Honestidad: Preguntas de ayer y de hoy


  • Hoy en nuesrro teatro un relato especial

Preguntas de ayer y de hoy

  • Papá, ¿qué es ser honesta?
  • No sé, hija ¿por qué me lo preguntas?
    Se lo preguntaba por algo que había oído y que, como tantas otras cosas, no había comprendido. Me gustaba escuchar las cosas que se oían en la sala de espera del despacho de mi padre. Él era abogado, y tenía su despacho en el mismo piso donde vivíamos, que estaba dividido en dos. La parte dedicada a su trabajo, que comprendía una sala de espera y un despacho que a mí me parecía enorme, era territorio prohibido. Y, como todo lo prohibido, me parecía tan atractivo que, en cuanto podía, me ofrecía para abrir la puerta y anunciarle a los clientes que llegaban. Me sentía importante diciendo que había llegado el señor Fulano, o la Señora Mengana, e invitándoles a pasaran a la sala de espera como si se tratara de un ritual maravilloso. Algún día yo también formaría parte de ese ritual, de eso estaba segura.
    Fue en esa sala de espera, mientras les indicaba que tenían revistas para leer y que esperaran un momento, que el señor abogado les atendería enseguida, cuando escuché aquello. Como la chica no era honesta, decía uno de aquellos hombres a otro, él podría salirse de rositas.
    Ya hacía tiempo que sabía que “salirse de rositas” era librarse de un castigo, pero de aquello de la honestidad no tenía ni idea. Y a mí me gustaba saberlo todo. Por eso pasaba tantas tardes abriendo la puerta cuando se suponía que estaba haciendo los deberes. Y mi padre, desde luego, agradecía esa labor que le ahorraba tiempo, o el dinero que hubiera gastado en una recepcionista. Entre mi madre y yo, cubríamos ese puesto con creces.
    Mi padre era muy hábil para escaquearse de responderme a preguntas incómodas y, aunque yo muchas veces insistía, eran muchas más las que él se salía con la suya.
    Pero esa vez no tuvo suerte. Cuando ya creía que se había librado de responderme, volví a la carga con otra pregunta, si cabe, peor.
  • ¿Y qué es una prostituta?
    Recordaba que una vez, en el colegio, nos dijeron que una prostituta era una mujer que vendía su cuerpo a cambio de dinero. Nos lo explicaron en clase de religión, a propósito de la figura de María Magdalena, pero a mí no me quedó nada claro. Si aquello de vender el cuerpo era una cosa mala ¿por qué la Magdalena no había ido derechita al infierno? Las monjas, desde luego, no estaban dispuestas a darme más explicaciones, y mi padre parecía llevar el mismo camino.
  • Papá, ya sé que es quien vende su cuerpo a cambio de dinero. Pero lo que no entiendo es cómo se puede vender un cuerpo
  • Verás, hija. Hay personas que se ven obligadas a hacer cosas que no quieren
  • ¿Qué cosas?
  • Pues imagina que alguien quiere un beso. Ella no quiere dárselo, pero si le paga por ello, se lo da
  • Pero ¿por qué iba a hacer eso?
  • Pues porque a veces las personas necesitan dinero, y no tienen otro modo de conseguirlo. Imagina que tuviera un hijo enfermo, o que no tuviera para darle de comer y el niño tuviese hambre.
    Me acordaba de aquello cuando paseaba, pasillo arriba, pasillo abajo, a la espera de una llamada. Habían pasado muchos años desde aquella conversación con mi padre y ya nadie usaba aquel despacho, ni nadie se sentaba leer revistas en aquella sala de espera. Pero, como yo soñaba desde que abría la puerta, yo había pasado a formar parte de aquel ritual, aunque el tiempo le hubiera robado ese halo de misterio que tanto me atraía.
    La llamada no llegaba y mi nerviosismo iba en aumento. El jurado llevaba varios días reunido, y se decía que ya estaba todo decidido. Solo quedaba atar unos cabos sueltos, redactar el veredicto y dar el anuncio. Entonces entraríamos todos en la sala
    de vistas y, como ocurría siempre, habría quien saliera satisfecho y quien sintiera frustradas todas sus expectativas. Podría ser, incluso, que ni una cosa ni otra. Era lo que tenía una profesión donde, casi desde el principio, había que asumir que unas veces se gana y otras se pierde. Eso era lo que decía siempre mi padre y lo que, con el tiempo, había comprobado que era una verdad irrefutable.
    No era mi primer asunto en el que aparecía el oscuro mundo de la prostitución, pero sí, desde luego, el más grave con el que me había encontrado. Ahora recordaba el desosiego con el que se encontraron los compañeros que, en mi primer destino, se tuvieron que enfrentar nada menos que a un asesino en serie cuyas víctimas eran, en su mayor parte, prostitutas. Aquel asunto pasó a los anales de la historia judicial española y, aunque a mí solo me rozó, nunca me lo quité de la cabeza. Aunque pensé que nunca me encontraría con algo semejante.
    Me había enfrentado a un asunto enorme, en calidad y cantidad. Mediático como pocos por su contenido y por las circunstancias. Y rodeado de esa aureola de oscuridad y misterio que el mundo de la prostitución confiere a todo lo que toca. Nada menos que 3 mujeres muertas y 7 víctimas más, además de ellas mismas, de agresión sexual, y un tráfico de drogas como colofón. Una madre coraje, un cadáver sin aparecer y un tipo sombrío en el banquillo de los acusados eran ingredientes más que suficientes para convertir aquello, si no en el juicio del siglo, si en el juicio del año. Y uno de los que marcarán mi vida profesional, sin duda. La suerte estaba echada.
    Poca gente fuera de este mundo puede imaginar esa sensación que se tiene mientras se espera el veredicto de un jurado. Pero es una ansiedad comparable con ocas sensaciones en el mundo. Nuestro escenario habitual es el de los asuntos juzgados por profesionales del Derecho y cuando estamos en manos de legos la sensación de desnudez es tremenda. Casi tanto como la de pisar arenas movedizas.
    No era la primera que, a lo largo del proceso, evocaba la pregunta que hice a mi padre. No sé si es inevitable, pero ocurre con mucha frecuencia en los delitos sexuales que el foco del reproche se cambia de acusado a víctima. El hecho de que se hubieran visto abocadas a prostituirse es algo que siempre es traído a colación para descargar la culpa del único culpable. Esa honestidad por la que preguntaba a
    mi padre desapareció del Código, pero no desapareció con tanta facilidad de las mentes.
    Llegó la hora. El auxilio judicial nos llamó para entrar en sala. Los miembros del jurado estaban dispuestos y, una a uno, fueron leyendo todos sus veredictos, todos de culpabilidad, tantos como delitos por los que se acusaba.
    Sonreí. A mi cabeza volvió mi padre, y mis preguntas de niña. Ya no hay que ser honesta para ser considerada víctima del delito, pensé. Pero, como si estuviera allí mismo, él me dio la respuesta que había guardado en su momento
  • Pero ser honesta, poco tiene que ver con eso. Y esas víctimas a las que hoy se ha hecho justicia eran honestas a carta cabal.
    Sin duda, papá. Sin duda.

Despecho: ¿hay derecho?


              El despecho, la revancha o la venganza en temas sentimentales ha dado para mucho en la literatura y el espectáculo. Títulos como Revenge o Venganza dan idea de hasta donde puede llegar el ser humano cuando se siente despechado por amor, y ahora mismo la canción de Shakira y Bizarrap dedicada -presuntamente, claro- al ex de la cantante está haciendo correr ríos de tinta. Y no es para menos.

              En nuestro teatro, las venganzas por estos temas están a la orden del día. No son tan brillantes artísticamente hablando como la de la colombiana ni tienen tanta repercusión, pero desde la porno venganza, que ya ha adquirido carta de naturaleza, hasta otras muchas conductas encuadradas en las coacciones, la integridad moral, la intimidad e incluso, la violencia de género y doméstica, podemos encontrar muchos y variados ejemplos. Así que vamos a ello.

              Nada más escuché la canción y me percaté de la repercusión estratosférica, me vino a la cabeza un caso que tuve hace mucho tiempo. Se trataba de un tipo que, después de que su novia le hubiera dejado por otro, se dedicaba a ponerse debajo de su casa, aparcado con su coche y con la música a todo volumen reproduciendo una y otra vez el mismo tema: Mariposa traicionera, de Maná. Ahí queda eso. Para quien tenga la curiosidad, diré que el individuo acabó condenado no solo por un delito de coacciones -entonces no existía el delito de acoso en el Código Penal- sino también por varios quebrantamientos de medida cautelar. Y es que, para desesperación de su abogada, hacía caso omiso a las advertencias de que no repitiera tal conducta. Solo un fragmento de la letra sirve para hacerse una idea: “vas de boca en boca, fácil y ligera de quien te provoca”. Ahí queda eso.

              Menos poética y más frecuente es lo que se ha dado en llamar la porno venganza, en que el sujeto despechado se dedica a publicar cosas para perjudicar a la causante de su despecho. En ocasiones, los famosos videos e imágenes íntimas que motivaron que, tras el fracaso jurídico del caso de Olvido Hormigos se tipificara esta conducta, y en muchos casos la difusión de los datos de contacto de la víctima anunciando sus “servicios sexuales” en cualquier red. He visto casos de mujeres desesperadas que tenían hasta 100 llamadas en un solo día solicitando una cita. Poca broma.

              Lo que hace Shakira en este caso tiene su enjundia. Y no porque sea nada nuevo, sino por otras muchas razones, además de las puramente artísticas, que las hay. ¿Nadie recuerda aquella canción de Alaska y Dinarama que todavía cantamos a voz en grito en verbenas y saraos titulada “¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?”? Pues, para jóvenes y desmemoriados, reproduzco un trozo bien ilustrativo: “La calle desierta, la noche ideal, un coche sin luces no pudo esquivar un golpe certero y todo terminó entre ellos de repente” A ritmo machacón, repite varias veces que no se arrepiente, que volvería a hacerlo y que son los celos. Es decir, un caso de violencia doméstica como la copa de un pino. Y por supuesto que ni da nombres ni está basado en hechos reales, pero yo, si fuera Mario Vaquerizo, me cuidaría de no serle infiel. Por si las moscas.

              Por la misma época, pero al otro lado de la pareja, los Hombres G tenían un gran éxito –Sufre, Mamónfocalizando su venganza en el niño pijo con un Ford Fiesta blanco y un jersey amarillo que les levantó a la novia. Es cierto que su represalia, consistente en llenarle el cuello de polvos pica-pica podría no ser gran cosa, pero cantarlo les dio un éxito sin precedentes que, como el anterior, seguimos berreando a pulmón en cualquier fiesta remember que se precie. O no remember, vaya.

             Mucho mejor eso que lamerse las heridas como hacían Los pecos con su voz en falsete llorando por el parque sus amores no correspondidos, o el mismísimo Fary penando porque ella se iba a casar con otro que no era él, y además con el vestido que tendría que usar para su boda. Ya hay que tener mala leche.

              Y ojito, que dicen las malas lenguas que Julio Iglesias hizo un Shakira muchos años atrás cuando se lamentaba cantando Hey. Le decía a su destinataria -ahí dejo espacio a la imaginación- que no fuera presumiendo por ahí diciendo que no podía estar sin ella. Y, por supuesto, entonces, que no teníamos la piel tan fina para algunas cosas, pensábamos que ella podía decir lo que le viniera en gana y él cantar lo que tuviera a bien. Acabáramos.

              Por supuesto, no podría dejarme en este pequeño repaso a Paquita la del Barrio, cuyo tema poniendo a su ex de hoja perejil llamándole «rata inmunda» entre otras lindezas ha vuelo a sonar gracias a Shakira. Y no olvidemos tampoco a la Jurado, que era la más grande hasta para insultar a su propio: «es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inseguro de sí mismo, falso enano rencoroso que no tiene corazón». Por cierto, juro que esta retahíla la escrito de carrerilla, sin mirar Google ni nada. Y es que me la aprendí de memoria siendo una niña viendo la tele, allá por finales de los 70. Imaginad la cara de mi madre cuando escuchó mi voz angelical cantando semejante ristra de improperios. Pero hemos sobrevivido. Ambas (mi madre y yo, no la Jurado, como todo el mundo sabe)

              Otra experiencia curiosa con este tipo de canciones -¿o debería decir himnos?- la tuve no hace mucho yendo con mi hija en el coche. Sonaba un programa de canciones dedicadas, y alguien dedicaba una canción a toda su familia. Mi niña y yo nos quedamos de pasta de boniato cuando descubrimos que la canción dedicada era la de C TanganaTú me dejaste de querer”. Que nada menos dice que le dio la espalda cuando más le necesitaba, así que para imaginar las relaciones en esta familia. Mucho me temo que alguna que otra visita habrán hecho a Toguilandia.

              Pero volvamos a Shakira y al derecho ¿Podría ser demandable o denunciable por el aludido la canción? Pues en la vía penal, difícilmente. Por un lado, tenemos la exceptio veritatis -para quien no lo sepa, se trata de probar que la supuesta calumnia o injuria son verdad-, y que no le digan a la colombiana que no puede probar lo de la suegra de vecina, la prensa en la puerta ni la deuda en Hacienda, porque es verdad verdadera. Y, además, lo de la suegra podría ser hasta una causa de justificación porque hay algunas que dan para varios post. Que le pregunten a mi amigo Paco Rosales si no.

              Y aquí lo dejo. O no, porque no me voy a privar de decir que a mí me encanta que de una vez se acabe el cliché de la mujer despechada que llora por las esquinas y se encierra en su cuarto. Ella lo pone verde y tiene la posibilidad de que todo el mundo lo sepa, así que, porque ella lo vale. Por eso le daré el aplauso de hoy. Eso sí, sin que sirva de precedente.

Micromachismos: machismos cotidianos en Toguilandia


              Nuestra sociedad no siempre ha sido como es ahora. Hubo un tiempo, no hace mucho, en que la igualdad brillaba por su ausencia y los roles de género no solo existían sino que estaban bendecidos por la ley. Y esa sociedad, como no podía ser de otro modo, dio lugar a multitud de películas se señoritos y criadas, como Las que tienen que servir y, más tarde, en un aperturismo que seguía siendo machista, a estereotipos de suecas liberadísimas y españolitos que perdían el resuello con solo verlas porque, como rezaba el titulo de una película Lo verde empieza en los Pirineos.  Aunque no solo en nuestro país cocían habas, no tenemos más que recordar el argumento de la teóricamente blanca comedia Siete novias para siete hermanos, donde siete tipos hechos y derechos raptan a sendas muchachas para emparejarse con ellas a la fuerza. Hoy las cosas no son tan evidentes como en estas y otras películas -en Sor Citröen una monja bendice la violencia de género en tono de comedia- pero los sesgos machistas se dejan ver más de lo que deberían.

              En nuestro teatro pasa un poco igual. Hubo un momento en que el machismo no solo era evidente son legal, y hoy, aunque teórica y legalmente la igualdad es absoluta, la realidad nos premia con ejemplos que demuestran que no lo es tanto.

              Empezaré diciendo que no me gusta la expresión “micromachismos” por más que haya adquirido carta de naturaleza en muchos ámbitos. No hay machismo pequeño, como no hay racismo, antisemitismo o aporofobia pequeños. La discriminación siempre es grave, aunque ocurra con tanta frecuencia que la normalicemos. Por eso prefiero el nombre de “machismos cotidianos”.

              Ya he contado alguna vez que, cuando llegué a mi primer destino, junto con dos compañeras más recién salidas de la Escuela Judicial, alguien dijo, medio en broma medio en serio, que había reclamado fiscales, no niñas. Era una broma, pero ahí queda el sesgo. Todavía dudo de si la frase hubiera sido la misma de llegar tres varoncitos encorbatados en vez de nosotras. No obstante, confieso que no tardamos en aprovecharnos de esa supuesta desventaja y cuando llegaba alguien con algún “marrón” en ciernes y preguntaba por el fiscal, le indicábamos amablemente la silla de nuestro compañero varón, al que acudía el aludido sin plantarse en ningún momento que nosotras también éramos fiscales.

              De unos años antes es la anécdota de una compañera que, llegada a su primer destino y dispuesta a alquilar una casa, se encontró con un arrendador que, se refería a ella en todo momento como “la fiscala”. Pero no es que ya fuera muy adelantado el hombre en el lenguaje inclusivo, sino que estaba convencido de que quien acabaría pagando la renta sería el fiscal auténtico, dado que para él “la fiscala” solo podía ser su mujer. Y lo que costó convencerle de otra cosa.

              De esa misma época data lo que cuenta otra compañera, cuyo marido, cuando supo que había aprobado judicatura -entonces el examen se hacía diferenciadamente del de fiscalía, aunque el temario era idéntico- la convenció para que se presentara a las oposiciones a fiscal porque ”eran mucho mejor para las mujeres”.

              Y ese parecía ser el espíritu de una ley que no permitió a las mujeres incorporarse a las carreras judicial y fiscal hasta diciembre de 1966, aunque de facto lo hicieran mediados los 70 -precisamente acaba de fallecer Josefina Triguero, la primera mujer que ingresó en la carrera judicial- habida cuenta que hasta entonces no habían podido plantarse estudiar. Pues bien, la ley anterior -principios de los 60- solo dejaba ejercer la judicatura en materias como Menores o Laboral, que eran , según consideraba el régimen, más acordes con nuestra “especial sensibilidad”. Una sensibilidad de la que siguió hablando incluso al abrir la puerta a nuestro ingreso en estas carreras.

              Pues bien, aunque creamos que eso era cosa de entonces, todavía colean algunos estereotipos, como que las mujeres somos más adecuadas para materias como Menores o Violencia de género. De hecho, somos una mayoría aplastante en  estas jurisdicciones. Sin embargo, me he encontrado más veces de las que quisiera con organizadores de cursos que se empeñaban en traer a un hombre para mostrar una paridad que no existía. Y, llamadme tiqisimiquis, pero ya es casualidad que por estos lares, solo se haya premiado con distinciones institucionales a dos jueces varones a pesar de que no alcanzaban ni el 10 por ciento de los titulares de esta jurisdicción. ¿Casualidad o no? Pues no lo sé y sin poner en duda que lo merecieran, lo bien cierto es que el hombre que se dedica a la violencia de género parece tener un plus o un especial mérito para algunos. Algo así como considerar “padrazo” al padre que lleva a sus hijas e hijos al parque o les cambia los pañales, cuando, si es su madre, se considera lo normal.

              A este respecto, todavía recuerdo con estupor las palabras de una Señoría que, en un curso sobre violencia de género, nos dijo, como si fuera lo más gracioso del mundo, que deberíamos estar contentas porque nos habían creado unos Juzgados Ausonia, solo para mujeres. Verdad verdadera.

              Pero si alguien no me cree, que mire dos ejemplos muy ilustrativos. Más del 90 por ciento de las excedencias por cuidado de hijas e hijos o personas dependientes la piden juezas y otro tanto pasa con las fiscales frente a los compañeros de sexo masculino. Porque se sigue pensando que somos nosotras las encargadas de los cuidados. Aunque además de eso, pongamos sentencias o elaboremos escritos de calificación. Lo cortés no quita lo valiente

              Y, como la discriminación viene por todos los frentes, al otro lado de estrados también encontramos muestras notorias. Un investigado por violencia de género, no hace mucho, echaba pestes de su abogada de oficio porque él quería un abogado “de verdad” y no una mujer, y otro trataba de ser coleguita del juez, refiriéndose a su esposa como “la parienta”, ante su cara de estupefacción. Y, por desgracia, todavía vemos cada día quienes llevamos asuntos de violencia de género, como hay investigados que tratan de justificar su reacción agresiva en que ella no tenía la casa limpia, no hacía la comida o tenía a los niños hechos unos adanes, como si la casa, la comida o los niños fueran exclusiva competencia femenina. Y, lo que es más triste, también hay mujeres víctimas que justifican la actitud e sus verdugos autoinculpándose de tan terribles pecados de la intendencia doméstica.

              ¿Y qué decir de los insultos por los que se siguen juicios por vejación injusta? Pues la inmensa mayoría van en la línea de “puta”, “zorra” y similares, cuando no “gorda”, “fea” o “inútil”. Perfectos para la guía del vocabulario machista por antonomasia

              En fin, que avanzamos, pero debiéramos hacerlo más. Y la conciliación o, mejor dicho, la corresponsabilidad, sigue siendo un escollo.

              Pero bien está hacer de vez en cuando examen de conciencia y repasar nuestro machistómetro, que, cuando menos lo esperamos, nos da subidas tremendas

              Y hasta aquí el repasito de hoy. El aplauso se lo daré a quienes son capaces de percatarse de sus propios sesgos machistas y tratan de corregirlos. Porque el diagnóstico es el primer paso. Y, al fin y al cabo, quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra

Dia de Reyes: anécdotas de Magos toguitaconadas


              Aunque no tanto como Papá Noel, que gana por goleada a nuestros Reyes en cuanto a películas al respecto, también Melchor, Gaspar y Baltasar tienen sus metros de celuloide. Los Reyes Magos es una película de animación que fue en su día muy premiada, y no hay película navideña española donde nuestros magos no salgan a colación para espolear la ilusión de La gran familia. Y es que algunos de nuestros mejores recuerdos de infancia tienen relación con este día mágico.

              En nuestro teatro podríamos pensar que poca influencia tienen los Reyes, más allá de que su día sea festivo y, por tanto, inhábil -aunque a partir de 2022 todas las navidades serán inhábiles- y de que cada año pidamos cosas como medios personales y materiales para nuestra pobrecita Justicia. De hecho, en Toguilandia todos los años enviamos carta a los Reyes , aunque no siempre nos traen lo que pedimos. Pero por insistir que no sea.

              Hoy, no obstante, como los Reyes ya han pasado, vamos a contar alguna otra cosa. Porque la fiesta de Reyes también puede influir en nuestro mundo. Y más de lo creemos.

              Leía hace unos días un artículo donde se recopilaban algunos casos jurídicas curiosos relacionados con los Reyes Magos. Las anécdotas iban desde un tipo al que se denegó la nacionalidad española por no conocer a los Reyes Magos hasta los efectos jurídicos de un caramelazo desde la cabalgata de Reyes. Luego, la verdad es que la realidad no es tan pintoresca, y la razón por la que le denegaron la nacionalidad a aquel hombre no era exactamente por no conocer a los Reyes Magos sino por no tener ni repajolera idea de la cultura y costumbres españolas, entre las cuales había una pregunta referida a nuestros queridos Magos.

              Lo del caramelazo trajo más cola. Se trataba de una reclamación por los daños producidos al impactar un caramelo lanzado desde una de las carrozas de la cabalgata. No sé muy bien como acabó la cosa, pero parece que resolvió alrededor de la responsabilidad patrimonial de la Administración correspondiente. Solo faltaba que le hubieran imputado al paje real unas lesiones imprudentes.

              Otras cuestiones curiosas son las relativas a la contratación de quienes representan a los Reyes Magos, que, como sabemos, aunque tienen el don de la ubicuidad, siempre agradecen que les echen una manita. Pues bien, tanto los Reyes que cada año los representan como sus carteros, pajes y emisarios reales podrían reclamar un contrato fijo discontinuo. Y no andarían desencaminados. Ahí lo dejo.

              Más desencaminado resultaría, en cambio, quien intentara como alguna vez se ha insinuado, perseguir por racismo a quienes pintan a una persona de pie blanca con betún o similares para hacer de Baltasar. A pesar de que lo hemos visto toda la vida, podría ser inadecuado, incorrecto por eso que llaman “blackface” que hoy se rechaza, pero nada más. No saquemos las cosas de quicio. Y ya sabemos que no hace falta pintar la cara a nadie habiendo personas que pueden hacer ese papel sin maquillaje alguno.

              Y ahora llega el momento estelar de este estreno, en el que me voy a hacer eco de una historia que me contaron ayer mismo y que no podía dejar de relatar. Y hoy es el día, mientras abrimos regalos y comemos roscón.

              Resulta que tal día como el 5 de enero, un día de trabajo en Toguilandia por más que sea inhábil -recordemos que para la instrucción todos los días son hábiles- se cita a un hombre que está en prisión preventiva para que comparezca en el juzgado. Y cuál no será la sorpresa de Su Señoría cuando desde el centro penitenciario le suplican que no lo trasladen a ningún sitio ese día. La Juez, como no podía ser de otro modo, preguntó por qué, y le dijeron que tenía que hacer de Rey Mago para la fiesta que organizaban en la prisión y les desmontaban la función. Y ojo, que no solo era eso, era que le habían comprado un balón de regalo y no se lo podrían dar si se lo llevaban. Tal cual lo cuento.

              Al final, el preso no fue trasladado y la fiesta pudo realizarse. Aunque los medios tecnológicos permitieron que no hubiera de suspenderse el acto. Y que al final el muchacho tuviera su balón, no fuéramos a perder a un Pelé en potencia. Y es que, hasta en las peores circunstancias, los Reyes son Magos.

              Por eso hoy el aplauso lo dedico a quienes me han proporcionado esta jugosa anécdota, que quedan en el anonimato -aunque a mí siempre me gusta decir, con Gomaespuma, en el Economato-, pero ellas saben quiénes son. Que también les traigan muchas cosas los Reyes

Juzgados mixtos: ¿justicia de segunda?


              La vida rural ha dado lugar a numerosos estereotipos -y no tanto- que han motivado verdaderas obras maestras del cine, como Los santos inocentes o comedias propias de una época, como La ciudad no es para mí. Y, por supuesto, un filón para las películas alemanas bucólico románticas con las que la cadena pública nos facilita la siesta los fines de semana. Y eso siempre se agradece.

              En nuestro teatro la diferencia entre pueblos y ciudades, y a su vez, entre ciudades grandes y pequeñas tiene importantes consecuencias. Aunque, en realidad, más que de pueblos y ciudades deberíamos hablar, por un lado, de capitales de provincia y poblaciones que no lo son, y, por otro, de poblaciones con un considerable número de habitantes y con un no tan considerable número. Aunque, como siempre pasa en la Administración de Justicia, todo esto es un lío imponente que proviene de una planta judicial de hace dos siglos y de unas leyes a juego con ellas. Para entendernos, de cuando las distancias se salvaban con coche de caballos y las comunicaciones por Internet no eran capaz de imaginarlas ni el mismísimo Julio Verne.

              Todo este rollo viene a propósito de explicar el tema a que dedicamos el estreno hoy, los Juzgados Mixtos, o sea, Juzgados de Primera Instancia e Instrucción. Estos juzgados son aquellos cuyas competencias suman todos los temas civiles y penales, a los que en algunos casos se añadía el Registro Civil o la Violencia de Género. Una mezcla a veces imposible de conjugar, sobre todo teniendo en cuenta que a esos juzgados solían ir los jueces y juezas recién salidos del horno, es decir, de la Escuela Judicial. Ahora tampoco eso es un criterio, ya que con el advenimiento de situaciones temporales que se hacen definitivas -los famosos JAT que y tuvieron su propio estreno- y de las plazas en expectativa de destino, las togas pueden estrenarse en cualquier juzgado, incluso los dedicados a especialidades como social, contencioso, mercantil o inventos como el de los juzgados de claúsulas suelo. Un pastiche difícil de comprender, pero es lo que hay.

              Pero, volviendo a los Juzgados mixtos, estos se caracterizan, además de por sus extendidas competencias, porque corresponden a pueblos o ciudades con un índice poblacional mediano o pequeño. Algunos, tan pequeños que ni siquiera existe ningún otro en la misma población, viéndose abocados a una situación tan esclava como la guardia permanente.

              Para que quienes no sean duchos en el tema se hagan una idea, en estos juzgados igual se instruye un asunto enorme de corrupción que el hurto de un salchichón, una demanda millonaria contra una empresa que el incumplimiento de la obligación de entregar la cesta de navidad que te tocó en el sorteo, el divorcio del siglo o la reclamación de la cuantía de las gafas el niño. Tan pronto acuden a un levantamiento de cadáver como a la entrada y registro de un prostíbulo. Y si, además, llevan Registro Civil, casan o dan o deniegan la nacionalidad. Y si suman la violencia de género, llevan estos asuntos y conceden o deniegan órdenes de protección. Y, con frecuencia varias de esas cosas el mismo día, porque la Ley de Murphy es lo que tiene.

              La cuestión es que, al hilo de esto, surge una pregunta que se repite cíclicamente. ¿Centralización o descentralización? Es lo que ahora se ha puesto sobre la mesa con la llamada comarcalización de los juzgados de Violencia sobre la mujer, que también se llamó «extensión de la jurisdicción». La cosa consiste en juntar varios partidos judiciales para crear un único juzgado de violencia sobre la mujer, con especialización y competencia exclusiva. Algo que tiene sus ventajas e inconvenientes. Entre las ventajas, la tan cacareada especialización -siempre que sea real y no un mero cursillo para cubrir el expediente- y la exclusividad, que impide que se demoren las cuestiones de esta materia porque surja cualquier otra. Entre los inconvenientes, que se alejan los juzgados de los domicilios de las víctimas, cuando la ley había establecido la competencia de su domicilio y no la general del lugar de comisión del delito. ¿Cómo cohonestar ambas cosas? Pues teniendo en cuenta todas las circunstancias, especialmente la lejanía, el acceso a medios de transporte, y la existencia de comisarias o colegios de la abogacía diferentes. Porque si no se tiene en cuenta todo esto, puede hacerse desistir a la víctima, y eso es muy peligroso. Aunque, de otro lado, siempre está el argumento de que si alguien quiere curarse un cáncer, prefiere desplazarse al hospital de referencia por lejano que sea que al ambulatorio de bajo de casa. Lo mejor es llegar a ese punto medio donde está la virtud, pero lo difícil es encontrarlo.

              Lo cierto es que otras materias, tan sensibles como Menores o Laboral, están centralizadas en la capital y nadie lo cuestiona. Y también puede ser costoso el desplazamiento para un menor o para una persona que ha sido despedida injustamente. Un elemento más para la reflexión.

              El caso es que quienes despachan estos juzgados son verdaderos héroes y heroínas, expuestos a que cualquier día les caiga un asunto gordísimo para el cual no tienen medios, ni tiempo. Hay un ejemplo de un juzgado de Castellón donde, tocados por la lotería del reparto con un asunto de corrupción de enormes proporciones, veía pasar a un titular tras otro sin solución de continuidad. Y no era por ninguna conspiración que quisiera apartarlos del juzgado, como se empeñaban en ver algunos medios de comunicación, sino porque en cuanto se acababa el tiempo de congelación  -dos años, que antes era uno, en los que no se puede concursar a otro juzgado- salen huyendo como alma que lleva el diablo. Y con razón.

              Así que la próxima vez que se critique a quien lleva uno de estos juzgados -sea juez o jueza, fiscal, LAJ o funcionario- pensemos todo lo que llevan encima en las trincheras de cada día. Que ya dice el refranero que quien mucho abarca, poco aprieta. Y ahí se abarca mucho, pero no por su elección.

              Por eso les dedico hoy mi aplauso. Porque lo merecen

Adiós 2022: bienvenido 2023


              Como cada año, ha llegado el momento de hacer balance, también desde nuestro teatro. Y, como en el cine, echaremos la vista atrás para quedarnos con Algo para recordar y diremos Adiós a todo lo malo. Siempre hay una oportunidad para Volver a empezar.

              En nuestro teatro, ha habido de todo un poco. Nos removieron las aguas, una vez más, al no mover lo que debería estar más agitado que el Martini de James Bond. Hablo, por supuesto, del Consejo General del Poder Judicial, que sigue un año más -y van cuatro- de prestado ante la incapacidad de los políticos de ponerse de acuerdo. Y aprovecho la ocasión para recordar algo que nunca se dice lo suficiente. El Consejo General del Poder Judicial no es Poder Judicial. Ni siquiera es Administración de Justicia en sentido estricto, sino un órgano de carácter político por su modo de elección y sus funciones. Es el órgano de gobierno de los jueces -y juezas- como tantas veces nos dicen, pero ni todos sus miembros proceden de la carrera judicial ni ejercen la jurisdicción como tal Consejo. La Justicia de verdad queda muy lejos de sus despachos, en las trincheras del día a día de cada Juzgado y cada Fiscalía de España, donde resolvemos pequeños y grandes problemas con casi siempre pequeños medios. Es lo que hay.

              Tampoco es Poder judicial ese Tribunal Constitucional cuya renovación nos ha producido días de terremoto -y de sonrojo- y que finalmente se ha renovado en tiempo de descuento. Tanto, que sus nuevos miembros toman posesión el 31 de diciembre. Si se descuidan, no llegan.

              Pero más allá de nuestro teatro, y del mundo ene general, con sus guerras y sus desastres varios, está la historia personal. Y también de esta toca hacer balance. Mi balance toguitaconado, en este caso.

              En lo profesional, penas que son alegrías, y viceversa. Las denuncias por delitos de odio, a los que, junto con los compañeros de la sección que capitaneo, dedico mucho tiempo y mucha ilusión, continúan creciendo, sin que nunca sepa bien si es una buena o mala noticia. Mi parte optimista me dice que si suben las denuncias es porque la gente que sufre estos delios empieza a reaccionar, a confiar en la justicia y a romper ese silencio que es el gran obstáculo para perseguir estos hechos. Mi yo pesimista me dice que, en esta sociedad tan polarizada, donde el discurso de la desigualdad ha llegado a las instituciones y ha llegado a sentar sus posaderas en el poder, los delitos crecen Supongo que la verdadera respuesta estará en el punto intermedio. Pero yo sigo teniendo a mi fiscalita positiva y a mi fiscalita siesa peleándose entre ellas. Aunque, por suerte, ninguna de las dos deja de trabajar.

              ¿Y qué voy a decir de la violencia de género, la otra parte de mi trabajo? (No, no me lo he dejado por los delitos de odio, sino que lo he sumado, porque hay quien sigue preguntándolo). Y es que, visto lo visto en el último mes, todas las manos son necesarias. Siguen asesinando mujeres, y seguimos sin dar con la solución. Y no olvidemos que más allá de leyes y medidas, lo más importante son los medios para llevarlas a la práctica, y ahí en Justicia siempre andamos escasos. Y, por supuesto, recordemos una vez más que la ciudadanía tiene un papel esencial en este tema, y no siempre da la talla. El negacionismo se ha inoculado a mucha gente y la pasividad se ha instalado en otra mucha, Demasiada. Y sin un reproche social firme y contundente, esto nunca acabará. Nunca. Porque en los juzgados gestionamos el fracaso, pero la solución ha de estar en la prevención. En el antes, no en el después.

              Por eso agradecí tanto todas las muestras de apoyo en ese tema por el que me sentí abrumada . Fue -y sigue siendo- muy desagradable tener a alguien que utiliza mi imagen para decir barbaridades y tratar de humillarme. Insisto en lo de “tratar” porque, como dice el refranero, no ofende quine quiere sino quien puede. Pero, como dije en su día, me quedo con las muestras de apoyo, que vinieron desde personas particulares hasta instituciones como la Fiscalía General del Estado, desde personalidades como la ministra de Justicia o la delegada de Gobierno contra la Violencia de Género hasta asociaciones judiciales y fiscales. Y, por supuesto, los medios de comunicación, empezando por Loreto Ochando, que desde El Plural fue la primera, hasta muchísimos otros medios. Mil gracias otra vez. Seguro que el 2023 es el año de finalización de esto.

              Pero, como reza el dicho, mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido. Y yo me niego a eso. Así que también ha muchas cosas bonitas que contar en el terreno personal. El primero, mis libros. Este año no vio la luz ninguna de mis criaturas en solitario, porque las que ya van por ahí, Els cabells molt rulls sobre todo, necesitaban el espacio que la pandemia les robó. Pero el año que viene empezará fuerte, ahí lo dejo. De momento, he intervenido en la antología de 101 Relatos Judiciales, con un relato sobre Clara Campoamor que me encantó escribir y en Salgan con los libros en alto, de Generación Bibliocafé, que además ha celebrado sus primeros diez años de vida.

              La literatura, junto con otra de mis grandes pasiones, las fallas, me dieron las primeras alegrías del año. Sendos segundo y tercer premio en el certamen literario de aproposits fallers, infantil y adulto, de Junta Central Fallera. Una suerte de obra de teatro con características propias a la que he tomado gusto.

              Y este año he tenido una experiencia fantástica, ser jurado del premio Beatriu Civera del Ayuntamiento de Valencia, que premia relatos relacionados con la igualdad. Un certamen que gané hace tiempo y del resulté finalista en más ocasiones y que me ha regalado el placer de vivirlo desde el oro lado.

              Aunque, si de premios se trata, este año ha habido dos maravillosos. El de las Cortes Valencianas, que me reconoció entre las mujeres a destacar por el 8 de marzo, y el del Consell Valencià de Cultura, ambos por trayectoria. Para que luego digan que nadie es profeta en su tierra.

              Aunque allende fronteras autonómicas tampoco puedo quejarme. Un año más me han reconocido entre las 25 mujeres más influyentes de España, en concreto, en el puesto noveno. Solo de ver la compañía de mujeres fabulosos da vértigo. Mil gracias de nuevo. Y además, en un año tan especial como este, en el que celebraba 30 años como fiscal, algo que dio lugar a una fiesta inolvidable en Teruel junto con toda mi promoción.

              Y, como guinda, eso hobbies que son mucho más que eso. Bailar se ha convertido en una de las actividades más gratificantes de mi vida. He disfrutado, y seguiré haciéndolo, con el tutú y las puntas, con el contemporáneo y, cómo no, con la dansà, el traje regional y las castañuelas. Probadlo. No sabéis lo que os perdéis si no os animáis a hacer lo que os gusta.

              Y hasta aquí, este breve balance. El aplauso lo doy a todas las personas que me leéis cada semana. Sin vosotras, nada de esto sería posible.

Hada madrina: milagros que hacen justicia


              Cada año, en Con Mi Toga y Mis Tacones nos asomamos a historias muy especiales, historias que son o no reales, pero son tan reales que podría serlo. Porque las hadas madrinas existen, aunque no siempre vengan con varita mágica. Porque a veces, las varitas mágicas tienen una forma que no reconocemos.

              Eso le pasó a Lorena, una periodista como tantas otras. Pero Lorena tenía sus propias ideas, entre ellas, una considerable beligerancia contra la batalla contra la Violencia de Género y quienes la defendían. Sobre todo, a Lorena le parecían exageradas todas las ayudas destinadas a las víctimas y consideraba que ahí había un coladero para desaprensivas y caraduras.

              Por eso Lorena había ido evitando los temas comprometidos que pudieran dejar sus ideas al descubierto. Sabía que no le convenía significarse y con ello cerrarse puertas, así que trató de quedarse con temas blancos, temas donde nada de todo eso pudiera salir a la luz. Aunque a veces la luz es más fuerte de lo que imaginamos.

              Lorena cubría temas de artes escénicas. Especialmente, estrenos y representaciones de teatro. Ese día, sin embargo, le había tocado danza. Ballet clásico, en concreto, un arte del que conocía bastante porque lo había practicado hasta los 20 años, cuando las circunstancias le hicieron elegir entre el tutú y el micrófono. Había seguido la carrera de Carla Aguilera, una niña que despuntó en un programa de jóvenes talentos de televisión y que ahora volvía a nuestra ciudad como primera bailarina del Royal Ballet. Así que preparó las preguntas de una entrevista muy previsible, en la que obtuvo unas respuestas tan imprevisibles que nunca las olvidaría

  • ¿Nos puedes contar cómo conseguiste compatibilizar los estudios con la danza, Carla?
  • Bueno, en principio lo llevaba bien. Mi madre hacía grandes sacrificios para conseguir proporcionarme todo lo que necesitaba para bailar porque, aunque el Conservatorio era público, las zapatillas, la ropa y un montón de cosas que necesitábamos no lo eran. Entre ellas, la profesora particular que me ayudaba a recuperar las clases que me veía obligada a perderme en el Instituto. Pero nos apañábamos. Hasta que llegó la beca del Royal Ballet
  • Entonces todo cambió a mejor ¿verdad?
  • Eso me hubiera gustado, pero -Carla paró, tomó aire, y supo que había llegado el momento de romper su silencio- fue todo lo contrario. Cuando mi padre clavó a mi madre el cuchillo con el que iba a cortar el jamón para celebrar el triunfo, todo empezó a desmoronarse. El shock, el juicio, el dolor…y la sensación de que todo saltaba por los aires. El Royal Ballet, donde había obtenido la beca, me dieron un plazo de tres meses para incorporarme, pero la situación en que había quedado, con mi madre en el cementerio, mi padre en la cárcel y más cuotas de hipoteca por pagar que el valor de nuestra casa, me dejaban pocas opciones. No tenía manera de cubrirme la estancia y la vida en Londres, por más que la beca cubriera parte.
  • Pero, al final fuiste. ¿no?
  • Sí. Y lo hice gracias a mi particular hada madrina. Me acuerdo de que estaba ensayando Cenicienta, como si fuera una premonición, en mi conservatorio de siempre, cuando recibí una visita. Aquella hada madrina sin varita ni traje brillante, tenía en sus manos la solución a mi problema. La Fundación a la que pertenecía otorgaba becas para estudios a personas huérfanas de víctimas de violencia de género, como yo. Así que, cuando lo daba todo por perdido, conseguí cumplir mi sueño e ingresar en la escuela del Royal Ballet. El resto, es historia. Pero toda la vida tendré una deuda enorme con la Fundación. De hecho, he decidido que irán a sus arcas las ganancias de la taquilla del día del estreno. Por fortuna, mis compañeras y compañeros están de acuerdo.

            Lorena no salía de su asombro. Aquello no tenía nada que ver con el artículo que ella pensaba escribir, ni mucho menos con las ideas que había mantenido toda su vida. Aquella mujer, casi una niña y ya toda una prima ballerina, estaría probablemente despachando hamburguesas o trabajando de cajera si nadie hubiera apostado por su talento y hubiera hecho posible que siguiera sus estudios.

       Así que acabó dedicando su artículo a una Fundación que realizaba diversas acciones con este fin. Entre las actividades, supo que jugaban en el sorteo anual de El Niño, con décimos solidarios que, si tocaban, servirían para dar becas como aquella de la que disfrutó Carla, primera bailarina del Royal Ballet de Londres

       Lo que no escribió en su artículo es que nunca más diría que las víctimas de violencia de género cobraban demasiadas ayudas, como había venido defendiendo desde siempre.

Esta historia podría estar basada en hechos reales. O no. Aunque Carla no exista, existen muchas Carlas esperando su beca. Lo que si que existe, por suerte es la Fundación Soledad Cazorla, que otorga becas de estudio a huérfanos y huérfanas de violencia de género. Y también es real la iniciativa de la Lotería del Niño: por eso hoy nuestro escenario invita a todo el mundo a colaborar

Os daré el aplauso en cualquier caso, lo hagáis con el número que lo hagáis. Pero si apostáis al mío, me haréis un poco más feliz. A mí, y a la pequeña bailarina que podría haber dibujado Carla de pequeña y que, esta vez, ha salido de mi humilde lápiz.

No hay más que dar cilc aquí

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

#cuentosdeNavidad : Poinsettia


Poinsettia

-Mira. Estaba tan preciosa que no he podido resistirme a traerla

-Es muy bonita, pero…

-Ya sé. Te acuerdas de aquel día

        Claro que me acordaba. ¿Cómo olvidarlo? Yo temblaba como un flan. Después de recorrerme todas las tiendas de la ciudad en busca del regalo ideal, acabé decidiéndome por la planta. La señora que regentaba la floristería me dijo que era lo más refinado que podía regalar para Navidad, que acababa de recibirla y que ya vería como pronto se harían populares.

            Tenía razón. En apenas un año, en todas partes se veían aquellas plantas de hojas rojas y puntiagudas, y en pocos años más, cualquier tienda las tenía. Pero entonces, no. Yo era la primera vez que la veía y, aunque me insistieron que se conocía como “flor de pascua”, me quedé con el nombre culto, poinsettia.

-¿Le has comprado una planta a mi madre? Qué buena idea. Seguro que le va a encantar

-Es una poinsettia

-Vale, pero es una planta, ¿no? Y tú eres más cursi que un repollo con lazos

            No sabía si acertaría. Era mi presentación en sociedad. Habíamos decidido que era el momento de que su familia me conociera y yo fingí un entusiasmo desmedido ante la propuesta. Pero tenía miedo, un miedo que no podía controlar. Era difícil que alguien como yo encajara en una familia como la suya

-Les vas a encantar

             Su madre, viuda desde hacía tiempo, había insistido en que quería que todos sus hijos acudieran con sus parejas a celebrar la Nochebuena. Pero temía su reacción cuando me viera aparecer. Yo no pertenecía a su mundo, y me sentía como una pieza sacada de un rompecabezas distinto al de aquella estampa idílica que estaban acostumbrados a construir cada Navidad.

            A pesar de mis temores, todo transcurrió con aparente normalidad. Aquella señora de modales suaves y carácter fuerte me obligó a sentarme a su lado y no dejó de darme conversación en toda la velada. Su hermana me cubrió el otro flanco y los hermanos disimularon sus caras de sorpresa con tanta maestría que cualquiera hubiera dicho que lo sabían todo. Él sonreía, con una cara de felicidad tan plena como nunca le había visto.

            Cuando nos despedíamos de ella, ya a solas los cuatro, fue cuando la marquesa de Benejúzar, mi suegra, pronunció la frase que se convirtió en el leit motiv de nuestra vida

-Lo que me voy a disfrutar contándoles a mis amigas que soy una pionera en abrir armarios. No quiero ni pensar la cara de pasmo que van a poner Cuchita y Chimi.

             Después de una carcajada, nos abrazamos, con los ojos llenos de lágrimas. Apenas empezaban los ochenta y todavía quedaba mucho camino por recorrer para que reconocieran a las parejas del mismo sexo. Y aún más en el ambiente en el que había nacido y se había criado Luis. Pero aquella mujer magnífica hacía fácil lo difícil.

            Ya era muy mayor, pero estaba llena de vida cuando, años después, celebramos nuestra boda. Solo faltó uno de los hermanos de Luis, que después de aquella Navidad se cansó de disimular su rechazo a nuestra relación. Por lo demás, fue todo perfecto.

            Hace un par de años, conseguimos adoptar una niña. Yo me empeñé en llamarla como mi suegra, pero ella no lo consintió

-Como le pongáis a la niña mi nombre, cierro el armario ese del que salisteis hace años

            Fue una bendición, porque llamar a una niña Gertrudis era cargarla con un sambenito tal vez excesivo

-¿Y si la llamamos Poinsettia?

            Así fue. Gertrudis murió el pasado año, justo antes de Navidad, tras pasar un par de años sufriendo como el Alzheimer se llevaba poco a poco sus recuerdos. Pero nunca olvidó el nombre de su nieta. Fue la última palabra que pronunció, lo único que no logró llevarse la enfermedad

              Por eso hoy, cuando tanto la recordamos, he vuelto a comprar una planta igual que la de aquel día. La hemos puesto en el centro de la mesa. Su lugar.

Lectura: milagros en blanco y negro


Hoy nuestro teatro estrena un cuento, mi cuento que forma parte de la antología de Generación Bibliocafé «Salgan con los libros en alto». Espero que os guste

Milagro en blanco y negro

 “Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados”

Diario de Anna Frank

         Nunca pensé que el sonido de una alarma antiaérea fuera a hacerme feliz. Ni siquiera sabía unos meses antes qué era una alarma antiaérea, salvo lo que había visto en alguna de aquellas películas antiguas en blanco y negro que tanto le gustaban a mi padre. Pero, a veces, las cosas que creemos que nunca van a pasar, pasan. Y a mí me pasó.

         La primera vez me causó un gran impacto, aunque no fuera consciente de lo que ocurría. Mi madre llevaba días muy nerviosa, deambulaba de un lado a otro trayendo y llevando cosas que yo ni siquiera sabía qué eran. Mi abuela casi no hacía otra cosa que llorar y suspirar, y repetir en voz muy baja “otra vez, no”. Mi padre estaba fuera de casa, en uno de sus viajes de negocios que esta vez se me estaba haciendo más largo de lo normal. Pero yo seguía con mi vida sin hacer mucho caso a todo aquello. Hasta que mi madre me gritó, con una voz aguda que nunca antes le había oído

  • Coge lo más preciso que tenemos que irnos a un sitio. Y coge unos cuantos libros, que te vendrán bien.

¿Libros? Yo leía de vez en cuando, aunque no tenía una gran pasión por la lectura. Lo que me obligaban en el colegio y poco más. En todo caso, alguna cosa que me recomendaban mis colegas o que se había puesto de moda. Ni siquiera supe de dónde coger los libros a que aludía mi madre. Ella, viendo mi cara de desconcierto, me llevó a una estantería del despacho donde trabajaba mi padre, y cogió unos cuantos

  • Estos te gustarán- aseguró- Y ahora corre al sótano. Yo ayudaré a la abuela a bajar.

        Su voz quedó casi oculta por el sonido de un timbre agudo y persistente que se me quedó grabado en el oído y en el alma.

         Salí a la escalera con los libros en una mano y el desconcierto en la otra. No tuve problema en encontrar el dichoso sótano porque varios vecinos me antecedían a la carrera, mientras otros me empujaban por detrás instándome a que me apresurara. Mi madre llegó al cabo de un rato que se me hizo eterno, junto a mi abuela, que repetía su salmodia entre sollozos “otra vez, otra vez.”

         El sótano era bastante diferente de lo que me había imaginado. No estaba mal del todo. Tenía sillas de sobra, un par de mesas y hasta un sofá desvencijado donde acomodaron a mi abuela. También tenía una pequeña nevera, y varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Ahora ya entendía todos aquellos viajes de mi madre cargada de cosas.

         Me cogió de la mano y me situó en una silla, junto a una mesa y una pequeña estantería. Yo todavía llevaba los libros que me había dado en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ellos. Me señaló la estantería

  • Puedes dejarlos aquí. Así echaremos mano de ellos cuando acabemos el que estamos leyendo. Elige uno

        Hasta entonces no había tenido tiempo de mirar ni siquiera las portadas. Tres libros de Julio Verne, ese autor que mi padre se empeñaba en que leyera, a lo que yo me había resistido porque me parecían anticuado, y “El diario de Anna Frank”. No sé si la elección de ese libro fue casual o intencionada, pero parecía lo más acorde con nuestra nueva situación. Lo cogí sin demasiadas ganas y me sumergí en sus páginas.

         No llevaba ni diez minutos leyendo cuando alguien se sentó a mi lado.

  • ¿Puedo?

       Agarró “El rayo verde” de la estantería y se quedó mirándome esperando mi asentimiento.

  • Claro

       No pronunciamos una palabra más. Continuamos durante más de dos horas cada cual en su libro hasta que nuestras madres vinieron a buscarnos

  • Ya podemos volver. El peligro ha pasado.

       Ni siquiera nos despedimos. Antes de marcharme, dejé mi ejemplar de El diario de Anna Frank en la estantería. No sé por qué lo hice, si porque no quería volver a aquellas cuatro paredes o porque quería dejarlo como un rehén para mi vuelta. Ahora sospecho que fue más por lo segundo, pero entonces no tenía ni idea. Ni de eso, ni de nada de lo que pasaba.

         Regresamos a nuestra vida, aunque nada volvió a ser como antes. Mi abuela seguía sollozando y mi madre continuaba trajinando de acá para allá. Mi padre continuaba sin aparecer, pero ya no me atrevía a preguntar por él.

         En un par de días, cuando ese pitido agudo y desagradable volvió a alterar nuestra rutina, me descubrí dando saltos de alegría. Bajé las escaleras a toda prisa, con un cargamento precioso en mis manos. Había cogido varios libros más de la biblioteca de mi padre y los fui a dejar en la estantería con el corazón en la boca. Cuando llegué, una de las dos sillas ya estaba ocupada y “El rayo verde” había vuelto a la mesa.

  • Te estaba esperando. He traído unos cuantos libros de mi casa para nuestra estantería
  • Yo también

        Apenas había retomado a Anna Frank donde la dejé, una niña se acercó a nuestro rincón

  • ¿Me podrías dejar un libro?
  • Claro. Coge el que quieras
  • ¿Cuál me recomendáis?

       Le explicamos lo que sabíamos de cada ejemplar y decidimos que “Mujercitas” le podía gustar. Se fue con una sonrisa

  • Cuando lo acabes, te lo cambiamos por otro

         Se corrió la voz y en, poco tiempo, los ejemplares se habían multiplicado y también quienes acudían en busca de algo de lectura para espantar las sombras de la guerra. Pusimos un pretencioso cartel casero de “librería” en el estante más alto y comenzamos una actividad frenética.

         Yo había acabado hacía días “El diario de Anna Frank” y estaba a punto de terminar “La vuelta al mundo en 80 días” cuando me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, que era una buena ayuda en nuestra situación

  • Pues voy a leerlo yo

          Una vez más nuestras madres nos interrumpieron, con aquella frase que ya no quería decir nada

  • El peligro ha pasado, volvamos a casa.

         Esta vez parecía que iba en serio. Pasaron varios días sin que la alarma nos incordiara, y un espejismo de tranquilidad nos invadió. A todo menos a mí, que anhelaba en secreto volver a mi librería.

         El espejismo, no obstante, acabó pronto. En unos días, la alarma volvió a sonar con más fuerza que nunca. Casi al mismo tiempo, un estruendo nos hizo tambalearnos mientras bajábamos por la escalera hasta el sótano. Cuando llegamos, supimos la terrible noticia. Una bomba había alcanzado de pleno al edificio contiguo, en el que vivían más de la mitad de las personas que se refugiaban en nuestro sótano.

         De pronto, me invadió el pánico. Corrí a mi librería y no vi a nadie. Un negro presentimiento me sacudió, y me puse a buscar un libro, el único libro que faltaba en la librería, “El Diario de Anna Frank”.

         No estaba por ningún sitio. Sabía que la última vez que lo vi estaba en sus manos, y aquello solo podía significar una cosa.

         Lloré y lloré sin consuelo, dejando que las lágrimas empaparan todos los ejemplares que había revuelto en mi búsqueda frenética. Maldita guerra y malditas bombas. Me senté a sollozar en silencio junto a mi abuela, que no había dejado de hacerlo desde el primer día en que bajamos a aquel sótano.

         No sé cuánto tiempo transcurrió, pero una voz desconocida me sacó de mi marasmo

  • Necesito un libro Y no hay nadie en la librería

          Fui arrastrando los pies y el alma. Sentía que era mi deber, por más que no tuviera ganas de nada. Cuando llegué a mi rincón, no pude creer lo que estaba viendo. Mi ejemplar de “El diario de Anna Frank” estaba de nuevo en la estantería

  • Me salvó. Anna me salvó –me dijo llorando de pena mientras yo lloraba de alegría- Bajé hoy al sótano porque tenía ganas de leer y el libro estaba en nuestra librería. Estaba aquí cuando pasó todo. Ahora ya no tengo nada. Solo los libros

        Nos abrazamos y lloramos hasta que no nos quedaron lágrimas. Luego recordé a la niña que me había pedido el libro, que seguía esperando

  • ¿Qué libros te gustan?

LAJ: entender para comprender


              No siempre somos conscientes de la importancia de las cosas hasta que nos quedamos sin ellas. Y entonces, como suele pasar, las consecuencias son inevitables- Jugando con títulos de películas, la Bendita ignorancia no es siempre tan bendita, y La sabiduría es fundamental para prevenir los riesgos Antes que sea tarde.

              En nuestro teatro no siempre sabemos darnos a entender, sobre todo a la opinión pública. Y luego vienen las consecuencias, que esa misma opinión publica no entiende. Ese es el sentido de este escenario toguitaconado, y en eso vamos a abundar.

              Hoy voy a hablar de los LAJ, dicho coloquialmente, o de los Letrados y Letradas de la Administración de Justicia utilizando la nomenclatura correcta. Y lo voy a hacer porque, desde hace tiempo, están enredados en unas reivindicaciones tan justas como desconocidas. Y ya se sabe que es una obra de misericordia enseñar al que no sabe. Que luego se suspenden las vistas, las declaraciones o cualquier otra actuación en los Juzgados y la gente no sabe por qué.

              Este teatro, en las primeras funciones de su historia ya dedicó un estreno -de los más visitados hasta el día de hoy- a los entonces llamados Secretarios Judiciales, un estreno que hacía referencia a la cara oculta de la luna por el desconocimiento de su existencia aunque siempre estén ahí. Incluso la propia denominación daba lugar a desagradables equívocos, cuando había quien pensaba que eran los secretarios particulares de los jueces o juezas, cuya misión era llevarles el café, hacerles las fotocopias y poco más. En tan lamentable error cayó alguna que otra película y serie de televisión, siendo la más recordada al respecto la segunda parte de Turno de oficio, que dio incluso lugar a una queja del colectivo. Con toda la razón.

              Ya hace mucho tiempo, en el año 2015, cambiaron su nombre por el de Letrados -y Letradas- de la Administración de Justicia. No me atrevería a decir si el nuevo nombre fue un acierto, porque la confusión puede seguir existiendo respecto de la abogacía, pero lo cierto es que ya hace bastantes que nos quedamos con la versión reducida a siglas que, aunque no es demasiado armónica al pronunciarla, sí les dota de una individualidad que no da lugar a dudas a quienes habitamos Toguilandia. Y tal vez ahí está el problema, en que solo es en nuestro mundo donde lo tenemos claro. Y a veces ni eso.

              Hagamos la prueba. Preguntemos a cualquier persona -incluidos periodistas no especializados en tribunales y tertulianos y opinólogos varios- qué es un LAJ. La cara de asombro de cualquiera ante la pregunta es un hecho. Pero pongámoselo más fácil. Preguntemos si saben qué es un Letrado de la administración de Justicia y a buen seguro que, además de los consabidos no sabe/no contesta encontraremos respuestas de lo más variopintas, pero todas ellas más cerca de la función de la Abogacía que de la que les es propia. Y es que si siempre digo que la fiscalía es la gran desconocida de la Justicia, lo suyo ya es un Expediente X que ni Iker Jiménez. Y bien está arrojar un poco de luz a este nuestro Cuarto Milenio particular.

              Tradicionalmente, los Secretarios Judiciales -así, en masculino, que era como se denominaba al cuerpo- tenían por función fundamental la fe pública. Es decir, que eran algo así como los notarios de la Administración de Justicia. Y esto no es cualquier cosa, porque nada de lo que hagamos tendría validez si no dejan constancia de ello. Y esta función fundamental se ha visto aumentada en los últimos tiempos con otras muchas, incluida la de dictar algunas resoluciones que antes competían de manera exclusiva al poder judicial. De hecho, iba a escribir a «Sus Señorías», incurriendo en un frecuente error, que también lo son, al igual que lo somos las y los fiscales. Como también llevan su toga y sus puñetas, nuestro particular uniforme de trabajo.

              La función de los LAJs es indispensable en actuaciones tan conocidas y necesarias como entradas y registros, apertura de correspondencia o, algo que cada vez se ve más en estos tecnológicos tiempos, transcripción de conversaciones y cotejo. Sin eso, no hay prueba que valga, y sin prueba, ya se sabe que no hay condena. Ni siquiera vale un levantamiento de cadáver si no están presentes. Y esto son solo algunos ejemplos.

              Hay quien puede pensar que, como ya no están en las salas de vistas recogiendo como un monje amanuense en acta manuscrita todo lo que ocurre en juicio, ya no son necesarios. Craso error. Lo que resultaba anacrónico es que en pleno siglo XXI tuvieran que estar recogiendo cosas al dictado como me hacía mi madre cuando iba a Primaria. Ahora lo hacen los ordenadores, por descontado. Pero es necesario que se garantice que esos ordenadores, con ese programa informático y el modo de hacer responden fielmente a lo que ha sucedido en el juicio, en la declaración o en el acto que sea, y que tenga validez. Y eso es lo que hacen los LAJs, y sin eso no hay nada de nada.

              ¿Y por qué cuento esto? Pues para que se entienda que, como está sucediendo ahora, si se declaran en huelga, los efectos para el justiciable, que ve suspendidos juicios, declaraciones u otros actos judiciales que estaba esperando son graves. Por no hablar de las consecuencias para otros profesionales, fundamentalmente la abogacía.

              Lo verdaderamente penoso es que hayan tenido que llevar sus reivindicaciones hasta las últimas consecuencias para que les hagan caso, porque padecen de un mal que comparten con jueces y fiscales, cual es la falta de órganos sindicales que puedan negociar sus derecho laborales con eficacia. Si unimos a eso que somos cuatro gatos en la inmensidad de la población -y cuatro gatos dan pocos votos- y que la Justicia es la hermanita pobre de las Administraciones públicas, tenemos La tormenta perfecta. Aunque sin Gerge Clooney al timón, ya quisiéramos.

              Así que cuando vayamos a quejarnos de que algo se suspende o se retrasa por estas movilizaciones, parémonos a pensar qué el lo que piden, y si es justo. Y no nos quedemos en la simpleza de que solo quieren que les subamos el sueldo, que ya lo he oído más de una vez y no solo de ellos. Reclamar un salario justo no es pedir sin más que suban el sueldo, y pedir unas condiciones de trabajo dignas no es un capricho. Porque ese trabajo es, precisamente, un servicio público, y para darlo en condiciones, se tienen que tener los medios adecuados, incluido el reconocimiento a la dignidad de la función, que es mucho más que palabrerío.

              En definitiva, se pueden compartir o no las reivindicaciones, pero lo que no se pueden nunca es ignorar. Así que, enterémonos bien de lo que reclaman, porque nadie se pone en huelga, perdiendo un dinero tan necesario,  por capricho

              Por eso hoy les dedico el aplauso. Porque es justo y necesario