Ocio y negocio: la frontera


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         Hay mucha gente que dice que el espectáculo hace ya tiempo que dejó de ser un arte para pasar a ser un negocio. Sí y no. Ni blanco ni negro. Pero no deja de ser paradójico un negocio para el ocio. Porque, como sabemos, negocio no significa otra cosa que no-ocio. Lo que viene siendo trabajo, vaya. Y a un artista le es difícil separar su arte como inspiración que como medio de vida. Y tampoco es preciso hacerlo, ni ponerse más papistas que el Papa. Porque igual que el panadero hace panes para ganarse la vida y para darnos de comer, nada obsta a que los artistas hagan otro tanto. Pero con una diferencia: el artista no puede dejarse su arte en el obrador. Cosas de la vida. Ay ese plus de La Boheme

         ¿Nos pasa eso también a nosotros? ¿Nos dejamos la toga en el obrador imaginario, como la harina del panadero? Pues, como dije antes, ni sí ni no, ni blanco ni negro. Aunque algunos no lo crean, mucho tiene de vocacional eso de dedicar la vida –o gran parte de ella- a la defensa de los derechos, aunque alguno que otro lo vea unicamente como un modo de ganarse la vida. El Money Money de Cabaret, al que dediqué el anterior estreno

         Pero una cosa es que una lleve a su jurista interior aún cuando vaya sin toga y con tacones, y algo muy distinto que tengan a ese yo interior en todo momento y a todo rendimiento. Eso sí que no. Aunque visto lo visto, para algunos sí que sí.

         Me explico. Vivimos tiempos difíciles para los protagonistas de nuestro teatro Malos tiempos para la lírica, como decía la canción. Y las sucesivas, enormes, inexplicables y abundantes reformas nos obligan a ocupar el tiempo de ocio en el negocio. Una contradictio in terminis –perdón por el latinajo– en toda regla. Porque no nos queda otra que estudiar y estudiar a contrareloj para poder aplicar lo reformado a causas presentes y futuras. Y ahí está el problema. En que tengamos que ocupar el tiempo en mirar hacia atrás y no podamos mientras ir hacia delante. Con la falta que hace.

         Comentaba un compañero lo duro que se hacía tener que pasar el tiempo de asueto de cara al BOE, o los expedientes, mientras su hijo juega a la pelota en el pasillo en lugar de en el parque. Y no le falta razón. Por más que estas reformas sean agobiantes, nuestra responsabilidad no es otra que tratar de que ello no afecte a los derechos de los ciudadanos. Es decir, que el público pueda disfrutar exactamente igual de nuestro teatro, aunque los ensayos y los cambios de guión nos hayan dejado sin dormir. Y aunque lo haya pagado la pelota del niño, confinada a un pasillo.

         Y al final, ni los tacones. Se desdibujó la frontera entre ocio y negocio. Me veo en bata de guatiné y zapatillas para dar abasto con todo esto. En perjuicio de mi vida personal que, lo crean  o no, también existe. Y que nadie piense que es una pataleta de unos privilegiados, que lo que no queremos es trabajar más. De eso nada. Somos unos privilegiados, en efecto, pero nuestro privilegio es poder vivir de nuestra vocación. Ni más ni menos que les ocurre a los artistas. Y, como ellos, necesitamos nuestro tiempo de desconexión para poder darnos por completo a nuestro público. Y así no hay quien pueda. Aquí no hay quien viva, como la serie de televisión. Y no La que se avecina, si no la que ya está aquí.

         Así que hoy, de nuevo, flores y tomates por partes iguales. Flores para todos los que sacrifican su tiempo para que la calidad del espectáculo no decaiga. Y tomates, por supuesto, para los que se lo ponen difícil. Al gusto del espectador dejo la furia con los que los arrojen.

Historia y justicia: de nuevo sin toga y con tacones


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         Ya dije otras veces que los artistas son artistas las 24 horas del día, estén sobre las tablas del escenario o no. El gusanillo se mete dentro y no sale ni de día ni de noche, como le pasaba al niño de Cinema Paradiso o a ese otro de Los chicos del Coro. Y es algo que marca la vida.

         En cierto modo, en nuestro particular teatro también pasa algo así. Y los juristas siempre somos juristas aunque estemos lejos de la sala de vistas. Lo admitamos o no. Sin mi toga y con tacones , como ya conté en otro momento.

         Y volvió a pasar. Me tomé un kit kat y tuve la suerte de asistir a un estreno, el de Cabaret esta vez. Disfrutar de un gran espectáculo, de buena compañía y de un ambiente excepcional, el de un estreno, es todo un placer. Alfombra roja incluída, que no nos falte de nada.

         Pero como me pasa siempre, la fiscalita de toga y tacones se empeña en acompañarme, aunque vaya de incógnito y fuera de horas de servicio. Y se pone de acuerdo con mi Pepito Grillo interior y se vuelven un tándem imbatible, inasequibles al desaliento, para ponerme unas lentes que miren más allá del disfrute del espectáculo.

         Como todo el mundo sabe, la acción de Cabaret se desarrolla en la Alemania de un Hitler emergente, poco tiempo antes de esos acontecimientos que desembocaron en el más espantoso de los genocidios, y que tantas veces hemos visto en películas como La lista de Schindler, La vida es bella o El niño con el pijama de rayas, por citar algunas de mis preferidas. También en Rebeldes del Swim o en la serie Música para Sobrevivir, muy relacionadas con el mudo del arte, además.

         Pero no voy a tratar aquí de contar la historia del nazismo. Ni siquiera de hablar de lo importante que es la lucha contra los crímenes de odio, a la que dediqué otro estreno. Me quedaré con otra idea. Que no es sino la sensación que transmiten al espectador todos esos personajes extremos, disfrutando de una vida al límite sin saber la que se les está viniendo encima. O sin quererlo ver, pensando en voz alta que el peligro pasará y que todo al final quedará en nada. Haciendo incluso esfuerzos para convencer de ello a los demás y a sí mismo, como hace uno de los personajes. O fingiendo que el atropello de los derechos no va con uno, como si no fuera con la humanidad entera, como hace otro. O apostando a caballo ganador traicionándose a sí mismo. Y, lo más inquietante, no haciendo nada.

         La pasividad. Esa es la que lleva a muchos de los mayores desastres de la humanidad, la que permite que los tiranos avancen y acaben aplastándonos, cuando ya el miedo ha anulado toda capacidad de reacción. Y eso es algo que vale para esa época, pero también vale para cualquier otra. Y para cualquier atropello de derechos, o cualquier casa justa.

         Vemos la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio. Quizá por eso se defienda con tanta claridad la persecución de los crímenes nazis, pero todavía existan tantas reticencias respecto a nuestra propia memoria histórica, y, sin ir más lejos en el tiempo, se haya limitado de un modo imperdonable a la justicia universal.

         Así que viendo el espectáculo, sin mi toga y con tacones –los tacones que no falten- no dejé de pensar en que no hay que dejar de alzarse contra cada pequeña injusticia, porque si no no hacemos acabará haciéndose grande y entonces será tarde. Aunque por supuesto, no diré más por no hacer spoiler.

         Por eso, hoy mi aplauso también va a ser doble. Uno muy grande para todos aquellos que sobre las tablas del escenario, o detrás de ellas, consiguieron a la vez que gozáramos y también pensáramos. Y otro, no menos fuerte, para los que en nuestro propio teatro de la justicia, desde dentro o desde fuera, desde detrás o desde delante, siguen dando la cara contra todo aquello que impide que nuestra obra tenga un final feliz.

Pasarelas: vía libre


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         En el mundo del espectáculo las cosas no siempre son invariables. Los bailarines se convierten en actores, los actores en directores, los directores en productores y algunos, varias cosas a un tiempo. Clint Eatswood o Robert Redford, por ejemplo, cruzan la pasarela entre actor y director con soltura, como los propios Puentes de Madison que el primero dirigió. Que bien importantes son los puentes. Y si no, que se lo digan a los protagonistas del Puente sobre el río Kwuai, cuyo silbidito se nos ha quedado en la meninge para siempre.

         En nuestro teatro también hay pasarelas, puentes.. y hasta puertas giratorias. En varios sentidos. Unos buenos, y otros no tanto, como todo en la vida.

         Comentaba con una amiga letrada sobre las pasarelas imaginarias que existen entre las distintas especialidades del derecho. Esas veces en que, aún siendo una teróricamente especialista, después de mucha dedicación y muchos años, acaba cruzando el Rubicón y pasando a la otra orilla. Ella decía que desde el Derecho de familia, en el que se movía con relativa comodidad, hubo de cruzar a la parte del Derecho penal. En mi caso fue exactamente al contrario. Desde mi amado Derecho Penal, y por mor de esa tragedia llamada Violencia de género , me vi estudiando Derecho Civil, que casi no tocaba desde los tiempos de la oposición. Porque en Derecho no hay compartimentos estancos, sino más bien vasos comunicantes. Y hay que asumirlo. Y cruzar la pasarela con elegancia, sobre los tacones y con la toga puesta. Faltaría más.

         Pero hay otras pasarelas que no son tan pacíficas. Más bien se asemejan a aquel famoso Puente sobre Aguas turbulentas que tantas veces hemos tarareado. Son las famosas puertas giratorias. Esas por las que se pasean de la justicia a la política y viceversa, y que tan mala imagen dan en ocasiones. Y por las que se va de la actividad pública a la privada y de aquélla a ésta. Y ojo, no se trata de negar a nadie el derecho a cambiar de actividad por alguien que satisfaga más sus aspiraciones, no, sino hacerlo con todas las garantías para que esos paseos no resulten sospechosos.

         Y aquí no acaban los pasos fronterizos. Hay otro que aun no nos hemos atrevido a cruzar y que en el resto de nuestro entorno está tan paseado como la cola del metro en hora punta. Y que no debería tener más dificultad. Me refiero a la posibilidad de tener vía libre entre las carreras judicial y fiscal, y también, llegado el caso, con la de Letrados de la Administración de Justicia –otrora Secretarios judiciales, que aún no me acostumbro-. Si hacemos la misma oposición y tenemos la misma preparación, carece de sentido que no podamos pasar de uno a otro lado. Así ocurre, por ejemplo, en la jurisdicción militar en España, y en todas las jurisdicciones en la mayoría de países de Europa. Y no pasa nada. Y también viene ocurriendo con el llamado turno tercero –y antes ocurría con el turno cuarto- respecto de juristas de reconocido prestigio. Sólo es cuestión de una regulación transparente y con las debidas garantías.

         Así que no tengamos miedo. Hay fronteras que se pueden traspasar relajadamente. Aunque otras hayan de pasarse haciendo equilibrios, y algunas otras debieran estar valladas, o colocadas en una línea roja.

         Por eso, el aplauso para todos los transeúntes de las fronteras permitidas. La diversidad enriquece.

Metáforas: togas y tropos


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¿Qué sería del mundo sin la poesía? ¿Qué sería de nosotros si, de vez en cuando, alguien no embelleciera nuestra vida con una pincelada de lirismo?

Es evidente que el espectáculo nunca funcionaría sin esa magia. De hecho, en verso eran gran parte de las obras en el pasado, y en verso siguen siendo muchas obras fantásticas llevadas incluso al cine. Mucho ruido y pocas nueces, La vida es sueño, y hasta obras cómicas como La venganza de Don Mendo. Y qué decir de quienes las componen, protagonistas de muchas otras obras, como Muerte de un poeta y la inolvidable El club de los poetas muertos, que enseñó a toda una generación lo que significa carpe diem, mucho más bonito que un sencillo “vive al día”.

Y en verso o en prosa, esa lírica impregna las funciones y las llena de tropos y metáforas. Evidentes, y no tanto. Como aquel Allegro ma non troppo de una jovencísima Penélope Cruz.

En nuestro teatro, aunque parezca mentira, también tenemos nuestra poesía. Aunque a veces quienes la aporten queden tan ocultos como Cyrano de Bergerac, que a priori no parecen casar bien tropos y trapos, metáforas y togas. Eso sí, igual los tacones ayudan un poquito.

El caso es que metáforas hallamos en todas partes. Tengo una amiga, sin ir más lejos, que suele comparar muy acertadamente la ley de enjuiciamiento criminal a una colcha de patchwork, hecha a trozos, parches y retales. A punto, por cierto, de que le revierten las costuras. Y el procedimiento se asemeja en ocasiones a un enorme dinosaurio como los de Noche en el Museo, arrastrándose como puede el pobrecito, y causando destrozos a su paso casi sin darse cuenta, como ocurre cuando el tema se burocratiza demasiado y llegan cosas tan tristes como la llamada victimización secundaria, que no es otra cosa que machacar a una ya machacada victima a base de hacerla comparecer y declarar una y otra vez.

Y como éste, miles de símiles pueblan sin darnos cuentas salas de vistas y juzgados, como esos procuradores corriendo como el conejito de Alicia en el País de las maravillas o abogados que hacen de padre, madre y hermano mayor de sus clientes, o de bomberos, llegado el caso.

Pero si hay una comparación que me gusta más que cualquier otra, ésa es la del tren. Varias veces he defendido que nuestra regulación procesal es como un raíl por el que tiene que correr el proceso. Y que, habida cuenta la vetustez de nuestra ley de enjuiciamiento criminal, estábamos ante las vías de un tren de cercanías por las que pretendían hacer circular un AVE. Y descarrila, claro. No podría ser de otro modo. Que los tiempos de Asesinato en el Orient Express pasaron hace mucho, aunque la justicia española parece no haberse enterado.

Y es que el otro dia tuve una experiencia que me recordó este tropo. A bordo del AVE, precisamente, y con la virtual pero real compañía de unas buenas amigas que me aliviaron el trance. Hete tú aquí que viajaba de vuelta a mi tierra tras una reunión en la villa y corte cuando el tren en cuestión paró en seco, nadie sabe aún con qué motivo –o más bien quien lo sabía lo calló-. Tras unos breves minutos que parecieron más, el ferrocarril cambió el sentido de la marcha, y empezó a ir marcha atrás. Y sí, ya sé que los trenes no van marcha atrás y pueden ir en ambos sentidos, pero ésa era la sensación. Los árboles que veía por la ventana discurrían en sentido opuesto del que debían: íbamos para atrás. Y como mis amigas se empeñaban en explicarme eso de dos máquinas a los dos extremos del tren, permanecía atenta a ver si distinguía a un maquinista corriendo de una lado a otro del vehículo. Pero nada. O no existía, o llevaba muy bien eso de ir de incógnito. Y nada, nada de retrovisores. Los maquinistas son muy listos y deben tener muchos ojos.

El viaje transcurrió entre señales de interrogación. Nadie explicó nada, aparte de una somera referencia por megafonía a un leve retraso en la llegada. Pero, mientras duró el trayecto, y animada por la inestimable compañía de mis amigas virtuales ya reales, vislumbramos el símil. Aquel tren era como nuestra pobre justicia, que pretende incrustar realidades avanzadas en un sistema rancio. Que tan pronto parece correr a toda máquina como se para en seco. Que marcha hacia atrás, salvando las dificultades y que, a base del esfuerzo de quienes trabajan en ella, consigue milagrosamente llegar a su destino. Con un poco de retraso, sí, pero casi a tiempo. Un tren al que cada vez le ponen más vagones sin aumentar el personal ni los medios. Nuestro tren.

Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para todos aquellos que consiguen que nuestro tren llegue a destino. Pero hoy una ovación especial para esas amigas virtuales ya reales que me acompañaron de viaje en la metáfora. Va por vosotras.

Mentiras: las patas cortas


Pinocho

Dice el refrán que las mentiras tienen las patas muy cortas. Pero bien es verdad que el teatro, a veces, consiste precisamente en eso: una gran mentira que, a veces, sirve para mostrar una gran verdad. Aunque no siempre, claro.

Lo que sí es cierto es que los actores, por su profesión, están más preparados para poder disfrazar de verdad una mentira. Y que la misma mentira ha sido protagonista de más de una película, como Secretos y mentiras o Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Y qué decir de los mentirosos, encabezados por el histriónico Mentiroso compulsivo, del que vemos réplicas un día sí y otro también por nuestro teatro. Y por supuesto, del insustituible Pinocho y su nariz extensible

Pero también dice el refranero que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Y ahí radica en parte nuestra labor, en pillarlos. Y en darles su merecido, vaya. Elemental, querido Watson.

Pero en nuestro escenario, como en la vida misma, hay mentiras y mentiras. Mentiras grandes y mentiras pequeñas. Mentirolas y mentirijillas. Y cada una tiene su efecto, según su tamaño y sus consecuencias. Como la vida misma. Que no es igual salir en Sálvame presumiendo de haber tenido una noche de pasión con el primo segundo del penúltimo expulsado de Gran Hermano Tropemil que acusar de corrupción a cualquier alto cargo. Suponiendo que una cosa u otra sean mentira, que visto lo visto, ambas son igual de posibles.

En nuestro teatro, hay mentiras y falsedades –forma más fina y técnica de llamarlas- a capazos. Tanto que a veces dan ganas de andar por ahí tarareando, moviendo toga y tacones, eso de “vamos a contar mentiras, tralará…”. Pero claro, nos hemos de quedar con las ganas.

Y es que en el Derecho español el imputado –investigado, sospechoso, encausado o como quiera que se llame- tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo y a no responder a todas o algunas de las preguntas que se le hagan. Y no es infrecuente que no responda a las preguntas de la acusación, o a las del fiscal, pero sí a las de su abogado. Y menuda cara de tonta se le queda a una haciendo constar las preguntas en acta, y que nadie conteste. Pero es su derecho y hay que respetarlo, faltaría más.

Por eso mismo, no se le recibe juramento o promesa –como si se recibe a los testigos, salvo excepciones- por lo que, obviamente, no puede cometer delito de perjurio, como en otros ordenamientos. Aunque lo hayamos oído una y mil veces en las películas. Ya vimos que hay miles de leyendas y mitos () que provienen de yanquilandia y aquí no se aplican. Que no somos Perry Mason ni Alli McBeal, ni estamos en el Juzgado de Guardia de la desternillante serie.

Fruto de ese derecho, hemos oído las versiones más peregrinas de las cosas, desde cuchillos que se clavan solos hasta que una cogorza de padre y muy señor mío nos la pretendan hacer pasar por los efectos de una alergia, por no hablar de las amnesias repentinas y selectivas que hacen que los acusados se olviden de todas las cosas que les perjudican y recuerden hasta el más mínimo detalle las que les favorecen. Y ojo, que la invocación a la prisión parece aguzar su ingenio, y los he visto que en ese trance se sacan de la chistera cosas como que tienen claustrofobia y no pueden ir a tal sitio. Palabrita del Niño Jesús. O se empeñar en repetir que su religión les impide mentir y que es rigurosamente cierto que la cartera que le pillaron escondida la llevaba para ver las fotos que tenía su dueña y luego devolvérsela. Y qué decir de esos contenedores que están llenos de cosas que se encuentran nuestros «clientes». Tanto es así que recuerdo a una juez de guardia que, harta de oir a uno tras otro detenido explicar que la cartera o el bolso robado lo encontraron en la basura, les respondía diciendo que tenían mucha suerte, que ella había empezado a buscar en los contenedores y nunca encontraba nada.

Pero si quien miente es un testigo, eso es otro cantar. Si lo hace en juicio, y le pillamos, cargará con una imputación por falso testimonio. O por una de acusación y denuncia falsa si miente al interponer la denuncia, o de simulación de delito si lo que hace es fingir ser víctima, como los listillos que se inventan un robo para cobrar el seguro y encima hay gente que les ríe la gracia. Y si, lo que se hace es confeccionar un documento falso, pues se le perseguirá por falsedad, y además por estafa si con ello engaña a alguien y le saca un dinero. Y hasta decir mentiras respecto a alguien puede castigarse, como calumnia –si le atribuye la comisión de un delito- o como injuria, aunque en este último caso la última reforma permite no seguir adelante si la ofensa no es demasiado grave. Los levitos –herederos de los juicios de faltas– es lo que tienen.

Así que mejor no mentir. Que, como ya dije, las mentiras tienen las patas cortas y se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Por eso, el aplauso de hoy va destinado a quienes hacen precisamente eso: desenmascarar al mentiroso. Porque a veces de ello depende el final feliz de la función.

Más anécdotas: remake


CLICKS SANITARIOS

Ya advertíamos algunos estrenos atrás, en el último que hablamos de la anecdotología tribunalera (más anécdotas) como dicen en los dibujos animados: no se vayan todavía, aún hay más… Y lo bien cierto es que, casi más que una advertencia, sonaba a amenaza. Y hete tú aquí que no tomaré mi toga y mis tacones en vano, y cumplo con lo dicho. Faltaría más.

Así que en nuestro teatro tampoco van a faltar los remakes, esas nuevas versiones de obras antológicas o muy taquilleras que alguien entiende que merece la pena versionar. Entre las primeras, King Kong o Sabrina tuvieron su clon al cabo de varias décadas. Entre las segundas, Tres solteros y un biberón o Bienvenidos al Norte tuvieron su réplica en versión americana. Así que aquí no seremos menos y tendremos nuestro remake del anecdotario judicial, que estamos que lo tiramos. Y muchos compañeros de los diversos ámbitos jurídicos me han dado material suficiente para que el mismísimo King Kong se dé un buen atracón. En versión original o remozada. Solo espero que el gigantesco simio no acabe con la chica de la toga y los tacones.

En las anteriores entregas ya decíamos que no solo de juicios vive el jurista. Pues bien, tampoco viven solo de juristas los tribunales, y alguna de las más sabrosas anécdotas vienen de la mano de esos personajes con bata blanca que habitan nuestro mundo llamados médicos forenses. De sus dictámenes se obtiene más zumo que de las mejores naranjas, y vale la pena exprimirlo.

En mi primera etapa profesional me contaba una juez la sorpresa mayúscula que se llevó al ver que el forense se dirigía a uno de los internos en una residencia de las que visitaban como “Majestad”. El interno en cuestión respondía sólo a ese tratamiento, así que el galeno decidió que la mejor manera de tratarlo era siguiéndole la corriente, y que la juez hizo lo propio. Y como quiera que no sabía bien qué hacer, se mantuvo silente hasta que el forense sacó unas monedas para preguntar al explorado. Cuando le preguntó por el valor de las mismas, se enfadó. Y la razón no era otra que porque no había salido nada favorecido en la moneda, que no le cogieron su perfil bueno. Una anécdota tierna que siempre recuerdo desde el respeto y el cariño.

Pero no siempre los dictámenes forenses nos presentan caras tan amables. Estupefacta está todavía una buena amiga magistrada ante el informe forense que determinaba que aquel hombre, con una azada clavada en mitad de la frente, estaba vivo porque tenía el cráneo inusualmente grueso. Es decir, lo que se dice la cabeza dura, como habría de explicar a un jurado. Porque claro, ante un tribunal lego las cosas han de explicarse en un lenguaje llano. Y eso hizo una forense amiga que, requerida una y otra vez por el magistrado presidente para que empleara un lenguaje coloquial para describir las lesiones, acabó diciendo que “le habían hecho pupa”.

Aunque a veces, el lenguaje coloquial es lo que tiene. Y el empleo por las partes de un lenguaje demasiado coloquial puede dar lugar a situaciones comprometidas. Como la que padeció un compañero que tuvo que aguantar la risa mientras el sujeto explicaban como metía la flauta en el bujero.

Pero menos mal que están los forenses en muchos casos. Porque ellos mejor que nadie pueden desvirtuar de un modo técnico afirmaciones tan peregrinas como algunas que hemos tenido que escuchar. Como la de un imputado por clavarle un puñal en la espalda a su pareja que se empeñaba en explicarnos que fue ella quien voluntariamente se arrojó sobre el cuchillo y se lo clavó, o la de otro que pretendía justificar las lesiones procedentes de un mordisco en la vagina de la víctima diciendo que en el momento se le desprendió la dentadura postiza. Por fortuna, una y otra víctima salieron con vida del trance y uno y otro imputado dieron con sus huesitos en prisión, pese a sus rocambolescos embustes. Como debe de ser.

Así que espero que el remake haya sido exitoso. Y que no haya errado la terminología, no vaya a ser que incurra en un cunnilingus, como llamó alguien en pleno juicio a un lapsus linguae ante el pasmo de los presentes. Que a punto estuvieron de que les diera un simposium, que es como una señora denominaba al síncope que sufrió tras los hechos.

Y hasta aquí llegó la riada, como dicen en mi tierra. Pero aún quedan balas en la recámara, así que estemos preparados, que el jinete cabalgará de nuevo y desenfundará una nueva entrega. Siempre, claro está que el respetable no se haya cansado y me niegue su aplauso.

Eso sí, no priven de él a todos los generosos compañeros que me proporcionaron material y siguen haciéndolo. De ellos es el mérito.

Discriminación: sin mi toga y con tacones


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         No siempre los artistas están trabajando. A veces, se dan un descanso, como todos. Pero como la cabra siempre tira al monte, acaban volviendo a lo que más les gusta, el espectáculo. Porque no hay nada mejor para relajarse que disfrutar del arte y del escenario, aunque sea fuera de él y desde el patio de butacas. Y saber sacarle todo el jugo.

         También en nuestro teatro nos tomamos a veces un kit kat y, entre expediente y expediente, aprovechamos para quitarnos la toga –aunque no los tacones- y disfrutar un rato. Y esos cursos que a veces nos llevan, maleta en ristre, a cambiar de escenario, son la mejor excusa.

         Y eso es lo que hice hace nada. Aprovechar, hacerme con la mejor compañía y, sin mi toga y con tacones, irme a ver un buen musical. En este caso, Priscila, Reina del Desierto. Con boa incluída, faltaría más. Que ya se sabe que antes muerta que sencilla, como cantaba aquella María Isabel que la televisión catapultó a la fama y de la que hoy poco se sabe.

         El autocar Priscila y sus estrambóticas ocupantes nos encandilaron desde el primer momento. Cantamos, bailamos y disfrutamos como si no hubiera un mañana. Como si no fuéramos los personajes lejanos de nuestro teatro, ésos tan serios y adustos que muchos creen que somos, esos que pelean porque las cosas no funcionan y no pueden hacer el trabajo como quisieran. Igual que ese vehículo del musical, que, a trancas y barrancas, consigue llevar a sus ocupantes hasta su destino. A base de ganas. Ni más ni menos que como nosotros.

         Pero, como he dicho otras veces, pocos colectivos más comprometidos que los artistas. Y pocos medios para transmitir como el arte. Por eso, entre los estrafalarios vestidos, las plataformas y el zapato de tacón gigante con el que todavía sueño, nos enseñan muchas más cosas.

         Porque el mundo de Priscila nos muestra que otro mundo es posible. Que todos somos iguales y debemos seguir peleando porque así sea. Y que, en nuestro teatro, también hacemos nuestra representación para conseguir que todas las Priscilas del mundo puedan vivir en paz.

         Cuando ví en las tablas cómo una de las protagonistas era humillada, y hasta apalizada por ser diferente, pensé que lo que se desarrolla ente nuestros ojos de espectadores no es muy distinto de lo que hacemos cuando somos nosotros quienes protagonizamos la función. Porque también nosotros nos enfrentamos a esos hechos y perseguimos los crímenes de odio. Que no son otra cosa que perseguir a quien no respeta a los demás por ser diferentes, y defender a toda costa la igualdad como base de nuestra convivencia.

         Con toga y tacones, o con boa y plataformas, todos viajamos en ese gran vehículo que es nuestro mundo, y juntos hemos de llevarlo a buen puerto. O a buen casino, como los protagonistas, a dar nuestro espectáculo. E, igual que el niño de la obra, el ciudadano pueda estar satisfecho de nosotros, y de nuestro trabajo.

         Así que hoy el aplauso va a ser grande y especial. Para todos los que luchan porque desaparezca la discriminación desde nuestro teatro. Pero hoy, muy especialmente, para Priscila, sus intérpretes y todos los que participan en la función, porque nos hicieron pasar una noche fantástica y porque prestaron toda su colaboración para que este estreno fuera posible en Con Mi Toga y Mis Tacones. Porque con su trabajo de cada noche contribuyen a la igualdad entre todas las personas. Mil gracias por este regalo. Por la representación y también por la reflexión.

         Que el autocar de Priscila no se pare nunca.

Libertad sexual: el peor trago


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         Si hay un tema que da juego en obras de teatro y cine, ése es el de los delitos contra la libertad sexual. Violaciones y abusos de todo tipo son objeto de las escenas más desgarradoras, y cualquiera no recuerda a la Jodie Foster de Acusados o alguna escena de Princesas. O, algo que me impresionó en mi infancia, la violencia sexual y los abusos combinadas con lo que hoy llamamos crímenes de odio –que también tendrán su propio estreno- de series antológicas como Raíces u Holocausto. La maldad del ser humano elevada a la enésima potencia.

         En nuestro teatro, muchas más veces de las que quisiéramos el guión viene escrito sobre estos parámetros. Y entonces los protagonistas tenemos que afinar nuestra interpretación, porque de ella puede depender que se llegue a un final feliz. Que, no pudiendo ser borrar los hechos, será la condena del culpable. Si lo es, claro, que para eso está el juicio.

         Cuando en ocasiones digo que los juicios de violación son mis favoritos, la gente me mira raro. Pero, una vez asumido que una, bajo su toga y sobre sus tacones, lleva a una marcianita dentro, no me asusta. Son Derecho Penal en estado puro, hecho y prueba, e infinitas dosis de empatía que tampoco pueden nublar la objetividad. Una verdadera oportunidad para conseguir la nominación a ese Oscar que en nuestro caso no es otra cosa que el servicio a la justicia. Nada menos.

         Y hoy, desde la posición de voz en off que muchas veces me arrogo con mi toga y mis tacones puestos, traigo la voz de una víctima, contando una historia. Es ficción, pero construída con retazos de la realidad de muchas victimas. Así que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia..o no.

         Ahí queda eso. Dejen los aplausos para el final, como homenaje a todas las víctimas

Relato ganador del 3er premio del Concurso Literario “Mujeres” de la Malvarrosa (Valencia) en 2012.

¿Y A TI NO TE DUELE?

  • ¿Y a ti no te duele?

Aún resuena a veces en mi mente la pregunta formulada por mi amiga Inés, cuando apenas acabábamos de cumplir once años. Y siempre pienso que en ese preciso momento fue en el que dejamos de ser niñas para ingresar de golpe en el complicado mundo de los adultos.

A lo que Inés se refería al preguntarme era, nada menos, a si mi padre me hacía daño cuando me tocaba. Yo, inocentemente, le pregunté cómo le tocaba, y qué parte del cuerpo, y la contestación me dejó helada, pero más helada aún me dejó la cara de Inés cuando yo le dije que ni mi padre, ni ningún otro padre que yo conociera, tocaba así a su hija. Inés no lloraba, ni se quejaba, ni siquiera suspiraba, sólo me miraba una expresión de estupefacción tal que se quedó grabada en mi mente para siempre.

Nunca más hablamos del tema, pero a partir de ese día algo entre nosotras cambió. Seguimos, como habíamos hecho hasta entonces, compartiendo la Nocilla de su almuerzo, intercambiando gomas para el pelo y hablando de chicos y también de exámenes, pero nunca volvimos a mencionar a su familia. Inés eludía deliberadamente el tema, y yo tampoco quise preguntarle. Incluso, cuando con otras compañeras surgía una conversación relacionada con nuestros respectivos padres, yo misma cambiaba de tema para evitarle a Inés un mal trago. No supe hacer más, creía que ésa era la manera de ayudar a mi amiga.

Porque Inés y yo éramos amigas desde siempre, amigas para siempre, con ese concepto de la eternidad propio de la adolescencia que sólo dura unos pocos años, o incluso sólo meses. Y continuamos siendo inseparables, aunque jamás volviéramos a hablar de lo que cada una de nosotras descubrió aquel día, recién cumplidos los once años.

Con el paso del tiempo, Inés aprendió a encontrar mil excusas para evitar pasar las noches en su casa, y tan pronto pernoctaba en la mía con el pretexto de estudiar, como se apuntaba a todo tipo de campamentos, cursillos y jornadas de convivencia de cualquier naturaleza que fuera. Y así iba pasando el tiempo.

Hasta que llegó el día que tenía que llegar. No sé qué pasaría exactamente, aunque mi imaginación se había formado una idea bastante aproximada, pero la gota debió colmar el vaso y la tormenta estalló. Teníamos ya catorce años cuando recibí una llamada de Inés.

  • Ya está. Lo he hecho.

             No necesité que dijera más para saber que se había decidido a contarlo todo y a tomar medidas. No quiso que fuera a estar con ella, al menos en ese momento, aunque sí es cierto que más tarde la acompañé y la apoyé de la única manera que sabía: permaneciendo a su lado.

                Inés había denunciado a su padre. El escándalo fue mayúsculo, puesto que él era un hombre bien situado y de enorme prestigio y el tema no tardó en saltar a las portadas de los periódicos. A Inés la vapulearon, dejando entrever en muchos casos la sombra de la duda sobre su persona, y sometiéndola a una exposición pública para la que nadie está preparado, menos aún si sólo se tienen catorce años. Pero ella se mantuvo firme, y el asunto siguió adelante, y se celebró un juicio donde su padre acabó condenado, aunque a mucha menos pena de la que yo pensaba que merecía.

                Apenas pocos días después del aquél en que Inés me llamó diciendo que ya lo había hecho, ella y toda su familia se mudaron a otra ciudad. Ya se habían marchado cuando se celebró el juicio y, para entonces, Inés y yo habíamos dejado de ser compañeras de colegio y, por supuesto, de vernos a diario, aunque seguimos manteniendo contacto y se alojó en mi casa todos aquellos días que debió comparecer ante el tribunal.

                Una vez acabado el juicio, Inés y yo continuamos manteniendo el hilo que nos unía a pesar  de la distancia por teléfono y por carta pero, poco a poco, las llamadas y las cartas fueron espaciándose cada vez más hasta que, casi sin darnos cuenta, llegó un momento en que perdimos definitivamente el contacto.

                La perdí de vista y ya no supe más de ella en mucho tiempo y, aunque al principio la recordaba constantemente y la echaba de menos, el inexorable paso de los días fue difuminando esa amistad eterna que un día nos unió hasta desaparecer casi por completo.

                Habían pasado doce años cuando volví a saber de ella, por mera casualidad. Fue cuando me llegó un correo electrónico referente a una campaña de recogida de firmas para salvar a una mujer de la pena capital, a la que había sido condenada en un país árabe. Cuando leí el nombre de la organización que aquella mujer encabezaba “¿Y a ti no te duele?” supe de inmediato que se trataba de Inés. Seguí leyendo y descubrí que había centrado su vida en crear y desarrollar una organización que ayudara a niñas violadas por sus padres en todo el mundo. En uno de sus viajes, en un país donde semejante barbarie es frecuente, organizó un grupo de apoyo para que las niñas que habían padecido semejante atrocidad pudieran salir adelante, ya que muchas de ellas incluso eran rechazadas por sus propias familias. Ése fue su delito, y por eso mi amiga Inés estaba encarcelada y condenada a muerte.

                Firmé la petición y yo misma me dediqué en cuerpo y alma a conseguir que todas las instancias posibles se interesaran por el caso de Inés e intervinieran para liberarla. Y la verdad es que conseguí una repercusión enorme. Sólo esperaba que sirviera de algo…

                Hoy, cuando han pasado tres meses desde que recibí aquel correo electrónico, he vuelto a ver a Inés. Hablaban de ella en televisión, mostrando una fotografía algo borrosa, y lo hacían para anunciar que finalmente la presión internacional había conseguido que la trajeran de vuelta a España. No he podido evitar llorar todas las lágrimas que no había derramado desde aquel día en que me preguntó “¿y a ti no te duele?”.

                Ahora me dispongo a comenzar una iniciativa para proponer a Inés como candidata al Nobel de la Paz. Quizás sea algo disparatado, pero entre todas quizás consigamos que ninguna niña haya de preguntar a su amiga “¿y a ti no te duele?”. Porque hoy conozco la respuesta que en su día no supe darle: a mí sí que me duele.                      

Secreto: shhhhs


SCRETO

Por contradictorio que parezca, no todo es público ante el público. Hay cosas que se guardan más sigilosamente que el Tercer misterio de Fátima. La última entrega de Harry Potter, por ejemplo. O, hace nada, la nueva entrega de la saga Milennium, para cuya escritura han sometido al autor a condiciones, cuanto menos, pintorescas, como escribirlo en un lugar desconocido a todo el mundo y sin acceso a internet. ¿Y qué decir de romances secretos, tanto en la ficción como en la vida real?. Un filón para cualquier paparazzi conseguir que dejen de ser secretos que supone a veces cantidades astronómicas.

El secreto es también el leit motiv de muchas obras, desde Top Secret a la Flor de mi Secreto, desde Secretos y Mentiras hasta Anacleto, agente no tan secreto. Y desvelar el secreto siempre acaba haciendo más atractiva la película.

En nuestro escenario, también tenemos nuestros secretos. Grandes y pequeños, oficiales y extraoficiales. Y el secreto de sumario, esa invocación casi mágica que a todos pone nerviosos y hace salivar a más de un periodista.

Pero vayamos por partes. Y empecemos por los pequeños secretos, esas cosillas que todos sabemos pero nadie reconoce. Entre ellos, aparte de los cotilleos acerca de los protagonistas que, como en todos los ámbitos, corren por los pasillos y cambian de versión conforme van yendo de boca en boca, los secretillos profesionales. Prácticas o costumbres que a veces usamos y que, generalmente, están encaminadas a suplir con ingenio lo que es un secreto a voces: que es un milagro que con los medios que tenemos podamos sacar las cosas adelante. Pero como quiera que salen, no desvelaré nada más, no se me vaya a echar encima nadie. No querría que los secretos dejen de serlo.

Y luego está el secreto oficial. El externo y el interno, el extrínseco y el intrínseco, como se dice de modo rimbombante. Algo así como el de primera y de segunda división. Importantes ambos, faltaría más. Que menudos sustos ha dado más de una vez un equipo de segunda a los galácticos equipos de primera división. El secreto interno sería el de siempre, el común y corriente, equivalente a la reserva o sigilo que todos debemos guardar respecto a los procedimientos en los que somos parte o en los que actuamos como profesionales. El que tiene sus límites en los derechos de los que intervienen, esencialmente la intimidad o el honor, y la necesidad de que la investigación no se vaya al garete. Y que hoy en día es tan difícil de guardar a rajatabla, que los móviles son una tentación muy grande y permiten grabar juicios, declaraciones y cualquier cosa. Y luego vemos lo que vemos en la prensa.

Pero el gran secreto de nuestro teatro es el secreto de sumario. Algo de lo que todo el mundo habla y de lo que no todo el mundo sabe. Y es que no es otra cosa que una declaración del juez por la que establece que ese procedimiento tiene un secreto reforzado sobre cualquier otro, que concierne a todo lo que se refiere a la investigación y que tiene, además, un plazo de tiempo limitado –un mes, prorrogable- Aunque que nadie crea que eso implica que no se pueda decir nada de nada. Determinadas circunstancias, como la situación de prisión o libertad en que queda el imputado, pueden contarse y de hecho así lo dice la propia Fiscalía General del Estado. Como he dicho alguna vez ante un compañero asustado porque le preguntaban al respecto, es secreto de sumario, no secreto de confesión. Acabáramos. Que somos profesionales de la justicia, no Montgomery Clift en Yo Confieso.

Y ahí está parte del intríngulis de la cosa. Ese supersecreto nos afecta a los que intervenimos, no a terceros. De modo que si un periodista se entera de algo comprendido en este secreto y lo publica, no está vulnerando nada. Lo vulnerará, en su caso, quien se lo haya hecho llegar si era de los obligados a guardar sigilo. Otra cosa es su sensatez o su buen criterio a la hora de desvelar datos que puedan perjudicar a la investigación, pero ésa es otra historia. Y si el periodista desvelara quien fue su fuente, incurriría en la revelación de otro tipo de secreto: el secreto profesional. Nada menos

Eso sí, a partir del momento del juicio oral, las actuaciones serán públicas. No vamos a hacer una representación sin espectadores, claro. Aunque con una excepción, los juicios a puerta cerrada, que es como se hacen algunos procesos cuando entran en juego los derechos de personas especialmente vulnerables, como los menores. En ese caso, la representación está restringida a un pequeño grupo de público, el que está relacionado con ella. Porque siempre hay que proteger a quien más necesitado está de protección.

No obstante, llevar la obligación del sigilo hasta sus últimas consecuencias ha supuesto en ocasiones circunstancias cuanto menos pintorescas. Como lo que me ocurrió una vez que, preguntado un asustado policía en prácticas por el juez y la fiscal sobre un detalle del atestado, nos dijo que no nos lo podía decir porque era secreto. Y como de ahí no lo sacábamos, le dijo al final el juez que levantaba el secreto –que él mismo había decretado- por un tiempo y así podía contárnoslo todo. Y se quedó más tranquilo, vaya que sí. Por supuesto, terminada su declaración, le dijimos que volvía a existir el secreto que jamás se alzó. Pero eso sí, guardadme el secreto.

Así que vaya hoy el aplauso para todos los que, con su profesionalidad, impiden que se vaya al traste la investigación y el trabajo. Porque a veces el trabajo secreto merece un reconocimiento público

Y más anécdotas: flash back


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Después de la pausa, asumo de nuevo el riesgo de continuar con la saga. Que me gusta vivir Al límite y hasta poder recordar El día que vivimos peligrosamente. Así que, como de recordar se trata, vuelco a usar esa técnica del flash back tan usada en el cine y me tiro a la piscina una vez más. Ajústense los cinturones y, como si de los Amantes pasajeros se tratara, emprendamos el vuelo. Y aterriza como puedas. Seguimos con una nueva entrega de Cómo ser jurista y no morir en el intento. De risa, en este caso, espero.

Y, como no solo de juicios vive el togado, nuestras anécdotas llegan a traspasar la sala de vistas y el juzgado de guardia. Que cuando uno menos se lo espera salta la liebre. Y si no, que se lo cuenten a una compañera que, apenas recién llegada a la carrera, se encontró con una llamada que hizo que le entrara un terror propio de las más reputadas películas del género. Le advertían de la publicación de una conocida revista satírica en cuya portada aparecía el actual monarca en actitud no demasiado digna, a pesar del secuestro de la revista, y del problema enorme que iba a tener puesto que por su culpa la portada había visto la luz en el territorio de su jurisdicción –un pueblo de Alicante- ya que ella no había procedido a secuestrarla como hicieron en el resto de España. La pobre se puso tan pálida que Los Otros eran morenitos a su lado. Ni que decir tiene que aun se están riendo de ella por tragarse aquello, ya que la cosa no era sino un trasunto fiscal de las novatadas, digno de cualquier entrega de una saga universitaria americana. Los Albóndigas en Fiscalía, vaya.

Pero es que en cuanto rondan los chicos de la prensa los nervios se disparan y se llegan a temer cosas increíbles. Como me ocurrió en una ocasión en que, estando de guardia, me llamó el juez muy preocupado porque se le había presentado en el juzgado una señora que decía ser famosa –a fe que lo era, salvo el juez la conocía toda España- pretendiendo que se suspendiera la emisión de un programa que iba a rodarse porque sabía que iban a desvelar su flirteo con otro personaje no menos famoso. Pese a que solo contaba con la palabra de la famosa en cuestión, y tras hacerle una detallada explicación telefónica de sus andanzas amorosas, me seguía preguntando si no podríamos suspender el programa. Le respondí que si así lo hacía no creía que su madre –la del juez- se lo perdonara, que seguro que vería el programa. Y ahí quedó la cosa. En efecto, el programa se hizo, el invitado desveló en directo el affaire de la famosa y fueron portada de muchas revistas. Ni que decir tiene que nadie se planteó siquiera la actuación del juez, por descontado. Ni de esta fiscal tampoco.

Pero es que un juez siempre es un juez. Quizás por eso, uno de los habituales de uno de los juzgados que llevé en mi primer destino, nos contaba que su mujer y él se querían mucho, pero no sabía por qué el juez del otro juzgado les separó. Menudo capricho, el de Su Señoría. Claro, que entonces no existía el divorcio exprés, que algunos toman tan al pie de la letra como una señora que, según me cuentan, acudió al juzgado a pedir el fin del matrimonio que habían celebrado el día anterior. U otra, que, según hemos podido leer en la prensa, se divorció nada menos que de sí misma. Eso sí, no llegó a tener los problemas que muchas veces vemos a la hora de liquidar el patrimonio de la pareja, que no son moco de pavo. Y algunos discuten por todo, como en un asunto que acabó sin acuerdo porque los ya  excónyuges seguían enzarzados por la propiedad de un curioso bien: nada menos que el vídeo de la boda.

Y si los jueces, los fiscales y los abogados dan para mucho flash back hilarante, no son los únicos. La aparición de un intérprete origina en muchos casos situaciones pintorescas, por decirlo de algún modo. Desde ese famoso intérprete de chino –no sé si es uno solo que tiene el don de la ubicuidad o se trata de varios- que, tras diez minutos de animada cháchara en su lengua materna con su compatriota detenido, acaba traduciendo como “dice que no”. Y ya está. Pero no es fácil su función, y como ni siempre se les encuentra tan rápido como quisiéramos –y no por su culpa-, a veces los propios afectados se arriesgan a entendernos con lo poco que saben de español, con el compromiso de que procuraremos hacerlo fácil, aunque no siempre lo cumplimos. Y en esa tesitura, me cuenta una compañera la cara de pasmo que se le quedó al pobre cuando el letrado empezó la pregunto con un “diga no ser cierto..”. Quizás por eso, siempre hay alguien que trata de facilitar las cosas, incluso acudiendo al conocido recurso de hablar a gritos, y separando mucho las sílabas, como hacía Alfredo Landa a las suecas en las películas de los 70. Y, en una de esas, otro compañero se encontró que a la pregunta de US-TED-ME-EN-TIEN-DE  se vio respondido con un SOY-DE-A-RAN-JUEZ en el mismo tono.

Y es que, como decía, los intérpretes han aportado mucho a la anecdotología judicial. Hasta los que van de incógnito, como le sucedió a otra compañera que, tras comprobar que en una reyerta entre ciudadanos pakistaníes todos trataban de dar su versión menos uno, se encontró que aquel pobre al que nadie hacía caso era el intérprete, esperando su turno. Y ojo, que hasta en esto hay intrusismo. Aun recuerdo que, en un juicio de faltas la denunciante, rusa, dijo que entendía español pero que le acompañaba un amigo que le traduciría si en alguna cosa tenía dificultad. Llegado el caso, el voluntario se vio obligado a intervenir y, cuál no fue nuestra sorpresa al comprobar que utilizaba el mismo idioma que el interrogado de Aranjuez y su voluntarioso preguntante. Cosas de saber idiomas, vaya.

Y, como decían los dibujos animados, esto es todo, amigos. Aunque solo sea por esta vez. Que siempre cabe un remake o un spin of, y seguro que no tarda, dadas las valiosas aportaciones de tantos compañeros. Para ellos es hoy el aplauso y el agradecimiento. Porque conseguir una sonrisa no tiene precio. Y , al igual que mi toga y mis tacones, seguro que el público de nuestro teatro también sabe agradecerlo.