Reconocimientos: grandes alegrías


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En el mundo del cine, el teatro, la música, y en cualquier otra disciplina artística tienen su modo de reconocimiento. Oscar, Goyas, Tonys, Grammys y todos esos premios que periódicamente, llenan de glamur las alfombras rojas y de alegría a quienes premian. El premio, grande o pequeño siempre es una alegría y un impulso extra para seguir adelante. Y así es como debe ser.

En nuestro teatro, también tenemos nuestros propios premios , a los que ya dedicamos un estreno. Se materializan, generalmente, en las medallas de San Raimundo de Peñafort -vulgo, Raimundas-, la mayoría de veces muy merecidas y alguna otra no tanto. Pero de todo ha de haber en la viña del señor. O de Toguilandia, claro.

En otras ocasiones, es desde fuera de nuestro teatro desde donde vienen a reconocernos. Y de eso iba a hablar hoy, aun a riesgo de que este estreno resulte atípico y cuajado de umbralismo. Pero me tendréis que perdonar. Estoy tan contenta y tan agradecida que si no lo cuento, reviento. Y eso sí que no.

  24 de octubre de 2018. Un día que quedará para siempre marcado en mi memoria. Y no solo por la feliz coincidencia de que mi hija entra en su mayoría de edad, sino porque la Policía Local de Valencia ha tenido a bien reconocer mi trabajo otorgándome la medalla al mérito profesional con distintivo azul. Y, por si no fuera bastante esa alegría, lo ha hecho junto con mi querida compañera Socorro Zaragozá, mi hermana fiscal, tan discreta, que si lee que pongo su nombre no sé si va a perdonármelo. Pero la ocasión lo merece, y un día es un día. ¿Verdad, Soco?

Hay un dicho según el cual nadie es profeta en su tierra. Y confieso que a veces he llegado a creerlo, porque en más de una ocasión he sentido que te valoran más fuera de casa que dentro. Cosas de la condición humana, supongo. Pero hoy me trago todo eso porque me han reconocido en mi tierra, mi querida Valencia. Y lo ha hecho la policía local, ese cuerpo con el que trabajamos día a día, codo a codo, disgusto a disgusto y alegría a alegría. Son muchos años de colaborar en muchos frentes, pero sobre todo luchando contra esa pandemia que es la violencia de género, la de cada día, la que vemos en el trabajo diario. Muchos días atendiendo a mujeres, compartiendo preocupaciones, peleando contra la impotencia de no poder hacer hacer más y con la zozobra de si habremos hecho suficiente. Muchos días compartiendo horas en juzgados, en aulas de formación, y en foros varios para intentar que la cifra de la vergüenza acabe de una vez. Y en ello seguimos.

Cualquier recompensa es siempre bien recibida. Pero si la recompensa lo es al trabajo diario, a la ilusión y las ganas, al cansancio, y a todas esas cosas con las que bregamos cada día, es todavía mejor. Es una palmadita en la espalda para seguir adelante. Lo estás haciendo bien, fiscalita, no te rindas. Casi nada.

Hemos tenido, además, el lujo de que fuera nuestra propia fiscal jefa la que nos la impusiera, junto con el resto de autoridades presentes. Y hemos contado con la presencia de amigos, amigas y familiares, y con la ausencia muy presente de quienes no han podido venir pero de algún modo estaban con nosotras. Nada mejor que verse rodeada de tanto cariño.

Pero no voy a venirme demasiado arriba. He de reconocer que este galardón es mío, pero no me pertenece a mí sola. Pertenece a todas las personas que contribuyen a ello. Y, por qué no decirlo, a la carrera fiscal, de la que me enorgullezco de formar parte, y a la que dedico mi vida toguitaconada. Es un verdadero lujo encarnar a todos y todas mis compañeras y a nuestro trabajo diario, a veces tan desconocido e incluso denostado.

De hoy en adelante, cada vez que el cansancio, la desazón, la impotencia o cualquier otro de los fantasmas que viene a visitarme lo hagan, sacaré pecho y miraré mi medalla. Y les diré que ya se pueden ir con viento fresco, que aquí estamos con todas las ganas para seguir adelante. Quedan advertidos, señores fantasmas, mi toga y mis tacones tienen una nueva compañera, mi medalla.

Mil gracias a quienes nos propusieron, a quienes acordaron concedérnosla y a quienes nos acompañan y se alegran. Incluso a quienes no se alegran, que no se diga.

Por eso hoy el aplauso lo convertiré en agradecimiento a quienes lo han hecho posible. De todo corazón.

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