Más anécdotas: el making of


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Como veíamos en el estreno pasado, las togas también ríen. Y a veces, les entran esas ganas irresistibles en el momento que menos debiera, y hay que disimular como sea. Menos mal que, como buenos actores de nuestro teatro, interpretamos nuestro papel a la perfección, sin que se note. O al menos lo intentamos, que en nuestra Escuela Judicial o Centro de Estudios Jurídicos, Escuela de Práctica o lo que corresponda no hay método Stanislavsky que valga. Aunque quizás sería cuestión de implantarlo.

El caso es que, como veíamos, gran parte de las anécdotas -que hacen bueno el dicho de que la realidad siempre supera la ficción- ocurren, u ocurrían, en los defenestrados juicios de faltas, hay otros filones para no perder de vista. La guardia, sin ir más lejos. Algo así como el making of de lo que luego será el gran estreno, el juicio. Así que, desafiando otra vez aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” –si El Padrino II y El Imperio contraataca la consiguieron, por qué no nosotros-, me lanzo a ello. Sin olvidar la advertencia de que este estreno está basado en hechos reales, aunque espero que tal advertencia no produzca el efecto somnífero que muchas de las películas que la hacen me provocan, sobre todo si las hacen en la tele a la hora de la siesta.

Y es que la guardia da mucho de sí, porque muy variados son los casos que se nos presentan y muy variadas también las actuaciones a realizar. Entre ellas, las declaraciones darían para una capitulo aparte, como la de una señora que acudió indignada a denunciar por estafa a quienes le vendieron el supuesto veneno con el que ella pretendía envenenar a su marido a base de aliñar con él el caldo gallego que el pobre señor se tomaba un día tras otro. Y como resultó que el señor estaba como una rosa, la mujer se sintió ofendidísima con quienes, en lugar de veneno, le vendieron colirio. Y así lo contó. Y claro, se descubrió el pastel. O el caldo gallego, en este caso. Pero es que lo de que por la boca muere el pez es rigurosamente cierto. Y si, que se lo digan al juez, el fiscal y el abogado que escucharon como un acusado por causarle lesiones a su padre, lejos de negarlo, preguntaba cuál era la pena por asesinato, y al conocerla, se maldijo a sí mismo en voz alta porque le parecía un buen precio por quietarse de encima un progenitor que intuyo que no le había dado muchas alegrías.

Otra de las máximas que se cumplen a pies juntillas en ese making of de nuestro teatro es el de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”. Y algunos, con una gracia que no hay quien lo aguante. Como la mujer de un imputado que, tras meter la pata con sus embustes en un intento de salvar con su declaración a su maridito, espetó, cuando se vio acorralada un “no se admiten más preguntas, Señoría”, y se quedó más a gusto que un arbusto. Como a gusto debió quedarse otro imputado al ser identificado por la policía, hasta el punto que el atestado constaba como “quien dice ser y llamarse Caperucita Roja”. Un tipo que con cierta frecuencia aparecía por los juzgados, aunque todavía esperan que algún día se lleve a su abuelita. Pero probablemente tengan miedo al lobo feroz.

Pero no fueron los únicos casos en que las personas acaban siendo esclavas de sus palabras. En una ocasión, ante la inocente pregunta del juez al imputado de si pegó a su esposa, éste respondió a su vez con otra pregunta : ¿Qué usted no pega a la suya?. Ni que decir tiene que el Fiscal no necesitó esmerarse demasiado en el interrogatorio.

Otra parte donde hay una verdadera mina por explorar son los propios atestados. Los hay que hablan de órdenes de alojamiento, de individuos que van haciendo heces por la carretera porque estaban híbridos o de otros que estaban haciendo uso del matrimonio con una prostituta. En una ocasión, se consignó como uno de los síntomas de la intoxicación etílica que el sujeto tenía el rostro pálido, y cuál no sería mi sorpresa al ver al comprobar que el individuo era… de raza negra. Y en otra, ante la solicitud de una explicación de qué entendía por “mirada vidriosa”, otro de los síntomas de ebriedad que se consignaban en el atestado, la respuesta fue : “pues qué iba a ser, que llevaba gafas”. Una aparente obviedad que también escuché en otra ocasión, cuándo me explicaron que deambulación vacilante era eso, que el imputado le vacilaba, al tiempo que chasqueaba los dedos para escenificarlo. Impresionante, en dos palabras o en una, como se quiera. Cosas del predictivo o no, nunca lo sabremos. Pero una fuente inagotable de risas y sonrisas.

Otras veces la obviedad viene de la propia descripción de la prueba, como un caso que cuenta un compañero en que, habiendo sustraído un individuo, entre la gamberrada y la inconsciencia, el botín consistente en una bola llena de chucherías, se describe como fue hábilmente descubierto por el reguero de chicles que dejaba a su paso y desembocaron en la detención. Aunque no siempre el botín es tan inocuo, aunque sí igual de visible, ya que, según me cuenta otro compañero, supo como en una diligencia de registro en un banco, desapareció a la vista de todos uno de los vehículos policiales.

Y es que, por más que pasen los años, esta profesión nunca deja de sorprendernos, y de proporcionarnos un arsenal de anécdotas. Por eso, hoy el aplauso es para ellos, para los que, sin quererlo, nos han dado esos momentos inolvidables. Y, por supuesto, para los compañeros que me las han hecho llegar.

Anécdotas: las togas también ríen


NinoRiendoAnimado

Si hay un género dramático agradecido y celebrado, ése es la comedia. El más duro de los argumentos puede tener su lado amable. Y, desde luego, una de las mejores frases que he oído jamás “Nadie es perfecto”, pertenece a una memorable comedia, que hoy remasterizamos en nuestro teatro en una nueva versión, una suerte de remake judicial: Con togas y a lo loco.

Y es que entre tanto drama y tanto seriedad, siempre hay momentos en que la hilaridad se impone, y no queda otra que disimular, tirar un bolígrafo al suelo o cualquier otra cosa para que nadie note que somos juristas al borde de un ataque de risa. Y ojo, que no siempre es fácil.

Las guardias o los defenestrados juicios de faltas constituyen un verdadero filón para hacer aflorar el sentido del humor incluso del más serio de cuantos togados haya en el mundo mundial, pero como no solo de faltas vive el jurista, cualquier momento es bueno para sacar de paseo la sonrisa cuando no la risa franca. Eso sí, tratando de mantener la compostura y, por supuesto, con todo el respeto al justiciable. Que lo cortés no quita lo valiente y, al igual que, como decía un viejo culebrón, Los ricos también lloran, en nuestro caso Las togas también ríen.

Y es que cualquier momento es bueno para que aparezca la musa del humor, los juicios de faltas –habrá que ver si los nuevos levitos los superan-, las guardias, la sala de vistas, y hasta los propios juicios civiles o sociales o cualquier otro momento entre compañeros.

Pero empecemos exprimiendo el limón de las faltas, aunque sea como postrer homenaje a las que tantos ratos distendidos nos regalaron, con la promesa de una –o más- nuevas entregas para otros momentos.

Difícilmente olvidaré uno de mis primeros juicios, en uno de los pueblos de la geografía española donde todavía existía un único juzgado, en que tuvimos serios problemas para celebrar un aparentemente sencillo caso de agresión a un árbitro en un partido de fútbol de tercera regional. La cuestión es que costó Dios y ayuda encontrar letrados que no estuvieran implicados con una de las partes y, cuando lo logramos, nos encontramos un problema nuevo: el oficial que hacía las funciones de secretario era nada más y nada menos que el entrenador de uno de los equipos, y se empeñaba en explicarme que el árbitro lo tenía merecido por pitar aquel penalti. Tuvimos que improvisar un sustituto, y salimos como pudimos del trance, con todos condenados, por cierto, porque se empeñaban en justificar la agresión en la terrible decisión del colegiado. Cosas del fútbol, como dicen.

Menos mal que no me trajeron el balón, que cualquiera sabe. Como quiera que en la citación dice que deben de traerse los medios de prueba, hubo una vez que no solo me trajeron la cinta de vídeo, sino que trajeron el reproductor y hasta una televisión cargada en una furgoneta. Y entonces nada de pantalla plana, no nos creamos.

Pero las pruebas no siempre son tan agradables. Una fiscal me cuenta que a ella pretendían sacarle en la sala de vista el contenido de una bolsa de basura que contenía las pruebas de la acción. Que no era otra que haberse defecado en la cama del compañero de piso, por lo que rápidamente evitaron que les dieran en las narices con la prueba del delito. Por la integridad de sus pituitarias, por descontado.

Y otros cuentan que le pillaron allí mismo con la cuña de queso que había tomado prestada de un establecimiento, alertados por el olor que desprendía el acusado y que emergía de las partes menos nobles de su cuerpo. Un lugar donde debe serles grato ocultar los sustraído. Y cuando de comida se trata, la cosa tiene su aquel, que uno nunca sabe. Que hay una compañera que afirma no haber vuelto a un supermercado tras comprobar en juicio que no querían ser indemnizados porque recuperaron lo hurtado, que el acusado había guardado en esa parte del cuerpo a la que tiene tanta estima. Y otro que me cuenta que el traje de chaqueta de marca que ocultaba el acusado bajo su viejo chándal fue puesto después a la venta.

Pero es que en esos pueblos pequeños, un juicio es un evento memorable. Me cuenta una compañera que en donde ella ejercía los parroquianos se ponían el traje de los domingos para presenciarlos, que no había otro acontecimiento que los juicios o la Misa. Aunque luego tuvieran que aguantar la risa ante la imposibilidad el policía insultado de repetir en público los insultos recibidos: “carapeo, feo, feo, so mamón” (sic). O ante la reacción de un acusado que afirmaba sin cortarse un pelo que echó a correr ignorando el grito de “alto” del agente porque no pensaba que con ese cuerpo le fuera a coger.

Pero, así como para algunos un juicio es un acontecimiento, para otros es algo tan manido que se permiten sugerencias sobre el procedimiento. Como le sucedió a otro compañero, al que un patriarca gitano, no contento por lo que sucedía, le advirtió que suspendería el juicio y se lo llevaría a la capital de la provincia. Y era tal su seguridad, que casi le hacen caso.

Así que hoy cambiaremos el aplauso por una sonrisa. La que dedico a todos aquellos que, con todo, nos han hecho pasar un buen rato. Y por supuesto, a los esfuerzos de los profesionales por mantener el tipo, entre los cuales están los compañeros que me han aprovisionado de tan jugosas anécdotas, lo que les agradecemos de corazón mi toga, mis tacones y yo misma.

Y esto no es todo. Permanezcan atentos a sus pantallas, que la función tendrá continuación.

Desplazamientos: toga en ristre


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Pocas cosas hay más propias del mundo de la farándula que los bolos. Las galas de verano, las giras por distintas ciudades o por distintos países son la esencia del mundo del artisteo. Por eso, ha pasado a formar parte del acervo popular eso de viajar más que el baúl de la Piquer, por referencia a la tonadillera valenciana de hace ya unos cuantos años.

Y nosotros también llevamos nuestros buenos bolos a las espaldas. O al menos, algunos de los intérpretes de nuestro teatro. Porque la verdad es que jueces y secretarios Judiciales –en nada, Letrados de la Administración de Justicia- se desplazan poco. Tienen su juzgado, su partido judicial y, salvo algunos destinos concretos, se mueven poco. Lo hacen, eso si, para determinadas diligencias, como una reconstrucción de hechos, un levantamiento de cadáver o visitas a centros penitenciarios para práctica de diligencias, o para inspección de residencias, los que asumen esta función. También lo hacen los que llevan Juzgados de Vigilancia penitenciaria o Juzgados de Menores, para visitar los centros propios de su jurisdicción. Pero más allá de éstos, no son quienes más galas tienen en nuestro espectáculo. Cosas de la programación que en nuestro caso, se llama Ley orgánica del poder Judicial.

Quienes sí salimos con frecuencia somos los fiscales. Para nosotros, sí que vale el dicho del baúl de la Piquer, sobre todo los más jóvenes, que es bien sabido que, salvo excepciones, el nivel de escalafón es inversamente proporcional al número de salidas y la distancia de éstas de la respectiva sede. Cuanto menos veterano es uno, más galas le salen. Algo así como esos artistas que hacían las Américas para luego poder instalarse cómodamente en España. Y es que, como la distribución del Ministerio Fiscal tiende a centralizarse en una sede, aunque ya queden lejos los tiempos en que todos estaban en las fiscalías provinciales merced a la creación de Fiscalías de Area y Secciones territoriales, no queda otra que desplazarse para hacer las labores de guardia, los extintos juicios de faltas –hoy levitos-, los juicios civiles, o los juicios rápidos del octavo día o del día que toque. Con la toga a cuestas, con el chófer cuando lo había, el taxi concertado si el presupuesto llega, el trasporte público o el vehículo propio, según se pueda. Recuerdo la cantidad de kilómetros que recorrí en mi primer destino, con mi propio coche, como si fuera el Herbie de Chity Chity Bang Bang, y con mi propia angustia, dado que mi sentido de la orientación es el mismo que el de un gato de escayola, y entonces, lo del GPS no cabía ni en el más disparatado de los sueños. Sabía, eso sí, el día que había mercado en uno u otro pueblo y, dado que en uno de ellos coincidía con el día de los juicios de faltas, conseguía llegar siguiendo a las señoras que llevaban carrito de la compra, y que la policía nos hiciera un hueco al lado del camión que descargaba lechugas. Incluso en ocasiones nos regalaban alguna, y aun me río de la cara de pasmo del que nos las regalaba ante mi negativa obstinada a recibirla, no fuera a considerarse cohecho. Y no me iba a jugar mi puesto, que me había costado tanto esfuerzo, por una lechuga, por fresca y estupenda que estuviera.

Pero no somos los únicos que viajan. Los médicos forenses también tienen que hacerlo, que desde que dejaron de estar de adscritos a un juzgado y pasaron a integrarse en los Institutos de Medicina Legal, han pasado a tener una situación parecida a la nuestra.

Y, por supuesto, los abogados, y también los procuradores, cuando les toca. Que no es raro verles correr como alma que lleva el diablo porque tienen señalamientos distintos en pueblos con una distancia kilométrica importante. Y llega un punto en que empiezan a mirar el reloj como si se tratara de la lámpara de Aladino.  Porque cualquier retraso en un juicio o diligencia, desmonta ellas piezas de lego de su programación y desbarata el castillo. Y ahí están, haciendo encaje de bolillos para llegar de un sitio a otro. Recuerdo una vez, no hace mucho, en que la Letrada llegó con una brecha en la cabeza, directa del hospital donde le habían dado puntos entre juicio y juicio en diversos lugares de la provincia, porque con las prisas ella solita se había abierto la crisma con la puerta de su coche. Por suerte, no pasó del susto y aun bromeamos sobre ello.

Así hoy sí que sí. Vaya el aplauso para todos los que toga en ristre, se recorren a toda prisa la geografía española para que se pueda hacer justicia. Que no siempre es fácil. Que ya dijo el poeta eso de «Con tropemil juicios por banda, toga en ristre a toda vela..». ¿O no era así’

Silencio: mutis por el foro


SILENCIO

         Todos hemos oído alguna vez eso de que hay silencios más elocuentes que cualquier palabra. Y es bien cierto. En el teatro se hace un gran uso de él, y las pausas dramáticas son un recurso más que utilizado. El propio silencio es el protagonista de obras tan conocidas como El silencio de los corderos o Los gritos del silencio.

         En nuestra función el silencio también es fundamental. Tanto, que constituye un derecho del imputado cuando es interrogado, que puede declarar o no declarar, contestar o no contestar a todas o algunas de las preguntas que le hagan y, en definitiva, hacer lo que crea procedente. O, mejor, lo que le aconseje su abogado, si es que se deja aconsejar, que no todos los hacen. Porque es España, por el contrario de lo que sucede en otros derechos, el acusado, imputado, investigado o como quiera que decidan llamarlo, no presta juramento ni comete delito alguno si se hincha a decir mentiras. Y es que en nuestro país no existe el delito de perjurio. Y no se le dice eso de que tiene que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, por más que nos hayamos aprendido la frasecita de memoria a base de oírla una y otra vez en películas de juicios. De hecho, recuerdo la cara de decepción de más de una persona citada en el juzgado cuando no ha encontrado Biblia donde poner la mano y jurar por lo más sagrado. Pero ya sabemos eso de Spain is different. Por suerte, en este caso.

         Lo del derecho del imputado  –no me acostumbro a lo de investigado- a guardar silencio e incluso a mentir impunemente, tiene su aquel. Recuerdo un magistrado con poca paciencia que decía en juicio: Usted tiene derecho a guardar silencio, pero no a tomarnos el pelo. Y se quedaba tan fresco. Pero es que a veces las versiones con las que se defienden pueden llegar a sacar de quicio a más de uno. Pero hay que estar ahí, que los derechos son los derechos.

         Eso sí, quien no tiene derecho a guardar silencio es el testigo . Aunque no tenga que jurar en términos cinematográficos, sí ha de jurar o prometer decir verdad y además les advierten que de no hacerlo podrían dar con sus huesitos en la cárcel. Y nada de acogerse a la Quinta Enmienda, que aquí de eso no gastamos. Aunque algún enteradillo ha intentado más de una vez hacerlo valer.

         Pero como toda regla tiene una excepción, también aquí la hay. Y hay testigos que sí se pueden acoger a una especial derecho al silencio. Son los parientes del imputado respecto de los hechos cometidos por éste. Una previsión que tiene sentido en muchos casos, pero que en otros está causando un daño enorme.

         Y es que nuestro Derecho permite que quien es testigo de un delito cometido por su padre, por su hija, por su esposa o por cualquier otro pariente de los más cercanos, pueda acogerse a lo que llamamos la dispensa a declarar. Se trata de evitar el conflicto de intereses entre cumplir con la obligación ciudadana o la lealtad a la persona querida Y así es como se planteaba, en un momento en que lo privado primaba sobre lo público, en un momento –el siglo XIX- en que los derechos sociales aún andaban en pañales. Pero como aquí hay leyes que duran y duran como el conejito de Duracell, pues ahí quedó para siempre jamás en nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal. Y lo que fue hecho para solventar un conflicto, produce en algunos casos otro aun mayor : que la víctima pueda no declarar contra su verdugo, como ocurre en tantos casos de violencia doméstica y, sobre todo, de violencia de género .

         No voy a ocultar que ese silencio no me gusta nada. Porque no es el silencio de quien cree que debe lealtad, es el silencio del miedo, el silencio de la vergüenza, el silencio de miles de mujeres tan machacadas que ni siquiera son capaces de ver lo que les pasa. Y es muy duro tener que ver y oir como una mujer apalizada en el cuerpo y en el alma se niega a declarar contra su agresor, es muy duro presenciar como caen las lágrimas a borbotones de sus ojos morados de un puñetazo. Pero más duro aún es saber que la ley le ampara para hacerlo. Y que eso puede suponer su sentencia de muerte.

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         Así que hoy no hay ovación ni aplauso. Ni siquiera abucheo. Hoy solo hay un silencio, porque ya se sabe que hay silencios que lo dicen todo.

PRESUPUESTOS: EL PRECIO ¿JUSTO?


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Todos hemos oído alguna vez eso de “pagar el precio de la fama”. Cuando un artista o famoso o famosuelo por cualquier razón se ve sorprendido por un Objetivo Indiscreto, o se ve sometido a las opiniones de cualquiera por algo que ha hecho o ha dejado de hacer en su vida, se dice que está pagando el precio de la fama. Como dije en mi anterior post, parafraseando a la profesora de Fama, la fama cuesta, y hay que pagarla.

Pero este es el precio simbólico, y hay otro precio mucho menos metafórico, y más real. El precio de verdad, el dinero que hace falta para pagar a los artistas, el decorado, los guionistas y todo lo que rodea el espectáculo, hasta el catering. Lo que puede llegar a diferenciar una función mediocre de una laureada con muchos premios. ¿O acaso alguien cree que un guión tan simplón como el de Titanic se hubiera llevado tantos Oscar si no hubiera tenido un presupuesto tan titánico como su nombre indica? ¿O que el Parque Jurásico no hubiera pasado en ser una más de dinosaurios si el presupuesto no hubiera sido tan gigantesco como el Tyranosaurius Rex?

Pues eso es lo que pasa en nuestro teatro. Quisiéramos hacer una obra maestra, una función que fuera digna de todos los premios del mundo. Y, de hecho, contamos con los mejores guiones y con intérpretes de primera fila, con grandes dosis de vocación y con una ilusión a prueba de bala, por más que a veces cueste tanto mantenerla. Pero algo falla. Y ese algo no es otra cosa que el dichoso presupuesto, ese corsé en que se mete el gasto que se ha de hacer en justicia, un corsé tan apretado que ni la Mamita de Lo que el Viento se llevó creo que pudiera ajustar.

¿Que pedimos grapas, cuños, posits o carpetas? No hay dinero. ¿Qué tenemos que hacer nuestro trabajo a 40 grados porque el aire acondicionado no funciona en pleno mes de julio? No hay dinero. ¿Que hace falta más jueces, fiscales o funcionarios? No hay dinero. ¿Qué hay una baja y hacen falta sustitutos? No hay dinero. ¿Qué los ordenadores funcionan a pedales, si lo hacen? No hay dinero. Y así una cosa y otra y otra. Y cualquiera rueda un filme en condiciones. Que ya me gustaría a mí ver cómo se las apañaba el director de Memorias de Africa para rodarla en un sótano o el de StarTrek o La Guerra de las Galaxias si hubiera de hacer las naves con cajas de cerillas.

Y ahí seguimos. Esperando cada año como si no hubiera un mañana que esos sesudos señores que hacen la ley de presupuestos se acuerden de nosotros, como ya les pedimos en nuestra carta a los Reyes Magos. Pero nada. Predicar en el desierto, que diría mi madre.

Pero una no pierde la ilusión, y mira a ver si esta vez se han acordado de nosotros, como Santa Claus se acordaba cada año de aquella diminuta Natalie Wood de De Ilusión también se vive a pesar de que ella no creía en él. Y va y no. De eso nada.

¿Recuperaremos alguna vez aquellos juzgados que se crearon pero nunca entraron en vigor? ¿Tendrán los JAT y los FAT (Jueces y fiscales de adscripción temporal) plazas definitivas? ¿Nos devolverán a los sustitutos perdidos? ¿Crearán plazas suficientes para poder trabajar en condiciones? ¿Arreglarán las sedes que se caen a pedazos?. Pues no, no, no y no. Parece que tendremos que esperar otro año, y otro, que el cinturón ese que había que apretarse a unos nos ciñe más que a otros, y a nosotros nos sigue teniendo con la lengua afuera y morados a costa de no poder respirar. De hecho, como apunta un opositor tuitero y desesperado, ni siquiera hay manera de desentrañar de la lectura del proyecto de ley de Presupuestos si las plazas de oposición para jueces y fiscales van a ser 100 o 150. Que me temo que será lo primero, claro, porque aquí siempre hay que ponerse en lo peor. Y encima, querrán que nos pongamos a echar cohetes.

Así que me da que nos habremos de conformar, una vez más, con decir eso de Amanece, que no es poco, y seguir dando una función de serie B cuando podríamos hacer una obra maestra.

Por eso hoy, una vez más, propongo al público una ración dual de ovaciones y abucheos. Los primeros, para los que intentan hacer la mejor de las representaciones pese a todo. Los segundos, para los que se lo impiden. A buen entendedor…

Sentimientos: corazón togado


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Entre los espectadores de cualquier función, siempre hay entendidos, expertos en el arte de que se trate, sea teatro, cine, danza o música. Pero la mayoría no lo son. Quienes acudimos al teatro, esperamos ver una representación que nos llegue, aunque jamás hayamos solfeado una nota, ni hayamos pisado un aula de ninguna Escuela de Arte Dramático, ni sepamos distinguir una triple pirouette de una vuelta de las de toda la vida. Pero todos sabemos algo incuestionable: si la función nos gusta o no. Y para eso no necesitamos saber si el artista se formó en el Bolshoi o en el Actor’s Studio. Es más, puede no transmitirnos nada aunque tenga la formación más depurada, o puede dejarnos tocados aunque no haya pasado jamás por tan reputadas aulas. Porque, para que un artista llegue al público necesita un ingrediente fundamental que no se enseña en ninguna escuela: ponerle corazón a lo que hace. Sólo así consigue traspasar esa frontera que hay entre nuestros cuerpos y nuestras almas. Si, además, tiene una preparación exquisita, pues miel sobre hojuelas. Y es entonces cuando una interpretación perfecta se convierte en sublime. Algo a que aspira cualquier artista.

Nuestro teatro no puede suponer una excepción, por más que muchos no lo vean. La formación nos viene de serie, que no en vano hemos pasado por las correspondientes Facultades, hemos hecho nuestras prácticas y, muchos de los protagonistas, hemos pasado por una dura oposición con su traumático examen  que, más allá de ser la meta, no constituye sino el principio del camino. Y es que, si no ponemos algo más que conocimientos en nuestras actuaciones, corremos el riesgo de convertirnos en robots sin alma, una suerte de Robocops togados que se alejan de las personas, ese ciudadano al que nos debemos y cuyo servicio debe animar nuestras representaciones.

Desde el principio de mis días en este teatro, comenté a mis compañeros más allegados que si un día se apercibían de que perdía la ilusión y el alma me avisaran, porque habría llegado el momento de tomar medidas. Y siguen advertidos. Y es más, si alguien se percata, que no deje decírmelo. Es posible que mi toga haya perdido los superpoderes que tenía, o quizás alguien haya encontrado la kriptonita jurídica. Y sería hora de luchar contra eso.

Y es que nuestra función, aunque a muchos pueda parecerles algo frío y encorsetado, tiene muchos momentos en que el corazón se te sale por la boca con tal fuerza que amenaza con hacerme caer de mis tacones. Menos mal que esa capa de superhéroe con puñetas y galleta siempre me ayuda a equilibrarme.

Hay asuntos obvios. Hay que tener el Corazón Helado para no estremecerse ante las historias que tantas veces vemos: violaciones, asesinatos, malos tratos, pérdidas de seres queridos y todos los terribles dramas con los que nos enfrentamos día a día. Pero no son ésos los únicos casos en que se nos subleva el alma, por más que sean los más aparentes.

Recuerdo, hace algunos años, cuando todavía íbamos a todos –o casi todos- los levantamientos de cadáver, uno que me impresionó especialmente. No había periodistas en la puerta, ni nadie se hizo eco en los medios de comunicación. Ni siquiera nos dieron noticia de ello con especial  alarma. Aparentemente, solo era una muerte natural que ningún médico certificó, pero había mucho más. Y no me refiero con ello a que se tratara de un crimen oculto, ni de actuaciones de una mafia ni nada parecido, no. Se trataba de una mujer mayor, que había muerto sola en su casa, y cuya muerte no fue descubierta hasta que la pituitaria de los vecinos, en un sofocante mes de agosto, no pudo más y avisó a la policía. La mujer estaba tirada en el suelo, sola, víctima de una muerte tranquila. Nadie la había echado de menos. Pero en su casa, perfectamente ordenada, se veían por todas partes los vestigios de la vida que un día tuvo. Fue una vedette de un cierto éxito, y su humilde pisito estaba lleno de fotografías de ella con sus plumas, su sonrisa y sus adoradores, algún trofeo, y varios retratos con famosos de su época dorada. También había fotografías dedicadas por estrellas reconocidas. Pero nada quedaba de eso, ni de las estrellas, ni de la fama, ni de los adoradores. Y había muerto sola, tan sola, que nadie se había percatado de su ausencia. Pero a mí, aquella muerte jurídicamente insignificante me atravesó el alma.

Porque no podemos perder de vista que detrás de cada expediente y de cada asunto hay personas reales con sus historias reales de risas y de lágrimas, desde el más insignificante insulto hasta el más terrible asesinato. Y también los hay en cada reclamación de dinero, de reparación o de cualquier cosa que a nosotros nos pueda parecer un trámite más. Y eso es algo que siempre hemos de tener en cuenta para tomar una declaración o hacer un dictamen. Porque encontrar sentencias que contemplen casos iguales es tan importante como saber que cada caso es distinto.

Por eso hoy el aplauso es para los que hacen su trabajo aplicando la mayor exquisitez jurídica sin perder de vista a las personas. A todos esos que compatibilizan cerebros preparados con corazones togados. Con el permiso de Anne Igartiburu, claro.

Entrada en vigor: sudoku legal


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Todas las salas donde se representan espectáculos tienen su programación. Es lo suyo. Con la suficiente antelación, se organizan los estrenos, reestrenos, funciones benéficas o de temporada, que suelen ser previstos desde mucho tiempo antes y anunciados a bombo y platillo en los carteles y en la publicidad que tengan contratada en los medios de comunicación. Sería impensable que alguien acudiera al teatro sin saber qué función va a ver, que no es lo mismo ir a ver Dora la Exploradora que Cinco Horas con Mario, ni va destinada al mismo público. La necesaria previsión es tan necesaria que determina hasta dónde se encuentran los personajes, como les pasaba a aquellos viajeros en Si hoy es martes, esto es Bélgica. Y así debe de ser, salvo imponderables absolutamente excepcionales.

Y en nuestro teatro debería suceder otro tanto. Deberíamos saber a ciencia cierta cuándo una ley nos da la pauta para empezar a representarla. Y anunciarla debidamente en nuestros carteles publicitarios, que no son otros que el BOE y demás boletines oficiales. Y eso parecía ser lo que se hacía. Por eso precisamente la ley dice que las leyes entrarán en vigor a los veinte días de su publicación, salvo que en ellas se prevea otra cosa. O sea, una regla general y una excepción. Claro, clarísimo en apariencia ¿no?. Pues ahora resulta que no. Y que hay que volverse loco para saber cuando entran en vigor y cuál es su tiempo de vacatio legis y comenzar a hacer ese sudoku en que se ha convertido el calendario a la hora de contar los plazos y adivinar la ley aplicable. Que ya quisiera yo ver a Aramis Fuster en semjante trance.

Y es que algún duende maligno escondido entre las bambalinas de los Ministerios ha decidido expandir el polvo de sus travesuras. Y parece que mueve la naricilla, como hacía Samantha en Embrujada, y pone plazos a su antojo. Y nosotros, a volvernos locos.

Alguien me podría decir que eso ha pasado siempre, no digo yo que no. Pero parecía algo excepcional, pero hoy parece que la excepción se ha convertido en regla general y así no hay quien se aclare. Por eso, de un tiempo a esta parte, cuando miro el BOE –o su trasunto en twitter o en cualquier otra red o foro- me entran sudores fríos como si el mimísimo Freddy Kruger fuera a emerger de sus páginas y atravesarme con sus garras. Y el temor se vuelve pánico si miro el final y la recua de Disposiciones Finales, Adicionales y Transitorias. Leyes que reforman varias leyes y que tienen varios plazos de entrada en vigor, correcciones de errores de esas leyes que reforman otras leyes pero que no hacer referencia a su excepcional entrada en vigor, con los que, si se aplica la regla de los veinte días, serán de aplicación antes que la ley que corrigen. Y plazos para todos los gustos, desde el inmediato hasta el de varios años. Y ojo, que la cosa no es para tomársela a broma. Porque al establecer que algunas disposiciones entran en vigor el mismo día de su publicación, y publicarse por la mañana, resultaría que fueron aplicables antes de ser publicadas. Y, en cambio, hay otras que se publicaron y nunca entraron en vigor porque fueron reformadas o derogadas antes. O sea, un verdadero galimatías, que daría para protagonizar Este BOE es una ruina.

                Así que no queda otra O hincharse de tranquilizantes e hincar los codos o hacerse con un GPS legislativo que nos ayude a viajar por la legislación y a llegar a buen puerto. O ambas cosas.  Que tal como están las cosas lo de Aterriza como puedas será la función que acabaremos representando.

Así que ánimo. Que igual hay suerte y empiezan a derogar como locos, que nunca hay que perder la esperanza. Aunque compadezco a los pobres opositores, que para ellos rige la ley que estaba publicada cuando se convocó la oposición, lo que puede llevarles a situaciones tan absurdas como la de examinarse de leyes derogadas o de leyes que nunca hayan tenido vigencia.

Por eso hoy me espero para el aplauso. Y lo guardo para el que consiga acabar el sudoku. Aunque, eso sí, reservo una ovación especial al compañero que me prestó la idea. Gracias, Fernando.

Paciencia: de lo que hay que armarse


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Cuando la profesora de Fama, bastón en mano, decía a sus alumnos eso de que “la fama cuesta, y aquí el donde vais a empezar a pagarlo, con sudor”, ocultaba algo a aquello alevines de artistas que nos alegraban con sus piruetas, sus cánticos y sus interpretaciones. Muy aviesamente, no les decía que también tendrían que armarse de paciencia. Porque hacen falta toneladas de ella para esperar los resultados de uno y otro casting, para aguardar la llamada del productor, para saber cuándo y cómo se va a estrenar la obra, si se estrena, y hasta para ese momento memorable en que, por fin viene esa nominación al Oscar, al Goya, al Grammy o a lo que sea. Y también para luchar contra la decepción de que no venga nunca.

Pero si en algún sitio se necesitan dosis de paciencia en cantidades industriales, ése es nuestro gran teatro. Y, aunque, como la profesora de Fama, nos entrenan desde el principio, a veces hay que luchar como titanes para no perder la paciencia. Aun que sea la madre de todas las ciencias.

Por lo que ha de venir, nos someten a un entrenamiento de alto rendimiento, que empieza en la facultad. Esas esperas a que te llegue el turno para el examen, ese tiempo eterno que media entre éste y el momento en que la nota sale, no son sino el preludio de lo que llegará. Algo así como el cortometraje que precede a la película. Después, para los que elegimos esa carrera de obstáculos que es la oposición, llega un verdadero maratón, peor que el  de Danzad, danzad, malditos Esperar a que convoquen las oposiciones, a que el número de plazas sea mínimamente esperanzador, a conocer el resultado de la plantilla de respuestas, a saber la nota de corte, a la resolución de impugnaciones, a calcular la fecha del examen oral, a esperar dando vueltas a que salga el veredicto y, si la cosa no sale, vuelta a empezar. Un verdadero periplo que hace del santo Job un simple aficionado.

Y, cuando una cree que ha acabado la cosa, y que se pondrá la toga y se subirá a sus tacones y viviremos felices y comeremos perdices, pues va y no. Resulta que se tiene que armar de paciencia. Tanto que lo de El paciente inglés se queda en un cuento de hadas de los de las perdices ésa que nadie se come. Primero, empieza la espera del primer destino, y el cruce de dedos para que sea lo menos malo posible. Luego, la matraca de los concursos para ver si una se acerca al sitio anhelado, y puedo asegurar que las últimas experiencias al respecto han sido verdaderamente heroicas, al menos en cuanto a los fiscales se refiere, aunque en todas partes cuecen habas. Y así, hasta el infinito y más allá. Volviéndonos Del revés un día sí y otro también.

Pero eso no es todo. Porque luego tenemos el día a día para recordarnos aquello que la profesora de Fama nos ocultó: que necesitaríamos paciencia o tranquilizantes a granel. O ambos. Porque ¿cómo si no nos enfrentamos a la odisea de encender el ordenador y conseguir que funcione antes de que los hechos de los que tratamos hayan prescrito? ¿Cómo soportamos instalaciones tantas veces indignas? ¿Cómo nos enfrentamos a situaciones ciertamente injustas? ¿Cómo logramos no mandar a todos a determinado sitio nada agradable cuando nos torpedean con exigencias de estadísticas, protocolos e inutilidades varias? ¿cómo estiramos nuestro tiempo para hacer el trabajo de varios desde que un iluminado decidió suprimir los sustitutos o reducirlos a su mínima expresión? Pues eso. Echándonoslo a la espalda que nos acabará quedando como un cruce entre el Jorobado de Notre Dame y El jovencito Frankenstein. O peor.

Pero, como decían en los dibujos animados, No se vayan todavía, amigos, aún hay más. Porque en el Vivir cada día de nuestro gran teatro nos someten a pruebas que me recuerdan el Si lo sé no vengo que hace años hacían en televisión, o la prueba del Un Dos Tres, responda otra vez que permitía pasar a la subasta y arriesgarse a llevarse el coche o a la calabaza Ruperta. Y que, en ocasiones, andan más cerca de la aventura de Los Payasos de la tele que de otra cosa. Porque solo así se pueden concebir los saltos de obstáculos que hay que hacer para esquivar los expedientes en algunos juzgados, o esas citaciones para dos años vista porque no hay fecha libre antes. Esa si es paciencia y no la del santo bíblico. Por no hablar de cuando, tras la espera, ha ocurrido un imponderable y nos encontramos con una suspensión y vuelta a empezar. Teniendo, encima, que soportar con paciencia la justa indignación del justiciable que no entiende por qué esas cosas pasan, y arroja su ira sobre el pobre profesional que tiene cerca, sea abogado, funcionario, fiscal, juez o secretario, sin entender que no tiene culpa ninguna. Pero es que ya lo dice el refrán, el que espera, desespera.

Por eso hoy va el aplauso para todos los que siguen adelante pese a los inconvenientes del camino, para los que no desesperan, por desesperante que sea la espera. Y por la santa paciencia que tienen, a pesar de que la profesora de Fama no se la enseñara nunca.