Bolos: plumas y togas


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Ya lo he dicho muchas veces. Las giras, también llamadas bolos, son parte inseparable de la vida del artista. Se estrene una obra, salga un disco al mercado o se presente un libro, toca hacer maletas y andar de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de país en país, tratando de promocionar lo que se trate. En la más pura tradición del umbralismo, hablando de su libro.
También nosotros hacemos nuestros bolos, que no se diga. Algunas veces más de andar por casa, que no es lo mismo estrenar en Matalasperas del Copete que en el mismísimo Broadway, y los bolos quedan reducidos a esos desplazamientos que nos llevan de punta a punta de la provincia En Busca del juicio perdido. Otras, con el más puro glamur hollywoodiense, cuando nos invitan a dar una charla, ponencia o seminario, y nos tratan tan bien que una piensa por un momento en eso de Ha nacido una estrella. Pero en esos casos la sensación dura poco, y la vuelta a la realidad de las trincheras convierte el regreso en un remedo de Aterriza como puedas. Es lo que tiene.
Pero sí es cierto que, de vez en cuando, alguien nos llama y hasta valora nuestros conocimientos o nuestra experiencia –o ambas cosas- Y, por un instante, se le quita a una esa sensación de desánimo que cada día nos invade más, cuando vemos cómo por más que gritemos que no tenemos medios, que no podemos hacer nuestro trabajo y que con estas leyes no podemos seguir, quienes tienen que escucharlo sufren una sordera mayor que las protagonistas de Hijos de un dios menor y la de El milagro de Anna Sullivan juntas.
Por suerte o por desgracia, nuestros estrenos son sin boa y sin plumas. Aunque no estaría mal bajar las escaleras del juzgado recibiendo a los encausados al más puro estilo Lina Morgan cantando eso de Gracias por venir. Pero no caerá esa breva. Nosotros somos gente seria y como tales nos hemos de comportar. O tal vez no, que quizás convendría quitar algo de caspa a nuestro oficio, aunque sin llegar a esos extremos de vedetismo, que una cosa es llevar toga y tacones y otra emular a Norma Duval en el Follies Bergere.
Así que, con nuestras plumas imaginarias, tan pronto vamos al colegio o al instituto de nuestros hijos –o los hijos de un amigo-a hablarles de nuestro trabajo o de una parte de él que les interese, como cruzamos el charco –alguna vez que otra- y participamos en un seminario internacional. Y, aunque no lo parezca, también es parte de nuestro oficio de servidores de la justicia, aunque haya quien lo cuestione. Aunque no todas las ocasiones son iguales, claro. Y entre el altruísmo y el interés crematístico hay un montón de estadios intermedios.
Trabajar de fiscal –o de abogado, juez, LAJ, procurador o lo que sea- no es algo que se ciña al momento en que una lleva la toga y los tacones. Yo también me siento cumpliendo con mi compromiso con la justicia cuando doy una charla a los jóvenes sobre violencia de género, o cuando hablo con alguien de justicia, y hasta cuando me muevo en redes sociales reclamando medios o cuando escribo este blog. Y soy fiscal, pero también soy madre, hija, lectora, aficionada a la danza o fallera, por poner un ejemplo, no vayamos a creernos que somos Napoleón Togaaparte. Pero creo que también estoy trabajando de fiscal cuando me dirijo a otros contando las alegrías, miserias y necesidades de mi oficio, y cuando trato fe explicarles que estamos a su disposición, porque somos un servicio público. Si nos dejan, claro, que como está el patio no nos lo ponen fácil.
Así que ahí estamos. Y ahí seguimos. Trabajando porque se haga justicia desde la sala de vistas o la guardia o desde los despachos, pero también desde las aulas o desde las mesas de conferencias, o desde donde se ponga a tiro. Con toga y tacones o con marabú. Y hasta con tutú llegado el caso.
Por eso el aplauso hoy es para los que sacrifican parte de su tiempo por servir al ciudadano más allá de los límites del juzgado. Porque a veces es preciso bajarse de estrados para tener contacto con la realidad. Y hacerlo mejor cuando volvamos a subir a ellos. Que la toga se acopla mejor si una la airea de vez en cuando.

Activismo: presente y futuro


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                De toda la vida, uno de los colectivos más reivindicativos ha sido el de los artistas. Sobran los ejemplos de aquellos que incluso se han dejado la vida por no claudicar de sus ideas, y de los que han  pagado bien caro su compromiso. Lo vimos en  los protagonistas de Ay Carmela o Las cosas del querer. Y, hoy en día, basta cualquier sarao para que salgan a reivindicar aquello por lo que creen que vale la pena luchar.

                Pero eso sí, cuando se piensa en activismo, parece que las imágenes que le vienen a una a la cabeza son las de obreros manifestándose en Billy Elliot, el Día del Orgullo Gay en Pride o acciones más iconoclastas como la ya clásica Full Monty.

                Y aquí sí que somos diferentes en nuestro teatro. Cuesta ponernos de acuerdo y más aún conseguir una movilización conjunta, aunque algunas causas han conseguido ya verdaderas mareas de togas, como la reivindicación contra las tasas. Que, por cierto, no han sido aún eliminadas totalmente -solo lo han sido para personas físicas-, por más que a veces se diga lo contrario.

                Y si hablamos de colectivos como los jueces y fiscales, la cosa se pone todavía más tibia. Por decirlo de algún modo. Pese a que hay quien, incluso, nos niega el derecho a ejercer la huelga, en alguna contada ocasión lo hemos ejercitado. Los jueces, alguna vez más, y los fiscales una sola vez. A pesar de que motivos para protestar -fundamentalmente, la falta de medios para ejercer nuestra función- nos sobran para salir todos los días a la calle. Pero no lo veo. Quizás habrá que decidirse algún día a hacernos un Full Monty, o a venirnos arriba en un calendario solidario solo con nuestras togas -con o sin tacones-. Si Las chicas del calendario lo hicieron, por qué no nosotros. Aunque me cuesta trabajo imaginarlo, claro… Pero seguro que al menos la atención la despertaríamos.

                La verdad es que pocas salidas nos dejan, teniendo en cuenta que jueces y fiscales tenemos proscrita la posibilidad de sindicarnos o de pertenecer a partidos políticos y que, como he dicho, desde algunos sectores se nos niega hasta el derecho de huelga.

                Aunque hay otro tipo de activismo. Hoy los tiempos han cambiado y, rige la cultura de lo instantáneo y la vida de cara a ese enorme escaparate que es Internet. ¿Por qué no aprovecharlo? Pues ésa parece ser la pregunta del millón, aunque compatibilizar un mundo de leyes decimonónicas y cortinajes de terciopelo con cualquier tipo de modernidad parece que chirríe. Y, en realidad, no se trata de otra cosa que de afinar el instrumento para que su sonido encaje en la melodía.

                No hay que hacer otra cosa que asomarse a las redes sociales para percatarse de la existencia de un fuerte movimiento reivindicativo en defensa de la justicia. Un movimiento en el que justo es reconocer que nos llevan la delantera, y por varios cuerpos de ventaja, quienes habitualmente visten toga sin puñetas sobre quienes las lucimos. Los abogados escriben, utilizan redes sociales, y son titulares de blogs como regla -al menos un amplio sector de ellos- y nosotros lo hacemos solo como excepción. Y claro, estamos privando de nuestra visión de las cosas no solo a los profesionales sino también al ciudadano.

                ¿Por que no les perdemos el miedo? Si todos estuviéramos de acuerdo en protestar, solo tecleando desde nuestro móvil, ante todos los dislates que estamos viviendo, quizás la presión fuera tan grande que motivara un cambio, por pequeño que fuera. Y tacita a tacita, ya se sabe, como decían en el anuncio de Nescafé. Si además, nos esforzáramos en comprender y aprender a usar este enorme potencial en vez de demonizarlo, como hacen algunos, sería la bomba. Por no hablar de hacerlo todos a una, como Fuenteovejuna, poniendo el acento en lo que nos une en lugar de hacerlo en lo que nos separa.

                Pero la tecnología es lo que tiene, que la manejan seres humanos. Y los seres humanos no siempre podemos evitar que los árboles nos impidan ver el bosque.

                Así que hoy, con mi toga y mis tacones, aprovecharé este púlpito para hacer un llamamiento.  Un llamamiento a todos los que creemos en la Justicia, y a todos los que queremos remover los obstáculos que hacen que sea efectiva, o todo lo efectiva que debería ser. Salgamos a la calle, o adentrémonos en ese enorme escaparate al que da entrada nuestro móvil o nuestro ordenador, como el del niño de La Historia Interminable, y no callemos ante la injusticia. No nos resignemos, o quizás mañana sea tarde. Que no hace falta quemarse a lo bonzo para dejar constancia del descontento.

                Y mientras tanto dejo el aplauso ahí. A la espera de saber hasta donde llega la resignación y hasta donde el activismo. Y espero no tener que resignarme nunca a recibir abucheos.

En tránsito: togas portátiles


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         Ya lo hemos comentado muchas veces. En el artisteo, los bolos y los viajes son parte fundamental. El baúl de la Piquer es un clásico, y hacer las Américas parte indisoluble de la profesión. Que de toda la vida los artistas han andado con sus funciones a cuestas, como aquellos entrañables cómicos e Ay Carmela o La niña de tus ojos.

         En nuestro teatro la verdad es que no somos tan viajeros. Permanecemos anclados a nuestros juzgados y a nuestras salas de vistas y, aunque de vez en cuando sacamos la toga y los tacones a pasear, no es lo más común. Y menos que lo va a ser, con la que se nos ha caído encima con una reforma tras otra, entre estudiar, revisar procedimientos y tratar de tirar hacia delante. En pleno siglo XXI, con unos medios del siglo XX y un proceso del XIX, como ya contaba hace no mucho en otro blog en el que ejerzo de okupa, No sin mi toga.

         Pero mira por dónde que el legislador se ha creído eso de la modernidad, y, en la última reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal ha introducido un precepto para prever situaciones de tránsito, en pleno vuelo o en plena travesía marítima, por si aparece entonces, que ya es casualidad, ese imputado –perdón, investigado- al que no habían encontrado. Y lo hace antes de seis meses, añado yo, porque si no ya nos puede hacer una cuchufleta desde su asiento de business.

         El caso es que me comentaba una amiga que el precepto (el artículo 520 ter) la tiene enamorada. Y no es para menos. Que nos habla de los espacios marinos y de informarle de sus derechos a bordo de la nave o aeronave y ponerlo a disposición por los medios personales y materiales de que se disponga, en un plazo de 72 horas. Y es que fue leerlo y empezar a imaginar a la azafata de vuelo, con su uniforme y su mímica habitual, informando de los derechos. Y, ya puestos, utilizando la pantalla de televisión donde normalmente ponen películas para hacer la videoconferencia de comparecencia de prisión. Incluso se podría activar un servicio de sms para que los pasajeros interactuaran, una vez puestos sus dispositivos móviles en modo avión, y votarán prisión si o prisión no. Y tal vez, si les dejaran utilizar internet, podrían hasta utilizar un hagstag #DETENIDO y darle a favorito o a retuit según sus preferencias. Igual hasta llegaban a trending topic, que nunca se sabe.

         El caso es que las compañías aéreas y navieras deberán plantearse dejar en los asientos, además del chaleco salvavidas y la mascarilla –que siempre me generan la duda de si realmente estarán-, un ejemplar del Código Penal y de la ley de Enjuiciamiento Criminal en varios idiomas. Y quizás tendría que viajar a bordo un abogado de guardia. Y hasta un fiscal, un juez y un Letrado de la Administración de Justicia. Que nunca se sabe cuándo puede aparecer el delincuente más buscado.

         Así que estoy encantada. Lo de la película Kamikaze nos puede pasar en cualquier momento. Y tenemos que estar preparados, vaya que sí. Y hasta podemos hacer una coreografía tipo Los amantes pasajeros, aunque nuestros medios sean más cercanos a Aeropuerto 78

         Por eso, hoy no me voy a privar de dar mi aplauso. Pero no para el legislador, que con la que está liando, los tomates me caerían a mí, y con razón. El aplauso va esta vez a todos los que desde hace mucho tiempo llevan trabajando en todas esas cuestiones de cooperación internacional. Sin alharacas y sin necesidad de modificaciones extravagantes. Va por ellos, porque aunque lo tomemos con humor, el tema es muy serio. Y su trabajo también lo es.

Unión: ¿Lo imposible?


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         En el mundo del espectáculo están, por desgracia, a la orden del día las rivalidades, zancadillas y todo tipo de jugarretas para conseguir un papel, un contrato o cualquier otra cosa. Eva al Desnudo en estado puro, vaya. Esa es la idea que muchas veces tenemos desde fuera, aunque en otras ocasiones hacen suyo eso de “la unión hace la fuerza” y entonces son imbatibles, sea defendiendo un No a la Guerra, o leyes que les parezcan injustas, como la de propiedad intelectual, el IVA cultural o la Ley mordaza, por poner un ejemplo. Y cuando se unen, dada su repercusión, póngase a temblar, señores.

         ¿Y en nuestro teatro?¿Juntos o separados? ¿Compañeros o rivales?. Pues de todo hay en la viña del señor. Y a veces más de lo que debiera. Y así nos va ¿O no?

         En el gran teatro de la Justicia desperdiciamos un buen puñado de energías con rivalidades y confrontaciones absurdas. Jueces y fiscales, Fiscales y abogados, LAJ y jueces, Funcionarios y no funcionarios, abogados y procuradores, notarios y registradores… y así hasta el infinito y más allá, en una suerte de combinaciones y permutaciones inacabable. Casi guerras fratricidas, o al menos batallas. Kramer contra Kramer.

         No exagero. Los fiscales andamos siempre a la gresca con los jueces, y viceversa (jueces vs fiscales), que si yo trabajo más que tú, que si mi labor es más importante que la tuya, que si me recurres o no. Como siempre decimos, la carrera hermana. Aunque siempre apostillo eso de que Dios dijo que fuéramos hermanos pero no primos.

         También es una rivalidad histórica la de abogados y fiscales. Como si el hecho de sentarnos a lados diferentes del banquillo nos convirtiera en enemigos irreconciliables. Estrechez de miras de quienes lo ven así, estén a un lado u otro. Yo, que con mi toga y mis tacones acostumbro a compartir banco a uno y otro lado del banquillo –los abogados pueden ser defensa o acusación particular- doy fe –perdón a LAJ y Notarios por el intrusismo- de que se trabaja mucho mejor unidos que enfrentados. Porque al fin y al cabo, ambos somos un servicio público y nos debemos al ciudadano y a la justicia. Que los árboles no nos impidan ver el bosque.

         Y más y más. Los Secretarios –hoy LAJ– a veces entran en conflicto con los jueces, o con los funcionarios, por un quítame ahí esas pajas que esto me toca/no me toca a mí. Por fortuna, hay relaciones idílicas en estos campos, pero la excepción que confirma la regla siempre puede venir a entorpecer el objetivo: hacer justicia.

         Pero no todo van a ser tozolones, como diría una amiga. Que aquí estoy yo con mi batalla de flores, toga y tacones incluidos, para darle la vuelta a la moneda. La unión hace la fuerza. Lo estamos viendo hoy mismo, cuando la vorágine de reformas se nos come y una inasumible reforma del proceso penal nos ha dejado a todos mirando a Cuenca –o adonde sea-. De pronto, en un birlibirloque impensable hace nada, se unen todas las asociaciones de fiscales y los fiscales no asociados, se les adhieren los jueces, y empiezan a surgir apoyos y ayudas a diestro y siniestro. No hay más que darse un paseo por las redes sociales para ver que la generosidad y el compromiso de muchos en pro del bien común es capaz de barrer rivalidades y reticencias. Aunqe, por desgracia, a quien corresponde no entiende que le corresponda y no se quiere dar por aludido, como acabo de saber.

         Y esto solo es un ejemplo. Barbaridades como la imposición de las tasas judiciales –suprimidas pero no eliminadas-, la supresión de los sustitutos o la malhadada ley mordaza  ya habían ido sembrando la semilla de un consenso necesario. No importa quién empiece, de quién nazca o, si me apuran, quien se lleva el gato al agua. Lo que importa es la unión por un objetivo común. Como dijo una compañera, no se trata de luchar contra nadie, sino de hacerlo a favor de la justicia. Que no es moco de pavo.

         Así que ahí vamos. Troquemos Lo imposible en Un lugar llamado milagro. Porque el objetivo merece la pena y nos importa a todos. Y mucho.

         Por eso hoy dedico mi aplauso a todos los que con puñetas o sin ellas, con toga o sin ella, con o sin tacones, saben ver más allá de sus batallas pequeñas y luchan por una justicia justa, como debe de ser. Bravo por todos y cada uno de ellos. Y los tomates, ya se sabe…

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Ocio y negocio: la frontera


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         Hay mucha gente que dice que el espectáculo hace ya tiempo que dejó de ser un arte para pasar a ser un negocio. Sí y no. Ni blanco ni negro. Pero no deja de ser paradójico un negocio para el ocio. Porque, como sabemos, negocio no significa otra cosa que no-ocio. Lo que viene siendo trabajo, vaya. Y a un artista le es difícil separar su arte como inspiración que como medio de vida. Y tampoco es preciso hacerlo, ni ponerse más papistas que el Papa. Porque igual que el panadero hace panes para ganarse la vida y para darnos de comer, nada obsta a que los artistas hagan otro tanto. Pero con una diferencia: el artista no puede dejarse su arte en el obrador. Cosas de la vida. Ay ese plus de La Boheme

         ¿Nos pasa eso también a nosotros? ¿Nos dejamos la toga en el obrador imaginario, como la harina del panadero? Pues, como dije antes, ni sí ni no, ni blanco ni negro. Aunque algunos no lo crean, mucho tiene de vocacional eso de dedicar la vida –o gran parte de ella- a la defensa de los derechos, aunque alguno que otro lo vea unicamente como un modo de ganarse la vida. El Money Money de Cabaret, al que dediqué el anterior estreno

         Pero una cosa es que una lleve a su jurista interior aún cuando vaya sin toga y con tacones, y algo muy distinto que tengan a ese yo interior en todo momento y a todo rendimiento. Eso sí que no. Aunque visto lo visto, para algunos sí que sí.

         Me explico. Vivimos tiempos difíciles para los protagonistas de nuestro teatro Malos tiempos para la lírica, como decía la canción. Y las sucesivas, enormes, inexplicables y abundantes reformas nos obligan a ocupar el tiempo de ocio en el negocio. Una contradictio in terminis –perdón por el latinajo– en toda regla. Porque no nos queda otra que estudiar y estudiar a contrareloj para poder aplicar lo reformado a causas presentes y futuras. Y ahí está el problema. En que tengamos que ocupar el tiempo en mirar hacia atrás y no podamos mientras ir hacia delante. Con la falta que hace.

         Comentaba un compañero lo duro que se hacía tener que pasar el tiempo de asueto de cara al BOE, o los expedientes, mientras su hijo juega a la pelota en el pasillo en lugar de en el parque. Y no le falta razón. Por más que estas reformas sean agobiantes, nuestra responsabilidad no es otra que tratar de que ello no afecte a los derechos de los ciudadanos. Es decir, que el público pueda disfrutar exactamente igual de nuestro teatro, aunque los ensayos y los cambios de guión nos hayan dejado sin dormir. Y aunque lo haya pagado la pelota del niño, confinada a un pasillo.

         Y al final, ni los tacones. Se desdibujó la frontera entre ocio y negocio. Me veo en bata de guatiné y zapatillas para dar abasto con todo esto. En perjuicio de mi vida personal que, lo crean  o no, también existe. Y que nadie piense que es una pataleta de unos privilegiados, que lo que no queremos es trabajar más. De eso nada. Somos unos privilegiados, en efecto, pero nuestro privilegio es poder vivir de nuestra vocación. Ni más ni menos que les ocurre a los artistas. Y, como ellos, necesitamos nuestro tiempo de desconexión para poder darnos por completo a nuestro público. Y así no hay quien pueda. Aquí no hay quien viva, como la serie de televisión. Y no La que se avecina, si no la que ya está aquí.

         Así que hoy, de nuevo, flores y tomates por partes iguales. Flores para todos los que sacrifican su tiempo para que la calidad del espectáculo no decaiga. Y tomates, por supuesto, para los que se lo ponen difícil. Al gusto del espectador dejo la furia con los que los arrojen.

Historia y justicia: de nuevo sin toga y con tacones


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         Ya dije otras veces que los artistas son artistas las 24 horas del día, estén sobre las tablas del escenario o no. El gusanillo se mete dentro y no sale ni de día ni de noche, como le pasaba al niño de Cinema Paradiso o a ese otro de Los chicos del Coro. Y es algo que marca la vida.

         En cierto modo, en nuestro particular teatro también pasa algo así. Y los juristas siempre somos juristas aunque estemos lejos de la sala de vistas. Lo admitamos o no. Sin mi toga y con tacones , como ya conté en otro momento.

         Y volvió a pasar. Me tomé un kit kat y tuve la suerte de asistir a un estreno, el de Cabaret esta vez. Disfrutar de un gran espectáculo, de buena compañía y de un ambiente excepcional, el de un estreno, es todo un placer. Alfombra roja incluída, que no nos falte de nada.

         Pero como me pasa siempre, la fiscalita de toga y tacones se empeña en acompañarme, aunque vaya de incógnito y fuera de horas de servicio. Y se pone de acuerdo con mi Pepito Grillo interior y se vuelven un tándem imbatible, inasequibles al desaliento, para ponerme unas lentes que miren más allá del disfrute del espectáculo.

         Como todo el mundo sabe, la acción de Cabaret se desarrolla en la Alemania de un Hitler emergente, poco tiempo antes de esos acontecimientos que desembocaron en el más espantoso de los genocidios, y que tantas veces hemos visto en películas como La lista de Schindler, La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, por citar algunas de mis preferidas. También en Rebeldes del Swim o en la serie Música para Sobrevivir, muy relacionadas con el mudo del arte, además.

         Pero no voy a tratar aquí de contar la historia del nazismo. Ni siquiera de hablar de lo importante que es la lucha contra los crímenes de odio, a la que dediqué otro estreno. Me quedaré con otra idea. Que no es sino la sensación que transmiten al espectador todos esos personajes extremos, disfrutando de una vida al límite sin saber la que se les está viniendo encima. O sin quererlo ver, pensando en voz alta que el peligro pasará y que todo al final quedará en nada. Haciendo incluso esfuerzos para convencer de ello a los demás y a sí mismo, como hace uno de los personajes. O fingiendo que el atropello de los derechos no va con uno, como si no fuera con la humanidad entera, como hace otro. O apostando a caballo ganador traicionándose a sí mismo. Y, lo más inquietante, no haciendo nada.

         La pasividad. Esa es la que lleva a muchos de los mayores desastres de la humanidad, la que permite que los tiranos avancen y acaben aplastándonos, cuando ya el miedo ha anulado toda capacidad de reacción. Y eso es algo que vale para esa época, pero también vale para cualquier otra. Y para cualquier atropello de derechos, o cualquier casa justa.

         Vemos la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio. Quizá por eso se defienda con tanta claridad la persecución de los crímenes nazis, pero todavía existan tantas reticencias respecto a nuestra propia memoria histórica, y, sin ir más lejos en el tiempo, se haya limitado de un modo imperdonable a la justicia universal.

         Así que viendo el espectáculo, sin mi toga y con tacones –los tacones que no falten- no dejé de pensar en que no hay que dejar de alzarse contra cada pequeña injusticia, porque si no no hacemos acabará haciéndose grande y entonces será tarde. Aunque por supuesto, no diré más por no hacer spoiler.

         Por eso, hoy mi aplauso también va a ser doble. Uno muy grande para todos aquellos que sobre las tablas del escenario, o detrás de ellas, consiguieron a la vez que gozáramos y también pensáramos. Y otro, no menos fuerte, para los que en nuestro propio teatro de la justicia, desde dentro o desde fuera, desde detrás o desde delante, siguen dando la cara contra todo aquello que impide que nuestra obra tenga un final feliz.

Pasarelas: vía libre


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         En el mundo del espectáculo las cosas no siempre son invariables. Los bailarines se convierten en actores, los actores en directores, los directores en productores y algunos, varias cosas a un tiempo. Clint Eatswood o Robert Redford, por ejemplo, cruzan la pasarela entre actor y director con soltura, como los propios Puentes de Madison que el primero dirigió. Que bien importantes son los puentes. Y si no, que se lo digan a los protagonistas del Puente sobre el río Kwuai, cuyo silbidito se nos ha quedado en la meninge para siempre.

         En nuestro teatro también hay pasarelas, puentes.. y hasta puertas giratorias. En varios sentidos. Unos buenos, y otros no tanto, como todo en la vida.

         Comentaba con una amiga letrada sobre las pasarelas imaginarias que existen entre las distintas especialidades del derecho. Esas veces en que, aún siendo una teróricamente especialista, después de mucha dedicación y muchos años, acaba cruzando el Rubicón y pasando a la otra orilla. Ella decía que desde el Derecho de familia, en el que se movía con relativa comodidad, hubo de cruzar a la parte del Derecho penal. En mi caso fue exactamente al contrario. Desde mi amado Derecho Penal, y por mor de esa tragedia llamada Violencia de género , me vi estudiando Derecho Civil, que casi no tocaba desde los tiempos de la oposición. Porque en Derecho no hay compartimentos estancos, sino más bien vasos comunicantes. Y hay que asumirlo. Y cruzar la pasarela con elegancia, sobre los tacones y con la toga puesta. Faltaría más.

         Pero hay otras pasarelas que no son tan pacíficas. Más bien se asemejan a aquel famoso Puente sobre Aguas turbulentas que tantas veces hemos tarareado. Son las famosas puertas giratorias. Esas por las que se pasean de la justicia a la política y viceversa, y que tan mala imagen dan en ocasiones. Y por las que se va de la actividad pública a la privada y de aquélla a ésta. Y ojo, no se trata de negar a nadie el derecho a cambiar de actividad por alguien que satisfaga más sus aspiraciones, no, sino hacerlo con todas las garantías para que esos paseos no resulten sospechosos.

         Y aquí no acaban los pasos fronterizos. Hay otro que aun no nos hemos atrevido a cruzar y que en el resto de nuestro entorno está tan paseado como la cola del metro en hora punta. Y que no debería tener más dificultad. Me refiero a la posibilidad de tener vía libre entre las carreras judicial y fiscal, y también, llegado el caso, con la de Letrados de la Administración de Justicia –otrora Secretarios judiciales, que aún no me acostumbro-. Si hacemos la misma oposición y tenemos la misma preparación, carece de sentido que no podamos pasar de uno a otro lado. Así ocurre, por ejemplo, en la jurisdicción militar en España, y en todas las jurisdicciones en la mayoría de países de Europa. Y no pasa nada. Y también viene ocurriendo con el llamado turno tercero –y antes ocurría con el turno cuarto- respecto de juristas de reconocido prestigio. Sólo es cuestión de una regulación transparente y con las debidas garantías.

         Así que no tengamos miedo. Hay fronteras que se pueden traspasar relajadamente. Aunque otras hayan de pasarse haciendo equilibrios, y algunas otras debieran estar valladas, o colocadas en una línea roja.

         Por eso, el aplauso para todos los transeúntes de las fronteras permitidas. La diversidad enriquece.

Metáforas: togas y tropos


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¿Qué sería del mundo sin la poesía? ¿Qué sería de nosotros si, de vez en cuando, alguien no embelleciera nuestra vida con una pincelada de lirismo?

Es evidente que el espectáculo nunca funcionaría sin esa magia. De hecho, en verso eran gran parte de las obras en el pasado, y en verso siguen siendo muchas obras fantásticas llevadas incluso al cine. Mucho ruido y pocas nueces, La vida es sueño, y hasta obras cómicas como La venganza de Don Mendo. Y qué decir de quienes las componen, protagonistas de muchas otras obras, como Muerte de un poeta y la inolvidable El club de los poetas muertos, que enseñó a toda una generación lo que significa carpe diem, mucho más bonito que un sencillo “vive al día”.

Y en verso o en prosa, esa lírica impregna las funciones y las llena de tropos y metáforas. Evidentes, y no tanto. Como aquel Allegro ma non troppo de una jovencísima Penélope Cruz.

En nuestro teatro, aunque parezca mentira, también tenemos nuestra poesía. Aunque a veces quienes la aporten queden tan ocultos como Cyrano de Bergerac, que a priori no parecen casar bien tropos y trapos, metáforas y togas. Eso sí, igual los tacones ayudan un poquito.

El caso es que metáforas hallamos en todas partes. Tengo una amiga, sin ir más lejos, que suele comparar muy acertadamente la ley de enjuiciamiento criminal a una colcha de patchwork, hecha a trozos, parches y retales. A punto, por cierto, de que le revierten las costuras. Y el procedimiento se asemeja en ocasiones a un enorme dinosaurio como los de Noche en el Museo, arrastrándose como puede el pobrecito, y causando destrozos a su paso casi sin darse cuenta, como ocurre cuando el tema se burocratiza demasiado y llegan cosas tan tristes como la llamada victimización secundaria, que no es otra cosa que machacar a una ya machacada victima a base de hacerla comparecer y declarar una y otra vez.

Y como éste, miles de símiles pueblan sin darnos cuentas salas de vistas y juzgados, como esos procuradores corriendo como el conejito de Alicia en el País de las maravillas o abogados que hacen de padre, madre y hermano mayor de sus clientes, o de bomberos, llegado el caso.

Pero si hay una comparación que me gusta más que cualquier otra, ésa es la del tren. Varias veces he defendido que nuestra regulación procesal es como un raíl por el que tiene que correr el proceso. Y que, habida cuenta la vetustez de nuestra ley de enjuiciamiento criminal, estábamos ante las vías de un tren de cercanías por las que pretendían hacer circular un AVE. Y descarrila, claro. No podría ser de otro modo. Que los tiempos de Asesinato en el Orient Express pasaron hace mucho, aunque la justicia española parece no haberse enterado.

Y es que el otro dia tuve una experiencia que me recordó este tropo. A bordo del AVE, precisamente, y con la virtual pero real compañía de unas buenas amigas que me aliviaron el trance. Hete tú aquí que viajaba de vuelta a mi tierra tras una reunión en la villa y corte cuando el tren en cuestión paró en seco, nadie sabe aún con qué motivo –o más bien quien lo sabía lo calló-. Tras unos breves minutos que parecieron más, el ferrocarril cambió el sentido de la marcha, y empezó a ir marcha atrás. Y sí, ya sé que los trenes no van marcha atrás y pueden ir en ambos sentidos, pero ésa era la sensación. Los árboles que veía por la ventana discurrían en sentido opuesto del que debían: íbamos para atrás. Y como mis amigas se empeñaban en explicarme eso de dos máquinas a los dos extremos del tren, permanecía atenta a ver si distinguía a un maquinista corriendo de una lado a otro del vehículo. Pero nada. O no existía, o llevaba muy bien eso de ir de incógnito. Y nada, nada de retrovisores. Los maquinistas son muy listos y deben tener muchos ojos.

El viaje transcurrió entre señales de interrogación. Nadie explicó nada, aparte de una somera referencia por megafonía a un leve retraso en la llegada. Pero, mientras duró el trayecto, y animada por la inestimable compañía de mis amigas virtuales ya reales, vislumbramos el símil. Aquel tren era como nuestra pobre justicia, que pretende incrustar realidades avanzadas en un sistema rancio. Que tan pronto parece correr a toda máquina como se para en seco. Que marcha hacia atrás, salvando las dificultades y que, a base del esfuerzo de quienes trabajan en ella, consigue milagrosamente llegar a su destino. Con un poco de retraso, sí, pero casi a tiempo. Un tren al que cada vez le ponen más vagones sin aumentar el personal ni los medios. Nuestro tren.

Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para todos aquellos que consiguen que nuestro tren llegue a destino. Pero hoy una ovación especial para esas amigas virtuales ya reales que me acompañaron de viaje en la metáfora. Va por vosotras.

Mentiras: las patas cortas


Pinocho

Dice el refrán que las mentiras tienen las patas muy cortas. Pero bien es verdad que el teatro, a veces, consiste precisamente en eso: una gran mentira que, a veces, sirve para mostrar una gran verdad. Aunque no siempre, claro.

Lo que sí es cierto es que los actores, por su profesión, están más preparados para poder disfrazar de verdad una mentira. Y que la misma mentira ha sido protagonista de más de una película, como Secretos y mentiras o Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Y qué decir de los mentirosos, encabezados por el histriónico Mentiroso compulsivo, del que vemos réplicas un día sí y otro también por nuestro teatro. Y por supuesto, del insustituible Pinocho y su nariz extensible

Pero también dice el refranero que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ahí radica en parte nuestra labor, en pillarlos. Y en darles su merecido, vaya. Elemental, querido Watson.

Pero en nuestro escenario, como en la vida misma, hay mentiras y mentiras. Mentiras grandes y mentiras pequeñas. Mentirolas y mentirijillas. Y cada una tiene su efecto, según su tamaño y sus consecuencias. Como la vida misma. Que no es igual salir en Sálvame presumiendo de haber tenido una noche de pasión con el primo segundo del penúltimo expulsado de Gran Hermano Tropemil que acusar de corrupción a cualquier alto cargo. Suponiendo que una cosa u otra sean mentira, que visto lo visto, ambas son igual de posibles.

En nuestro teatro, hay mentiras y falsedades –forma más fina y técnica de llamarlas- a capazos. Tanto que a veces dan ganas de andar por ahí tarareando, moviendo toga y tacones, eso de “vamos a contar mentiras, tralará…”. Pero claro, nos hemos de quedar con las ganas.

Y es que en el Derecho español el imputado –investigado, sospechoso, encausado o como quiera que se llame- tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo y a no responder a todas o algunas de las preguntas que se le hagan. Y no es infrecuente que no responda a las preguntas de la acusación, o a las del fiscal, pero sí a las de su abogado. Y menuda cara de tonta se le queda a una haciendo constar las preguntas en acta, y que nadie conteste. Pero es su derecho y hay que respetarlo, faltaría más.

Por eso mismo, no se le recibe juramento o promesa –como si se recibe a los testigos, salvo excepciones- por lo que, obviamente, no puede cometer delito de perjurio, como en otros ordenamientos. Aunque lo hayamos oído una y mil veces en las películas. Ya vimos que hay miles de leyendas y mitos () que provienen de yanquilandia y aquí no se aplican. Que no somos Perry Mason ni Alli McBeal, ni estamos en el Juzgado de Guardia de la desternillante serie.

Fruto de ese derecho, hemos oído las versiones más peregrinas de las cosas, desde cuchillos que se clavan solos hasta que una cogorza de padre y muy señor mío nos la pretendan hacer pasar por los efectos de una alergia, por no hablar de las amnesias repentinas y selectivas que hacen que los acusados se olviden de todas las cosas que les perjudican y recuerden hasta el más mínimo detalle las que les favorecen. Y ojo, que la invocación a la prisión parece aguzar su ingenio, y los he visto que en ese trance se sacan de la chistera cosas como que tienen claustrofobia y no pueden ir a tal sitio. Palabrita del Niño Jesús. O se empeñar en repetir que su religión les impide mentir y que es rigurosamente cierto que la cartera que le pillaron escondida la llevaba para ver las fotos que tenía su dueña y luego devolvérsela. Y qué decir de esos contenedores que están llenos de cosas que se encuentran nuestros «clientes». Tanto es así que recuerdo a una juez de guardia que, harta de oir a uno tras otro detenido explicar que la cartera o el bolso robado lo encontraron en la basura, les respondía diciendo que tenían mucha suerte, que ella había empezado a buscar en los contenedores y nunca encontraba nada.

Pero si quien miente es un testigo, eso es otro cantar. Si lo hace en juicio, y le pillamos, cargará con una imputación por falso testimonio. O por una de acusación y denuncia falsa si miente al interponer la denuncia, o de simulación de delito si lo que hace es fingir ser víctima, como los listillos que se inventan un robo para cobrar el seguro y encima hay gente que les ríe la gracia. Y si, lo que se hace es confeccionar un documento falso, pues se le perseguirá por falsedad, y además por estafa si con ello engaña a alguien y le saca un dinero. Y hasta decir mentiras respecto a alguien puede castigarse, como calumnia –si le atribuye la comisión de un delito- o como injuria, aunque en este último caso la última reforma permite no seguir adelante si la ofensa no es demasiado grave. Los levitos –herederos de los juicios de faltas– es lo que tienen.

Así que mejor no mentir. Que, como ya dije, las mentiras tienen las patas cortas y se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Por eso, el aplauso de hoy va destinado a quienes hacen precisamente eso: desenmascarar al mentiroso. Porque a veces de ello depende el final feliz de la función.