Velocidad: togas supersónicas


speedy

La velocidad es algo que siempre ha fascinado al género humano. Pocas cosas parecen gustar más que la sensación de rapidez con el viento en contra y todas esas cosas que nos muestran algunas películas. A pie, como en Carros de fuego y  Forrest Gump o en cualquier medio de transporte, desde las cuádrigas de Ben Hur, la velocidad es tema recurrente en el mundo del espectáculo. Como también lo es a la hora de computar el tiempo en que se hace una película o lo que dura. Todos conocemos la distinción entre Largometrajes, Cortometrajes y Mediometrajes, que tienen sus propias categorías. Como ocurre en el mundo de la literatura, donde al lado de las tradicionales novelas se abren paso los relatos breves y los microrrelatos.

Las carreras son el hilo conductor de muchas obras, funciones y series de televisón, entre las que me quedo, si dudarlo, con los Autos Locos de mi infancia, entre Pierre Nodoyuna, Patán y Penélope Glamour y, por supuesto, con Correcaminos y su eterna pugna con el pobre Coyote, que nunca consiguió dar con él.

En nuestro teatro tenemos fama de lentos. Si alguien pregunta sobre características de nuestra Justicia, muchos de los encuestados traerán ese término a colación. A excepción, en todo caso, del homólogo del dentista que no aconseja tomar chicle sin azúcar, al que por cierto me gustaría conocer algún día.

Pero no todo es lento en Justicia. Hay veces que alcanzamos velocidades supersónicas, lo crean o no. Y conste que no me refiero a los llamados juicios rápidos que, aunque en la mayoría de los casos sí lo son, hay  algunos que, a base de transformaciones, acaban convirtiéndose en exactamente lo contrario. Ni, por supuesto, me refiero al Procedimiento Abreviado, que en la práctica de abreviado tiene bien poco. Buena muestra de ello son los tomos y tomos que ocupan muchos de ellos. Porque, paradojas de las leyes, aunque se regula bajo el epígrafe de “proceso especial”, es tan habitual que por sus cauces se siguen la inmensa mayoría de los procesos penales en nuestro país. Cosas de una ley que todavía avanza en La Diligencia –dicho sea en la acepción referida a medio de transporte y no a la de resolución de trámite-.

Pero a veces, corremos que volamos. Como Sppedy Togalez, vaya. Sin ir más lejos, esta misma semana he celebrado un juicio civil cuya duración exacta fueron 52 segundos, tal como consta en la grabación correspondiente. Y sin trampa ni cartón, con todas sus partes cumplidas y con todos los intervinientes satisfechos a la voz de “visto para sentencia”. Y héte tú aquí que estaba yo a punto de registrar mi proeza en en Libro Guiness cuando alguien me echa un jarro de agua fría diciéndome que los ha habido más cortos, y que conoce un caso de 43 segundos. Mi gozo en un pozo. Qué poco dura la alegría en la casa del pobre, como diría mi sabia madre.

Obviamente, no es lo normal. Ni tampoco lo habitual, que no es lo mismo. Los juicios se suelen señalar calculando una media de 15 o 20 minutos –salvo que sean procedimientos especialmente complejos- para lograr terminar una sesión aprovechando el tiempo y a una hora razonable. Y tratando de evitar las esperas en los pasillos de profesionales y justiciables. Objetivo que no siempre se cumple, doy fe –aunque no sea LAJ- porque imponderables haberlos, haylos y, tampoco este año han traído los Reyes Magos la tan solicitada bola de cristal. Pero no pierdo la fe -aunque no sea LAJ- que cualquier día llega. Optimista que es una.

Eso sí, como he dicho otras veces, no hay que confundir la rapidez con la precipitación ni mucho menos con las prisas injustificadas. Y hay que encontrar el equilibrio entre evitar que se hable de cosas que no vienen al caso y cortar inopinadamente cualquier alegación. Difícil tarea, sin duda alguna. Y más difícil todavía cuando por las circunstancias que sea el retraso se acumula, la hora avanza, y hasta el estómago protesta y es difícil acallarlo, que a ése no se le puede declarar en rebeldía.Y es que oír esa frase de “en aras a la brevedad” y ponerse a temblar es todo uno. Como lo de «para no cansar al tribunal», otro cásico.

Pero ahí seguimos. Tratando de manejar el tiempo con los medios que tenemos, que ya sabemos que no son para echar cohetes. Y vayamos en cuádriga o en Sputnik intentando no perder la compostura.

Así que hoy el aplauso es para quienes gestionan el tiempo y los medios de manera eficiente, dando a cada caso el tiempo que necesita. Porque el malabarismo temporal también ha de tener premio.

Críticas: sanas e insanas


bla-bla

Pocas cosas hay que teman más los artistas que las críticas. Tras un estreno, una buena o una mala crítica puede dar alas a la obra o hundirla en la miseria. Mucha gente acudirá a ver la función según haya leído acerca de ella, o según funcione el boca oreja, otro factor importante. Y más aún ahora que el efecto multiplicador de las redes sociales convierte en miles las bocas y las orejas en cuestión. Ya se sabe, El Cuarto Poder, al que casi se le podría unir un quinto, el de las redes. O un cuarto bis, al gusto de nuestro legislador.

En nuestro teatro, como en la vida, la crítica es frecuente. No solo esa valoración de la prueba según las reglas de la sana crítica a que se refiere la Ley de Enjuiciamiento Criminal, sino crítica de la de verdad. De la constructiva, y de la destructiva también. Pasando por todos los matices de la escala cromática. Del rosa al amarillo.

La crítica puede venir de dentro y de fuera, de casa o de las Antípodas. También puede hacerse en un medio público, con luz y taquígrafos, o en las tertulias de café. Pocos deportes más propios de nuestra cultura que rajar al vecino. Desde el cariño, eso sí… O no.

Las críticas más convencionales a nuestro trabajo vienen de la mano de los medios de comunicación. Y, claro está, depende de la profesionalidad y el cuidado que pongan el contenido de las mismas. Todavía hay quien cree que las sentencias y, en general, las resoluciones judiciales u otros dictámenes jurídicos, no deberían ser criticados ni comentados. Pero no podemos permanecer en nuestra burbuja de cristal. Si las sentencias son públicas, nada debería obstar a que públicamente se comenten, dentro de los límites legales del derecho a la intimidad. Y otro tanto cabría decir de otras resoluciones, si bien en esos casos los límites son mayores, y pasan desde el secreto de sumario y la necesaria reserva hasta la propia presunción de inocencia. Que los juicios paralelos son muy peligrosos y no benefician a nadie.

Ya dedicamos un estreno al cuñadismo on line, el de ésos que lo saben todo, todo y todo, se hable del censo a primeras cepas o de física cuántica. Y en esa categoría, o cercanos a ella, están los todólogos de profesión, esos tertulianos que ganaron el sillón al otro lado de la pantalla o de las ondas por haber sido novios de alguien que salía en un reallity. Y que igual se atreven con una sentencia del Tribunal Supremo que con el último descubrimiento de la Biomedicina. Y, aunque su credibilidad debería ser nula, lo bien cierto es que intoxican a base de mentiras y medias verdades, y, sobre todo, a base de interpretaciones de textos que ni siquiera comprenden.

Al otro lado del espectro, hay periodistas serios y formados que ejercen la crítica de un modo responsable, por más que a veces pueda doler al criticado. Pero nadie es perfecto. Ni falta que hace, por cierto.

Pero además ha surgido una nueva clase de criticones. Los de las redes sociales. Esos que se sientan armados y pertrechados de su dispositivo móvil y, muchas veces desde el anonimato, juzgan con cuatro líneas lo mal que lo hizo éste o aquel juez, esta o aquella fiscal. O aventuran que no lo habrían hecho así si las víctimas fueran sus hijas. O barbaridades mayores, insultos incluidos. Sin saber que tal vez a ese mismo juez le dolió más la impotencia de no poder hacer nada más. Porque ni todas las cosas son delito ni son susceptibles de ventilarse en un juzgado. Yo, sin ir más lejos, me desgañito explicando que no se pueden poner órdenes de alejamiento si no se ha cometido efectivamente un delito, y haya un indicio serio de ello, por más que en ocasiones, duela el alma de no poder hacerlo. Pero es más fácil criticar que salir a reclamar los medios a quienes les corresponde proporcionarlos.

Por supuesto, tanto en los medios como en las redes está la crítica positiva. La que reconoce el trabajo bien hecho. Aunque a veces cuesta demasiado encontrarla.

E igual pasa en las tertulias de café. Es fácil criticar al compañero que, presuntamente, ha metido la pata, pero muy pocas veces nos molestamos en felicitar al que ha hecho un trabajo magnífico, mucho más frecuente por otra parte. El viejo dicho de que el hombre muerda al perro.

No obstante, yo abogo por decir lo bueno siempre que existe. No duele y anima a quien lo ha hecho. Y, lo que es mejor, fomenta el seguir esforzándose por hacer las cosas lo mejor posible, que, con los medios que tenemos, no siempre es fácil.

Así que hoy el aplauso es para quienes ejercen la sana crítica. La que ayuda a seguir avanzando. Sea desde los medios, desde las redes, o desde la cafetería. No saben lo que se agradece

 

Definiciones: gramática y derecho


glosario01

Cada profesión tiene su lenguaje. Sea jerga o sean términos técnicos, a veces hay que estar iniciado en la “secta” de que se trate para entender todo lo que se dice. Y muchas veces, lo que se dice en un ámbito es diferente al significado usual. En el cine, La noche americana –título además de una película- no quiere decir una noche que se pase en América, como tampoco es lo mismo ser especialista o doble que en la vida más allá del telón. Y cómo no, también está lleno de términos propios, generalmente anglosajonizados  de los que ya hemos hablado otras veces, como remake, spin off, make of y muchos más.

En nuestro teatro también empleamos nuestro propio lenguaje , una jerga construida a base de términos exclusivamente jurídicos y otros traídos y llevados del lenguaje habitual. Y suele ser con los segundos con los que, paradójicamente, se plantean más problemas de entendimiento.

Tratar de explicar a alguien ajeno al derecho en términos comprensibles cosas como la anticresis, el censo enfiteútico o las exacciones ilegales es casi Misión imposible. Prueben si no a ver. Aunque en ocasiones resulta más sencillo, por obvio, como ocurre con las servidumbres. También es complicado de explicar, pero a nadie se le escapa, a primera vista, que no se trata de una cuestión de siervos y señores. Como que el tercero hipotecario no es la tercera persona que tuvo una hipoteca.

El verdadero problema viene cuando se trata de conceptos que tienen un significado distinto gramatical y jurídico, pero que todo el mundo conoce. Entonces es cuando se mezclan a veces churras con merinas y los comentarios y conclusiones no acaban de atinar. Los ejemplos son muchos, pero pondré algunos de los más evidentes.

El asesinato es, según nuestro Código penal, el acto de matar a una persona concurriendo determinadas circunstancias: alevosía, precio, recompensa o promesa, o ensañamiento. No se trata de matar cruelmente o en condiciones que nos parezcan especialmente repugnantes, sino que es tal cual. Lo de la alevosía, ya es difícil por sí mismo, pero se puede reducir a un plus de desvalimiento o indefensión de la víctima. Pero lo del ensañamiento es algo realmente complicado de transmitir. Porque ensañarse es una cosa y otra cosa es que exista ensañamiento para el Derecho. El ensañamiento jurídico se refiere a causar males innecesarios para la ejecución del delito, algo así como una tortura concomitante. No es cualquier acto de crueldad extrema. Y no lo es, en concreto, propinar cuarenta puñaladas si se mató con la primera de ellas ni descuartizar un cuerpo cuando ya es cadáver. Por tremendo que resulte. Y en esa diferencia estriba que se contemple o no la circunstancia, por más que un lego no pueda creer que el solo hecho de dar cuarenta puñaladas a alguien no sea siempre ensañamiento. Quizás convendría explicar estas cosas para comprender algunas sentencia que se critican sin ton ni son.

Hay ejemplos más gráficos. El antiguo Código Penal consideraba parricidio el homicidio a determinados parientes, cuando etimológicamente solo sería la muerte del padre. Y consideraba infanticidio el homicidio a un recién nacido por parte de su madre para ocultar su deshonra, cuando en la vida destogada infanticida es cualquiere que cause la muerte intencionada de un niño.

Otro tanto sucede con otrras circunstancias, además del ya referido ensañamiento. El disfraz, como agravante, no requiere ir ataviado de carnaval, sino que basta con ocultar los rasgos, como sucede si se lleva un pasamontañas. Y la derogada circunstancia de nocturnidad tampoco implicaba que se cometiera el hecho de noche, sino solo era de aplicación cuando se aprovechaba la oscuridad para cometer el delito. Si se hacía en casa con la luz encendida, por muy de noche que fuera, no había circunstancia. Y otro tanto cabría decir del despoblado.

Pero quizás lo que sea más entendible es el tema del robo. Ahí parece que sí hemos captado la diferencia entre el concepto jurídico y el general. Alguien puede exclamar al ver la factura de la luz o de la peluquería que es un robo a mano armada, pero sabe a ciencia cierta que no lo es. Y a quien se tiene en sentido vulgar por “ladrones” no pasan de ser meros estafadores, en su caso, y a veces ni eso.

Por ello, convendria, de una parte, explicar las cosas en términos comprensibles y, de otra, no tirarse a la piscina en criticar resoluciones judiciales sin teener en cuenta ciertas cosas. No hay que ser La ladrona de libros  y tener una bibliteeca jurícida completa para lograrlo, aunque sí poner empeño

Así que ahí va mi aplauso. Doble. Para quienes se explican y para quienes se dejan explicar. Porque no siempre es fácil.

 

Tenacidad: inasequibles al desaliento


tenaz

La tenacidad. Una gran virtud si una no se pasa de frenada. Mi madre suele decirme, cuando me pongo muy muy insistente, que no es que sea pesada, es que soy tenaz. Algo que una buena amiga traduce por terca. Pero tanto da. Lo importante es el mensaje. Persistir, insistir y nunca desistir. Frase que, por cierto, no es mía, pero me encanta. Me encaja a la perfección.

La tenacidad es parte importante del mundo de los artistas. En cualquier entrevista a cualquier estrella, leeremos la cantidad de puertas a las que ha llamado, la cantidad de noes que ha recibido hasta que alguien, por fin, le dio su oportunidad. Como en La Ciudad de las Estrellas o en la más antigua Ha nacido una estrella, como en Fama, y como en tantas otras.

Y en nuestro teatro, más que en muchos ámbitos, la tenacidad es necesaria. Porque tal como está el patio, no nos queda otra. A uno y otro lado de las bambalinas. A uno y otro lado del patio de butacas. Veamos si no.

Por un lado, el justiciable. Hemos visto varios casos de ciudadanos empeñados en conseguir Justicia, con mayúsculas, más allá de todo. Las víctimas del accidente del metro –afortunadamente reabierto- o las del Yak 42, que nunca se conformaron con indemnizaciones para callarles la boca. O las del terrorismo de ETA en sus peores épocas. Y eso en casos conocidos. Que hay cientos de miles de ciudadanos luchando contra las pequeñas y grandes injusticias. Plataformas antidesahucios, asociaciones de consumidores y de afectados por cualquier cosa. Cada día es más la gente que, solos o mejor en grupo –la unión hace la fuerza- luchan contra lo que consideran injusto, aunque no les ataña directamente, como la actividad de quienes colaboran en organizaciones solidarias.

Pero eso no significa que desde el otro lado de los estrados no se pueda pelear exactamente con la misma fuerza, cada cual con los medios a su alcance. Desde asociaciones o colegios profesionales o fuera de ellos, con un objetivo concreto o enarbolando la Justicia por bandera, dentro o fuera de la oficialidad. Y, cada día más, a través de ese instrumento tan poderoso que son las redes sociales que, como una catapulta de las más clásicas películas medievales, nos puede llegar a colocar en medios de comunicación, y en el primer plano de la atención, aunque solo sea por un instante. Porque hay que aprovechar el momento, que la fugacidad es otra de las características de nuestra época.

Y es precisamente esa fugacidad el amigo y el enemigo constante. Hay que agarrarse a la cresta de la ola y surfear, pero después hay que seguir navegando, y eso es a veces lo más difícil. Enfrentarse al olvido mediático de lo que un día fue primera página. ¿Recordamos cuando, tras el mazazo de la muerte de aquel niño llamado Aylan en la playa, no pasaba un día sin hablar de la tragedia de los refugiados? ¿Recordamos la conmoción cuando en su día Boko Haram secuestró a unas niñas en su propia escuela? ¿O esos casos de personas desparecidas que un día nos espantaron y acaban perdiendo gas como noticia? La memoria es flaca, y las tragaderas parece que se acostumbran a todo, y hoy los refugiados ya no ocupan titulares, aunque mueran ahogados o de frío, las niñas secuestradas y todas las que han venido detrás parece que no importan, como no importan los miles de muertos que a diario hay en diferentes partes del globo terráqueo en conflictos bélicos o en atentados terroristas.

Ante estas cosas, solo tenemos la tenacidad de quienes se empeñan en que no nos olvidemos, más efectiva que los tradicionales rabos de pasa o que cualquier compuesto milagroso para potenciar la memoria.

Pero no hace falta ser un héroe, ni enfrentarse a grandes causas. Recuerdo bien –y el afectado seguro que también- que, cuando estaba en mi primer destino, le hice una petición a mi fiscal jefe. Como quiera que no estaba por la labor, le dije que se lo pensara, y que por si acaso, se lo recordaría. Lo que él no esperaba es que, todos los días durante un par de meses, entraba en su despacho y permanecía un buen rato preguntándole si ya lo había pensado. Ni que decir tiene que acabó sucumbiendo a mi tenacidad. El objeto de la petición, algo sin demasiada importancia, quedará para el secreto de sumario. Pero el procedimiento parece que creó escuela. La tenacidad es lo que tiene.

Y sólo es un ejemplo. He visto a compañeros –en el sentido amplio que abarca a todas las posibilidades de togados y togadas- permanecer inasequibles al desaliento y acabar saliéndose con la suya y haciendo que triunfe lo que consideraron justo y no atendido. Que si hay que plantear la cuestión al Tribunal Contitucional se plantea, como al Tribunal Europeo de Derechos Humanos o adonde se presente. Como hizo quien – o quienes- consiguieron que Europa se pronuniciara sobre las claúsuslas suelo, como ha hecho el juez que ha planteado la incnstitucionalidad del fatídico límite de instrucción, o quien ha denuniado ante instancias europeas al sistema Lexnet. Y muchos casos más, a buen seguro. Mosqueteros del derecho

Así que hoy, el aplauso va para todos esos mosqueteros que bien en grupo o bien, como El Llanero Solitario, se enfrentan a la injusticia de una manera justa. Toda mi admiración toguitaconada.

 

Naturalidad: el difícil equilibrio


img_20170120_174831

Desde siempre, no recomiendan comportarnos con naturalidad. Eso es fácil si a una no la conoce nadie más allá de amigos y conocidos y residentes en su ciudad, como decían en el Un, Dos, Tres, Responda otra vez de mi infancia. Pero cuando se alcanza cierto grado de fama, de notoriedad o de conocimiento público, del tipo que sea, la cosa se pone más difícil.

Ello es especialmente patente en el mundo del espectáculo y sus aledaños, donde basta con salir unos minutos en televisión para que la gente te pare por la calle, quiera hacerse un selfie o, sencillamente, te mire raro. Y no es cosa sencilla aguantar el tirón, por más que lluevan los consejos, unos bienintencionados y otros no tanto. Pero encontrarse de la noche a la mañana con miles de fans, de followers o de admiradores debe ser algo alucinante -o espeluznante, como diría Iker Jiménez-. Imaginemos por un momento cómo se debe sentir un adolescente como Justin Bieber que pasa de los vídeos colgados en youtube a la fama mundial, histeria colectiva incluida. Pero, como nos han dicho siempre, lo difícil en muchos casos no es llegar, sino mantenerse. Y la naturalidad es la clave. Tratar de que esa fama, o lo que sea, no haga cambiar a la persona ni a su vida, al menos, no más de lo imprescindible. Y quizás ahí esté el problema: dónde empieza y acaba eso de “lo imprescindible” y dónde empieza y acaba Lo imposible.

En nuestro teatro, dada la materia, no somos de grandes estrellas ni fans enloquecidos. Aunque también hay su puntito de togas mediáticas, que ya tuvieron su estreno. Pero en su justa medida, también hay que encajar los cambios y la profesión con una naturalidad que a veces hay que conseguir haciendo más equilibrios que un funambulista.

En primer lugar, está lo que yo llamo el Síndrome de la Panadería. Aplicable a cualquiera de nuestros protagonistas, pero especialmente a quienes entramos en el mundo toguitaconado por oposición, por el brusco cambio que supone pasar de la nada absoluta al todo en un nanosegundo. En nuestro particular Apolo XII después de muchos “Houston, tenemos un problema”. Con una palabra –o una cifra- colgada en un tablón –aquí no hay digitalización que valga- se pasa de considerarse el ser con menos derechos del mundo a ser un ser humano normal. ¿Exagero? Tal vez. Pero pensemos qué supone pasar de no tener derecho al descanso, ni a vacaciones, ni a un salario, ni libertad de expresión –cualquiera se atreve a quejarse- a ingresar de repente en el mundo de las personas con un trabajo y vida propia, a poder costearse las lentejas, tumbarse en un sofá sin sentirse culpable y no medir los años como el tiempo que media entre una convocatoria y otra, ni las semanas como los días que hay entre una visita al preparador y la siguiente. Si me apuran, un cambio más grande que el de Justin Bieber.

Pero eso solo es el principio. Porque a partir de ahí una es otra persona para muchos. Le miran de otro modo, le llaman señoría, y los bancos corren a hacerle ofertas porque una nómina fija es una panal de rica miel donde acuden las moscas como en la fábula de Samaniego. Y es difícil. Precisamente es ahí donde entra el síndrome en cuestión. Una es alguien cuando su madre ya puede presumir en la panadería de hija –y bien que hace, vaya, que también ha sufrido lo suyo-. A propósito de esa “rivalidad” entre carreras hermanas, la de juez y de fiscal, recuerdo que el tema de la panadería era casi un mito. Siempre ha parecido que viste más tener un hijo o hija juez que fiscal, que parece que eso de juez viste mucho y manda más que el fiscal. Aunque poco a poco tratemos de cambiar las conceptos. Pero eso, que para las madres está muy bien, sobre todo en ese primer momento, no puede cegarnos. No se puede andar por ahí presumiendo de juez, de fiscal, de laj, de abogado o de lo que se sea, sin que venga a cuento. Ni para conseguir un trato distinto ni simplemente para impresionar. La toga se quita cuando se sale del juzgado. Aunque a veces sea inevitable que quede enganchada en el cerebro.

Y, en el otro extremo, tenemos el exceso de celo y miramiento por ocultar una profesión que en nada debe avergonzarnos. Lo que yo llamo la prueba del taxi. Cuando una se sube en un taxi y el taxista, por darle conversación, le pregunta por su profesión, hay quien se esconde tras un neutro “soy funcionario”. Y tampoco es eso. Deberíamos asumir que somos jueces, fiscales, abogados o lo que sea con la misma naturalidad que diríamos que se es tornero fresador o cajera del súper, que nada hay que esconder. De lo contrario, podemos caer en lo contrario a lo pretendido: el solo hecho de ocultarlo puede parecer que nos consideramos tan especiales que no podemos ni contarlo. Y qué narices, ni somos el Agente 007 ni Anacleto agente secreto. Aunque no sé en qué términos toguitaconados podríamos decir esos de “Bond, James Bond” . Se admiten sugerencias.

Para completar el círculo, tenemos la leyenda del Economato, la opción entre permanecer en el anonimato o darse a conocer con la verdadera identidad en redes sociales, cuyo nombre le he tomado prestado de @AngryJuez –de nuevo, gracias-, que en su bio de twitter tiene ese frase antológica de Gomaespuma “prefiero permanecer en el economato”. Una opción como otra cualquiera, aunque la mía vaya más por dar la cara abiertamente. Cualquiera que sea la elección, lo que hay que tener claro en todo momento es que en las redes ni se ponen sentencias ni se hacen escritos de acusación o defensa. Y que todos volamos en igualdad de condiciones. Lo que, además, es muy sano y, en mi opinión, positivo. Está muy bien que la sociedad nos vea como gente normal y no como unos señores vestidos de negro encerrados en su fortaleza inexpugnable. Pero para gustos, hay colores. Negro incluido.

Así que hoy el aplauso va para quienes, sean lo que sean y lleguen a donde lleguen, consiguen mantener ese difícil equilibrio entre la presencia y la sobreexposición innecesaria. Un ejercicio digno de El mayor espectáculo del mundo.

Y añado una ovación extra, a @MartaSocana por prestarme su encantadora imagen de avatar.

NOTA TOGUITACONADA: estas reflexiones -o lo que sean- nacen de la invitación a la mesa redonda dedicada a Justicia y Sociedad en un curso para jueces, especialmente en su primer destino, organizado por Jueces para la Democracia. Gracias también a ellos por contar conmigo.

Dinero: poderoso caballero


poderoso-caballero-es-don-dinero

Desde que el mundo es mundo, el llamado vil metal mueve montañas. Muchas, en el caso del mundo del espectáculo. A cualquiera nos vienen a la cabeza las cifras de infarto que pueden llegar a cobrar actores archifamosos o cantantes que se han convertido en ídolos de masas. Cantidades por actuación, concierto o película que ni somos capaces de escribir so pena del mareo que nos produzca la sucesión de ceros. Aunque eso sólo es la punta del iceberg. Al lado de esos grandes millonarios, existen miles de artistas que se conforman con conseguir vivir de ello, muchos de ellos sin lograrlo. Quién no ha oído esa frase tan típica de actrices que pretenden abrirse paso: “eres actriz, ¿y dónde trabajas de camarera?”, como la protagonista de la recién estrenada Ciudad de las Estrellas. Así que cuando sale cualquier cosa no les queda otra que aquello de Toma el dinero y corre…Y luego habrá quien se extraña de haya quien sea capaz de todo Por un millón de dólares. Como la protagonista de Una proposición indecente, luchando entre ceder a la proposición y olvidar la conciencia, o hacer caso a la conciencia y olvidar el tan necesario dinero.

También el dinero es parte importante en nuestro teatro. Protagonista absoluto, en algunas de sus funciones. Porque, por más que la parte más visible del derecho penal de toda la vida sea ésa que yo llamo «de sangre, vísceras y sexo», cada vez son más los delitos relacionados con el dinero. Y, por supuesto, los delincuentes capaces de hacer Todo por la pasta. Delincuencia generalmente de guante blanco, de la que no se mancha de sangre nunca, o solo cuando sea absolutamente indispensable. Los llamados delitos económicos y todos aquellos que se relacionan con esa práctica repugnante llamada corrupción y que consiste en quitarnos el dinero a todos.

No son nada fáciles estos delito –a mi me resultan francamente difíciles-. Al lado de las estafas de toda la vida, como la de Lina Morgan en La tonta del bote, ha surgido todo un catálogo de delincuencia de alto standing para la que muchas veces no estamos preparados. Y no porque no tengamos ganas, ni formación, sino porque, como siempre, no tenemos medios. Ni materiales ni personales. Hablamos de ingeniería financiera, de tramas corruptas, y de todo tipo de entramados destinados a ganar dinero sucio, a los cuales nos enfrentamos desde la Justicia como David a Goliat, con nuestro tirachinas. Y no solo me refiero a jueces, a fiscales y al personal de los juzgados. También a esos abogados de oficio a los que les cae en suerte un asunto de este calado a precio de saldo. Y ahora, encima con la espada de Damocles de los famosos seis meses de instrucción, por más prorrogables que sean. Tanto que a veces, en vez de informar una causa como compleja, entran ganas de declararla acomplejada.

Y también habrá quien diga que exagero. Pero a modo de ejemplo diré que muchas veces no somos capaces de leer los informes de organismos como la Agencia Tributaria porque no tenemos equipo informático compatible con los soportes en los que los envían. Y otro tanto ocurre con las búsquedas en casos de pornografia infantil u otos delitos relacionados con las tecnologías. De hecho, cuando algunos les regalaron un pen driver como prueba de ingreso en la modernidad, aún daban saltos de alegría.

Pero todavía hemos estado peor. Por eso lo de los saltos de alegría. Recuerdo una época no muy lejana en que no teníamos acceso a Internet desde el despacho. Nadie. Incluídos los fiscales de delitos tecnológicos que no podían tener acceso al cuerpo del delito. O sí, desde sus casas, pagado de su bolsillo y teniendo que descargarlo en su propio equipo. Y luego, pasa lo que pasa.

Aunque, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Ni, desde luego, de asuntos en que se ventilan millones. La mayoría de las demandas en España son por lo que algunos privilegiados considerarían calderilla y para los afectados supone media vida. Reclamaciones de cantidad por servicios realizados y no cobrados, reparaciones de daños de accidentes de coche, entrega de cosas defectuosas, indemnizaciones que no llegan, mercancías que no se pagan o alquileres que no se cobran. Miles de pequeñas cosas que pueden poner contra las cuerdas a una familia y a las que no siempre se da la importancia que para el justiciable tiene. El derecho de las pequeñas cosas, que no por pequeñas requieren menor esfuerzo.

Pero en ocasiones no es hasta que no hay pronunciamientos que vienen de muy arriba cuando somos conscientes de su importancia. O mejor dicho, cuando le da importancia quien debiera habérsela dado. Como ocurrió en su día –y sigue- con las preferentes o sucede ahora con las cláusulas suelo. Cuánto esfuerzo hecho en cosas que quizás pudieron haberse evitado. Aún recuerdo con tristeza la muerte por infarto de una mujer en la misma puerta del juzgado donde se iba a ventilar su asunto de preferentes. Se fue al otro mundo sin saber que la Justicia le iba a dar la razón. Magro consuelo.

Por eso hoy mi aplauso va repartido a partes iguales. Para todos los que con su profesionalidad hacen grande ese derecho de las pequeñas cosas, y por el justiciable, que es quien lo vive en sus carnes. Por ese gran Derecho de las pequeñas cosas y quienes lo hacen posible.

 

Envidia: la semilla del mal


img_20170108_134237

Hemos dedicado muchos estrenos a los buenos sentimientos. Y hasta a los no tan buenos, pero recomendables, como la paciencia o la tranquilidad, que en dosis pequeñas son sanos pero en grandes dosis pueden llevar a la abulia. Pero no todo es de color de rosa, ni mucho menos. Ni en el teatro ni fuera de él. Y en el mundo del espectáculo se ve especialmente, en ocasiones, ese monstruo verde llamado envidia que todo lo envenena. Matar por un papel, como las coristas que ponían la zancadilla a la vedette principal con tal de sustituirla. O como aquella chalada de Atracción fatal, dispuesta a todo con tal de arrebatar a la otra el hombre que quería para sí.

¿ Quién no ha padecido alguna vez de envidia, aunque sea de esa que llaman sana? ¿Quién no podría haber dicho en alguna ocasión que Un monstruo viene a verme?. Un poco de envidia puede ser hasta buena, algo así como una hermana pequeña de la admiración. Pero un mucho se enraíza y emponzoña como si fuera el propio Demien, sembrando La semilla del diablo.

En nuestro teatro también tenemos nuestras envidias. Pequeñas y grandes, sanas y no tan sanas. Y tanto entre sus intérpretes como entre las funciones a las que asistimos.

En su momento, ese filón llamado Juicios de faltas, escenario habitual de peleas de vecinos que ríanse ustedes de los de Aquí No hay quien viva y La que se avecina juntos, daba para más de una historia, aunque no seamos mayoristas ni limpiemos pescado. Peleas intestinas por un toldo o un cerramiento, en el que se acababa viendo la envidia por no tener el toldo o el cerramiento en cuestión, terrazas a las que iban a parar los desperdicios más asquerosos, con tal de fastidiar al que gozaba del privilegio de usarla, y hasta críticas inmisericordes al presidente, al más puro estilo del Señor y la Señora Cuesta. Recuerdo que en una ocasión llegué a oír a una mujer implicada en una apasionante juicio porque tiraba la lejía sobre la colada de la vecina, que acabó confesando que no soportaba que ella tuviera tendida una ropa interior tan bonita y llena de encajes. La verdad es que, a veces, sigo añorando los juicios de faltas porque sus herederos, los levitos, no me han proporcionado aún los ratos impagables que me dieron aquéllos.

Pero hay otros momentos mucho menos simpáticos. Hay delitos graves donde subyace la envidia y esos hermanos peligrosos, los celos. En los delitos de violencia de género, sin ir más lejos, muchos de los episodios más dramáticos comienzan porque él ha descubierto, o creído descubrir, una infidelidad. Ver una conversación de whatsapp con otro, o algún cruce de miradas, son a veces la espita que desata la tragedia. Y una vez desencadenada, es casi imposible de parar. Por no hablar de ese terrible “la maté porque era mía”, tan desgraciadamente frecuente en cuanto el interfecto conoce que la que fue su esposa tiene ahora otra pareja. Y ojo, cosa curiosa, aunque él haya también logrado rehacer su vida.

Con esto no quiero decir, por supuesto, que sólo los hombres sean celosos, o envidiosos. Ese mal es suficientemnte fuerte para envenenar a cualquiera, y sus consecuencias son siempre imprevisibles, desde la noche de los tiempos. No olvidemos a Caín y Abel.

Pero la envidia también florece a veces entre los intérpretes habituales de nuestro teatro. Aunque en muchos casos no sea así, y exista un compañerismo  que da gloria verlo, en otros ese monstruo verde se instala en cuanto entra en juego un puesto o un cargo más o menos jugoso. Y diríase que a veces podrían verse volar los puñales, y oir su sibilante sonido rondando las espaldas. El mito, o no tan mito, de Julio César que se repite una y otra vez. ¿Tú también, Bruto?

Pero en ocasiones, no es necesario que lo que entre en liza sea un carguito más o menos atractivo. Recuerdo que una compañera, caracterizada por su buen humor y sonrisa permanente, acaba siempre quejándose de que, en cuanto había un cambio de reparto de trabajo, alguien más antiguo le arrebataba su lote, a pesar de que nunca antes le había interesado. La explicación no era otra que, a la vista de su sonrisa y su permanente buen humor, siempre había alguien que pensaba que se debía a que su cuota era un chollo, y no a que fuera capaz de conjugar buen humor y efectividad. Lo que una buena amiga llama una persona “potencialmente odiable”. Por supuesto, como quiera que el tiempo pone a cada uno en su lugar, al final se acababa descubriendo que el chollo no era tal y que, si había un verdadero chollo, era la forma de afrontar las cosas de la propia compañera. No sé qué habrá sido de ella, pero seguro que sigue teniendo la misma sonrisa perenne pintada en la cara. O al menos, eso me gustaría creer.

En realidad, compadezco a quien padece de envidia. Debe de ser muy triste andar pensando en lo que tienen los demás en vez de disfrutar de lo propio. Aunque sea un boli bic y cuatro pósit. Seguro que hay alguien que solo tiene un lápiz sin mina y ha de pelearse por los pósit. Cosa nada infrecuente en nuestro toguitaconado mundo, donde un rotulador fosforito puede ser un  bien precioso y preciado.

Así que hoy el aplauso es para quienes, como mi compañera de la sonrisa perenne, siguen adelante sin  que le importe lo que puedan pensar los demás. O, aún importándole, no dejan que afecte a su trabajo. Ni, por supuesto, a su vida.

Y hoy añado un aplaudo extra. El que le debo a mi hija Lucía, autora de la ilustración del post. Mil gracias

Antihéroes: reacción


facebook_1483791985636

Cuando hace apenas unos días enviábamos nuestra propia carta toguitconada a los Reyes Magos  le pedía una serie de cualidades destinadas a aguantar estoicamente todas las injusticias contra las que bregamos para hacer justicia. Paciencia, templanza, horas, un estómago forrado de amianto y nervios de acero, entre otras, para echarnos a la mochila los inconvenientes y seguir adelante. Cómo ser jurista y no morir en el intento, vaya. Algo así como una mezcla entre Superman o Superwoman y Santa Teresa de Jesús. O de cualquiera de los héroes y heroínas de los que está poblado el mundo del cine.

Pero hete tu aquí que encontré un comentario a ese estreno que me encantó, y, solicitado el oportuno permiso, que no hay que bromear con los derechos de autor, decidí toguitaconizarlo oportunamente y dedicarle un estreno. Gracias Silvia Fasan por la idea.

Se trataba de antihéroes. Como aquel de la serie de mi infancia que andaba siempre pasándolas canutas porque nunca le llegaron las instrucciones del traje de superhéroe. Algo parecido a lo que pasa con nuestras togas, que por más que sean capas de superhéroe  no vienen ni con libro de instrucciones, ni bola de cristal, ni varita mágica ni nada de nada. Y a improvisar tocan. Así que vamos a darle la vuelta a la tortilla.

Aunque necesitemos paciencia, para aguantar sin medios y sin plazas, tengamos también frente a eso audacia y osadía, y que no quede solo en resignación. Atrevámonos a gritar bien alto lo que ocurre, lo que falta y las pocas ganas que parecen haber en poner fin a esta situación. Que nuestra paciencia solo sea la tirita que tape la herida, pero que no dejemos de reclamar al cirujano que la cure.

En cuanto a esa templanza que pedíamos para  sobrellevar situaciones terribles, que sirva para templar los nervios y estar acertada a la hora de reclamar las soluciones, y no una manera de conformarnos con todo lo que tengan a bien echarnos encima.

Por lo que atañe a ese estómago forrado de amianto para sobrevivir a tantas situaciones injustas para las víctimas, que sea útil para no venirnos abajo ni caer en el desánimo mientras exigimos sus derechos sin desfallecer. Porque si quienes tenemos que hacerlo no estamos e condiciones, no podremos cumplir nuestra Misión.

Y esas 30 ó 40 horas que suplicábamos, que solo sean un parche para seguir adelante, para coseguir que las 24 con que vienen los días de serie sean suficientes para vivir, con toga y tacones y sin ellos, no vaya a ser que la sensatez y la cordura se queden en el camino. No caigamos en ser Yo, Robot sino Yo, Persona, con nuestros días y nuestras noches de ocio y de negocio.

Y que tampoco pase nada si los nervios de acero, de vez en cuando, se vuelven de gelatina. Así que los cambio por nervios de mercurio, como esas bolitas con las que jugaba de pequeña al romperse un termómetro, y que se adaptaban y volvían a ser líquido o sólido, según las circunstancias y el recipiente,  hasta que se derramaban.

Así que, queridos Reyes Magos, admítanme este recurso de aclaración que presento en tiempo y forma. Con su documento adjunto, que espero que no supere las megas que admite su sistema MagoNet, seguro que mucho mejor que el Lexnet de nuestros desvelos. Con un Otrosi que dice que eso de la sabiduría mejor lo dejan como estaba, que bien cierto es  que el saber no ocupa lugar.

Por todo lo anterior , a los Reyes Magos suplico que, teniendo por admitido este recurso en tiempo y forma, le den el trámite procedente, y concedan los deseos según lo formulado en el cuerpo de este escrito.

Y, como no podía ser de otra manera, el aplauso es a medias. Para todos los antihéroes que se pelean a diario con ese traje sin instruccciones, para que nunca dejen esa pelea. Y para Silvia, por servir de inspiración para este estreno. Gracias

Y uno extra para mi compañera Rocío, que me prestó a su fiscalita como imagen

 

Promesas: esperando


Broken Promises

Ha empezado un nuevo año. Y con él, como siempre, se ha abierto la veda de nuevos propósitos para empezarlo. O más bien de viejos propósitos reciclados, porque todo eso de dejar de fumar, apuntarse –o mejor dicho, ir- al gimnasio, hacer régimen, aprender idiomas y demás, no son más que un remake de cada año que empieza. En el teatro y en la vida. Como ocurre con otras cosas más intangibles, como tomarse las cosas con más calma, aprender a decir que no y cosas parecidas. Algo que nos prometemos todos los inicios de año y que al final quedan como Promesas Incumplidas.

A buen seguro que el teatro tiene su propio elenco de buenos propósitos, propios y ajenos. Propósitos que se mezclan y confunden con deseos, pero que acaban siendo el augurio de estrenar la mejor obra del mundo o tener el papel de su vida. Y, de parte de quienes deben hacerlo, esa promesa tantas veces aplazada de fomentar la cultura y el arte. Que siempre quedan en agua de borrajas, o casi. Es lo que hay. La cultura no se cuida siempre como se debiera.

Pero, como sabemos bien en nuestro escenario, no es la cultura la única que padece esas promesas que nunca se cumplen. En nuestro teatro tenemos en eso un máster. ¿Dónde quedaron las promesas dadas una vez y otra de creación de plazas, de dotación de medios para la Justicia? En Nada, como el título de aquella vieja película que recreaba la novela del mismo nombre. Aunque no A cambio de nada, que el precio a pagar es evidente. En nuestro esfuerzo y en la desazón del ciudadano, que se queda Esperando a Godot en versión jurídica

En esos momentos me acuerdo especialmente de los opositores. Siempre esperando que este año será el bueno, que por fin empezarán a hacer convocatorias de verdad y no de la Señorita Pepis. Que habrá un número de plazas suficiente para no imaginarse entrando con el cuchillo en los dientes para conseguir aprobar, como si fueran Rambo y no sintieran las piernas Pero otra vez va a ser que no. Que si quieres arroz, Catalina. Para jueces y fiscales, otra vez lo mismo. Y en la misma proporción, por cierto, qué no sé cómo prevén dar la instrucción a los fiscales y siguen convocando más plazas de jueces que de fiscales, aun cuando el ministro llegara a decir “que no descartaba” reconvertirlos. Aunque vaya a saber usted qué quería decir con eso. Me falta la piedra Ministreta para traducir esos jeroglíficos. Y, aunque no lo he comprobado personalmente, seguro que en las demás oposiciones pasa lo mismo. La vida sigue igual.

Pero es que a veces vivimos Vidas Paralelas. Por un lado, la realidad que nos cuentan. Por otro, la que sufrimos a diario. Solo así se entienden todas esas rimbombantes afirmaciones sobre expediente digital, papel 0, modernización y demás gaitas, y seguimos teniendo más papel que nunca. Con sus tomos, sus grapas y hasta sus cuerdas flojas, como está mandado. Y hasta con sus papelitos rosas que acreditan que ha llegado la notificación o no. Que estamos que lo tiramos, oiga. Eso sí, mientras, en una galaxia muy lejana, nos venden que el ciudadano podrá comprobar el estado de su procedimiento por Internet. Imagino al ciudadano en cuestión alborozado por saber que su juicio no se celebrará hasta dentro de un año o dos, con suerte, porque los juzgados siguen exactamente igual de atascados. Un gran avance eso de ahorrarse llamar a su abogado, que le podría haber dado esa información –en el caso de que se la hayan proporcionado, claro- Ahora solo falta que habiliten un número de teléfono para mandar sms nominando juzgados para ver a quién expulsan o salvan de la casa del Gran Hermano Judicial. Acabáramos. Su asunto está muy retrrasado pero nosotros se lo contamos. Por si acaso le quedaba alguna esperanza.

Y luego están las grandes promesas. Una de ellas, la de acabar con las tasas judiciales. Que por más que dijeron, ahí siguen para Pymes y ONG,s y, visto lo visto, dan ganas de decir eso de “Virgencita, que me quede como estoy”. Que con la excusa de que se pierde dinero, esta vez va a ser que tampoco las quitan. Una argumentación digna de alguien con de Una Mente Maravillosa. Y ahí seguimos, compuestos y con tasas.

Y hay más. Eso de que instruyamos los fiscales, que no voy a entrar en el fondo, pero tal cómo parece que quieren hacerlo, nuevamente imploro a la virgencita del inmovilismo. Aun cuando yo esté en teoría a favor de la instrucción del fiscal, como se hace en la mayoría de países, alguien me explica cómo, sin cambiar leyes ni medios. Aunque yo no sea Einstein –soy muy de letras- si tenemos diez huevos y los cambiamos de cesta ¿no seguirán siendo diez huevos? ¿podremos hacer por eso más tortillas?. Aunque, como soy de letras, igual me equivoco.

Así que hoy no hay aplauso. Me lo guardo para cuando cumplan en condiciones algo de lo que han prometido. Que ya es hora

Reyes 0.0: a ver así…


img_20161231_184829

De nuevo llega la noche de Reyes. Esa noche mágica para los niños y los no tan niños, que se aprovecha para pedir una lista de buenos deseos, de cosa materiales, o de lo típico, como la canción: salud, dinero y amor. Ahí es nada.

A los pobres Reyes Magos no les dedican demasiado protagonismo en el mundo del espectáculo, colonizado por la influencia anglosajona que hace competencia desleal con el Papá Noel que ellos llaman Santa Claus, y que dónde va a parar. Si es pura matemática: tres mejor que uno, como las ofertas del súper. Pero es lo que hay. Alguna película de animación, como Los Reyes Magos –título original donde las haya- o alguna otra como La noche de Reyes –más originalidad- y pare usted de contar. O alguna referencia en otras, como sucede en La vida de Brian, o en Jesús de Nazaret, que ví muchas veces en mi infancia de colegio de monjas, y de la que aún recuerdo a Fernando Rey haciendo de rey mago, imagino que porque me hizo gracia la coincidencia con el apellido. Estaba convencida que le habían elegido por eso, ya ves. Cosas de niñas.

Tal vez por eso, los Reyes se enfadan y no siempre nos traen todo lo que pedimos, que no somos conscientes del trabajazo que les damos. Pero yo no cejo, que la tenacidad ya me la trajeron de pequeña, y voy a insistir con la carta a los Reyes desde el escenario de Con Mi toga y Mis Tacones.

Como aún estoy esperando lo que le pedimos en otras ocasiones , se me ocurre que quizás confundimos a los pobres magos. Porque, claro, tanto pedirle possits, bolífrafos, grapadoras y folios cuando leen que ha llegado el Papel 0 , pudieron pensar que nuestras peticiones habían prescrito. O caducado, más correcto en Derecho. Así que hoy voy a aclarárselo.

Queridos Reyes Magos. Han de saber que lo del expediente digital y el papel 0 es a día de hoy una milonga y seguimos necesitando todos esos adminículos de papelería que llevamos pidiendo tanto tiempo. Por no hablar de impresoras, con su correspondiente tóner, ordenadores que no funciones a pedales y programas que funcionen de verdad, y no solo en lo que cuenta algún mandamás inspirado. Hágannos caso a quienes nos mojamos las rodillas y nos tenemos que remangar la toga.

Pero por si acaso no me creen, ahí van unas cuantas peticiones de las seguro tienen stock. De las de toda la vida.

Tráigannos paciencia para aguantar sin medios y sin plazas las avalanchas de papel –del de verdad-, y para soportar sin perder los nervios las promesas incumplidas cada vez que alguien va a contar a la prensa lo bien que va todo.

Tráigannos templanza para mantener el tipo, sin soltar la carcajada, cada vez que nos vemos ante alguna de esas anécdotas  que ya han protagonizado más de un estreno. Para mantener el gesto y la seriedad de las circunstancias si alguien monta en cólera porque cree que le llamaron “insolente” cuando se trataba de “insolvente” o si protestó enfervorizado porque él no era el “actor”, que se dedicaba a la fontanería. O cuando echan la bronca a su propia Letrada porque el juez la llamó “impertinente” cuando lo impertinente era su pregunta. Y tantas otras cosas.

Tráigannos un estómago forrado de amianto para asimilar la situación injusta de tantas víctimas, que a veces dan ganas de llevárselas a casa de pura impotencia. La vida a veces se empecina en hacerlo pasar tan mal a muchas personas…

Tráigannos unos nervios de acero para mantener la calma ante determinados delincuentes, cuyos hechos deleznables pueden llegar a hacer tambalearse los principios generales del derecho. Y, buena memoria, para recordar siempre que somos juristas, y que el estado de derecho está ahí para algo, aunque cosas como la violencia de género, la pornografía infantil o las violaciones nos revuelvan las entrañas.

Tráigannos cordura y sensatez para tomar las decisiones adecuadas para el justiciable, y una dosis extra de sabiduría para lograr hacérselo comprender.

Y tráigannos también unas retribuciones dignas, adecuadas y cobradas a tiempo, que reclamar una guardia o los emolumentos del turno de oficio no se convierta en una hazaña digna de Furia de Titanes.

Y, si aún les queda algo en las alforjas de sus camellos, no olviden dejarnos, para el caso de que todo lo demás no llegue, horas de más para que cada día alcance las 30 o 40, que a falta de pan buenas son tortas cuando no queda otra que suplir con esfuerzo la falta de medios.

Y, ya puestos, no se olviden de traernos una sonrisa, que eso siempre ayuda.

Así que hoy coloco mis tacones en la chimenea imaginaria de nuestro escenario, y pido un fuerte aplauso para esos Reyes Magos. A ver si recibiéndolo por anticipado tienen la energía suficiente para dejarnos todos esos regalos.

Feliz noche de Reyes.