Tocar el cielo: #loteriadelamadrina


Un año más, mi toga, mis tacones y yo nos ponemos en modo solidario para colaborar con la Fundación Soledad Cazorla y su lotería de la madrina. Es una iniciativa cuyas ganancias -solo en el caso en que toque devolución, en los demás casos funciona como una lotería convencional- se destinan a financiar becas y sueños, como los de la protagonista de este cuento

Tocar el cielo

Señores pasajeros, les informamos que acabamos de tener un aterrizaje de emergencia. Gracias a la pericia y profesionalidad de la tripulación, nadie ha sufrido ni un rasguño, aunque la situación era límite

-¡Bravoooo! -aplaudía todo el pasaje del avión, ya sano y salvo, en la sala VIP del aeropuerto- ¡Bravo!

Y no solo eso -la megafonía continuaba informando- Además han llegado a su destino con apenas unos minutos de retraso.

             Fue una verdadera proeza, según decían, aunque a ella no le importaban demasiado las alabanzas. Había cumplido con su trabajo como una profesional, y eso era lo que más le satisfacía. Fue un largo camino el que recorrió desde que un día decidió que quería ser piloto de aviones. Primero, lo tomaron como un sueño infantil, y pensaron que ya se le iría de la cabeza. Luego, cuando la idea persistía cada vez con más fuerza, trataron de arrancársela. Que una mujer fuera piloto era difícil, pero que lo fuera ella era casi imposible.

            Sonrió, pensando en aquellos días. Y sonrió todavía más al ver la procedencia de la llamada que le indicaba su teléfono móvil.

            Mientras tantos, los pasajeros del vuelo 767 iban reponiéndose del susto

Menos mal que hemos llegado, y además a tiempo -dijo un joven delgado y nervioso- Mañana tengo algo importantísimo que hacer. Voy a hacer una donación de médula a mi sobrinita de nueve años, que tiene leucemia. Ya me hice las pruebas y soy compatible. Esa princesa se merece una oportunidad y yo puedo contribuir a que la tenga

Qué bonito -contestó otra de las pasajeras- Yo también necesitaba llegar, aunque por algo bien distinto. Mi padre está agonizando, apenas le quedan horas de vida, y me gustaría tanto despedirme de él…

Pues ya veis -intervino una señora de mediana edad- Yo no tengo motivos tan apremiantes. Pero e moría de ganas de llegar. Llevo ahorrando años para hacer este viaje para conocer a mis nietos. El mayor tiene ya cinco años y todavía no lo he visto nunca. El billete de avión es tan caro para mí…

Bueno, yo también tenía mucha urgencia -dijo una chica de aspecto tímido- Necesitaba llegar a tiempo para presentar mi descubrimiento, un medicamento que espero que pueda curar varias enfermedades. Tengo muchas esperanzas depositadas en ello.

             Toda aquella gente fue abandonando el aeropuerto mientras ella respondía el teléfono. La llamada le había devuelto a aquellos días terribles, cuando descubrió el cuerpo sin vida de su madre en la alfombra del salón. Aquel hombre en quine ella había confiado para rehacer su vida, la había destrozado. A ella le dijeron que su madre había marchado al cielo, un lugar donde estaría siempre protegiéndola. Tal vez por eso se le metió en la cabeza lo de ser piloto., porque albergaba la esperanza de poder tocarla otra vez, aunque solo fuera con la punta de los dedos.

            Pero se hizo mayor y mantenía ese propósito. No era solo un sueño de niña, sino su verdadera vocación. Cuando le dijeron que no sería posible porque la situación económica en que le había dejado la muerte de su madre no permitía unos estudios tan largos y tan caros, creyó que todo estaba perdido.

            Fue entonces cuando llegó su hada madrina. No tenía un taje brillan te, ni una varita mágica, y tampoco le hacía ninguna falta. Un fonde de becas que financiaba estudios para quienes, como ella, habían perdido a su madre por culpa de la violencia machista, se hizo cargo. En tiempo récord consiguió estar volando. Y sabía que en algún punto de ese cielo que recorría estaba su madre dándole ánimos.

            Respondió a la llamada

             Le habían propuesto ser una de las madrinas de ese fondo de becas que tanto hizo por ella. Por ella y por aquella niña que por fin tendría su trasplante, por el padre que se podría despedir de su hija, por la abuela que conocería a sus nietos y por todas las personas a los que el descubrimiento de aquella chica salvaría. Nada de eso sería posible si ella no hubiera pilotado aquel avión que a punto estuvo de estrellarse

– Me encantaría, Nada me haría más feliz

                Esta es una historia inventada, pero que podía ser real. Nuestra protagonista consigue su sueño gracias a una iniciativa como la que me trae hoy aquí, el Fondo de Becas Soledad Cazorla. Y podemos contribuir con un simple clic en el enlace para adquirir un décimo. Solo en el caso en que toque la devolución, la mitad se destinará a las becas, el resto puede hacernos ricas o ricos como cualquier otro décimo. O sea, que toca, aunque no toque

Y, por si yo no os he convencido, os traigo una ilustración de @madebycarol, hecha ex profeso para esta iniciativa. Si no os ablanda esto, es que sois de pedernal. Y estoy segura de que no es así

Aquí os dejo el enlace de nuevo, por si acaso

https://www.playloterias.com/la-loteria-de-la-madrina-susana-gisbert

PD Podéis jugar a cualquier número de cualquier madrina, pero si lo hacéis al mío, me pongo todavía más contenta.

Navinécodtas: togas con sonrisas


              La Navidad es tiempo de exaltar nuestras mejores cosas, nuestros mejores valores. Y, si hablamos de lo mejor del mundo, el arte ha de estar ahí. Y el espectáculo convertido en arte, más aún. No hay navidad sin Love Actually, Qué bello es vivir y, por supuesto, sin El Cascanueces, un clásico que no puede faltar, especialmente si, como es mi caso, te gusta el ballet. Y, por supuesto, sin Sonrisas y lágrimas. Aunque en estos tiempos sea mejor escuchar el Jo jo jo de Santa Claus en todo momento.

            En nuestro teatro la Navidad también existe, y más allá de las decoraciones más o menos inspiradas de estanterías y mesas con espumillón y bolas de colores, siempre y cuando los expedientes les hagan un hueco. Y pese a todo, las risas también. Por eso, aunque ya son seis años de toguinavidades y cuentos navideños quería sacar la sonrisa de paseo que, con la que está cayendo, siempre viene bien.

            Contaba un compañero en twitter ayer mismo una anécdota que dice mucho de cómo están las cosas. Tiene su punto de risa, pero en su trasfondo tiene mucho más, aunque eso ya lo dejamos para mañana, como hacía Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. Decía mi amigo y compañero Carlos que el otro día pasaban por el Juzgado de guardia unas personas -que no eran ni los Reyes ni Papá Noel, que quede claro- preguntando, despacho por despacho, si podían llevarse los calefactores porque había un juzgado donde no tenían calefacción. La cosa tendría su gracia si no fuera un puro esperpento, en pleno mes diciembre y en pleno siglo XXI. Ojalá pudieran leer estas cosas quienes tienen en su poder la posibilidad de solucionarlas, y no hubiera que confiar en Santa Claus, que lo veo tejiendo a toda prisa bufandas y gorros con el escudo del Ministerio de Justicia. Para acabar de rematar el esperpento aclararé que esos calefactores son los que nos compramos, de nuestro bolsillo, cuando el sistema no tira lo suficiente para calentarnos. Y que incluso en algunos sitios se usan de trinqui porque se prohibió porque había sobrecargas de luz que incluso motivaron algún incendio.

            Y al hilo de la falta de medios, que da mucho de sí, me acuerdo ahora de otra anécdota que también viene a cuento. El otro día, como sucede con frecuencia, la videoconferencia no iba del todo bien. Exactamente, era conferencia, pero no video, es decir, que no se veía nada, aunque había sonido. Estaba en sala mi querido amigo y compañero Héctor , el primer fiscal invidente al que ya dediqué un post -y dedicaría todos los del mundo, por cierto- que, con el sentido del humor que le caracteriza, dijo con toda tranquilidad “pues mira qué bien, ahora estamos todos en igualdad de condiciones”. Y tenía más razón que un santo. A mí me dio la risa, pero a veces la gente se queda descolocada. A ver si aprendemos a normalizar de una vez, vaya.

            En estos momentos en que el dichoso coronavirus vuelve a hacer de las suyas, vuelve a cobrar actualidad un término que creíamos que estábamos desterrando pero que regresa a nuestras vidas como el día de la marmota, el confinamiento. Pero no sé por qué razón, ese corrector que a veces juega tan malas pasadas, se empecina con algunas cosas, como convertir a las personas confinadas en con confitadas, como si fueran esas frutas escarchadas tan propias de la Navidad. Y es que, como me dijo no hace mucho un testigo, el predictor juega muy malas pasadas. Andaba yo pensando en algún embarazo no deseado cuando me percaté que se refería al predictivo que corrige los textos y, en este caso, los WhatsApp. Y casi me caigo de la silla.

            Y a veces, ni siquiera se le puede echar la culpa. No hubiera colado en el caso de la imagen que ilustra este post, que habla por sí sola. Eso de que sea obligatorio consumar en la terraza tiene su aquel, Aparte de la ambigüedad de la frase, de la que una no sabe si es obligatorio tomarse algo, o si lo que es obligatorio es hacerlo en la terraza -no quiero ni pensar en la sanción por no hacerlo-, lo peor es a lo que se nos obliga. Que eso de consumar, según quién toque de partenaire, cambia mucho. No digo más por no pillarme los dedos, que nunca se sabe

            Tampoco tiene desperdicio el titular en que, por un obvio error, se refirió al toque de teta en vez de al toque de queda. Y menos mal que en este caso el Tribunal Superior de Justicia de turno lo rechazaba, porque si lo hubiera admitido aún hubiera dado para más chanzas. Y en algunas cosas no está la cosa para bromas.

            Para acabar, dejo una perla fina como remate de nuestro árbol de Navidad, aportada por otro compañero, que fue testigo presencial Estaba el fiscal de guardia dictando a una funcionaria algo que debía escribir en unas Diligencias urgentes y no acababan de entenderse. Ella, cada vez más nerviosa, consigue terminar su escrito y se busca la conformidad de quien le encomendó el trabajo y, cuando va a llamarlo, se dirige a él: “Señor Dur ¿está bien?”. Aún me río imaginando a cara del aludido.

            Y hasta aquí, los adornos de nuestro árbol de Navidad. El verdadero remate ha de ser el aplauso que doy a todas y cada una de las personas que se asoman a mi mundo toguitaconado. Muchas gracias y feliz Navidad

#cuentosdeNavidad : El armario


-¿Todavía te duele la herida? Te estás tocando la cicatriz

-Dolerme exactamente, no. Pero me molesta con el frío y con la humedad

-Tal vez deberías ir al médico para que le echara un vistazo. Hace demasiado tiempo para que se note

-No es para tanto, de verdad. Y, además, no me importa. Es más, me gusta notar esa sensación para recordar lo que pasó. No quiero olvidarlo ¿Sabes?

-No creo que lo olvides. Ni tú ni nadie de quienes lo vivimos.

                  Así era. Yo todavía podía recordar aquella llamada de teléfono, cuando los teléfonos pertenecían a una casa y no a una persona, y estaban unidos por un cable a esa casa de la que formaban parte. Fui yo quien descolgó el auricular y quien, tras identificarme ante mi interlocutor, recibí el mazazo. Mi hermana había recibido una paliza en la calle, a plena luz del día, y luchaba por su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital. No sabía por qué y, la verdad, tampoco me importaba, pero eso fue lo primero que mi padre preguntó cuándo escuchó la noticia de mi boca

-¿Una paliza en la calle, dices? ¿Y se sabe por qué?

-Faustino, por dios -dijo mi madre, enfadada- ¿Y eso qué importancia tiene ahora?

-La tiene, querida, la tiene, te guste o no. Y tú lo sabes perfectamente

          Yo no entendía nada. Mi hermana podía morir en cualquier momento y a mi padre parecía no importarle otra cosa que no fueran las circunstancias del suceso. Por desgracia, no tardé en entenderlo, aunque comprenderlo, no lo comprendí nunca.

            Al día siguiente la sección de sucesos del periódico daba todas las claves sobre la reacción de mi padre. Los golpes que le cayeron a mi hermana por la calle lo fueron al grito de “tortillera” “bollera de mierda” y similares. El periódico no ahorraba detalles, facilitados, al parecer, por testigos presenciales. Ella caminaba por la calle de la mano de otra mujer y eso fue suficiente para que se desencadenara la tragedia. Nunca encontraron a los autores, aunque tampoco creo que pusieran mucho interés en buscarlos. El acento se ponía en quién era mi hermana, quién era su familia y lo “inadecuado” de determinadas conductas, por más que el Código Penal acabara de despenalizarlas.

            Yo ignoraba si aquella chica con la que iba cogida mi hermana era su amiga, su amante o alguien que pasara por allí, pero tampoco tenía interés en saberlo. Solo quería que saliera del pozo donde estaba. Porque sus heridas curaron en el hospital, pero la persona que volvió a casa a hacer su convalecencia poco tenía que ver con la que salió unas semanas antes de casa a dar un paseo que le costó bien caro.

            La reacción de mi padre se exacerbó cuando vio lo publicado en el periódico, y las prioridades de sus preocupaciones propiciaron un alejamiento tan enorme de mi madre que nunca volvieron a estar juntos. Ella no le perdonó que le importara más el qué dirán qué la vida de su hija, y él no perdonaba a una hija que no respondía a lo que él esperaba de ella. A lo que esperaba, a su juicio, cualquier padre de cualquier hija.

            Nadie hablaba nunca en casa de la homosexualidad de mi hermana, pero flotaba en el aire sin nombrarla. También sin nombrarla supimos que fue la razón de su fulminante despido “por causas objetivas”, como lo fue del abandono de casi la totalidad de sus amistades, que jamás la visitaron. Solo acudía a verla una tal Mercedes, pero, cuando mi padre supo que era quien andaba cogida de la mano con ella aquel día, prohibió su entrada en casa,

            Eso precipitó la separación de mis padres, que ya venía cociéndose a fuego lento desde tiempo atrás. No obstante, mi madre parecía anclada todavía en algún punto del pasado donde mi hermana y su realidad tenían difícil encaje. O eso pensábamos.

            Llegó la Navidad, la primera tras lo que le ocurrió a mi hermana y tras la separación de mis padres. Pensaba que mi madre no estaría para celebraciones, pero me sorprendió desafiando la gravedad para subirse, un año más, al estante del armario donde guardaba los adornos navideños. No dejó ni uno dentro, y llenó la casa de espumillón y bolas de colores

-No has dejado nada en el armario

-Y así debe de estar, vacío.

            Mi madre miró fijamente a mi hermana cuando pronunció aquella frase y ella, por primera vez en mucho tiempo, levantó la cabeza. Fue entonces cuando mi madre se dirigió a nosotras y a mis hermanos, y nos dijo a toda la familia:

-Este año quiero que en Nochebuena vengáis todos con vuestras parejas.

-Sí, claro mamá, como siempre -dijo mi hermano- ¿No? Yo iré con mi mujer y Pablo con la suya y…

-Como siempre, no. He dicho con vuestras parejas. Las de todos

              De esta manera mi madre abría las puertas de su casa y de su vida a Mercedes, a quien tanto echaba de menos mi hermana.

-Ya os dije que había que vaciar los armarios por Navidad.

Tribunales consuetudinarios: por los siglos de los siglos


              Hay tradiciones que merece la pena conservar. Otras, no tanto, así que esas mejor cuanto más lejos. Pero, a veces, es necesario mirar al pasado para tomar impulso para el futuro. Y de eso el cine y el teatro saben un montón. Hay tradiciones que destrozan vidas enteras, como lo que le ocurría a La niña de luto o a las protagonistas de La casa de Bernarda Alba. Y hay otra que merece la pena conservar y cuidar. Y de esa vamos a hablar hoy.

            En nuestro teatro hay tradiciones a punta pala, hay que admitirlo. Algunas, sobre todo las referidas a formalismos se han convertido en costumbre inveterada y ya no desaparecen ni con agua caliente, aunque no siempre es necesario que desaparezcan. Pensemos en el caso de pedir la venia a la que ya dedicamos un estreno.

            Pero hoy, más que de costumbres jurisdiccionales, quería hablar de jurisdicciones. O, mejor dicho, de tribunales, más allá de los que vemos en Toguilandia. Porque esto de la Justicia se inventó hace muchos siglos.

            Esta semana se publicaba en el BOE el reconocimiento de dos tribunales consuetudinarios y tradicionales junto a los dos que ya existían, Todos por mi zona, en la Comunidad Valenciana, donde, junto con Murcia, copamos los reconocimientos de este tipo. Que, si hay que sacar pecho, se saca. Y sanseacabó.

            Lo bien cierto es que cuando yo estudiaba la carrera y luego la oposición, es esa época donde tener una máquina de escribir eléctrica era ser el no va más de la tecnología, nos hablaban de este tipo de tribunales y siempre nombraban el mismo, nuestro Tribunal de las Aguas de la vega de Valencia. Incluso estaba nombrado tal cual, en la Ley Orgánica del Poder Judicial, a pesar de existir desde Que, siglos antes que esta, lo que no dejaba de tener su punto entre folklórico y cultural.

            Pero era mucho más que eso. A pesar de que no había colegio de Valencia que se precie que no nos hubiera llevado una o varias veces de visita cultural a ver una sesión del Tribunal de las Aguas, es mucho más que una rareza que atrae al turismo. El Tribunal de las Aguas fue creado para resolver las disputas acerca del uso del agua de riego de las acequias y, de hecho, en las sesiones que celebra, se van llamando por turno a los denunciados de cada una de las acequias, si los hay. Hay que reconocer que no es fácil coincidir un día en que efectivamente haya juicio, pero eso no empecé para que cada jueves a las 12 en punto acudan a la puerta de los Apóstoles de la catedral y, sentados en semicírculo -en rogle– vayan recibiendo a los demandados y demandantes de cada una de esas acequias y resuelvan sus pleitos, si los hay. En los últimos tiempos, solo el confinamiento impidió esa convocatoria semanal. De hecho, la frase con la que el Presidente del Tribunal de las Aguas da y quita la palabra para moderar el debate ha pasado a nuestro acervo popular. Parle vosté i calle vosté -hable usted y calle usted- Nada de venias ni de mandangas.

            La imagen de un grabado del Tribunal de las Aguas reunido alrededor de una mujer y un hombre ataviados con el traje típico que, aparentemente, exponen su caso, la hemos visto hasta la saciedad. Es la que ilustra este estreno. En Valencia, fundamentalmente. No hay orla de Derecho, casal de falla, o local donde se practiquen bailes regionales que no disponga de una copia. También la hay, a tamaño gigantesco, en salones de bodas, bautizos y comuniones, en bares y en algunas casas particulares. La de mi madre entre ellas, que no se diga.

            A este tribunal oficialmente reconocido se unió el Consejo de Hombre Buenos de Murcia y ahora el Juzgado Privativo de Aguas de Orihuela y Pueblos de su Marco y el Tribual Comuner del Rollet de Gràcia de l’Horta d’Aldaia. De modo que el precepto de la Ley Orgánica del Poder Judicial que los reconoce ya se pude considerar de Los cuatro fantásticos. Porque fantástico es, desde luego, que una forma de dirimir conflictos tan antigua se mantenga en el tiempo.

            Estos tribunales forman parte de la jurisdicción, aunque sus miembros no pertenezcan al poder judicial. De hecho, sus decisiones son impugnables ante la jurisdicción ordinaria y, aunque no sea muy frecuente, se dan casos en que así ha sido. Además, tal conforme tenemos al pobre planeta no es de extrañar que las disputas por temas de aguas alcancen nuevos protagonismos. Nunca se sabe.

            La cuestión es que ahí están, sobreviviendo al paso del tiempo. Y bien está que nuestro Derecho los reconozca. Al César lo que es del César.

            Por eso hoy el aplauso será para ellos, para esos tribunales que han resistido el paso del tiempo. Y, por supuesto, para quienes lo han hecho posible. Gracias por mantener las tradiciones que sí vale la pena mantener,

Esperanza: seguimos adelante #PorEllas


Hoy nuestro escenario trae un relato con el que el ICAV conmemoraba el Día contra la Violencia de Género

Aquí os dejo a mi

Esperanza

(Publicado en mi antología Mar de Lija)

La llamé Esperanza porque siempre albergué la idea de que los nombres marcan a las personas. Yo me llamo Soledad, y creo que mi nombre define lo que ha sido mi vida en una sola palabra. Mi madre, que se llamaba Angustias, también podría dar fe de este convencimiento mío, y por eso, nada más quedarme
embarazada, intuí que sería una niña y decidí que se llamaría Esperanza, porque esperaba y deseaba con todas mis fuerzas que con ella todo cambiara, todo empezara a ser maravilloso, y que su vida fuera feliz…
Ahora me aferro a esa esperanza que lleva en el nombre, y ruego con todas las fuerzas que me quedan para que salga adeante. Me han dicho que no es fácil, que solo el tiempo lo dirá pero los obstáculos son muchos. Pero yo sé que Esperanza es
fuerte y tiene que conseguirlo. Tenemos que conseguirlo.
No me dejan verla, así que no puedo hacer otra cosa que imaginármela como una muñeca rota, débil y exánime. Y se me encoge el corazón tanto, que si no fuera por el amor que siento hacia ella dudaría de que el mismo no hubiera huido de mi cuerpo para siempre. Tampoco mi cuerpo me responde. Apenas puedo moverme de una cama que no es la mía, en una habitación blanca que no reconozco…
Pero no estoy tan mal, al menos no físicamente. Sé que esto es un hospital y que solo unos metros me separan de Esperanza, aunque no pueda verla. Trato de incorporarme, pero es en vano.

Con mucho esfuerzo, consigo llevar mi mano izquierda hasta mi cara, me toco y palpo un vendaje en mi mejilla…
De pronto, mi cara quebrada me empieza a doler por dentro y por fuera, y me golpea como una sacudida la imagen de lo que pasó. Cierro los ojos con fuerza, imploro que todo haya sido un mal sueño, aprieto el puño, pero nada. Las imágenes me torturan
con su crudeza y la vista de esta habitación blanca de hospital me confirma que se trata de una realidad y no de una pesadilla.
Y los recuerdos me transportan a ese momento aciago sin que yo pueda hacer nada por exorcizarlos.
Aquel día no tenía nada de especial. Yo había hecho lo mismo de siempre: cumplir con mi jornada de trabajo, volver a casa, cumplir con mi jornada de trabajo doméstico y sufrir el infinito cansancio que se estaba apoderando de mi vida desde hacía tiempo. La cena estaba preparada cuando él llegó, como siempre,
con cara de pocos amigos y dispuesto a ponerle pegas a todo, pero a mí aquello ya casi no me afectaba, porque era lo habitual.
El detonante esta vez fue una simple barra de pan, pero podía haber sido cualquier otra cosa.
El pan estaba duro, me dijo. A partir de ahí empezó un rosario de recriminaciones acerca de mi falta de habilidad para llevar una casa, para criar una hija, para cuidar un marido y que sé yo.
Yo, la verdad, desconecté, como hacía siempre que empezaba así, porque, de un lado, me sabía la cantinela de memoria y, de otro, tenía la sensación de que lo que no oía no me podía dañar. Sí, ya
sé, fui una boba, una cobarde y una grandísima estúpida, pero por más que quiera, ya no puedo dar marcha atrás…
Yo ni siquiera sabía de qué me estaba hablando cuando cogió el pan, el dichoso pan y, después de golpearlo una vez contra el mármol de la cocina, me lo partió en la cabeza. Y he de decir, de veras, que no estaba tan duro, aunque sé que eso ya da igual. Yole volví la espalda, me limpié una lágrima rebelde y me dispuse a continuar con la cena como si nada hubiera pasado. Estaba de espaldas a él y no pude ver qué hacía, pero escuchaba sus gritos desaforados como la banda sonora de mi vida. De pronto, se giró hacia donde yo estaba y, con el pan de la discordia en una
mano y un cuchillo jamonero en la otra, comenzó a berrearme con los ojos fuera de las órbitas, con esa cara de ido que desgraciiadamente había llegado a conocer tan bien

—Míralo, está duro como una piedra. No querrás que yo me coma eso. Ni con este cuchillo puedo cortarlo.
—Pero si es de hoy… —me atreví a protestar débilmente.
—Entonces ¿qué es lo que pasa? ¿Será que no funciona este cuchillo? Voy a probarlo a ver.

Las cosas se precipitaron. Él se abalanzó sobre mí con el cuchillo en la mano, y aun entonces, yo creía que no sería capaz de utilizarlo. Me quedé inmóvil, paralizada por el miedo y por lo absurdo del momento, y solo noté un fuerte escozor en la mejilla, y un líquido espeso que me corría por la cara, mi propia sangre, que lo manchaba todo. No sé si llegué a perder el conocimiento o fue un simple bloqueo, pero a ella no la vi hasta que me percaté de que estaba en el suelo, ensangrentada, y que no contestaba a lo
que le decía. Tenía la esperanza, como el nombre que ella llevaba, de que la sangre que la cubría fuera la mía, de que solo hubiera acudido a socorrerme… Invoqué a la Esperanza que lleva en su nombre, pero su nombre me falló. Esperanza yacía inconsciente en el suelo de la cocina, con la cara y el cuerpo lleno de sangre,
mientras él seguía gritando que toda la culpa era mía. Y lo era, es bien cierto, pero no por lo que él decía ni por nada que yo hubiera hecho, sino precisamente por lo que no había hecho.
Sus episodios de cólera eran tan frecuentes que me había acostumbrado a ellos como quien se acostumbra a una alergia: es molesto, incluso peligroso a veces, pero, pasado el episodio
de crisis, las aguas suelen volver a su cauce, solo hacen falta cuidados y prevención. Y eso era lo que yo hacía: atenazada sin darme cuenta por el miedo, trataba de que mi casa fuera la más limpia, la más ordenada; mis modales los más exquisitos, mi
hija la mejor educada… pero siempre había algo que no estaba bien. Y no me daba cuenta de que, precisamente, la que no estaba bien era yo.
Esperanza sí que se apercibía, aunque yo no supe o no quise verlo, y solo fui consciente de ello después del fatal momento. Desde la supuesta inmadurez de sus catorce años, supo ser mucho más madura que yo. Ahora sé que ella oía todo, veía todo, percibía todo, y que esos abrazos reconfortantes en los momen-
tos en que yo más los necesitaba no eran fruto de la casualidad.

Ella, sin decir nada vigilaba, controlaba todo, intentaba que yo nunca me quedara sola con él, inventaba mil excusas para no marcharse o para traer gente a casa que impidiera esas escenas a las que yo me había acostumbrado como si de una crisis alérgica
se tratara.
Ella supo intuir el drama, yo no, pero el drama, en cualquier caso, estalló. Fue el pan duro, pero podía haber sido cualquier otra cosa. Cuando Esperanza, salida de un escondite que aún no logro adivinar, vio a su padre con un cuchillo en la mano, no se lo pensó dos veces. Se lanzó sobre él como una furia, y
consiguió salvarme, pero a cambio acabó con el cuchillo clavado en su cuerpo.

Ahora ella está en otra lucha, batallando con todas esas fuerzas que guardaba escondidas por su propia vida. No he podido verla, no me lo permiten, pero sé que me está transmitiendo un mensaje, que me grita en silencio que actúe, que haga lo que no he hecho hasta ahora, que tome medidas contra él y salga adelante. Y no le voy a fallar, se lo debo a ella y me lo debo a mí misma. No me perdonaría que su sacrificio haya sido en vano.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, más de quince años. Hoy puedo decir que el sacrificio de Esperanza no fue en vano, que el momento en que ella cayó exánime en el suelo de mi cocina marcó un antes y un después en mi vida. Cuando tengo dudas, me palpo la mejilla, donde aún queda surco de la
cicatriz causada por el cuchillo que un día rajó mi cara. No quise que ningún cirujano plástico la arreglara. Quedó para siempre como la línea divisoria entre la que fui y la que soy ahora. Es la línea de Esperanza.

Fui capaz de denunciarle, de mantener el tipo, de sacar fuerzas de flaqueza y lograr que se hiciera justicia, aunque me costó años de psicólogo. Fui capaz de empezar una nueva vida, una vida marcada por ese nombre que me dieron al nacer, Soledad,
puesto que solo yo podía sacarme del abismo en el que me había ido metiendo.
Hoy estoy nuevamente en una habitación blanca de hospital, igual pero diferente a aquella en la que estuve el día en que volví a nacer. Hoy sostengo la mano de Esperanza que, tras muchos esfuerzos para que su debilitado cuerpo obedeciera a su fuerte
espíritu, ha dado a luz a una niña, mi nieta.
Esperanza y Justo, su pareja, que creen como creyó su madre un día que los nombres marcan la vida de las personas, han dado con el nombre adecuado. Ellos han decidido que la niña se llame Amor.

Negacionismo: al otrosí, otrono


                Hay personas que dicen a todo que no. Generalmente, es más fácil oponerse a todo y destruir, que intentar construir. Aunque hay que reconocer que también hay personas a las que les cuesta decir que no a algo. Aunque no me refiero a ellas sino a las que niegan por principio y caiga quien caiga. Cuentan que, en su día, el intérprete de James Bond dijo que sería su última película de la saga y como luego cayó en la tentación de repetir con el superagente, la frase de su esposa al respecto acabó siendo el título del filme, Nunca digas nunca jamás. No sé si esto es cierto o es una leyenda urbana, pero lo que sí es verdad es que cuesta mucho más encontrar títulos afirmativos que negativos. No me chilles que no te veo, No estas sola, No somos nada. O, simple y llanamente, No.

                En nuestro teatro el negacionismo está más presente de lo que en principio podíamos creer y a las siatodistas como yo, que me cuesta decir que no a cualquier cosa que me ofrezcan, se oponen los Noatodistas, que antes muertos que admitir algo. Como decía un amigo respecto a su hija, si llega a saber cómo iba a salir la chiquilla en vez de Lola la hubiera llamado María de la No. Igual de folklórico, pero mucho más cercano a la realidad.

                El primer negacionismo del que voy a hablar es uno al que, por desgracia, ya me he referido más de una vez, el negacionismo de la violencia de género. Hay personas, políticos y juristas entre ellos, que se empeñan el repetir una y otra vez que la violencia de género no existe, por más que las cifras de mujeres asesinadas y de las que cada día acuden a denunciar a Toguilandia lo desmienta. Y eso que, como es sabido, el silencio sigue siendo uno de los problemas de este delito, y se estima que solo se denuncian un 30 por ciento de los casos, de ahí que muchas de las mujeres asesinadas no hubieran denunciado. Pero, así y todo, hay quien erre que erre con que no cree en ello, como si se tratara del misterio de la Santísima Trinidad –en el que igual va y si que creen- en vez de una evidencia.

                Otro tipo de negacionismo con el que nos encontramos es el relativo a los delitos de odio . Hay negacionismo del Holocausto, por más que hayamos visto esas terribles imágenes de los campos de exterminio mil y una veces. Y hay negacionismo de otras matanzas genocidas. A este respecto, nuestro Código penal incluye esta conducta entre los delitos de odio, si bien ha de hacer referencia a delitos de genocidio, de lesa humanidad o de delitos cometidos contra personas y bienes en caso de conflicto armado, referirse a los motivos de discriminación que dan lugar a los delitos de odio y, además, como exigió en su día el Tribunal Constitucional, crear un ambiente de hostilidad contra el colectivo afectado.

 Por tanto, y mientras no se diga otra cosa, el negacionismo de los crímenes del franquismo no es delito a día de hoy, porque no hay un reconocimiento oficial de que se cometieran delitos de genocidio o de lesa humanidad. Tampoco lo sería el negacionismo de la violencia de género por similares razones, sin perjuicio de eventuales reformas legislativas que a día de hoy, no se han planteado.

Junto a estos tipos de negacionismo, surge con fuerza otro de especial importancia día de hoy, el negacionismo de las vacunas. Personalmente, no entiendo a quienes, teniendo en sus manos la posibilidad de anular o aminorar los efectos del Covid –u otras enfermedades-, no quieren aceptarlo. Para mí sería como operarse de menisco sin anestesia, como en el Salvaje Oeste, apretando los dientes y con un whisky, con la diferencia que el menisco roto no se contagia y el coronavirus sí. Todavía me sorprenden más quienes han centrado su negacionismo en esta vacuna y esta enfermedad cuando en su día se pusieron la triple vírica, y la cuádruple si hace falta, y se la han puesto a sus criaturas sin ningún problema. Luego vemos casos de arrepentidos cuando ya es tarde y están hospitalizados, pero hasta entonces ahí están, miguelboseando que es gerundio.

Por supuesto, hay más negacionismos igual de aluncinantes. El terraplanismo, por ejemplo, con lo caro que casi le cuesta la broma al pobre Copérnico. O la negación del cambio climático que como no venga un iceberg y se les derrita encima no sé cómo habría que metérselo en la cabeza a estos tipos. Pero haberlos, haylos.

En Toguilandia tenemos nuestros negacionistas más de andar por casa. En primer lugar, están esos acusados/investigados/condenados que se empeñan en repetir una vez y otra que ellos no fueron aunque tuvieran el cuchillo en las manos y la sangre de la víctima chorreando en su ropa cuando fueron detenidos. Hay tantos inocentes de esta clase que podrían llenar varios estadios de fútbol.

Y luego está el negacionismo de las defensas, que, aunque esté en su trabajo, no siempre es el mejor argumento. A mí, personalmente, me gustan más los escritos de defensa que delimitan otros hechos en contraposición a los de la acusación, que los que se limitan a un lacónico “niego, niego, niego” a todas las correlativas. Con referencia a esto siempre me acuerdo de un compañero que empezaba sus interrogatorios preguntando al acusado si no se llamaba Fulanito. El interfecto, sorprendo, decía que sí, momento en que mi compañero, con un sentido del humor un tanto peculiar, decía “como su abogado niega todo…” Y se quedaba tan fresco.

A mi me gusta especialmente algo que me contaron al principio de mis días togitaconados y que, aunque no he comprobado su veracidad, me sigue gustando. Decían que uno de esos noatodistas recalcitrantes contestaba “y respecto al Otrosí, Otrono”. Que no se diga. Aunque, Con relación a ese elemento tan sui generis de nuestro mundo llamado “otrosí” y que consiste en que añado esto y lo otro y lo de más allá, no puedo evitar caer en la tentación de algo que me ha llegado por una compañera de la carrera hermana en Twitter. Nada menos que un escrito donde, en lugar de “otrosi digo”, dice, y repite “artrosis digo”. Supngo que el autocorrector hizo de las suyas, pero yo aun me estoy riendo. Gracias, Amparo, por ese ratito.

Y con esto acabo por hoy. El aplauso se lo doy a todas las personas que, con paciencia infinita, se oponen a todos estos negacionismo y a alguno más. Espero que a lo que no os neguéis nunca sea a seguir leyéndome

Presunciones: imaginación jurídica


                Es fácil presumir. Tal vez es más difícil no hacerlo, si se tienen motivos. Pero entre presumir de una misma y presumir algo hay considerables diferencias. En el primer supuesto, nos encontramos con casos como el de La ratita presumida, que limpiaba su casita tralaralirita y le daba tiempo a estar divina llena de lazos y volantes. Presumir algo, sin embargo, consiste en suponerlo, mientras nada te demuestre lo contrario, algo que el cine hace con tanta frecuencia que frente al título de Presunto inocente también existe el de Presunto culpable. Y es que las presunciones dan mucho de sí.

                Nuestro teatro es campo abonado para las presunciones. De hecho forman parte de lo que nos enseñan en las facultades. Y aunque hay una de ellas que es la reina y eclipsa a las demás, la famosa presunción de inocencia no es, ni mucho menos, la única.

                Las presunciones son una herramienta jurídica que sirve, entre otras cosas, para valorar la prueba y tratar de dar con una sentencia justa. Aunque la gente distante de Toguilandia lo conozca menos, lo bien cierto es que son más propias del Derecho Civil que del Derecho Penal. Porque en Derecho Penal los derechos fundamentales que se ventilan, la prohibición de interpretaciones extensivas, y el principio de la verdad material les dan mucho menos juego, la verdad. Y las pobres presunciones se quedan sin espacio y van a buscar el Derecho Civil, que siempre es más hospitalario

                En Derecho Civil, sin embargo, tienen terreno trillado. Como también lo tienen en otros campos del Derecho como el Derecho administrativo. Y, por supuesto, en el Mercantil, que no es sino una rama desgajada del Civil de toda la vida, al menos en lo que a la jurisdicción respecta.

                Las presunciones se clasifican, según lo que nos contaban casi desde el primer día de facultad, en dos tipos: iuris tantum y iuris et de iure, según admitan o no prueba en contrario.

La presunción iuris tantum es la que si la admite, y en virtud de la misma, se considera que una cosa es así si concurren determinadas circunstancias, salvo que alguien pruebe que no lo sea. Como siempre, con un ejemplo se explica mejor: se presume que los hijos e hijas de mujer casada que convive con su esposo son de él, salvo que pueda probar, mediante la correspondiente prueba de paternidad, que fueron engendrados por otro hombre. He conocido algún caso de un chasco de un hombre que ha criado a unos hijos como propios cuando no eran suyos y, aunque en principio parezca cosa de mofa, la cuestión no tiene ninguna gracia. Imaginemos no solo el disgusto de ese padre sino el perjuicio para unos hijos que de repente se encuentran que a quien quieren y reconocen como padre no es tal. Y no solo eso. Imaginemos los efectos económicos que puede suponer si uno de esos dos padres estaba forrado de dinero y había hermanos de por medio. Una cuestión muy espinosa.

                En este punto, recuerdo una noticia que ha saltado hace poco a la prensa. La de unas niñas cambiadas fortuitamente al nacer en el hospital. La presunción de que la niña era de cada madre quedó desvirtuada muchos años después, pero los efectos en sus vidas son difícilmente reparables. Un caso que parece de película pero que es muy real. Aunque nada frecuente, no dejemos de decirlo.

                Otra de las presunciones con cierto aroma peliculero es la llamada de conmoriencia. Consiste en que en caso de que mueran dos herederos de un mismo causante en el mismo accidente, por ejemplo, salvo que se pueda determinar quién murió primero, se entiende que lo hicieron simultáneamente. Esto es importante en orden a la sucesión, por si primero muere el padre, o el hijo, o el hermano y estos a su vez tienen herederos. Una norma así les habría destrozado a los guionistas de más de un capítulo de aquellas series de sagas familiares de lujo como Dinastía o Falcón Crest. Es lo que tiene nuestro Código Civil.

                Por su parte, una presunción iuris et de iure es la que no admite prueba en contrario. Las cosas son así, y nada puede demostrara que sean asá. Cubriría, por ejemplo, a los documentos amparados por la fe pública, esto es, los que se hacen en la Notaría con todas las formalidades legales. No obstante, no olvidemos aquello que también nos enseñaban en la facultad de que el notario da fe de que es verdad que se dice, pero no de que lo que se dice sea verdad. Por si las moscas

Entiendo que por la misma razón están cubiertos por esas presunciones los actos amparados en la fe pública judicial, la que prestan los LAJs y constituye su más importante función. Solo faltaría que diéramos valor a la fe pública notarial y no a la judicial. Sería aquello de en casa del herrero cuchillo de palo, en versión toguitaconada. Y eso sí que no.

                Para ir acabando, y sn entrar de lleno en la presunción de inocencia que ya tuvo su propio estreno, una aclaración respecto a ella. La presunción de inocencia, que sí admite prueba en contrario, no consiste en decir de todo que es presunto y chimpun, como hacen algunos titulares periodísticos. Si a alguien le han asestado cien puñaladas, la mayoría de ellas en la espalda, no es un presunto asesinato sino un asesinato como la copa de un pino. Lo que será presunto es el autor. Y, por supuesto, la muerte nunca es presunta, porque o se está muerto o no, por más que hay algún titular que se refiera a la presunta muerte de Fulanito y se quede tan pichi.

                Y, como hoy me dio por ahí, acabaré con otra aclaración de la que hoy se habla mucho. Se trata de una supuesta -¿o presunta?- presunción de veracidad que dicen que se atribuye a la Policía en sus declaraciones. Pues bien, en lo que al proceso penal respecta, no existe tal presunción de veracidad. Lo que sí existe es un principio de libre valoración de la prueba que permite al juzgador dar mayor verosimilitud a lo que sea más verosímil, valga la redundancia y por muy perogrullada que parezca. Pero no hay ningún precepto en el Código Penal ni en la Ley de Enjuiciamiento Penal que asimile la palabra de un policía a la palabra de Dios. Ni a la de un obispo. Ni siquiera a la de un cura, vaya.

                Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso, una vez más, será para quienes aplican el derecho y consiguen la Justicia, cosa nada fácil. Quisiera presumir que ha gustado la función, pero, como admite prueba en contrario, espero los comentarios.

SIDA: ayer y hoy


            Quienes tenemos cierta edad, recordamos con horror las noticias sobre la epidemia que nos sacudió entre finales de los 80 y los 90: el SIDA. Aquella enfermedad desconocida parecía atacar solo a ciertas personas hasta que, de repente, había famosos que reconocían padecerla y acabó con ellos. Yo recuerdo especialmente las fotografías de un Rock Hudson esquelético, aunque mucha gente recuerda más el caso de Freddy Mercury. Sea como fuere, aquello llegó para quedarse y pronto el cine se hacía eco de ello en películas como Philadelphia, Pride y, por descontado y más recientemente Bohemian Rhapsody, que contaba la vida del líder de Queen.

            En nuestro teatro pronto nos percatamos de los efectos de SIDA. Aparte de quienes, a uno u otro lado de estrados, perdieran la vida o vieran como la perdían familiares y amigos, aquella enfermedad maldita tuvo enormes efectos en la población delincuente de toda una época y, por tanto, en nuestras funciones. No podía ser de otro modo.

            Cuando yo aterricé en Toguilandia, ya estaba consumado en numerosos casos un matrimonio mortal: drogadicción y SIDA. A los terribles efectos de la heroína, que había causado estragos a varias generaciones, se unía un aliado de la muerte todavía más letal, el VIH. La enfermedad se transmitía, entre otras causas, por la sangre, y las condiciones faltas de higiene en que los adictos compartían jeringuillas les hacía compartir también un destino fatal.

            Las cárceles por aquel entonces estaban llenas de personas que eran drogadictas y delinquían, un binomio de difícil separación. En estos casos, nunca se sabía si fue antes el huevo o la gallina. Había quien delinquía y en ese ambiente comenzaba a consumir, y quien consumía y se veía obligado a delinquir para financiar su adicción. Generalmente, ambos factores se unían y acababa siendo la pescadilla que se muerde la cola, entrando en un bucle infernal del que era muy difícil salir.

            Todavía recuerdo con un nudo en la garganta la angustia de esas madres -también padres, pero sobre todo madres- destrozadas por esa adicción de su hijo, que le convertía en un ladrón incluso en su propia casa. Coches destrozados, joyeros heredados vaciados y mil cosas más componían ese mapa. Y a ese mapa sed añadía una enfermedad mortal, que obligaba a cuidar al hijo hasta sus últimos suspiros. Por el camino, ingresos voluntarios o involuntarios en instituciones que en muchos casos no hacían sino alargar la agonía.

            Así las cosas, aquello tenía varios efectos en nuestro trabajo. En primer término, y junto con la drogadicción con la que formaba siniestra pareja, constituían una atenuante, bien por la adicción en sí, bien por el síndrome de abstinencia, o bien por la alteración psíquica. En una fase posterior, y una vez en prisión el avance entonces inexorable de la enfermedad hacía que requirieran cuidados especiales y que, en muchos casos, se pidiera su excarcelación por motivos humanitarios. En otros muchos, firmábamos archivos de ejecutorias y sobreseimientos en diligencias previas con inusitada frecuencia por muerte del imputado. Recuerdo que hubo una época que no pasaba un día sin haber firmado un archivo por defunción.

            Por supuesto, esa no era la única causa de transmisión, aunque por lo que a nuestro teatro afecta, sí que era la más frecuente. Otra vía eran los pinchazos accidentales del personal sanitario que, aunque no fueran a la vía penal, podía dar lugar a peticiones de indemnización en la vía civil e incluso contenciosa. Ya sabemos que no solo de derecho penal vive el jurista.

            Aunque los pinchazos no solo eran accidentales. Era tal el clima de terror que causaba solo nombrar a la enfermedad que las jeringuillas ensangrentadas se convirtieron en el arma óptima para cometer atracos bajo la amenaza de pinchársela a la víctima.

            Y si de pinchazos hablamos, no puedo dejar de nombrar un macrojuicio que tuvo lugar en Valencia y repercusión en toda España. Se trataba del enjuiciamiento -y condena- de un anestesista que se prevalía de su posición para conseguir sus dosis de los goteros de sus propios pacientes, lo que propició un masivo contagio de hepatitis B del que todavía se habla, y se sufre. Cierto es que no se trataba de SIDA sino de hepatitis, pero por su relación con jeringas, contagios y adicciones no podía dejar de citarlo.

            No obstante, el caso relacionado con el SIDA más curioso y duro a un tiempo fue el relacionado con otro tipo de delitos. Un sujeto, tras conocer a una chica en un local de ocio, entendió que su sola amabilidad era suficiente para tener sexo con ella, aunque ella se negara desde un primer momento. La chica no solo manifestó su negativa, sino que le advirtió de que ella era seropositiva, lo que no provocó sino la furia de él que, además de penetrarla, la golpeó varias veces. El destino quiso que el sujeto se contagiara y no solo eso, sino que ese contagio evidenciado en las pruebas biológicas fue la prueba definitiva pata condenarlo por violación. La justicia o la injusticia divina hizo que él muriera en prisión.

            Ahora, cuando la enfermedad tiene un tratamiento que, si no la cura, la convierte en crónica, parece que, al menos en esta parte del globo terráqueo -en otros países de otra parte del mundo todavía es una plaga mortal en muchos casos- el VIH ya no debería suponer un problema para nadie. Sin embargo, me contaba un compañero hace poco de un caso de discriminación en un gimnasio de una persona a la que se aisló del resto de clientes cuando comunicó la circunstancia. Ignoraban que el SIDA no se contagia de ese modo, e ignoraban también que discriminar por razón de enfermedad puede ser constitutivo de un delito de odio.

            Por último, para quitar un poco de hierro al asunto, recordaré una pequeña anécdota, la del investigado que contaba a todo el mundo que tenía el VHS. Para quienes nacieran después de los dolores, como diría Chiquito de la Calzada, he de aclarar que eso era un sistema de vídeo, que era como veíamos las películas por aquel entonces. Y aunque me arriesgue a que alguien más joven me contenten con ese “ok boomer” que he oído más de una vez, asumo el riesgo. Intrépida que es una.

            Y ahora llega la hora de bajar el telón por hoy. El aplauso se lo dedico a todas las víctimas de esta enfermedad, como pequeño homenaje. Y, como no, a quienes siguen luchando contra ella.

Amenazas: delito comodín


              En principio, una amenaza parece algo muy grave. Y puede serlo, sin duda, aunque más de una vez se trivializan tanto que les acabamos quietando importancia. Y, ya se sabe, nos arriesgamos a lo que pasó con el lobo, que tantas alertas en falso hicieron desatender a la que resultó verdadera. Por supuesto, las amenazas, trascendentes o triviales, forman parte de la historia del cine. La amenaza fantasma es el título de una de las películas de la saga Star Wars, porque en la ciencia ficción es campo abonado para vivir Bajo amenaza, sea de Alien o sea La amenaza de Andrómeda. Incluso ese temor dio lugar al conocido episodio radiofónico que luego se tradujo en película en La guerra de los mundos. Y, por supuesto, fuera de la ciencia ficción, encontramos títulos tan impresionantes como Cuando sea mayor, te mataré o Te buscaré y te mataré. Y esto es solo una pequeña muestra.

            En nuestro teatro las amenazas están a la orden del día. Y no es que nos dediquemos a amenazarnos unos a otros, aunque haya quien interprete como una amenaza eso de “nos veremos en los juzgados”. Pero en Toguilandia tenemos un enorme contenedor que recoge amenazas de todo tipo. Entendido en su doble sentido: como tipo penal y como especie o clase.

            Las amenazas han sido desde siempre constitutivas de delito. Además, tienen una gradación que en pocos delitos puede observarse: van desde el delito leve entre particulares hasta el delito de odio de las amenazas a población, desde la violencia de género hasta las amenazas condicionales que se ven en el jurado. Aquí hay de todo, como en botica.

            Por descontado, como ocurre tantas otras veces, en sede de las antiguas faltas o de los actuales juicios por delito leve es donde se encuentran las más pintorescas. Me contaba mi tutor cuando empezaba mis pasos profesionales de algunos curiosos juicios de faltas de entonces celebrados por lo que mucha gente conoce como “maldiciones”. Entre ellas, recuerdo dos. La primera “Ojalá te tragues un paraguas y los cagues abierto”, tan escatológica y visual que poco comentario puede hacerse. La otra, más larga “así te diera un dolor de muelas que cuando más corrieras más te doliera y si parases te reventase”. Acoquinan ¿verdad? No obstante, en ambos casos fue una clarísima sentencia absolutoria, a pesar de hacer mucho tiempo, por entender que la expresión de un deseo no constituye una amenaza directa. Están, sin duda alguna, en el rango de esos dichos populares que son más ciertos de lo que nos gustaría: pleitos tengas y los ganes.

            Dentro de esta jurisdicción menor nos encontramos con frecuencia con frases que quien las recibe percibe como amenazantes pero que objetivamente no resultan tales. Son frase como “ya verás” “vas a ver” “esto no va a quedar así” o similares. La más típica: te vas a enterar de lo que vale un peine. Nunca he sabido exactamente cuánto vale un peine ni el porqué de esta frase, aunque todavía me río al recordar un interrogatorio donde un abogado, muy serio, preguntó a su defendido si conocía el precio de un peine para probar que no había amenaza. Tal vez si hubiera conocido el origen de esta expresión hubiera llevado su interrogatorio a otros derroteros, porque, según parece, el peine a que hace referencia el dicho no es el de los cabellos, sino un instrumento que se utilizaba en la Edad Media para infligir dolorosas torturas y que tomó su nombre por su similitud al instrumento capilar. No te acostarás sin saber una cosa más.

            Pero más allá de la anécdota, hay amenazas verdaderamente atemorizantes. Sin duda, las que tienen lugar con un arma o cualquier instrumento peligroso, que ya de por sí obra el milagro de convertir en grave lo que en principio podría ser leve. No es lo mismo decir “te vas a enterar” entre risas con una copa en la mano que decirlo entre gritos y con un hacha en la mano. Una diferencia de matiz con una traducción jurídica que puede suponer años de prisión.

            Tampoco son iguales las amenazas en función del sujeto. No es lo mismo amenazar a un desconocido que a un familiar o pareja, Está claro que lo segundo es más grave y así lo refleja nuestro Código. Tampoco es igual amenazar a una autoridad o agente de la misma en el ejercicio de sus funciones o a un particular, ni a determinados cargos. Huelga decirlo

            A veces, no obstante, las amenazas quedan invisibilizadas por el brillo de otros delitos mayores o más evidentes. Desde siempre me ensañaron que amenazar con cumplir una cosa que inmediatamente se cumple es una conducta que queda absorbida por la acción de cumplir la amenaza. Con un ejemplo se ve mejor: decirle a alguien te voy a clavar esta navaja y clavársela a continuación no se califica como unas amenazas y un delito de lesiones o de homicidio, sino solo como lo segundo. Otros de los casos de invisibilización son aquellos en los que esa acción intimidante forma parte de los elementos del delito, como ocurriría con un robo con intimidación o una violación. “Dame el dinero o te mato” o “si no me dejas se lo haré a tu hija” son algunas de estas frases que he visto más de una vez en mi trabajo.

            Mención aparte merece, no obstante, un tipo de amenazas a la que no solo el Código Penal sino las leyes procesales han querido dar más importancia. Me refiero a las llamadas amenazas condicionales, que hacen que el procedimiento adecuado sea, en lugar del común por la pena, el del jurado. En honor a la verdad y sin que se entere nadie, he de confesar que conozco más de un caso en que se ha obviado la condición para evitar esa consecuencia procesal, pero la verdad es que no siempre es fácil distinguir cuándo nos encontramos ante ellas. El requisito es que se hagan bajo una condición y está pensado para temas relacionados con chantajes o sobornos, desde el viejuno “si no me pagas X le diré a tu mujer que te acuestas con el vecino” hasta un remasterizado “si no me ingresas tal cantidad difundiré las fotografías íntimas que tengo tuyas”. Pero en la práctica nos encontramos muchos supuestos más que dudosos en que la condición no tiene esa importancia: “como cuentes algo, te vas a enterar” o hasta “si no me haces caso, atente a las consecuencias”. Evidentemente, esto no puede ser una amenaza condicional ni llevar a un juicio de jurado, aunque gramaticalmente la frase contenga una condición.

            Para acabar, me referiré a un tipo poco conocido, las amenazas a población por razón de discriminación, que se consideran incluidas entre los delitos de odio pese a que se tipifican en artículo 170, lejos de la sede de estos, y que poca gente conoce. Aprovecho para presentároslas, aunque yo nunca he calificado una de ellas.

            Antes de cerrar el telón de hoy, he de aclarar que el mal con que se amenaza no ha de ser necesariamente constitutivo de delito. Se puede amenazar con matar a alguien o pegarle una paliza, pero también con contar algo que no quiere que sepa o dejar de hacer algo que quiere que hagas. Y tampoco es necesario que el amenazado o amenazada sea el propietario del bien con el que se amenaza: se puede advertir que te van a dar una paliza a ti, o que se la van a dar a tu hija o a tu madre. Pero para que sean delito sí se han de dirigir a alguien en concreto, no valen como amenaza esos mensajes que algunos malajes ponen en sus muros de redes sociales o sus estados de WhatsApp del tipo “tango ganas de matar a alguien”, aunque haya quien se dé por aludido.

            Y ahora sí, con eso acabo el estreno de hoy. Y si digo que volveré, como siempre, el próximo viernes, que conste que no es una amenaza. Aunque quizás alguien pudiera amenazarme con no leerme más si me olvido del aplauso. Y con razón. Hoy va dedicado a todas las personas que, aun sin saberlo, forman parte con sus vivencias de este estreno. Gracias por toso este material impagable.

Anacronismos: obsolescencia no programada


              Las antigüedades tienen mucho encanto. Y las cosas antiguas también pueden tenerlo, aunque no sea lo mismo. Pero lo que ya va teniendo menos gracia son las cosas viejas sin más. Sobre todo, si tienen que resolver necesidades nuevas. ¿Nos imaginamos desplazarnos ahora en el coche de caballos de Escarlata en Lo que el viento se llevó, por bonito que resultara en su día? ¿O llamando por teléfono con esos aparatos adosados a la pared que salían en películas como Qué bello es vivir o con el zapatófono del Superagente86? Pues eso.

            En nuestro teatro, sin embargo, estamos más que acostumbrados a resolver necesidades nuevas con medios antiguos. O, mejor dicho, a intentarlo, aunque no siempre se consiga. Así que en plena era de la tecnología aun contamos con algunos “ingenios” que vivieron su época dorada hace muchos años.

            A cualquiera que, ajeno a Toguilandia, se relacione con nuestro mundo, se le salen los ojos de la órbitas cuando comprueba que uno de los artilugios que a toda marcha es, nada más y nada menos que el fax, algo que en muchos sitios ya ni se usa pero que resulta imprescindible tal como funcionamos. Pero si el fax ya está a punto de entrar en desuso salvo en Justicia, hay algo que no es que esté a punto, es que lo está. Me refiero a los telegramas, que se siguen usando para citaciones y otros menesteres cuando en sitios tan cercanos como en Francia han dejado oficialmente de utilizarse y clausurado sus oficinas. Casi nada.

            Pero los ejemplos son múltiples. Me aporta un compañero el sofisticado modelo de papelera que ilustra este estreno, el no va más para el reciclaje y la protección de datos, teniendo en cuenta la sensibilidad de las informaciones que constan en nuestros papeles. Pero como hablemos de una trituradora de papel, a alguien le da la risa. O las ganas de llorar.

            Por otro parte, nuestro día a día se nutre de numerosos adminículos de papelería que es difícil encontrar en otros sitios. Las gomas de caucho son uno de ellos que, salvo para esconder los postizos en el peinado de fallera -pasmaos, que sé peinar-, no he visto usar en ningún sitio, y menos con la frecuencia que lo hacemos en fiscalía y juzgados. Lo mismo sujetan las carpetillas  para ir a juicios que consiguen que los tomos de un sumario no se desparramen. Que, por descontado, nos sirven de preciosas pulseras cuando te las colocas en la muñeca porque no sabes bien donde ponerlas. Y es que la digitalización es lo que tiene. O, mejor dicho, lo que no tiene.

            Y hablando de sostener tomos, todavía hay otras cosa más viejuna que ahí sigue. Me refiero a los cordeles con los que atan la pieza al sumario, la llamada cuerda floja por nuestra modernísima Lecrim del siglo XIX y que, aparte de ahí, solo he visto para atar longanizas o chorizos.

            Y, por supuesto, si de tomos y tomazos se trata, de alguna manera habrá que trasladarlos de un lado a otro. Ya se hizo famoso en su día el carrito de Mercadona que un entonces famoso fiscal tenía tras de él en una entrevista, pero, aunque él ya no está en la carrera sino en excedencia, no puede decirse lo mismo de los carros, que siguen cumpliendo esa función, tan diferente a la de transportar hasta la caja registradora las frutas, las verduras o el papel higiénico que les es propia. Y ojo, que hasta aquí llega el intrusismo, y cualquier silla o asiento, con un par de ruedines que tenga, sirve para trasladar los expedientes, siempre que no sea de esas de cuero claveteado que aun lucen por algunos despachos. Y eso incluye las maletas, trolers, maletines y cualquier otro instrumento similar Que no se diga que desaprovechamos los medios

            Otra reliquia habitual en nuestro mundo es el CD. Y no es la cita de vídeo de milagro, aunque alguna he llegado a ver reproducir en sala. No deja de ser curioso que cuando los ordenadores portátiles de que disponemos no tienen ranura para CD , los juicios sigan grabándose en este soporte y parte de la prueba también. Y no hay más que ver el modo que van de la ceca a la meca, dentro de expedientes llenos de grapas desafiando a todo. Faltaría más.

            Aunque nada más imprescindible en nuestro escenario que un buen mazo de posits Nunca les rendiremos el homenaje que merecen esos rectángulos de papel que tan pronto te anuncian la urgencia de una cusa con preso como la distribución de trabajo. Qué sería de nuestra vida sin ellos…

            En este mundo, quien tiene una grapadora y un quitagrapas tiene un tesoro. Os lo digo yo que tengo el quitagrapas atado con un cordel -si, como el de los tomos… y de los chorizos-, porque en casa del, herrero cuchillo de palo. O sea, que me desparecían hasta que tomé tan sofisticada medida de seguridad. Que no soy yo nadie cuando me pongo, oiga. Aunque reliquias tenemos bastantes, desde esos bolis bic que soportan el paso del tiempo mejor que la mismísima Jane Fonda, a los móviles de la guardia que se convertirán en piezas de museo antes de que cambien el modelo.

            Para acabar, no me quiero olvidar del elemento humano, pura poesía. Nada comparable en el mundo al modo en que el auxilio -antes, agente judicial- llama a gritos a las personas que deben entrar a declarar en el juicio, o dice eso de “audiencia pública”. Que para qué pantallas ni requerimientos digitales si tenemos cuerdas vocales ¿verdad?            

Pues eso, que hasta aquí una pequeña muestra de todas esas antiguallas que forman parte de nuestro día a día. No están todas las que son, pero, sin duda, si son todas las que están. Por eso no puedo olvidarme del aplauso, destinado a todos esos compañeros y compañeras que han  compartido sus cuitas conmigo. Que ya dice el refrán que a mal de muchos…