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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

USB: mi tesoro


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Todos sabemos lo que es un libreto. O deberíamos, aunque a las nuevas generaciones acabará por olvidárseles todo aquello que no se vea en la pantalla de un móvil. También hemos visto en muchas películas la gruesa carpeta que lleva el director del espectáculo donde guarda los más apreciados secretos de la obra. Qué no hubieran dado los angustiados protagonistas de A Chorus Line por tener acceso a esa carpeta donde apuntaban quiénes eran los Elegidos para la Gloria. Y todavía más si pudieran cambiar lo escrito en ella a su conveniencia. Y es que hay papeles que son tesoros.
También nosotros tenemos tesoros en nuestro teatro. Papelotes con fotocopias de sentencias, de libros, de revistas jurídicas o del BOE que hasta hace no demasiado se apretaban en estanterías y saltaban a los maletines y de ahí a la sala de vistas cuando hacía falta. Y que hace algo menos de tiempo encontraron una caja mágica donde meterse, más mágica incluso que la Caja de Pandora donde ésta metió los vientos, pero con un efecto tan fuerte cuando consigue abrirse. Si lo hace, claro, que de vez en cuando el hado maligno de las ondas nos gasta una broma pesada y la bloquea.
Pero la cuestión es que un buen día descubrimos aquellos cacharros diminutos donde cabían un montón de documentos, más pequeña que un paquete de tabaco. Eso que se llama lápiz de memoria y algunos llaman pendriver –el anglicismo parece más fino- o sus diminutivos pen o lapicito, mechero y hasta chismito, que es la que a mí más me gusta. Y que en principio eran lisos, serios y hasta feos, pero ahora son de lo más cuqui, con todas las formas imaginables, desde latas de cerveza a pelotas de tenis, desde una simpática toguitaconada –cómo no- hasta un Elvis Presley con su pantalón campana –otro de mis favoritos- e incluso El Fary apatrullando la ciudad.
Y, como no podía ser de otro modo, nos pareció de maravilla. Como siempre, con algunos años de retraso, pero bienvenidos seamos al siglo XX, que el XXI ya llegará. Y es evidente lo que supuso en su día poder transportar documentos, jurisprudencia o leyes sin necesidad de llevarlos físicamente de un lado a otro. Eran los tiempos en que todavía creíamos que el papel 0 no tardaría en llegar y el lápiz de memoria era poco menos que el cohete que nos llevaría a ello. Pero como siempre ocurre el Justicia al cohete le faltaban piezas, gasolina y hasta piloto. Y así no hay quien llegue a la Luna. Ni a la vuelta de la esquina siquiera.
Por eso, aún en un tiempo en que la nube y los sistemas de almacenamiento on line pueden desplazar al entrañable chismito, nosotros seguimos necesitándolo. Más que el aire hoy en día, que obligan a letrados y procuradores a andar con uno para esas notificaciones que iban a ser el no va más de la modernidad.
Y que no nos falten. Que pocas cosas hay más angustiosas en nuestra función que descubrir que un lápiz de memoria ha desparecido o se ha quedado pillado. Y no porque una tenga cariño a la fiscalita toguitaconada, al Elvis Presley o al Fary en cuestión –que también- sino porque ha perdido el recurso, la sentencia, el dictamen o el escrito de calificación que le costó varios días y que necesitaba como comer. Y de la que, por supuesto, olvidó hacer copia, jurando que por una vez no pasaría nada. Y a Dios pongo por testigo que Pánico en el túnel es un juego de niños al lado de esto.
La cosa es que aunque creamos que es un sistema superado, nada de eso. Sé de buena tinta que una comunidad autónoma acaba de proporcionar uno a cada fiscal como muestra cumbre de la modernización, y del mismo cariz son las declaraciones de algún que otro fiscal jefe respecto a los medios con los que luchamos contra la corrupción, el cibercrimen o el blanqueo de dinero en paraísos fiscales. Ay, si Julio Verne levantara la cabeza..
Así que vamos al aplauso. Directamente salido de mi propio chismito, y dirigido a todos sus compañeros, tengan forma de aburrido rectángulo o emulen a los protagonistas de la Guerra de las Galaxias, a Marilyn o los mismísimos Beatles. Y, por supuesto, a sus sufridos dueños. Por hacer magia jurídica con tan poco.

Cortaypega: arma de doble filo


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Las prisas no son buenas consejeras. Y la ambición, en muchos casos tampoco. Pero una, y otra, y mil razones más, como el oportunismo, hacen que las obras no sean tan propias como debieran, ni tan originales como se supone que son. Todos conocemos casos de plagios famosos. O de famosos que, sin saber apenas escribir sin faltas de ortografía –para qué hablar de sintaxis- se descuelgan con un novelón que ni el Quijote, y se hinchan a firmar ejemplares en librerías y ferias varias mientras talentosos escritores se ven obligados a pagar por publicar sus obras si es que las quieren ver publicadas. Cosas de la fama. Y de la vieja historia de usar un “negro”, alguien que pone el talento y el trabajo para que otro ponga el nombre y haga el egipcio. Expresión ésa de «negro» que, por cierto, habríamos de mirar de ir desterrando.

Nuestro mundo tampoco se libra de ello. Y no me refiero a que se use a otro para poner sentencias, hacer calificaciones o redactar dictámenes. Que puede ser, no digo que no, pero casi ninguno somos tan famosos como para que nuestra firma cotice tanto.

Pero sí tenemos otra modalidad de fagocitar el trabajo ajeno, Y hasta propio, si me apuran. El famoso corta-y-pega que tan útil nos resulta pero que tiene una bala guardada en la recámara. Como el John Wayne de los mejores tiempos. Desenfunda, forastero. Y que nuestro western no se convierta en una caricatura, como la del Ozores de otro tiempo en Al Este del Oeste. Dios nos libre. O no. Que el humor siempre ayuda, venga de donde venga.

Me contaba un compañero una anécdota que hoy le tomo prestada. Una sentencia pretendía hablar de determinado post en un blog. Y hete aquí que el corrector automático se empecinó en hacerle una gracia –cuantas veces pasa eso..- y convierto el post en posit, voz castellanizada que alude a esos papelitos que tan útiles nos resultan y a los que ya dedicamos un estreno, con su hija la positprudencia. Y, ya venido arriba, decidió que el escritor del post en cuestión, en pura coherencia, sería un positero. Ahí es nada. Y ahí son nada también las risas que suscitó al auditorio. Y las que me temo seguirá suscitando si la redacción persiste y se difunde en el tiempo y el espacio a través del dichoso corta-y-pega.

Y es que nos ponemos a cortar y pegar y no vemos un mañana. Y luego pasa lo que pasa. Como lo que cuenta otra compañera en que también se alinearon los planetas, el corta y pega y el corrector e hicieron una buena ensalada. Porque el corrector se empeña con convertir las notificaciones telemáticas en telepáticas. Y claro, si uno no se fija, así salen al mundo, invitando al justiciable a que haga un ejercicio propio de Rappel y le lea la mente al juzgado. Falta saber si lo consigue, que quizá la solución a los problemas de la Justicia esté en un programa de adivinación con la Bruja Lola con toga poniendo dos velas negaras y nosotros sin saberlo.

Pero esto no es nuevo. Recuerdo que cuando estaba en la Escuela judicial –entonces se llamaba así- un profesor, magistrado de la Audiencia Nacional por aquel entonces, que nos hizo escribir una palabra “espurio”, tras pronunciarla él. Nos sorprendió. Luego supimos que era una especie de experimento. Dicha voz fue mal escrita en una sentencia que sentaba la doctrina sobre el valor del testimonio de la víctima. Y fue traspuesta en su incorrecta grafía una sentencia tras otra cada vez que aludían a la doctrina en cuestión. Hace más de veinte años, pero hoy la RAE ya admite lo que en su día era incorrecto, por el uso reiterado que de ella se hacía. Para que luego pensemos que estas cosas no tienen efectos. Solo espero que nadie confunda vasto con basto, porque la diferencia entre una vasta jurisprudencia y otra jurisprudencia basta dejaría muy mal a sus señorías.

Y ejemplos encontramos a diario. Jueces que se ponen en libertad –o en prisión- a sí mismos, citaciones como imputado -perdón, investigado- al procurador, fiscales que piden la apertura del juicio oral para alguien que nada tiene que ver.. Cosas del corta-y-pega en combinación con el uso de plantillas y la intervención de algún diablillo travieso. Pero de todas éstas, mi favorita es la citación como testigo de Juan Luis Guerra, allá por los tiempos en que pedía que lloviera café en el campo, porque era uno de los cientos de cantantes cuyas obras andaban reproducidas ilegalmente en los CD,s de un . Y menos mal que los discos incautados no eran de Elvis o de Freddy Mercury, porque quizás hubiera que acudir el brujalolismo de que hablábamos al principio de este estreno, con su dos velas negras y todo.

Así que, aunque parezca un corta-y-pega de otros post, el aplauso hoy es para todos aquellos que saben emplear las ventajas en beneficio del ciudadano. Eso sí, sin olvidar dedicar una sonrisa a aquellos cuyos gazapos nos proporcionaron un buen rato. Que el buen humor también tiene premio.

Preguntas difíciles: más sobre menores


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A veces los estrenos dan lugar a sus remakes, a sus spin off, sus secuelas o sus sagas. O simplemente, sus respuestas. De crítica, público o ambos. Y siempre que se puede hay que responder. O se puede perder el favor del público. Y eso sí que no.

Nuestro teatro no podía ser menos. Y, entre los amables mensajes y rebloggeos con que lo honran, recibió ayer uno que contenía algo más. Un guante lanzado a esta humilde toguitaconada como si de Errol Flyn se tratara, presta a batirse en duelo por cualquier causa que lo merezca. Aunque más que un duelo acabe siendo una llamada a la reflexión. O lo pretenda.

El guante en cuestión venía rubricado con la tarjeta virtual de Francisco Rosales (@notarioalcala), del que no me desharé en elogios porque basta leer lo que se plantea y cómo lo hace para percatarse de su calidad humana y jurídica. Para los que no le conozcan, que las estrellas es lo que tienen. Aunque sean digitales y regenten una Notaría.

Así que sin más preámbulos se alza el telón:

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No se si esto es un post o una carta, no se si la amistad cibernética que nos une me permite empezar diciendo querida amiga, o tu oficio y el mío me obliga a empezar con un Ilustrísima Señora.

El motivo de estas líneas es un post que escribiste explicando que los menores son los más vulnerables ante la justicia.

No sé si existen las casualidades, de hecho creo que no existen, y es frecuente que en mi despacho vengan padres acompañados de menores, tema sobre el que he escrito en mi blog.

Sin embargo tu post llega en una semana en la que personalmente viví una experiencia de ésas que todos los juristas vivimos a veces y que nos llevamos directamente a algún sitio del alma donde se acumulan momentos en los que lo personal irrumpe en lo profesional, provocando muchas preguntas y unas sensaciones que no puedo explicar.

Sabes que soy Notario en Alcalá de Guadaíra, y sinceramente me duele que mi pueblo sea más famoso por un centro penitenciario en el que estuvo ingresada una folclórica cuyo nombre no es al caso, que por otras cosas muy bonitas que tiene.

Lo cierto es que en ocasiones tengo que acudir a ese centro, pues los reclusos como ciudadanos también necesitan en ocasiones de los servicios de un Notario.

Nunca me ha dejado indiferente el acudir a ese sitio, pues lo primero que compruebas es que las personas que están ahí son tan normales como cualquier persona que puede acudir a tu despacho; quizá el ver tantas películas deforma mucho lo que creemos que es la cárcel, pues es un sitio muy distinto al que aparece en las películas.

El tema es que esta semana me enteré que hay un módulo de madres, en el que están las reclusas que tienen hijos menores, los cuales viven con ellas.

En un principio me pareció que la idea es buena, pues no puede haber castigo más cruel que separar a una madre de un hijo, o a un hijo de una madre; y que si el fin de la cárcel no es castigar, sino rehabilitar, la mejor manera de hacer ver a alguien que se ha equivocado es probablemente con un niño.

Por circunstancias del trabajo, llegué a la cárcel justo cuando los menores salían de la guardería que tiene el propio centro penitenciario; así me lo hicieron saber, y nuevamente pensé que era bueno ayudar a las madres a la crianza de los hijos, y formar a esos hijos, así como que los hijos vivieran en un entorno lo más parecido al que hay fuera de una cárcel.

Confieso que iba alabando nuestro sistema jurídico, pensando en lo buenos que somos, y lleno de una especie de felicidad.

Pero todo cambió cuando terminé de entender a la reclusa y saliendo abren la puerta que hay frente a mi.

No apareció un niño, apareció una batería de ojos negros como platos, con la inocencia que sólo los ojos de un niño puede transmitir, menos dos que eran mayores (o sea tenían no más de tres o cuatro años) todos esos ojos sobresalían de unos chupetes enormes que no podían ocultar la sonrisa que tiene un niño cuando ve a su madre.

Todos se veían felices, y no es para menos, estaban viendo a sus mamás, todos llevaban en la mano, no se qué regalo que ese día habían hecho para sus madres, y todas esas madres abrían los brazos, como sólo una madre puede abrirlos dispuestos a apretar a una parte de ellas mismas.

Los funcionarios sonreían, ayudaban a niños y a madres, que montaban el guirigay que muchas veces he visto en la salida de un colegio.

Sin embargo, eso era una cárcel, eran niños en una cárcel, yo lo sabía, las madres también, los funcionarios también y sólo de pensar que lo supieran los dueños de esos chupetes sentí que algo se rompía en mi alma, pensé que todas las tonterías que pensaba antes de entrar tonterías que sólo puede pensar un majadero.

Sonreía, no puedo negar que sonreía viendo a esos niños y a esas madres, pero algo lloraba muy dentro de mi, no sé explicarlo; sé que esas mujeres están ahí por algo, perdona que trate de culparte (no lo hago créeme) me acordé de ti, pues pensé en qué juez y qué fiscal puede pedir esa condena.

Sé que el fiscal no pide condena, sólo defiende la ley; sé que el juez no condena, simplemente aplica la ley, sé que la ley la hacemos todos, y que en muchas ocasiones es justa, que esas mujeres están ahí porque hicieron algo.

Sin embargo, no encuentro consuelo, algo me dice que probablemente no lo haya, eran niños en una cárcel, y nadie me puede convencer que ese no es el sitio para un niño.

¿Puedes ayudarme?

 

 

Ya está el guante echado, como echado queda nuestro telón para hacer un intermedio. El que precede a la segunda parte de esta sesión especial de nuestra función.

 

Y ahora viene lo más difícil. Contestar. O, al menos, tratar de hacerlo. Y no a una sola pregunta, sino a varias.

¿Qué habían hecho estas mujeres para estar en prisión? ¿Es la cárcel el mejor sitio para esos niños? ¿Es mejor separarlos de sus madres para que vivan en libertad? ¿Es posible que las madres de niños tan pequeños dejen de cumplir sus condenas en prisión para criar en sus hijos en un entorno adecuado? ¿Hay alguna otra opción de cumplimiento para evitar estos efectos?

La respuesta no es que no sea fácil. Es que es imposible. Pero al menos trataré de coger a los lectores imagianariamente de la mano, si me lo permiten, y darnos un paseo por estas cuestiones. Vamos allá.

La cárcel es uno de los sitios más feos donde se puede estar. Por más humana que quieran hacerla, el sonido de una puerta que se cierra y cierra con ella la libertad es uno de los sonidos más horribles. Incluso cuando vamos de visita profesional esas puertas ponen los pelos de punta. Y no es para menos. Eso es algo que pienso cuando alguien frivoliza con lo bien que están los presos, con que si tienen piscina o televisor o pueden estudiar una carrera. Por fortuna, no estamos en los tiempos de El Conde de Montecristo ni el terrible Chateau de If, ni siquiera en los de Fuga de Alcatraz. Acabáramos.

Pero lo bien cierto es que, por más que intenten hacer un entorno amable para las madres presas y sus hijos, una cárcel es una cárcel. Y esos niños perderán de su infancia lo que la mayoría de nosotros guardamos como un tesoro: los juegos en la calle, estar en un parque, en una playa, en la montaña, ir de un lado a otro. Aunque es cuanto tengan la edad escolar salgan de allí, han perdido un tesoro. Sin olvidar otra cosa importante: el contacto con su padre, sea quien sea y haga lo que haga. Algo también a tener en cuenta.

De otra parte, si se quedaran lejos de sus madres perderían el contacto con ellas, otro tesoro que jamás recuperarían. Los primeros años con una madre marcan para siempre. Como también lo marcan con un padre. Al igual que marca la ausencia de ambos. Una ecuación difícil de despejar.

Pero hay una tercera incógnita. La sociedad. Es ésta y sus leyes las que han decidido, sentencia mediante, que la madre en cuestión debe estar en prisión por el delito que ha cometido. Y es difícil sostener otra cosa, porque hacer una excepción podría suponer un peligroso antecedente. El viejo dicho de ser peor el remedio que la enfermedad. O no. Pero la cuestión es que no puede dejar de castigarse un hecho o rebajar una condena porque la circunstancia de que la autora sea madre, si esto nada tiene que ver con el delito cometido. Y las víctimas de ese delito no lo entenderían. Imaginemos que la condena existe por matar a alguien, a una persona que también tiene madre ¿cómo explicarle que quien le privó de su hijo pueda librarse de su justo castigo por el hecho de tener un hijo?

Así que cualquier solución posible estaría tejida con renuncias. La del niño a criarse en libertad, la de ese mismo niño a tener a su madre, o la de la sociedad a la que el niño pertenece a que se haga justicia. Y eso solo partiendo de los derechos del niño o de la niña en cuestión, que son los que más deben importarnos.

Difícil decisión. Así que lamento no poder dar respuesta a la carta y dejar las dudas en el aire. Eso sí, con un ruego. Si esas criaturas han de empezar su vida entre las paredes de una prisión, que les garanticemos las mejores condiciones posibles. Y no solo eso. Que, una vez estén fuera de ese recinto, les sigamos garantizando una vida que haga que jamás vuelvan a pisarlo. No les fallemos en eso, porque la educación es el único modo de cerrar el círculo.

 

Se cierra el telón. Los aplausos, por supuesto, para el invitado especial. Gracias por hacernos pensar y sentir.

 

Menores: los más vulnerables


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Los niños siempre han sido una garantía de éxito para el mundo del espectáculo. Desde El Chico que acompañaba a Charlie Chaplin a la Pequeña Coronela de tirabuzones dorados llamada Shirley Temple, desde la pizpireta Marisol a la más concentrada Ana Belén de Zampo y yo y, cómo no, el inevitable Joselito con sus 12 cascabeles y su Campanera a cuestas o el tierno Pablito Calvo de Marcelino Pan y Vino. Aún a costa de ellos mismos y de perder su infancia, como han contado luego algunos de ellos. Como la propia Marisol, la niña de ET, el extraterrestre o el niño de Solo en Casa. Pero, sea como fuere, la receta siempre ha sido infalible y ahí está Harry Potter y toda su saga para demostrarlo.

También en nuestro teatro contamos con muchos protagonistas que no han alcanzado la mayoría de edad. A uno y otro lado del banquillo, como autores o como cómplices, como actores principales o secundarios, están mucho más presentes de lo que a primera vista pudiera parecer. No solo en los casos mediáticos, esos que hacen clamar a gritos un endurecimiento de las medidas a imponer a los menores que delinquen, o esos otros que hacen clamar, a gritos también, un amento de la protección de los menores que son víctimas. Ni son solo los que salen en noticias truculentas en los informativos, ni puede dejarse las medidas a adoptar en uno u otro caso a lo que se pida a golpe de telediario.

Reconozco que los niños y las niñas que visitan los juzgados, por una u otra cusa, nos han arrancado a todos más de una sonrisa. Hay momentos tiernos, pequeños detalles, que quedarán en el disco duro de nuestras memorias para siempre. Recuerdo que hace tiempo, cuando las dependencias del Juzgado de Violencia sobre la Mujer no estaban en el Juzgado de guardia, improvisamos una pequeña sala para ellos a base de llevar juguetes de los que nuestras propias criaturas habían dejado en desuso. Allí se entretenían aquellos angelitos que se veían obligados a acudir allí con sus madres porque éstas no tenían dónde ni con quién dejarles. Con muñecas, coches, libros o piezas de construcción, aunque el top ten siempre acababan siendo los fosforitos y el cuño del Juzgado. Teníamos también una pequeña exposición de sus obras pictóricas, que a buen seguro hubieran dado material suficiente para más de un dictamen psicológico. Una de aquellas obras maestras, hecha por la hija de un abogado que la trajo con él por exigencias de la conciliación –o mejor dicho, la falta de ella- me gustaba especialmente. Una figura garabaeteada de una mujer con una enorme sonrisa, los labios pintados, grandes pestañas, una capa negra y unos enormes zapatos de tacón, y una leyenda abajo “para Susana”. Quizás aquel dibujo fue el precursor de estas historias toguitaconadas. Hace unos días volví a ver a la niña, ya una mujer, y recordé su dibujo. Y junto a él, todos los demás dibujos de otros niños, la mayoría menos alegres que aquél.

Y es que los niños son constantes visitantes de las tablas de nuestro escenario. Unas veces, como autores, protagonistas absolutos de esa jurisdicción de menores tan delicada y tan difícil. Es una pena que apenas se conozca ese trabajo cuando hechos terribles lo traen a las portadas. Menores que cometen delitos tan graves que lo único que emerge es un grito de venganza social, demandando un incremento de penas. Sin que se sepa que las medidas que se aplican a ellos no son penas, y no pueden ser tratadas como tales. Y que también son duras, cuando tienen que serlo, aunque nunca puede –ni debe-compararse con las de los delitos cometidos por mayores de edad. Pero lo que no se ve, ni se sabe, es todo el trabajo que se hace con muchos menores, trabajo que da como resultado su reinserción en una sociedad que, en gran parte de los casos, no fue todo lo generosa que debería ser con ellos.

Me contaba el otro día una abogado amigo, especialista en menores, que le llevaron a un menor y no sé qué narices le habrían contado, pero le tomó por una especie de hechicero. Y es que en verdad a veces hay que ser magos para encontrar soluciones a temas tan delicados.

Y luego están todos esos menores que son víctimas de delitos. Muchos, por desgracia, de delitos contra la libertad sexual por desalmados que nos revuelven las entrañas. Otros, de malos tratos por aquellos que más debieran cuidar de ellos. Y, en otros muchos casos, víctimas invisibles de las disputas de sus padres, o del maltrato que se ejerce en su entorno aún sin ponerles a ellos una mano encima.

¿Pensamos siempre lo difícil que es para un niño venir a un juzgado, declarar ante unos señores que no conoce de nada o recordar cosas que su mente quiere borrar, o hablar de sus padres? Lo cierto es que hay grandes profesionales que, aún con medios escasos hacen todo lo que pueden para intentar aminorar los efectos negativos. Y que cada vez se intenta hacer mejor. Pero aún le falta mucho al sistema, y más todavía cuando leyes como la de la Infancia o el Estatuto de la Víctima nacen sin dotación presupuestaria porque así lo establece la propia ley. Cosas del disposicionadicionalismo low cost que nos ha invadido.

Así que el aplauso lo dedicaremos hoy a todos los profesionales que se dejan el alma y las horas en hacer que la vida de esos menores sea mejor. Pero no dejaremos sin lanzar una ración de tomates a quienes no ponen todos los medios que hacen falta. Porque nada hay más vulnerable que un niño. O una niña, claro, está.

Agobio: con mi toga y mi reloj


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Ansiedad. Agobio. Angustia. Presión. Estrés. ¿A quien no le suena? En el teatro y fuera de él. En el escenario y en la vida. Este es el mundo que nos toca vivir. O no.

En el teatro es un clásico. Los nervios del estreno, el montaje que no está acabado, el vestuario que no llega, los retoques de última hora, la estrella que llegó tarde, los caprichos de los divos, los decorados que no están a punto, el sonido que falla. Mil cosas. No sé si por un mecanismo de defensa o porque realmente es así, dicen en el teatro que un ensayo general horrendo augura un gran estreno. Y no sé si es así. Pero quizás alguien inventó el dicho para evitarle un infarto fulminante a algún director a punto del colapso. Pero en general, funciona. O al menos queremos creerlo.

Nuestro teatro no es que no se libra de esto, Es que vive permanentemente en un ay, pendiente de plazos y señalamientos, y haciendo encaje de bolillos para que no coincidan. Los Procuradores, actores principales en esta parte de la función, viven Deprisa, deprisa . Pero no son los únicos.

Desde el principio de nuestra incursión en este mundo, nos introducen en un universo de plazos y agitación. Fechas de exámenes, prácticas y demás para los estudiantes. Y, en cuanto uno se convierte en opositor, el odioso cronómetro se convierte en eterno compañero de su vida. Cantar los temas en tiempo, sin que los numeritos digitales se menos queden cortos o se nos pase el arroz. Como si fuera una paella con el riesgo de que el arroz quede duro como perdigones si falta tiempo de cocción o de quedar un emplasto apto para cimentar catedrales si uno se excede. Quizá por eso, en mis primeros tiempos de preparadora, usaba un temporizador de cocina, un huevo primero y luego una simpática ollita con sus verduritas –con ojitos y todo- rebosantes, regalo de un querido alumno. También llamados “pollitos”, siguiendo con el símil gastronómico y desde el afecto incondicional que les profeso.

Y a partir de ahí nuestra vida con toga y tacones, o sin ellos, se convierte también en una vida con toga y reloj. Sea el del teléfono móvil  o el de pulsera, del que los migrantes digitales no hemos sabido desprendernos. Como pasaría en su día al de cadena, tan elegante. El del conejito de Alicia en el País de las Maravillas.

Plazos, recursos, prisas por la entrada en vigor o por aprovechar la vacatio legis. Ya les dedicamos sus respectivos estrenos, como también a ese insufrible lexnet que tantas cuitas nos causa. Y a su papá el fantasmagórico Papel 0. Pero no solo es eso. Es vivir en un permanente corre-que-te-pillo -tacones, para qué os quiero-, cruzando los dedos para que no coincidan las cosas, no nos notifiquen una causa con preso justo el día antes de vacaciones a la vez que ese par de sentencias que andábamos esperando que y que había que recurrir sí o sí.

Todos sufrimos estos agobios. Los jueces, a los que se les amontona la faena entre juicios y sentencias, los LAJ, tratando de estar aquí y allá, los fiscales, desparramados entre guardias y juicios mientras el papel crece a su aire en los despachos, los abogados y los procuradores, con la espada de Damocles de los plazos sobre sus cabezas. Vivir sin vivir en mí, como Santa Teresa en versión toguitaconada o poco menos.

Pero si hay una cosa que demuestra este desasosiego, es algo que pasa con frecuencia. Con más de la que debería. Y que no es otra cosa que la pelea encarnizada que a veces protagonizamos En busca del Abogado perdido. O, mejor dicho, no perdido, sino secuestrado por las hordas enemigas del juzgado vecino. Tal como suena. Porque en eso se convierte el juzgado que te ha robado al letrado justo cuando lo necesitabas. Que si es preferente la guardia, la causa con preso, el señalamiento anterior, la jurisdicción penal, la violencia de género, los menores o vaya usted a saber qué. Todos tienen razón, o lo pretenden. Y confieso que más de una vez me he arremangado las puñetas de la toga y me he ido a recuperar a un abogado como si no hubiera un mañana, y he entrado donde haga falta cual elefante en cacharrería dispuesta a todo con tal de que el letrado venga. Y, como el juicio de Salomón, juro que he llegado a temer ver a  algún abogado partido por la mitad. Y aún temo a veces que llegue el día en que esto pase.

Así que, vaya hoy el aplauso para todos los que sufren el estrés nuestro de cada día. Porque no nos queda otra para hacer Justicia, tal como estamos. Y que no falte.

 

Terror: que no nos pare


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Ya hemos hablado en otros estrenos del éxito del thriller como género cinematográfico. Desde las sagas sangrientas hasta el terror psicológico más sofisticado, el terror es un sentimiento que da para mucho. Todos hemos visto aparecer en sueños, como aquella Pesadilla en Elm Street a una caterva de personajes, reales o ficticios, o a medias entre ambos mundos. El Hombre del Saco de nuestra infancia –o su versión más real, el Sacamantecas– , Drácula, Frankesntein, Freddy Krugger o el Hombre Lobo son ya un clásico. Y todos sabemos también a qué nos referimos cuando viramos la cabeza como la niña de El Exorcista o llamamos a la Carolyn de Poltergeist a la luz, o vemos en ocasiones muertos como el niño de El Sexto Sentido. Ya forman parte de nuestra vida, como los zombies de Michael Jackson, herederos de una tradición que aún hoy continúa.

Pero el verdadero terror, por desgracia, no es cosa del cine. El terror nos lo llevan trayendo, a la vida y a nuestro escenario, personas bien reales bajo siglas que pretenden enmascarar la maldad bajo una ideología, unos principios o una religión. Mentiras. Con todas las letras.

No nos deben parar. Show must go on. Pero tampoco podemos callar a tamaña salvajada. Bruselas acaba de teñirse de luto como hace unos meses se tiñó Paris y antes Londres y Nueva York. Y, por supuesto, Madrid, aquel infame 11 M que quedará grabado a fuego en nuestra memoria colectiva. Sin olvidarnos de todos los muertos que otra organización de otra índole pero parejo salvajismo sembró durante muchos años en España. Y muchas otras en otros lugares, en otras fronteras. Porque nada ni nadie justifica esto.

Como tampoco justifica el terror que un día tras otro sufren más allá de nuestras fronteras, más allá de nuestro continente. Ese terror que es el mismo pero que parece que no vemos igual en función del número de kilómetros que lo separan del sofá de nuestras casas. Como mucho, ellos nos dan pena. Pero ahora representan su macabra función cerca de nosotros nos dan miedo. Terror. Ese virus que se inocula de golpe y se extiende rápido.

Nuestro teatro vive parte de ese horror. Representa algunas de sus funciones reproduciendo esos escenarios, sobre todo en el ámbito de la Audiencia Nacional que, con su respectiva Fiscalía, es a quien le tocó en el reparto de papeles representar éste. Y sé que no es fácil, aunque toco de oídas. Pero seguro que a nadie se le escapa lo difícil que es transitar en ese mundo, aún parapetado tras la toga. Desde los espeluznantes levantamientos de cadáver hasta la convivencia con el miedo que obligaba a tener escolta, desde el dolor de perder a compañeros hasta la dificultad de bregar con juicios donde, a buen seguro, el corazón y el cerebro andan divorciándose a cada paso. Lo que te piden las entrañas y lo que te pide la ley, nada menos.

Pero esta es la grandeza de la civilización y del estado de derecho. Y esto es lo que hemos de defender A capa y espada. Sin que nos ganen las vísceras ni dejemos resquicio para la venganza. Ahora más que nunca.

¿Y por qué ahora más que nunca? Porque es así. Porque es fácil caer en la tentación de usar este terror para otras cosas. Para amparar medidas restrictivas e inhumanas a quienes no hacen otra cosa que huir de ese espanto. Para justificar la xenofobia y el odio, e incluso para auparse al poder personajes que recuerdan demasiado tiempos de cruces gamadas. Y también para limitar los derechos que hacen grande el estado de Derecho.

Cuidado. El terror acecha. Pero no solo lo hace dentro de explosivos. Lo hace cada vez que justifica lo injustificable. No dejemos que nos posea.

Así que hoy el aplauso es múltiple. Para todos los que luchan contra él, con o sin toga. Y también para quienes, pese a todo no se dejan doblegar. Y por supuesto, una cerrada ovación para las víctimas. Pasadas y presentes. Y ojala que no sean futuras.

 

Experiencia: más que un grado


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La experiencia es la madre de todas las ciencias, reza un dicho popular. Y es que, como dice otro, la veteranía es un grado, bien los sabemos, que más sabe el diablo por viejo que por diablo y todos hemos sido cocineros antes que frailes.

En el mundo del espectáculo, a veces, se valora especialmente esa veteranía por medio de homenajes y premios especiales. El Oscar o el Goya a toda una trayectoria a cuyos galardonados deben darles ganas de salir corriendo pensando que se acabó lo que se daba. Como le pasó al añorado Paul Newman, que ni siquiera quiso ir a por ese premio por entender que aún le quedaba mucha guerra que dar. Y que fue premiado al año siguiente con un Oscar “de verdad” por El color del dinero, si no me falla la memoria.

En nuestro mundo también tenemos nuestros oscar honoríficos, aunque algunos no lo sean tanto y lleguen incluso a ensuciar el premio de quien realmente lo merecía. Pero esa es otra historia, como diría mi buena amiga MJ Letrada.

Pero la experiencia de la que hoy quería hablar no solo es ese cúmulo de vivencias que una acumula a lo largo de su vida profesional. Es mucho más. Es ese plus que te debe dar esa experiencia para usarla en el día a día y hacer un poco mejor el trabajo que realizamos.

Comentaba el otro día otra buena amiga –qué afortunada soy por tener amigos que tanto me aportan- que una nunca se acostumbra a algunas cosas. Ella -Laura- es enfermera pediátrica y tiene que enfrentarse con frecuencia a una de las cosas más terribles: la muerte de un niño. Y hablamos al respecto de ese difícil equilibrio entre la profesionalidad y la humanidad, entre hacer lo que se debe y tragarse las lágrimas, entre acostumbrarse y anestesiarse ante ello, que no es lo mismo.

Confieso que cada persona asesinada, cada víctima de violación, cada mujer maltratada, cada menor apalizado y tantos otros han pasado a formar parte de la carga de la mochila invisible que todos los días me llevo a cuestas cuando me pongo la toga y los tacones. Al peso de la ley se une este otro peso, mucho más delicado por lo frágil y lo difícil de transportar que resulta en ocasiones.

Pero en esa mochila, que da más de sí que la de Mery Popins, también caben otras cosas maravillosas. El abrazo de una víctima de maltrato que ha salido de ese infierno, el agradecimiento de los padres de un niño abusado tras uno de mis primeros juicios, las lágrimas de una madre que vio salir por fin a su hijo del mundo de las drogas, los bombones de una joven que había decidido seguir adelante con su denuncia contra un agresor al que había perdonado hasta cuatro veces, la satisfacción de que a alguien le devuelvan lo que lleva reclamando años o la de que se acabe con una práctica injusta o vejatoria.

Entre los recuerdos que me sacan una sonrisa siempre que acuden a mi cabeza, está el de un capellán de prisión que se empeñó en hablar conmigo antes de celebrar un juicio contra un joven que estaba en prisión preventiva. El muchacho había cometido el delito recién cumplida la mayoría de edad y siendo drogadicto pero cuando iba a celebrarse la vista, tras un tiempo en prisión preventiva había logrado rehabilitarse y aspiraba a una nueva vida que se vendría abajo si la petición de condena se hacía realidad. El sacerdote, un hombre encantador, me dijo que cumplía veinticinco años en el sacerdocio y que no tendría mejor regalo que conseguir que aquel joven pudiera comenzar una nueva vida alejado de la prisión. Al día siguiente, tras haberme estudiado el asunto y ver que, efectivamente, la documentación que aportaba permitía una rebaja de la pena que él estaba dispuesto a aceptar, busqué al sacerdote y le dije que tendría su regalo. Aquel hombre me plantó un enorme abrazo. Y digo enorme porque mi barriga, en la que andaba a punto de salir mi hija pequeña, no hacía fácil la maniobra. En ese momento, tocó mi vientre y me deseó que aquella niña tuviera toda la felicidad del mundo. Tiempo más tarde, supe del joven, que tiene una vida totalmente rehabilitada fuera del delito, por una visita que me hizo aquel sacerdote, que no olvidó preguntarme por mi hija.

Cuando no hace mucho tiempo, falleció el capellán, recordé aquella anédcota. Siempre me he preguntado si en el parto de mi hija, fácil como pocos, tuvo aquello algo que ver. Pero es cierto que ella, al igual que el joven de mi historia, es una persona feliz.

Por eso hoy, dar el aplauso es sencillo. Va dirigido a todos aquellos que, con toga o sin ella, saben usar su saber y su experiencia para hacer de éste un mundo mejor. Ahí es nada.

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Refugiados: somos humanos


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Ya lo hemos dicho otras veces. Si hay un entrono proclive a la solidaridad y las acciones reivindicativas, ese es el mundo del espectáculo. Sea por algún tipo de especial sensibilidad de los artistas, sea por su poder de transmisión, o sea por ambas, está claro que ahí hay un hervidero de acción para termas que nos estrangulan las entrañas. Y ya hace mucho tiempo que lo que ha dado en llamarse, de un modo eufemístico, crisis de los refugiados, anda estrangulando las entrañas de muchos. Aunque, por desgracia, de muchos menos de los que debiera.

La existencia de refugiados, asilados o perseguidos o huidos de un país no es nada nuevo. Y como tal, ya ha sido objeto de atención en el mundo del cine. ¿Cómo olvidar Noches de sol, y no sólo por las catorce piruetas de un sublime Baryshnikov, o El Último Bailarín de Mao?. La persecución, el desarraigo, la salida forzada del país de origen no son algo nuevo, desde luego. Desde los tiempos en que la sagrada familia huían de Herodes, que ya comentamos en el estreno navideño

Ahora el tema está de candente actualidad. Aunque en realidad nunca dejó de estarlo nunca, aunque sí lo ha estado nuestro punto de vista egoísta, esa costumbre de mirar hacia otro lado hasta que una imagen nos estalla en nuestras propias narices. Y la imagen llegó este verano. Aylan, un niño como tantos otros, yacía muerto en la playa. Un niño tan parecido a todos los que conocemos que podría ser nuestro hijo, con su pantalón azul y sus zapatitos abrochados con velcro. Y quizás por eso se despertaron todas nuestras alarmas. Para dormirse de nuevo hasta que otras imágenes nos volvieran a estallar en la cara. Un día tras otro.

En nuestro teatro no podemos mantenernos ajenos a este drama. No podemos ser meros espectadores de esta macabra función, porque estaríamos faltando a todo aquello que prometimos –o juramos- el primer día que nos pusimos la toga, con tacones o sin ellos. Y eso sí que no.

Estos días la realidad ha vuelto a estallarnos en la cara. Y en la faceta en la que más podemos hacer, la jurídica. O la antijurídica, quizás. Porque nos ponen sobre la mesa un acuerdo que se salta todo los que nos han enseñado, todo lo que hemos aprendido, todo lo que nos convirtió en lo que somos. Amantes de la Justicia, aunque suene cursi. Y de la Justicia así, con mayúsculas, no como un compendio de leyes entre las que buceamos con menor o mayor acierto.

  ¿Podemos consentir un acuerdo que mercadea con vidas humanas? ¿Qué las cambia por intereses como los niños cambian cromos? ¿Podemos seguir creyendo en la bondad de determinadas organizaciones cuando proponen estas cosas? ¿Tenemos que esperar que otro Aylan nos sacuda las conciencias siemplemente porque su aspecto nos revela que podría ser nuestro hijo?

La respuesta es obvia. O al menos, así me gustaría creerlo. Y para apoyar esa creencia, veo comunicados, movimientos, manifestaciones en todo tipo de fiscales, de jueces, de abogados, y de todos –o muchos- cuantos transitamos por las bambalinas de nuestro teatro. Y que sigan.

No es solidaridad, ni humanidad. O mejor, dicho, no solo es eso. Es nuestra obligación y nuestra responsabilidad. Como ciudadanos y como juristas. Porque la defensa de los derechos humanos está delante de cualquier otra cosa, por más revestidura jurídica que quieran darle.

No aceptemos ponernos ese traje, porque nos quemará la piel y no podremos volver a ponernos una toga sin que las cicatrices de las quemaduras nos recuerden una complicidad inaceptable. En esta función nos ha tocado ser protagonistas, así que asumamos el papel . De otro modo, las generaciones futuras nos lo reprocharán. Y tendrán sobrados motivos para ello.

Así que hoy, más que aplauso, hay una llamada a la acción. En la calle, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las instituciones y donde cada uno pueda. El aplauso vendrá cuando consigamos algo.

Ojala pueda darlo hasta que me sangren las manos. Con mis tacones y con una toga que espero que nunca haya de escocerme por esas cicatrices que deja no haber cumplido con la Justicia. Así, con mayúsculas.

 

De nuevo fallas: a las llamas


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Como hace más de un año que inauguramos nuestro teatro, éstas son las segundas fallas que toda vivir desde este escenario. Con mi toga y mi peineta, como comentábamos hace 366 días nada menos.

Nuestra fiesta sigue despertando el interés de artistas y de quiénes no lo son. No en balde va camino de ser declara Patrimonio Inmaterial por la UNESCO. Es, como muchas otras fiestas, parte de nuestra vida y de nuestra cultura. También en nuestro teatro. Y por eso no podía dejar de dedicarle un estreno especial.

Tal vez lo que trasciende al exterior es la parte más espectacular y más visible. Fallas monumentales o explosiones pirotécnicas. Pero hay mucho más, el puro espíritu de la fiesta, la sátira. Y quiero hacer partícipe de él a nuestro teatro, tan necesitado de humor como de crítica.

Por eso hoy plantaré mi propia falla. La falla de Con Mi Toga y Mis Tacones. Con una muñequita toguitaconada que quiere plantar su particular monumento y acabar quemándolo, como está mandado.

La figura central va a ser un cero enorme. Un cero que representa más de una cosa: esa enorme quimera del papel 0 que nos han querido vender, lo que interesa la justicia a quienes nos mandan o aspiran a ello, y la calificación que merece la legislatura que todavía estamos arrastrando. Nada menos. Tres en uno.

El lema de la falla estaría relacionado con el paso del tiempo y las distintas velocidades. Por un lado, una escena donde una diligencia del Salvaje Oeste nos recuerda al paso que evoluciona la justicia. Por el otro, las enormes prisas que ha tenido el legislador durante el último año, representado en el pollo sin cabeza en que nos han convertido. Y saliéndose de escena, una nave espacial descacharrada y la máquina del tiempo de Regreso al Futuro tratando de ubicarse en cada momento, mientras la pobre muñeca toguitaconada sigue con su GPS navegando en un BOE que se ha convertido en un monstruo incontrolable.

Otra de las escenas vendría protagonizada por unos niños cantando eso de Vamos a contar mentiras, tralara. Ahí, además de las liebres corriendo por el mar y las sardinas por el monte, estarían las nuevas plazas de jueces y fiscales que nunca existieron, representadas por simpáticos fantasmas con toga que vagan por unos no menos simpáticos juzgados fantasmas que nunca se crearon. Por supuesto, lo harían con unos ordenadores fantasmas donde utilizarían un expediente electrónico tan fantasmal como ellos. Mientras, desde las redes sociales y los medios de comunicación, unos avezados Cazafantasmas van tomando el pulso a lo que en realidad ocurre y contándolo a quien quiera oírlo.

Y, continando con ese diseño imaginario de un monumento fallero puñetero, no podemos olvidar una escena llamada el rincón del olvido. Ahí deberían ir toda esa serie de cosas que aún quedan causando sus desmanes: las odiosas tasas judiciales, el límite del plazo de instrucción, la ley mordaza, los recortes en materia tan esenciales como la violencia de género. Y, llegando con paso fuerte, la sombra de ese acuerdo sobre refugiados que la UE nos pretende colar. Un enorme contenedor de basura podría ser el leit motiv de esa escena. Y, a su lado, el invento del año, el disposionadicionalismo, consistente en la manía de crear leyes aparentes con una disposición expresa que prohíbe gastar un duro en ellas: la ley de la infancia, el estatuto de la Víctima o la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal han sido algunas de las víctimas de esta nueva moda.

Pero no hay falla sin Ninot Indultat, esos muñecos que se salvan del fuego por su especial mérito. Y ahí es donde incluiría todos los profesionales que, peses a todo, tratan de sacar adelante este bien de todos que es la Justicia. Jueces, fiscales, LAJs, abogados, procuradores, funcionarios y todos los que intervienen en este teatro nuestro. Sin olvidarme de los estudiantes y opositores que, pese a todo, aspiran a ello.

Así que hoy, en vez de aplauso, Mascletá en su honor. Fuegos artificales disparados en su honor. Y, por supuesto, el resto de la falla, a quemarse el día de San José. A ver si eso supone un nuevo tiempo.

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        (iMAGEN DE LA FALLA NA JORDANA 2016,la libertad y la justicia besándose, cortesía de @fanigrande)

Lexnet: ciencia ficción


 

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Uno de los géneros que nunca falla es el de la ciencia ficción. Desde las casi proféticas obras de Verne hasta las sagas de Star Trek o la Guerra de las Galaxias, pasando por Encuentros en la Tercera fase o cualquier otra, el tema nuca falla. Siempre hay una legión de seguidores dispuestos.

También nuestro teatro tiene su dosis de ciencia ficción. Más ficción que ciencia, en los últimos tiempos, ya que nosotros apenas hemos superado los tiempos de Julio Verne y, a veces, solo el hecho de encender el ordenador y llegar a la pantalla deseada recuerda poderosamente a las 20.000 leguas de viaje submarino o a la vuelta al mundo en 80 días. Esta última, en versión de Cantinflas, además.

Pero si en los últimos tiempos algo e ha recordado estas películas, es la ya famosa quimera del papel 0 y su hija predilecta, llamada lexnet. Algo que nos vienen vendiendo desde hace tiempo como el colmo de la modernidad y la solución de la justicia y no pasa de ser un enorme fiasco con pretensiones. O sin ellas.

Para el que no lo sepa, ese engendro llamado lexnet es algo así como Alien, el Octavo pasajero, en versión Justicia. Un ser que aparentemente ha surgido de las mismas entrañas del sistema pero que en realidad es totalmente ajeno a él. Porque, no hay que olvidarlo, por más que incardinen la criatura en un macroproyecto de Papel 0  y expediente electrónico, no es otra cosa que un extraño en un sistema que todavía navega en los tiempos de la cuerda floja, las copias selladas y los formularios en papel por triplicado. Algo así como si tratáramos de ver en 3D una película de Charlot. Por más que nos pongamos las gafas adecuadas, la cinta no da más de sí.

Nos han impuesto el sistema, como tantas otras cosas en los últimos tiempos, en un corre que te pillo, que se les acababa la legislatura y tenían que dejarnos una herencia a juego con la trayectoria que han seguido, una de las más erráticas en lo que a justicia se refiere. Y ojo, no es que lo diga esta humilde toguitaconada -que también-, es que lo han dicho hasta la saciedad asociaciones de fiscales, de jueces, de LAJ, de abogados, de procuradores y cualquier otro transeúnte, habitual u ocasional, de nuestro querido teatro.

Y es que había que meterlo como fuera, con calzador si es preciso. Y así ha sido. En primer lugar, como ya conté en otros lugares (la quimera del Papel 0), han incrustado un elemento nuevo en un sistema arcaico, como si un tren de alta velocidad tuviera que circular por las vías de un ferrocarril de cercanías. Y, lógicamente, no ha tardado en descarrilar, perdiendo además varios tornillos por el camino, que estaban mal ajustados. Pero no solo eso. Obstinados en no echar marcha atrás, han insistido en continuar el camino de este tren fuera de vías, y se pierde más tiempo en remozarlo desde cada salida de la vía que en construir unas nuevas vías.

No obstante, no podría explicarlo desde mi experiencia personal. ¿Por qué? Pues por una razón tan sencilla como la de que los fiscales no usamos tal sistema porque, de momento, no se ha previsto. Da igual que la ley diga que las comunicaciones habrán de ser telemáticas. Las nuestras, por falta de previsión, ni a telepáticas llegan. Pero hay una razón adicional: algunas comunidades autónomas -entre ellas la mía- se han erigidos en rebeldes de Lexnet, y han manifestado desde un primer momento que con ellas no va la cosa. Porque lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Pero, curiosa que es una, ello no impide que esté rigurosamente al día de todas las incidencias y pesadillas de los usuarios varios. Tampoco tiene un mérito especial. No hay más que darse un paseo por las redes sociales, o por las cafeterías cercanas a los juzgados, para recibir tan preciosa información. Así que la cosa se ha convertido en una mezcla entre Que he hecho yo para merecer esto, Dios mío, pero que te he hemos hecho, Juristas al borde de un ataque de nervios o Como ser jurista y no morir en el intento. Nos querían vender un Cariño, he encogido a los niños -o más bien a los procedimientos- pero la cosa no ha quedado más allá de un Bienvenido Mister Marshall como si de repente, el mismísimo Bill Gates hubiera aparecido en pleno siglo XIX cual Pepe Isbert encabezando la antológica procesión a mediados del siglo pasado.

Desesperación para acceder, fechas que se cambian como por ensalmo o notificaciones que viajan de unas pantallas a otras hasta aparecer en el sitio más insospechado hacen que conseguir el objetivo de que lleguen al Juzgado sea poco menos que emular a Indiana Jones en busca del arca perdida. Y todo ello, sin saber qué pasa por el camino, quién puede acceder o dónde puede aparecer la información. Y todo ello, a pesar de la buena intención de alguna que otra Hada Madrina, que desde sus puestos tratan de solucionar los problemas pero que no tienen varita mágica.

Y la cosa llega al punto que un compañero que no ha tenido hasta el momento problemas con ello, pide disculpas cada vez que lo cuenta, como si fuera culpable de algo.

Pero la cuestión va más allá. En el hipotético caso de que nos halláramos en Un Mundo feliz y el sistema de marras funcionara como debiera, tampoco eso es la solución que nos pretender vender. Lexnet no es el expediente electrónico ni el utópico papel 0. No es más que un sistema de notificación que, a la postre no hace otra cosa que cambiar la impresora de sitio. Tal cual.

Así que hoy de aplauso, nada. Hoy lo que toca es recuperar esos tomates que debieron ir en el tren de mercancías que pretendía ser AVE. Seguro que todo el mundo sabe hacia qué destinatarios dirigirlos