Bichos: inquilinos indeseados


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Cualquiera ha padecido las molestias de insectos y otra fauna pequeña o diminuta. Seres que, sin ser invitados, se cuelan en nuestros espacios y nos pican, muerden, o fastidian de cualquier forma imaginable. Aun recuerdo cómo me picaba todo cuando ví por vez primera Cuando ruge la marabunta, o el pánico que me invadió al ver Los pájaros. Pero el cine suele ser generoso con ellos y los muestra coloridos, felices y contentos las más de las veces, sean Bichos, Ants, La Abeja Maya o la fauna simpar que acompañaba a Blancanieves por el bosque o a Cenicienta en su desdicha.

A lo largo de mi vida toguitaconada he visto ratas comiéndose archivos –en una sede que ya no existe, por fortuna-, cucarachas acompañándote en el ascensor y varios inquilinos indeseados más con los que no es posible ejecutar un desahucio por precario. Y no es cosa del pasado. Sin ir más lejos, en el juzgado de guardia nos atacan unos mosquitos del tamaño de elefantes. Y eso porque soy valenciana, que si fuera andaluza exageraría diciendo que tienen el tamaño de mamuts. Y los fabricantes de insecticidas tan contentos de que incorporemos a nuestro kit de guardia, junto al Código Penal y demás, un spray matabichos. Siempre hay alguien que saca tajada de la desdicha ajena.

Los mosquitos y demás amiguillos me hicieron recordar una plaga de pulgas de hace un par de años y los titulares surgidos al efecto. Recupero algo que escribí entonces, pero que, mutatis mutandi, valdría en cualquier momento.

 

PULGAS CON CLASE

                En los pasados días leía una noticia que me dejó pasmada. Rezaba el titular en cuestión que las pulgas incordiaban a los magistrados en los juzgados de Valencia. Tal cual. Y digo que me quedé pasmada no por el hecho en sí, que ya conocía en mis propias carnes, sino por la manera de contarlo. O por la manera de comportarse de las dichosas pulgas, que una nunca sabe.

El hecho es que ante tal afirmación una no puede dejar de sorprenderse ante el comportamiento pulguil, y analizar a qué se debe semejante titular. Y así, visto que no existe ninguna declaración de las protagonistas activas de la noticia, hay que barajar todas las posibles opciones: a) las pulgas son extremadamente clasistas y sólo le gustan quienes visten toga y puñetas y, entre éstos, sólo los magistrados; b) únicamente los magistrados tienen sensibilidad suficiente para que les afecte el comportamiento de tales bichitos; c) el resto de seres humanos que habitamos los juzgados somos inmunes a las picaduras. Cualquiera de éstas sería válida, digo yo, porque, por supuesto habría que descartar otras dos opciones, a saber : que quien escribió el artículo no tenía ni idea que en los juzgados, además de magistrados y pulgas, hay otros seres vivos, algunos de ellos humanos, o que quería hacer un titular redondo y llamativo a cualquier precio. Pero eso seguro que no es así, y contrastó la noticia antes de sacarla a la luz a bombo y platillo. Faltaría más.

Así que, a pesar de todo, me han dado una alegría. Porque ahora sé que las pulgas en cuestión sólo buscan incordiar a los magistrados, así que los demás podemos estar tranquilos, por más que las marcas en la piel lo contradigan. Bastará con advertir que no somos magistrados para que se retiren, según parece. Que estoy por hacerme una etiqueta como los niños de la guardería para anunciar cuál es mi profesión o, mejor, cuál no es.

El caso es que lo que me pregunto es si realmente lo que les gusta a las pulgas es el conocimiento del derecho, que quizás son unas estudiosas de la pulguisprudencia, o se trata de mero clasismo, y son pulgas de la jet set. Igual hay que buscar entre los canales de televisión y sintonizar el Púlgame de luxe y así nos enteramos.

Lo que sí tengo claro es que la cosa no es autóctona. Que no sé si se trata de pulguillas inmigrantes o de empingorotadas pulgas cosmopolitas, pero al igual que ahora aparecieron de falleras, me consta que ya lucieron trajes de faralaes o de chulapas, en sus respectivas comunidades, y que si no bailan la sardana es porque tienen unos aparatitos que les impiden acercarse.

Ahora, por suerte, parece que la cosa ha pasado, y ya deben haber emigrado en busca de otros lares, porque ya van varios días que no aparecen. Eso sí, por si vuelve a pasar, estaré atenta. Y esgrimiré un “yo no soy magistrado” como anatema para librarme de su ataque. Igual, hasta le vendo la idea a alguna casa de insecticidas y le saco un rendimiento, que todo es posible.

Así que, si se acercan por algún juzgado, ya lo saben. Las pulgas solo incordian a los magistrados. Los demás, al parecer, estamos a salvo ¿O no?

Y hasta aquí, lo que escribía entonces. Aunque seguimos teniendo de vez en cuando polizones insectiles, que eso no ha cambiado nada. Y seguro que los titulares tampoco lo harían. Por eso, es difícil que el aplauso no sea para nadie más que para quienes aguantamos contra viento y marea. O mejor, contra moscas y mosquitos.Aunque sea a base de rascarnos hasta levantarnos la piel a tiras.

 

 

 

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