Estereotipos: ideas preconcebidas


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Todo el mundo se maneje con ideas preconcebidas, lo reconozca o no. De hecho, también ocurre, y mucho con el mundo del espectáculo. O, más aún, por culpa del mundo del espectáculo. Nos ofrecen unos modelos como tópicos de determinadas cosas, y esperamos que la realidad responda a ellos. No hay más que echar la vista atrás a nuestra filmoteca para ver la España que se mostraba al mundo, a de la pandereta y el traje de folklórica, o las suecas de las películas de Alfredo Landa, con títulos tan terribles como Lo verde empieza en los Pirineos. Estereotipos puros y duros, como en tantos otros ejemplos, particularmente en las películas y series de juicios 

Cualquiera que llegue de nuevo a Toguilandia, es rehén de una serie de estereotipos heredados de lo que sabe, lo que oye en la tele, o lo que ha visto en las películas, especialmente americanas. Por eso se extrañan tanto cuando los juicios nunca empiezan por un “Pongánse en pie. Preside el ilustrísimo juez don X”. Alguna vez he sido testigo de cómo alguien se ponía en pie esperando que semejante cosa pasara. Y la cara de decepción que se le queda. La cara de decepción que ya venía de antes, tras descubrir que ni el señor juez lleva peluca, ni la sra fiscal lleva moño y traje de chaqueta y se pasea por la sala. A partir de ahí, todo un mundo se les cae encima. Los testigos no juran decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad ni tienen una Biblia sobre la que hacerlo, nadie se pone la mano en el pecho para jurar o prometer ni la levanta con gesto solemne. Aunque confieso que más de una vez me he encontrado a testigos que buscaban esa Biblia y hacían esos gestos. Y me ha costado mantener la compostura.

Los estereotipos que manejan el común de los mortales encajan con un juez adusto, serio, entrado en años y carente por completo de sentido del humor. Y no digo yo que no los haya, que también. Pero son tan variados y variadas los modelos como las personas de este mundo, e incluso hay quienes empiezan los juicios con una sonrisa, que siempre viene bien. Siempre recordare a un justiciable que, a la salida del juicio, comentaba sorprendido con su acompañante que “el juez era muy normal, ni siquiera parecía juez”. Como si nacieran con la toga puesta y el ceño fruncido.

   Los y las fiscales no salimos mucho mejor parados en el imaginario colectivo. A la concepción americanizada de que somos “los malos de la película” y que acusamos a cualquier precio para avanzar en política y llegar a ser gobernador del estado, hay que unir ahora la concepción españolizada de que obedecemos órdenes del gobierno como si nos colocaran un chip en el momento que nos ponemos la toga por primera vez. Y ni una cosa ni otra. Aunque ya lo he contado más de una vez , somos los garantes de la legalidad entre otras muchas cosas.

Y cuando de LAJ se trata, apaga y vámonos. Como quiera que no tienen alter ego en películas ni series, y que su anterior denominación, secretarios judiciales, podía llevar a confusión, hay quien cree que son secretarias o secretarios particulares del juez, o los identifican con los ujieres de las películas. Y nada más lejos de la realidad , como sabemos. Pero no siempre es fácil de transmitir, porque eso de guardianes de la fe pública no se entiende demasiado.

Algo parecido ocurre con los y las procuradores  La ausencia de figuras parecidas en otras legislaciones, lo confuso de su nombre y el desconocimiento de su labor hace que nadie entienda muy bien qué hace ese señor o señora sentado en estrados sin decir nada. Vendria bien dar un repasito a su figura.

Los abogados y abogadas, sin embargo, sí gozan del conocimiento general, aunque tal vez “gozar” no sea la palabra adecuada. Injustamente, tienen fama de leguleyos serios y alambicados, capaces de cualquier cosa por engañar al tribunal a favor de su cliente. Incluso el refranero no es nada generoso con la profesión. También habría que dar una repasito a la importante labor constitucional que desempeñan, en particular cuando de turno de oficio  se trata. Pocas cosas más difíciles y más incomprendidas que defender al presunto autor de un crimen horrendo.

También al otro lado del banquillo hay estereotipos. Todo el mundo espera que el acusado tenga cara de malo y, si no la tiene, llega a hacer dudar. A pesar de que el arquetipo de delincuente mal vestido y andrajoso cada vez se rompe más, habida cuenta la cantidad de trajeados que en los últimos tiempos han ocupado banquillos y se han alojado en centros penitenciarios como inquilinos de pleno derecho.

Tampoco las víctimas responden a lo que la gente cree. Las hay que lloran, que están destrozadas y que no se tienen en pie. Pero también las hay que mantienen la compostura y un aspecto impoluto sin que esto deba restar un ápice a su credibilidad. Aunque a veces, lo haga, consciente o inconscientemente. Por eso hay que superar esa impresión e ir a lo que nos corresponde: la prueba. Sin ideas preconcebidas.

Por todo eso, el aplauso es hoy para todas las personas que, de un lado u otro de estrados, saben superar las ideas preconcebidas para hacer justicia. Porque de eso se trata.

 

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