Balance: adiós 2019, hola 2020


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Las tradiciones son importantes en la vida, y por eso, siempre que sean buenas, no hay que saltárselas. Y, desde luego, pocas tradiciones más arraigadas como la de hacer balance del pasado año y poner en marcha los propósitos para el año venidero. La Nochevieja siempre es una bonita ocasión para películas en las que hay Algo para recordar, pasen en El Apartamento, en Sunset Bulevard o en el mismísimo Poseidon. Y si no, que se lo digan a Bridget Jones, que bien tomaba nota en su Diario.

En mi universo toguitaconado y sus alrededores no podemos ser menos, así que voy a tratar de compartir un pequeño balance de las cosas que me ha traído el año. Espero no olvidar nada importante, pero si así fuera ya sabéis, mensajito y edito, que para eso soy el ama y señora de este escenario.

Empezaré por el final, ese apartado sobre propósitos que luego resultan ser incumplidos. Pues bien, eureka. Cumplí con los básicos, no por típicos menos costosos: dejé de fumar y me apunté al gimnasio -en mi caso es academia de ballet, que cuenta casi más- Y, qué narices, saco pecho para contarlo, que no todo el mundo lo consigue

Y ahora, vamos al lío, que no nos vayan a dar las uvas contando batallitas. Una de las partes más importantes del año ha sido personal, aunque una nunca puede deslindar del todo los aspectos de su vida. Acompañar a mi hija como Fallera Mayor de nuestra falla de siempre, Cádiz Denia, ha sido una experiencia maravillosa. Por ella y por todo lo que nos ha rodeado, empezando por la familia y acabando por ese grupo de gente que ha aparecido en mi vida con peineta y se han quedado en ella aunque no la lleven ya puesta. Ser la mantenedora -para los iniciados en el mundo fallero, equivale a hacerle un discurso de exaltación- de mi hija, y poderle regalar una visión de nuestra fiesta desde el compromiso por la igualdad ha sido maravilloso. Y compartir cada instante con ella, más. Gracias a todas las personas que han formado parte de este sueño.

En el terreno profesional, ha sido un año crucial. Con el vértigo que da la responsabilidad pero la fuerza que da la ilusión, asumí un nuevo reto: ser la fiscal delegada de delitos de odio -dicho como toca, fiscal delegada de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, ahí es nada-, una nueva tarea en un campo en el que hay mucho que hacer pero mucho de lo que enriquecerse. En este poco tiempo, además de ponerme las pilas, ya he tenido la oportunidad de contactar con gente fantástica que lucha cada día por hacer de este un mundo mejor. Espero estar a la altura. Y aprovecho para aclarar, una vez más, que no he dejado de estar en la Sección de Violencia sobre la Mujer, esto es, de ser fiscal de Violencia de género. Acabáramos.

Lo que sí dejé, sin embargo, después de 10 años, fue la Portavocía de la Fiscalía provincial. Está claro que la duquesa de Alba puede con muchos títulos, pero una fiscalita de a pie no da para tanto. Ha sido una década bregando con los medios de comunicación, una labor intensa, con cosas buenas y malas. Me quedo, desde luego, con las buenas, con la gente que he conocido, y con el máster de comunicación que han supuesto estos años. Lo malo lo dejo archivado, aunque sea un sobreseimiento provisional que ya se sabe que quien olvida sus fallos está condenado a repetirlos -ya sé que era la historia y los pueblos, pero así me quedaba niquelado- Gracias por este tiempo.

En lo que a cursos se refiere, he tenido la inmensa suerte de pasearme por lo largo y ancho de la geografía española, empezando por mi querido Colegio de Abogados de Valencia y mi no menos querido de Cáceres, el primer colegio de fuera de mi entorno que apostó por mí. Así como es de ser bien nacida ser agradecida, no me olvido de colocarlo en lo más alto de mi particular ranking. Este año, además, he visitado por vez primera el Colegio de Abogados de Granada -ya he repetido- y el de Sevilla y he vuelto al de Barcelona -también soy repetidora- y al de Madrid. También he visitado universidades, tanto en Valencia como en Castellón y Alicante, y muchos Ayuntamientos y asociaciones de nuestra comunidad como el de Alfafar, Catarroja, Onda, Villar del Arzobispo, Alzira o Jérica, entre otros, además del de Valencia. Y tampoco me olvido de otras instituciones, como la Guardia Civil en Huesca. Soy afortunada de ser recibida siempre con tanto cariño.

Y, como no solo de trabajo vive fiscalita, he tenido una activa vida como escritora. Y, por supuesto, he vivido las consecuencias de esta vida de escritora en presentaciones varias, allá donde han querido y ha sido posible. Este año vio la luz una de mis criaturas más mimadas, porque es la más pequeñita y la más delicada, Caratrista, una novela infantil/juvenil escrita en valenciano, que aborda temas como la violencia de género y el acoso, era mi ilusión desde hacía tiempo. La colaboración con editorial Vincle la hizo posible y en la Feria del libro hicimos su bautismo de fuego. Hoy va por su segunda edición, espera su próxima traducción al castellano y muchos niñas y niñas la han leído, por su gusto o porque ha sido lectura obligada en varios institutos. Esperemos que la obligación se haya vuelto devoción y que la lectura obligada no se vuelva odiada. Y ya saben, cuando quiera, compartimos con la protagonista unas ensaimadas con mucho azúcar, como le gustan, y hablamos del libro. No sería la primera vez, que ya me he estrenado en talleres para niños y adolescentes y me ha encantado la experiencia. Lo he vivido en la Feria del Libro, en la Plaza del LLibre en Valenciá, y en Paterna, y ya tengo fechas para repetir. Caratrista se ha venido conmigo a la feria del libro, a la feria del Llibre de Pobla de Vallbona,  a Gandía, a Paiporta, a Massamagrell y a Paterna, y sigue con la maleta preparada para viajar en cuanto la llamen. Sé de buena tinta que tiene citas preparadas para el año próximo. Tenedle preparada la merienda.

Pero no ha sido la única de mis criaturas que ha viajado. Hemos seguido presentando Remos de plomo, Balanza de género y hasta Descontando hasta cinco en Alzira, Carcaixent, Villar del Arzobispo, Teruel, Granada, Cáceres, Sevilla, Barcelona, Madrid, Puerto de Sagunto, Massamagrell, Aldaia, Petrés, Jérica, El Perelló, Alcásser, Faura, Moncada, Alfafar, Mislata, Rute (Córdoba), Paterna, Paiporta, Pobla de Vallbona.

No he dejado -faltaría más- mi actividad como escritora de relatos en antologías. Y este año mis historias han formado parte de la de Valencia Escribe “A punta de relato”, de las de Generación Bibliocafé “Valencia CF, un sentiment en paraules” y “Juegos y juguetes”, de las de Descriu y Scito editores “Ucronies” y “Un viatge intransferible”, de “Femenino plura”, de varias escritoras coordinadas por Lute Pérez y de alguna colaboración más pendiente de publicación, incluso en el extranjero. Muy especial ha sido participar con mi relato sobre Maria Cambrils en el poemario que le dedicó Ana Noguera, a quien agradezco que contara conmigo, como también le agradezco que contara conmigo para su premiado llibret a la Falla del Forn de Alzira

Otra de mis actividades de este año ha sido la de prologuista, un verdadero honor para mí. Lágrimas negras, de Lute Pérez, En clave de igualdad, de Alvaro Botías y Textos y texturas, de Lu Hoyos y Evelyn Carrell han sido obras que he tenido el placer de amadrinar con mis letras. Soy muy afortunada, la verdad, y aún hay alguna pendiente de ver la luz.

Y si de amadrinar libros y escritores se trata, mi balance no puede ser mejor, porque este año he hecho dos presentaciones muy especiales. La de Rosa Montero en la feria del Libro, una experiencia indescriptible por la calidad literaria y humana de Rosa, a la que admiro desde hace tiempo, y la de Sucedió en Ruzafa, de Víctor Iñurria, una persona muy especial para mí que fue uno de los regalos más bonitos, cuando el pasado de mi familia vino a visitarme en su persona.

He disfrutado, además, de experiencias nuevas y enriquecedoras, como la de participar como ponente en el Salón del Autor o en Valencia Negra, y también la de impartir un curso on line maravilloso, el de perspectiva de género organizado por Feminicidio.net. Y no me olvido, por descontado, la maravillosa vivencia de impartir un taller literario como el que he hecho con Bibliocafé, con una deliciosa antología, “Ultravioleta”, como resultado. He sido jurado de premios literarios y también periodísticos, como el delitos de odio de la Policía local, estrenando mis nuevas responsabilidades. También he sido, una vez más, madrina de la lotería solidaria de la Fundación Soledad Cazorla, algo de lo que me siento especialmente orgullosa.

Tampoco he dejado de lado mi participación en medios de comunicación. El Mundo sigue contando conmigo para mi columna de opinión semanal, y también El Periódico de Aquí. Además, he colaborado en otros medios como El Plural, Público, Revista Libertalia o Tribuna Feminista, y contestando a quienes desde sus medios han querido saber cosas de mí. Siempre es un lujo que cuenten con una.

Para el final, el apartado de premios, como guinda del pastel . Este año he sido finalista del Carolina Planells de Paiporta de narrativa contra la Violencia de Género, del premio de narrativa corta Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia y del de relato histórico del Museo L´Iber, todos ellos con sus respectivas antologías publicadas o por publicar. Y repetí el ser finalista del premio al mejor blog de 20 Minutos por este espacio toguitaconado, que advierto que ganaré el año próximo, que a la tercera va la vencida.

No me olvido de un reconocimiento maravilloso: el que me hizo ACREM por mi aportación a la lucha por la igualdad. Gracias a Paqui, a la organización, y a Alicia y Ángeles y también a Javier por currárselo tanto. Gracias por hacerme feliz.

Por supuesto, no me puedo dejar en el tintero a mi ángel de la guarda de la ilustración, Gracias Carolina (madebycarol) por tenerte siempre dispuesta a secundar mis locuras.

Y hasta aquí, mi resumen. En la parte negativa, la pérdida de dos compañeros que se nos fueron y alguna cosilla más que prefiero no nombrar por no dar el gusto a quienes pretender dar el disgusto. Así que, menos para estos últimos, mi aplauso para todas las personas que habéis formado parte de mi vida y os habéis asomado por mi escenario. El 2020, más. Y, sin hacer demasiado spoiler, ya anuncio alguna cosita que viene en camino: un libro, seguro, y algún premio que podría estar en camino. No digo más que dicen en el mundo del espectáculo que si se cuenta se gafa, y eso sí que no.

¡¡¡¡¡¡¡Feliz año nuevo a todo el mundo!!!!!!!

PD. Perdonad el momento umbralismo pero quería compartirlo con todos mis amigos y amigas que me leéis, porque os considero así.

Madrinas: los milagros existen


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– ¿Jura o promete guardar y hace guardar fielmente la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico?

– Prometo

Estaba muy emocionada. Tanto, que de milagro no juro y prometo a la vez, a pesar de las veces que habíamos bromeado con el tema. Pero me temblaban tanto las piernas y la voz, que tenía que hacer verdaderos esfuerzos por mantener la compostura. Había costado mucho llegar hasta ahí, pero allí estaba. Era el momento por el que había peleado con uñas y dientes

Cuando me planteé estudiar la oposición, me miraron como si me hubiera salido un cuerno rosa en mitad de la frente. Las niñas como yo no estudiaban oposiciones. Ya tenía bastante mérito que hubiera conseguido terminar la carrera de Derecho como para ahora embarcarme en esto. Era el momento de ponerme a buscar un trabajo para mantenerme a mí y a mi hermano. Me decían que tenía que recordar que estábamos solos en el mundo. Como si una cosa así necesitara de recordatorios…

No obstante, se equivocaban todas aquellas voces. No estaba sola. Tenía mi madrina que sabía que no me fallaría. Quizás por eso, porque daba lo que necesitaban a las niñas solas como yo, la llamaban Soledad. Yo nunca la vi pero, aunque había quien decía que estaba muerta, para mí siempre estuvo muy viva.

 En nombre de ella me costearon el Bachiller, y después la carrera, a partir del día en que pasó todo. Una vez asumí que mi madre nunca regresaría a mi lado y que mi padre se pudriría en una cárcel, no me quedó otra que continuar con mi vida. Y eso nunca hubiera sido posible sin mi madrina.

   He de confesar que ni un solo día dejé de echar de menos a mi madre y, aunque traté de borrar de mi mente la imagen de su cuerpo ensangrentado y cosido a puñaladas mientras se llevaban esposado a mi padre, seguí viéndola en sueños. En mis pesadillas siempre me pedía que la salvara, pero yo nunca llegaba a tiempo.

Traté de no fallar a aquella madrina invisible que alegraba mi vida con sus toques de varita. Y, como siempre cumplí, no dudé en acudir a ella para contarle cuál era mi sueño: seguir estudiando hasta conseguir mi plaza. Y no me defraudó.

 Aproveché la beca y me dejé los codos, las pestañas y casi la vida estudiando, pero en un tiempo récord lo conseguí. Ahora estaba ahí, viendo como se hacía realidad

– Cumplimentado su juramento como jueza, pasará a ejercer en el Juzgado de Violencia Sobre la Mujer de X

Mi hermano, dese el público, sonreía con cara de satisfacción. Y, aunque la gente creía que estaba solo, le acompañaban dos personas. Mi madrina y mi madre estaban a su lado, orgullosas de mí. Hasta juraría que oí a mi madrina Soledad diciendo algo

– Niña ¿Y cómo no escogiste fiscal?

 Me reí, sin que nadie entendiera por qué, porque sé que me lo perdona. Por fin podía ayudar a otras mujeres que pasaran por lo que pasó mi madre.

 A partir de ese día, mi madre no volvió a aparecer en mis sueños pidiendo ayuda.  Apareció de nuevo, eso sí, pero lo hizo de otro modo. Dando las gracias.

Este pequeño cuento solo quiere ser una fábula de lo que pude conseguirse con iniciativas como la Lotería de la Madrina. LaFundación Soledad Cazorla trabaja todo el año para conseguir becas de estudios para huérfanos y huérfanas de Violencia de Género, porque así lo dejo dicho en su testamento Soledad Cazorla, la que fue primera fiscal de sala de Violencia sobre la Mujer y un referente para quienes nos dedicamos a esto.

Por eso os invito, un año más, a colaborar con estos décimos solidarios. Podéis hacerlo por ella o por los niños y niñas a los que la violencia de género dejó sin madre. O podéis hacerlo por vosotros mismos, porque tal vez el día de mañana vuestra hermana o vuestra hija necesiten una jueza o una fiscal formada y vocacional como nuestra protagonista, que se hubiera perdido de no existir estas becas. Ojala no lo necesiten nunca, pero da seguridad saber que están ahí.

¿Nos ayudais?

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

Basta con dar clic en el enlace y esta vez el aplauso os lo doy yo. Y lo uno al que le doy a @madebycarol por ilustrar una vez más este milagro

Delitos navideños: ¿jojojojo?


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La verdad es que una se da cuenta de la cantidad de películas que se hacen con motivo, causa o efectos navideños cuando, llegadas estas fechas, comprueba que a determinadas cadenas de televisión les ha dado para emitir una cada día desde principios del mes de noviembre. A las conocidas Feliz Navidad (mi preferida, sobre un hecho real sucedido en el frente en la Primer Guerra Mundial), Qué bello es vivir, La gran familia y sus secuelas,  Love Actually y las sucesivas versiones de Papá Noel, hay que sumar la reciente Last Chritsmas y toda una cantidad de cintas que no tendremos tiempo ni estómago que tragar.

Que nadie se me asuste, que aún no he sufrido una sobredosis de glucosa por el consumo de polvorones, y tampoco he consumido tanto cava que me impida sostenerme sobre mis tacones, con toga o sin ella. Qué va, si entre guardia y guardia apenas da tiempo a nada. Eso sí, me dio por pensar el lado jurídico de la Navidad. Y creo que será algo muy distinto de lo que estáis pensando. Pero tendréis que seguir leyendo para comprobarlo.

Por supuesto, la Navidad tiene sus cosas características, también en Toguilandia. El consumo de alcohol, que multiplica la frecuencia de delitos contra la seguridad vial, la forzada convivencia, que convierte la vida familiar en un polvorín donde violencia de género o doméstica latente puede estallar, las cenas familiares, que exasperan los ánimos hasta poder incurrir en cualquier tipo de delitos de expresión contra el cuñado de turno -eso más antes que ahora, que la destipificación de muchas faltas nos ha quitado mucho juego- o la concurrencia de gente, que convierte a algunos lugares en paraíso de carteristas, son algunos de los delitos propios de estas fechas. Pero hay mucho más, sin duda. Y mucho más pintoresco.

¿Alguien se ha planteado la de delitos que nos pasan desapercibidos en las típicas estampas navideñas? Porque la cosa tiene tela. Veámoslo si no.

Empezaremos  por el Nacimiento tradicional, el que da origen a la Navidad de toda la vida. Lo primero que debería llamarnos la atención es que María y José debían ser unos sinpapeles, que estaban precisamente en vías de regularización cuando llega el parto. Y, por supuesto, la conducta de los dueños de la posada que, a pesar de la tripa de María, se niegan a alojarlos, podría ser un claro ejemplo de omisión del deber de socorro. Y hay que ver, mucho hablar de Herodes y poco de estos posaderos que casi impiden que nazca el Niño Jesús con su falta de empatía.

Luego está el tema del pesebre, que no es poca cosa. Eso de tomar posesión así, a las bravas, del recinto, podría ser, sin duda, una usurpación de inmueble. Eso sí, con una eximente de estado de necesidad del tamaño de un piano de cola, y aún me quedo corta- Y lo de tener al niño en pañales, con un frío que pela, ojo, que podría haber llevado a sus padres derechitos a los Servicios Sociales. Y si no, mirad cualquier Belén, ¿por qué ellos van con túnica, manto y toda la parafernalia y el niño con un pañalito de nada? Y sí, sí, podrán decir que como es Dios, todo lo puede y ni se constipa ni pasa frío, pero a ver como pruebas eso en un tribunal.

Después está la cuestión de toda esa gente que viene a adorar al Niño. Ojo cuidado, que ahí hay mucha tela que cortar. Empezando por el dichoso tamborilero. Que me perdone Raphael, pero lo de ese niño es delito contra el medio ambiente, por contaminación acústica de todas todas, tanto rompopompon no supera un medidor de decibelios seguro.

¿Y lo de la lavandera, y los pastores, trabajando en festivo y de noche? Seguro que lo hacen en negro, sin seguridad social y sin declarar nada. Y no es que haya que ir contra ellos, pobrecitos, que ya tiene bastante con lo que tienen, pero me apuesto lo que sea a que había un empresario ganadero o textil aprovechón. Que no hemos inventado nada.

¿Y los Reyes Magos? Vienen de lejanos países, sin visado ni nada, y traen materiales preciosos sin pasar por aduana. Se intuye el delito de contrabando a la legua, vamos. Y lo del oro está claro, pero lo del incienso y la mirra pudiera ser que fuera la tapadera de sustancias estupefaciontes o algo parecido. ¿O acaso conocéis a alguien que haya necesitado mirra alguna vez? Y no olvidemos la cuestión de los camellos, que hacerlos llegar desde tan lejos roza el delito de maltrato de animales si no se integra plenamente en él.

Quizá estéis pensando que exagero, con eso de los Reyes y los animales, pero de eso nada. ¿Cómo calificaríais, si no, el hecho de hacer trabajar a los pobres animales todas las noches del 5 al 6 de enero cargados de regalos para ir de acá para allá llevando paquetes a los niños y niñas del mundo? ¿A que tengo razón?

Y si vamos a Papá Noel, la cosa todavía se pone más grave. En primer lugar, tiene una factoría donde se hace trabajar a menores y elfos noche y día para fabricar los juguetes. Delito contra los derechos de los trabajadores y delitos contra los derechos de la infancia sin duda alguna. Pero no se conforma con eso. Luego agarra a unos renos y también los explota, haciéndoles volar arrastrando un trineo cargado de paquetes. Más delito de maltrato animal. Y no se conforma con eso, qué va. Comete un montón de allanamientos de morada entrando en todas las casas, y encima se plimpla el cava que le dejan, con lo cual al cabo de varias casas la conducción de trineo bajo los efectos de bebidas alcohólicas está cantada.

Me dicen, además, que hay una leyenda urbana según la cual los Reyes Magos, que defienden que llegaron primero con eso de prior tempore potior iure, han contratado un detective para que localice a ese impostor de Papá Noel que les está robando el puesto. Y no es que yo quiera meter cizaña, que soy muy fan de los Reyes Magos, pero eso huele de lejos a delito de coacciones.

Así que, ahí lo dejo. Si veis que, llegado el momento, no han aparecido ni Papá Noel ni los Reyes a dejar sus regalos, no los pongáis en busca y captura. Mirad en la comisaria más cercana, que igual están allí. Y, si os parece injusto, ya sabéis que tenemos en procedimiento de habeas corpus para tratar de remediarlo. Y podres de quienes estén de guardia para resolverlo. Aunque siempre cabe alegar amistad íntima o enemistad manifiesta -según hayan o no gustado sus regalos- para tratar de inhibirse. Igual cuela.

Ahora voy a preparar la pandereta y la zambomba para dar el aplauso. Dedicado hoy a todo el mundo que, de uno u otro modo, forma parte de nuestro teatro. Felices fiestas.

 

 

#cuentosdeNavidad : el coche de bomberos


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EL COCHE DE BOMBEROS

 

En su día, me dolió mucho internar a mi padre. Pero estábamos solos en el mundo y no me quedó otro remedio, por más críticas que recibiera. Y él estuvo de acuerdo.

Las críticas se incrementaban cada Navidad desde entonces. La gente a la que normalmente no le importaba un ápice mi vida, me preguntaba si iba a casa de mis padres a celebrar las fiestas. Cuando les decía que no existía tal casa y que mi padre estaba solo en una residencia, hacían un mohín de reproche con el que me arrojaban su superioridad moral a la cara.

No sabían ni sabrían nunca que mi padre odiaba la Navidad como ninguna otra cosa en el mundo. Se preocupó de explicármelo bien claro desde el primer momento en que, todavía con lengua de trapo, le pregunté por los Reyes Magos

– Por aquí nunca han pasado los Reyes Magos. Ni pasarán, como no sea por encima de mi cadáver.

No abrí la boca, pero no pude contener las lágrimas. Esa misma noche, mi padre, cuando vino a arroparme, me lo contó todo

– Cuando yo era niño, pedía cada año para Reyes un coche de bomberos, Me portaba estupendamente durante todo el año, ayudaba a mis padres, sacaba buenas notas y nunca hacía trastadas. Pero los Reyes nunca me dejaban otra cosa que una camiseta interior o unos calzoncillos

– ¿Y tú, ¿qué pensabas?

– Yo no entendía nada. No podía comprender como todos mis compañeros del colegio, hasta los más zotes y los que peor se portaban, tenían sus regalos de verdad, y yo nunca tenía nada de lo que había pedido.

– ¿Y por qué no te traían nada? -pregunté con mi inocencia infantil- ¿Lo llegaste a saber?

– Hija mía, todo eso es una estafa, una tomadura de pelo. No hay Reyes Magos para los niños pobres, y en mi casa éramos pobres de solemnidad. Los Reyes Magos no existen, son los padres de cada niño y cada niña quienes les compran los juguetes y luego fingen que ha sido cosa de magia

– ¿De verdad?

– De verdad, hija mía. Por eso jamás tuve mi coche de bomberos. Por eso, año tras año, mis padres se quedaban mirándome con cara de infinita tristeza mientras yo decía de mala gana lo que me gustaba la ropa interior. Nadie sabe la rabia con la que llegaba al cole al día siguiente, para contar, una vez más que, aunque tuviera las mejores notas de la clase, no merecía mi ansiado coche de bomberos.

Aquella historia me impresionó desde pequeña. Me crié con la convicción de que todo aquello de la Navidad y los Reyes Magos eran patrañas. Me consta que mi madre intentó en algún momento cambiar aquello, pero no tuvo tiempo. Murió cerca de esas fechas siendo yo muy niña, y aquello le sirvió a mi padre para condenar para siempre al ostracismo a las fiestas navideñas y todo lo que conllevan.

Durante mi infancia tuve tentaciones de reprochárselo alguna vez, de pedirle que hiciéramos como en las demás casas, pero, cuando lo insinuaba, él sacaba a colación su coche de bomberos y a mí no me quedaba otro remedio que darle la razón.

Hoy, día de Navidad, voy a ir a recoger a mi padre para comer juntos, quiera o no quiera. Estoy segura de que por una vez podré convencerlo para que haga una excepción a sus principios.

– Ven, papá. Tengo algo para ti

– Hija -refunfuñó- Ya sabes que a mí no me vas a ganar con pamplinas navideñas. Aun no soy tan viejo como para no darme cuenta

– Tú ven y mira

Puedo jurar que he visto en la cara de mi padre al niño que fue. Por un instante, se le han borrado las arrugas de la cara y le brillan los ojos como debieron brillarle un día muy lejano

– Sube, papá.

He ido hasta la residencia en el coche de bomberos con el que acabo de empezar a trabajar. Fue dura la preparación y más duro el examen, pero aquí estoy, con mi flamante uniforme de bombera y llorando a mares al ver la cara de mi padre

Hermandad: sea por un día


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Llegan estas fechas, y hay algo inevitable: las cenas de empresa o de trabajo -aunque en algunos casos sean comida- Un preludio de lo que va a ocurrir luego en casa de cada cual. Un escenario proclive, según las películas, a ligoteos e historias varias, que yo nunca veo en las nuestras, no sé si porque mis compis son muy sosos o yo soy una pardilla que no me entero de nada de lo que sucede a mi alrededor. O ambas cosas. Pero nada que ver con esas fiestas que se veían en El diario de Bridget Jones y sus secuelas, o en Fiesta de empresa. Unas veladas que pretenden ser, al menos un solo día al año, Noche de paz. Si fueran falleros, se llamarían Sopar de Germanor, como decía ayer mismo una compañera.

En nuestro teatro, aunque no sea una empresa en sentido estricto, también hay eso que se llama «cenas de empresa». Podríamos llamarlo “comida del trabajo”, que es más propio, pero la verdad es que puede confundirse con una “comida de trabajo” y dejar la hermandad a un lado para ponerse a seguir currando. Y eso sí que no. Así que, sean comidas o cenas, se llamen «de empresa» o «del trabajo», lo importante es que se trata de los ágapes que compartimos con los compañeros y compañeras del trabajo por motivo de la Navidad. Y ahí puede pasar de todo.

Como todo tiene su vertiente judicial, contaré para empezar algunas anécdotas presenciadas desde mi toga y mis tacones por otros intérpretes de nuestro teatro. Aunque parezca mentira, he visto alguna que otra cena de empresa que acababa con una visita a Toguilandia. Las más frecuentes, por desgracias, las que derivan del consumo excesivo de alcohol  en combinación con el uso de vehículos a motor, una pareja que nunca debe entablar relaciones. No olvidemos el eslogan de aquel viejo spot “Si bebes no condussscashh”, un fantástico consejo. En el mejor de los casos, puede suponernos una condena. En el peor, un accidentes de consecuencias imprevisibles. No hay que jugársela.

También hay cosas bastante más pintorescas. Recuerdo en una ocasión en que todos los asistentes a una cena de empresa acudieron en tropel a denunciar en el juzgado que les habían birlado todas las prendas de abrigo mientras brindaban con cava por una feliz navidad. Al parecer, algún espabilado aprovechó el momento de hermandad para ir al improvisado guardarropa -un perchero sin vigilancia- y aprovisionarse de prendas suficientes para montar una bien surtida parada en algún mercadillo o hacer un top manta versión outfit. La verdad es que, aunque a las víctimas no pareció hacerles gracia, tenia su aquel verles en pleno mes de diciembre en mangas de camisa o en vestidito de tirantes sin una triste chaqueta o chal que llevarse a los hombros. Menos mal que mi tierra no es demasiado fría, porque no quiero ni pensar que esto ocurra en la jurisdicción de un juzgado de esos donde nieva con frecuencia. A buen seguro que, además de la causa por hurto, tendrían varias demandas en que resolver sobre los daños y perjuicios causados por gastos de hospital después de la más que segura neumonía.

Y, cuando llegan estas fechas, me acuerdo siempre de un juicio de faltas donde varios familiares habían acabado como el rosario de la aurora por causa de una herencia. Como quiera que en el juicio se dijeron de todo menos cosas bonitas, sin que les importara un pimiento la anonadada presencia de abogados, fiscal y juez, este último interrumpió el bochornoso espectáculo de cruce de insultos para decir, aprovechando que estábamos en plenas fiestas navideñas, una frase que debiera pasar a los anales de las navidades judiciales. Dijo su Señoria: ya veo que su familia también se junta por Navidad, pero ni su tono ni las dependencias de este Juzgado son lo adecuado para hacerlo. Y los dejó tan planchados a todos, que no abrieron más la boca y se quedaron mirando las tiras de espumillón que colgaban de las paredes como si se les fuera a aparecer trepando por ellas el mismísimo Niño Jesús.

Otros de los clásicos navideños por excelencia, es el juego del amigo invisible. Esa práctica que, aun con distintas variantes, consiste en que se hacen y se reciben regalos de alguien a quien le has tocado por sorteo entre un grupo de personas con algo en común. Pueden ser las amigas del cole, el grupo de coros y danzas donde una hace sus pinitos, la familia o hasta el trabajo. Y si regalarle algo a ese cuñado que solo ves dos veces al año -y te sobran tres- es difícil, hacerlo con compañeros de trabajo debe ser la pera limonera. Aunque en nuestro caso, se puede simplificar mucho, debido a una administración de justicia que nos lo pone fácil. ¿Por qué digo esto? Pues, como muchos y muchas habréis adivinado, porque, dadas nuestras carencias, un taco de posit, un boli que no sea verde, o unas grapas que casen con la grapadora pueden ser un regalo estupendo. Y oye, si se tiene maña, hasta unas etiquetas nuevas para señalar las causas urgentes o las causas con preso y sustituyan el rayote con rotulador o las reutilizadas que van perdiendo trozos. Por supuesto, del tema informático no hablamos, que estamos tratando de la germanor y no hay que alterarse, no vaya a despertarse El grinch que algunos llevan dentro

Así que ahí lo dejo. Campana sobre campana y sobre campana una, asómate a la ventana, que está el aplauso en la cuna. Y ya sé que no era así, pero no me he podido sustraer al espíritu navideño para darle esa ovación a quienes organizan estos saraos, porque mira que tiene  mérito. Y que menos que reconocérselo

Como reconozco, una vez más, el de mi querida amiga e ilustradora de cabecera @madebycarol2, que siempre da con la imagen adecuada y, además tiene  la generosidad de prestármela. Mil gracias una vez más

 

Cumpleaños: soplando velas


 

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Lo confieso, soy de la generación del Cumpleaños feliz de Parchís, esa cancioncilla que siempre aparece cuando alguien cumple años y le quieren homenajear. Para quien no lo sepa, sobre todo por razón de edad, cuando dice eso de “te desean tus amigos de Parchís” no se refiere a una peña que se dedica al dado y las fichas, sino a un  grupo musical de la época. También soy del Feliz, feliz en tu día, amiguita que Dios me bendiga, que cantaba Fofó en Los payasos de la Tele en un tiempo en que todavía pensaba que Susanita tiene un ratón fue escrita para mí. Ya he comentado otras veces que películas dedicadas al cumpleaños hay para todos los gustos y de todos los géneros, desde el terrorífico Cumpleaños sangriento hasta el drama social de Mamá cumple cien años pasando por Familia, Aniversario y hasta Feliz no cumpleaños, como hacía Alicia en el País de las Maravillas.

   Hoy es mi cumpleaños. La verdad es que es la primera vez que celebro el mío y no el del blog. Pero es que no solo soy yo. Mis otras yos, Fiscalita y Taconita -recordad que hay una leyenda urbana según la cual soy una de tres trillizas– me han dicho que si no lo celebrábamos se enfadaban. Y enfadar a tus voces interiores puede ser peligroso. Se pueden poner a gritar y una corre el riesgo de que le estalle la meninge. Y eso sí que no.

Ahora bien, una vez cumplido el trámite de felicitarme y felicitarlas, habrá que ir al lío, que nuestro teatro sigue ahí, esperando abrir el telón para dar su función. Y es que aquí también tenemos cumpleaños. Unos buenos, otros malos y otros regulares. De todo hay en botica, o mejor dicho, en toguica. Y vamos a ver algunos de los que más me acuerdo, por una razón u otra.

Desde luego, no voy a perder mi oportunidad para seguir reivindicando el fin de un precepto que nunca debió existir, el tristemente famoso artículo 324 de la Lecrim, que limita el tiempo de instrucción, ese que hace que juristas en general y fiscales en particular vivamos con el temporizador de una bomba de relojería a punto de estallar en forma de impunidad, mientras presuntos corruptos y otros malandrines pasean esa impunidad y se quedan tan pichis. He perdido la cuenta de las promesas de derogación de esa norma que ya lleva más de cuatro años torturándonos, y, lo que es peor, ya he perdido la cuenta también de los bloqueos que esa derogación ha sufrido, incluso por quienes luego se lamentan de que algunos se salgan de rositas. El juego político, que a veces tiene más de juego que de política entendida como bien común.

Y es que hay que insistir es el de nuestra ancianita, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, ya ha cumplido más de un  siglo -es de 1882- y ya no puede más la pobre entre achaques y cicatrices de todas las intervenciones que ha venido sufriendo a lo largo de su historia en forma de reformas. La pobre ya no da más de sí, las heridas se le infectan y los huesos se le rompen, y está esperando como agua de mayo su jubilación, bien ganada. No podemos olvidar que se trata de una ley procesal pensada para cuando se iba a juicio en diligencia, que se tiene que aplicar en plena era digital.

También aprovecharé la oportunidad para reclamar la modificación de otro de sus preceptos, el 416, referido a la dispensa a declarar de determinados parientes. En los casos de violencia doméstica y de género -sobre todo en esta última- está resultando un herramienta apta para cavar la tumba de algunas víctimas. Así que a ver si hacemos algo mientras se prepara a la criatura para la jubilación.

Por otro lado, tenemos otro ancianito que se conserva bastante mejor. El Código Civil, también centenario, nos ha resultado con buenos genes y aguanta los achaques de la edad con bastante entereza. También ha sufrido sus operaciones pero, o quienes hicieron las cirugías fueron mejores profesionales, o la materia prima era de mejor calidad. El caso es que ahí está.

Mucho más joven es, sin embrago, su  primo el Código Penal  que está a punto de cumplir sus bodas de plata. La verdad es que de momento resiste bien, y eso que no debe ser nada fácil estar en boca de todo el mundo, y ser al primero que quieren meter mano en cuanto surge el descontento. Que sufrido es el pobre, con esa constante manía de modificarlo por cualquier cosa. Como resulta tan barato…

Y cómo no olvidarnos de la Constitución, cuyo cumpleaños celebramos hace poco. Ya va teniendo sus años (más de cuarenta) y aguanta como una jabata. Solo un par de retoques estéticos y ahí sigue, inasequible al desaliento, a pesar de las manazas que tantas veces quieren manipularla o quedársela para sí. Por muchos años, guapa.

Acabaré recordando un aniversario agridulce. El de laderogación de las tasas judiciales, por el que tanto luchamos, pero que nos dejó un fleco que perdura. Continúan teniendo que pagarlas oNG y Pymes y parece haberse olvidado el tema o quedarse aparcado. Y no es poca cosa.

Y no me quiero olvidar de un aniversario especial, por importante y doloroso. Tal día como hoy Ana Orantes era asesinada por su marido, y con su muerte, la lucha contra la Violencia de Género despegó de un modo imparable. Solo pido que no demos ni un paso atrás ni borremos jamás a Ana de nuestra memoria

Y ahora ya llegó el momento de pedir mi regalo. Por mi cumple, quiero unas leyes nuevecitas que sustituyan esos artículos de la ley de enjuiciamiento criminal que no aguantan más, y eso ya, mientras preparan la residencia donde llevar a la ley completa. También quiero una justicia con medios y, sobre todo, que la clase política nos tome en serio. Además, por encima de todo, quiero que la igualdad ante la ley sea más que papel mojado, que no vamos a ser pobres hasta para pedir. Y bueno, si de paso queréis regalarme un jamón, genial O unos cuantos posits y bolis que no sean verdes, que siempre vienen  bien.

El aplauso lo dejaré en suspenso. Me espero a darlo a quien lo merezca cuando veo que me han llegado los obsequios que pido. Que para una vez que pido para mí….

Y no se me olvida. Gracias una vez más a @madebycarol2 por el regalazo de esta ilustración para mi cumple.

 

Ataques gratuitos: lo innecesario


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¿Quién no recuerda a Estela Reynolds en La que se avecina repitiendo una y otra vez eso de “Qué ataque más gratuito”? Como ocurre tantas veces, la ficción cómica no es más que una caricatura de la realidad, no tan cómica. Casi todo el mundo ha sido atacado alguna vez de un modo totalmente innecesario. Y, cuando del mundo de la farándula se trata, donde todo se amplifica incluidas las envidias, mucho más. Ya decía la misma Este Reynolds eso de Qué sola estoy.

  En nuestro teatro, los ataques gratuitos, como las meigas, existen, aunque no siempre sean evidentes o se vean con tanta claridad, y aunque no siempre se quiera reconocer.

Seguro que cualquiera de las personas que transitamos por Toguilandia hemos sufrido alguna vez la experiencia en mayor o menor medida. El juicio oral, por ejemplo, es un lugar proclive a estas cosas. Y lo de “en estrictos términos de defensa” un comodín muy útil para llamar al adversario de todo menos bonito. Y bien está defender al cliente, pero no está tan bien que eso se convierta en una pelea de gallos, aunque sea de gallos con toga. A ver si en vez de arrojarse artículos del Código, se arrojan los propios Códigos. Hay que ir con cuidado.

Sus Señorias tampoco se libran de cometer este error, y he visto en alguna ocasión a un Magistrado mandar a un abogado de muy malos modos a la facultad por ignorante. En un caso, en que se trataba de una persona mayor, me resultó especialmente violento y doloroso. La verdad es que se trata de una excepción, pero cuanto daño hacen esas excepciones que confirman la regla del buen y educado trato en estrados.

Además están las bien conocidas peleas fratricidas entre jueces y fiscales. Ya he contado alguna vez que las carreras hermanas, como todos los hermanos, se quieren pero se pelean  mucho y con mucha energía.. Normalmente no pasa de ahí, de una competición a ver quién es quién más trabaja, quien peor lo pasa y quién es más sacrificado. Pero, alguna vez, de unas a otras señorias se dirigen unas perlas que son un verdadero ejemplo de lo que nunca se debe hacer entre compañeros. Ahora mismo me están viniendo a la cabeza las declaraciones que sobre el Ministerio Fiscal hacía una juez de pose altiva, gafas de sol y sempiterno maletín de ruedines que hace que se despierten mis peores instintos. O, mejor dicho, los peores instintos de mi fiscalita interior.

Hay otras veces donde estos ataques gratuitos e innecesarios suceden allende la sala de vistas, pero por causas relacionadas con la misma o que se creen relacionadas. Recuerdo una vez que un periodista, para criticar la suspensión de una vista por un asunto mediático, llegó a insinuar que era por un capricho de la fiscal, que poco menos que había elegido aquellas fechas a propósito para operarse, que hay que ver qué cosas tenemos las fiscales. Aquello, que así contado parecía una frivolidad, resultó ser una enfermedad grave que ella había ocultado a su familia y que acabó enterándose por esa mala praxis -por no decirlo de un modo más grueso- del periodista en cuestión. De nuevo, la excepción que confirma la regla hace más daño a la profesión que años de buenas maneras. Ah, por cierto, mi compañera está a día de hoy estupendamente, por fortuna.

Algunas de estas cosas ocurren apelando a la vida familiar o íntima del injustamente vivlipendidado. Sea revelando detalles que desea que no se conozcan, sea desvelando la identidad de quien ha elegido -pudiendo hacerlo- permanecer en el anonimato o sea, directamente, pasando al insulto o a la ofensa directa, dejan al aludido en una situación de impotencia muy frustrante. O entra en el barro y hace que se remueva más un tema del que no quiere que se hable, o permanece en un elegante silencio que hace que siempre haya alguien que exclame eso de “el que calla, otroga”. Y ojo, en la vida, pero sobre todo en redes sociales, el que calla no otorga nada, simplemente se niega a entrar en el juego de quien pretende ofender. Tampoco el que calla tiene muchas más opciones, porque normalmente quienes actúan de ese modo no quieren debatir sino discutir, no quieren dialogar sino atacar. Sea por lo que dices, por lo que creen que dices, o por lo que quieren creer que dices.

Hace nada me ha pasado. Y esto no es como las drogas, que se va aumentando el umbral de tolerancia. Aquí duele siempre, y más bien se desarrolla la capacidad de encajar el dolor sin que se note, Especialmente cuando el ataque viene de personas con las que siempre te has portado bien.

Pero, como todas las cosas tienen dos lados la cara B de estos tragos amargos son las otras personas. Esas que están ahí, quizás silentes, quizás agazapadas, pero saltan como un resorte en cuanto ven el ataque. Las que nunca fallan, por amistad, porque ven la injusticia o, normalmente, por una conjunción de ambas cosas. Como la «princesa del pueblo», con su «yo por mi hija maaaaaaaaato»  pero en versión toguitaconada.

Decía Luther King que temía más el silencio de los buenos que el grito de los malos. Pues, ya que no podemos evitar el grito de los malos, no caigamos en el silencio de los buenos. o más literalmente ,” No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los … Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”  Precisamente para esos que no se callan ante la injusticia va hoy el aplauso. Gracias por estar ahí.

 

Respuestas: de todo un poco


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Ya dijo Oscar Wilde “las preguntas nunca son indiscretas, las respuestas, sí” y hay quien dice que no hay pregunta impertinente sino respuesta inteligente. Por eso, lo de las preguntas y las respuestas es muy relativo, pero da buen juego para películas y obras literarias, nunca mejor dicho. Hay películas sobre juegos de preguntas y respuestas, como Quiz Show o Slumdug Millonaire, y sobre algo más que un juego de preguntas y respuestas, como Exam. Y también hay títulos que dicen mucho al caso, como La Llamada o La repuesta. La cuestión es que, sea cuales sean ambas, ahí están las preguntas, esperando ser respondidas.

En nuestro teatro no se pueden aplicar al pie de la letra esos dichos. Entre otras cosas, porque sí que hay preguntas que merecen el reproche jurídico. Son las famosas preguntas impertinentes, por capciosas o sugestivas. Una nomenclatura que ha dado lugar a más de un malentendido.

Respecto de las preguntas impertinentes, ya he contado alguna vez la anécdota de mi amiga abogada que, en uno de sus primeros juicios, tuvo que aguantar el rapapolvo del cliente que, de una manera harto injusta, le reprendía diciéndole que lo había hecho tan mal que hasta el juez la había llamado impertinente. Huelga decir que no sirvió de nada explicarle que lo impertinente era la pregunta, y no ella, y menos aún por qué lo era.

En cuanto a las preguntas capciosas, poco he visto hablar de ella, pero las sugestivas son otra cosas. Por proximidad idiomática, más de una vez se refieren a ellas como “sugerentes” y yo no puedo evitar imaginarme al abogado o abogada haciendo guiños sexys. Una tontuna mía. O quizás no tanto, porque me contaron de un caso en que la testigo, cuando oyó que desestimaban na pregunta por “sugestiva”, dijo muy airada “y qué querrá, que me ponga en bikini”. Es lo que hay.

Pero lo verdaderamente curioso no son tanto las preguntas, sino las respuestas de todo tipo que se escuchan en Toguilandia. Una de mis preferidas es la de un forense muy guasón que, preguntado al modo habitual del proceso civil “diga ser cierto…” dijo, simple y llanamente “ser cierto”. Y se quedó más a gusto que un arbusto. Hasta que le reformularon la pregunta en otros términos.

Una buena ración de cosas curiosas viene dada directamente de la pregunta más sencilla del mundo, necesaria para cualquier testigo. A la pregunta de si jura o promete decir verdad me he encontrado de todo, desde juramentos por lo más sagrado, manos en el pecho, preguntas de dónde está la Biblia y el consabido “juro y prometo”. Que no nos falte de ná. Y si no, que se lo digan a aquel testigo que respondió a la gallega con un «¿me ve usted cara de mentiroso?»

No es inusual que la gente se empeñe en jurar por sus familiares. Se lo juro por mi difunta madre -que nunca comprobamos si está realmente difunta- o, lo que peor, ese juramento que a mí me da escalofríos “que se muera ahora mismo mi hijo si miento”. A lo que alguien le respondió con un “lagarto, lagarto”, “no seas pájaro de paragüero”. Para morirse, aunque sea de los esfuerzos por aguantar la risa. Lo del paragüero es verdad verdadera, contado por un letrado que me debe muchos dichos más, de los que daré buena cuenta en cuanto estén el mi poder. Pero me parece genial y no podía esperar a compartirlo

No menos genial son otras cosas que se oyen. Decía una señora que su ex marido “nadaba en la ambulancia” por lo que la pensión debería ser algo más generosa. Ante eso, a una no le queda otra que “doblegar los esfuerzos” -frase copiada de la que dijo hace poco un político en televisión- para contener la compostura. Aunque todavía me estoy preguntando cómo se doblegan los esfuerzos, que por más que lo pienso no puedo imaginármelo. Yo, por si acaso, los redoblaré.

Y ya puesta, traeré a colación una de estas perlas maravillosas, aportada en este caso por un tuitero (gracias, Pablo) que me hablaba de que a alguien sus aspiraciones se le volvieron “agua de borrascas”. Debe ser que el cambio climático tiene estas cosas, y cambia las borrajas en borrascas en un pis pas.

Para acabar por hoy, y a la espera de que mi amigo abogado me traiga el libro prometido con su colección de dichos reformulados, añadiré una de mis anécdotas preferidas, sucedida hace poco. Una señora decía muy enfadada que daba igual lo que contara, que no le harían caso por ser una «mismundi». Y yo, la verdad, es que por ser eso la escucharía con mas ganas. Lo juro y lo prometo y por estas que son cruces. Que no se diga que no predico con el ejemplo y no me dejo, como aquella miss que no llegó a ser mundi, la piel en el pellejo.

Ahora solo me queda el aplauso, que por ir el estreno de lo que va, reformularé en forma de pregunta. ¿Qué a quien doy el aplauso? Pues, por desencontado,  es para todas esas personas maravillosas que me regalan estos momentos de humor. Por que una sonrisa no tiene precio.

Contentismo: mucho más que alegría


ALEGRES

La chispa de la vida, como decía aquel famoso anuncia, consiste en estar contenta, en ser feliz. Y para eso, es esencial que las cosas nos salgan bien o, mejor que bien, que nos salgan como queremos. Aunque sea verdad el dicho de que “cuidado con lo que deseas, no vaya a hacerse realidad”, lo bien cierto es que nos pasamos la vida esperando que se cumplen nuestros sueños, lo que implica, más de una vez, dar pábulo a quienes nos aseguran que eso es es posible, y dar la espalda a quien afirme lo contrario, aunque tenga más razón que un santo. Mejor instalarse en Los mundos de Yupi, con toda su Alegría de vivir que plantearnos la duda de si existe Un mundo feliz.

En nuestro teatro, aunque a veces no lo parezca, hay algunas dosis de alegría y alguna otra de contentismo, que es como yo llamo a ese anhelo porque las cosas sean como una quiere, tenga o no tenga razón, y sea o no sea posible. En ocasiones, llegando a límites que rozan el absurdo.

Las primeras dosis de contentismo llegan pronto, mucho antes de toguitaconarse por primera vez. Cuando estaba estudiando la carrera, pasaba horas estudiando -o fingiendo que lo hacía- con mis amigas. Siempre recordaremos una de aquellas noches a basé de café y coca cola en que pasamos más tiempo debatiendo acerca de si la profesora iba a hacer examen y, en ese caso, si lo iba a corregir, que estudiando Derecho Civil, que era la asignatura en cuestión. Nos había pillado el toro y, en nuestro optimismo, decidimos acogernos a la posibilidad de que la profesora, que andaba regular de salud, diera un aprobado general por su jubilación o algo parecido. Llegamos a irnos al examen convencidas de que así sería, hasta el extremo de que cuando vimos que no solo hacía examen sino que también lo corregía, nos indignamos como si fuera la mayor injusticia del mundo. Verdad verdadera.

Luego llega el tiempo de estudiar la oposición y también hay quien vive con el convencimiento de que va mejor preparado que nadie. Tanto es así que, en el caso de que aprueben, ha sido el tribunal más justo del mundo, y, en caso contrario, era el paradigma de la arbitrariedad. Aseguro que hay que poner distancia y dejar que pase algún tiempo para darnos cuenta de que ni lo uno ni lo otro. No siempre vamos tan bien preparados como pensamos, y no siempre los tribunales tienen la culpa de todo. Sin quitar, por supuesto, la enorme dificultad de aprobar algunas oposiciones. Que lo cortés no quita lo valiente.

Pero con la edad no se mejora. Contaba el otro día en twitter un microcuento que tiene más de verdad de lo que mucha gente reconoce:

– ¿Sabes? X es un/a gran jurista

– ¿Te convencieron los fundamentos de su resolución?

– No los leí

-Entonces ¿cómo sostienes que es gran jurista?

-Me dio la razón

Y esto nos pasa más a menudo de lo que parece. Nos llega una resolución, miramos el fallo, o la parte dispositiva y, si accede a nuestras pretensiones, es fantástica y si no, no lo es tanto. Cuesta mucho reconocer que una resolución que nos ponga a caer de un burro sea buena, aunque a veces lo sea. Pero es humano, claro

Lo que ya es pasarse de castaño oscuro es entender que todo lo que se aleja de lo que quieres oír es malo y quien lo dice el demonio reencarnado. Algo que pasa, por desgracia, cada vez más en redes sociales, donde he llegado a leer que me ponían verde a mí y exaltaban a otro cuando dábamos exactamente los mismos argumentos, simplemente por lo que esperaban de unos y otros. De paso, aprovecharé para decir que sigo sin entender esa gente que te sigue y lee todo lo que dices solo para ponerte verde. Más que seguidores, se trata de perseguidores, algunos bastante cansinos, por no usar un adjetivo más malsonante. Más les valdría echar mano del contentismo y seguir solo a quien va a decir lo que quiere leer. Pero hay quien parece que está encantando de vivir en el conflicto.

El contentismo, por su parte, suele hacer buenas migas con el cuñadismo. Y no solo en nuestra profesión, sino en otras muchas. Médico, psicólogo y hasta físico nuclear, si nos ponemos. Y, por supuesto, seleccionador nacional. Pero la diferencia es que una puede cambiar de abogada o de médico, pero es difícil que consiga que la fisión nuclear la haga su vecina del quinto, que tiene buena mano con  los potingues, ni que el seleccionador sea su sobrino Manolo, que cuando jugaba con el equipo del pueblo era un crack organizando. Sin embargo, sí que conozco a quien ha cambiado varias veces de ginecóloga hasta encontrar a una que no le desaconsejara tener un tercer hijo después de las dificultades de los partos anteriores. Y seguro que, si nos empeñamos encontramos a algún galeno que nos diga que para adelgazar nada mejor que hartarse de chocolate o tomarse cada día una cervecita con patatas fritas. No adelgazaremos pero que nos quiten lo bailao. Y nuestro contentismo, por descontado.

Por cierto, contentismo también sería, como vemos cada vez con más frecuencia, hablar de una teoría jurídica sin saber más de Derecho que lo que nos ha contado el cuñado de turno. Por ejemplo, como veo con más frecuencia de la que quisiera, referirse a delitos de autor como algo negativo. Delitos de autor son todos, obviamente, porque no se puede castigar ningún delito sin haber probado su autoría. También hay quien habla alegremente de Derecho de autor -es lo que tiene tocar de oídas- cuando eso es algo totalmente diferente, los derechos de autor, circunscritos al ámbito de la propiedad intelectual.  Obviamente, a lo que se refieren es al Derecho Penal de autor, que es lo que sí que está proscrito, y que tampoco es lo mismo que no poder castigar de modo distinto si en el autor concurren determinados requisitos. Tal sería el caso de los funcionarios públicos que, cuando son autores de delitos relacionados con su cargo, tienen asignada mayor pena y cuando son víctimas de una agresión, se pena más a quien la realiza. Pero es el riesgo de hablar de lo que no se sabe y, lo que es peor, no se tiene ningún interés en saber.

 

Así que no me enrollo más, que lo de resultar pesada no suele poner contento ni contenta a nadie. Dedicaré el aplauso, una vez más, a quienes saben aplicar las leyes en su justa medida. Aunque no se pueda contentar a todo el mundo.

#COP25: Un pingüino en mi ascensor


pinguino en ascensor

(Historias sobre el cambio climático)

 

UN PINGÜINO EN MI ASCENSOR

 

– Cariño, no te puedes imaginar qué he visto

– ¿Qué es lo que has visto, Manuela? No me tengas en ascuas

– Un pingüino en mi ascensor. Te lo juro

– Qué gracia. Recuerdo lo que te gustaba ese grupo cuando salieron, allá por los 80. ¿Te encontraste al cantante? ¿Lo has reconocido?

– Que no, Juan, que no. Que no era ningún grupo de música. Que era un pingüino, de los de verdad

– Ah, vale. Te refieres a alguien vestido de chaqué, como los directores de orquesta. Como el hortera de tu primo Lucas cuando se casó, vaya. ¿Te acuerdas cuánto nos reímos?

– Déjate de primos y de gaitas. Sé lo que he visto. Y no tenía nada que ver con la música

La voz de mi hija pequeña interrumpió nuestro diálogo de besugos. Parecía haberse vuelto loca de tanto que chillaba. Nos requería a gritos para que fuéramos a su habitación. Menos mal que su voz sonaba enérgica y alegre, porque por los decibelios a que se elevaba hubiera pensado que le pasaba algo

-Mamá, papá, venid ya -apremiaba la niña- De prisa

-Ya estamos aquí, hija. ¿Qué pasa?

-Corre, mira por la ventana. Hay un oso polar paseando por la fuente

-Otra que tal. ¿Os habéis puesto de acuerdo para volverme loca, o qué? -me asomé, a regañadientes- Yo no veo nada, hija

-Pues -intervino su padre- a mi me ha parecido ver una sombra blanca pasar por al lado de la fuente.

-Estáis mal de la cabeza. Los dos. Y queréis volverme a mí tan majareta como vosotros

 

Quería creerme lo que estaba diciendo. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Hacía todos los esfuerzos del mundo por autoconvencerme de que aquello no estaba pasando, para no sucumbir al pánico como le estaba sucediendo a tanta gente.

Pero era difícil. Era muy difícil cuando veía que el termómetro de la terraza de mi casa de Teruel marcaba, en pleno mes de enero, 21 grados centígrados.

De no ser así, probablemente hubieran quedado marcadas las huellas de oso polar en la nieve que, por aquellas fechas, debería haber rodeado la fuente del Torico. Que no en balde Teruel también existe