Contentismo: mucho más que alegría


ALEGRES

La chispa de la vida, como decía aquel famoso anuncia, consiste en estar contenta, en ser feliz. Y para eso, es esencial que las cosas nos salgan bien o, mejor que bien, que nos salgan como queremos. Aunque sea verdad el dicho de que “cuidado con lo que deseas, no vaya a hacerse realidad”, lo bien cierto es que nos pasamos la vida esperando que se cumplen nuestros sueños, lo que implica, más de una vez, dar pábulo a quienes nos aseguran que eso es es posible, y dar la espalda a quien afirme lo contrario, aunque tenga más razón que un santo. Mejor instalarse en Los mundos de Yupi, con toda su Alegría de vivir que plantearnos la duda de si existe Un mundo feliz.

En nuestro teatro, aunque a veces no lo parezca, hay algunas dosis de alegría y alguna otra de contentismo, que es como yo llamo a ese anhelo porque las cosas sean como una quiere, tenga o no tenga razón, y sea o no sea posible. En ocasiones, llegando a límites que rozan el absurdo.

Las primeras dosis de contentismo llegan pronto, mucho antes de toguitaconarse por primera vez. Cuando estaba estudiando la carrera, pasaba horas estudiando -o fingiendo que lo hacía- con mis amigas. Siempre recordaremos una de aquellas noches a basé de café y coca cola en que pasamos más tiempo debatiendo acerca de si la profesora iba a hacer examen y, en ese caso, si lo iba a corregir, que estudiando Derecho Civil, que era la asignatura en cuestión. Nos había pillado el toro y, en nuestro optimismo, decidimos acogernos a la posibilidad de que la profesora, que andaba regular de salud, diera un aprobado general por su jubilación o algo parecido. Llegamos a irnos al examen convencidas de que así sería, hasta el extremo de que cuando vimos que no solo hacía examen sino que también lo corregía, nos indignamos como si fuera la mayor injusticia del mundo. Verdad verdadera.

Luego llega el tiempo de estudiar la oposición y también hay quien vive con el convencimiento de que va mejor preparado que nadie. Tanto es así que, en el caso de que aprueben, ha sido el tribunal más justo del mundo, y, en caso contrario, era el paradigma de la arbitrariedad. Aseguro que hay que poner distancia y dejar que pase algún tiempo para darnos cuenta de que ni lo uno ni lo otro. No siempre vamos tan bien preparados como pensamos, y no siempre los tribunales tienen la culpa de todo. Sin quitar, por supuesto, la enorme dificultad de aprobar algunas oposiciones. Que lo cortés no quita lo valiente.

Pero con la edad no se mejora. Contaba el otro día en twitter un microcuento que tiene más de verdad de lo que mucha gente reconoce:

– ¿Sabes? X es un/a gran jurista

– ¿Te convencieron los fundamentos de su resolución?

– No los leí

-Entonces ¿cómo sostienes que es gran jurista?

-Me dio la razón

Y esto nos pasa más a menudo de lo que parece. Nos llega una resolución, miramos el fallo, o la parte dispositiva y, si accede a nuestras pretensiones, es fantástica y si no, no lo es tanto. Cuesta mucho reconocer que una resolución que nos ponga a caer de un burro sea buena, aunque a veces lo sea. Pero es humano, claro

Lo que ya es pasarse de castaño oscuro es entender que todo lo que se aleja de lo que quieres oír es malo y quien lo dice el demonio reencarnado. Algo que pasa, por desgracia, cada vez más en redes sociales, donde he llegado a leer que me ponían verde a mí y exaltaban a otro cuando dábamos exactamente los mismos argumentos, simplemente por lo que esperaban de unos y otros. De paso, aprovecharé para decir que sigo sin entender esa gente que te sigue y lee todo lo que dices solo para ponerte verde. Más que seguidores, se trata de perseguidores, algunos bastante cansinos, por no usar un adjetivo más malsonante. Más les valdría echar mano del contentismo y seguir solo a quien va a decir lo que quiere leer. Pero hay quien parece que está encantando de vivir en el conflicto.

El contentismo, por su parte, suele hacer buenas migas con el cuñadismo. Y no solo en nuestra profesión, sino en otras muchas. Médico, psicólogo y hasta físico nuclear, si nos ponemos. Y, por supuesto, seleccionador nacional. Pero la diferencia es que una puede cambiar de abogada o de médico, pero es difícil que consiga que la fisión nuclear la haga su vecina del quinto, que tiene buena mano con  los potingues, ni que el seleccionador sea su sobrino Manolo, que cuando jugaba con el equipo del pueblo era un crack organizando. Sin embargo, sí que conozco a quien ha cambiado varias veces de ginecóloga hasta encontrar a una que no le desaconsejara tener un tercer hijo después de las dificultades de los partos anteriores. Y seguro que, si nos empeñamos encontramos a algún galeno que nos diga que para adelgazar nada mejor que hartarse de chocolate o tomarse cada día una cervecita con patatas fritas. No adelgazaremos pero que nos quiten lo bailao. Y nuestro contentismo, por descontado.

Por cierto, contentismo también sería, como vemos cada vez con más frecuencia, hablar de una teoría jurídica sin saber más de Derecho que lo que nos ha contado el cuñado de turno. Por ejemplo, como veo con más frecuencia de la que quisiera, referirse a delitos de autor como algo negativo. Delitos de autor son todos, obviamente, porque no se puede castigar ningún delito sin haber probado su autoría. También hay quien habla alegremente de Derecho de autor -es lo que tiene tocar de oídas- cuando eso es algo totalmente diferente, los derechos de autor, circunscritos al ámbito de la propiedad intelectual.  Obviamente, a lo que se refieren es al Derecho Penal de autor, que es lo que sí que está proscrito, y que tampoco es lo mismo que no poder castigar de modo distinto si en el autor concurren determinados requisitos. Tal sería el caso de los funcionarios públicos que, cuando son autores de delitos relacionados con su cargo, tienen asignada mayor pena y cuando son víctimas de una agresión, se pena más a quien la realiza. Pero es el riesgo de hablar de lo que no se sabe y, lo que es peor, no se tiene ningún interés en saber.

 

Así que no me enrollo más, que lo de resultar pesada no suele poner contento ni contenta a nadie. Dedicaré el aplauso, una vez más, a quienes saben aplicar las leyes en su justa medida. Aunque no se pueda contentar a todo el mundo.

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