Espacio: establecido o improvisado


camarote

El espacio es una de las partes fundamentales de cualquier representación. El escenario, con sus decorados cambiantes, los exteriores, el patio de butacas y también las bambalinas y los camerinos. Todo forma parte de cada obra, le da o le quita sentido, contribuye a que triunfe o fracase. De Una habitación con vistas a la habitación del pánico, del Gran Hotel al hostal del Norman Bates de Psicosis, de la mansión de Rebeca a la Tara de Escarlata, de El lago azul a la Selva Esmeralda, el propio espacio da título a muchas películas. Y es nada podría ocurrir sin su propio espacio.

Nuestro teatro tiene su propio espacio, tan definido a priori que parece que no admite variaciones. La sala de vistas, el juzgado de guardia, las bambalinas, los despachos, los calabozos o los exteriores  son algunos que ya han tenido su propio estreno. Pero en nuestro teatro, Abracadabra, Nada es lo que parece, y a veces hay que improvisar. Y mucho.

La imagen que a todo el mundo le viene a la cabeza cuando se habla de nuestro teatro, es la de la sala de vistas solemnes, con pesado mobiliario de madera y cortinajes de terciopelo, que nos ofrece, año tras año, la solemne apertura del año judicial. Unas imágenes a las que bastaría poner en blanco y negro para hacerlas pasar por las de hace muchos, muchos años. Sin mujeres, lo que acrecienta la sensación de algo lejano y algo pasado de moda –por no decir casposo-

Pero las cosas no siempre son así. Las necesidades apremian y la inversión en justicia es tal que si no inventamos soluciones, nadie nos las va a proporcionar. En este siglo, al menos. Así que a improvisar tocan.

Los juicios deberían celebrarse en las salas de vistas. Pero esto, que parece una obviedad, no lo es tanto. En primer lugar, porque ocurre los señalamientos son muchos y no haya salas suficientes. También ocurre que las salas no estén preparadas para la vida moderna, y mucho terciopelo y mucha bandera y mucho cuadro pero no hay modo de reproducir un vídeo, de llevar a cabo una videoconferencia o incluso de grabar la sesión. Recuerdo haber recorrido en togada procesión los pasillos de la Ciudad de la Justicia para hacer una prueba por videoconferencia en una sala pequeña donde estaba el aparato y hacíamos cola paciente esperando nuestro turno. También recuerdo un juicio donde la prueba fundamental era un vídeo en VHS –los hechos habían ocurrido hacía mucho- y no había modo de reproducir aquello.

Por esas razones y otras muchas, cada día usamos más otros espacios. Despachos o salas multiusos se convierten en improvisadas salas de vistas, que tienen poco de salas y unas vistas que en nada se parecen a los cortinajes rojos y demás parafernalia.

Las salas multiusos y similares son, como su propio nombre indica, salas multiusos. No salas de vistas, aunque eventualmente puedan servir de ello. Esa naturaleza de multiusos las convierte en improvisados archivos donde se apilan los expedientes que no caben en otro sitio, en despacho de quien carece de despacho –como un juez de apoyo, sin ir más lejos-, sala de reuniones, lugar donde esperan las víctimas y cualesquiera cosas más. No tienen ni una disposición del espacio como una verdadera sala de vistas ni un espacio adecuado donde esperar justiciable y profesionales a que llegue su turno ni, mucho menos, el más mínimo sitio para que se instale un eventual público –recordemos que los juicios se celebran en audiencia pública salvo las contadas excepciones que prevean las leyes de procedimiento. Convertirlas en salas de vistas da lugar a muchos inconvenientes y situaciones pintorescas.

En primer lugar, parecen más una salita de tertulias que una lugar donde se celebra un juicio. Y eso lleva a que las partes se comporten como una salita, y pidan la palabra, intervengan, se contesten y hagan escuchitas con sus letrados para desesperación de los presentes. Sería bueno recordar que el único caso en que la ley prevé que los letrados se sienten junto a sus defendidos es en el procedimiento de Jurado, y que esto no es como lo que ven en las películas.

Luego está el tema de las sillas. Como haya varios profesionales y partes, comienza una carrera como si fuera la prueba del Un Dos Tres para cazar sillas de juzgados vecinos. Si caben, claro. Hay procuradores que pasan el jucio entero en pie por falta de silla, espacio, o ambos. Si se necesita biombo –cosa frecuente en violencia de género-, más carreras para haceerse con uno. La verdad es que a veces me parece estar oyendo una música imaginaria y que todos tuviéramos que correr en círculo y asegurarnos de tener la silla cuando la música para, como en el conocido juego infantil.

Pero quizás lo peor sea lo de fuera. Un pasillo es todo lo que hace las veces de hall para esperar el turno de su juicio. Allí se mezclan, sin orden ni concierto, acusados y víctimas, familias de unos y de otros, demandantes y demandados, testigos, aspirantes a público y hasta menores a la espera de exploración. Y a veces se montan unos jaleos de padre y muy señor mío. Como decía alguien, no pasa más porque Dios no quiere.

Y lo peor es que, a veces, éste es el mejor de los sitios posible. He asistido a declaraciones junto a la mesa de una funcionaria, apiñados todos a su alrededor, con más frecuencia de la que sería recomendable. Y con todo, creo que soy afortunada, porque he leido en los periódicos de juicios celebrados en plena calle porque el juzgado no tenía previsto lo de las barreraas arquitectónicas.

Que esa es otra, y no baladí. Sin ir más lejos, el otro día, una testigo víctima tuvo que sortear expedientes y esperar a que quitáramos sillas y mesas para conseguir caber con su silla de ruedas en la dichosa sala multiusos. Y es que, como sucede en Justicia, todo es precario. Y el espacio es de todo menos espacioso.

Por todo eso, hoy regresamos desde el escenario a privar del aplauso a quienes no preven estas cosas ni dotan de medios para ello. Tírenles cada cual lo que crea. Mi toga, mis tacones y yo nos sentamos a verlo comiendo palomitas.

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4 pensamientos en “Espacio: establecido o improvisado

  1. Pingback: Personas especiales: ¿cómo actuamos? | Con mi toga y mis tacones

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