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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Trincheras: togas de camuflaje


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En el teatro, como en la vida, no todo el mundo puede ser una estrella. De hecho, siempre hay más tropa que generales, más indios que jefes. Tal vez por eso sea tan común en cine bélico, desde los principios de la gran pantalla. Y siempre, o casi siempre, fijándose más en el soldado que en el general, en las trincheras que en los despachos de los estrategas. Por eso había que Salvar a soldado Ryan a cualquier precio, por eso nos desesperamos ante Johny cogió su fusil, ante Pearl Harbor y sus múltiples historias, o reímos con el día a día de las trincheras de Mash. Porque las trincheras siempre están llenas aunque la fama se la lleven los generales.

En nuestro teatro también hay trincheras. Y muy bien pobladas, por cierto. Da fe de ello cada día mi querida compañera @escar_gm que desde su cuenta de twitter nos cuenta cada día un pedacito de #LaVidaEnLasTrincheras entre togas, tacones, mocasines y códigos. Y coche, mucho coche. Algo que ya contaba en un artículo  y que sigue retransmitiendo día a día, con la naturalidad  de quien, como nosotras, no es otra cosa que parte de un servicio público y esencial, la Justicia.

Las trincheras de la Justicia son variadas, movibles, y están pobladas por gran número de habitantes. Con más o menos años de antigüedad, que no se trata, como algunos puedan creer, de los recién llegados. Tras veinticinco años, sigo trabajando en las trincheras y no me importa mojarme las rodillas. Y lo que te rondaré, morena.

Mucha gente piensa en jueces o en fiscales y pinta en su mente la imagen de cortinajes de terciopelo rojo, collares con medallas, solemnidad, lejanía…y hasta un puntito casposo que a veces responde a la realidad y otra no tanto. Piensa en intrigas palaciegas, en luchas de poder, en llamadas casi de Teléfono Rojo, órdenes de superiores y conjuras varias. Craso error. Puede que la cara visible para los medios de comunicación sea la del Tribunal Supremo y su prosopopeya del día de la apertura del año judicial, de los discursos, de los juicios mediáticos y la de los nombramientos conflictivos. Pero la mayoría de nosotros y de nosotras vivimos a años luz de esas cosas.

Cuando una es fiscal, y, sobre todo, cuando es una fiscal joven como mi compañera Escarlata, pasa gran parte de su vida con la toga a cuestas. Aunque la gente lo crea, y por eso se queje sin conocer la realidad, no somos parte del personal de ningún juzgado. La mayoría de fiscales despachan más de un juzgado de instrucción, o mixto. Y, aun quienes tenemos la fortuna de que los años y las canas nos hayan premiado con un destino algo más cómodo territorialmente hablandoo, además del trabajo del o los juzgados al que estamos adscritas, hacemos nuestras tandas de juicios en Juzgados de lo Penal y en Sala. Total, que en una semana nos podemos merendar entre treinta y cuarenta juicios sin despeinarnos. Y juro que no exagero. Echemos cuentas: entre juicios por delitos leves, juicios civiles, juicios en los juzgados de lo Penal, en la Sala, y juicios rápidos en la guardia hay semanas que aún me quedo corta. Ya he dicho alguna vez que mi récord está en 33 juicios celebrados –celebrados, no suspendidos ni aplazados- en una sola mañana. Algo a tener en cuenta para quienes se empeñan en seguir tildaándonos de los señoritos de la Justicia. Porque confieso que, muchas veces, me identifico más con Gracita Morales que con aquel a quien ella llamaba “el señoriiiito” con su inigualable voz atiplada.

Para hacer todos esos juicios, hay que llegar a la sede, aunque parezca una obviedad propia de un episodio de Dora la Exploradora. Pero juro que hay fiscales que viajan para eso más que el baúl de la Piquer. Y en eso somos colegas de Abogados y procuradores –y abogadas y procuradoras, claro está- que también andan de Herodes a Pilatos con una descuadre de horas importante y tratando de hacer el encaje de bolillos que no llevan sus togas para llegar a tiempo. Puñetas son, de uno u otro modo.

También los jueces tienen sus trincheras, aunque más serían la retaguardia. Ahí permanecen, como los LAJs, en su sede –salvo sustituciones forzosas en virtud de la supresión de los sustitutos- viéndonos desfilar uno tras otro, un juicio tras otro…y llevándose como deberes para casa una sentencia tras otra. Nosotros los deberes los hicimos antes, a la hora de calificar la causa o de preparar el juicio. Y es que nuestra profe imaginaria, la señorita Justicia, nos pone distinta tarea. Y, aunque sabe que no tenemos suficientes medios para hacerla, no le queda otra que resignarse y jurar que reclamará al director del cole que nos traiga bolis y gomas, lápiz y papel –o su versión moderna, ordenadores que funciones con programas que funcionen-. Pero ni caso le hacen a la pobre. Ni puñetero caso, sea dicho en el más literal de los sentidos.

Por supuesto, de una parte y de otra, de retagardia y trincheras, tenemos que recibir los disparos desde primera línea. Las quejas del justiciable por una tardanza de la que casi nunca tenemos culpa, las demandas de reforma de una ley que no están en nuestras manos, o las consecuencias de imponderables contra los que no podemos hacer nada, como que se queme todo un juzgado con sus expedientes.

Y sí, tenemos otra vida. Y hasta familias, se crea o no. Aun recuerdo mecer a mi hija mayor con una mano al tiempo que sostenía un expediente con la otra. Seguro que a más de una compañera, y de algún compañero, les suena la canción. Esa conciliación  que sigue siendo una asignatura pendiente y poca pinta tiene de que lleguemos a aprobarla alguna vez

Y, aunque también tenemos vacaciones, en nuestro caso son una estafa. Porque los expedientes se acumulan mientras vacacionamos.  Pocas depresiones post-vacacionales hay tan profundas como la de quien llega con las pilas cargadas y se le descargan como la batería de un viejo móvil a la vista del montón de expedientes que está esperando en su despacho, que dejó limpito y reluciente, como si lo hubiera lavado la mismísima chica de la lejía que vino del futuro solo para eso y lo hubiera comprobado el inaguantable mayordomo que hace la prueba del algodón.

Pero, pese a todo, he de decir que vale la pena. Que dedicarse a lo que le gusta a una es un privilegio, y poder hacer algo cada día por los demás lo es aún más. Y que, si quienes nos mandan se encargaran de que lo hiciéramos en unas condiciones dignas y con medios suficientes, ya sería la bomba. Pero tal vez eso sea pedir demasiado. Aunque ya se sabe, contra el vicio de pedir…la virtud de no dar. Algo que aplican a pies juntillas los máximos responsables de nuestro teatro.

Así que hoy, como no podía ser de otra manera, el aplauso para todos los trincheristas del derecho, para quienes cada día visten su toga de camuflaje y se enfrentan a lo que venga con ganas y, si es posible, con una sonrisa. Y, en especial, para mi compañera Escarlata, cuyo chute de ánimo por #LaVidaEnLasTrincheras ha inspirado este estreno. Gracias por esa inyección de ilusión y ganas.

 

Equívocos: la toga me confunde


zapatos de colores diferentes

Los errores, equivocaciones o simples despistes son parte de la vida. Los artistas, sin ir más lejos, tienen fama de despistados, con eso de que las musas consumen su tiempo y su espacio, y tan pronto pueden confundir el día de un estreno como a quién le habían concedido una entrevista. Una suerte para los agentes, por cierto, siempre que puedan permitírselos. Y también los propios errores protagonizan algunas obras,que hasta Dios comete errores, como le pasó el El cielo puede esperar o El cielo se equivocó.

Nuestro teatro, como todos los ámbitos, no escapa a errores o despistes. Y, aunque no trabajemos en el espectáculo, algunas, como esta humilde toguitaconada, somos tan despistadas como la más pintiparada estrella. Que no se diga. Eso sí, sin agente para que me lleve la agenda, a veces pasa lo que pasa. Y en más de un aprieto me he visto por culpa de ese despiste que me acompaña. Con y sin toga, con y sin tacones.

No sé si a alguien más le ha pasado, pero más de una vez he confundido el día de juicios, y me he visto en algún que otro aprieto. Por exceso o por defecto. En alguna ocasión he permanecido sentadita, con la toga puesta y los tacones colocados, en una sala de vistas viendo como pasaba el tiempo sin que nadie apareciera. Y, cuando empezaba a acordarme de toda la parentela de juez, personal del juzgado y demás, me he empezado a extrañar de que tampoco hubiera letradas ni letrados, ni testigos ni un triste acusado con que saciar mi hambre de fiscalita. Y claro, lo que no había era juicios. Que eran al día siguiente, y yo tan puesta. También en otro caso acudía a una reunión importante, AVE mediante, con maletita y todo, y no me dí cuenta de que había confundido la fecha hasta que en la propia estación me dijeron que aquel billete era para el día siguiente. Mea culpa.

Pero si esto se zanja asumiendo con deportividad el ridículo, cuando es por defecto es otro cantar. Pocas sensaciones más angustiosas que la de darme cuenta en el último momento que los juicios que creía que eran para el día siguiente se celebraban ya mismo. Y yo con estos pelos. Qué angustia tener que mirar las carpetillas a correprisa y aprovechando los huecos entre juicio y juicio, implorando a la suerte una conformidad o una suspensión para poder ganar tiempo para mirar el resto de causas. Por fortuna, nunca me ha pasado con un asunto de envergadura, pero a Dios pongo por testigo que no hay Lexatin que aplaque la ansiedad de esos momentos.

No obstante, mi despiste más sonado tuvo lugar el día en que me paseé por los seis juzgados del partido al que estaba adscrita, con mi toga y mis tacones…cada uno de un modelo. Unas cuantas horas con un zapato tipo mocasín marrón de ante y el otro modelo salón azul marino con puntera verde. Y sin percatarme. Y sin que me dijeran nada los fiscales en prácticas que me acompañaban. Cuando, ya de vuelta, me di cuenta, quise que la tierra se abriera bajo mis tacones y se me tragara.

Aunque no siempre la culpa va a ser mía. Y por imponderables del destino, todos los habitantes de Toguilandia en general, y los fiscales en particular, nos hemos encontrado con situaciones pintorescas, error mediante. Llegar a un juicio con la carpetilla confundida, sin saberlo, y sentirse incomprendida como los protagonistas de Encuentros en la tercera fase, al descubrir que todo el mundo hablaba de una alcoholemia cuando yo me había preparado un juicio por estafa. Y salir del trance como se puede. Como se sale cuando, sin saber por qué, hay una confusión en el testigo y cuando esperábamos a Matilde, aparece un señor con bigote, al que, disimulando, una pregunta “Y usted, ¿qué sabe de los hechos?”, con la esperanza de que nos aclare algo. Que seguro que más de uno y una que me lea se ha visto en estos berenjenales y ha sudado la gota gorda para salir con dignidad, y sin perjudicar a nadie.

Otras veces, los errores no son tales, aunque lo parezcan. Alguna vez he contado que un señor acudió indignado cuando le llamaron como “el actor” para aclararnos que no era actor, sino albañil, faltaría más. Pero no es el único caso. En uN  supuesto semejante, llamada a comparecer la actora, nos reconvino amablemente “se dice actriz, oiga”. Y no quisimos contradecirla, claro está.

Pero, como dice el refrán, el que tiene boca se equivoca. Por eso el aplauso es para quien tiene recursos para salir de esos errores con bien. Y los usa, claro. Aunque sude tinta china en el intento.

 

Vehículos: en marcha


Troncomóvil

¿Qué sería de nuestra vida sin medios de transporte? ¿Y qué sería del teatro y el cine sin ellos, tanto dentro como fuera del escenario? Llegar a la alfombra roja en una flamante limusina o en un desvencijado Opel Corsa dice mucho de quien va a hacer su arribada, desde luego. Y hay películas que no serían nada sin una escena antológica con vehículo, como el inolvidable taxi en el que subían las Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar, la cuádriga de Ben Hur o el coche de caballos en el que Escarlata huía de Lo que el viento se llevó. Y hasta a veces, es el propio vehículo el protagonista, como el simpático Chity Chity Bang Bang, o sus herederos de Cars, el autobús de Speed o el superheroico Kit, El coche fantástico, pasando por los inefables Autos Locos y sus no menos locos conductores, o los complementos del coche de El Inspector Gadget, que tantas veces hemos deseado tener en medio de un atasco. Y eso por no hablar de barcos, como el Titanic, aviones, como el Concorde, trenes como el Orient Exprés, globos como el de La vuelta al mundo en ochenta días y hasta submarinos, como en 20.000 leguas de viaje submarino

En nuestro teatro, como en el de verdad, los medios de transporte tienen su propio protagonismo dentro y fuera del escenario. Aunque hay que reconocer que estamos más cerca del Opel Corsa desvencijado –ojo, sin desmerecer a este modelo, que es que habitualmente conduce esta toguitaconada, en un bonito tono rosa, eso sí- que de la flamante limusina. Lejos de alcanzar velocidades supersónicas. Seguro que no sorprende a nadie.

Hubo una época que los vehículos ocupaban mucho espacio en los atestados. Eso de coger un coche, hacerle el puente y llevárselo para cometer fechorías o simplemente para fardar con los compinches e irse de fiestuqui hasta que el depósito se agotaba, estaba a la orden del día. De esa época recuerdo la cara que se le quedaba al detenido de turno cuando le informaban que estaba imputado de un presunto delito de utilización ilegítima de vehículo de motor ajeno. “¿Mandeeeee?, que yo no hice nada de eso, si yo solo lo cogí para dar una vuelta”, me contestó uno, haciendo evidente el divorcio entre el lenguaje jurídico y el de la calle. Pero en cualquier caso, mucho más fino ese nombre que el de “hurto de uso”, que no solo no me gusta nada en la forma sino tampoco en el fondo, cuando hay que darle la vuelta y decir que se remite a las penas del robo pese a no serlo, o explicar aquello de que si hay fuerza en las cosas para llevárselo o para usarlo, si el ánimo es de lucro o de usarlo y todas esas exquisiteces jurídicas que a veces son tan difíciles de comprender tanto a víctima como a autor. Hoy, sin embrago, ese tipo de delitos han pasado al museo de incunables delictivos, junto con el inefable robo de radiocassette previo uso de una bujía para romper el cristal. Qué tiempos aquellos. Hoy se lleva más lo de apropiarse de vehículos de lujo para revenderlos en cualquier ignoto país para desesperación de su atribulado propietario. Ya nadie quiere aquellos utilitarios que tanto molaban a los manguis de otros tiempos y que hoy causan hasta ternura.

Como objeto o instrumento del delito, hoy los coches nos aparecen en los delitos de tráfico de drogas o en otros como un componente meramente económico, pero la cosa ya no tiene ese componente kirsch, desde luego. O como instrumento de venganza o de odio cuando se rajan las ruedas o se rompe el retrovisor de alguien, que esto sí sigue siendo un delito atemporal. Con lo que molaba el coche con el que Torrente apatrullaba la ciudad, o la época en que hasta se cantaba sobre lo difícil que es hacer el amor en un Simca 1000 o sobre una novia que había dejado al chico por otro con un Ford Fiesta a rayas y un jersey amarillo.

Pero los vehículos no solo son protagonistas de nuestras funciones. También prestan su genuina función de medios de transporte  con los que quienes vestimos toga llegamos al lugar donde debemos usarla. Ya comenté en otro estreno que, a diferencia de los jueces y LAJ, que tienen su sede estática, la nuestra, como la de quienes ejercen abogacía y procuradoría, es dinámica. Viajamos con la toga a cuestas como el baúl de la Piquer, en los medios que tienen a bien darnos o de los que nos autoabastecemos. Que cada día son menos, por cierto. Atrás quedaron los tiempos en que había coches oficiales a cascoporro –yo no llegué más que a dos conductores que nos repartíamos por rigurosa lista- y a un coche de la guardia que también había que compartir. Hoy, ni eso. De hecho hace poco, un día en que la inundación de las instalaciones de los Juzgados de guardia dejó sin luz el edificio y a mí sin poder acceder al garaje donde me esperaba mi querido y modesto cochecito, le pedí a la Juez de guardia permiso para que el vehículo de la guardia me llevara a mi casa, a apenas 10 minutos de mi casa, porque dada la lluvia torrencial que caía y lo avanzado de la hora no había un taxi en 100 km a la redonda. Y me dijo que nones, a pesar de la penica que daba verme calada hasta los tacones y lo que te mojaré morena. Y menos mal que un funcionario generoso se abalanzó con agilidad felina sobre un taxi que encontró media hora después en lontananza, porque si no estaría todavía curándome la neumonía y no habría ni toga ni tacones que valga.

A esto ya sé que quienes me leeis estaréis pensando en que esto es una venganza toguitaconada en toda regla. Y sí, no lo niego, que se ve que voy olvidando todo eso del perdón y de la otra mejilla que se esforzaban en enseñarme las madres Teresianas en su día. Pero que conste en acta que no es un ataque a Sus Señorias en general, con quienes tengo muy buenas relaciones, sino a una señoria en particular. Y un agradecimiento al funcionario que fue mi Indiana Jones particular y me salvó de El diluvio que viene y de irme directamente a Urgencias o a Hospital Central.

Eso sí, que quede claro que, a pesar de lo que muchos suponen, y hasta afirman, nadie nos pone un coche para ir a trabajar, ni nos pagan un taxi, que más de una vez he leído u oído eso de que “el señorito del fiscal, que le tiene que traer o llevar a casa”. Aprovecho para recordar que los fiscales no tenemos nuestra sede ni nuestro puesto de trabajo en ningún juzgado sino en fiscalía, que la mayoría despachan más de un juzgado y que nos tenemos que trasladar a muchos kilómetros como buenamente podemos y cuando nos llaman. A veces, de varios sitios a la vez. Dicho quede o de lo contrario mi fiscalita interior – y los y las compis que me leen- no me lo perdonarían.

En cualquier caso, es curioso que nuestras leyes aún siguen ancladas en los tiempos, no del Simca 1000, sino de la diligencia. De hecho, hasta 2015, la LECrim seguía distinguiendo en la regulación de los juicios de faltas en función de los kilómetros que separaban de la sede del juzgado el tiempo para las citaciones y comparencias. Y con ese tipo de leyes seguimos.

Por eso hoy el aplauso es para quienes nos convertimos en verdaderos Correcaminos de la justicia, corriendo para que el Coyote de la imprevisión y la falta de medios no nos pille. Volando voy…

 

Tabú: palabras prohibidas


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Los juegos dan mucho juego. En el teatro y en la vida. En las pantallas los hay a vida o muerte, como Juego de Tronos o Los Juegos del hambre, o los hay más de andar por casa, como el billar de El color del dinero, o el emblema de una época de cine patrio, Los Bingueros, con Pajares y Esteso dándolo todo al grito de «línea» o «bingo»

Nuestro teatro es poco dado a los juegos, ni reales ni virtuales, salvo aquello que decía el Código Civil de los juegos de envite o azar, y las obligaciones naturales, si mal no recuerdo de mis tiempos de oposición. Salvo eso, pasamos por personas serias, con nuestras negras togas y nuestras níveas – o no tan níveas, que hay que ver cómo se ensucian- puñetas, con poco tiempo para jueguecitos.

Pero, como ya se sabe eso de que “mucho estudiar y no jugar hacen de Juan un aburrido”, hoy mi toga, mis tacones y yo misma proponemos un jueguecito. Aunque, para ser honesta, no me llevaré el mérito. Al césar lo que es del césar. Y el César en este caso fue @Kinotofukasuka y un hilo que tejió desde su cuenta de twitter y al que otros y otras añadimos festones y bodoques varios.

El juego que propongo es el conocido Tabú, ese juego de mesa que consiste en fijar una serie de palabras prohibidas y tener que contar una historia sin utilizarlas. Así que a partir de ahí se me ocurrió tratar de hablar de la Justicia sin utilizar palabras como Lexnet, Medios materiales o la falta de ellos, convocatoria de plazas, digitalización, papel 0 , modernización, obsoleto, desatre, chapuza, retraso, fallos y colapso. Por ejemplo.

Vamos allá. Describamos el estado de la Justicia. Tendríamos que decir que funciona a base de mucha voluntariedad porque la carencia de (piiiii) y personales, dado que no convocan (piii) ni crean juzgados la tiene hecha unos zorros, un verdadero (piii). Añadiríamos que por más que nos hablen de (piii), de la (piii) y de que se ha conseguido el (piii) o estamos a punto de conseguirlo, lo que hay es una (piiii), con unos programas informáticos (piii) que no casan con la aplicación (piii) que tiene desesparados a todos los operadores jurídicos. Que el (pii) es constante y las soluciones que dan son una (piii), con constantes (piii) y (piii).

No sé qué haría Cervantes en mi caso, pero desde luego esta humilde bloggera toguitaconada se confiesa incapaz de redactar nada sobre nuestra Justicia con todas esas palabras tabú.

Pero hagamos otra prueba, que no hay que darse por rendida a las primeras de cambio. Propongamos otras palabras, esta vez tratando de ser más positiva: fantástico, estupendo, eficiente, ágil, útil, adecuado, eficaz.

Nuestra Justicia dista mucho de ser (pii), por más (pii) que nos digan que funciona y por más que la vendan como el colmo de la (piii), con unos sistemas informáticos que no son ni (piii), ni (pii) ni (pii) y unos medios que tampoco son (pii) y que nos llevan a las últimas de las plabras tabú de la serie anterior.

Así que no hay manera. En este Tabú imaginario me habría tocado pagar más prendas de las que llevo encima. Y lo peor, que me exigieran el pago con posits, bolis bic, folios o grapadoras, con lo difíciles que son de atesorar y lo que me los estimo.

Y es que, bromas aparte, es más que penoso que sea imposible hablar de Justicia sin que una catarata de quejas nos caiga encima. Un aluvión que, con mejor o peor humor según la ocasión, se lee por tierra, mar y aire –o sea, por medios de comunicación, tertulias de café y redes sociales- sin que parezca afectar lo más mínimo a quien debiera de hacerlo.

Me encantaría que llegara un día en que, por fín, no pudiéramos hablar de Justicia sin dejar de utilizar las palabras derechos, justiciable, servicio público, satisfacción, eficacia, celeridad, presupuesto, dignidad y orgullo, sin ir más lejos. Así querría jugar al Tabú del futuro, y dejar de hablar de medios para hablar de fines, que es de lo que se trata. Pero mientras que lo que tengamos no es que no sean medios sino que ni siquiera llegan a cuarta y mitad, esto es lo que hay. Y con lo que no nos queda otra que apechugar.

Y de ahí que hoy el aplauso sea, sin duda alguna, para quienes apechugan. Y que en su Tabú de cada día tienen en la lista las palabra esfuerzo, compromiso y entrega por bandera.

Perlas dialécticas: sin la venia


retrato robot

Por más que a veces creamos que tengamos agotada nuestra capacidad de sorprendernos, nada más lejos de la realidad. Precisamente gran parte del éxito de un espectáculo consiste en explotar esa capacidad de sorpresa, en saber pulsar la tecla adecuada en el espectador para lograr el clímax de ese momento que queda grabado en nuestras retinas. Pero la sorpresa puede venir en cualquier momento, en finales inesperados como en Seven o El Silencio de los Corderos, o  en frases o instantes antológicos que quedan en nuestra memoria para siempre, como la del niño de El Sexto sentido que en ocasiones ve muertos. Otras veces son cosas más jocosas, como los aparentes despropósitos de Amanece que no es poco o aquella frase de La Corte del faraón pronunciada por el censor interpretado por Agustin González : “esto es un contumaz regodeo de la concupiscencia”. Cosas que nos producen una reacción de asombro y que se quedan ahí Por siempre Jamás.

Pero, como todos sabemos, la realidad siempre acaba superando la ficción y en nuestro teatro tenemos buenas muestras de ello a diario. Reacciones o contestaciones que nos enganchan entre la perplejidad y la hilaridad, entre la risa o el llanto. Y, por supuesto, nos ponen en serios aprietos para mantener la compostura.

Recuerdo muy bien a uno de los internos de una residencia para personas con problemas mentales, que nos recibía convencido de que era el Rey, y a quien llamábamos «Majestad» porque era el único nombre al que contestaba, mientras hacía oscilar su bata como si de una capa de armiño de tratara. Pensé que era un caso aislado, pero parece ser que le han salido seguidores, porque según me cuenta una compañera, ella misma vio como un investigado se identificaba como “Dios”, y como tal estampó su firma al pie de la declaración.

Otras veces son las reacciones espontáneas las que nos dejan de pasta de boniato. En una ocasión, el acusado, cuando ya casi iba a ser absuelto por falta de prueba en un juicio por violencia de género, quiso usar de su derecho a la última palabra para tratar de hacerse coleguilla del juez, y, guiñándole un ojo, le dijo  “ya sabemos los hombres cómo hay que tratar a la parienta, eh”, ante la estupefacción de Su Señoría. Ni que decir tiene que el solito se cargó su propia presunción de inocencia de un plumazo.

Y es que esa intención de compinchear con Su Señoría no suele dar buenos resultados. Me acuerdo de otra vez en que el Juez, harto del tuteo del denunciado, le explicó  que como quiera que no tomaban sopas juntos, no procedía otro modo de hablarle que de usted. “No te preocupes, majo, ahora mismo te invito a unas cañitas y lo arreglamos”. Algo parecido a lo que me sucedió con una señora que, apercibida de la misma circunstancia respecto al tuteo, me dijo que es que era muy campechana, como el Rey, y añadió que por eso no le importaba que yo le tuteara.

Otras veces los papeles dejan testimonio fehaciente de estas perlas dialécticas. Circula por ahí, y me hace llegar un compañero, la frase dirigida a Su Señoría, diciéndole, textualmente, “que le bese el culo”, una orden que desde luego no creo que ningún juez esté en disposición de cumplir, como tampoco lo está cuando responden que lo que digamos se lo pasan por el arco del triunfo, o por sus partes. Cualquiera imaginamos partes mucho menos desagradables por las que pasar, desde luego.

Y hablando de cosas desagradables, imagino el trago por el que pasaron la pareja de Guardias Civiles que, pretendiendo proceder a la detención por alcoholemia, sufrieron como les vomitaban en sus propias narices y por dos veces, circunstancia cumplidamente explicada en el atestado junto al hecho de que a continuación el tipo se durmió allí mismo. Y es que los tragos de uno supusieron el mal trago de los otros, sin duda. Aunque, como el que ríe el último ríe mejor, peor trago será el de la segura condena de tan plimplado individuo.

Y es que hay quien cree que pocas cosas tan inspiradoras como un buen trago. Así se hace constar en un escrito, también aportado por un compañero, en que insta a Su Señoría a que se agarre para disfrutar de su sapiencia jurídica del último día de plazo previa ingestión etílica presuntamente inspiradora. Si esa era solo la introducción, es una verdadera lástima no disponer del resto del escrito, porque la cosa prometía.

Y como ocurre tantas veces, lo escatológico también se abre hueco en nuestras perlas dialécticas. Es bastante conocida una nota manuscrita de un justiciable dedicada al órgano judicial en el que advertía que su incomparecencia al juicio respondía a una urgencia fisiológica que cambió su destino de la sala de vistas al cuarto de baño, contestada con un dechado de sentido del humor por parte del magistrado que comentaba que tal circunstancia, aun comprensible, no le eximía de su obligación. Lo que podría traducirse en un “no le excusa el excusado”, vaya. Aunque una de mis favoritas es la anécdota de una señora que alegó problemas de salud, diciendo de sí misma que era “muy vaporosa”. Cuando yo andaba pensando en una Sílfide vestida de tules y gasas, me encontré con la cruda realidad: no eran vapores sino gases a lo que aludía la mujer y que le traían a muy mal traer sin tener un baño cerca.

Otra compañera me aporta una perla notable, esa vez con connotaciones sexuales. La de quien rellenó las preguntas que le hicieron en el cuestionario haciendo referencia a que la pareja en cuestión se regalaron entre sí un lubricante. Igual supuso que así es todo más fácil, hasta impartir Justicia

Y si de hacerlo fácil se trata, lo que hizo otro justiciable, aportando su propio retrato robot del autor del hecho, que me pasa una compañera, y que es el que ilustra este estreno. Muy majo desde luego, aunque no sé hasta qué punto resultaría útil. visto que aun andaba lejos de ser un Velázquez o un Goya, pero la buena intención no se la quita nadie

Así que, como siempre, hoy el aplauso es para mis compañeras y compañeros que han tenido a bien proporcionarme las perlas con las que he montado el collar. De nuevo, mil gracias.

Espacio: establecido o improvisado


camarote

El espacio es una de las partes fundamentales de cualquier representación. El escenario, con sus decorados cambiantes, los exteriores, el patio de butacas y también las bambalinas y los camerinos. Todo forma parte de cada obra, le da o le quita sentido, contribuye a que triunfe o fracase. De Una habitación con vistas a la habitación del pánico, del Gran Hotel al hostal del Norman Bates de Psicosis, de la mansión de Rebeca a la Tara de Escarlata, de El lago azul a la Selva Esmeralda, el propio espacio da título a muchas películas. Y es nada podría ocurrir sin su propio espacio.

Nuestro teatro tiene su propio espacio, tan definido a priori que parece que no admite variaciones. La sala de vistas, el juzgado de guardia, las bambalinas, los despachos, los calabozos o los exteriores  son algunos que ya han tenido su propio estreno. Pero en nuestro teatro, Abracadabra, Nada es lo que parece, y a veces hay que improvisar. Y mucho.

La imagen que a todo el mundo le viene a la cabeza cuando se habla de nuestro teatro, es la de la sala de vistas solemnes, con pesado mobiliario de madera y cortinajes de terciopelo, que nos ofrece, año tras año, la solemne apertura del año judicial. Unas imágenes a las que bastaría poner en blanco y negro para hacerlas pasar por las de hace muchos, muchos años. Sin mujeres, lo que acrecienta la sensación de algo lejano y algo pasado de moda –por no decir casposo-

Pero las cosas no siempre son así. Las necesidades apremian y la inversión en justicia es tal que si no inventamos soluciones, nadie nos las va a proporcionar. En este siglo, al menos. Así que a improvisar tocan.

Los juicios deberían celebrarse en las salas de vistas. Pero esto, que parece una obviedad, no lo es tanto. En primer lugar, porque ocurre los señalamientos son muchos y no haya salas suficientes. También ocurre que las salas no estén preparadas para la vida moderna, y mucho terciopelo y mucha bandera y mucho cuadro pero no hay modo de reproducir un vídeo, de llevar a cabo una videoconferencia o incluso de grabar la sesión. Recuerdo haber recorrido en togada procesión los pasillos de la Ciudad de la Justicia para hacer una prueba por videoconferencia en una sala pequeña donde estaba el aparato y hacíamos cola paciente esperando nuestro turno. También recuerdo un juicio donde la prueba fundamental era un vídeo en VHS –los hechos habían ocurrido hacía mucho- y no había modo de reproducir aquello.

Por esas razones y otras muchas, cada día usamos más otros espacios. Despachos o salas multiusos se convierten en improvisadas salas de vistas, que tienen poco de salas y unas vistas que en nada se parecen a los cortinajes rojos y demás parafernalia.

Las salas multiusos y similares son, como su propio nombre indica, salas multiusos. No salas de vistas, aunque eventualmente puedan servir de ello. Esa naturaleza de multiusos las convierte en improvisados archivos donde se apilan los expedientes que no caben en otro sitio, en despacho de quien carece de despacho –como un juez de apoyo, sin ir más lejos-, sala de reuniones, lugar donde esperan las víctimas y cualesquiera cosas más. No tienen ni una disposición del espacio como una verdadera sala de vistas ni un espacio adecuado donde esperar justiciable y profesionales a que llegue su turno ni, mucho menos, el más mínimo sitio para que se instale un eventual público –recordemos que los juicios se celebran en audiencia pública salvo las contadas excepciones que prevean las leyes de procedimiento. Convertirlas en salas de vistas da lugar a muchos inconvenientes y situaciones pintorescas.

En primer lugar, parecen más una salita de tertulias que una lugar donde se celebra un juicio. Y eso lleva a que las partes se comporten como una salita, y pidan la palabra, intervengan, se contesten y hagan escuchitas con sus letrados para desesperación de los presentes. Sería bueno recordar que el único caso en que la ley prevé que los letrados se sienten junto a sus defendidos es en el procedimiento de Jurado, y que esto no es como lo que ven en las películas.

Luego está el tema de las sillas. Como haya varios profesionales y partes, comienza una carrera como si fuera la prueba del Un Dos Tres para cazar sillas de juzgados vecinos. Si caben, claro. Hay procuradores que pasan el jucio entero en pie por falta de silla, espacio, o ambos. Si se necesita biombo –cosa frecuente en violencia de género-, más carreras para haceerse con uno. La verdad es que a veces me parece estar oyendo una música imaginaria y que todos tuviéramos que correr en círculo y asegurarnos de tener la silla cuando la música para, como en el conocido juego infantil.

Pero quizás lo peor sea lo de fuera. Un pasillo es todo lo que hace las veces de hall para esperar el turno de su juicio. Allí se mezclan, sin orden ni concierto, acusados y víctimas, familias de unos y de otros, demandantes y demandados, testigos, aspirantes a público y hasta menores a la espera de exploración. Y a veces se montan unos jaleos de padre y muy señor mío. Como decía alguien, no pasa más porque Dios no quiere.

Y lo peor es que, a veces, éste es el mejor de los sitios posible. He asistido a declaraciones junto a la mesa de una funcionaria, apiñados todos a su alrededor, con más frecuencia de la que sería recomendable. Y con todo, creo que soy afortunada, porque he leido en los periódicos de juicios celebrados en plena calle porque el juzgado no tenía previsto lo de las barreraas arquitectónicas.

Que esa es otra, y no baladí. Sin ir más lejos, el otro día, una testigo víctima tuvo que sortear expedientes y esperar a que quitáramos sillas y mesas para conseguir caber con su silla de ruedas en la dichosa sala multiusos. Y es que, como sucede en Justicia, todo es precario. Y el espacio es de todo menos espacioso.

Por todo eso, hoy regresamos desde el escenario a privar del aplauso a quienes no preven estas cosas ni dotan de medios para ello. Tírenles cada cual lo que crea. Mi toga, mis tacones y yo nos sentamos a verlo comiendo palomitas.

Inactividad: paro forzoso


stop

En el teatro, como en la vida, hay imponderables que nos obligan a echar el freno. O, más bien, a colocar las cosas en un imaginario “pause” a la espera de que retornen las circunstancias que nos forzaron a para de golpe.  Artistas a los que una enfermedad inoportuna les manda al dique seco, o instalaciones que se echan a perder dejando a sus intérpretes huérfanos de espacio. Cualquier circunstancia por la que, de pronto, nos encontramos viviendo Los lunes al sol, o en la cola de los protagonistas de Full Monty.

Pensamos que nunca puede pasar, pero pasa. Nos ha pasado en Valencia. El incendio de la Ciudad de la Justicia nos ha mandado a casa. Hay que ver la de veces que, de niños, hemos deseado que pasara algo en el cole que nos impidiera asistir a clase y -lo que era esencial- que no tuviéramos deberes. Y hete tú aquí que, muchos años más tarde, el sueño se ha hecho realidad, y convertido en pesadilla.

¿Qué por qué digo esto, con lo bien que se está en casita sin hacer nada? ¿Acaso soy masoquista? ¿Quizá inhalé algo de humo el día que vinimos a media jornada y me ha afectado las neuronas? Pues no. Nada de eso. O eso creo, vaya.

Lo que ocurre es que aquí va a pasar eso de pan para hoy, hambre para mañana. O sea, que tenemos unas vacaciones forzosas pero mientras los deberes se acumulan y los tendremos que hacer todos de golpe. Y no va a tener ni pizca de gracia. Como no la tiene, tampoco, esos comentarios desafortunados que he leído de quienes poco menos que han llamado vagos o caraduras a quienes nos quejábamos de tener que volver a trabajar sin la certeza de que el edificio estuviera en condiciones.

Porque lo que no podemos perder de vista es que, además para quienes trabajamos en el edificio, el perjuicio es tremendo para el justiciable. El público se queda sin función, con la entrada pagada y sin la más remota idea de cuándo podrá  ver la obra. Y eso, que si se tratara de un espectáculo es molesto, en los casos que se ventilan por estos lares es letal. Imaginemos quien lleva meses -incluso años- para resolver su divorcio, su reclamación, el asunto del que es víctima o del que se le acusa o mil cosas más. Toca Volver a empezar, señalar de nuevo, encontrar un hueco en las más que atiborradas agendas. Y eso, algunos. Los más afectados, tienen que incluso reconstruir  el expediente y encontrar un lugar donde celebrar el juicio.

Y mientras, la zozobra. Porque aunque se declararon estos días inhábiles  de una manera oficial, la cosa no es tan sencilla como a primera vista pudiera parecer. En primer lugar, porque para la instrucción todos los días son hábiles -de hecho la guardia ha seguido funcionando- no sé hasta qué punto se pueden deshabilitar. Las formalidades pueden variarse, pero las vidas no pueden congelarse. ¿Qué ocurre con la resolución de un recurso en una causa con preso, por ejemplo, de la que puede depender la libertad? La respuesta fácil sería decir que en ese caso no hay inhabilidad que valga, pero no puede ser. Si los expedientes no se tramitan, y si ni siquiera se puede acceder a los despachos donde están, nada que hacer. Pero al preso no se le puede decir que se quede en stand by mientras espera la resolución. O tal vez si se pueda, pero resulta raruno cuanto menos. Ni tampoco se le puede decir al progenitor que depende de la justicia para recoger o entregar a sus hijos, o para resolver sobre dónde han de vivir esos menores, por ejemplo. Quienes litigan son personas y es difícil decirles que aunque su problema sea cuestión de dinero, el día es inhábl y no van a ejecutar su crédito, porque ni el banco, ni la factura de la luz, del agua o los libros del cole atienden a días inhábiles a la hora de pasar la cuenta.

Y luego están las cuestiones formales pero de difícil resolución. Fiscales con destino en la Ciudad de la Justicia pero que tienen asignados partidos judiciales diferentes no pueden hacer su trabajo pero sí ven correr los plazos y acumularse el papel. Abogados de la Generalitat cuya sede es también el edificio de la Ciudad de la Justicia pero que despachan pleitos del TSJ cuya sede está casi en ruinas pero en funcionamiento.

Sin olvidar  el problema de las notificaciones a procuradores y abogados, centralizadas en las oficinas del mismo edificio. ¿Correrán en cuanto se reanude la actividad a hacer cola y llevarse un contenedor portátil para recoger todo lo que quedó pendiente?. Un problema más. Y por más que se haya dicho que acudan con moderación, o dan numeritos como en la carnicería, o a ver quién es el guapo que se modera, después de más de una semana. Que me imagino a los profesionales en fila india y pregunta aquello de ¿Quién da la vez?

Un desastre de proporciones enormes, con más interrogantes que soluciones. Un periodista cifraba en unos 1000 juicios los que se dejaron de celebrar en una semana. Y eso, quienes habitamos los despachos menos afectados, porque para los que han sido Siniestro Total la cosa pinta para largo. Sumemos todo lo anterior y echémonos las manos a la cabeza. Y sin togas ni puñetas, que se quedaron dentro. Nadie podía imaginar que algo así pasara, pero tal vez alguien debería haberlo previsto.

Mientras tanto, el ocio cada cual lo resuelve como puede. Hay quien está encantado, y quienes van por ahí como tigres enjaulados sin saber qué hacer y llorando por sus expedientes perdidos. Tanto, que si Becquer levantara la cabeza seguro que les hacía una de sus melancólicas Rimas, dedicada en este caso a la zona azul donde se ubicaban los juzgados perdidos

¿Qué es un desatre?

Dices mientras fijas tu pupila

en nuestra zona azul

¿Qué es un desatre?

¿Y tu me lo preguntas?

Un desastre eres tú

 

Pero es lo que hay. Todavía queda mucho para paliar todos los efectos de esta catástrofe que, por suerte, no tuvo víctimas en vidas humanas. Porque decir que no tuvo víctimas personales no sería adecuado: quienes ven desatendidos sus derechos ya son víctimas, aunque sea por causa de fuerza mayor. O, al menos, llamémoslos damnificados que aunque suena más técnico, para el caso es lo mismo.

Así que hoy el aplauso es, sin duda, no solo para quienes en su trabajo ha padecido el incendio y lo seguirá padeciendo sino quienes en sus derechos seguirán sufriendo las consecuencias. Paciencia, no les queda otra.

Bichos: inquilinos indeseados


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Cualquiera ha padecido las molestias de insectos y otra fauna pequeña o diminuta. Seres que, sin ser invitados, se cuelan en nuestros espacios y nos pican, muerden, o fastidian de cualquier forma imaginable. Aun recuerdo cómo me picaba todo cuando ví por vez primera Cuando ruge la marabunta, o el pánico que me invadió al ver Los pájaros. Pero el cine suele ser generoso con ellos y los muestra coloridos, felices y contentos las más de las veces, sean Bichos, Ants, La Abeja Maya o la fauna simpar que acompañaba a Blancanieves por el bosque o a Cenicienta en su desdicha.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto ratas comiéndose archivos –en una sede que ya no existe, por fortuna-, cucarachas acompañándote en el ascensor y varios inquilinos indeseados más con los que no es posible ejecutar un desahucio por precario. Y no es cosa del pasado. Sin ir más lejos, en el juzgado de guardia nos atacan unos mosquitos del tamaño de elefantes. Y eso porque soy valenciana, que si fuera andaluza exageraría diciendo que tienen el tamaño de mamuts. Y los fabricantes de insecticidas tan contentos de que incorporemos a nuestro kit de guardia, junto al Código Penal y demás, un spray matabichos. Siempre hay alguien que saca tajada de la desdicha ajena.

Los mosquitos y demás amiguillos me hicieron recordar una plaga de pulgas de hace un par de años y los titulares surgidos al efecto. Recupero algo que escribí entonces, pero que, mutatis mutandi, valdría en cualquier momento.

 

PULGAS CON CLASE

                En los pasados días leía una noticia que me dejó pasmada. Rezaba el titular en cuestión que las pulgas incordiaban a los magistrados en los juzgados de Valencia. Tal cual. Y digo que me quedé pasmada no por el hecho en sí, que ya conocía en mis propias carnes, sino por la manera de contarlo. O por la manera de comportarse de las dichosas pulgas, que una nunca sabe.

El hecho es que ante tal afirmación una no puede dejar de sorprenderse ante el comportamiento pulguil, y analizar a qué se debe semejante titular. Y así, visto que no existe ninguna declaración de las protagonistas activas de la noticia, hay que barajar todas las posibles opciones: a) las pulgas son extremadamente clasistas y sólo le gustan quienes visten toga y puñetas y, entre éstos, sólo los magistrados; b) únicamente los magistrados tienen sensibilidad suficiente para que les afecte el comportamiento de tales bichitos; c) el resto de seres humanos que habitamos los juzgados somos inmunes a las picaduras. Cualquiera de éstas sería válida, digo yo, porque, por supuesto habría que descartar otras dos opciones, a saber : que quien escribió el artículo no tenía ni idea que en los juzgados, además de magistrados y pulgas, hay otros seres vivos, algunos de ellos humanos, o que quería hacer un titular redondo y llamativo a cualquier precio. Pero eso seguro que no es así, y contrastó la noticia antes de sacarla a la luz a bombo y platillo. Faltaría más.

Así que, a pesar de todo, me han dado una alegría. Porque ahora sé que las pulgas en cuestión sólo buscan incordiar a los magistrados, así que los demás podemos estar tranquilos, por más que las marcas en la piel lo contradigan. Bastará con advertir que no somos magistrados para que se retiren, según parece. Que estoy por hacerme una etiqueta como los niños de la guardería para anunciar cuál es mi profesión o, mejor, cuál no es.

El caso es que lo que me pregunto es si realmente lo que les gusta a las pulgas es el conocimiento del derecho, que quizás son unas estudiosas de la pulguisprudencia, o se trata de mero clasismo, y son pulgas de la jet set. Igual hay que buscar entre los canales de televisión y sintonizar el Púlgame de luxe y así nos enteramos.

Lo que sí tengo claro es que la cosa no es autóctona. Que no sé si se trata de pulguillas inmigrantes o de empingorotadas pulgas cosmopolitas, pero al igual que ahora aparecieron de falleras, me consta que ya lucieron trajes de faralaes o de chulapas, en sus respectivas comunidades, y que si no bailan la sardana es porque tienen unos aparatitos que les impiden acercarse.

Ahora, por suerte, parece que la cosa ha pasado, y ya deben haber emigrado en busca de otros lares, porque ya van varios días que no aparecen. Eso sí, por si vuelve a pasar, estaré atenta. Y esgrimiré un “yo no soy magistrado” como anatema para librarme de su ataque. Igual, hasta le vendo la idea a alguna casa de insecticidas y le saco un rendimiento, que todo es posible.

Así que, si se acercan por algún juzgado, ya lo saben. Las pulgas solo incordian a los magistrados. Los demás, al parecer, estamos a salvo ¿O no?

Y hasta aquí, lo que escribía entonces. Aunque seguimos teniendo de vez en cuando polizones insectiles, que eso no ha cambiado nada. Y seguro que los titulares tampoco lo harían. Por eso, es difícil que el aplauso no sea para nadie más que para quienes aguantamos contra viento y marea. O mejor, contra moscas y mosquitos.Aunque sea a base de rascarnos hasta levantarnos la piel a tiras.

 

 

 

Siniestros: sálvese quien pueda


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Las grandes catástrofes son género recurrente en pantallas y escenarios. Desde las que se originan dentro del propio teatro, como el incendio que da origen a El fantasma de la ópera, hasta una larga saga de naufragios, terremotos, inundaciones, accidentes y demás. Y, por supuesto, incendios, encabezados por la ya lejana El coloso en llamas, pasando por Llamaradas, a finales tan candentes como el de Malditos bastardos, entre otras.

Nuestro teatro, aunque no lo parezca, también tiene lo suyo con llamas y fuegos. Los incendios forestales, sin ir más lejos, son parte importante del acervo delictivo, y tienen hasta su sección propia en la Fiscalía, dentro de la Fiscalía de Medio Ambiente.

Y hasta dan para sus propias anécdotas. No hace mucho, me contaba una compañera la de un juicio por el  incendio de una barbacoa entre cuyas piezas de convicción se encontraba nada menos que la morcilla chamuscada y obviamente reseca. Cosas veredes, amigo Sancho.

Pero la cosa se pone Al rojo vivo cuando es nuestro propio escenario el protagonista del siniestro. No escapará al avezado lector que, siendo como soy una toguitaconada valenciana, vaya a hablarles aquí y ahora del incendio que ha tenido lugar en la nuestra supuestamente flamante y moderna Ciudad de la Justicia. Y acertó, desde luego. Una cosa así no podía quedar sin su propio estreno.

  No es la primera vez que ocurre en los últimos tiempos. Hace no mucho, la sede judicial de Torrejón de Ardoz fue pasto de las llamas, causando un discreto ruido al principio que parece que ya se haya olvidado. Y no es cosa para olvidar, ni para dejarlo como una mera anécdota. Porque, por un lado, sacan a la luz los defectos de seguridad y mantenimiento de unas sedes que deberían estar cuidadas de una manera, cuanto menos, digna. Y de otra, puede tener una enorme repercusión para el ciudadano cuyo pleito estuviera en el lugar siniestrado.

Es curioso que un edificio relativamente nuevo, y que presume de ser santo y seña de una Justicia moderna, haya sufrido semejante siniestro. Nada menos que cuatro juzgados muy afectados, y la suspensión sine die de señalamientos hasta nueva orden. A salvo la guardia que, para quien no lo sepa, se realiza en un edificio anexo. Y, afortunadamente, sin desgracias personales, gracias a que el hecho sucedió en domingo, porque si no podríamos estar lamentando cosas mucho más graves, con un millar de personas trabajando allí y otro tanto acudiendo a ventilar sus pleitos. No sonó alarma ninguna, y el último simulacro de incendio debió ser hace más de diez años. Ahí es nada.

Pero, aun no habiendo lo que se ha dado en llamar males mayores –o sea, víctimas-, vayamos a los males menores, que de menores poco tienen. Por un lado, acometer las labores de reparación, que vistas las fotografías no van a ser moco de pavo, con los siempre misérrimos presupuestos asignados a Justicia. Por otro, reubicar a los afectados, en un edificio en el que ya hay que ir jugando al Tetris cada vez que se crea –se creaba, porque de un tiempo a esta parte, nasti de plasti– un juzgado.

Y lo más delicado de todo. Los expedientes. ¿Qué pasa con las causas afectadas por el fuego?. Si las cosas fueran como algunos pretenden hacernos creer la respuesta sería sencilla: Nada. Con todo eso del papel 0 y el expediente electrónico la incidencia debería ser mínima. Porque, de una parte, como cualquiera que haya seguido con atención con los episodios de Barrio Sésamo, si el papel es 0, debía ser inexistente. Y, por tanto, ningún expediente se habría quemado. Pero de eso nada, monada. No hemos llegado a las dimensiones de nuestras fallas, ni de un Fahrenheit 451, pero las fotografías publicadas hablan por si mismas. Ahora sí que hay papel 0, pero por causa de fuerza mayor. Nunca mejor dicho.

Siguiendo por ese camino, alguien podría pensar que aunque hubiera expediente físicos, con lo de la digitalización  no tendría importancia. Se entra en el programa informático correspondiente y se recupera todo, aunque sea a base de imprimir como si no hubiese un mañana. Pero mira tú por donde que ahí tampoco las cosas son como las cuentan, y con esos programas informáticos que a Los Picapiedra les parecerían obsoletos, se recuperará lo que se pueda. Y sanseacabó.

Porque, y ahí viene lo siguiente, por más informatizado que se estuviera en Los mundos de Yupi toguitaconados, nuestras leyes siguen exigiendo cuños, papelitos rosa, acuses de recibo y pruebas en soporte papel que no entran en los archivos informáticos como no sea metiéndolas por una ranura. Como hizo mi hija de pequeña metiendo los Pin y Pon en la ranura de las cintas de vídeo porque quería que salieran en la tele.Y yo no he encontrado la ranura. Ni sé de nadie que lo haya hecho. Así que nada de nada.

Por eso, solo queda acudir a lo que prevé la ley de toda la vida. La reconstrucción. Quienes hayan participado en alguna, sabrán lo tediosa que es. Porque, por rimbonbante y prometedor que resulte el nombre de expediente de reconstrucción, la realidad es bien distinta. Se trata de ir casi mendigando a las partes que han intervenido en cada procedimiento que nos presten, por el amor de dios, las copias que tengan guardadas. E ir montando de nuevo el puzzle con sus cuños, sus papelitos rosas y sus acuses de recibo. Si se tienen y si la buena fe de las partes los entrega todos. Eso se mezcla con lo que se haya podido guardar en el ordenador y voilà. Reconstrucción hecha. Ya podemos ponerle una carpeta, foliar y grapar y disfrutar del genuino Papel 0 cortesía de la Justicia española. Tal como lo cuento. Y eso suponiendo que se encuentre a las partes, a sus letrados y procuradores y a quienes intervinieron, que bien podrían en el ínterin y dado lo vetusto de algún procedimiento, haberse jubilado, desaparecido o emigrado a Tombuctú o a las Batuecas.

Y eso es lo que hay. Habrá que ver qué falló en la seguridad y en el mantenimiento de edificios que cobijan cosas tan importantes. Pero mientras, habrá que tratar de desfacer el entuerto de la mejor manera posible. O de la menos mala.

Así que hoy el aplauso va a ser un pequeño homenaje. A los directamente afectados por éste y por otros siniestros semejantes que, pese a todo, seguirán impartiendo Justicia. Como siempre.

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Piezas de convicción: pasen y vean


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Gracias al teatro, el cine y las series de televisión, muy aficionadas a los temas detectivescos y de crímenes, cualquiera tiene una mínima idea de lo que son las piezas de convicción, como la tiene del cuerpo del delito En la ficción, un recurso fantástico para redondear la solución de un crimen o para servir de hilo conductor. El cuadro de Laura, la Caja de Música, el picador de hielo de Instinto básico o el alfiler de sombrero de Matador son algunos de los objetos que están directamente vinculados a la trama. Y casi se elevan a la categoría de fetiches.

En nuestro teatro son especialmente importantes las piezas de convicción. Tanto, que es desde aquí desde donde se han importado directamente al mundo de la ficción y el arte. Aunque muchas veces no son tan glamurosas ni llamativas como las que vemos en la pantalla, y se acercan más al nivel de las estampitas del timo de La tonta del bote. Aunque de todo hay. Una vez más, la realidad supera la ficción.

Cuando se habla de este tipo de cosas, lo primero que le viene a una a la cabeza son las armas utilizadas, sean más o menos convencionales, o sean objetos usados a ese fin. Recuerdo que en una causa me apareció una navaja grapada en un sobre entre los folios, con la que no me corté de milagro. Pero la que más recuerdo fue una katana que constituía el arma homicida, y que dio mucho de sí. La katana en cuestión estaba colgada en la cabecera de la cama del acusado y, cuando éste fue aprehendido, ya la había limpiado de sangre y vuelto a colgar en su sitio porque, según él “le daba pena que no estuviera allí, con lo bonita que era”. En el juicio, y tras hacer dar varios paseos a la agente judicial con la katana delante del jurado –perdóneseme la frivolidad, pero a veces me recuerdan a las azafatas de El precio justo-, el acusado me miró y me dijo “¿ves como yo tenía razón y es muy bonita?”. No hace falta que cuente al avispado lector –o lectora- cuál fue el resultado de aquel pleito.

Pero aparte de las armas, hay cosas de lo más diverso y pintoresco. Y muchas de ellas rozan lo escatológico sino se adentran directamente en ello. Una compañera me cuenta que dentro del propio expediente encontró unas colillas de una marca rara que habían recogido a la puerta del supermecado, lo que, aparte de resultar del todo inútil –¡viva la cadena de custodia!- confería al expediente un olor a cenicero que tiraba de espaldas. Y otra me cuenta que en uno de esos antiguos juicios de faltas que tantos ratos curiosos nos han proporcionado, celebrado por la denuncia de una vecina contra otra porque le tiraba porquería por el balcón, trajo una bolsa con cáscaras de pipas con la pretensión de que obtuvieran en ADN de la ínclita.

Pero para escatológico de verdad, la anécdota que me aporta un compañero, de un juicio por la denuncia de un hombre contra su compañero de piso porque, según decía, defecaba en su cama. Ni qué decir tiene que traía en una bolsa como pieza de convicción. Ni qué rapidez de reflejos la del juez para inadmitirla. Las caras del personal no es difícil imaginarlas, claro. Ni la agresión a las pituitarias, tampoco.

Me cuentan también el caso de otro juicio de vecinos, en este caso originado por la muerte de un gato. El denunciante, indignado por el presunto asesinato de su mascota, no tuvo mejor ocurrencia que aparecer con una nevera portátil donde se encontraba el cadáver congelado del minino, al que pretendía que se le practicara la autopsia. Ante ello, la causa se transformó en unas diligencias previas por maltrato animal, y ahí sigue el buen hombre guardando la nevera y su contenido para exhibirlo en el momento del juicio. Habrá que saber cómo acaba.

También debió ser digna de ver la cara de los comparecientes en un juicio por el hurto de un frasco pequeño y caro de perfume en una tienda. Se ocupó a la autora y se conservó íntegro. Pero, una vez sabido que el lugar donde lo ocultó fue una parte muy íntima de su anatomía, la cosa cambió. Por supuesto, hubo que avisar a la tienda de tal circunstancia, por si se ponía de nuevo a la venta.

Otro tanto le ocurría a un compañero en un juicio por violación, en que en la causa venían sujetas, nada menos que con una cuerda, las bragas de la victima. Llegado el momento de exhibirlas el Presidente se escaqueó de hacerlo y dijo al agente que las depositara en la mesa del fiscal que no tuvo más remedio que proceder a pinzarlas como pudo para mostrarlas con el menor contacto posible con sus dedos. Cuenta que la carcajada en que prorrumpieron los estudiantes de Derecho presentes en la Sala ante la expresión de su cara fue de las que hacen historia.

Y si hay algo que da de sí como pieza de convicción, son las prendas de ropa. Recuerdo un asunto por asesinato en que la prueba esencial era una chaqueta que la autora, presuntamente, había dejado en casa de la víctima. La de paseos con la chaqueta Arriba y Abajo, que presenciamos en la sala, y la de tiempo dedicado a sus detalles, su talla y a quién le venía bien o no. De hecho, un periodista pretendió bautizarlo como «el crimen de la chaqueta».

Aunque no hace falta irse a un hecho tan grave. Otra compañera, ante el otrora habitual juicio de faltas por una denuncia de una vecina contra otra por mancharle la ropa de lejía, presenció la exhibición de parte del guardarropas íntimo de la denunciante. Trajo una bolsa llena, y, con toda solemnidad, sacó un tanga lleno de lejía. No contenta con ello, empezó a sacar una tras otras las prendas que llevaba guardadas en una bolsa de basura. Todo ropa íntima y toda ella “picante”. Claro, que ella pretendía demostrar que su valor superaba el límite entre el delito y la falta. Habría que saber si lo logró, aunque lo que sí logró fue la hilaridad de los presentes.

Yo he presenciado exhibiciones de prendas de ropa en los momentos más inesperados. En un juicio de divorcio, por ejemplo, donde el demandante traía una bolsa llena de calcetines con agujeros, pantalones del chándal con desgarros y camisetas con lamparones, para demostrarnos lo sucios que estaban los niños cuando los recogía del cole el fin de semana que le tocaba hacerlo. Como si los angelitos tuvieran que salir de allí como un pincel o su madre tuviera la culpa de que salieran hechos unos adanes.

Y si de piezas de convicción curiosas hablamos, a las que se refiere una compañera, unos aparatitos de sex shop que la declarante estaba dispuesta a exhibir caiga quien caiga -igual si la dejan hasta hace una demostración práctica- O una de las que más me ha impresionado, la dentadura postiza de un acusado de alcoholemia que se quitó en pleno juicio y empezó a manejar con la mano como si fuera un ventrílocuo, mientras la juez y yo no sabíamos adonde dirigir la vista.

La verdad, un verdadero filón esto de las piezas de convicción. Un mar de anécdotas que les debo, como siempre, a mis queridos compañeros. Así que, una vez más, para ellos y ellas el aplauso. Mil gracias de nuevo.