Crisis: lo que nos afecta


              Las crisis de cualquier tipo afectan a nuestra vida hasta darle la vuelta como un calcetín. Además de su vertiente existencial, su parte económica no deja de reflejarse en nuestro día a día, de modo que es normal que se refleje en el mundo del arte en general y del espectáculo en particular. Las crisis como tema ya apuntaron como un filón con la del 29, con películas como La gran depresión o Jueves negro, como más tarde harían filmes como Wall Street sobre la crisis de 2008. Por otro lado, cualquier crisis afecta a los medios de financiación y a la capacidad del público de pagar una entrada. Tenemos a la vuelta de esquina lo que ocurrió con la pandemia, cuyos efectos todavía perduran.

              En nuestro teatro, como en cualquier sitio, las crisis nos afectan, y mucho. Y ocurre también tanto en la forma como en el fondo, tanto en los medios personales y materiales como en el tipo de asuntos de que tratamos. Y no tiene nada de raro.

              No obstante, cuando hablamos de crisis en Derecho, lo primero que acude a mi cabeza es el título de uno -o varios- de los temas de la oposición: las crisis procesales. Confieso que el título del tema siempre me parecía más prometedor que la materia que trataba. Mi imaginación desbordante evocaba terremotos, catástrofes varias, cortes de suministro e incluso a Sus Señorías escapando del juzgado toga al aire en plan Novia a la fuga. Pero la realidad jurídica en este caso no supera la ficción y la cosa se limitaba instituciones tan útiles como aburridas, como son el desistimiento o la caducidad. Y es que no todo en Toguilandia es lo apasionante que la gente imagina desde fuera.

              Sin duda, no hay crisis que se precie que no nos dé en las narices de pleno, o, mejor dicho, en las togas. Como digna representante del papel asumido desde tiempo inmemorial de hermanita pobre, la Administración de Justicia suele ser la primera en sufrir los recortes del tipo que sea y la última en recuperarse del golpe. Por un lado, dejan de crearse plazas y juzgados y de invertir en los que hay, e incluso se llegó a un punto en que se suspendió por años la entrada en funcionamiento de los que ya estaban creados, con el consiguiente retraso y acumulación de asuntos.

              Íntimamente relacionado con ello, los medios materiales empiezan a brillar por su ausencia. Nunca olvidaré esos momentazos en que, en un levantamiento de cadáver, los únicos que no llevaban teléfonos móviles -top de la tecnología por aquel entonces- éramos jueces y fiscales, todavía encadenados a un busca, un artefacto que hoy suena al Pleistoceno pero que nos duraron lo suyo.

              Pero, además, de a la forma, las crisis afectan al fondo, y de varias maneras. Por una parte, cambian los temas a tratar, o aumenta el número de casos de cuestiones que no habían tenido demasiada importancia cuantitativa. Por supuesto, el Derecho concursal se pone a la cabeza del ranking de los más utilizados, porque las empresas que quiebran, suspenden pagos -en su día- o entran en concurso son legión. Y, aunque menos, los particulares.

              También se multiplican todos los asuntos, de cualquier jurisdicción, relativos a impagos, desde las ejecuciones hipotecarias hasta los abandonos de familia por impago de pensión. Y es lógico

              Otro efecto importante es que, en ocasiones, los problemas dan lugar, incluso, a la creación de algún tipo de órgano jurisdiccional para solucionarlos. Recordemos, sin ir más lejos, los juzgados dedicados con exclusividad a las cláusulas suelo. Si, al final, formaron parte de la solución o del problema el tiempo lo dirá. Ahí lo dejo.

              En otros casos, como sucedió tras el confinamiento, se trata de arbitrar soluciones parche que arreglen el desaguisado. Duplicar horas, incentivar conformidades o cualquier ora cosa que ayude a salir del impase. En el caso de la pandemia, además, con las medidas extra que volvían todavía más difíciles las cosas ya difíciles de por sí

              Pero como las crisis se ceban siempre con los más necesitados -a perro flaco, todo son pulgas, dice el refranero-, hay un sector de la población, las personas más vulnerables por una u otra razón, que sufren como nadie los efectos de la crisis. En este grupo podríamos incluir a todas y todos los trabajadores en precario -o en negro- cuyos derechos ya de por sí delicados se convierten en inexistentes. Y trabajo de más para la jurisdicción social si es que se atreven a iniciar acciones.

              En este sentido, las crisis se notan con mucha virulencia tanto en la violencia doméstica como en la de género. Cuando existe en un hogar la semilla de la dominación o del maltrato, cualquier excusa es buena para hacer explotar el polvorín. Y las discusiones por falta de dinero, por la situación de paro o por cualquier otra cosa convierten cada momento en una tortura para quienes lo sufren. Y multiplican el riesgo de ser víctima de un delito grave.

              Con esto, se baja el telón por hoy. Espero que la crisis no afecte nunca a nuestro teatro, pero nunca se sabe en estos tiempos en los que llegará a parecernos normal una abducción marciana. Mientras tanto, no me olvido del aplauso. Dedicado, cómo no, a los bomberos y bomberas del Derecho que, ley en mano, apagan estas crisis. Incluso cuando no llega agua a la manguera

Folklore: tradiciones toguitaconadas


              Hubo un tiempo en que nuestro folklore era uno de los temas fundamentales del cine patrio. En gran parte, el folklore andaluz de bata de cola y castañuelas de Carmen la de Triana o Morena Clara. Pero también dan entrada a otras tierras, como la aragonesa en Nobleza baturra. También cantaba copla La niña de mis ojos, la protagonista de Ay Carmela o los de Las cosas del querer, entre otras muchas. Y es que la lista sería interminable.

              En nuestro teatro, parece que somos poco de folklore, pero quizás solo lo parece, porque Toguilandia es un mundo de tradiciones y ¿qué es el folklore sino la conservación de tradiciones que merece la pena mantener?

              No sé si ocurre en otros lugares, pero en mi tierra, como entendemos que nuestras fiestas forman parte de nuestro día a día, había una tradición que a mí me duele haber perdido. Cada año, en cuanto se elegían a las falleras mayores de Valencia, estas acudían a hacer una visita institucional y protocolaria a la sede del Tribunal Superior de Justicia y Fiscalía. Llamadme cursi, o tonta directamente, pero a mí, como fallera, valenciana y fiscal, me hacía ilusión. Pero se acabó, aunque no sé exactamente por qué ni si fue un adiós provisional o definitivo. Esperemos que sea lo primero.

               Y en nuestro caso, no solo eso.  Hay compañeras que fueron en su día Falleras Mayores de Valencia o pertenecido a sus Cortes de honor, y somos legión los falleros y falleras que nos las arreglamos para tener días libres en las fiestas falleras, o, en su caso, en las de sus respectivos pueblos o ciudades. Y en algún que otro caso, la simbiosis entre Administración de Justicia y Fallas ha sido tal que han pensado en alguien de la casa para hacer las labores de mantenedor o mantenedora en la Exaltación de la Fallera Mayor de Valencia. Yo fui una de esas afortunadas, y viví un momento que jamás olvidaré.

               Me consta que en Valencia no somos un caso único, que otros pueblos y ciudades de nuestra geografía han contado con alguien de nuestro teatro para hacer el pregón de las fiestas. Y a mí, por supuesto, me parece fantástico. Una buena muestra de que la justicia pertenece al pueblo y tiene que ser cercana al mismo, algo que muchas veces se nos olvida, y que nos tendríamos que hacer mirar. No es la primera vez que lo digo.

              De otra parte, quienes habitamos Toguilandia no siempre vestimos toga. De hecho, en nuestro tiempo libre, hay quien viste el traje regional correspondiente cuando procede, como es mi caso. No hay más que darse un paseo por redes sociales para comprobar los testimonios gráficos de lo que afirmo. Una prueba más de naturalidad y cercanía que a mí, personalmente, me gusta.

              Pero en algunos casos, no nos conformamos con vestirnos y hacernos la foto. Hay quienes van más allá. He visto imágenes de toguitaconadas en el Rocío o la Feria de Abril, y tengo una buena amiga, de la otra punta de nuestro mapa, que toca en tambor cuando procede como parte de una de las fiestas más populares de su tierra. De hecho, cuántas veces nos lamentamos ella y yo durante las restricciones de la pandemia por haber perdido todas estas cosas. También recuerdo otro de nuestros amigos que se lamentaba de haber perdido sus procesiones de Semana Santa, en las que toma parte activa desde la noche de los tiempos.

              Quizá haya alguien que se pregunte por qué cuento esto y qué interés tiene. Y lo respeto, faltaría más. Pero el otro día, cuando volví a vestirme con la indumentaria tradicional para participar en una exhibición de bailes regionales con el grupo al que pertenezco, me acordé del éxito que tuvo el estreno que dediqué al disfrute de la danza y lo que supone para mí, y pensé en compartir las sensaciones maravillosas que me produce bailar una jota, o un fandango, o un bolero tradicional.

              Podría dedicarme a hacer comparaciones entre tradiciones buenas y malas, tradiciones que merece la pena conservar y otras que hay que rechazar de plano. Pero prefiero quedarme con mis pasos de danza. Creo que puede ser un buen modo de iniciar esta vuelta al cole que siempre cuesta lo suyo. Porque bailar siempre mejora todo.

              Así que aquí queda esto. Espero haber transmitido al menos una pequeña parte de la alegría que me causan estas cosas. Por eso me permito dedicar el aplauso esta vez a mis compañeros y compañeras de dansà, incluida la fotógrafa autora de la imagen que ilustra este estreno. Gracias por hacer mi mundo mejor

Okupación: ¿delito fantasma?


              Es mucho el metraje que ha gastado el cine con los fantasmas, invitados no deseados de casas y palacios y, a veces, salvadores de la vida de la amada como ocurre en Ghost o dibujitos la mar de simpáticos como Casper. Otras veces, los fantasmas no son tales y, si no, pensemos en El fantasma de la ópera. Porque a veces las cosas son más fáciles de comprender de lo que nos quieren hacer ver.

              En nuestro teatro en principio no debería haber fantasmas, más allá de quienes lo sean en sentido figurado, un jardín donde Dios me libre de meterme. Pero sí que hay algunas instituciones, figuras y delitos cuyo uso, abuso o desuso los puede convertir en verdaderos fantasmas. Y a eso vamos hoy

              Confieso que, como fiscal de diez trienios, nunca he tenido entre mis fuentes de agobio el de la okupación o, como se llama en Derecho, la usurpación de inmueble. Es un delito que existe, como tantos otros, y que, en honor a la verdad nunca ha proporcionado cifras ni resultados alarmantes más allá del lógico perjuicio del propietario. Por eso llama poderosamente la atención por qué desde hace unos pocos años y, sobre todo, cuando se acerca el tiempo de vacaciones, los medios de comunicación nos inundan con noticias alarmistas sobre okupaciones.

              Soy consciente de que no soy la primera que habla del tema. Ni seré la única, me temo. Han sido varios los miembros del poder judicial y otros juristas que han intentado explicar que en las presuntas okupaciones, no es oro todo lo que reluce. El último, si mal no recuerdo, ante el pasmo del entrevistador que parece que esperaba una respuesta en sentido contrario de la que dio, quitando importancia y denunciando alarmismo innecesario.

              No sé si será cosa mía, que a veces soy malpensada, pero no deja de ser curioso que estas noticias sueles venir acompañadas, más o menos cerca en el tiempo y el espacio, de anuncios de alamas donde los protagonistas no solo se protegen de los robos, como toda la vida, sino que parece más asustados por la posibilidad de que a su vuelta de comprar el pan se haya instalado una comuna en su casa.

              Y es ahí era donde, precisamente quería llegar. En toda mi vida de fiscal, y en la muchos otros compañeros y compañeras, hemos visto que semejante cosa haya sucedido. Que no digo yo que no pueda pasar, pero es altamente infrecuente que tras una ausencia temporal aparezca okupada la casa donde un vive. Y eso no significa que las usurpaciones de inmuebles no existan. Existen, pero suelen ser de inmuebles desocupados desde la noche de los tiempos, muchas veces de bancos de los tiempos en que se pinchó la famosa burbuja inmobiliaria.

              Y es que, deliberada o inconscientemente, se confunden las cosas. No es lo mismo la usurpación de inmueble que el allanamiento de morada. Y cuando alguien entra en la casa de otra persona, aunque en ese momento no se encuentre, comete este delito, bastante más grave que el anterior. Y que, como delito flagrante que es, se procede al desalojo inmediato. Y chimpún.

              ¿Por qué entonces nos insisten en que cuesta años conseguir ese desalojo? Pues por lo que yo decía, que confunden churras y merinas y a río revuelto, ya se sabe. Mucha gente repite hasta la saciedad que se le ha metido un okupa en la casa que heredó de su tía Puri cuando, en realidad, no es tal cosa, sino, simple y llanamente, un impago de la renta. Y el mero impago no es delito y tiene su propio procedimiento para el desahucio. Desahucios que, por otra parte, son numéricamente más frecuentes que las okupaciones, Y me atrevo a decir que socialmente más preocupantes, aunque cada caso es un mundo.

              Pero queda muy bien subirse al carro y hacer un alarde de cuñadismo contando a quine quiera oírte, incluida una cámara de televisión, que conoces al primo de la suegra de tu hermano que es víctima de unos okupas que le están destrozando la casa.

              Para acabar, un par de reflexiones para tener en cuenta. La primera, que n muchos de los casos que salen en televisión día sí día también, los indignados denunciantes -televisivos, que no judiciales- no son los propietarios del inmueble okupado sino los vecinos y vecinas a quienes no les gustan los okupantes del inmueble de al lado. En muchos de esos casos, al propietario le da igual o no está dispuesto a emprender un proceso para desalojarlos, porque, de hacerlo, lo hubiera conseguido.  Recuerdo en un caso una señora -por llamarla de algún modo- que decía que aquello era una urbanización de lujo y perdía mucho caché con la presencia de aquella familia. Tal cual.

La segunda reflexión es una pregunta que me hago mucho. ¿Por qué con otros delitos se exige un respeto exquisito a la presunción de inocencia y en este nadie habla de presuntos okupas? ¿Por qué los que para otros casos claman esa injusticia en este caso se refanfinfla? Ahí lo dejo también

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que haya servido para aclarar términos y acallar alarmas. El aplauso, no obstante, se lo dedicaré a quienes ya antes han hecho ímprobos esfuerzos para explicar que, en Derecho, no es oro todo lo que reluce. Porque no siempre es fácil diferenciarlo del oropel

Derogación: delitos que son historia


              El paso del tiempo es uno de los grandes protagonistas de nuestras vidas. Y, cómo no, del mundo del arte. Teatro, literatura, con y cualquier otra manifestación artística no pueden permanecer ajenas al paso del tiempo, y lo que ayer era actualidad hoy es historia. Pasan Las horas, nos encontramos con Lo que queda del día y, al final, recordamos Tal como éramos. Ayer, hoy y mañana.

              En nuestro teatro no podemos permanecer ajenos al paso del tiempo. Aunque la regla general es que la ley es estática y la jurisprudencia que la aplica es dinámica, nada es inamovible y, a diferencia de lo que ocurre con la doctrina, que es flexible y cambia sin necesidad de que el BOE lo refleje, las leyes, para cambiar, necesitan del procedimiento legislativo correspondiente. Pero evolucionan, claro está. Unas se derogan y otras se promulgan, unas se modifican y otras se mantienen. Como la vida misma.

             El estreno de hoy se va a centrar no en todas las leyes que cambian, algo casi imposible de acometer en un simple post, sino en aquellos delitos que un día se aplicaron y hoy han dejado de existir por una u otra razón. Así que vamos a ello, aunque sea, claro está, sin ánimo de exhaustividad. Ya dice el refrán que de muestra vale un botón.

              Para empezar, me referiré a los recordados juicios de faltas , cuya sustitución por una nueva especie, los delitos leves -o levitos, que es mucho más bonito- nos sustrajo multitud de anécdotas que nos alegraban la vida de Toguilandia casi a diario. Hay que reconocer que sus sucesores no tienen la misma chispa. Entre otras razones, porque la desaparición de las injurias leves, salvo en el ámbito familiar, nos han privado de frases impagables de las broncas entre vecinos, como la de aquella señora tan ofendida porque su vecina le dijo que no se lavaba la faja, o la de una chica a la que otra vecina llamaba “puta” porque solo tendía lencería “picante” (sic)

              Algunas de aquellas faltas extintas respondían a otro espíritu y tenían menos miga. La de juicios que hicimos por conducir sin seguro obligatorio hasta que alguien cayó en la cuenta que se hacía exactamente lo contrario de lo pretendido: beneficiar al infractor. Porque la sanción penal era muy inferior a la que correspondía en la vía administrativa, con lo cual se había hecho de la torta un pan. Así que volvieron a aquella vía de la que nunca debieron salir

              Pero la lista de delitos derogados más extensa es la que se refiere al cambio de modelo de estado operado en nuestro país hace más de cuarenta años. El régimen franquista consolidó muchos delitos que, una vez entrada en vigor, tenían que decaer por fuerza. Vaya por delante que hay delitos que se mantienen en todas épocas y lugares, como el robo, el asesinato y sus derivados o la violación. Pero hay otros que no responden a ese espíritu que proviene del Derecho natural, y a esos es a los que aludo.

              Así, podemos recordar la punición del adulterio y el amancebamiento, según que el infiel fuera mujer u hombre, en lo que salíamos perdiendo las mujeres por goleada. Hoy, ni uno ni otro llega a concebirse que pueda ser delito. A ese mismo espíritu respondía la atenuante de uxoricidio en adulterio, que hacía que matar a la mujer infiel mereciera una pena ridícula como era el destierro, o el infanticidio, que consideraba delito menor matar al recién nacido si se hacía para ocultar la deshonra En el mismo grupo de delitos podríamos incluir la punición de las prácticas homosexuales que, por fin, despareció después de suponer muchos años de tortura e invisibilizarían para ese colectivo.

              Cuestión distinta eran los delitos considerados políticos o ideológicos. Esos que barrió de un plumazo la Constitución y que dieron lugar a la aplicación de la ley de amnistía en su día. Por suerte, hoy en día, opinar no solo no es un delito sino un derecho.

              En la misma línea se encontraban aquellos delitos contra a seguridad interior y exterior del Estado, que todavía sobrevivieron hasta 1995 y que tanto costaban de aprender a los opositores y opositoras de entonces. Todavía recuerdo al famoso español que sedujere tropa para que pasare al servicio de tropa sediciosa o separatista, que más me parecía el argumento de una película de espías que un precepto penal. Hoy no es que no existan, sino que han sido sustituidos por los delitos contra la Constitución, entre los cuales los más conocidos son la rebelión y la sedición, nada fáciles de diferenciar, como vimos en el asunto conocido como Procés.

              Entre estos, encontramos uno de esos delitos que yo calificaría de “ascensor”: suben o bajan según las tornas políticas. Algo así ocurre con el delito de convocatoria de referéndum ilegal. Aunque tal vez el delito ascensor por antonomasia es el aborto y sus distintas posibilidades de punición o impunidad

              En otros casos, son las circunstancias las que mandan, incluidos los cambios legales. Es evidente que la supresión del servicio militar llevó consigo la despenalización de los delitos relacionados con la conducta de faltar a esa obligación, como los casos de insumisión que tanta faena dieron en su día, tanto relativos al servicio militar como a la prestación social sustitutoria Y, por supuesto, de un delito que siempre me resultó difícil de entender: la automutilación para eludir el servicio militar. No quiero ni imaginar lo duro que sería aquello para alguien que es capaz de cortarse un dedo con tal de evitarlo.

              Por su parte, la realidad económica y social hizo que desapareciera un delito tan cometido en su día como el cheque sin fondos. Con el advenimiento de nuevas formas de pago, lo del cheque quedó más anticuado que, como diría Chiquito de la Calzada, el rodapié de las Cuevas de Altamira.

              Para acabar, no podemos dejar de aludir a la evolución de los delitos sexuales, y más ahora, recién aprobada la llamada ley del “sí es sí”. Aunque siempre se han castigado, no siempre han sido objeto de castigo las mismas conductas. La violación anal, por ejemplo, aterrizó en el Código a finales del pasado siglo, al tiempo que estos delitos dejaron de tener por bien jurídico protegido la honestidad para pasar a considerar tal la libertad sexual. La violación, por su parte, siempre se ha castigado, aunque no siempre con ese nombre, y seguro que sorprende a más de uno y de una saber que lo que hoy conocemos por sumisión química cabía en la redacción original del delito de violación -en la referencia a “privada de sentido”- pero en una reforma en plena democracia se eliminó, como se eliminó e nombre de “violación” para sustituirlo por el de “agresión sexual” en contraposición al “abuso sexual”, lo que ha hecho correr muchos ríos de tinta.

              Por último, a este respecto, una precisión. El delito de abuso sexual no desaparece, aunque desparezca su nombre, con mucho acierto, a mi juicio. Abusar es hacer un mal uso, y no se puede hacer un uso, bueno ni malo, de la libertad sexual. Pero las conductas que sancionaba siguen sancionándose, y siguen diferenciándose en función de su gravedad. No podía ser de otra manera.

              Y hasta aquí, este breve repaso, sin pretensiones de exhaustividad, de algunos delitos que se calificaban como churros y que hoy han pasado al desván del olvido. El aplauso se lo daré, como pequeño homenaje, a todas y todos los operadores jurídicos que han ido adaptándose a los tiempos. Porque sin evolución no hay derecho.

Supervivientes: lo que el viento no se llevó


              Hay cosas que son eternas, y cosas que duran menos que un soplido. Como ocurre en el teatro, en la literatura o el cine. Shakespeare o Cervantes sobreviven al paso del tiempo, y seguro que hoy leemos  Romeo y Julieta o Don Quijote de la Mancha, o sus versiones fílmicas, sin que nos salpique ni una mota de caspa. Otros casos, más cercanos en el tiempo, han envejecido tan mal que es difícil verlos fuera del tiempo en el que fueron concebidos, como ocurre con aquellas películas de destape en que cualquier excusa era buna para enseñar las tetas. Y es que siempre existe la diferencia entre Lo que el viento se llevó y lo que el viento no se pudo llevar.

               Hoy, en nuestro teatro, me gustaría echar la vista atrás para comparar aquello que teníamos y aquello que tenemos hoy, y qué relación hay entre ese pasado y ese presente. Y ver, de paso, si avanzamos algo de cara al futuro.

              Cuando yo aterrizaba en Toguilandia, todavía estaban llenos los despachos de máquinas de escribir, como la que tenía mi padre, con su papel de calco y sus copias en papel cebolla. Y por supuesto, había que tener cerca una botellita de tippex, o su sustituto en papelitos adhesivos. Curiosamente, desaparecieron de las mesas las máquinas -Olivetti, en su mayor parte-, aunque aun se llena de polvo alguna que otra en un altillo o sobre un armario, y es imposible encontrar papel de calco. Sin embargo, el famosos tippex ahí sigue, entre nuestros imprescindibles, aunque sea en versión remasterizada dentro de un cartucho de plástico con pretensiones de diseño aerodinámico. Así que aquí encontramos el primer superviviente.

              Más tarde que pronto, las máquinas fueron sustituidas por ordenadores, que fueron ganando precisión y perdiendo tamaño pero que, en esencia, sobreviven, como sobrevive el cambio radical que supusieron. La jurisprudencia dejó de mirarse en tomos similares a Biblias y pasaron a ser consultados directamente en una base de datos, cambiando el copiado amanuense por el corta y pega que tanto agranda el tamaño de sentencias y dictámenes. Faltaría saber si eso fue una ganancia o una pérdida, pero esa es otra historia.

              Sin embargo, ya poca gente se acuerda de algunos instrumentos que parecían el no va más de la modernidad, Los diskettes donde transportábamos los documentos de un ordenador a otro, sin ir mas lejos. Nunca olvidaré a uno de mis jefes refiriéndose a ellos como “casquetes”, con la consiguiente hilaridad del personal. Y no era para menos. Porque el sentido del humor también sobrevive.

              La misma suerte que aquellos disquetes acabaran corriendo otros soportes que ya casi usamos solo en justicia, que somos los últimos en desprendernos de las cosas. Se trata de los CD’s, que ya tuvieron su propio estreno y que cada vez son más difíciles de ver lejos de Toguilandia. Junto a ellos, otro incunable permanece ajeno a que su existencia se circunscribe a nuestras paredes: el fax. Que alguien pruebe a pedir fuera de nuestro ámbito que alguien le dé el número de fax, que lo que le dará es un ataque de risa.

              Otra de las evoluciones reseñables es la de la telefonía y similares. En su día, parecía el no va más la existencia de aquellos aparatejos llamados “busca”, que importamos de profesiones sanitarias, y que hacían un papelón en la guardia considerable porque permitían, al menos poder desplazarse más allá de los límites de un teléfono fijo cuando se estaba de guardia de disponibilidad. Lo malo fue que cuando nos llegaron a nosotros, ya empezaban a cambiarse en otros sectores por teléfonos móviles, de aquellos que pesaban un quintal, antena incluida. De ahí pasaron a un modelo más pequeño, exclusivamente para hacer llamadas -nadie soñaba entonces con las funciones que tendrían los móviles poco más tarde- que ha permanecido en manos de juez, fiscal, o forense de guardia por los siglos de los siglos. Incluso me consta que hay lugares donde todavía sobreviven, aunque sea pegados con cinta adhesiva.

              Sin embargo, hay algunas cosas que sobreviven y si las cosas siguen así, les auguro larga vida. Entre ellas, fundamentales las pegatinas de llamada de atención sobre causas con preso, preferentes, o cualquiera otra, o sus hermanos pequeños, los imprescindibles posits. A su lado, los clips, las grapas y hasta las máquinas taladradoras por las que suspiraba en el colegio y por las que a veces, ante causas de varios tomos físicamente ingobernables, sigo suspirando.

              También los marcadores, iluminadores o como quiera que se llamen lo fosforitos de toda la vida, lo primero que desparece del cajón del material, son unos supervivientes en toda regla, al igual que las gomas de caucho de toda la vida, que no hay fiscalía que se precie sin ellas para sujetar las carpetillas.

              Por supuesto, estas cosas cambiarán cuando la digitalización sea una realidad y los folios pasen a mejor vida. Pero aún queda. También me queda por saber si los bolis verdes que permanecen en el armario son los mismos que trajeron cuando llegué a Fiscalía o van renovándose porque alguien -que yo jamás he visto- los usa. Igual cualquier día surge una historia como la de la mermelada y el perro de Ricky Martin. Estaré atenta por si acaso.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, por supuesto, para quienes sobreviven a tanto superviviente y se adaptan a lo nuevo. Que ambas cosas son precisas

Pasatiempos: rosco toguitaconado


Las vacaciones con un buen momento para el entretenimiento. Cuando no tenemos la suerte de gozar de unas Vacaciones en Roma, ni aunque sean solo 9 semanas y media, ni de irnos de campamento como en Camp Rock o de vacaciones familiares tipo 12 fuera de casa, algo hemos de hacer para entretenernos. Y a falta de playa o montaña, buenos son concursos -como Quiz Show– o pasatiempos. Así que vamos a ello.

Con esto, abrimos una sección especial en nuestro teatro, que aparecerá de vez en cuando, emulando diferentes concursos de éxito en versión toguitaconada. Esperemos que tenga mucho éxito y recibir muchas respuestas directamente, en el blog o en redes, o, cono hacemos cuando lo vemos en la tele, contestado al cuello de nuestra camisa.

Para inaugurar la sección, el rosco más famoso después del roscón de Reyes: el rosco de Pasapalabra. Esperemos no tener los problemas que con los derechos de autor tuvieron en dos cadenas de televisión con el programa. Pero ya se sabe, quien no se arriesga no pesca

¿Todo el mundo preparado? Pues allá va

  • Con la A: uno de los personajes principales de Toguilandia, que siempre lleva toga pero suele llevarla sin puñetas, salvo excepciones
  • Con la B : relativo a los poderes de los procuradores, y en concreto a su suficiencia
  • Con la C: jurista cuyo manual de Derecho Civil se estudia en España desde tiempo inmemorial
  • Con la D: protagonista absoluto del Derecho Penal
  • Con la E: fase del proceso posterior a la sentencia firme
  • Con la F: yo misma
  • Con la G: materia que da lugar a un proceso -a veces, bastante aburrido- donde se determina si son ordinarios o extraordinarios
  • Con la H: Reacción que nos producen algunos delitos como asesinatos o violaciones
  • Con la I: Sentimiento que hemos de renovar a diario para no caer en el burn out en nuestra profesión
  • Con la J: coloquialmente, personaje conocido en algunos ámbitos como SuSe
  • Con la K : abono de dietas por desplazamiento que cuesta la vida cobrar
  • Con la L: adjetivo que se atribuye a la justicia y que, como los pimientos de Padrón, unas vez es así y otras non
  • Con la M: causa que, referida al investigado, da lugar al archivo de la causa
  • Con la N: aplicado al juez, lo contrario de “ad hoc”
  • Contiene la Ñ: Dícese de la fiscal dura o inasequible al desaliento
  • Con la O: Una de las partes del Derecho Civil definida en el artículo 1088 del Código
  • Con la P: lo que ha de hacerse con una herencia cuando hay varios herederos
  • Contiene la Q: intercambio de una cosa por otra que es abuelo de la compraventa
  • Con la R. circunstancia agravante basada en la repetición de delitos de la misma naturaleza
  • Con la S: nombre que antiguamente recibían los malos tratos
  • Con la T: eje sobre el que pivota la jurisdicción social
  • Con la U: derecho real definido en latín como “ius alieni rebus utendi frundi salva rerum substantia”
  • Con la V: derecho que, aplicado a los hijos e hijas, constituye la parte más conflictiva del Derecho de Familia
  • Contiene la X: Dícese de un recurso presentado fuera de tiempo
  • Contiene la Z: Tiempo en el que había que haberse presentado el recurso anterior

Y hasta aquí, el rosco de hoy. Esperemos que todo el mundo lo acierte, aunque aun no hayamos acumulado bote. Pero ¿Qué mejor bote que el aplauso que vamos a dar desde aquí?

Manos tendidas: Imprescindible


Hoy, en nuestro teatro, un cuento para pensar y repensar. Y, por supuesto, para entretener, que si no no sería un teatro, y lo cortés no quita lo valiente

Imprescindible

  • ¿No viene tu amiga hoy?
  • No -respondí con mucha tristeza- Su novio no la deja
  • ¿Cómo? -mi interlocutora pareció crecer tres palmos- ¿Qué estás diciendo?
  • Eso, que no la deja. Yo tampoco lo entiendo, pero es lo que me ha dicho
  • Pero eso no lo puedes consentir. Si te consideras su amiga, no debes consentirlo
  • ¿Y qué puedo hacer yo?
  • Siempre, siempre, puedes hacer algo -me travesaba con la mirada- Lo que no puedes hacer es mirar hacia otro lado.

Rosa era la directora de un grupo de voluntarias que nos dedicábamos a atender a las personas sin hogar. Desde que en la pandemia del coronavirus de 2020 fallecieran gran número de indigentes, la sociedad había cobrado conciencia de lo grave de este problema. En su día, dijeron que todo el mundo debía quedarse en casa, pero el drama era que estas personas no tenían casa en la que quedarse.

Cayeron como chinches, y eso hizo que Rosa, y otras como ella, fundaran la asociación en la que mi amiga Mónica y yo colaborábamos. O, al menos, colaboraba yo, porque Mónica me había dicho ayer mismo que no volvería. A su novio no le gustaban nada los indigentes y se lo había prohibido. A mí quien no me gustaba era su novio, pero si se lo decía me arriesgaba a perder a Mónica para siempre, y eso hubiera sido peor. Al menos, sabía qué era de ella. Mónica y yo éramos amigas desde la guardería y no quería ni pensar en que pudiera pasarle algo malo.

La verdad es que yo pensaba que César, el novio de mi amiga, no sería capaz de hacerle nada. Le había visto gritarle, pero jamás le puso la mano encima delante de mí y, según ella, tampoco fuera de mi presencia. Lo que no sabía cómo soportaba Mónica era el constante control al que la tenía sometida. No podíamos ir a ningún lado sin que la llamara unas cuantas veces y le mandara infinitos mensajes. Ella le remitía su ubicación y fotos y hasta vídeos del lugar donde nos encontrábamos, pero aquello era insufrible. Me di cuenta cuando me percaté cómo le cambiaba la cara al recibir según qué mensajes.

Poco a poco, Mónica fue alejándose de nuestro grupo. Empezó espaciando nuestras quedadas semanales, Siempre ponía alguna escusa: se encontraba mal, le había bajado la regla, tenía que estudiar, no tenía dinero para salir, su madre necesitaba que la ayudara… Luego dejó de venir a cumpleaños y fiestas especiales con las mismas excusas. Todo mentira. Era César, que estaba construyendo un muro alrededor de ella para aislarla. Un muro donde ella misma, sin darse cuenta, iba poniendo los ladrillos.

No obstante, siempre había respetado el voluntariado. Era algo que hacíamos desde hacía tiempo Mónica y yo, porque siempre nos apeteció ayudar a quienes lo necesitaban. Pero no solo era eso. El voluntariado se había convertido en una cuestión muy valorada en los currículums, sobre todo a partir de aquella crisis sanitaria que en 2020 sacudió el mundo. La misma que propició que Rosa fundara la asociación.

Ahora César le prohibía venir también a la asociación. Al leerla, sentí un hilo invisible se rompía y la enviaba muy lejos de mí. Era el hilo con el que manteníamos el contacto. Y creo que era la única amiga con la que todavía lo tenía.

Yo le había dicho que lo dejara, que no le hacía bien. No me atreví a decirle que le denunciara porque nunca llegué a saber hasta qué punto lo que él le hacía sería delictivo. Y porque, igual que ella, yo también me engañaba a mí misma. Me repetía una vez y otra que César era celoso, ególatra, maleducado y hasta impresentable pero que en modo alguno podría hacer daño a Mónica. Quería creer eso. Igual que quería creer ella que lo que aquel tipo sentía por ella era verderol amor.

  • Angela, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – Rosa casi se enfrentaba conmigo- ¿Te das cuenta?
  • No sé- balbuceé- No sé a qué te refieres
  • Estás siendo cómplice de un maltratador
  • No digas eso, Rosa. Yo le ofrecí ayuda y la rechazó. Yo le dije…
  • Bobadas -me interrumpió, alzando la voz- Eso son bobadas. Tú no quieres ayudar a Mónica, quieres acallar tu conciencia. Quieres irte a casa convencida de que eres una buena chica porque le has dicho que lo deje. Igual que venís aquí para convenceros a vosotras mismas de que hacéis algo por los demás
  • Rosa -se me saltaban las lágrimas- ¿Cómo me puedes decir eso?
  • No me lo preguntes -seguía enfadada- Pregúntate a ti misma cómo has podido decir que no puedes hacer nada por tu amiga.

Me fui llorando, destrozada por lo que me había dicho Rosa, a la que admiraba, y destrozada también por mi amiga Mónica. Después de aquella conversación, la había llamado varias veces y no contestaba. ¿Y si Rosa tenía razón? No quería ni pensarlo.

Por el camino, tropecé con Ángela, otra de las fundadoras de la asociación que, al ver mis lágrimas, me preguntó. No hizo falta que le dijera apenas nada para que entendiera mis cuitas. Me consoló y me contó una historia que no olvidaré nunca

Era el año 2020, recién estrenada la primavera, cuando el sol asomaba y todo el mundo tenía ganas de salir, pero, en lugar de eso, tocaba estar encerrado en casa. Yo era muy pequeña, y apenas me acuerdo de ello, pero en el colegio lo hemos estudiado como la época del confinamiento. Un virus muy dañino se había extendido tanto que no quedó otro remedio que obligar a la gente a quedarse en casa, para evitar el contagio y lograr vencer a la pandemia. Entre todas aquellas personas condenadas a no salir de casa sen encontraba una amiga suya. Una amiga de la que todo el mundo sabía, salvo ella misma, que sufría violencia de género. Saltaba a la vista que su modo de comportarse, de esquivar a la gente, de mirar al suelo cuando le preguntaban y muchas otras cosas no eran normales. No obstante, seguían quedando con ellos como pareja, y todo el mundo se hacía el loco si él la reprendía en público, diciéndole que no sabía hacer nada y poniéndola en ridículo una vez y otra. Hasta que decretaron el estado de alarma. A partir de entonces no volvimos a saber de ella. No contestaba a las llamadas, ni respondía a las proposiciones de participar en chats e iniciativas comunes para matar el tiempo.

Ella no aguantó todo el tiempo encerrada. Antes de acabarse la cuarentena, salió de casa. Pero lo hizo en una camilla, con un tajo en el cuello del que salía tanta sangre que aquello no parecía tener remedio.

  • ¿Se salvó? -le pregunté
  • ¿Nunca te has preguntado por qué Rosa lleva siempre pañuelos anudados al cuello, haga el tiempo que haga?

El relato de Angela me dejó helada. Nada más oírlo, regresé a buscar a Rosa y la abracé con fuerza

  • Perdóname. Te juro que volveré con Mónica. Voy a sacarla de ese infierno, le guste o no.

Rosa me devolvió el abrazo. Y del modo que lo hizo, supe que confiaba en mí.

No le fallaría. Ni a ella, ni a Mónica.

De Juzgado de guardia: no es delito todo lo que reluce


              Hay frases que, a base de usarlas, se convierten en parte del acervo colectivo y acaban por significar cosas distintas de las que realmente significan. Que algo sea de Juzgado de Guardia es una de ellas. No sé si por contagio de la hilarante serie americana del mismo nombre, Juzgado de guardia, por la recordada serie española Turno de oficio o por la profusión de películas que abordan desde un prisma u otro, o con más o menos acierto, la realidad judicial. Todo el mundo repite esa frase una y otra vez. Incluso quienes no deberían

              El juzgado de guardia es, desde luego, una parte esencial de nuestro teatro. Tanto, que nuestra vida no se comprende sin las horas y horas que hemos pasado en el mismo. Creo que, en un cómputo total del año, si sumamos las horas de guardia efectiva, las de disponibilidad y el tiempo empleado en todas esas cosas que se nos atribuyen porque estábamos de guardia cuando sucedieron, superarían, con mucho, las horas de sueño o las dedicadas a otros menesteres.

              Pero las guardias ya tuvieron su propio estreno y hoy pensaba hablar no tanto de su contenido sino de esas cosas que nos llegan al juzgado de guardia, como consecuencia de esa creencia popular de que todo lo que está mal es delictivo, y todo lo que es delictivo puede ser denunciado ante juzgado de guardia.

              Vaya por delante que el Juzgado de guardia no es el único lugar ante el que se interponen denuncias . Como vimos en su día, se pueden interponer ante la Fiscalía y en las dependencias de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, práctica muy habitual y recomendable en gran parte de casos, porque son quienes de facto realizan la investigación. Recordemos que This is not America y que jueces y fiscales no salimos a la calle en busca de las pruebas, sino que ordenamos lo que hay que hacer desde nuestros despachos, y en buena parte quienes reciben esas órdenes son la Policía y la Guardia Civil. Y, llegada a este punto, cabe preguntarse por qué no tienen la misma fama en el habla coloquial. Nadie dice que esto o aquello es de Policía de guardia.

              A lo largo de mi vida toguitaconada he vivido multitud de anécdotas en el Juzgado de guardia. Muchas de ellas, derivadas directamente de esa manía de entender que cualquier cosa que no nos guste “es de juzgado de guardia”

              He visto a personas alteradas denunciando que su vecino se ha dejado el grifo abierto, que ha hecho un cerramiento en su galería en contra del criterio de la Comunidad de Propietarios e incluso que ha puesto un toldo negro con la calavera y las tibias de la bandera pirata cuando todos tenían que ponerlo de color verde con primorosas florecillas primaverales. Reconozco que este asunto me hizo tanta gracia que, cuando salí del Juzgado, pasé por el edificio en cuestión y comprobé la ocurrencia de vecino rebelde, y no pude evita reírme

              El toldo con la bandera pirata tenía su punto, sin duda. Era perfectamente lógico el enfado de los vecinos, pero no era de juzgado de guardia en sentido literal. Aunque encaje de lleno en lo que mucha gente dice que es de juzgado de guardia.

              Hemos de pensar, además, que en los juzgados de guardia la actividad es frenética, y, por más que nos parezca importantísimo lo que nos ha ocurrido, hay prioridades. Nunca olvidaré lo hilarante que me pareció la queja de una famosa, jaleada por la conductora de magazín sabelotodo de turno, sobre el tiempo que le habían hecho esperar en el juzgado de guardia para denunciar que a su hijito le había mordido un perro y, aunque no tenía heridas, no se le había ido el susto del cuerpo. Lo mejor era el argumento de la famosa, indignada porque la jueza se había ido a levantar un cadáver en vez de atender de inmediato a su rorro. Y es que hay juezas que tienen caprichos incomprensibles, como levantar cadáveres o atender detenidos.

              Y, si de famosas y famosuelas hablamos, no puedo dejar de contar a la que pretendía que se suspendiera la emisión de un programa en directo, que había de emitirse esa misma noche, porque sabía de buena tinta que iban a sacar fotos comprometedoras de ella y suponía en buena lógica que la iban a poner a caer de un burro. Pues bien, a pesar de que sus suposiciones se confirmaron, toda España pudimos verlo porque no se suspendió la emisión del programa. Y eso porque, aunque ella lo creyera, aquello no era competencia del Juzgado de guardia.

              En otras ocasiones, son personajes pintorescos con historias pintorescas quienes aparece por los juzgados de guardia. Muchas veces con carácter repetitivo y muchas también con situaciones que frisan o entran de lleno en la enfermedad mental. Inolvidable un ciudadano que cada semana venía a denunciar que le abducían los marcianos de uno u otro modo y que alcanzó su cénit el día que se empeñó en contarnos que le violaban a través del ombligo. Ni que decir tienen que ese fue el pistoletazo de salida para su incapacitación, usando la terminología y el proceso de aquel momento.

              Oto grupo de usuarios curiosos del juzgado de guardia son quienes reclaman un escarmiento. De ahí al famoso auto de escarmiento -en vez de alejamiento- no hay más que un paso. Hay situaciones desesperadas, como familiares de adictos que no quieren denunciarle, pero sí que un juez le diga que está mal lo que hace o que le advierta que si no deja de beber lo meterán en la cárcel. Y es difícil comprender que, aunque a veces lo hagamos si viene al caso, no está entre nuestras funciones la de dar filípicas. Y más difícil hacerlo comprender

              Aunque para el premio a la mejor reacción, la de una mujer que, ante la denuncia de su hija de porque quería irse con su padre, que no “le obligaba a hace cosas en contra de su voluntad”, acabó diciendo que se marchara con él, a ver cuanto tiempo aguantaba lavándole la ropa y limpiando su cuarto. Porque al final esas cosas a las que le obligaba la madre eran las tareas domésticas. Y como alguien le dijo que aquello era de juzgado de guardia, pues lo tomó al pie de la letra. Angelito.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que no resulte tan intempestivo como esas denuncias que recibimos e el juzgado de guardia. Y, por supuesto, no olvido el aplauso, dedicado, una vez más, a la santa paciencia y a quienes la ejercitan cada día en estas situaciones. Ya me gustaría ver al Santo Job en una de ellas

#ArtistaInvitado: Héctor Melero


Hoy en nuestro teatro inauguramos una sección dedicada a artistas invitados, como ocurre en toda serie que se precie. Aunque ya había existido alguna colaboración puntual, hoy se convierte en sección fija, que estrenará e vez en cuando

¿Y quién mejor que mi compañero Héctor, el primer fiscal invidente además de fantástico amigo y profesionales, para hacer una estreno de campanillas?

Así que ahí os dejo sus palabras. Para disfrutarlas y paladearlas

Más de un año en una profesión apasionante.


Para alguien como yo, que no soy muy dado a escribir, esto es complicado, pero Susana, amiga, compañera y jefa en delitos de odio por ese orden me pidió una colaboración en este blog contando mi primer año como Fiscal, y ni he querido ni he podido decirle que no.
Al ser el primer fiscal ciego que ha pasado por nuestra institución, el fiscal Jefe y yo acordamos que me dedicaría solamente a hacer juicios, no teniendo por tanto que despachar papel, ya que podía complicar el trabajo por tener que escanear toda la documentación.
Un juicio oral es algo apasionante, todavía me pongo nervioso cada vez que empezamos uno y el juez me pregunta si el Fiscal tiene alguna cuestión previa. Y qué decir del informe, donde hay que resumir el juicio Pero esa adrenalina es maravillosa.
Debo agradecer a mis compañeros sus calificaciones y extractos, que son siempre muy buenos. Y se preguntarán los ajenos al mundo de la toga, ¿qué es esto?
La calificación es el escrito de acusación, donde explicamos los hechos que entendemos han ocurrido, decimos de qué delito se trata y finalmente pedimos la pena, y los extractos son un resumen de la causa, que te permite hacer el juicio sin mirar la totalidad de la misma.
Dedicarse al juicio oral te da multitud de perspectivas diferentes, ya que ves todo tipo de
delitos habidos y por haber. Si hay algo que me gusta es individualizar, ya que detrás de cada juicio, acusado o testigo hay personas así que aprovechando este post, os voy a contar alguna que otra anécdota.
Todo juicio empieza con las negociaciones entre fiscal y partes para rebajar la pena y llegar a un acuerdo para no celebrar el juicio. Yo siempre aplico en estas negociaciones la máxima de que un precepto penal no te arruine una buena conformidad, e intento bajar las penas al máximo posible salvo en contadas excepciones, como aquel juicio, en que un chico marroquí pidió a través de su letrado que se le pusiese un año y un día, que quería que lo expulsasen de España, que aquí no había tenido suerte y quería volver a su país.
Cuando no hay conformidad, se pasa al interrogatorio del acusado, salvo en algunas
excepciones que o no declaran, aplicando eso de que «si el silencio es más interesante que tus palabras, cállate», o cuando los abogados piden la declaración en último lugar del acusado para garantizar mejor su derecho de defensa, dando su versión tras la práctica de toda la prueba.
Recuerdo a un acusado, al que habían pillado en un robo de pleno, y cuando su abogado le
ofreció la conformidad le dijo que para el juicio. Yo le pregunté si era cierto el robo, y él, más
ancho que largo me dijo que sí, y cuando le pregunto si había entendido lo de la conformidad, va y me suelta que le daban igual cuatro que tres años.
Posteriormente se pasa siempre a la práctica de la prueba testifical, y quiero hablar de las
víctimas en general y de las de violencia de género en particular. Tenemos que agradecerlas que declaren, que nos cuenten lo que han vivido, y reflexionar todos los que componemos la administración de Justicia. Las víctimas quieren dejar de pensar en estos hechos, tan cotidianos y habituales para nosotros los profesionales pero tan traumáticos para ellas, y debemos tardar menos en terminar con los procedimientos, con el máximo respeto a los derechos de todo investigado. Más juzgados y sobre todo más juzgados especializados en violencia de género los necesitamos como el comer, porque trabajamos mucho todos los que estamos, pero necesitamos ser más para ayudar de verdad a las víctimas.
Tras las testificales, y después de dar por reproducida la documental, pasamos a las
conclusiones. Tras el informe final, en donde se resume el caso por todas las partes y el derecho a la última palabra del acusado, donde alguna vez alguno se ha declarado culpable por un ataque de sinceridad, queda el juicio visto para sentencia.
Pero no solo vivo de los juicios, también hago alguna que otra guardia, donde puedes
encontrarte cualquier situación, y cualquier llamada intempestiva pidiendo un “habeas
corpus”, como me pasó no hace mucho, y también formo parte de dos secciones
especializadas como son Delitos Económicos (acabo de entrar y poco hay que contar), como en delitos de odio, (con la artista de este blog), donde llevo desde mi incorporación a esta fiscalía como voluntario y estoy muy contento. Os hablaría más de esta última, pero se lo dejo a Susana, que lo hará mejor.
Que una persona ciega entrase a formar parte de la fiscalía, y al ser algo nuevo, podía resultar complicado al principio, pero creo que hemos superado el examen con nota. Quiero agradecer a todos los que trabajan diariamente conmigo, a los compañeros, que siempre están dispuestos a echar una mano, a José francisco Ortiz y a Teresa Gisbert, Fiscal Jefe y Fiscal Superior respectivamente, que me han dado todas las facilidades del mundo, y no han visto un problema en mi discapacidad. También a todos los jueces, que cuando voy a su juzgado nunca se molestan si hay que leer alguna documentación, o explicar alguna imagen, y finalmente a los funcionarios de nuestra fiscalía, que hacen nuestro trabajo mucho más fácil, organizando nuestras carpetillas para ir a juicio, tramitando todo el papel para que a todos los compañeros nos llegue a tiempo y un largo etc, y, especialmente, a Ana, mi funcionaria en exclusiva, por aguantarme tanto, por haberse quedado sin almorzar algún que otro día y por ser mis ojos en esta maravillosa profesión.

Ya hasta aquí, la palabras de Héctor. A partir de este momento, el aplauso. Y la ovación cerrada, que bien la merece

Aprendizaje: la práctica eterna


              Si hay algo que dura desde el principio al final de la vida, eso es el aprendizaje. O debería serlo. A lo largo de nuestra existencia, diversos maestros marcan nuestras vidas y encarrilan nuestros caminos. Y, por supuesto, ni el cine ni el teatro ni la literatura podían ser ajenos a esta figura tan especial que es la maestra o el maestro. Entre mis preferidos, el de la Lengua de las mariposas o El club de los poetas muertos, pero se podían citar muchos más.

              Si en algún ámbito el aprendizaje debería ser constante, es en nuestro teatro. Las leyes cambian casi cada día y la jurisprudencia todavía más porque, si la primera es estática y necesita de un proceso reglado en el Parlamento para cambiar, la segunda es dinámica y no necesita más que la motivación de quienes dictan la sentencia. El ABC de Toguilanda.

              Cuando yo era una pipiola que estudiaba Derecho, una de mis íntimas amigas solía decir, cuando fantaseábamos con nuestro futuro, que ella aspiraba a un trabajo donde no tuviera que llevarse deberes para casa. Chica lista, sin duda, de la que he de decir que se salió con la suya. Eso sí, no diré a qué se dedica no vaya a caerme la del pulpo. Mujer prevenida vale por dos.

              Lo que está claro que mi amiga no podía elegir de ningún modo es formar pate de nuestro teatro. Ya vimos en otro estreno que, desde los antiguos maletines de cuero hasta las actuales maletitas de ruedas, llevarnos trabajo para casa es una constante en nuestras vidas. Una constante que, además, la pandemia consagró con la llegada o la consolidación del teletrabajo que, como decíamos en su día, en nuestro caso no es otra cosa que llevarnos la tarea a casa como hemos hecho toda la vida. Exactamente, como no quería hacer mi amiga.

              Pero, obviamente, para trabajar hay que saber. Y para saber hay que estudiar y, además, hay que hacerlo siempre, porque en Toguilandia los conocimientos de hoy pueden quedar obsoletos mañana en un pis pas. Basta como decíamos que un golpe de BOE cambie una ley o un golpe de CENDOJ cambie la jurisprudencia para que nos hundan en la miseria. O mejor dicho, para que nos hagan hundir la cabeza en la pantalla del ordenador.

              No obstante, no todo en nuestro teatro son las leyes y su aplicación, aunque a veces lo parezca. Y no solo se aprenden materias sesudas, que todo es necesario. Y entre ese todo, el sentido común, ese que llaman el menos común de los lo sentidos. En más de una ocasión en el sentido común tenemos la clave del asunto a resolver. Algo que es evidente en muchos temas, entre los que quiero destacar los de Derecho de Familia.

              Para estas cosas es muy recomendable poner los pies en el suelo. Lo que me recuerda otra materia que debemos hacer esfuerzos por aprender cada día, la humildad. Proliferan, por desgracia, en nuestro ámbito, togados y togadas que se creen Dios con pandereta y van dando lecciones a diestro y siniestro, como si estuvieran en la continua y permanente posesión de la verdad. Y nadie posee tan divino tesoro, por más que se lo crea. Y por más que mi madre crea que es todo mío. Que no se entere, pero yo también me equivoco. Guardadme el secreto.

              Confieso que a mí me encanta aprender. Aprendo de mis compañeros y compañeras, de quienes se sientan en los otros lados de los estrados, del justiciable y hasta a veces del investigado. Al menos, te enseñan qué es lo que no se debe hacer, que no es poca cosa en los tiempos que corren. De hecho, siempre digo que el día que deje de aprender, tendré que colgar la toga porque habré perdido la perspectiva. Y la ilusión.

              Y si de alguien me gusta aprender especialmente, es de la gente joven, de quienes empiezan su vida toguitaconada y tienen muchas funciones por delante.

              Los alumnos y alumnas de Practicum siempre me aportan mucho. El hecho de saber que lo que vean -y lo que no vean- en mi trabajo va a influir decisivamente en la decisión que tomen para su futuro es una responsabilidad importante de la que no siempre somos conscientes. Pero, además, nos pueden regalar lecciones de vida impagables, como la que nos dio mi querida Celia en este mismo blog no hace mucho sobre los trastornos de alimentación

              Subiendo un escalón más, me encuentro a fiscales en prácticas. Cuánta ilusión, cuántas puertas a traspasar, cuánta vida por delante. Cuántas oportunidades de cambiar el mundo que no pueden desaprovechar. Y qué suerte la de quienes podemos compartirla y poner nuestro granito de arena.

              Aunque, quizás, de quienes más aprendo es de otros fiscales. De quienes tienen más veteranía, sin duda, y por razones obvias. Pero se puede aprender mucho de quienes acaban de llegar, y cosas que tal vez nunca imaginamos. Ya he hablado varias veces de mi compañero Héctor, que compensa con creces la carencia del sentido de la vista con dosis extras de esfuerzo. Espero que en breve atienda a mi invitación de contarnos cómo se ha sentido en su primer año de fiscal, pero yo adelanto que con él he aprendido en un año más que en infinitas enciclopedias. Y sigo aprendiendo.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Espero que estas reflexiones también sirvan para aprender un poco. Yo, por mi parte, también aprendo cada día de quienes me leen y de sus comentarios, así que animo a hacerlos. Y no me olvido del aplauso, hoy dedicado para todas las personas que, desde cualquier lugar y cualquier ámbito, me enseñan. Gracias