Almanaque: cualquier tiempo pasado no fue mejor


Hoy, en nuestro escenario, el estreno de un relato que pudo haber ocurrido no una sino muchas veces. Ojala cosas así no ocurran nunca más

ALMANAQUE

-¿Qué es esto, abuela?

          Mi nieta sostenía en sus manos un viejísimo almanaque. Tenía las hojas amarillentas por el paso del tiempo, y estaba ilustrado con la reproducción de una acuarela de unas falleras de peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos. En concreto, esgrimía con cara de asombro la hoja correspondiente al mes de agosto, con el número dieciséis rodeado con un círculo que en su día debió ser rojo.

            No era la primera vez que alguien me hacía esa pregunta al descubrir aquella hoja del almanaque de falleras de peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos.

-¿Qué es esto, Dolores?

            Todavía podía ver a mi madre, hacía más años de los que querría recordar, con la hoja en su mano y los ojos fuera de las órbitas. Y todavía temblaba al recordar aquel día. El día que cambió mi vida.

            Mi madre estaba fuera de sí. Me miraba con una expresión a mitad camino entre la estupefacción y la furia que no olvidaré jamás. Como tampoco olvidaré su voz al gritarme, una voz que en nada se parecía a la que yo conocía, y menos aún a la que usaba para atender a sus clientas de la panadería.

-Así que era eso -me gritaba- Ahora entiendo porque se te ha puesto esa cara de bollo y ese cuerpo redondo a pesar de que comes como un pajarito. Qué decepción, Dolores, qué decepción más grande

-Lo siento, madre -trataba yo de disculparme- No fue culpa mía, de veras

            Una sonora bofetada me cruzó la cara. El impacto fue tal que se me movió un diente del sitio y comencé a sangrar por la boca. La sangre se mezclaba con las lágrimas y dejaba en mi boca un sabor a hierro y sal que me daba náuseas. Y miedo, mucho miedo.

-¿Y puede saberse quién ha sido el sinvergüenza?

              Tras muchos esfuerzos, conseguí que me dejara explicarme. Entre sollozos, le conté lo que había pasado la noche del 15 al 16 de agosto de 1966, la peor noche de mi vida.

            Aquel día era la festa del pueblo. Había verbena en la plaza, un acontecimiento que esperábamos todo el año como quien espera a Dios. Con la diferencia de que Dios nunca supimos si llegaría, pero la verbena ahí estaba siempre, año tras año, con sus músicos desafinados y sus bailarinas carreras en las medias y con vestidos ajustados, algo que los hombres del pueblo consideraban motivo bastante para gritarles obscenidades y hasta para tratar de pellizcarlas o de meterles mano, a poco que pasaran cerca de ellos.

            Pero a mí todo eso me importaba poco por aquel entonces. Lo que me importaba es que por fin llegaba un día para la diversión, un día en que se me permitía un descanso en aquella rutina odiosa de levantarme a las seis de la mañana para hacer la masa del pan, y pasarme el día despachando en el mostrador mientras la levadura alzaba la masa para volver al obrador en un bucle sin fin. Odiaba tanto el pan, que apenas lo probaba. Y sigo sin hacerlo,

            Aquel día me había puesto mis mejores galas. O, mejor dicho, mis únicas galas. Un vestido de flores bastante anticuado que tanto servía para ir a misa que para bailar en la plaza. Aunque para eso último desabrochaba los botones del cuello sin que mi madre se enterara, y me subía un poco más la falda con unos alfileres del costurero de mi abuela. No estaba bien visto maquillarse, pero me las ingeniaba para conseguir unas mejillas sonrosadas a base de frotarlas y esparcir sobre ella un poco de mi posesión más secreta y más preciada, una barra de labios que compré en una excursión al pueblo de al lado con un dinero que había sisado de la panadería. Fue un riesgo, pero estaba convencida de que valía la pena. Con los labios pintados de rojo me encontraba tan guapa como una artista de cine. Tanto como aquella fallera del almanaque que tenía colgado en mi habitación.

            Me encaminé a la plaza con la ilusión de pasar una noche inolvidable, y, desde luego, lo fue. Pero por algo que en nada se parecía a lo que yo había soñado. Mientras estaba bailando, un chico se acercaba a mí. Debía ser forastero, porque nunca lo había visto, e iba con un grupo de amigos a los que tampoco conocía. Me piropeó y me pidió que bailáramos juntos. Yo le dije que no, porque no le conocía y, sobre todo, porque mi prima Angustias, a la que le habían encomendado que no se despegara de mí en toda la noche, cumplía su función. Pero, en un momento dado, mi prima me propuso separarnos para poder estar a solar con su novio, y yo vi el cielo abierto. Por supuesto, no diríamos nada a nuestras madres, y volveríamos juntas como si nada hubiera pasado. Ese era, al menos, el plan.

            Nada más desapareció Angustias, sonreí a aquel chico y él me volvió a pedir que bailáramos y entonces, por descontado, acepté. Se acercó a mí más de lo que me hubiera gustado y he de reconocer que el aliento le olía a vino rancio, pero quise quitarle importancia. No iba a desperdiciar mi noche con exquisiteces, así que me entregué a aquel baile como si me fuera la vida en ello. Cerré los ojos a la realidad, que no era otra que un tipo que apestaba a alcohol que se me arrimaba sin miramientos, y quise creer que me encontraba ante un príncipe azul.

            Pero el azul de mi príncipe se destiñó pronto y se convirtió en algo muy sucio y muy oscuro. Una oscuridad que iba a durarme mucho tiempo

            El tipo cogió mi mano y me arrastró a un sitio aparatado, lejos de miradas curiosas y de mi prima Angustias, de la que hacía un buen rato que no sabíamos nada

-Vente conmigo. Vamos a alejarnos de todas esas envidiosas que no te quitan ojo

         Dijo exactamente eso. No caí entonces, pero en los miles de veces que he recreado aquella noche espantosa, lo he visto claro. Me envidiaban a mí, pero porque iba con él. Él era el deseado. Yo no valía nada.

            Tal vez si hubiera caído en ese detalle, no hubiera pasado lo que pasó. Pero ya lo dice el refrán. No hay peor ciega que la que no quiere ver.

            Lo que ocurrió a continuación se mezcla en mis recuerdos, Todavía no puedo, a pesar de todos los años que han pasado, recordarlo sin que las ganas de vomitar se mezclen con las lágrimas hasta paralizarme. Como entonces.

            Llegamos a nuestro destino, que resultó ser el bar de los padres de un amigo suyo. Estaba cerrado, pero el amigo se asomó a la puerta y nos dijo que entráramos, que nos estaban esperando hacía rato. Y, como de la nada, aparecieron un par de chicos más, unos chicos a los que jamás había visto más allá de ese día en la plaza. Empecé a asustarme. ¿qué hacían todos ellos allí? ¿Qué iban a hacerme?

-Me voy a casa -dije tratando de salir de allí- No me encuentro bien

-No te asustes. Solo vamos a pasar un buen rato

           Aquella frase confirmó mis temores. Ellos iban a pasar un buen rato, no yo. Me puse a temblar sin remedio. Fue entonces cuando él abandonó su faceta amable y se quitó la careta. Me cogió con fuerza de los hombros

-Ven aquí, zorra. Vamos a dejarnos de jueguecitos cursis y vamos a lo que vamos

           El hijo del dueño del bar me sujetó de los brazos y los otros dos chicos me agarraron las piernas. Ya no tenía escapatoria, así que solo deseaba con todas mis fuerzas que aquello acabara pronto, lo más pronto posible. Que acabara el dolor, y el asco, y la vergüenza.

            No tuve suerte y no se me concedió aquel deseo. Quien yo había creído mi príncipe azul me penetró, sin siquiera quitarme el vestido. Solo me arrancó las bragas y me remangó la falda hasta taparme la cara

-Prefiero no ver tu cara de puta. De puta fea.

              Noté un dolor fuerte, un desgarro que hizo que la sangre resbalara entre mis piernas. A partir de ahí ya apenas recuerdo nada. Solo las embestidas de aquellas bestias, que se turnaban para penetrarme, y el frío del suelo donde me dejaron tirada, en la calle de detrás. Tampoco sé muy bien cómo di con mi prima Angustias, pero nunca olvidaré, en cambio, su reacción

-¿Qué has hecho, loca? ¿Sabes la bronca que me va a caer por tu culpa?

               No tenía ni idea, y tampoco me importaba, Y no llegué a saberlo nunca porque aquella frase fue la última que intercambiamos mi prima y yo. Nunca volvió a dirigirme la palabra.

            Conseguí alcanzar mi cama sin que mis padres se dieran cuenta de nada, Fue entonces cuando rodeé con un círculo rojo aquella fecha en el almanaque que había en mi habitación. Ese almanaque de falleras con peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos que le dio la clave a mi madre para descubrirlo todo.

            Cuando ella me preguntó por el almanaque, yo ya no tenía duda de que estaba embarazada. No había logrado deshacerme de aquello por más golpes que me di, por más vendas que me puse, por más oraciones que recé. Aquella criatura se obstinaba en sobrevivir

-Hay que hacer algo -dijo mi madre con voz áspera- Diremos que te preñó un forastero con la promesa de casarse contigo y luego te abandonó

-Pero, madre, eso no es cierto. Yo no tengo la culpa de lo que me hicieron

-¿Cómo que no? Seguro que provocarías a aquellos chicos, sino no te hubieran cogido. Y si no fue así, tampoco lo creerá nadie. Mejor que te tomen por una tonta engañada que por una cualquiera

-Pero, madre….

-No hay más que hablar. A partir de ahora se hace lo que yo diga. Y a tu padre le explico yo. Tú callada. Y a obedecer sin chistar. Qué vergüenza, hija mía, qué vergüenza…

           Aún me dolían aquellas palabras, la antesala de lo que iba a ser mi vida. Una vida marcada por una violación de la que me culpaban a mí en vez de ellos.

-¿Y la niña, abuela?

-La niña, como habrás adivinado, era tu madre. Al principio no quería ni verla, pero. cuando tenía cuatro años, mi madre le pegó una bofetada por no sé qué tontería, y me dolió como si su manaza hubiera impactado en mi cara. Entonces comprendí que aquella criatura no tenía ninguna culpa, como no la tuve yo. Y no iba a pagar por algo que no había hecho, como llevaba pagando yo toda mi vida. No le destrozaría la vida a mi hija, como mi madre me la había destrozado a mí. Por eso me fui de esta casa, que no había vuelto a pisar hasta hoy

             Mi nieta me abrazó, sin decir nada y lloramos las lágrimas que teníamos atascadas en el alma tanto tiempo. Su madre, mi hija, nos había dejado hacía un mes por una maldita enfermedad, y habíamos ido a esa casa que me pertenecía por herencia para ponerla por fin en venta.

            Giré la llave en su cerradura por última vez mientras mi nieta me cogía la mano. En su puño guardaba, arrugada, la hoja del almanaque que yo había tirado a la basura un rato antes. De un almanaque con falleras con peinetas demasiado grandes y labios demasiado rojos

Abrumada: mil gracias


              El género autobiográfico es uno de los más difíciles de cualquier vertiente artística. Quien escribe sobre sí misma se derrama en cada palabra hasta quedarse exhausta, y los sentimientos salen a flor de piel. Tengo claro que no soy Almodóvar rodando Dolor y gloria, ni tampoco pretendo serlo, pero hoy toca hablar de mí misma. Y de mucha más gente.

              En nuestro teatro somos gente poco dada a expresar sentimientos. Poco o nada. Y además tenemos la mala costumbre de quejarnos cuando las cosas están mal pero no decir nada a quien las hace bien. Y de vez en cuando, viene bien una palmadita en la espalda.

              De eso era de lo que quería hablar precisamente hoy. Esta semana fui objeto de una canallada. Quede claro que, pese a ser yo fiscal y este blog hable de Derecho, me cuido muy mucho de calificarla jurídicamente. Tiempo habrá para ello por quienes corresponda, en cuyo oficio confío a pies juntillas, como no podía ser de otra manera.

              La canallada en cuestión consistió -y consiste- en la obra de un incalificable sujeto que abrió una cuenta en Twitter con mi imagen y mi nombre de pila, donde me llamaba “fiscal feminazi” entre otras lindezas y donde se dedica a emitir mensajes que, sin ninguna duda, me desprestigian. O, mejor dicho, pretenden hacerlo porque, visto lo visto, no lo ha logrado. Le molesta al sujeto en cuestión que me dedique a luchar por la igualdad y a combatir la violencia de género. Y llega hasta el punto de utilizar el asesinato de una niña de 6 años por su madre para escupir su veneno y su inquina.

              No voy a extenderme más en lo negativo, porque lo que de verdad me interesa es lo positivo. Porque, como dice una buena amiga, la verdad solo tiene un camino y, como dice mi madre, de una cosa mala pueden salir varias buenas.

              La existencia de dicha cuenta llegó a mi conocimiento casi al mismo momento de abrirse, y también llegó al de otra persona, que no sé si decir que actuó más como profesional que como amiga o, al contrario. Loreto Ochando, periodista de El Plural y colaboradora de otros medios, cuya amistad me precio de tener, me llamó inmediatamente. Esto hay que sacarlo, me dijo, no puede quedar así. Y yo, pese a que soy más de aplicar lo de “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio” acabé dándole la razón. La cosa había traspasado unas cuantas líneas rojas, y no podía quedar en nada. Ni ella ni yo podemos permitirnos gritar a los cuatro vientos que hay que denunciar los atropellos y luego no hacerlo cuando nos escuece.

              La reacción fue inmediata y absolutamente abrumadora. Ya se ha hablado de ello desde un punto de vista objetivo, citando las personalidades de muchos ámbitos que demostraron públicamente su apoyo, pero yo hoy quiero contar la parte subjetiva, la de cómo me hicieron sentir. Espero ser capaz de transmitirlo, aunque no es fácil.

              No sé si alguien se pude hacer una idea lo que supone para una fiscalita toguitaconada que cada semana se asoma a estas páginas para contar cosas de su oficio, verse de repente arropada por tierra, mar y aire. La delegada de gobierno para la Violencia de Género, la Ministra de Justicia, miembros de las Cortes Valencianas o concejales de mi ayuntamiento eran la punta de lanza, junto con periodistas, escritores y un montón de gente. Juristas de todas las procedencias y todos los colores, incluso los que se encuentran años luz de mí, mostraban su adhesión pública y privadamente, sin fisuras. También lo hacía la asociación de fiscales a la que pertenezco, la Unión Progresista de Fiscales, la Asociación Mujeres Juezas y Jueces y Juezas para la Democracia en un comunicado que agradezco enormemente.

              Pero tal vez lo que más me impresionó fue el apoyo institucional, desde el primer momento, de la Fiscalía General del Estado. Por una vez el refranero se equivoca a decir que “nadie es profeta en su tierra”. Y, por descontado, de mis jefes, tanto de la Fiscalía Provincial como de la Superior. Y tal vez lo que más me gusta de ello es que han valorado mi actuación como fiscal más allá de hacer juicios o estar en la guardia. Y eso, como dice el anuncio, no tiene precio.

              Todavía humea mi móvil con mensajes privados de apoyo, de ánimo y de reconocimiento, todavía me siguen llegando palabras de aliento y de cariño. Todavía sigo abrumada

              Por eso, no podía hacer otra cosa que dedicar el estreno de hoy a decir “gracias”, con una imagen de mi querida @madebycarol que siempre pinta mis pensamientos como si estuviera dentro de mi cabeza. Para ella y para todas las personas que me habéis demostrado que no estoy sola, va el aplauso de hoy. No nos callarán, por más que nos insulten y nos pisoteen. No nos callarán porque la razón está de nuestro lado.

Dolo: la intención


              Hay quien sostiene que para hacer algo, solo hay que quererlo y poner toda la carne en el asador para conseguirlo. Y aunque tiene un punto de razón, querer no es suficiente. Más de una vez he visto películas donde se pretendía hacer una obra de miedo y acaba resultando una comedia descacharrante porque sus personajes o situaciones no daban miedo sino risa. Y otro tanto cabe decir de los dramas: hay quien, pretendiendo hacer un dramón tipo Lo que el viento se llevó no se queda más allá de Los albóndigas en cualquiera de sus entregas. Aunque es casi peor lo contrario: hacer reír y no lograr más que hacer llorar de pena. Y es que la intención es importante, pero no lo es todo. Ni mucho menos.

              No obstante, si hay algún ámbito sonde la intención es fundamental, es nuestro teatro. Tanto es así que se puede llegar a dar muerte a alguien sin tener la mínima intención de hacerlo, y viceversa. Y el Derecho Penal ha de atender forzosamente a esa intención para calificar los hechos e imponer la pena. Es eso consiste el dolo, aunque no siempre es fácil de entender. Ya dedicamos un estrene a la subjetividad pero había que abundar más

              El dolo, en una primera aproximación muy de andar por casa, se puede entender como la intención de causar un mal determinado. Por supuesto, puede causarse o no, según lo atinado del autor y lo favorables o adversas de las circunstancias. Para eso están, precisamente, lo grados de ejecución del delito, lo que en Derecho llamamos Iter criminis. Porque se pude querer matar a alguien, tener una pistola fantástica para hacerlo y una puntería excepcional, y atascarse el cargador. O, al revés, puede no tenerse ninguna intención de matar a alguien cuando se arroja una piel de plátano al suelo, pero tener tan mala fortuna que alguien la pise y se dé contra un bordillo, fracturándose el cráneo.

              Estos ejemplos son, desde luego, extremos, y por tanto fáciles de deslindar. Pero las cosas no suelen ser tan sencillas. Pensemos en quien conduce un coche con una velocidad excesiva y, al no poder frenar a tiempo, atropella al niño que corría a la calzada a recoger su pelota. Está claro que el sujeto no tenía intención ninguna de matar al niño, aunque el hecho de conducir demasiado rápido haya desencadenado el fatal desenlace, más aún si la conducción se hacía tras haber ingerido alcohol o drogas. Pero, aunque los padres del niño, en una comprensible reacción, griten “asesino” al autor, como hemos visto más de una vez en imágenes de informativos, no es así. Será, como mucho, autor de homicidio, y no a título de dolo sino de imprudencia, porque no tenía intención de matar al niño ni a nadie. Lo cual no significa que no tenga su merecido, puesto que los homicidios imprudentes también están castigados en el Código Penal.

              Cuestión diferente es la de la persona que tiene toda la intención del mundo de matar a alguien, pero utiliza unos medios que no matarían ni a un mosquito. Es el caso, que siempre nos ponían en las clases de Derecho Penal para hablar del error, de hacer vudú o echar mal de ojo. Así que aquí, a pesa de que el dolo existe, no hay delito. Porque el Derecho Penal sanciona acciones, no pensamientos. De ahí el brocardo “cogitationem nemo patitur” -el pensamiento no delinque-, toma latinajo . De modo que podéis seguir imaginando que matáis a vuestro jefe, o a cualquier otro que eso no computa. Y hasta sirve de desahogo.

              En otras ocasiones la cosa se pone más peliaguda. Proporcionar una sustancia a alguien que es alérgico será o no delictivo dependiendo de que quien lo haga conozca la existencia de la alergia y, por supuesto, se pruebe, que la presunción de inocencia es lo que tiene. Un caso parecido al de quien da un disgusto al enfermo de corazón que sufre un infarto, en que conocer la dolencia y la capacidad objetiva de la noticia de causar ese mal determinará la existencia o no de dolo

              Y, aunque no solo de matar vive el Derecho Penal, es lo más fácil de probar. Porque cuando nos metemos en terreno resbaladizo como ocurre con los delitos contra la libertad e indemnidad sexual, la cuestión se complica aún más. Por supuesto, no con una violación violenta con penetración, pero sí en otros supuestos. ¿Cómo distinguimos la palmada en el trasero de una subordinada que pude ser, según la intención, una vejación, un mal trato de obra, una agresión sexual, un acoso o un mero accidente? Pues por el dolo, aunque la práctica lo pone complicado. Pero si no fuera así, cualquiera podría ser juez o jueza. ¿no?.

              Los delitos contra el patrimonio, por su parte, requieren de un dolo específico, el ánimo de lucro.  Si alguien coge una crema en un supermercado y no la paga, puede haberse olvidado o hacerlo deliberadamente. Incluso puede haberse olvidado y, al darse cuenta, en vez de devolverlo, decidir quedársela. Y eso es el ánimo de lucro, ese dolo específico para cometer el delito. Que se lo digan si no a alguna política de pro grabada in fraganti.

              Por si fuera poco, hay categorías intermedias, también dolosas y también castigadas. Por una parte, el dolo de segundo grado, del que sería ejemplo paradigmático el del terrorista que quiere matar a su objetivo, pero no le importa matar para ello a su chófer o a su hija que estaba con él, y que también habrá de responder a título de dolo de ambos asesinatos.

              De otra parte, el llamado dolo eventual, que existe cuando el sujeto se presenta un resultado como probable y aun así actúa asumiéndolo. Sería el caso de quien abre la espita y gas o prende fuego a un edificio habitado sin comprobar que había gente dentro, e incluso del de aquellos a quienes “se les va la mano” con prácticas sexuales peligrosas que pueden llevara a la muerte y, de hecho, la producen. Ni que decir tiene que en este caso y en el anterior se responde y se castiga por dolo.

              Y, para acabarlo de arreglar, el dolo no solo puede ser penal. También puede darse en el ámbito civil, pero si es difícil distinguirlo en el ámbito criminal, en el civil ya es para nota. Quedémonos con la idea de que es la intención de causar daño deliberadamente con una acción que no es delictiva, pero perjudica a otro

              Hasta aquí, estas pequeñas pinceladas para hablar del dolo, una de las claves del Derecho Penal. Y, por cierto, uno de los temas que más salen en la oposición, aunque no quiero ser malpensada. Solo resta el aplauso, y hoy se lo dedicaré a quienes, día tras día, se ven obligados a distinguir dolo de culpa, dolo civil de dolo penal, hechos punibles de otros que no lo son. ¡Qué tarea más difícil e importante!

Fiscales en Teruel: claro que existe


              Son muchas las películas que plasman encuentros entre compañeros y compañeras de cualquier ámbito muchos años después, y las sorpresas -o no- que esos encuentros suscitan. Los americanos, con sus anuarios y sus graduaciones y bailes espectaculares son muy dados a ello, como en Peggy Sue se casó, pero no hace falta estar en USA para vivir etas experiencias. Aunque, en este caso, también empezó todo en algo Nacido el 4 de julio.

              En nuestro teatro, no siempre somos proclives a celebraciones. De hecho, anticipaba lo que íbamos a vivir en Teruel a otras compañeras y me decían que sus promociones no habían hecho nada de esto. Y es que, claro, permitidme que saque pecho, pero no son de la XXXVI de fiscales y, sobre, todo, no tienen a nuestro número 1 en todos los sentidos, Jorge, para fabricar recuerdos que nos acompañarán nuestras vidas. Casi nada.

              Seguro que, llegado este punto, pica la curiosidad para saber en qué consistieron los fastos del 30 aniversario de mi promoción de fiscales, una promoción que, como he adelantado, nació oficialmente el 4 de julio de 1992, el día en que supimos oficialmente que éramos fiscales, día, además, del cumpleaños de una de nuestras compañeras, que recibió el mejor de los regalos.

              El lema del evento, como no podía ser de otro modo, era “del boli bic a la fiscalía digital” y es que, si una reflexiona sobre los cambios que hemos vivido, da hasta vértigo. Ya hice algún avance al respecto en el estreno en que reproducía el monólogo que me llevé a Teruel como pequeña contribución a la causa.

              Ha sido un fin de semana entero, y e ha hecho corto. Un fin de semana en el que regresamos, de golpe, a quienes fuimos hace 30 años, a esas criaturas que no habíamos cumplido los 30, sin canas, ni arrugas y con todo el pelo, criaturas que no nos preocupábamos del colesterol ni de los hijos ni de otra cosa que debatirnos entre celebrar haber aprobado y prepararnos para la que se nos venía encima.

              Pero, si una cosa quedó clara de todas las intervenciones que hubo, preparadas o espontáneas, fue que a pesar de que nuestros cuerpos ya no son los mismos, la ilusión permanece intacta. Y las ganas. Aun resuena en mi cabeza algo que contaba una de mis compañeras, cuyos padres le decían “Hija, es que esto es muy importante, vas a pode ayudar a la gente”. Y es así. Una sencilla frase que resumen la grandeza de nuestro oficio.

              Pero que nadie crea que estuvimos en todo momento haciendo cosas profesionales y profundas y mirándonos el ombligo. Nada de eso. Por eso os lo quiero contar, aunque muráis de envida. Para compartir mi alegría, que siempre es bueno.

              La cosa empezaba fuere. Quienes llegamos el viernes, tuvimos el gusto de asistir a una cena animada con las canciones de Benito, nuestro otro anfitrión de Teruel, cuya voz y guitarra no han cambiado un ápice. El folklore combinado con el humor es una fórmula más que recomendable. Yo la recetaría en la Seguridad Social para más de uno de esos males del alma que tanto proliferan.

              La visita a Teruel de la mañana siguiente merece mención aparte. No queda detalle de la historia de los famosos amantes, del Torico y sus vicisitudes o de la techumbre de la catedral que no nos hayan contado con todo lujo de detalles. Nos han convertido en fans del mudéjar en un nanosegundo, con la inestimable colaboración de la alcaldesa, que nos recibió como una estupenda anfitriona en el Ayuntamiento. Y como colofón, una comida copiosa y exquisita al mejor estilo de Teruel, como debe ser.

              Pero, con todo, eso no era más que el aperitivo. El plato fuerte, después de la imprescindible siesta, programada, por supuesto, en el guion de actividades, venía luego. A partir de las seis de la tarde el Casino era testigo de un evento inolvidable que empezaba saldando una deuda histórica con nuestra promoción. Asistimos a una nueva entrega de despachos donde el ministro de entonces, De la Quadra Salcedo, apareció en una edición remasterizada que ni el Ministerio del tiempo, acompañado de una versión mejorada de la reina Sofía que nos explicaba que su marido se había perdido en la España vaciada.

              Tuvimos nuestros diplomas, algunos de los cuales pasaron a formar parte del contenido de la cápsula del tiempo, que abriremos dentro de cinco años por petición popular, aunque su primera previsión era esperar un decenio. Y, para no faltar detalle, recordamos con emoción a quienes nos dejaron, Jana y David, y también a quienes por una u otra razón no habían podido acompañarnos. E, inevitable tratándose de fiscales, hicimos unos cuantos informes más o menos inspirados, de lo cual dejó buena nota Jaime, nuestro particular notario. Y proyección de fotos de ayer y de hoy Que no nos falte de na. Ohh, cómo hemos cambiado, aunque no pueda decirse en este caso que haya quedado lejos aquella amistad

              No nos faltó cena y baile, que lo cortés no quita lo valiente. Al ritmo de Amazónico, nos contorsionamos con todo tipo de temas, desde Nino Bravo hasta Reggaetón. Amigos para siempre, sin duda, homenajeado a ese 1992 que nos cambió la vida.

              Un fin de semana maravilloso, como comprobamos en los mensajes que seguimos mandándonos al grupo de whatsapp. Y, aunque confieso que mi aguante no es como el de entonces, como me demostró mi cuerpo el domingo por la mañana, todavía luzco una sonrisa de boba que no se me borra

              Por eso, el aplauso de hoy es para toda mi promoción de fiscales, la XXXVI, y especialmente para Jorge. Como te dijimos, gracias por cuidar de nuestros recuerdos y de nuestra ilusión

#ArtistaInvitado: Joan Comorera


Hoy tengo la fortuna de que mi querido amigo Joan Comorera, ex senador, abogado y persona cabal donde las haya, se mi invitado especial

Pero, sobre todo, quienes tienen la suerte son las personas que me leen, que pueden disfrutar de su opinión en un tema de hoy y de siempre: las prisas.

Para saborear despacio

LAS PRISAS SON …

Las prisas son malas consejeras, las prisas no son buenas, las prisas son malas compañeras, …, cuantas veces habremos oído estas expresiones. Aprovecho que Susana me invita a escribir en su exquisito blog para reflexionar sobre las prisas.

En un mundo donde el tiempo cada día es más precioso y en particular para los que nos dedicamos al mundo de Toguilandia un bien escaso, hay que saber conjugarlo con hacer las cosas bien o, por lo menos, lo mejor posible.

Me explico.

En una de las últimas guardias del turno de oficio me tocó un asunto de amenazas con instrumento peligroso entre personas que compartían piso.

Se tramitó como juicio rápido. El Fiscal solicitó en su escrito de acusación como medida cautelar una orden de alejamiento del detenido hasta la celebración del juicio oral. 

Por parte del juzgado de guardia se preparó toda la documentación para hacer de una tirada antes de subir al detenido de los calabozos de la sede judicial. Algo habitual para agilizar y más cuando ya llevas casi cuatro horas de espera en el juzgado de guardia para que le toque a tu detenido.

Pues bien, entre toda la documentación ya preparada estaba la orden de alejamiento en base al artículo 544 bis LECr.

Todo eso cuando ni siquiera había declarado el detenido. La justicia ha de ser justa, pero además debe parecerlo. Los tiempos deberían respetarse. Imagínense la cara del detenido cuando acaba de declarar dando su versión de los hechos y acto seguido le entregan la orden de alejamiento. O la mía cuando ya sabes que digas lo que digas en defensa de tu representado la decisión ya está tomada de antemano.

Pobre derecho a la tutela judicial efectiva enfrentado a las prisas.

Podemos entender la dinámica de trabajo en el juzgado de guardia, pero ello, no debe ser óbice para respetar un mínimo el derecho de tutela judicial, del que también goza cualquier detenido.

Así lo expuse en el recurso de reforma y en el de apelación contra la orden de alejamiento y tanto Juzgado de Instrucción como Audiencia Provincial no dedicaron ni una frase al tema en sus resoluciones.

Creo que al menos hay que dar la apariencia que se respeta el procedimiento y los derechos del justiciable, por mucha prisa que tengamos para acabar. Es difícil que la persona afectada confíe en la justicia cuando ve que todo está decidido antes que ni siquiera haya podido abrir la boca. Y difícil me resulta a mí convencerle de lo contario ante hechos como el relatado.

Otro ejemplo que me explicaba el otro día un compañero en esas eternas esperas en los juzgados a que nos toque el turno. A él le pasó algo similar, pero en este caso con una vista de prisión provisional para el detenido.

El funcionario entra en el despacho antes de la vistilla con la carpeta de las Diligencias Previas y la etiqueta de “Causa con preso”.

Realmente no anima mucho a presentar tus argumentos para fundamentar la libertad provisional de tu defendido.

Luego llegó el Auto de prisión provisional.

Deberíamos seguir los tiempos y no adelantarnos a los procesos con las prisas por acabar, la confianza del ciudadano en la Justicia lo agradecería.

Pero las prisas no son patrimonio de Toguilandia y de sus operadores.

Como algunos saben hice un inciso en mi vida de abogado para pasarme algo más de tres años en el Senado en un regalo de vivencia personal que me hicieron los ciudadanos con su voto.

En el mundo de la política también vi que las prisas no son buenas, por ejemplo, en la tramitación de leyes. Como saben cuando una ley es aprobada en el Congreso pasa a la cámara de segunda lectura que es el Senado. Ello debería servir para introducir mejoras, si es el caso, o modificar errores que puedan haberse advertido en el redactado de la misma.

Pues en más de una ocasión observé que se aprobaron leyes a sabiendas que había algunos errores gramaticales o artículos que podían ser contradictorios con otros. Especialmente en el caso que fueran leyes que se debían transponer de una Directiva comunitaria y se iba con retraso en su tramitación y, claro, con la amenaza de multa sobre España.

Si en el Senado movías una coma del texto la ley no quedaba aprobada automáticamente, sino que debía volver al Congreso para una nueva votación y eso significaba más retraso (y la espada de Damocles de la multa encima). Conclusión, se aprueba como está y si más adelante hay que modificar los errores ya se hará.

Las prisas (bien sea por falta de tiempo o por no hacer las cosas cuando toca) traen en muchas ocasiones chapuzas. Tenemos que esforzarnos todos un poquito más para conjugar prisas y trabajo bien hecho, porque las prisas como dice el dicho son malas consejeras.

Monólogo: Ministerio Fiscal del tiempo


Hoy en nuestro teatro estrenaremos un post muy especial para un momento muy especial. Mi promoción de fiscales, la XXXVI, cumple 30 años, ahí es nada, y cuando leáis esto lo estaremos celebrando. Justo acabaremos de oír este monólogo, que publico a continuación de que sus primeros destinatarios, mis compis de promoción, lo hayan escuchado en primicia. Espero que os guste

Buenas noches a todas y todos.

Probablemente, penséis que soy una fiscal que ha venido aquí a contaros un rollo de los vuestros. Es más, igual me decís lo que m dice mucha gente, que si soy esa de los tacones y la toga que anda todo el día dando la vara en redes. ¿Cómo voy a ser yo esa petarda? Si soy, desde luego, mucho más guapa, dónde va a parar.

La cuestión es que no, no soy una fiscal. Soy una agente infiltrada del Ministerio del tiempo. O, mejor dicho, del Ministerio Fiscal del tiempo. Mis jefes me han encomendado una misión especial: ir al año 1992 y contar de primera mano cómo eran los fiscales -y las fiscales, que las había y muchas- entonces. Y allá que me fui. Y he venido a contaros lo que vi porque lo vais a flipar. Os lo aseguro.

Como es lógico, me fui a buscar al fiscal al Juzgado de guardia. No a una ciudad grande, sino a una cosa más medianita, que cae todo más a mano. Y cuál no sería mi sorpresa al no encontrar rastro de fiscal alguno

  • Ni está ni se le espera -oí a alguien por lo bajini i con una importante dosis de mala leche

Pero no me vine abajo, claro. Y m puse a indagar, haciendo preguntas como está mandado

  • Llegará cuando haya una comparecencia de prisión. ¿No?

Lo deje caer, como si nada. Y como es decía, lo vais a flipar. Me dijeron que no hay comparecencias de prisión, que a ver eso qué es si el juez puede meter en prisión a quine le dé la gana sin comparecencia ni nada, Confieso que me tuvieron que cerrar la boca de la impresión, pero disimulé y seguí adelante como si nada.

Mi siguiente paso no fallaría, lo tenía bien pensado

  • Parece que hay una mujer fuera que quiere denunciar violencia de género- dejé caer- Habrá que avisar al fiscal para la comparecencia de orden de protección

Os juro que si me hubieran salido dos cuernos verdes en medio de la frente no hubiera visto mayores caras de asombro. Allí nadie sabía qué era la violencia de género ni el alejamiento, ni nada de nada

  • No te estarás refiriendo a la pena de destierro ¿verdad?

De paste de boniato. Así me quedé. Así qu cambié de estrategia. Iría por las instalaciones en busca del fiscal perdido. Todo antes que presentarme ante mi jefa sin haber cumplido la misión.

Me senté en una mesa de las que había, porque no encontré despachos, y no os podéis imaginar qué vi. Alucinante. Nada de ordenadores ni similares, pero había un artefacto muy curioso. Tenía un teclado como el del ordenador pero había que hacer excavaciones sobre cada letra para conseguir que se moviera. Y nada de impresora, aunque salía un papel por una rueda muy extraña. Y ni una sola pantalla. Aún no me he recuperado de la impresión porque, además, solo había unas pocas cosas de esas. El resto eran bolis de los de toda la vida.

Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, vi algo que me resultó familiar. Un par de chias bastante jóvenes se devanaban los sesos ante un papel en el que rellenaban palotes. Una, con boli verde porque dijo que no encontró otro. Me acerqué y el papel me resultó familiar. Sus maldiciones aun más. Albricias. Estaban rellenando la estadística de fiscalía, esa cosa absurda de la que ayer mismo m hablaba el fiscal con el que me informé antes de empezar la misión. Era idéntico al de ahora. Había encontrado lo que buscaba.

Por si acaso, me quedé un rato contemplándolas y su conversación confirmó mis sospechas

  • Pues tendremos que espabilar, que en nada nos dan la instrucción
  • ¿Tú crees que es inminente eso de la instrucción al Ministerio Fiscal?
  • Claro. Lo ha dicho el ministro

No cabía duda. Había encontrado lo que buscaba. Mi misión había sido un éxito.

Ahora solo queda una incógnita por despejar: ¿habré merecido el aplauso?

Insoportables: al borde de un ataque de nervios


              Uno de mis títulos de película preferido es, sin duda, el de Mujeres al borde un ataque de nervios. Aparte de que la película se convirtió ya hace mucho en un referente, ese título ha dado para parafraseos varios. ¿Quién no se ha sentido al borde del ataque de nervios alguna vez? Y quien no ha cantado, como Camilo Sesto -o, en versión remasterizada Nathy Peluso- “Y ya no puedo más” a voz en grito

              En nuestro teatro podría decirse que vivimos al borde del ataque de nervios. Los plazos, la falta de medios, las reformas y la materia misma convierten nuestra vida toguitaconada en una carrera de obstáculos a la que llegamos sin la equipación adecuada. Y, aunque tratamos de superarlos, no podemos evitar que nos saquen de quicio.

              Ya dediqué en su día varios estrenos a esas cosas que molestan a abogados y abogadas, jueces y fiscales , lajs  y función pública . Pero, por desgracia, me quedé corta. Por eso hoy quería retomar el tema con la inestimable colaboración de mis compañeros y compañeras fiscales, aunque la inmensa mayoría de nuestras quejas son extrapolables a toda Toguilandia.

              Una de las quejas más frecuentes es la relativa, cómo no, al material. Los folios, aunque no lo parezca, siguen siendo un bien tan necesario como escaso, y de ahí que una compañera describa la situación diciendo que esperamos su llegada como alimañas y otra comente que a veces no queda otra que “robarlos” cual ninjas silenciosos en la noche. Y si se trata de posits, ya ni os cuento. O de bolis, que da mucha penita firmar con un bic sin tapa y ver como hay quien saca su estilográfica de luxe.

              Otro de nuestros caballos de batalla en cuanto a medios es la informática. Es desesperante llamar al servicio técnico que sea y perder la mañana escuchando un tono de espera que una acaba odiando. Y luego, te dan solución…o no. Y vuelta a empezar-

              El tóner, por supuesto, se convierte en producto de lujo y a veces hay que traficar con él como con el más clandestino de los productos de contrabando

              Las contraseñas que caducan son otra pesadilla. Como lo sigue siendo la videoconferencia con sus fallos que te hacen polvo. Aunque lo más desquiciante es no poder conectar porque “no está el funcionario que la lleva”. Y todo el mundo colgado. Verdad verdadera

              Por su parte, quienes ¿disfrutan? De fiscalía digital alucinan con sus fallos y su impotencia. Parece ser que ponerse a trabajar y no poder hacerlo porque el visor no va es una constante.

              Y para constantes, la estadística dichosa . Sea fiscalía digital o analógica, eso no cambia. Y parece mentira que, a pesar de tenerlo todo registrado -aun en  las fiscalía no digitalizadas- informáticamente, sigamos haciendo palotes cada mes por imposición. Y ojo, que a esta tortura han incorporado a jueces y juezas, que ahora saben de primera mano de qué nos quejábamos.

              Otras de las cosas de que se quejan -y con razón- es de la disparidad de festivos. Como quiera que gran parte de fiscales tenemos sede en una ciudad y juzgados e varios pueblos, el día que es fiesta en nuestra sede y señalan en el pueblo les hacen polvo. Y viceversa.

              ¿Y las prisas? Pues y dice el refrán que no son buenas consejeras, y quizá por eso suela darse el fenómeno de que hay muchas cuando te llaman y muy pocas cuando resuelven.

              Las conformidades darían para una novela entera. Me dicen que en las citas previas hay algunas que son como las peores de First Dates y, visto lo visto, lo creo. En ellas hay algo que nos altera mucho, y es que nos aprieten diciendo que hay un compañero que me lo baja más o me pone la multa a 2 euros.

              Y es que el Ministerio Fiscal será único pero sus componentes son diferentes. Por eso da tanta rabia cuando alguien llega a fiscalía, pregunta por el fiscal X y como quiera que el fiscal Y le dice que no está, pues le espeta un “da igual, tú me sirves”. Como si fuéramos cromos.

              Aunque, si hay algo con lo que nos pueden hacer polvo, es con los señalamientos. Ir a una sesión de juicios y que en medio haya varios sin fiscal, especialmente si es en un sitio lejano de nuestro despacho y sin despacho de fiscal, no es plato de gusto. Algo perfectamente extrapolable a lo que les ocurre a abogados y abogadas que hacen encaje de bolillos para completar el puzle de señalamientos.

              Pero para tortura compartida por todos los operadores jurídicos, las reformas. Los Códigos no duran ni un telediario y con lo que cuesta conseguirlos, acaban llenos de fotocopias, grapas, posts y anotaciones, siempre que nos dé tiempo a ponernos al día entre expediente y expediente que no es fácil.

              Y hasta aquí, estos problemillas nuestros de cada día, solo algunos de los muchos que surgen cada día. El aplauso no pude ser otro que para quienes los superan, casualmente, esos compañeros y compañeras que han tenido la generosidad de compartirlos. También son solo una muestra de quienes sufrimos cada día las cuitas de Toguilandia

#ArtistaInvitada: Escarlata Gutiérrez Mayo


Hoy tenemos una invitada de lujo. Amiga, compañera y luchadora infatigable dentro y fuera de redes, además de gran jurista. De esas personas que cada día aportan un chute de alegría. Ojala todo el mundo pudiera tener una Escarlata en su día, pero mientras así no sea no conformaremos con los libros que ha coordinado: Delitos informáticos y Prueba digital, ambos de Colex.

Un aplauso muy largo para ella

Delitos contra la intimidad en la era de las TIC

Los delitos contra la intimidad son los que más interés me suscitan porque en mi opinión son de los que más cambios han sufrido con la implantación y el uso extendido de las TIC y de las redes sociales. De esos papeles y cartas a que hace referencia el artículo 197.1 ya pocos casos quedan en la práctica. De hecho, el artículo 197 sufrió una modificación sustancial por la Ley Orgánica 1/2015, de 30 de marzo, para recoger supuestos prácticos, que claramente atentaban contra el bien jurídico intimidad, pero no tenían encaje en el 197, como ocurrió con el denominado sexting que se introdujo en el apartado 7 de este artículo, y que castiga con una pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis a doce meses “al que, sin autorización de la persona afectada, difunda, revele o ceda a terceros imágenes o grabaciones audiovisuales de aquélla que hubiera obtenido con su anuencia en un domicilio o en cualquier otro lugar fuera del alcance de la mirada de terceros, cuando la divulgación menoscabe gravemente la intimidad personal de esa persona.”

Posteriormente, la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, introdujo un párrafo en este artículo con el siguiente tenor: “Se impondrá la pena de multa de uno a tres meses a quien habiendo recibido las imágenes o grabaciones audiovisuales a las que se refiere el párrafo anterior las difunda, revele o ceda a terceros sin el consentimiento de la persona afectada.”

Pero los cambios producidos por la implantación y el uso de las TIC, y en particular de las redes sociales, no solo se han producido a la hora de encajar nuevas conductas en el tipo, sino principalmente en las consecuencias de estos delitos por el efecto multiplicador en la lesión del bien jurídico protegido que el uso de las TIC produce. Es por todos conocidos la denominada viralidad que tienen las imágenes de contenido íntimo que se comparten a través de redes sociales y lo complicado que es, no solo parar esa difusión, sino retirar posteriormente el contenido compartido.

Estos delitos tienen un claro sesgo de género, ya que afectan en mucha mayor medida a las mujeres. En términos generales, dentro de los delitos cometidos a través de las TIC han aumentado los que integran la denominada violencia digital, entendiendo por ésta la que se comete y expande a través de medios digitales como redes sociales, correo electrónico o aplicaciones de mensajería móvil, y que causa daños a la dignidad, la integridad y/o la seguridad de las víctimas. Esta violencia digital afecta en mayor medida a las mujeres, así según ONU mujeres el 73% de las mujeres en el mundo han estado expuestas o han experimentado algún tipo de violencia en línea. El 90% de las víctimas de la distribución digital no consentida de imágenes íntimas son mujeres. A nivel mundial, 23% de las mujeres manifestaron haber sufrido abuso o acoso en línea al menos una vez en su vida, y que 1 de cada 10 mujeres, de 15 años en adelante, ha sido víctima de alguna forma de violencia en línea.

Este tipo de violencia de género digital, además de otras consecuencias, persigue y provoca que las mujeres reduzcan su presencia en Internet y en las redes sociales. En este sentido las investigaciones indican que el 28% de las mujeres que fueron objeto de violencia basada en las TIC han reducido deliberadamente su presencia en línea. Lo que intensifica la brecha de género que ya existe en el uso de las TIC.

Volviendo a los delitos contra la intimidad, y en particular al denominado delito de sexting, social y culturalmente afecta y estigmatiza fundamentalmente a las mujeres. En este sentido lo recoge la Sentencia del Tribunal Supremo 447/2021, de 26 de mayo (ponente Javier Hernández), en un supuesto en que el acusado amenazaba a la víctima mujer menor de edad con difundir imágenes de contenido íntimo que le había enviado previamente si no seguía mandándole más. En esta resolución el Tribunal Supremo señala que “el riesgo para cualquiera, pero muy en especial para una mujer menor, de que la imagen de su cuerpo desnudo, mostrando, además, actos de contenido sexual, pueda ser distribuida por una red social de la que participan muchas personas de su entorno social y afectivo, adquiere gran gravedad. No solo por lo que pueda suponer de intensa lesión de su derecho a la intimidad sino, además, de profunda alteración de sus relaciones personales y de su propia autopercepción individual y social.

Este nuevo ciberespacio de interacción social fragiliza los marcos de protección de la intimidad. además, cuando tales datos se relacionan con la sexualidad, junto a su divulgación indiscriminada, y en especial si la víctima es mujer, y a consecuencia de constructos sociales marcados muchas veces por hondas raíces ideológicas patriarcales y machistas, se activan mecanismos en red de criminalización, humillación y desprecio

La revelación en redes sociales de la cosificación sexual a la que ha sido sometida la víctima, y en especial cuando es mujer y menor puede tener efectos extremadamente graves sobre muchos planos vitales. Lo que ha venido a denominarse como un escenario digital de la polivictimación. No cabe duda, por tanto, que la llamada “sextorsión” constituye una de las formas más graves de ciberviolencia intimidatoria.”

Por último, con ocasión de estos delitos se pone generalmente el foco de atención y se intenta culpabilizar a la víctima por haber compartido imágenes de contenido íntimo con quien ha considerado oportuno. El foco de atención no debe recaer en ningún caso en que no deben compartirse imágenes íntimas, sino en que quien recibe dichas imágenes, o las capta con consentimiento, no puede posteriormente redifundirlas a terceros. En este mismo sentido lo señala la sentencia del Tribunal Supremo 70/2020, de 24 de febrero, (ponente Manuel Marchena) que confirma la condena del Juzgado de lo Penal por un delito del art 197.7 del Código Penal en un supuesto de reenvío por el acusado a un tercero de una foto de un desnudo que la perjudicada había mandado voluntariamente al acusado. Entiende el Tribunal Supremo en esta resolución que “no puede entenderse que fue la propia víctima la que creó el riesgo de su difusión, remitiendo su propia foto al acusado. Quien remite a una persona en la que confía una foto expresiva de su propia intimidad no está renunciando anticipadamente a ésta. Tampoco está sacrificando de forma irremediable su privacidad. Su gesto de confiada entrega y selectiva exposición a una persona cuya lealtad no cuestiona, no merece el castigo de la exposición al fisgoneo colectivo.

Acuerdos: pájaro en mano


              Hay un refrán que dice que, si uno no quiere, dos no riñen. Y no sé si será cierto, pero lo que sí que es verdad es que los acuerdos dan mucho de sí, en la vida, y, por supuesto, en el cine, sea El acuerdo, sin más, o sea Un acuerdo original, que de todo hay en la viña del señor. Y si no, que se lo digan a todos esos artistas que han llegado a acuerdos millonarios con tal de no serobjeto de una demanda por uno u otro motivo, que ya dice otro refrán eso de Pleitos tengas y los ganes.

              En nuestro teatro, los acuerdos están a la orden del día. De hecho, tenemos refrán propio, y bien conocido y usado: más vale un mal acuerdo que un buen juicio. Y, mal que no sepan, es la pura verdad. A veces merece la pena renunciar a una parte de lo que supuestamente se puede obtener en un pleito, con tal de obtener una resolución segura y, sobre todo, rápida. Siguiendo con el refranero, más vale pájaro en mano que ciento volando.

              Tal vez los acuerdos más conocidos sean los que tiene lugar en el orden penal, las famosas conformidades que a veces hacen que los juzgados se parezcan a un mercado más de lo que debiera, y que ya tuvieron su propio estreno hace tiempo, como no podía ser de otra manera.

              Hoy, sin embargo, vamos a meter mano a otros acuerdos. A aquellos que, dentro de la jurisdicción penal, no están procesalmente previstos, y a los que pertenecen al ámbito de otras jurisdicciones, que ya se sabe que no solo de Derecho Penal vie la jurista.

              En cuanto a la jurisdicción penal, está claro lo que hemos de hacer cuando nos encontramos ante un procedimiento abreviado, o un juicio rápido. Sea en la guardia o sea en la puerta del Juzgado de lo Penal o la Audiencia -no hay manera de que se nos quite la manía de dejarlo todo para el último momento, por una u otra causa- el Ministerio Fiscal ofrece una pena dentro del límite legal que las partes aceptan. Y con eso y un bizcocho, hasta mañana a las ocho. Otro tanto ocurre con los sumarios y hasta los jurados siempre que la pena pactada esté dentro del límite previsto para conformar, que nunca puede ser mayor de 6 años de prisión, que es lo que la ley todavía llama en algunos sitios pena correccional, y a buen seguro que corregir, corrige.

              La cuestión surge cuando la pena excede de ese límite. En esos casos, si las partes quieren conformarse en cualquier caso, hemos de hacer una suerte de paripé para que procesalmente tenga encaje la cosa. Generalmente, se reconocen los hechos, se realiza una prueba muy sucinta que consiste en ratificar declaraciones o periciales, y, con eso, el Ministerio Fisca realiza una calificación acorde a lo pactado, a la que las partes se adhieren. Y hasta aquí, todo en orden. Pero confieso que siempre me quedo con la misma zozobra. ¿Qué pasa si alguna de las partes, fundamentalmente la defensa, no es leal a lo pactado y aprovecha esa casi renuncia a la prueba para solicitar una absolución? Pues que, además de las ganas de asesinarla, no quedaríamos con una mano delante y una detrás, por decirlo finamente. Por eso más valdría que todas estas cuestiones estuvieran previstas y no tuviéramos que echar mano de imaginación jurídica, no fuera a desbocarse.

              Por el otro lado, tenemos los delitos leves, donde tampoco está prevista estrictamente la conformidad, de modo que lo único que se puede hacer es la misma maniobra: reconocer, calificar conforme a lo pactado y adherirse las partes. No deja de resultar curioso -por no decir otra cosa- que no se haya previsto la rebaja del tercio en los delitos leves que sí que existe en los juicios rápidos con conformidad. Así que tratamos de hacer justicia y dar valor a ese reconocimiento como podemos, dentro del libre arbitrio. No queda otra.

              Pero si en alguna materia son útiles y frecuentes los acuerdos es el Derecho de Familia. En estos casos, que se ventilan cuestiones tan personales, se hace más cierto que nunca lo del acuerdo y el juicio. Teniendo en cuenta, por supuesto, que la intervención del Ministerio Fiscal, si hay menores, y, en todo caso, de Su Señoría, tratará de impedir que no existan abusos a la hora de forzar pactos. Todo tiene un límite. Nadie puede imaginar la de cosas que pueden frustrar un acuerdo. Yo siempre recuerdo a una pareja que, estando de acuerdo en casi todo, chocaron con un obstáculo insalvable: ambos querían quedarse el original del vídeo de la boda. No entendí entonces ni entiendo ahora qué más dará tener un original o una copia y, sobre todo, para qué puñetas quieren conservar un recuerdo de algo que esté roto, peeo me quedé sin saberlo. Quizás si hubiera visto el vídeo de la discordia lo hubiera comprendido, pero ni hubo opción.

              Por otro lado, y salvo la materia de familia y alguna cuestión más de orden público, el Derecho Civil es territorio abonado para los acuerdos extrajudiciales. Al tratarse de jurisdicción rogada, si las partes llegan a un acuerdo y desisten de su pretensión, el proceso no llega a nacer o se acaba con los que conocemos como crisis procesales , fundamentalmente el desistimiento y el

Ñallanamiento.

              Otro tanto cabe decir de las jurisdicciones social o contencioso administrativa donde los acuerdos son tan frecuentes que, si no existieran, se colapsarían por completo los juzgados. Y es que el refranero es muy listo a la hora de aconsejarnos el pacto.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que haya acuerdo a la hora de juzgarlo y que sea para bien. Y no me olvido del aplauso. Dedicado, por descontado, a quienes propician lo acuerdos sin llegar a forzarlos. Un equilibrio tan difícil que bien vale una ovación

Si fuera: de nuevo en juego


                Hace un tiempo iniciamos una sección que sale a la luz de vez en cuando dedicada a juegos en versión toguitaconada. Y hoy quería invitaros a jugar a algo que todo el mundo ha hecho alguna vez, para distraerse en días de lluvia, en esos viajes largos en coche que nunca se acababan, o, simplemente, cuando se tenía ganas de pasar un buen rato sin más.

                El juego es sencillo. Empezar una frase con “si fuera…” y jugar añadiendo cualquier cosa y buscando, obviamente, una respuesta más o menos ingeniosa según la gracia de quien la dé. Y hoy vamos a jugar a eso en nuestro teatro. Y, por supuesto, con elementos propios de nuestro escenario y espero que a la altura del mismo. De eso dependerá el aplauso final. Allá vamos.

                Empezaremos con lo fácil. Si fuera una tragedia ¿qué sería? Pues evidentemente, un asunto de violencia de género de esos que nos ponen los pelos como escarpias, esos inexplicables casos de violencia vicaria que siembran el dolor no en una sino en muchas familias.

                Sin embargo, si fuera una comedia, tampoco tendría dudas. Sería, a buen seguro, uno de esos juicios de faltas de antaño que tanto nos hicieron reír, esas riñas de vecinas que se tiran la lejía a la ropa recién tendida como arma arrojadiza o gritan por el hueco de la escalera que la otra es una cochina porque no se lava la faja o una fresca porque tiene tangas de todos los colores y lencería picante. Una comedia a caballo entre Almódovar y Berlanga.

                ¿Y si fuera un documental? Pues por la seriedad del tema y del tratamiento, me vienen a la cabeza esos juicios de materia económica en que hay muchas cifras y poco morbo, mucho documento y poco testigo. Aunque la verdad es que también cabrían algunos juicios contencioso-administrativos sobre materias más difíciles que lucidas.

                Por supuesto, si fuera comedia romántica, nos remitiríamos de inmediato al Derecho de Familia, aunque cometeríamos un error. El Derecho de Familia trata en gran medida las crisis matrimoniales y análogas, y sus posibles soluciones, y eso más bien puede acabar en un drama tipo La guerra de los Rose que en una comedia romántica del tipo cuando Harry encontró a Sally. Así que, para género rosa, más bien deberíamos acudir al Registro Civil que es donde se tramitan los matrimonios, que luego se celebran allí o en otros lugares como Ayuntamientos o Notarias. Que vivan los novios.

                Aunque si hay algo fácil de encontrar en nuestro caso es la repuesta a si fuera una novela negra. Tenemos argumentos para dar y regalar todos los días en nuestros Juzgados de guardia. En estos casos se puede decir sin miedo a equivocarnos que la realidad supera la ficción. De largo.

                Muy cerca de esta respuesta es la que daríamos a la pregunta de qué sería si fuera un thriller. Y sería, sin duda, uno de esos asuntos que, aun sin ser muy frecuentes, nunca se olvidan cuando se viven. Pienso en asesinos en serie, por ejemplo, que no solo viven en las películas. En toda mi vida profesional he visto dos, pero lo he visto. Y eso nunca se olvida.

                ¿Y si fuera un cortometraje? Pues podrán ser los delitos leves, o los acuerdos en diversas materias, incluso los juicios de familia en rebeldía, pero de todas las opciones yo me quedo con las conformidades en Derecho Penal, esos juicios a los que la gente acude pensando que va a asistir al momentazo de su vida y se va en menos de lo que canta un gallo. Esa es, al menos, la impresión con la que acaban algunos testigos si no nos molestamos en explicarles qué ha pasado.

                Por supuesto, si fuera una obra de cine comprometido también tenemos varios candidatos. En la lista estarían todos esos juicios donde se ventilan derechos fundamentales, como ocurre en algunos juicios de la jurisdicción social, y también podríamos encajar en este molde los procedimientos relativos a delitos de odio.

                Y hasta aquí, este pequeño entretenimiento. Os animo a imaginaros vuestros propios si fuera toguitaconados. Mientras, espero el aplauso, si es que el juego ha sido del gusto del público. Y si no, tomates. Siempre saldrá una buena ensalada