso. Cuando se agotó su arsenal de muestras de amor que pretendían provocar compasión, se sacó de su inagotable manga el de muestras de fuerza que provocaban miedo.

  • Si no vuelves conmigo, te arrepentirás. No te dejaré ser feliz si no es conmigo

             Casi lo consigue. Es difícil ser feliz cuando se vive con el miedo enganchado a la garganta, y hay que poner mucho empeño en lograrlo. Yo trataba de colarme en sus sueños para ayudarla, pero no lo conseguía. Poco a poco, parecía haberme olvidado. O, al menos, parecía no necesitarme. Y yo, aunque tenía un poco de nostalgia, me alegraba por ella.

            Ella logró resistir, y más que eso. Pasó de sobrevivir a vivir y, aunque de vez en cuando alguna señal le recordaba que su cuerpo fue el templo del miedo, la mayoría del tiempo la ocupaba construyendo su nueva vida.

            Había momentos, no obstante, en que las pesadillas regresaban. Bastaba oír un nombre, respirar un olor o percibir un ruido para que las alertas se activaran. Sobre todo, cuando el sonido de una llave girando en una cerradura le recordaba el terror que se apoderaba de ella cada vez que él entraba en casa. Las cicatrices del cuerpo sanaban, pero a las del alma les costaba mucho más

            Ya hacía tiempo que había dejado de hacerme lazos y vestirme de princesa en sus sueños cuando apareció ella. Un buen día, fui testigo de cómo ponía en práctica todo lo que había ensayado conmigo en nuestro mundo imaginario. Un buen día, después de oír como cantaba la canción de cuna que nunca llegó a cantarme en voz alta, supe que mi misión había terminado. La niña que nunca fui se había convertido en la princesa destronada.

            Ahora había una niña de verdad a la que adornar con cintas y puntillas. Una niña que vivía en el mundo real y no en el de los sueños, una niña que veía cuando abría los ojos y no cuando los tenía cerrados.

            Por fin había conseguido su sueño, ser madre. Pero al serlo había comprendido que no se trataba de una vía de escape, sino de mucho más, que ser madre no era un refugio ni un consuelo sino una decisión de cómo vivir la vida.

            Confieso que sentí celos de aquella niña. Que la niña que nunca fui envidiaba a aquella niña que sería siempre, a partir de entonces. Ella era feliz con su nueva vida y su deseada hija. Yo ya no era más que una sombra de un pasado que no había de volver.

            Pero, aunque la niña no lo sepa y la madre lo haya olvidado, yo sé que si están ahí es, al menos en parte, gracias a mí. Porque tal vez sin mí nunca hubiera tomado la decisión que marcó el rumbo de su nueva vida, porque sin aquel río de sangre nunca se hubiera formado este nuevo río de vida en el que vive.

            Hoy la niña que nunca fui se ha vuelto a asomar al balcón de sus sueños. Ha fundido en una sola la imagen de los lazos que me hacía con los que la hacía a ella, de mis trenzas con sus trenzas para soñar muy alto, muy lejos. Será ingeniera, arquitecta, médica o abogada. O quizás astronauta ¿por qué no?

            Hoy he descubierto, por fin, que ella y yo siempre fuimos la misma. Y que estaremos a su lado siempre. A uno y otro lado de sus sueños

A los tacones vas: una sonrisa nunca viene mal


                Posiblemente, reír sea el ejercicio más sano del mundo. Reír y bailar, claro está, como hacían los protagonistas de Cantando bajo a lluvia con su famoso Make ´Em Laugh, que todavía me sirve como banda sonora para alegrarme el día. Que no es poca cosa en los tiempos que corren.

                En nuestro teatro, con los temas tan duros con que nos encontramos, podría parecer que hay poco espacio para las risas. Ni siquiera para las sonrisas, podría pensar alguien. Pero, como quiera que necesitamos no solo sobrevivir, sino también vivir, siempre quedan rendijas para que nuestro humor no sea siempre malo.

                Las tablas virtuales de este escenario han sido testigos de más de un estreno donde anécdotas, ocurrencias o frases graciosas nos han salvado el día de morir de tedio, o, lo que es peor, de risa. Tanto si suceden en persona como si vienen de redes sociales, lo más frecuente, suelo contestar a quien aporta una de estas perlas con el consabido “a los tacones vas”. Y he de decir que en los últimos tiempos han llegado a mi poder varias de estas perlas. Y no podía dejar de compartirlas. Porque, como me decían en el colegio, compartir es vivir.

                Para empezar, comentaré algo que vi esta semana y que no podía quedarme para mí. Ya he hablado alguna vez de nuestra vetusta Lecrim y sus viejunas cosas, como lo de atar la pieza con cuerda floja. La pieza no es otra cosa que el cuadernillo referente a la materia de que se trate, sea responsabilidad civil, situación personal, alejamiento o la que toque. La cuerda floja, hasta lo que yo había visto, era un cordel rojo, que siempre me ha recordado al que ata los chorizos -sin ánimo de ofender- que ataba la pieza al procedimiento principal. Y ojo, que no era capricho, recordemos que la ley es del siglo XIX y entonces las grapas de ahora no las hubiera imaginado ni Julio Verne. Pues bien, esta semana he visto una pieza donde dice literalmente, en la portada “cuerda floja de documentación. Paradójicamente, no había cuerda ni era floja, sino que los folios venían cogidos en un cachivache de esos de plástico que sirven para archivar y que se llaman “fastener” y bien apretaditos además. Nada poético, y mira que a mí lo de la cuerda floja me hace siempre evocar la equilibrista que con su paraguas y su traje de bailarina, avanzaba en el alambre en los circos de otra época.

                Pero han sido las redes las que me han traído regalos maravillosos que me alegran el día. Uno de ellos, el que me hicieron llegar de un tuitero llamado rubert@icacs que se refiere a la herencia adyacente. Obviamente, querría decir “yacente” pero se ve que a los correctores eso de que las herencias puedan yacer como si fueran los amantes de Teruel no le acababa de convencer, y lo convirtió en la herencia adyacente, esto es, la que está al lado. Como si pudiéramos quedarnos la herencia del vecino.

                Por su parte, mi querida Amparo Salom, que ya ha hecho varias aportaciones al repertorio taconil, me trae una resolución donde se habla de “beneficio de exageración del pasivo insatisfecho”. Casi nada. Para quien no lo sepa, o no caiga, se refiere al “beneficio de exoneración”, pero claro está que lo de “exageración” queda mucho más bonito. Y puede ser la razón de esa insatisfacción del pasivo, que bien poca gracia le hará al Sr Pasivo que exageren las cosas ¿O no?

                Y, para acabarlo de arreglar, una verdadera joya, de la tuitera mano de @Fasmida. Nada más y nada menos que el principio “hindú bio pro reo”. Aun estoy superando la impresión de leer semejante cosa, en vez de nuestro requeteusado latinajo “in dubio pro reo”. Y conste que siempre que sale a colación, me acuerdo del conocido chascarrillo del “in dubio aporreo” o de aquello que decía un magistrado de mis primeros tiempos toguitaconados, “in dubio, pro estudio”, para aludir a quienes no se preparaban suficientemente los asuntos antes de ir a juicio.

                Por último, me referiré a algo que oigo de vez en cuando, pero sigue provocando mi hilaridad. No es otra cosa que los diferentes nombres que se dan a la aplicación Whatsapp cuando forma parte de la prueba o el objeto del juicio. La primera vez que me dijeron que se lo había mandado “por guasa” me entraron ganas de decir que poca guasa tenía aquello, pero me mordí los labios. Cuando me dicen que es “por guacha” todavía me cuesta traducir mentalmente ara saber a qué se refieren. Pero es lo que toca.

                Y hasta aquí el estreno de hoy. Y como de vez en cuando hay que alimentar el espíritu con una sonrisa, el aplauso se lo daremos a quienes la han provocado. Con sus aportaciones de hoy y de siempre. Mil gracias.

Ansiedad: más allá de los nervios


              Hay un bolero que canta a la Ansiedad, que identifica con las ganas de tener a la persona querida en sus brazos, musitando palabras de amor. Ojalá se tratara de eso. La ansiedad es mucho más, y hay películas que lo reflejan, como la dulce Amèlie o el histriónico protagonista de Mejor imposible. Y, por supuesto, la angustiosa La decisión de Sophie. Ni la realeza se salva, y, para muestra El discurso del rey. Y es que vivir en ansia viva es algo común en estos tiempos.

              En nuestro teatro, la ansiedad está a la orden del día. El que más y e que menos hemos sentido alguna vez esa sensación de que no te llega el airea los pulmones, normalmente relacionada con alguna situación estresante en nuestros trabajos toguitaconados. Y, aunque a veces lo identificamos con los meros nervios e incluso banalizamos el tema, hay muchas bajas médicas por esta razón, y yo he visto a más de un profesional desmayarse o casi. Y lo he sentido en mis carnes.

              Es por eso por lo que he decidido dedicar este estreno a todas esas situaciones estresantes en que, según el refranero, no nos llega la camisa al cuerpo y según la ciencia, sufrimos ansiedad o podemos sufrirla. Y no son pocas, en un mundo donde los plazos son los protagonistas. Así que empezamos nuestro Un dos tres responda otra vez pidiendo, por veinticinco pesetas -como en los tiempos de Kiko Ledgard- situaciones que creen ansiedad en Toguilandia, por ejemplo, los plazos.

              Obviamente, que se agote el tiempo para presentar un informe, un recurso, o una calificación, o el de poner un auto o una sentencia, crea una angustia que se te coge al estómago y te deja un nudo permanente en las tripas. Ese nudo se convierte en maraña cuando se juntan dos, y así, en progresión geométrica, cuantos más sean los asuntos. Y, por supuesto, para rizar el rizo, el caso en el que a estos se añade, sin previo aviso, una causa con preso, especialmente si tiene varios tomos. Además, todo esto suele pasar, generalmente a la vez, cuando se acercan vacaciones o final de año. Y entonces el nudo ya no hay quien lo deshaga.

              Otra de las cosas que crea una ansiedad importante es la coincidencia de señalamientos. Como la ley de Murphy es lo que tiene, si se pueden juntar dos asuntos gordos el mismo día y a la misma hora, lo harán. Si, además, se trabaja en varios partidos judiciales, suele suceder que los dos señalamientos tienen lugar en los más lejanos en kilómetros, faltaría más. Y buenas son Sus Señorías para que les digas que hay otro señalamiento prioritario al suyo. Verdad verdadera.

              También crea mucho estrés el servicio de guardia. Sobre todo, cuando se atienden diversos partidos o diversos lugares, como comisarías y juzgados. He visto a abogadas y abogados de oficio a punto de que les diera un síncope cuando les hacen ir de Herodes a Pilatos, y, especialmente, cuando ni Herodes ni Pilatos queremos que vaya al otro sitio primero. Recuerdo a una abogada que llegó tarde de comisaría y, tras llevarse la bronca, pudo contarnos que había tenido un accidente -se golpeó la cabeza al salir del coche- y entre comisaría y juzgado, fue al hospital y llevaba una buena de ristra de puntos en la cabeza. Ha pasado el tiempo, pero siempre que la veo, me acuerdo de este episodio en el que, además, decía que lo que más le preocupaba no era la brecha, sino lo que le iban a decir por llegar tarde. Y no le faltó razón, a la pobre.

              Las llamadas nocturnas también son otra fuente de estrés. Y, aunque están en el sueldo con el servicio de guardia, no deja de ser una situación especialmente delicada. Sobre todo si, como yo, no tienes demasiado buen despertar que digamos.

              Además, cuando se es tan despistada como yo, las posibilidades de que me dé un patatús se multiplican, porque, como más de una vez me ha pasado que me he confundido de día y hora de señalamiento, viaje, evento o lo que sea, en cuanto no veo a nadie en la sala, ya me echo a temblar pensando que me he equivocado de día, de hora o de sitio. O de las tres cosas a un tiempo, que conmigo todo es posible. Menos mal que siempre acabo resolviendo, pero la ansiedad no me la quita nadie.

              Por último, haré referencia a una causa de estrés que se sigue dando más en las mujeres, aunque deberíamos sufrirla ambos sexos por igual. Me refiero a la conciliación o, mejor dicho, la corresponsabilidad. Aunque se tratan de dar pasos en este sentido, todavía hay mucho por hacer, obre todo en el caso de las abogadas. He visto a algunas dar el pecho a sus criaturas en el juzgado de guardia o traerlas de la manita en vacaciones porque no hay donde dejarlas. Y cuidado con que la hora del señalamiento nos descuadre la hora de llevar a los críos al cole, que se nos desmonta el castillo. Y más aún si el juicio que habíamos previsto que acabara a mediodía se alarga hasta la hora de salida de los coles. Lo he vivido y, a pesar de tener en su día dos abuelas entregadas a mi disposición, pasaba mis apuros hasta reorganizar la logística. No quiero ni pensar en quienes no tienen esos apoyos

              Podría contar muchas más situaciones que causan ansiedad, pero aquí lo dejo, aunque sin descartar una segunda parte. Pero, por supuesto, que no me falte el aplauso, que hoy va dedicado a todas esas personas que han sufrido esas situaciones y, especialmente, a quienes han visto mermada su salud mental por ello. Animo

#Historiasdemujeres


Salma y Luis

         Ya me había acostumbrado, pero al principio no entendía aquel comentario que todo el mundo hacía al conocernos. Se tratara de quien se tratara, nos miraba con condescendencia y, como si hubiera descubierto la pólvora, decía:

-Anda, como la película

       Tardé varios meses en saber a qué película se refería, y varios meses más en verla, aunque confieso que no me enteré demasiado. Pero si una cosa sí tenía bien interiorizada, era cómo fingir que algo me gustaba.

        Lo aprendí de niña. Cuando mi padre, después de varias semanas sin aparecer por casa, traía unos caramelos de miel que no me gustaban nada, mi madre me pellizcaba

-Salma, dale a papá las gracias y dile cuánto te gustan.

        Los odiaba. A los caramelos, desde luego. A mi padre, también. Y llegó un punto en que odiaba a mi madre. No entendía por qué no se rebelaba, porque asumía aquel destino de criada de un hombre que no solo la trataba mal, sino que también la maltrataba. Con sus hechos, con sus palabras y también con sus silencios.

         Aguanté. No me quedaba otro remedio. Esa era la vida que me había tocado vivir, con esa tierra que seguía teniendo las mismas costumbres que hacía un millón de años, y esa familia que era una prolongación de la tierra. Pero cuando, recién cumplidos los dieciséis años, mi madre me dio la noticia, supe que era el momento de no aguantar más

-Tu padre te ha concertado una buena boda. Has tenido suerte, el novio es rico y bien parecido y solo tiene cincuenta y seis años. Nada de esos abuelos con los que se han casado tus primas, que, además de mayores, no tenían apenas donde caerse muertos. Has tenido suerte.

         ¿Suerte? ¿Cómo se atrevía a llamar suerte a la obligación de casarme con un hombre que podría ser mi padre, o mi abuelo? ¿Un tipo al que jamás había visto y respecto del cual a lo más que podía aspirar era a que no me pegara ni me violara todos los días? Maldita mi suerte.

         Fingí una vez más. No hice ni un mal gesto y disimulé mi asco del mejor modo que supe. Solo quería ganar tiempo para huir de ese destino al que no pensaba resignarme de ninguna de las maneras.

         Entonces me acordé de Luis, aquel chico alto y sonriente que trabajaba para la ONG que ayudaba en mi tierra. Había hablado varias veces con él, y siempre me dijo lo mismo

-Si algún día quieres dejar todo esto, no tienes más que decírmelo

           Y se lo dije. Me las compuse para fingir, una vez más, que necesitaba ir al dispensario porque me encontraba mal, y le pregunté a bocajarro si estaba dispuesto a cumplir su promesa.

         No fue fácil. Tuve que fingir una vez más en casa, donde mi madre se afanaba en los preparativos de una boda que yo esperaba que nunca se celebrase. Fui sumisa, obediente, disciplinada. Incluso mi padre comentó el cambio que había dado desde que iba a casarme. Mi puesta en escena era impecable, aunque la paciencia se me iba agotando.

         Luis y sus compañeros lo arreglaron todo para mi huida. Tuvimos que pasar mil peripecias, pero las cosas salieron bien. Fue él mismo quien me acompañó hasta España, mi destino final y el principio de mi nueva vida. Y se convirtió en mi amigo y mi confidente, además de mi compañero de piso hasta que encontrara otra cosa. Nunca se me ocurrió que Luis fuera otra cosa que mi amigo y, por fortuna, a él le sucedía lo mismo.

         Éramos inseparables. Él me enseñó los primeros rudimentos del idioma, y me ayudó a encontrar un trabajo a tiempo parcial y una escuela donde aprender todo ese montón de cosas que en mi tierra no enseñaban a las mujeres. Mientras, él y la organización a la que pertenecía tramitaban mi petición de asilo que, según decían, no podrían denegarme por haber huido de mi país para no contraer matrimonio forzado.

            Y un día, llegó con una noticia tan mala como la que en su día me dio mi madre

-Te han denegado el asilo. No han considerado probado que huyeras de un matrimonio forzado. Y, además, como vas a cumplir 18 años, ya no se considera matrimonio infantil

            Aquello era una sentencia de muerte. Si me devolvían a mi país, mi familia me mataría. Y si no, lo haría yo misma con tal de no afrontar aquel destino maldito. Abrazada a Luis, lloré las lágrimas que llevaba tragándome toda mi vida.

-Hay una solución

-¿Cuál?

-Cásate conmigo. En poco tiempo tendrás la nacionalidad y en cuanto quieras, nos podemos divorciar.

-Pero…

-Todo seguirá igual entre nosotros. Tranquila.

            Hoy soy su mujer. Nos presentan en todas partes como Salma y Luis, y la gente sonríe pensando en nuestra romántica historia. Pero seguimos siendo los mejores amigos del mundo. Y nada más.

         Yo ahora soy una mujer feliz. O casi. Pero no dejo de pensar que, al final, no tuve otra salida que un matrimonio forzoso. Diferente y mejor del que habían proyectado mis padres, pero no dejó de ser una imposición. Porque no tuve otra elección.

Profesiones: a cada cual lo suyo


El trabajo forma parte importante de nuestras vidas. De hecho, es el lugar donde más tiempo pasamos, junto con nuestra casa, por eso es fundamental conseguir trabajar en algo que guste, aunque no todo el mundo lo consiga. Quienes se dedican profesionalmente al arte en general y al espectáculo en particular suelen tener firmes vocaciones y en la mayoría de casos, haber superado serios obstáculos para estar ahí. Pero eso no quita para que reflejen en sus obras otras profesiones. Hay muchas películas dedicadas a los oficios jurídicos, El juez entre otras, pero hay otros Profesionales a los que dedican películas: La profesora, El escritor, El pianista, La violetera, El jugador de ajedrez, El cazador, El mayordomo, Ama de llaves o Criadas y señoras, son unos pocos ejemplos

En nuestro teatro las profesiones más conocidas ya tuvieron sus propios estrenos. Jueces y juezas , fiscales , LAJ , forenses, funcionariado , abogacía o procura han sido protagonistas de sus correspondientes funciones. Pero hoy vamos a ver algunas otras que, sin ser propias de Toguilandia, nos han traído sus propias anécdotas a nuestra casa.

Por supuesto, nuestra estrella más rutilante, aunque a su pesar, es la figura del investigado o investigada , antes imputado que, según la fase procesal, puede ser el procesado, el acusado, el condenado o el reo. Y, aunque no es una profesión propiamente dicha, en algunos casos alcanza un grado de profesionalidad que ya la quisieran para otros oficios. No sé a ciencia cierta cómo andará el récord de detenciones, pero en esta sede merece una mención especial una mujer que fue habitual de los juzgados de Valencia, y que contaba con más de un centenar de detenciones, todas ellas por hurtos en tienda. Para que luego digan que no es necesaria la especialización en cualquier cosa.

Al margen de esto, hay veces en que no caemos en que las profesiones que se ejercen pueden tener una enorme incidencia en lo que le ocurra a alguien a su paso por Toguilandia. Lo vemos prácticamente a diario con personas que se dedican profesionalmente a la conducción, a las cuales una pena de privación del permiso de conducir les hunde la vida. Pero, claro, su peligrosidad es mucho mayor dedicándose a lo que se dedica, y también es mayor la reprochabilidad. Les guste o no.

En menor medida, pero también con cierta frecuencia, me encuentro con investigados a quienes lo que más les duele es la privación del derecho a la tenencia y porte de armas. Como tengan aficiones cinegéticas, están hundidos. Pero, como en el caso anterior, el riesgo de tener armas impone una medida de este tipo. Aunque solo sea por si acaso, que no son pocos, por desgracia, los supuestos en que el arma homicida ha sido una escopeta de caza que se tenía legítimamente.

Mención aparte merece la pena de alejamiento, al igual que la medida cautelar de la misma naturaleza. Me he encontrado con casos en que había que hacer encaje de bolillos para no interferir en los trabajos de los afectados, porque flaco favor se haría a la víctima si el padre de sus hijos se queda en el paro y no puede contribuir a la manutención. Hay muchos conflictos cuando autor y víctima trabajan en el mismo sitio y más aún cuando se trata de una empresa familiar. Y en esos casos hay echar mano de soluciones imaginativas para no causar más perjuicios. Y no siempre las hay.

Recuerdo un caso que nos llamó especialmente la atención, puesto que víctima y autor eran músicos de la misma banda, y el propio director declaraba angustiado que no podía prescindir de uno ni de otra. No quedó otra solución, con el consenso de las partes, que decretar el alejamiento de la persona, a muy escasos metros. Y que el director en cuestión nos jurara que a la hora de distribuir los lugares de la banda respectaría esa mínima distancia. Afortunadamente, en este caso no hubo más problemas.

Otras veces, las profesiones que interfieren en nuestro trabajo son las derivadas de un pluriempleo que parta algunas personas es absolutamente necesario. De este cariz hay una anécdota que siempre nos hace reír. El único intérprete que había en el partido judicial de un idioma poco conocido pero relativamente frecuente trabajaba como camarero en un restaurante. Por supuesto, con sus pocas intervenciones en el Juzgado no sacaba adelante a su familia, y necesitaba los dos trabajos. Y más de una vez hemos tenido que llamar al restaurante para que viniera a ejercer de intérprete, cosa a la que accedía, con más o menos ganas, su jefe. Había que ver los nervios que le entraban al pobre si se acercaba la hora de abrir algún sábado y todavía no había acabado en el juzgado. Porque, como sabemos, a veces las cosas se enredan y por más que una quiera, no hay forma de acabar a una hora decente. Gajes del oficio.

Para acabar, recordaré que, en nuestro caso, pocas profesiones podemos ejercer más que la nuestra. La única compatibilidad es con la creación artística y literaria -menos mal- y con la docencia. Y gracias. Así que no podemos vender tuppers, ni cosmética, ni robots de cocina por mucho que nos lo pidan. Aviso a navegantes.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo dedico a todas esas personas sin cuyas profesiones la nuestra no sería posible, como carpinteros, fontaneros, electricistas y, sobre todo, informáticos. Ya lo saben cuando reciban el grito de “Rupert, te necesito”

Aborto: de delito a derecho


              El aborto siempre ha sido un tema controvertido, teñido, además, de tintes políticos. Pero, más allá del posicionamiento respecto al mismo, el hecho de abortar es un duro trago para cualquier mujer que, por una u otra razón, se vea obligada a tomar una decisión así que, en muchos casos, pone en serio riesgo su vida. El cine no ha sido ajeno a todo esto. Juno, Cuestión de derechos, Coma o Solas son  algunas de los muchos filmes que han abordado el tema desde diferentes perspectivas. Y es que da para mucho.

              En nuestro teatro hay que reconocer que el tema es más controvertido en teoría que frecuente en la práctica, al menos hoy en día. Pero hubo un momento, no tan lejano en el tiempo aunque pueda parecerlo, en que el aborto era delito por definición. De hecho, y hasta la ley “de Zapatero” de salud sexual y reproductiva, próxima a su vigésimo cumpleaños -se publicó un 4 de marzo de 2010- lo que se regulaba en realidad no era el aborto sino su punición, con la única excepción de un período de tiempo corto en la legislación catalana en plena Guerra civil.

              ¿Y por qué sacar este tema ahora? La respuesta es obvia. El Tribunal Constitucional acaba de pronunciarse -aunque no esté elaborada la resolución- sobre el recurso que contra dicha ley de 2010 se interpuso en su día. Y, evidentemente, lo primero que llama la atención es que se haga nada menos que 13 años tras la interposición del recurso, un plazo que sonroja hasta a la persona más benevolente, sobre todo si tenemos en cuenta que el mismo Tribunal Constitucional, hace poco, se despachaba con una resolución condenando las dilaciones indebidas en un caso cuyo retraso no les llegaba la punta de la toga. Pero ya se sabe, en casa del herrero…

              Ya se habían planteado en otras ocasiones lo posibles efectos de una eventual resolución que declarara inconstitucional en todo o en parte la ley, algo que, por fortuna, no va a suceder. Pero de ser así, habría que plantearse si automáticamente se regresaba al sistema anterior, al de indicaciones, que consagró en su día la ley de 1985 tras los “retoques” que el mismo Tribunal Constitucional obligó a hacer o si nos quedábamos en una situación de vacío legal hasta que existiera nueva norma. Porque aunque, como decía en el estreno dedicado a la retroactividad las leyes solo se derogan por otras posteriores, no se trata de un caso de derogación, sino de declaración de inconstitucionalidad de la ley que derogaba aquella, esto es, algo así como tenerla por no puesta.

               Recuerdo un caso parecido en la noche de los tiempos, cuando siendo yo estudiante de Derecho, mi asignatura de Derecho Financiero quedó gravemente tocada por el recurso a la ley de IRPF que le estimaron a Lola Flores. Aquello nos dejó durante parte del período impositivo sin ley que permitiera hacer la declaración, y sin materia de que examinarnos a quienes estábamos en ese trance. La de veces que bendije a La Faraona por facilitarnos tanto el aprobado en la asignatura.

              Volviendo al tema, ya hubo un conato de resolución del tema, hace un par de años. No sé si era simple rumor o algo más, pero se habló muy en serio de que iba a resolverse entonces. De hecho, publiqué un artículo en El Plural del que hoy saco muchas ideas, que para algo me tenía que servir. Lo que está claro es que, con esta demora, podríamos habernos visto en el brete de que existiera una nueva ley -ha dado tiempo de sobra a hacerla, aunque no se haya hecho- y el recurso careciera de sentido. No quiero ser susceptible, pero igual era eso lo que estaban esperando. Y fuera de bromas, no parece serio que todo un Tribunal Constitucional tarde tanto tiempo en resolver. Si la causa es la acumulación de trabajo, que no lo dudo, debería haberse previsto dotar de más medios personales y materiales para que algo así no suceda. Una cosa es que las cosas de palacio vayan despacio, y otra que avancen al paso de tortuga reumática.

              No obstante, quería aprovechar la ocasión para analizar como ha sido, desde un punto de vista jurídico pero con un enfoque que pretende ser didáctico -ojala lo consiga- la evolución de la ley en este tema tan delicado.

              Cuando se haba de aborto siempre recuerdo un trabajo que hice en mi primer año de carrera, donde analizaba la jurisprudencia del año 1958, varios años antes de que yo naciera. Entonces el aborto era un delito en cualquier caso, pero lo que más me llamó la atención al respecto no fueron tanto las condenas por abortar, que no eran demasiado frecuentes, sino los asuntos, con condena o sin ella, donde las mujeres morían por haber sido sometidas a abortos clandestinos en las condiciones más espantosas. Entre ellos, era habitual la práctica de la “intervención” -por no llamarla “carnicería”- introduciendo una percha de alambre por la vagina. Aquellas lecturas en los tomos de Aranzadi de tapas de piel y oro y hojas de papel de Biblia me marcaron para siempre. Que las mujeres se vieran obligadas a jugarse así la vida porque no había otro modo de interrumpir el embarazo era tremendo. Que a las que sobrevivieran, encima, las castigaran por ello, era espeluznante

              Ni que decir tiene que durante todo el régimen anterior al 78 el aborto no tuvo regulación alguna, más allá de su punición como delito. Precisamente, la ley del 85 lo que hacía no era regular el aborto, sino despenalizarlo en algunos supuestos, llamados «indicaciones», a saber: ética, cuando el embarazo era fruto de una violación; terapéutica, cuando era necesario para salvar la vida de la gestante, y eugenésica, para los casos en que el feto tenía graves malformaciones o se presumía su nacimiento con graves enfermedades. En cualquier caso, esas indicaciones se combinaban con un sistema de plazos y con unos requisitos en cuanto a dictámenes médicos importantes. No era todo lo que se reclamaba por muchas asociaciones de mujeres, pero era un paso importante.

              Como anécdota jurídica contaré, para quienes aún no peinan -o tiñen- canas, que ese precepto del texto refundido de 1973  -refundido del Código original de 1944, no lo olvidemos- que regulaba las indicaciones que hacían impune algunos casos de aborto, se mantuvo en vigor a pesar de la derogación completa de dicho texto por el Código Penal de 1995 y así se mantuvo hasta 2010, en que entró en vigor la ley cuya constitucionalidad se confirma hoy.

              La ley de 2010 supuso un cambio de punto de vista, al regular el aborto como un derecho y no limitarse a describir los supuestos en que no era delito. De un modo algo simple, podría decirse que, cuando antes el aborto era delito y no serlo era la excepción, ahora ocurre exactamente lo contrario, el aborto no es delictivo y solo lo es en supuestos excepcionales. Tal vez habría que recordar todas estas cosas ante algunas ideas peregrinas de algún gobierno autonómico. Y tal vez, también, recordar a todas aquellas mujeres destrozadas por dentro y por fuera que salían en el Aranzadi del 58.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso es, obviamente, el recuerdo y homenaje a aquellas mujeres a las que ejercitar lo que hoy es un derecho les costó la vida. A veces hay que recordar para seguir avanzando.

Retroactividad vs irretroactividad : freno y marcha atrás


              A veces las cosas no son lo que parecen. El tiempo tiene su aquel y aunque parezca que las cosas suceden una tras otra, sin solución de continuidad, no siempre es así. De hecho el cine nos permite viajar en máquinas del tiempo como ocurre en las distintas entregas de Regreso al futuro, o nos invita a volver al pasado en películas basadas en recuerdos como Rebeca, Cinema Paradiso o Retorno a Brideshead, o plasma momentos de paralización del tiempo como La bella durmiente o Atrapados en el tiempo. ¿Quién no recuerda el famoso Día de la marmota? ¿O quien no ha reído alguna vez con los Cuatro corazones con freno y marcha atrás?

              En nuestro teatro el transcurso del tiempo tiene una importancia enorme. Los plazos determinan si un recurso o cualquier otro escrito es admisible o no, y también pueden dejar sin efecto la aplicación de normas. Eso ocurre tanto en la vía penal, en la que la prescripción del delito o de la pena deja sin efecto el castigo si en determinado plazo no es hallado el delincuente -pensemos en lo que ocurriría si apareciera hoy mismo Antonio Anglés- y en la vía civil, donde ese transcurso del tiempo unido a determinados requisitos es un modo de adquirir la propiedad, tanto de muebles como de inmuebles, mediante la usucapión.

              Pero hoy quería centrar este estreno en una vertiente muy concreta de la relación del paso del tiempo con el Derecho, lo que conocemos como “sucesión de leyes”. Se trata de dilucidar qué ley es aplicable en cada caso, especialmente cuando los hechos controvertidos tienen lugar en lo que llamamos en interregno entre dos leyes, es decir, cuando ya existe una ley nueva pero todavía podría ser aplicable la antigua. Ya se hizo alguna aproximación al tema cuando dedicamos varios estrenos a las revisiones , especialmente con  la famosa ley del solo sí es sí, en la que ha habido que revisar más sentencias de lo que se pensó en un principio, y todavía queda por desfacer más de un entuerto.

              Vayamos, pues, por partes. La regla general es sencilla: las leyes se derogan por otras posteriores. A esto hay que añadir que tienen que tener el mismo o superior rango, porque una norma de rango inferior no puede sustituir a una de mayor categoría. Para entendernos, un reglamento no podría dejar sin efecto una ley sobre la misma materia, y tampoco podría una ley ordinaria cambiar una ley orgánica. Y si hablamos de la norma más importante de nuestro ordenamiento, la Constitución, tiene sus propias reglas para ser reformada que hacen que esté investida de la seguridad jurídica necesaria para que no pueda cambiarse cada vez que cambie el gobierno.

              Así vistas las cosas, no se explicaría qué puñetas está pasando con la dichosa ley de libertad sexual con la que tan felices se las prometían y que tantos quebraderos de cabeza les ha dado a sus autores. Porque si rige la regla general -con latinajo sería tempus regit actum– se aplicaría esta ley a lo que sucedió después de su entrada en vigor y la anterior a aquellos hechos cometidos antes de que estuviera vigente. Y aquí paz y después gloria.

             Pero ni paz, ni gloria, ni nada de nada. Porque toda regla tiene una excepción y ahí está el quid de la cuestión, en la excepción. Como hemos dicho, las leyes, según nuestra propia Constitución, no pueden tener efecto retroactivos salvo cuando se trate de disposiciones sancionadoras, en cuyo caso pueden tener efecto retroactivo si benefician al reo o al sancionado o condenado. Algo que puede parecer sencillo pero que no lo es tanto. Veamos por qué.

              En primer lugar, hay que determinar qué es más favorable en cada caso. Si hablamos de penas de la misma clase, como la prisión, no hay duda: 3 años son menos que 4, aquí y en la China. Pero cuando son penas de distinta naturaleza, o penas conjuntas, ya la cosa no está tan clara. De la misma forma que no se pueden sumar peras y manzanas, no se pueden comparar cosas diferentes. Para intentarlo, la ley establece un ranking de gravedad de las penas, entre las cuales se consideran las más gravosas las privativas de libertad y las menos las económicas, con todas las penas de privaciones de derechos de por medio. Pero ni siquiera eso lo soluciona, porque si la pena privativa de libertad es susceptible de suspensión y la teóricamente menos gravosa no lo es, resultará que no es lo que parece. Y menos todavía cuando se trata de dos penas privativas de libertad pero de diferentes características, como sucedía con el extinto arresto de fin de semana. En todos esos casos tan dudosos, se establecía la obligación de oír al reo en cuestión para que este contara lo que realmente le resultabamás gravoso, y decidir al respecto. Y es que, además, hay penas que pueden ser muy duras para unas personas e inocuas para otras. Pensemos en la privación del derecho a la tenencia de armas para un cazador o en la privación del carnet de conducir para un taxista, sin ir más lejos.

              En segundo término no todo se reduce a cálculos matemáticos. Si así fuera, no habría grandes problemas, siempre que se tuviera una calculadora o dos dedos de frente. La verdadera problemática de esta ley, o de otras en supuestos parecidos, es que contemplan casos de agravación que antes no se contemplaban y de los que, por tanto, no se hacía mención en la sentencia. Si se hubiera hecho, probablemente no hubiera sido de aplicación el mínimo y no se hubiera armado el bacalao que se ha montado, pero no se podía adivinar el futuro, claro. Pero a buen seguro si la norma contuviera reglas para solventar estos casos, lo que se llaman disposiciones transitorias, las cosas hubieran sido mucho más fáciles. Así podemos atestiguarlo quienes peinamos canas jurídicas y ya hemos pasado por alguna que otra revisión de enjundia, la más gorda la del nuevo Código del 95, cuyas disposiciones transitorias, por cierto, decían algo muy parecido a lo que ha dicho el Fiscal General del Estado al respecto de esta ley, aunque a los tribunales -o muchos de ellos- no les ha parecido bien. Cosas de la independencia judicial.

              No obstante, y para acabar de rizar el rizo, hay que explicar que esto sucede con las normas penales y sancionadoras, pero no con otras, entre ellas las procesales. Para el procedimiento se aplica lo que rige en el momento en que se está instruyendo  cuando se celebra el juicio, de modo que podemos encontrarnos que haya casos donde se aplique la ley procesal vigente y los preceptos penales derogados. Pero así son las cosas.

              Por último, hay que dejar una cosa clara, por obvia que pueda parecer a alguien. Si se deroga una ley que a su vez derogaba otra, esta derogación no implica que se vuelva a la ley anterior. Aunque parezca un trabalenguas. Santa Rita, Rita, lo que has derogado no se quita.

              Y ahora solo queda el aplauso. Y se lo dedicaré, como no, a quienes cada día se ven en ese quebradero de cabeza. Revisar o no revisar, that is the question. Ya me gustaría a mí ver a Hamlet en ese fregado.