Reincidencia. no todo suma


            La reiteración en una misma conducta es un mal frecuente. Hay gente que insiste, insiste e insiste tanto que su comportamiento acaba alterando al resto de personas, o puede acabar haciéndolo, sobre todo cuando se traspasan los límites de la ley y se entra en los del delito. Ya el cine habló en su día de Sospechosos habituales y dedicó varias películas al llamado género quinqui, con protagonistas como El vaquilla o El lute, camina o revienta. Y es que en la delincuencia, como en la vida, se hace demasiadas veces realidad el refrán de “no hay dos sin tres”. O sin cuatro, vaya.

            En nuestro teatro, la reiteración de hechos delictivos tiene una gran trascendencia jurídica. Pero no siempre es la misma. Aunque se habla con carácter general de reincidencia para todos estos casos, no siempre es lo mismo. Otro claro ejemplo del divorcio entre el lenguaje común y el jurídico.

            Para la RAE, reincidencia es “la reiteración de una misma culpa o defecto”. Y añade una segunda acepción según la cual es una “circunstancia agravante de la responsabilidad criminal que consiste en haber sido el reo condenado antes por un delito análogo al que se le imputa”.. Y, aunque esta última definición se acerca más a la que manejamos en Toguilandia, no es del todo exacta, y necesita de ciertos matices. Y en Derecho, un matiz puede ser todo. Tanto, que puede determinar la diferencia entre entrar en prisión o quedar en libertad. Así de contundente.

            La reincidencia está definida en nuestro Código en el artículo dedicado a las agravantes al que ya dedicamos en su día un estreno. Y consiste en que, al delinquir, el culpable haya sido condenado por un delito del mismo título, siempre que sea de la misma naturaleza. Y en este concepto ya aparecen varios de esos matices a los que me refería.

            En primer lugar, no basta haber cometido un delito antes, sino que tiene que existir la condena, y además ser firme. Por lo tanto, ni los antecedentes policiales, ni el procedimiento abierto tendrán trascendencia a estos efectos. Tampoco lo tendrá la condena, si esta no ha adquirido firmeza. Es lo que hay.

            Pero el otro matiz viene por el elemento material. La condena anterior, para ser computable, ha de ser no solo por un delito de la misma naturaleza sino también del mismo capítulo. Y, aunque aquí la jurisprudencia ha hecho interpretaciones bastante laxas, hay casos que rozan el absurdo. Por ejemplo, si un hombre ha sido condenado por sentencia firme por intentar matar a su mujer y ahora la amenaza con un cuchillo, no será reincidente, por más que a simple vista pueda creerse que todo se trata de violencia de género y debería tenerse en cuenta. Sí lo será, sin embargo, si fue condenado por haberle amenazado de cualquier modo, aunque no haya empleado arma alguna. Y es que el criterio meramente sistemático de hallarse en el mismo capítulo hace bastantes aguas, la verdad.

            ¿Y que pasa si el angelito no ha cometido un delito de la misma naturaleza pero tiene una hoja penal digna del libro Guiness de los Récords? Pues nada, a la hora de determinar la pena, porque no se aplica la agravante. Sí que es cierto que en la redacción de los hechos hacemos referencia a que tiene antecedentes penales no computables, y aunque eso no eleva la pena, si que da la pista para otros efectos. Porque nada es baladí en nuestro mundo, y la existencia de antecedentes penales, aunque no sean computables a efectos de reincidencia, determina que, en la mayor parte de los casos, no se pueda conceder en el caso de condena la suspensión de la ejecución, aunque esa condena sea inferior a 2 años de prisión. Y digo en la mayor parte de los casos porque el propio Código contempla la posibilidad de que pueda hacerse excepcionalmente en cualquier caso, y también en casos particulares como el delinquir por efectos del consumo de drogas si hay voluntad de someterse a deshabituación.

            Por otro lado, diferente de la reincidencia es la habitualidad que también tuvo su propio estreno, y que consiste en haber cometido tres o más delitos de la misma naturaleza en un plazo de cinco años y siempre que exista condena por ellos, lo cual tiene efectos para algunos supuestos, como el caso de esa excepción a la regla general de la que hablaba antes, esto es, la de ser delincuente primario para lograr la suspensión de la ejecución. Si se es habitual, no hay excepción que valga.

            Otra cuestión parecida pero diferente es la llamada multirreincidencia, que se aplica como una circunstancia especia de agravación en determinados delitos, como el hurto. Y también es diferente el caso de los delitos continuados, en los que la comisión de varios delitos, si responden a un plan preconcebido o idéntica ocasión, hacen que se califique o se conde por un solo delito pero con el carácter de continuado.

            Por último, hay que hacer una breve referencia a los antecedentes policiales. Estos no tienen ninguna trascendencia jurídica si no cristalizan en un condena y, por so, puede ser pedida su eliminación mediante el oportuno expediente.

            También se puede solicitar la cancelación de antecedentes penales con un expediente al respecto, pero tiene que haber pasado, necesariamente, el plazo establecido en la ley sin que haya una nueva condena. Por eso, dice expresamente el precepto que regula la reincidencia que no se tendrán en cuenta los antecedentes penales cancelados o que hubieran podido serlo. Esto es, que para no aplicar la reincidencia por esto no hace falta que se haya realizado el expediente de cancelación formalmente, aunque yo recomiendo a quine me lea que, de darse las condiciones, se pida lo más pronto posible. Que nunca se sabe.

           Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero no haberme repetido mucho ni ser reincidente en mis explicaciones. Si es así, los tomates para mí. De lo contrario, el aplauso para todas las personas que en Toguilandia pelean cada día con las hojas histórico-penales. Que algunas cuestan más de interpretar que un jeroglífico y otras son más largas que la Biblia.

Solemnidad: ¿obsoleta o necesaria?


              Siempre han existido los actos solemnes. En mayor o menor medida según el momento, las circunstancias y el estatus social, las personas celebran los acontecimientos de su vida con fastos especiales. Y estos fastos dan para buenos argumentos para películas. Pensemos en Mi gran boda griega, La boda de Muriel o Cuatro bodas y un funeral, por poner algún ejemplo. Entre otros muchos.

              En nuestro teatro andamos sobrados de actos solemnes. Tan solemnes nos ponemos en ocasiones, que una se pregunta si tanta pompa es necesaria o si se trata de reminiscencias de otros tiempos que hoy en día sobran. Y esa perdiz es la que vamos a marear hoy, si se deja. A ver si llegamos a alguna conclusión.

              La idea inspiradora de esta función no me ha llegado por ensalmo. Como quiera que esta misma semana estuve, un año más, en la ceremonia de apertura del año judicial en la Comunidad Autónoma por la que paseo mi toga, me vino a la cabeza mientras escuchaba discursos y demás. Además, se daba la circunstancia de que hace unos días fue la toma de posesión del Fiscal Superior, y también hubo otro acto de toma de posesión de Secretarios coordinadores -curioso que no se llamen LAJs coordinadores o Lajs de gobierno, por cierto- y en medio de ambas, la madre de todas las aperturas de año judicial, la del Supremo. Esa que, por vez primera no nos obsequia una imagen exclusivamente masculina de la justicia, dicho sea de paso.

              La puesta en escena es siempre la misma. Si se cuenta con un edificio suficientemente vetusto, sillones con volutas, muebles oscuros y pesados, tapices en las paredes y los inevitables cortinajes de terciopelo, miel sobre hojuelas. Si no es el caso, pues se echa mano de algún lugar suficientemente grande para que quienes son algo en Toguilandia y sus alrededores, puedan acudir con su toga ,sus tacones, sus uniformes o sus impecables corbatas. Y mucha, mucha puñeta , dicho sea en el buen sentido.

              Y luego vienen los discursos. Y ahí es donde quería yo llegar. En todos los años que llevo en este mundo toguitaconado, he escuchado discursos de todo tipo. Desde los más entretenidos a los más plúmbeos, de los más interesantes a lo más superficiales. Depende de quienes lo hacen, por supuesto Pero, cuando de la apertura del año judicial se trata, siempre pienso lo mismo. ¿Es necesario pasar tanto tiempo desgranando estadísticas que se pueden leer perfectamente en un documento o en una pantalla? ¿Es realmente preciso concretar si se han incoado 125876 diligencias y se han presentado 98536 demandas? ¿Qué es lo que nos aporta?

              Conste que no se trata de criticar a los diferentes intervinientes en estos actos, que no hacen sino hacer lo que tienen que hacer, lo que se ha hecho siempre en actos de esta índole. Lo que me pregunto es si no se podía hacer algún cambio. O algunos.

              La cuestión es que este acto hace juego con toda la parafernalia de nuestro teatro, desde los juicios a las tomas de posesión, desde las entregas de medallas a las jubilaciones. Por eso nos ponemos nuestra toga, con sus puñetas -si las tenemos-, el vestuario más adecuado, los tacones y lo que proceda y empleamos las fórmulas tradicionales como la consabida venia. Pero por eso, también, seguimos tenemos esa fama de rancios y viejunos. Y, lo que es peor, tan lejana al justiciable que la gente siente que lo de que la justicia emana del pueblo es una milonga.

              Pero no tengo la solución. Ya quisiera. Porque hay que cohonestar la manera de seguir permaneciendo en nuestro sitio sin que parezca que ese sitio está años luz del resto de las personas, que la sociedad a la que nos debemos.

              Por eso el aplauso de hoy va a ser una propuesta. Se lo daremos a quine dé con la solución de esta cuestión. Que no es poca cosa, precisamente.

Mobiliario: nuestro decorado


                En cualquier obra de teatro o en cualquier película el decorado es esencial. Tanto, que hasta hay un premio específico en cualquier entrega de galardones que se precie, dedicado a mejor decorado. Y es que es difícil hacer creíble una obra si su escenario no lo es. Pensemos, por ejemplo, en el mobiliario de época de películas como Las amistades peligrosas, Ben Hur o Sentido y sensibilidad, o en las naves futuristas de la saga de La guerra de las galaxias o Star Trek. O por qué no, el peculiar mobiliario prehistórico de Los Picapiedra

                En nuestro escenario, los decorados son mucho y muy variados. Y en muy diferente estado de uso y de conservación, que no siempre nuestras sedes () tienen todo lo que necesitaríamos. Pero es lo que hay.

                Por un lado, hay que hablar de nuestro santo y seña, las salas de vistas . Ahí es donde se celebran los juicios, y se supone que es el lugar más solemne de Toguilandia.  Las clásicas, las que vemos algunas veces en televisión y en las películas, son las de mobiliario pesado y cortinajes de terciopelo que tanto nos han marcado a quienes hicimos la oposición. Porque esas salas de Tribunal Supremo con sus techos altísimos, sus cortinas y sus puertas verdes y doradas nos han marcado a fuego a quienes hicimos allí el examen, que fuimos muchas y muchos. Una de mis amigas, tras más de treinta años desde que aprobamos, dice que todavía le duele e estómago cada vez que ve una imagen de aquellas puertas. Y no es para menos.

                Pero la mayoría de las salas de vista no son así. De hecho, algunas ni siquiera son salas de vistas, sino que se utilizan las denominadas salas multiuso, de las que ya hablamos en su día, y que igual valen para un roto que para un descosido. Son, desde luego, mucho más funcionales que las clásicas y a veces llegan justas para su cometido, porque lo de que los juicios se celebran en audiencia pública en esos casos no es fácil, porque allí poco público cabe. Como no hagamos como en el camarote de los Hermanos Marx claro está. De hecho, en esas salas, si no fuera por la toga, con o sin puñetas que llevamos puesta, a veces es difícil distinguir dónde nos encontramos y quién es cada cual.

                Algo muy característico de cualquier sala de vistas o salas multiusos, y más ahora que todos los actos deben ser grabados, es el micrófono. Y ojo que con esto hay que tener cuidado, porque hay micrófonos para ser escuchado, pero sobre todo son para poder grabar. Así que en ocasiones no podemos evitar esbozar una sonrisa cuando alguien se coloca el micrófono y da golpecitos preguntando si se le escucha cuando su finalidad no es esa. Y todavía más pintoresca es la situación cuando alguien agarra el micrófono como si fuera a arrancarse a cantar. Tanto es así que alguna vez me han dado ganas de girarme hacia ellos con mi silla como si estuviera de coach en La Voz .Aunque, hablando de programas de televisión, también desearía alguna vez que ocurriera como en 59 segundos, y se retirara la palabra automáticamente pasado ese tiempo escondiéndose el micrófono como ocurría en el programa.

                Y hablando de sillas, he aquí otro de nuestros caballos de batalla. Porque una buena silla es un verdadero tesoro, no siempre fácil de encontrar. Ahora que estamos en una Ciudad de la Justicia teóricamente moderna, tenemos sillas de despacho decentes en las que una, al menos, no se daña la espalda. Pero durante varios años, cuando estábamos en la anterior sede, tuve que aguantar una silla vetusta que encajaba difícil ente con la mesa y cuyos brazos, con volutas y todo, tendían a desmontarse con demasiada frecuencia con riesgo de mi integridad física. Y eso por no hablar de la que había en la sala de vistas de la Audiencia destinada al fiscal, a la que se le salía un muelle y hacía que hubiera que acoplar mucho la postura para no dar un respingo al pincharse con el asiento. Claro que aquel palacio de justicia, que hoy está restaurándose y aun tardará en estar acabado, estaba tan viejito que en la sala de vistas había brasero bajo nuestros asientos y un cenicero incrustado. Impensable a día de hoy.

                No obstante, que nadie crea que ahora atamos los perros con longanizas. Las mesas suelen ser escasas para la cantidad de procedimientos que deben aguantar y las estanterías, absolutamente imprescindibles, nunca alcanzan para albergar todos los procedimientos que todavía tenemos, porque en algunos sitios lo de la digitalización ni está ni se le espera. De hecho, hay un juzgado de lo mercantil donde se fabricaban artesanalmente unas estanterías con cartones, que una no sabía si aplaudir o echarse a llorar. Y aún tengo la duda.

                Y hasta aquí, este repasito a nuestro mobiliario. Ojalá en algún momento pueda dedicar un estreno a las mejores y mayores novedades que celebrar en cuanto al atrezo de nuestro escenario. Y el aplauso, por supuesto, vendrá entonces, no antes. Espero que llegue pronto

Bancos: sentarse es lo de menos


                Si hay una palabra polisémica cuyos significados sean más dispares, esa es la de “banco”. Por un lado, nos evoca ese asiento del parque donde las ancianitas daban de comer a las palomas; por otro, esas entidades financieras que en muchos casos no tienen piedad con los dineritos de la mencionada anciana. Pero no todo es blanco o negro. Aunque los primeros bancos puedan tener un tinte romántico y los segundos provoquen antipatía, no podemos olvidar la importantísima función que en esta sociedad tienen los bancos, aunque nos cobren intereses y nos proporcionen más de un enfado. Porque, parafraseando el título de una película, a veces parece que lo hacen Todo a la vez en todas partes. Y es que todo el mundo los necesita, sin necesidad de ser El lobo de Wall Street.

                En nuestro teatro es cada día más importante la relación con los bancos. Por supuesto, con los de dinero, aunque los de sentarse, u otros, como los bancos de peces, puedan aparecer en algún momento. Y es que, en el momento actual, casi nadie llevamos dinero en el bolsillo, y no solo eso. Cada vez se acepta menos en pago en metálico, y ahí es donde acaban interviniendo siempre los bancos. Empezando por el pago de nuestras propias nóminas.

                En mis primeros tiempos toquitaconados, recuerdo una anécdota que viene al pelo. Se trataba de un condenado por conformidad que en el momento de dar su consentimiento a la pena pactada, era requerido para satisfacer el importe de la responsabilidad civil. El juez, que tenía un latiguillo al hablar -repetía constantemente el adverbio “aquí”- le preguntó “¿Tiene usted aquí dinero para abonar esa cantidad?” Y entonces el condenado, que no sabia de ese uso un tanto peculiar del adverbio, comenzó a tocarse los bolsillos y a volverlos del revés, como en las películas, ante nuestra mal disimulada hilaridad. Evidentemente, Su Señoría le aclaró que con “aquí” se refería a disponibilidad en el Banco en ese momento para poder hacer el ingreso, porque esa es la vía oportuna. Ya desde hace mucho nadie admite pagos en efectivo.

                Y es que los pagos, incautaciones y demás abonos que se hacen a un juzgado se hacen a una cuenta concreta, la de depósitos y consignaciones de cada juzgado, que me conta que son la peor pesadilla de los LAJ, porque son quienes tienen la sartén por el mango. Un mango que quema más de una vez porque las cantidades pueden ser muy elevadas y, con ellas, la responsabilidad por su custodia.

                Esta vinculación necesaria con la cuenta del juzgado se da, además, en un banco determinado que es el que ha obtenido esa concesión por concurso. Sus sucursales suelen ser cercanas físicamente a las sedes judiciales, pero puede plantear más de un problema cuando no estamos ante grandes poblaciones. Lo vemos de vez en cuando al acordar una fianza para evitar el ingreso en prisión -la popularmente llamada fianza carcelaria en contraposición a la fianza por responsabilidad civil- cuando el interfecto tarda en juntar el dinero o los avales para eludir la prisión, pero luego tiene que ingresarlo en el banco que, como sabemos, no tiene un horario demasiado amplio. Claro está que hoy se pueden hacer todo tipo de transferencias por vía telemática, pero en su día era un verdadero problema y, en algún caso, hay quien ha pasado un fin de semana extra en prisión preventiva porque se ha encontrado con el problema un viernes a última hora cuando las entidades bancarias ya habían cerrado. Seguro que mucha gente sabe de lo que hablo.

                Aunque no podemos perder de vista que, en esta sociedad cada día más digitalizada, los bancos olvidan con frecuencia a las personas con problemas de accesibilidad digital, como ocurre con el caso de las personas mayores y que dio lugar a la famosa campaña “soy mayor, no tonto”.

                Pero, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive la jurista, y no puedo dejar de citar el Derecho bancario que, a día de hoy, constituye toda una subespecialidad del Derecho Civil para la que, incluso, existen Salas de Audiencia especializadas. Y no olvidemos tampoco el aluvión de problemas que generaron en su día instrumentos financieros como las preferentes, cuyas demandas fueron tan numerosas que dieron lugar a la creación de órganos judiciales específicos para resolver estas cuestiones. Nada fáciles, por cierto.

                Para terminar, no me olvido del otro banco, el que sirve para sentarse. Porque no solo sirve para eso, sino que es muchas veces la cama y casi la casa de esas personas sin hogar que, además de sufrir la exclusión social, han sufrido los delitos de odio hasta el punto de que la aporofobia merece desde hace un tiempo un lugar específico entre las motivaciones de este tipo de delito.

                Y ahora sí, con esto, acabo. Pidiendo un aplauso para quienes trabajan en nuestro mundo con las entidades financieras, porque es un ámbito difícil y farragoso y no siempre se lo reconocen.

Sorpresa (II): lo imprevisible


              Quienes ya tenemos unos añitos, recordamos un programa de televisión que se llamaba Sorpresa, sorpresa, casi más famoso por lo que no se vio que por lo que se vio, porque fue presuntamente en la grabación de ese programa en la que ocurrió aquella historia de Ricky Martin, el perro, la niña y la mermelada que nadie vio pero de la que todo el mundo hablaba. Un precedente de las actuales fake news. Aunque, para sorpresa en pantalla, me quedo con Princesa por sorpresa. Un cuento de los de toda la vida

              En nuestro teatro, la sorpresa es el pan nuestro de cada día, aunque en principio pueda parecer que está todo previsto. Los señalamientos tienen su día y hora y l procedimiento tiene unos cauces muy concretos. Pero, como todo tren, se puede salir de sus carriles y descarrilar. Con todo lo que ello supone.

Ya hablamos de algunas sorpresas en un estreno anterior, pero la fuente es inagotable. Y sigue manando, por supuesto. Y mojándonos cada día

              Todo el mundo que frecuente Toguilandia se ha encontrado alguna vez con el señalamiento sorpresa. Ese que no os notificaron, o cuya notificación no sabemos a donde fuera parar, o, incluso, aquella que el despiste nos llevó a equivocar de día, de mes o hasta de año. No hace mucho una compañera iba a un juicio con el convencimiento de que era el día y, tras comprobar el señalamiento a la vista de que allí no acudía a nadie, se dio cuenta de que no era el día correcto, porque el juicio estaba previsto para el mismo día pero del año siguiente. Y es que así estamos.

              Otro tipo de sorpresa, y no muy agradable, por cierto, es la que surge cuando alguien se ha equivocado de carpetilla que es el material con el que los fiscales vamos a juicio, o de carpeta, archivo, o lo que sea. Y cuando se empieza a ver que ni el nombre del acusado, ni el delito, ni nada de nada coinciden con lo que había preparado, las ganas de que la tierra se abra a nuestros pies son de lo más grande. Pero nunca ocurre. O no, al menos, ocurre cuando quisiéramos.

              Porque hablando de tierra que se abre bajo nuestros pies y de sorpresas en Toguilandia, recuerdo ahora la anécdota que me contó una amiga abogada, que notó de repente que la silla sobre la que estaba sentada en la sala se hundía de manera irremediable, dejándola a la altura del betún Y no hablo en sentido figurado, precisamente. Porque, de repente, despareció de la vista de todos como si de un juego de prestidigitación se tratara. La explicación, sin embargo, era mucho más sencilla. Las patas de la silla cedieron de puro viejo y la letrada se fue al suelo. Tal como lo cuento.

              Otras sorpresas que te depara la vida toguitaconada derivan de imprevisibles como bajas, enfermedades u otras eventualidades que les ocurren a compañeras y compañeros y que hacen que se tenga de echar mano del servicio de porsiaca -de”por si acaso”-, que en fiscalía se llama incidencias, y que consiste en que tienes que ira al juicio corre que te pillo cuando te las prometías tan felices despachando papel en el despacho.

              Pero no todo va a ser malo. A veces las sorpresas son gratas, y una se encuentra que aquel juicio tan feo se suspende -siempre que no lo tenga volver a celebrar, porque eso es pan para hoy ya hambre para mañana-, sobre todo si sabe con suficiente tempo que el prepararlo no haya siendo tiempo desaprovechado.

              A veces, lo que ocurre es que el investigado ha pasado a mejor vida -sea el cementerio o sea simplemente el ignorado paradero- y entonces la alegría es completa para quien tenía que hacer el trabajo. Una aplicación al pie de la letra del dicho de que no hay mal que por bien no venga.

              Para acabar, hay veces en que la sorpresa la provocan las personas. Yo me he llevado más de una alegría reencontrándome en un juicio o en una guardia con alguien a quine le había perdido la pista, como me ocurrió con quine fue un día monitor de natación de mi hija cando era niña. La criaturita solía decir al monitor que si la obligaba a tirarse de cabeza a la piscina su mamá le metería en la cárcel. El pobre, casi un chiquillo, me lo contó muy compungido y mira tú por donde que años después me lo encontró en el juzgado de guardia ejerciendo de abogado. Nada más y nada menos.

              Aunque hay otras veces en que la sorpresa no es tan agradable. Es lo que curre cuando esa persona a la que habías perdido la pista reaparece en tu vida desde el otro lado de estrados, esto es, esposada o detenida. Pero hay que seguir adelante. Igual que hay que hacerlo cuando esa persona que conoces resulta ser la víctima de una delito. Me ha pasado más de una vez con casos de violencia de género y me han dejado el corazón encogido. Verdad verdadera.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que, si algo tiene de sorpresa, sea de las buenas. Igual que el aplauso, que está hoy dedicado a quienes protagonizan este tipo de sorpresas. Porque siempre alegran el día.

Piezas: nuestros rompecabezas


              Todas las personas nos hemos encontrado alguna vez ante una pieza que no encaja en el rompecabezas de que se trate, sea en sentido literal o, más comúnmente, en sentid figurado. Los detectives de las series y películas buscan la pieza que falta para descubrir al asesino, y hay quine siempre se empeña en buscar esa pieza que no encaja en el hueco. O la que sí que encaja, un juego de palabras del que se vale una película sobre ajedrez, Menudas piezas. Aunque si de colocar piezas se trata, mis preferidos siempre serán los chicos de Grease y su Greased Lighting

              En nuestro teatro tenemos piezas de muchos tipos. Porque la palabra “pieza” tiene una concepción jurídica y otra metafórica que nos atañe mucho. Y mucho más, quizás, de lo que pensamos.

              Vayamos por partes. Aunque cuando alguien ajeno a Toguilandia oye hablar de “piezas” piensa en los Legos, en puzles o en esas formas de madera o de plástico con las que jugábamos de peques, en nuestro mundo nos evoca otra cosa, como las piezas que forman parte de sumarios u otros procedimientos, o las piezas de convicción.

              En cuanto a las piezas separadas que forman parte de procesos penales, mi preferida es, sin duda, la que se une al sumario “con curda floja”. Me parece tan poético que, en plena era de la digitalización, se hable de cuerdas flojas como si fuéramos funambulistas, que siempre sonrío cuando veo un sumario, aunque luego se me pase una vez compruebe el grosor de los autos o los hechos terribles que esconde su contenido. Y ojo, que cuando digo que lo veo, es que lo veo. Hay algunas salas que siguen usando esa cuerda roja -que, lo siento, me recuerda a aquellas con las que atan los salchichones- en vez de las prosaicas grapas que, además de feas, son las responsables de más de un agujero en las puñetas de nuestras togas

              Luego, están las denominadas “piezas separadas” de los procedimientos que, a pesar de su nombre, no son más que otra carpetita grapada aparte del procedimiento principal. Está la pieza de responsabilidad civil, que según la ley tiene que existir siempre -y así lo pedimos siempre desde la fiscalía- aunque muchas veces no haya ningún gasto de que tomar nota, con la desaparición de las tasas judiciales y las costas de oficio. Pero en nuestro teatro nos encantan los trámites superfluos, ya lo sabemos.

              Otras de las piezas necesarias es la pieza de situación. Como nos encanta usar un lenguaje que confunda a la gente no iniciada, la situación no hace referencia a qué tal nos encontramos, sino, fundamentalmente, a la libertad ambulatoria del investigado o investigada. O sea, a si está en prisión o en libertad provisional, y si hay otras restricciones o condiciones de la misma, como la fianza para no entrar en la cárcel o la obligación de comparecer apud acta con carácter periódico.

              Y, cuando lo hay, también hay otra pieza separada de alejamiento, que luego los procedimientos tienen más separatas que un fichero del cole. Y yo, sinceramente, siempre tengo el temor de que alguna se pierda por el camino. Y es que al final la cuerda floja va a hacer falta. Eso, o jugar al Tetris, que es como siempre me imagino la incardinación de todas estas piezas en el mundo digital.

              De otra parte, tenemos las piezas de convicción. Que son todos esos efectos e instrumentos del delito que sirven para probar que este se ha cometido. Cosas como el arma homicida o los efectos sustraídos que se han encontrado en poder el autor. Vamos, el “te he pilado con el carrito del helado”. Sobre todo, cuando, con helado o sin él, les pillamos con las manos en la masa.

              Eso sí, ¿alguien ha pensado qué pasa con las piezas de convicción luego? Pues muchas se destruyen porque así ha de ser, pero hay almacenes llenos de otras que todavía no han podido ser destruidas por una razón fáctica o legal. Así que no hay más que imaginar almacenes llenos de vehículos que nunca pasarían una ITV, de móviles para los que no existen ni cargadores, o de los tan famosos radio casetes de los coches de antaño, reliquias de otro tiempo. Una mezcla entre un museo de los horrores o un monumento a la serie Cuéntame cuya visita seguro que no nos dejaba indiferentes.

              Y me dejaba para el final otro tipo de piezas, ese epíteto que se dedica con carácter popular a personas ingobernables, y que muchas veces encaja como un guante en nuestra clientela habitual. Porque el juzgado de guardia está lleno de buenas piezas. Y no de museo, precisamente.

              Y con esto acabo el estreno de hoy. He tratado de encajar bien todas las piezas para que el rompecabezas salga bien, pro me faltaba una, el aplauso. Y ese lo dedico hoy, precisamente, a quienes saben encajar las piezas, en cualquier caso. Aunque haya que forzarlas o usar vaselina.

Racismo de guardia: sin darnos cuenta


            El lenguaje es el instrumento por el que nos comunicamos las personas, y aunque no todo el lenguaje es hablado y cada día tiene más importancia lo audiovisual, podemos seguir defendiendo eso de que por la boca muere el pez. El pez, y el racismo, la xenofobia y la intolerancia de cualquier clase, esa que ha dado lugar a tantas películas, de Criadas y señoras a El color púrpura, de Arde Mississipi a Matar a un ruiseñor, de Invictus a Adivina quién viene a cenar. Y muchas más que podríamos citar

En nuestro teatro, el racismo y la xenofobia y sus primos hermanos la islamofobia, el antisemitismo o el antigitanismo están tan proscriptos que la comisión de acciones que humillen por estos motivos o la difusión de mensajes de este tipo que inciten al odio no solo es que está rematadamente, sino que constituye un delito. El delito de odio, al que ya hemos dedicado más de un estreno. Y lo que nos queda, porque esto no parece que no para. Por desgracia.

Pero hoy no voy a hablar de los delitos de odio, sino de esas conductas y frases hechas que perpetúan los estereotipos, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Pero ya es hora de que lo hagamos.

Seguro que todo el mundo ha dicho -o por menor oído- de otra persona que ha trabajado como un negro, que ha hecho un trabajo de chinos o que ha pagado menos que un judío. O que determinada reunión era una merienda de negros. Y seguro, también, que ha escuchado alguna frase del tipo “ten cuidado, que por aquí hay muchos gitanos” o que se han referido a ellos como paradigma de atributos negativos como la falta de higiene. O que se le ha reprochado a alguien enfermizamente celoso por ser un moro Algo que es injusto y que deberíamos hacernos mirar, pero que ahí sigue

 Y es que hasta el propio refranero está salpicado de estos prejuicios, y muchos de ellos de todo menos subliminales. Claros y bien claros, dicen cosas tan humillantes como “si quieres ver a un gitano trabajar, mételo en un pajar” “el cariño como hermanos y el dinero como gitanos”, respecto al pueblo gitano. Otros, se refieren a las personas judías con frases tan poco delicadas como “el gato y el judío de cuanto ven dicen mío”. Y algunos hacen un pastiche de racismo, machismo, xenofobia con sentencias como “el judío y la mujer vengativos suelen ser” o “judíos y gitanos no son para el trabajo”. Y es que el refranero será sabiduría popular pero, cuando dice estas cosas, es muestra no de sabiduría sino de torpeza popular. Una torpeza que a veces reproducimos sin darnos cuenta. Y solo son algunos pocos de los muchos ejemplos que he encontrado

Es muy conocida en Toguilandia la referencia a algo que se conoce como la “maldición de la gitana”: “pleitos tengas y los ganes”. Esto, que puede parecer gracioso, y una muestra de una realidad casi incontestable -más vale un mal acuerdo que un buen juicio- no lo es tanto si nos fijamos en lo que estamos dejando caer: que son las gitanas las que maldicen, en vez de dedicarse a otros menesteres, y que el pueblo gitano es especialista en juicios, y no precisamente desde la parte togada de estrados. Algo que, hoy en día, está absolutamente fuera de la realidad. No hay más que venir un día a la guardia y comprobarlo.

También son muy manidas frases como la ya citada de que determinada cosa se convirtió en una merienda de negros, aquella otra no se la salta un gitano u otras más imperceptibles, como la referencia al dinero negro o irregular, por contraposición al blanco, que es fetén, o la insistencia en que las cosas se blanquean cuando se les quiere dar una apariencia buena -blanca- a cosas que son negativas.

Así que, acabo con un consejito. Igual que Antonio Machín le pedía al pintor que pinta con amor que pintara angelitos negros, yo lo que pide es que abramos nuestras mentes y nos dejemos de estereotipos caducos e injustos. Y que nos pongamos en la piel de quienes se vean afectados, que a lo mejor sí dan importancia a aquello que nos parece que no la tiene. Tampoco pido tanto. ¿No?

Por eso, precisamente, mi aplauso de hoy es para quienes ya se fijaban en estas cosas y evitaban caer en el prejuicio. Y, por supuesto, el de mañana será para quine lo haga a partir de ahora. Que no se diga.

Frases machistas: Machismo de guardia


                Algunas veces podemos llegar a creer que el machismo se fue para siempre. Y más en fechas como estas, recién elegida la que es la primera mujer presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Pero no olvidemos que no hace tanto nuestras vidas y lo que de ellas reflejaba nuestro cine tenía títulos como Las que tienen que servir o La lola nos lleva al huerto. Sin olvidar esas películas americanas tan famosas y a la vez tan machistas como Pretty Woman, Grease o, a la cabeza de todas, Siete novias para siete hermanos. Sin perjuicio de su calidad artística, por descontado.

                En nuestro teatro está claro que el machismo está proscrito, pero del dicho al hecho hay un buen trecho. En unas carreras donde las mujeres no tuvimos arte ni parte hasta bien entrados los 70, donde hasta 2015 no hubo una Fiscal General del Estado y hasta casi 10 años más tarde no llegó una presidenta del Tribunal Supremo, tampoco podemos presumir de mucho. Que ya se sabe lo que dice el refrán sobre decir de lo que se presume.

                Por eso, con la intención de echar un vistazo a los estereotipos que todavía nos traicionan alguna vez, quería estrenar esta función. Y como el movimiento se demuestra andando, haré referencia a algo que ocurre con cierta frecuencia a las abogadas. No me ha pasado solo una vez, ni dos, que he oído a un detenido renegar de la abogada de oficio que le ha tocado en suerte porque es mujer. Sobre todo, en una jurisdicción como la de violencia de género, donde llegué a oír decir a un angelito que a ver si le traían un abogado de verdad, y lo “a esta”. Ni que decir tiene que salí en defensa de la abogada, porque aquello era inaceptable y porque ella y su profesionalidad lo merecían.

                Tampoco es infrecuente, por desgracia, que nuestra “clientela” refunfuñe porque se encuentra en un juicio o en un juzgado de guardia con una jueza, una fiscal, una laj y una abogada. Incluso he llegado a ver que un recurso contra alguna resolución se basa en tan peregrino argumento. Argumento, ni que decir tiene, respondido como merece por la Audiencia.

                Y es que, con las cosas que dice nuestro refranero, es difícil que de vez en cuando no se oiga alguna barbaridad. En los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde el machismo campa por sus fueros, las respuestas de algunos de nuestros investigados recuerdan a esos refranes. De hecho, la conducta punible más frecuente es la que se acopla a un refrán hoy inadmisible: “a la mujer y a la burra, cada día una zurra” Y la raíz de estos problemas, el machismo y los estereotipos que lleva anejos, se reflejan perfectamente en estos otros que dicen cosas tan evidentes como “mujer y sartén e la cocina estén”, “la mujer en casa y con la pata quebrada” o “la mujer y l sardina en la cocina”.

                Pero, sin duda, hay otras más sutiles que tal vez hacen más daño porque penetran sin que nos demos cuenta. Así, cosas como decir a alguien “no se comporte como una niña” porque esté llorando, como si eso fuera motivo de desprecio y no de empatía () pueden ser demoledoras a la hora de que una víctima se decida a interponer una denuncia o renuncie a hacerlo. O esas frases tan manidas de “comportarse como un hombre” “tener un par de huevos”, como si los atributos masculinos fueran sinónimo de excelencia por contraposición a los femeninos.

                En cualquier caso, habrá que recordar que, en Toguilandia no vale eso de “vestirse por los pies” porque, como todo el mundo sabe, las togas son idénticas y se ponen por las mangas. O por las puñeteras mangas, si lo preferimos.

                Así que hoy el aplauso es para la primera mujer presidenta del Consejo del Poder Judicial, y por todas las personas que, a lo largo de los años, han hecho posible que este día llegara. Que ya era hora

Fobias: más que miedo


              Todo el mundo tiene sus filias y sus fobias, aunque muchas veces se confunden con simples manías. Y algunas, incluso, con un toque de obsesión que puede llegar a ser hilarante cuando no pasa a mayores. Pero, sea como sea, siempre dan lugar a argumentos interesantes, como la fobia social de Amelie, la del rey de Inglaterra en El discurso del rey, o la colección de las que tenía el protagonista de Mejor imposible.

              En nuestro teatro también existen las fobias, porque quienes estamos en él pertenecemos al género humano, y no nos libramos de ellas, pero son tan diversas como las personas y pueden tener efectos o no tenerlos en absoluto.

              Una de las más conocidas es la claustrofobia, cuyo objeto de terror son los lugres cerrados. Y respecto a esta, siempre recordaré un caso muy peculiar donde se trató de utilizar para conseguir un efecto adverso. Se trataba de un detenido nada menos que por homicidio que, cuando se olió la tostada de que su destino más que probable iba a ser la prisión, se puso a gritar como un poseso que él no podía ir allí porque tenía claustrofobia u no podía estar encerrado. Pero, al final, se fue a donde él se temía y no le pasó nada. O, al menos, nada diferente que la que le pasa a cualquier persona en prisión preventiva, primero, y definitiva, una vez condenado, O sea, que lo coló.

              También recuerdo el caso de un angelito, también detenido, que se definía a sí mismo como vigoréxico y que decía que no podía permanecer lejos de su gimnasio. Gimnasio que, casualmente, se encontraba dentro dl radio de 300 metros del domicilio de la que fue su pareja, que le había denunciado por maltrato y pidió un alejamiento. En este caso, yo misma, que soy muy respetosa tanto con las filias como con las fobias, le expliqué que no había problema, que si no quería el alejamiento le podría mandar a un sitio donde tenía gimnasio, gratis y todos los días. Precisamente, el lugar donde no quería ir el detenido del que hablaba antes, la prisión. Y mira por donde que debo tener unas dotes terapéuticas desconocidas, porque de repente desapareció la dependencia a ese gimnasio y se conformó con el alejamiento, si eso le suponía esquivar la prisión. Y es que tengo un poder de convicción tremendo.

              Pero no solo nuestros detenidos e investigados tienen manías y fobias. Conozco a quien tiene tanto miedo a conducir -amaxofobia, se llama- que es capaz de tardar cuatro veces más tiempo en desplazarse que coger el volante. Y le pasa incluso a gente que se sacó el carnet en su día. Y otro de los típicos es el terror a los ascensores. Y también hay quien se recorre los pisos que haga falta a patita antes de subirse en un ascensor, Aunque llegue echando los higadillos.

              Un caso curioso, entre la picaresca y la leyenda urbana, fue el de un funcionario que decía tener no fobia sino alergia al aparato con el que se fichaba con el dedo y lo alegó para pedir una baja. Lo sorprendente del caso es que, según cuentan, se la concedieron, con lo fácil que hubiera sido firmar en un papel como los de toda la vida. Pero me da la sensación de que el amigo a lo que tenía fobia es a trabajar Y es que es muy cansado, no diré que no, con lo bien que se está en casita tumbado en el sofá.

              Aunque tal vez lo que tenía era lo que me dijo una vez una testigo -ella se consideraba testiga, como Chus Lampreave- , que se había librado de la imputación por los pelos y prefería no aparecer por los juzgados. Me dijo muy seria que tenia fobia a los juzgados, y que por eso no quería venir. Y la verdad es que tuvo su gracia, hay que reconocerlo. Y su dosis de caradura, hay que reconocerlo también.

              Otro fue más expresivo y dijo que eran las togas lo que le daban alergia, un trastorno que, de existir, se debería de llamar togafobia. Pero, que yo sepa, aún no está contemplado en los anales de la Medicina. Igual con el tiempo, llega. Que nunca se sabe.

              Eso sí, lo que espero es que nadie tenga toguitaconifobia, porque me llevaría un disgusto bien grande. Tan grande como el aplauso que dedico hoy a los protagonistas de estas anécdotas. Porque siempre nos dan vidilla.

Imaginarium: objetos que son y no son


                Imaginación al poder. Esa era la consigna del mayo del 68, y no sé si por su influencia o porque el ingenio se estimula cuando la carestía acecha, siempre hay cosas invisibles respecto de las que actuamos como si lo fueran. Y no, no me refiero a fantasmas más o menos visibles como los de El sexto sentido o a las gemelas de El Resplandor sino a otros más tangibles, como el famoso amigo invisibles que muchos niños y niñas tienen, como ocurría en Jojo Rabbit o El club de la lucha

                En nuestro teatro, no tenemos presencias invisibles, al menos que yo sepa. Aunque yo la verdad soy muy de pies en tierra y me gustan poco los Expedientes X. Ya tengo bastante con los reales y verdaderos que hay encima de mi mesa y en mi armario pidiéndome a grito que los saque adelante, sobre todo recién llegada de vacaciones.

                Pero, si lo pensamos bien, todo el mundo ha simulado alguna vez la existencia de cosas que no están. El más claro ejemplo es el de levantar los dedos pulgar e índice en sentido horizontal -estoy segura de que ahora mismo lo estáis haciendo con vuestra mano- simulando una pistola. Con ese solo gesto, ya se entiende que se está amenazando a alguien, y existen condenas por delitos de amenazas. Otro tanto ocurre con el gesto de pasar el dedo por el cuello como si se tratara de un cuchillo imaginario, otro de los clásicos. Incluso recuerdo un caso en que se condenó por robo con intimidación -eso sí, sin uso de armas- porque para lograr que una señora entregara la cartera a su atracador, le apuntaba en la espalda con un arma que resultó ser su dedo, cosa que la asustadísima señora ignoraba. Una cuestión parecida se ha suscitado alguna vez respecto de la intimidación que era necesaria para considerar que existía un delito de violación y no un mero abuso sexual, antes de la ley del solo sí es sí claro está.

                Y, hablando de delitos sexuales, también hay mucha imaginación en esta materia. No hace falta que describa con mucho detalle ese gesto que se hace echando los dos brazos hacia detrás y la pelvis hacia delante que, en determinadas circunstancias puede ser, cuanto menos, un delito de vejación injusta. Y qué decir cuando se estiran los dedos índice y meñique de la mano escondiendo el resto, en que el insulto está servido. Salvo, claro está, que se sea rockero o amante del heavy metal.

                A propósito de estos, otro de los objetos imaginarios más usados es la guitarra. ¿Quién no ha emulado alguna vez a algún guitarrista famoso rasgándose la tripa con una mano y sosteniendo el mástil con la otra, mientras se cae a horcajadas al suelo dándolo todo? Pues eso. Si hasta existen concursos de guitarra imaginaria, aunque no sé si los premios serán imaginarios o no.

                Y hay más casos, uno de los más frecuentes el del teléfono. Basta con estirar los dedos meñique y pulgar, poniéndose el primero a la altura de la boca, para dar a entender que se habla por teléfono. Y, si bien es difícil comunicar con nadie, también es difícil que nos pongan una multa por usar el móvil conduciendo. Todo tiene sus ventajas.

                Si de conducir se trata, también hay gestos evidentes. El de coger un volante imaginario es uno de ellos. Menos conocido es el que hacemos cuando acompañamos a algún conductor novel o poco ducho, que consiste en apretar con nuestros pies u freno imaginario. Pero para poco sirve, la verdad. Y menos aún si el conductor ha llevado a la vida real otro de los gestos imaginarios más frecuentes, que hasta tiene su traducción en palabras, el de empinar el codo. Más le vale haberlo hecho solo en su versión imaginaria, pues de lo contrario, como le pillen la sanción es segura, sea por la vía administrativa o por la judicial.

                Ahora bien, si lo que hay pagar es una multa, que no nos engañen. Por más que el hecho de frotarse el dedo pulgar con el corazón y el índice denote dinero, hay que rascarse el bolsillo, y no solo en sentido figurado. Basta con que un policía figure que escribe sobre su mano ara saber lo que nos espera. Y eso sin necesidad que nos lo diga, aunque siempre se pude fingir sordera construyendo una trompetilla imaginaria sobre la oreja, o ceguera poniéndonos los dedos con forma de círculos sobre los ojos

                Y hasta aquí, este estreno de hoy que, aunque no sea imaginario, me gustaría que produjera el efecto de quitarse el sombrero. Si no, me dará un sofoco que tendré que remediar dándome aire con mi abanico imaginario. Eso sí, que el aplauso sea de verdad, y esta vez para la imaginación que nos hace ver tantas cosas que no existen. ¿O no?