Perlas dialécticas: sin la venia


retrato robot

Por más que a veces creamos que tengamos agotada nuestra capacidad de sorprendernos, nada más lejos de la realidad. Precisamente gran parte del éxito de un espectáculo consiste en explotar esa capacidad de sorpresa, en saber pulsar la tecla adecuada en el espectador para lograr el clímax de ese momento que queda grabado en nuestras retinas. Pero la sorpresa puede venir en cualquier momento, en finales inesperados como en Seven o El Silencio de los Corderos, o  en frases o instantes antológicos que quedan en nuestra memoria para siempre, como la del niño de El Sexto sentido que en ocasiones ve muertos. Otras veces son cosas más jocosas, como los aparentes despropósitos de Amanece que no es poco o aquella frase de La Corte del faraón pronunciada por el censor interpretado por Agustin González : “esto es un contumaz regodeo de la concupiscencia”. Cosas que nos producen una reacción de asombro y que se quedan ahí Por siempre Jamás.

Pero, como todos sabemos, la realidad siempre acaba superando la ficción y en nuestro teatro tenemos buenas muestras de ello a diario. Reacciones o contestaciones que nos enganchan entre la perplejidad y la hilaridad, entre la risa o el llanto. Y, por supuesto, nos ponen en serios aprietos para mantener la compostura.

Recuerdo muy bien a uno de los internos de una residencia para personas con problemas mentales, que nos recibía convencido de que era el Rey, y a quien llamábamos “Majestad” porque era el único nombre al que contestaba, mientras hacía oscilar su bata como si de una capa de armiño de tratara. Pensé que era un caso aislado, pero parece ser que le han salido seguidores, porque según me cuenta una compañera, ella misma vio como un investigado se identificaba como “Dios”, y como tal estampó su firma al pie de la declaración.

Otras veces son las reacciones espontáneas las que nos dejan de pasta de boniato. En una ocasión, el acusado, cuando ya casi iba a ser absuelto por falta de prueba en un juicio por violencia de género, quiso usar de su derecho a la última palabra para tratar de hacerse coleguilla del juez, y, guiñándole un ojo, le dijo  “ya sabemos los hombres cómo hay que tratar a la parienta, eh”, ante la estupefacción de Su Señoría. Ni que decir tiene que el solito se cargó su propia presunción de inocencia de un plumazo.

Y es que esa intención de compinchear con Su Señoría no suele dar buenos resultados. Me acuerdo de otra vez en que el Juez, harto del tuteo del denunciado, le explicó  que como quiera que no tomaban sopas juntos, no procedía otro modo de hablarle que de usted. “No te preocupes, majo, ahora mismo te invito a unas cañitas y lo arreglamos”. Algo parecido a lo que me sucedió con una señora que, apercibida de la misma circunstancia respecto al tuteo, me dijo que es que era muy campechana, como el Rey, y añadió que por eso no le importaba que yo le tuteara.

Otras veces los papeles dejan testimonio fehaciente de estas perlas dialécticas. Circula por ahí, y me hace llegar un compañero, la frase dirigida a Su Señoría, diciéndole, textualmente, “que le bese el culo”, una orden que desde luego no creo que ningún juez esté en disposición de cumplir, como tampoco lo está cuando responden que lo que digamos se lo pasan por el arco del triunfo, o por sus partes. Cualquiera imaginamos partes mucho menos desagradables por las que pasar, desde luego.

Y hablando de cosas desagradables, imagino el trago por el que pasaron la pareja de Guardias Civiles que, pretendiendo proceder a la detención por alcoholemia, sufrieron como les vomitaban en sus propias narices y por dos veces, circunstancia cumplidamente explicada en el atestado junto al hecho de que a continuación el tipo se durmió allí mismo. Y es que los tragos de uno supusieron el mal trago de los otros, sin duda. Aunque, como el que ríe el último ríe mejor, peor trago será el de la segura condena de tan plimplado individuo.

Y es que hay quien cree que pocas cosas tan inspiradoras como un buen trago. Así se hace constar en un escrito, también aportado por un compañero, en que insta a Su Señoría a que se agarre para disfrutar de su sapiencia jurídica del último día de plazo previa ingestión etílica presuntamente inspiradora. Si esa era solo la introducción, es una verdadera lástima no disponer del resto del escrito, porque la cosa prometía.

Y como ocurre tantas veces, lo escatológico también se abre hueco en nuestras perlas dialécticas. Es bastante conocida una nota manuscrita de un justiciable dedicada al órgano judicial en el que advertía que su incomparecencia al juicio respondía a una urgencia fisiológica que cambió su destino de la sala de vistas al cuarto de baño, contestada con un dechado de sentido del humor por parte del magistrado que comentaba que tal circunstancia, aun comprensible, no le eximía de su obligación. Lo que podría traducirse en un “no le excusa el excusado”, vaya. Aunque una de mis favoritas es la anécdota de una señora que alegó problemas de salud, diciendo de sí misma que era “muy vaporosa”. Cuando yo andaba pensando en una Sílfide vestida de tules y gasas, me encontré con la cruda realidad: no eran vapores sino gases a lo que aludía la mujer y que le traían a muy mal traer sin tener un baño cerca.

Otra compañera me aporta una perla notable, esa vez con connotaciones sexuales. La de quien rellenó las preguntas que le hicieron en el cuestionario haciendo referencia a que la pareja en cuestión se regalaron entre sí un lubricante. Igual supuso que así es todo más fácil, hasta impartir Justicia

Y si de hacerlo fácil se trata, lo que hizo otro justiciable, aportando su propio retrato robot del autor del hecho, que me pasa una compañera, y que es el que ilustra este estreno. Muy majo desde luego, aunque no sé hasta qué punto resultaría útil. visto que aun andaba lejos de ser un Velázquez o un Goya, pero la buena intención no se la quita nadie

Así que, como siempre, hoy el aplauso es para mis compañeras y compañeros que han tenido a bien proporcionarme las perlas con las que he montado el collar. De nuevo, mil gracias.

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4 pensamientos en “Perlas dialécticas: sin la venia

  1. Jaja, muy bueno, me has recordado aquella otra que a buen seguro conocerás y que ya no sé si tira más a leyenda urbana que a caso verídico. Sucedió en la Audiencia de Cáceres. A una mujer que comparecía como testigo de una pelea en la que resultó herida le pregunta el fiscal, ¿usted resultó herida en la reyerta? y responde ella, “bueno, me hirieron entre la reyerta y el ombligo”. Saludos

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  2. Llevaba un año en mi primer destino en la Fiscalía Provincial de Cádiz cuando me endosaron un juicio por violación. Era la primera vez que me enfrentaba ante semejante delito. Tenso y “acojonado” me dispuse a afrontarlo, avergonzado por hacer un interrogatorio en el que no sabia que términos utilizar hasta que todo derivó en unas risas contenidas de la Sala y mías que dieron lugar a un receso. La causa fue mi pregunta: ¿entonces ud. penetró a la victima?. La respuesta fue esperpéntica: “no señoría, yo solo la brocheé”. Desconocía hasta entonces esa técnica sexual que juró jamás puse en practica.

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