Besos: de lo mejor a lo peor


              El beso es una de las muestras de afecto más evidentes y más agradables que hay. Pero también e beso se puede convertir en todo l contrario. Hay Besos protagonistas de canciones, sean en todo tiempo y lugar ese El beso en España más patrio y folklórico. También los hay que dan título a películas, se Mi primer beso, o cualquiera otro de Los besos de después. Aunque mis besos cinematográficos preferidos son los que guardaba el protagonista de Cinema Paradiso entre los que habían sido censurados

              En nuestro teatro, los besos pueden pasar del todo a la nada en un nanosegundo. Y es que pueden ser una muestra de afecto de los más normal entre profesionales, o ser el clarísimo objeto de delito. Con todo un abanico de posibilidades de por medio.

              Hubo un momento, que yo no viví afortunadamente, donde los besos estaban prohibidos. Si se daban en el cine, eran inmediato objeto de las tijeras del censor de turno, y si se daban en la calle, podían ser constitutivos del delito de escándalo público, ese delito que existía hasta en casos donde no hubiera público que se escandalizase. Recuerdo un caso que nos cotaba mi profesor de Derecho Penal en que unos guardias civiles descubrían desde un escondrijo a unos muchachos masturbándose escondidos detrás de un árbol en un bosque. Pues bien, aunque no estaban a la vista de nadie e incluso las fuerzas del orden que los avistaron necesitaron prismáticos para hacerlo, fueron acusados de escándalo público. Afortunadamente, cosas del pasado, aunque no tan lejano como creemos.

              También pertenece al pasado, y también por suerte, el duro castigo que podrían llevarse dos personas del mismo sexo que fueran sorprendidas besándose. Menos mal que ese pasado está ya enterrado, al menos en lo que a la ley se refiere, porque la homofobia sigue existiendo.

              Pero hasta hace nada todavía se hablaba de “besos robados” o se cantaba “me debes un beso” como si fuera algo que se pudiera arrancar a alguien contra su voluntad. Pero las cosas ya no son así. Tras las últimas reformas, cualquier acto de contenido sexual, cualquier tocamiento o conducta de este tipo, realizadas contra la voluntad el sujeto pasivo, son constitutivas de delito contra la libertad sexual, sin necesidad de que exista violencia ni intimidación de ningún tipo.

              Es cierto que hay quien afirma que es una exageración, que es algo así como pasarse de rosca el castigar esas conductas, pero difícilmente se puede mantener. Aunque durante mucho tiempo las mujeres nos resignábamos a aguantar determinadas cosas como sos toqueteos furtivos en el transporte públicos tan desagradables. Pero ahora no tenemos por qé aguantar ni eso ni nada que no queramos. Y por eso denunciar esas conductas no es ninguna exageración, como tampoco lo es castigarlas dentro del principio de proporcionalidad que la ley establece.

              Sin duda, en los últimos tiempos, el caso más conocido de un beso inconsentido con consecuencias penales ha sido el que le estampó a la fuerza a la vista de todo el mundo el entonces `residente de la Federación de Fútbol a la futbolista Jennifer Hermoso tras la final de la copa del mundo en que España se hizo con la victoria. Es cierto que a día de hoy no hay sentencia, aunque sí un procedimiento en marcha, pero también son evidentes las consecuencias que más allá del ámbito penal han reportado a su autor. Y eso, por más que é quisiera minimizarlo llamándolo “piquito” e insistiendo en que no fue contra la voluntad de la víctima.

              Por último, cabría preguntarnos qué pasa con esos besos de cortesía para saludar que son costumbre en nuestra tierra, que han vuelto, aunque durante la pandemia par4cía que habían desaparecido para siempre. Pues, aunque no siempre son agradables, siempre que entren en ese uso social habrá que aguantarse, como le pasaba a Mafalda ante los besos de la tía Paca. Tal vez habría que replantearse qué hacer con esta costumbre, pero, de momento, ahí está

              Así que con esto cierro el telón por hoy. Y esta vez, en vez de aplauso, os envío un beso desde Con Mi Toga Y Mis Tacones. Un beso que, aunque alguien no quisiera recibir, no tiene consecuencias penales porque solo es virtual. Eso sí, lleno de todo mi cariño. Aquí os lo dejo.

Otras vacaciones: quienes no disfrutan


              Todo el mundo relaciona las vacaciones con descanso, alegría y relax, sea playa, montaña, viaje o sofá. Las vacaciones tienen incluso su propio subgénero cinematográfico, de películas familiares como 12 fuera de casa, Vacaciones de verano , El verano de mi vida, Vacaciones en Roma o de otro tipo como Y de repente, el último verano o El turista accidental. Y, por supuesto, la serie veraniega por antonomasia, la icónica Verano azul. Pero hay para quien el verano es todo lo contrario: las vacaciones no existen o la situación es incluso peor que cuando no las hay.

              En nuestro teatro, el mes de agosto es, como en la mayoría de los sectores, el momento de echar el freno. Aunque solo para algunos, porque, como bien sabemos, los criminales no se toman descanso y quienes les perseguimos no tenemos más remedio que estar al rebufo. Gajes del oficio.

              Pero hoy no me quería ocupar de quienes habitamos Toguilandia ni de quienes las deshabitamos en verano. A eso ya hemos dedicado varios estrenos, incluidos los referentes a las no-vacaciones de quienes, voluntaria u obligatoriamente, se queda. Pero lo bien cierto es que, salvo alguna excepción, el mes de agosto es inhábil y, al no haber juicio, hay menos trabajo. Eso sí, “menos” no significa que no haya trabajo. Ni tampoco que a nuestra vuelta nos encontremos las mesas tan llenas que no se pueda entrar en el despacho si no es con pértiga saltando expedientes. Es lo que hay un año tras otro.

              Pero hoy me quería acordar de otras personas. De esas en que no pensamos mucho y menos aun en vacaciones, porque no siquiera los informativos les hacen caso.

              Así, me acuerdo, en primer lugar, de las mujeres afganas, que vieron como un verano hace ya tres años sus vidas cambiaban para siempre. O, mejor dicho, pasaban a no tener vida, porque el régimen talibán se lo quitaba todo: la educación, la identidad, la intimidad y, sin duda alguna, la libertad. Todo lo que no sea ser una invisible prolongación sumisa del hombre es prohibida, y da lugar a una represión brutal. Por eso las que habían sido juezas y fiscales han tenido que salir pasando todas las penalidades posibles, y eso si han conseguido salvar la vida. No las olvidemos a ellas, a quienes pudieron salir y a quienes no, a las que se fueron y a las que se quedaron.

Por descontado, también hay que acordarse de quienes padecen los efectos de las guerras, que tampoco descansan por vacaciones, y respecto de las cuales los hechos han demostrado que están mucho más cerca de lo que penábamos

              También hay que acordarse estos días de las víctimas de violencia de género, y no porque este esté siendo un “verano negro” sino porque, si tiramos de hemeroteca, todos o cas todos lo son para esta tragedia. Y es que no se trata de que las vacacione cause la violencia de género, pero sí la alimentan. Cuando en un hogar existe un polvorín dispuesto en cualquier momento a estallar, el aumento de la convivencia y de las situaciones de crisis incrementan las posibilidades de que haya más resultados, o que estos sean fatales. A los hechos me remito. A los hechos, y a mi experiencia de muchas guardias veraniegas en los juzgados especializados, donde estos hechos no dejan de llegarnos cada día.

              Casi por las mismas razones, se incrementa el infierno que supone la violencia doméstica para quienes viven en él. Maltratos de padres a hijos, de hijos a padres y de cualquier otro tipo, que siempre son una pesadilla, lo son todavía más cuando las vacaciones convierten la convivencia en una condena. Y sin necesidad de juez ni jueza que la imponga.

              Otra situación que agrava las vacaciones es la relacionada con la pobreza. Quienes no llegan a fin de mes se encuentran con que sus hijos e hijas ya no comen en el colegio, y no pueden afrontar más gasto. Tampoco pueden permitirse pagar a nadie para que este con ellos mientras trabajan, si lo hacen, y, como decía el título de aquella serie de televisión, los problemas crecen.

              Y, por último, hay que hablar de algo que afecta a la mayoría de personas, fuera y dentro de Toguilandia. Hablo, por supuesto, de la conciliación o, mejor dicho, la corresponsabilidad, o la falta de ella. Las vacaciones escolares dejan a nuestras criaturas sin ocupación durante el día a lo largo de casi tres meses mientras que nuestras vacaciones, en el mejor de los casos y, salvo alguna excepción como el caso de los maestros, solo duran un mes. Y eso hace que haya que echar mano de abuelos y abuelas, de pagar canguros si una se lo puede permitir. O de acabar llevando a nuestros retoños al despacho, que en estos días he visto más de una criaturita pululando por los juzgados, sea acompañando a quienes trabajan o a quienes denuncian.

              Y con esto cierro el telón por hoy, con un aplauso para quienes no disfrutan, sino que sufren las vacaciones. Todo mi apoyo toguitaconado.

Rock de la cárcel: hace tanto…


Como estamos en verano, y es tiempo de vacaciones, en Con Mi Toga y Mis Tacones también queremos relajar un poco un tono, y hacerlo, cómo no, con un relato. El relato de hoy viene a propósito del aniversario de la muerte de Elvis Presley, el rey del rock, un mes de agosto allá por 1977.

Este relato forma parte del libro dedicado al Rey por el grupo de escritores Generación Bibliocafé, al que pertenezco. Y espero que os guste

Aloha

-Pasajeros del vuelo 2343 con destino Hawái. Última llamada para efectuar el embarque

Tuve dudas hasta el último momento. No sabía si subirme a ese avión no sería una completa locura. Pero, al final, me decidí, más que nada por la ilusión que había puesto mi hermana en aquel regalo.

Me sorprendió con los billetes el día de mi cumpleaños. Yo salía de un momento horrible de mi vida, el final de un matrimonio con el que tuve que acabar para que no acabara con mi vida. El juicio por malos tratos, la reacción de mis hijos y el miedo permanente fueron solo escalones de una caída en picado que aun no sabía donde tenía su final. Pero había que seguir.

Mi hermana quiso recordar un capítulo de mi infancia que yo casi había olvidado. Era el verano de 1977 y mi madre me encontró llorando desconsoladamente en mi cama. Ante sus atónitos ojos, arrojé el cerdito de barro que contenía todos los ahorros de mis siete años. Me miraba sin saber qué hacer

-Se ha muerto -gritaba yo- Se ha muerto

-¿Quién?

-Elvis, el chico de las pelis de Hawái.

-¿Y eso que tiene que ver con tu hucha?

-Yo estaba ahorrando para viajar a esa isla. Quería encontrarme con él y que me cantara una de esas canciones tan bonitas mientras me ponían un collar de flores. Y ahora ya no puede ser. Ya no va a pasar nunca

El disgusto me duró un tiempo, pero nunca olvidé del todo mi hucha de cerdito y lo que significaba. Adoraba aquellas películas un tanto cursis que reponían en la televisión de vez en cuando y estaba enamorada de la cara y la voz y el cuerpo de su protagonista, un Elvis Presley almibarado y relamido que nada tenía que ver con la imagen que proyectaban en televisión tras su muerte. Aquel señor hinchado y con un traje blanco de flecos nada tenía que ver con mi ídolo. Nada de nada.

Cuando pasó lo que pasó con mi marido, mi hermana se desvivió por buscar algo que me ilusionara. Recordó que mi madre guardó el cerdito y le contó la anécdota y me trajo los pedazos de barro esmaltado envueltos en papel de regalo junto a los billetes de avión y la reserva de hotel. Nunca encontraría a Elvis, pero sí podría reencontrarme con la niña que fui, una niña que había olvidado hacía mucho tiempo.

Subí al avión. Me tocó un compañero de asiento de aspecto peculiar. Tanto, que no pude dejar de mirar su tupé.

-Hola, me llamo Elvis. Y sí, ya sé que es raro, pero mi madre admiraba tanto a Elvis Presley que me endosó su nombre

-Bueno, es bonito

-Es un poco hortera, como mi tupé -sonrió- ¿verdad?

-No sé qué decir

-La verdad es que no sé muy bien qué hago aquí ni por qué te cuento esto. Pero mi madre ha muerto y yo le había prometido este viaje desde hacía mucho tiempo. Lo tenía todo preparado para su cumpleaños, pero un ictus fulminante me la robado

-Lo siento

-La vida hace estas putadas -se limpió una lagrima- Pero he querido hacer el viaje que había previsto igualmente

-Como homenaje ¿no?

-Algo así. Mi madre era fan de Elvis. Pero no del Elvis de Las Vegas, ni de esos trajes de lentejuelas. Mi madre amaba al Elvis de las películas de Hawái -sonrió de nuevo- Te parece cursi ¿verdad?

-Para nada -la que sonreí fue yo- Me parece perfecto…Elvis

En ese momento, bendije a mi hermana por su ocurrencia, y a mi madre por guardar el cerdito y el recuerdo. Y pensé que, al fin y al cabo, aquellos ahorros habían acabado teniendo el fin previsto. Por eso le mandé un mensaje en cuanto tomamos tierra

“Aloha. Lo encontré”

Y, en ese mismo momento, empecé a vivir de nuevo

Geografía: ¿estereotipos regionales?


              A veces, cuando algo reseñable ocurre en un lugar determinado, se acaba tomando la parte por el todo y el origen geográfico acaba relacionándose con ese hecho para siempre. En el cine, hay títulos muy ilustrativos como Divorcio a la italiana -también Matrimonio a la italiana- o Un seductor a la francesa. Y, cómo no, un Typical Spanish tan típico como toda una época.

              En nuestro teatro, el origen geográfico no debería afectar en nada, y como la igualdad ante la ley es lo que tiene, no puede hacerlo. Pero eso no quita para que determinados apellidos regionales o nacionales hayan marcado un modo de proceder hasta convertirse en parte de su nombre.

              Tal vez el ejemplo más conocido es lo que digo son llamadas querellas catalanas. Cualquiera de quienes transitamos por Toguilandia, sobre todo quienes cabalgan entre la jurisdicción civil y la penal, se ha encontrado alguna vez con una de ellas. La mayoría del mundo toguitaconado sabe qué son, una maniobra procesal que consiste en interponer una querella para llevar a la jurisdicción penal hechos que entran en el ámbito civil, usado con fines dilatorios, o destinada a conseguir la práctica de pruebas, o ambas cosas a un tiempo. Lo que es más desconocido es su origen, que suele atribuirse a una disputa, allá por la Edad Media, entre comerciantes genoveses y catalanes por un contrato, y los catalanes, en lugar de la negociación habitual, presentaron sorpresivamente una reclamación judicial, dejando descolocados a sus contrarios. En definitiva, las querellas catalanas han pasado a la cultura jurídico popular como un modo de proceder que van mas allá de obtener una resolución convencional. De hecho, pueden llegar retorcer la justicia tratando de obtener un acuerdo satisfactorio a cambio de retirar la querella, aunque eso no siempre sale bien. Porque puede costarles la torta un pan, que el hecho realmente entre en el ámbito del delito, y que el Ministerio Fiscal continúe a pesar de esa retirada de la querella, con lo que el pretendido acuerdo quede en nada. En cualquier caso, es una maniobra cuanto menos poco ortodoxa, y es injusto que el pueblo catalán cargue con este estigma jurídico. Pero es difícil luchar contra ello.

              Otro supuesto bien conocido es de las cartas nigerianas, también llamada “timo nigeriano” o “estafa nigeriana”. Se trata de un delio informático en que se hace creer a la víctima que puede obtener una gran suma de dinero a cambio de ayudar a sus autores a sacar del país un dinero supuestamente recibido por una herencia o similar, para lo cual el incauto ha de adelantar una cantidad, de la que ya se puede ir olvidando. El origen del nombre proviene de que el timo empezó con una carta de un supuesto príncipe o alto cargo nigeriano que se ganaba la confianza de la víctima, y que se generalizó en la deuda de los 90 desde Nigeria, que atravesaba una época de inestabilidad importante. Y, ya se sabe, la necesidad agudiza el ingenio. Y, en este caso, perpetúa el nombre, para pesar de todas las personas nigerianas de buena fe.

              Diferente s el caso del denominado “timo del nazareno”. Consiste en ganarse la confianza de la victima haciéndose pasar por una empresa solvente y dejarla colgada cuando hace una entrega considerable del producto de que se trate. Y, aunque alguien podría llevarse a engaño con el origen geográfico de esta práctica, nada que ver con ello. Recibe ese nombre como guiño a la Semana Santa, para aludir a la procesión de acreedores que se presentan ante la empresa estafadora, que ha tomado las de Villadiego.

              Sin embargo, el divorcio a la italiana, al que me refría al principio no supone, aunque pudiera parecer, algún modo de proceder el Derecho de familia que nos hubiera llegado dl país con forma de bota. Se trata del título de una película antológica, que, sobre todo, critica la hipocresía social. Así que no me resisto a reproducir una frase de otro cineasta, Clint Eastwood “Dicen que los matrimonios están hechos en el Cielo, pero también en el Cielo están hechos los truenos y los relámpagos” Ahí queda eso.

              Otra alusión geográfica con la que nos encontramos de vez en cando, por desgracia, es la del puño americano. No es ninguna figura jurídica ni pseudo jurídica, pero sí es un arma prohibida, peligrosa, y que suele verse en peleas entre bandas o incluso delitos de odio violentos. Y, en este caso, aunque el rigen no es americano sino de la antigua Grecia, pasando por Roma y hasta por Japón, fue la producción en serie en Estados Unidos en la Guerra de Secesión, en que los fabricaban con el plomo de las balas, lo que les cargó el sambenito. Qué le vamos a hacer.

              Y, por supuesto, no podemos olvidar determinadas prácticas sexuales que, realizadas sin consentimiento, darán lugar a delitos contra la libertad sexual, como el griego o el francés. No hace falta que diga mucho más.

              También podemos aludir a otras conductas “geografizadas” como “despedirse a la francesa”, que podría servir para definir un abandono de familia de los de antes, o a atributos tan estereotipados como la puntualidad británica -que ojalá cundiera como ejemplo en juicios-, la disciplina germánica o la rigidez soviética. Y alguna más que seguro que me dejo.

              Y para acabar hoy, y antes de cerrar el telón, el aplauso. Que, en mi caso, viene desde Valencia, como la paella, la horchata y las Fallas, y lo dedico a quienes pasan por encima de todos esos estereotipos regionales que, en muchas ocasiones, son muy injustos

Peluquería: y yo con estos pelos


              No siempre sabemos darle importancia al peinado, pero tiene mucho más de lo que a priori pudiéramos pensar. El peinado define toda una época, y así lo vemos en películas como Grease, Hair o Hairspray. ¿Qué sería de Maria Antonieta sin su pelucón, de Elvis sin su tupé, o de Kojac sin su calva? Pues ahí vamos. Como reza el dicho, y yo con estos pelos.

              En nuestro teatro, podríamos pensar que el tema de peinados y atributos capilares varios no nos afectan, pro no es tan cierto. Y es que, aparte del apellido de un juez cuyas resoluciones ciertamente originales -por decirlo de algún modo-, lo que llevamos en la cabeza cuenta. Y mucho.

              Si cualquier persona ajena a Toguilandia piensa en la imagen de un miembro de la judicatura, seguro que se le viene a la cabeza un señor -o señora, aunque el estereotipo suele ser masculino- con una peluca de tirabuzones blancos que le da un aspecto entre viejuno y serio que sirve para todo menos para acercar la justicia a la ciudadanía. Esa es una imagen que no responde en absoluto a nuestra tradición jurídica, pero la cultura audiovisual anglosajona la ha metido en el disco duro de mucha gente. Algo parecido a lo que ocurre con la maza, que nunca se había utilizado aquí, en que se usaba a los mismos efectos una campanilla, pero que poco a poco, por efecto de películas y series de televisión, va viéndose en nuestras salas de vistas. Espero que no ocurra igual con las pelucas, aunque sé de buena tinta que a algún juez le apetecería llevarla para disimular su incipiente -o no tan incipiente- calvorota e igualarnos en lo que a entradas se refiere. Y es que los hay que no tienen ni un pelo de tontos.

              En nuestro país, lo que se llevó durante mucho tiempo es el birrete, ese sombrerito que tiene un polígono en la base y un pompón gigante en la parte de arriba, que se sigue viendo en ámbitos universitarios. Y es que en los actos universitarios también usan la toga, pero, a diferencia de lo que ocurre en Toguilandia, solo para eventos solemnes, y lo hacen con una beca del color de la facultad de que se trate, y el famoso birrete. En nuestro teatro se dejaron de usar, hasta el punto de que una fiscal de sala me contaba que ella ya utilizaba la de su padre, abogado, para limpiar los discos -eso que hoy llaman “vinilos” y que era el soporte habitual de la música- para cabreo de su togado padre.

              Otro de los elementos habituales en películas y series, y no tanto en la vida real, es el moño. El celuloide suele representar a la fiscal como una señora muy seria -y, muchas veces, muy maña- que lleva un moño apretado y unas gafas de pasta, y que está empeñada en que se condene al acusado a toda costa porque aspira a ser gobernadora del Estado. Como ya he dicho más veces, aquí nada de nada. Ni somos malas, ni queremos que se condene a nadie que no sea culpable, ni aspiramos a ser gobernadoras de nada. Y no solemos llevar moño. Yo, de hecho, solo lo llevo cuando hace mucho calor y el aire acondicionado no da de sí. Bueno y cuando hago ballet o me visto de fallera, en mis momentos destoguitaconados.

              De hecho, quien me conoce sabe que mi look habitual en sala, aparte, naturalmente, de mi toga y mis tacones, consiste en llevar mi melena recogida por unas gafas de sol a modo de diadema, llueva o haga sol. Ya he contado más veces que eso ha dado lugar a más de una anécdota, Entre ellas, mi preferida fue algo que me pasó hace mucho tiempo celebrados los ya extintos juicios de faltas.  El denunciado entró en sala mascando chicle y con unas gafas de sol puestas, y fue requerido para quitárselas. Con cierta chulería, se las colocó en la cabeza, y el juez insistió en que le dijo que se las quitara, no que las cambiara de sitio. Él se quedó mirando desafiante a donde yo estaba y el juez reaccionó rápido, diciendo que en esa sala nadie llevaba gafas en la cabeza, a excepción del Ministerio Fiscal. Porque yo lo valgo, Su Señoría. Claro que sí.

              Otras de las anécdotas capilares que recuerdo con una sonrisa es la de una señora a la que pillaron lavándose la cabeza en el baño de juzgados. La pobre dijo que no tenía agua en casa y que aprovecha las presentaciones apud acta quincenales para adecentarse. Y cualquiera le respondía algo. Se salvó por los pelos, vaya.

              Y que no se crea nadie que los adminículos capilares no tienen trascendencia penal, porque pueden tenerla. De hecho, gorras, pelucas y hasta cascos de moto pueden configurar la agravante de disfraz si sirven para ocultar la identidad del delincuente. Y hubo un momento en que desfiguraban sus facciones con medias en la cabeza, aunque eso pasó a la historia. Ahora somos más de máscaras como en La casa de papel. Aunque todavía un cambio de peinado o de color del pelo puede dificultar cualquier reconocimiento.

              Y así, entre mechas, tintes y pelucas, cerramos el telón por hoy. Eso sí, con un aplauso, que esta vez daré a esas personas que, pase lo que pase, no se despeinan, traten con el peor de lo asesinos o con la cuestión más hilarante. Olé por ellas

Excepción: confirma la regla


              Es bien conocido el refrán que dice que la excepción confirma la regla. Y es una verdad como una casa, como lo es también que salirse de la regla llama la atención y en el cine da lugar a títulos como Un don excepcional. Y es que lo que se sale, lo que está, en términos culinarios, Fuera de carta, o Fuera de temporada acaba siendo más atractivo que lo Normal. Ya se sabe, la noticia es que el hombre muerda al perro y no al contrario.

              En nuestro teatro, un ámbito donde las reglas tienen especial importancia, la excepción llama más la atención, si cabe, que en cualquier otro. Así, la excepción por antonomasia al cumplimiento de las penas es el indulto y la amnistía, algo de candente actualidad y a lo que ya dedicamos su propio estreno. Así que vayamos a otras excepciones a la regla general.

              Para empezar, algo de la que ya hablamos hace poco, también de actualidad en estos días, la dispensa a declarar Como ya explicábamos entonces y conviene repetir, la llamada dispensa legal no es un derecho, sino una excepción a la regla general que obliga a declarar a cualquier persona que haya sido llamada por un juzgado como testigo, y que, debido a la estrecha relación de parentesco que le une con el acusado o investigado puede guardar silencio.

              También en materia de prueba testifical hay otras excepciones legales en la forma y lugar de prestarla, que ha de ser en el Juzgado, salvo que concurran excepciones por razón del cargo del testigo en cuestión, que puede hacerlo por escrito y/o en su despacho. Otra excepción, que nada tiene que ver con esta, es la del testigo imposibilitado de declarar en sede judicial por razón de enfermedad, en cuyo caso es el juzgado el que se desplaza. No obstante, esta última excepción está hoy muy matizada al poderse hacer por medios telemáticos.

              En otro orden de cosas, una de las excepciones más clara y llamativas de nuestro ordenamiento es la que afecta a derecho como la huelga, la afiliación a partidos políticos y la sindicación de determinados colectivos. Así, quienes formamos parte de la judicatura, fiscalía y Fuerzas y cuerpos de seguridad no podemos pertenecer a partidos políticos. Y, por si alguien va a traer a colación el caso de un presidente de Tribunal Constitucional que sí lo estuvo, es un buen momento para recordar que los magistrados y magistradas del Tribunal Constitucional no forman parte del poder judicial y, por tanto, no les afecta la prohibición. Otra cosa es que no sea lo más adecuado, pero esa no es la cuestión.

              Otro tanto cabe decir de la posibilidad de jueces y fiscales, entre otros, de ejercitar el derecho de huelga, que no es que lo tengamos prohibido sino limitado. Lo que dice al respecto la Constitución es que la ley regulará las peculiaridades de este ejercicio, pero a esas alturas, dicha ley ni está ni se le espera. Ello hizo que durante mucho tiempo se cuestionara que tuviéramos tal derecho, e incluso hubiera quien afirmaba abiertamente que, a falta de ley, no podíamos hacer huelga. A día de hoy, y aunque con algunas reticencias, ya no se discute que se nos pueda privar de este derecho fundamental. Por otro lado, tampoco podemos sindicarnos, así que no nos queda otra que recurrir al comodín de las asociaciones profesionales para suplir esa carencia. Y, a veces, y por eso mimo, así nos va en cuanto a nuestras reivindicaciones laborales, que también las tenemos.

              Hay más ejemplos de excepciones a reglas generales que resultan llamativas. Un de ellas surgió a raíz de la destipificación de muchas faltas, que tuvo lugar en 2015. Así, dejaron de considerarse punibles las injurias leves y así, la mayoría de insultos que no fueran graves por su contenido o por el cargo de la persona ofendida quedaron en nada. Adiós a los juicios por esas riñas de vecinos que tantos momentos de hilaridad nos proporcionaros. Pero la excepción la regla general viene dada, una vez más, por el parentesco. Cuando esas injurias leves se cometen en el ámbito de la violencia doméstica o de género sí son punibles como delito leve. Eso sí, previa denuncia.

              Y respecto a la denuncia , la regla general es que la mayoría de delitos son públicos y no la necesitan para proceder, pero la excepción son algunos delitos, privados o semipúblicos, que sí que la necesitan. Entre estos últimos, hay que destacar los delitos contra la libertad e indemnidad sexual en los que, dada la importancia del bien jurídico protegido, tan vez habría que plantearse dar una vuelta al tema.

              Otra excepción curiosa viene por la vía del Derecho procesal Penal. En teoría, el proceso tipo y, por tanto, la regla general, es el sumario ordinario , o así era en el esquema originario de la ley que, recordemos, es del siglo XIX. Pero la necesidad de un procedimiento más rápido hizo que se introdujera el procedimiento abreviado -o los que le pr4eceideron- que se regulan dentro de los procesos especiales. Lo cual, sin duda, constituye una paradoja, porque se considera especial lo que, en la práctica es la regla general. Y viceversa.

              Los ejemplos serían muchos más, como el de la falsedad ideológica, que solo se castiga si la comete un funcionario público o autoridad, pero dejamos la puerta abierta para otros estrenos. Acabaremos con una excepción aplicada a cualquier ley, por disposición de esta. Las leyes, según dice el Código Civil -de aplicación general cuando no hay regla específica- entrarán en vigor a los 20 días de su publicación, salvo que en ellas se disponga otra cosa. Es decir, una excepción legal. Más claro, agua.

              Y, hasta aquí, algunas de esas excepciones a las reglas generales en Toguilandia. Pero yo no haré una excepción dejando sin brindar el aplauso que va destinado, una vez más, a quienes saben aplicar la regla general y la excepción cuando toque. Que no siempre es fácil.

Conexión: ¿imposible desconectar?


              El trabajo nos absorbe, a veces demasiado. De hecho, etimológicamente, lo contrario del ocio es el negocio, es decir, el no-ocio. Y de ahí a la adicción al trabajo, no hay más que un paso. Una adicción que reflejan películas como El lobo de Wall Street, El hombre del traje gris o El método

              En nuestro teatro, en principio, no parece que seamos esclavos de esa obsesión de trabajar, aunque del dicho a hecho hay un buen trecho.

              Hay, incluso, quien piensa de nuestro trabajo exactamente lo contrario, que somos parte de un funcionariado que cumple su función y cuando se marcha a casa hace un “hasta luego Mari Carmen”. Pero lo bien cierto es que, por mucho que dejemos la toga colgada en el armario, sigue enganchada a nuestro ser. Y es muy difícil desprenderse de ella. Así, la desconexión se convierte, en realidad, en una quimera. O poco menos.

              Es obvio que todo el mundo tiene derecho a las vacaciones, y que además de un derecho debería ser un deber. Desconectar debería ser absolutamente obligatorio, y por eso recomiendan que, cuanto menos los períodos vacacionales tengan entre diez y quince días seguidos, pues de lo contrario no da tiempo a una verdadera desconexión.

              Confieso que yo soy de esas a las que le cuesta desconectar. No hay más que ver la imagen de mi sombra con la que he ilustrado este estreno, junto a la que he dibujado en la arena no la toga, pero si los tacones. Una metáfora toguitaconada al borde del mar.

              Y es que a veces no podemos evitar relacionar cualquier cosa con nuestro trabajo. Conozco un juez -el padre de mis hijas, sin ir más lejos- que desde que está en un Juzgado de Instrucción y ve las estafas que se cometen por medios informáticos, no nos deja en paz y ve posibles delitos informáticos por todas partes.

              Otra de las cosas típicas que nos ocurren a quienes convivimos con la parte penal de Toguilandia, es el miedo a que nuestras hijas puedan ser víctimas de algún delito sexual. Porque, por más que seamos iguales ante la ley, a los chicos no suelen ocurrirles esas cosas. Salvo excepciones, claro, que siempre las hay. También hay temor a que hijas, hijos, madres o padres sean víctimas de otros delitos, desde luego. Que el Código Penal tiene un catálogo muy amplio

              Para ilustrar mi nivel de obsesión, contaré una anécdota que aun tiene cazando moscas a sus protagonistas. Me encontré por la playa a una pareja que conocía y me contaron, muy entusiasmados, que iban a ser padres de una niña. Les pregunté, por cortesía más que ot5ra cosa, si ya habían elegido el nombre, y me respondieron muy satisfechos que la iban a llamar Norma. Mi reacción fue tan inmediata como inesperada para ellos. “Como norma jurídica” -dije-. Ella, con los ojos como platos, trató de sonreír y me dijo que mi comentario era “muy original”, porque la reacción más común era comentar que tenía el mismo nombre que Norma Duval, que por aquel entonces estaba en la cresta de la ola del artisteo.

              Y es que, al final, la deformación profesional es lo que tiene. Más aun, cuando una se dedica a alguna especialidad. Y si no, que me lo digan a mí, que cada vez que entro en redes sociales me pongo a temblar pensando e cuantos delitos de odio reales o imaginarios me voy a encontrar. Y lo que es peor, cuantos me van a increpar por no abrir diligencias contra este o aquel.

              Y esa es otra, hay gente que piensa que los miembros del Ministerios Fiscal somos fiscales en todos los momentos de nuestra vida, para todos los delitos que cada cual quiera, y con jurisdicción en todos los puntos del país y, si me descuido, del mundo mundial. Si me dieran un eurito por cada vez que me dirigen esa frase de “donde está la fiscalía” sería rica. Seguro. Y ojo, que no se me ocurra decir que está fiscal está ejercitando su derecho a la desconexión vacacional, porque me cae la del pulpo.

              No obstante, reconozco que no puedo evitar quedarme mirando si oigo algún grito en la calle, ni mucho menos si oigo la sirena de un vehículo policial, de una ambulancia ni de bomberos. Porque seguro que ahí ha pasado algo.

              Pero prometo que lo intentaré. Trataré de desconectar para todo menos para estas funciones. Porque la excepción confirma la regla. Y por eso el aplauso es hoy para quine tampoco desconecta de este escenario y sigue leyendo mis historias toguitaconadas. Mil gracias.

Rúbrica: sello personal


              La firma es uno de nuestros sellos más personales. O, al menos, lo era hasta no hace mucho, porque el advenimiento de las firmas digitales habrá supuesto mucho adelanto, pero ha quitado mucha poesía y romanticismo. Nada como aquellas cartas con letra inglesa que daban lugar a obras tan apetecibles como La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsay o Cartas a Julieta y a crónicas epistolares como La última carta de amor o Pequeñas cartas indiscretas. Unas cartas cuya parte fundamental era como no, la firma.

              En nuestro teatro no escribimos muchas cartas, pero sí firmamos mucho. Aunque ahora de una manera mucho menos clásica, porque la tecnología es lo que tiene y la firma digital se ha ido implantando n todo. O en casi todo, porque en mi fiscalía seguimos firmando con papel y boli como toda la vida. Pero más tarde o más temprano, entraremos en el siglo XXI. Estoy segura de ello.

              Cuando llegué a Toguilandia, firmar ocupaba gran parte de mi vida. Y aun con los adelantos técnicos, sigue ocupándola, la mía y la de quinees trabajamos en el juzgado. Siempre he pensado que si me dieran un céntimo por cada firma que he puesto en un documento en mi vida, sería rica. Lástima que no computen, aunque l administración de justicia se arruinaría de inmediato.

              Y es que, como quiera que vivimos en un sistema ideado para e siglo XIX, la cantidad de resoluciones y documentos de trámite que firmamos da vértigo con solo pensarla. Y ojo que, dependiendo de juzgados -cada maestrillo tiene su librillo- hay quien hace que firmemos en todos los folios de una declaración, de una notificación o de un recurso.

              Firmábamos -y, en algunos casos, seguimos haciéndolo- tanto, que en su día existía lo que se llamaba la media firma, un garabato susceptible de ser hecho con toda celeridad, y la firma entera, mucho más elaborada, destinada a documentos teóricamente más importantes. Al final es un rayajo más o menos florido, y suele ser absolutamente ilegible. Salvo excepciones, claro, porque recuerdo un juez que firmaba con su nombre de pila -compuesto- y su apellido completo lo que algunas veces ponía de los nervios, teniendo en cuenta la ingente cantidad de trabajo de un juzgado de guardia.

              Hay que reconocer que lo de la firma digital es muy cómodo, salvo cuando no funciona-, desde luego, pero también es verdad que no tiene la misma gracia que la firma de toda la vida, con sus diferencias gráficas que tanto pueden decir de una persona. De hecho, si sigue proliferando la cosa, la grafología entrará en horas bajas. Y los dictámenes de los peritos calígrafos, también, aunque siempre hay algo. De hecho, no hace mucho, vi una pericial sobre mensajes escritos en las paredes que tenía su enjundia.

              Lo bien cierto es que, estéticamente, la firma digital es bien fea, con sus letras cuadradotas sin bucles ni rulitos, salvo en el caso de quienes, además, la tienen escaneada. Y luego hay cosas realmente pintorescas, por no decir otra cosa. He visto organismo que requieren que se recojan firmas en un papel, se escanee, y ese documento sea enviado con firma electrónica. Verdad verdadera.

              A veces pienso que, en vez de firma digital ni analógica, manual o escaneada, podríamos hacer como los cantantes de reggaetón y otros ritmos, que utilizan su nombra la final de la canción. Así, yo haría mi informe en sala y terminaría con un “Susana G” o un bonito seudónimo como “Toga y tacones”. Y como ahora los juicios y declaraciones se graban, quedaría para la posteridad y resultaría mucho más atractivo que ese inicio de las grabaciones tan frío en el que Su Señoría dice el número de procedimiento y los intervinientes. Dónde vamos a comparar. Igual cualquier día lo propongo.

              Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre la firma y su evolución toguitaconada. Pero no cierro el telón sin dar antes el aplauso, dedicado a quienes todavía hacen su firma con bonitos trazos en el papel. Porque, en el fondo, soy una romántica

No declarar: derecho vs privilegio


              El que calla, otorga, dice el refranero. Y no sé si se puede generalizar, pero en el cine hay silencios muy expresivos, como El silencio de los corderos, Un lugar en silencio o, simplemente, Silencio. Y es que, al fin y al cabo, callar o no callar, esa es la cuestión.

              En nuestro teatro, el silencio tiene formas jurídicas muy determinadas. El silencio administrativo, por ejemplo, es una figura con pleno valor jurídico, y puede ser positivo o negativo según los casos.

              En Derecho Penal, la más clara manifestación del silencio con implicaciones jurídicas es el derecho a no declarar, a no confesarse culpable y a no declarar contra sí mismo que se configura como un derecho fundamental para todas las personas que declaran en calidad de  denunciadas, investigadas, encausadas, acusadas o procesadas. Es lo que hay quien llama derecho al silencio, y es necesario que quien declara en tal calidad sea previamente informado de este derecho, pues de lo contrario la declaración sería susceptible de ser considerada nula.

              Además, al tratarse de un derecho, ejercitarlo -esto es, no declarar-  no puede conllevar más consecuencia que la de no conocer la versión de los hechos que dé el encausado. Lo cual, a veces, es mejor, la verdad.  Y en modo alguno puede considerase que quien se acoja a dicho derecho esté obstaculizando la acción de la justicia. Porque más que algún opinólogo y alguien más lo haya dejado caer.

              Y hasta aquí todo parece muy claro. Quien declara en la condición de investigado o análogo, tiene el derecho al silencio. En cambio, quien declara como testigo , no solo no tiene ese derecho, sino que tiene obligación de comparecer y decir verdad y, de no hacerlo, podría ser acusado de un delito de obstrucción a la justicia, en el primer caso, o de un delito de falso testimonio, en el segundo, que puede ser castigado con penas de prisión. Poca broma, la verdad.

              A ello hay que añadir que el investigado no prestar juramento, a diferencia del testigo, que ha de jurar o prometer decir verdad. O sea, en Román paladino, que el investigado y similares puede mentir como un bellaco sin más consecuencia que, como mucho el enfado del tribunal. De hecho, recuerdo un presidente de una sala que les advertía que ese derecho no llevaba consigo el derecho de tomarle el pelo al tribunal. Sin embargo, como el testigo mienta, le cae la del pulpo, o sea, un procedimiento por delito como la copa de un pino.

              Pero ¿qué pasa cuando se dice que un testigo se acoge a su derecho a no declarar? ¿pueden hacerlo? Pues no exactamente, porque no tienen ese derecho. Pero si que hay casos en que pueden no declarar, aunque no tenga la consideración de derecho sino más bien, de privilegio. Se trata de la llamada dispensa a declarar, en virtud de la cual hay personas que pueden no declarar cuando les unan determinados vínculos de parentesco a la persona imputada en ese procedimiento, como ser ascendientes, descendientes, hermanos o parejas. Ahora ben, si escogen declarar, han de decir la verdad o atenerse a las consecuencias. Y lo que no pueden hacer en ningún caso es no comparecer.

              El origen de esta dispensa legal está en el conflicto de lealtades que se e presenta a alguien que presencia un delito cometido por su pariente, y ha de escoger entre no traicionar al pariente en cuestión o cumplir su obligación con la ley y la sociedad. Pues bien, en este caso, la ley le da la oportunidad de elegir ente hablar o callar, y no declarar la verdad obligatoriamente como es regla general en cualquier testigo. Pero que quede claro que es una excepción a una regla general, que se configura como un privilegio y no como un derecho, Por eso, la ley podría cambiarlo en cualquier momento, lo que de ninguna manera ocurre con el derecho a no declarar del investigado, que no podría eliminarse por ley ordinaria dado su carácter de derecho fundamental.

              La verdad es que la dispensa legal ha motivado que muchas mujeres no declaren contra su maltratador, con el riesgo que eso supone, o que cambie de idea a mitad del proceso. Aunque esta última opción ha quedado descartada por la última reforma del precepto, que impide acogerse a él a quien no utilizó esa prerrogativa en un primer momento.

              Entonces ¿qué pasa cuando se dice que en un procedimiento por violencia de género o doméstica ambos se acogen al derecho a no declarar? ¿Es o no correcto? Pues puede serlo o no. Si se trata de un procedimiento en que ha existido un agresión recíproca, y ambos comparecen en la doble condición de investigados y víctimas, es perfectamente correcto. Pero cuando no es así,  y hay un solo autor y una víctima, lo que ocurre es que el uno se acoge al derecho a no declarar y la otra a la dispensa legal, que no son derecho paralelos. Aunque muchas veces se confundan.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Espero que haya quedado un poco más clara la cuestión y que no sigan buscando tres pies al gato. Porque quien se acoge al derecho a no declarar calla pero no necesariamente otorga, que el refranero a veces se equivoca. Por eso el aplauso es para quienes así lo aplican e su día a día judicial. Que es lo suyo

Saturación: cuando ya no das para más


            Dice la ley de Murphy que las cosas si tienen que salir mal, saldrán. Que la tostada cae siempre por la parte de la mermelada. Y entonces es cuando te llega Un día de furia, y gritas Ya no puedo más, como cantaba Camilo Sesto, que estaba harto de rodar como una noria.

            En nuestro teatro, no son pocas las veces que pensamos que no podemos más. Hasta una o dos por emana, si nos descuidamos. Pero podemos, y acaba siendo como e cuento del Lobo. Hasta que, realmente, colapsamos.

            No hace falta que sucedan grandes cosas para llegar a ese punto. Al fin y al cabo, hemos sufrido una pandemia y hemos salido adelante, como hemos sobrevivido a catástrofes naturales que incluso ha n dejado su propia huella en Toguilanda, como aquella tristemente famosa Pantaná de la presa de Tous, que dio lugar a unos de esos juicios interminables que marcan una época.

            Y también hemos visto pasar por nuestras salas toguitaconadas juicios realmente complejos, por la materia o por su reflejo mediático. En mi tierra nunca olvidaremos lo que supuso el juicio de las niñas de Alcácer, que nos marco a toda una generación y sobre el que todavía existen leyendas urbanas y teorías conspiranoicas, unidas a la desaparición del principal culpable, Antonio Anglés.

            Pero el colapso no suele venir de estos hechos, tan grandes que es fácil prever sus grandes consecuencias. El colapso suele venir de una acumulación de pequeñas cosas que parecen sin importancia pero la tienen. Y mucha..

            Me pondré a mi misma de ejemplo. Esta semana se supone que acababa mi trabajo por una temporada y me cogía mi mesecito de vacaciones. Y claro, una se quiere ir dejando la mesa limpia como una patena y sin nada pendiente.  Pero ahí está Murphy para reírse de mi, y para decirme que mi gozo en un pozo. Que si quiero limpieza, me compre un buen frasco de detergente, que en lo que a papel respecta no paso la prueba del algodón. Ni de la toalla, vaya, vaya, por más que aquí sí que haya playa.

            Así que primero ha sido un sumario que ha entrado para instrucción hoy, después un recurso que no ha llegado a fiscalía no sé sabe bien por qué y he tenido que reclamar y fotocopiar, luego una aclaración en la lista de presos y después, en un día como hoy en que necesitaba una guardia tranquilla, una fila de detenidos de la que no se veía el fin. De modo que con apagar fuegos he tenido suficiente. Lo de la limpieza habrá que dejarlo para otro momento. Porque, para acabarlo de arreglar, se me ha roto un zapato y he andado todo el día cojeando hasta que he podido comprarme otro de urgencia

            Y ahora lo cuento como si tal cosa. Incluso, si me esfuerzo, me entra risa. Pero en ese momento no tenía más que ganes de echarme a llorar y tirarme de los pelos alternativamente.

Ahora ya sé que lo de la mesa sin papel es imposible. Puedo adelantar lo más posibles, pero el protocolo cero no va a ser posible. Salvo que quedes in vacaciones.

            Hay dos opciones. O trato de olvidarme, o me angustio tanto que acabo dedicando las vacaciones a los expedientes y mando el descanso al carajo. Así que voy a pedir consejo. ¿Qué me recomendáis?

            A quien opte por el descanso, le daré él aplauso hoy. Para el otro, los tomates y mis pesadillas