Cada navidad, hay una serie de clásicos imprescindibles que se repiten. La Navidad no sería tal sin ver la enésima reposición de Qué bello es vivir o Vuelve Santa Claus en cualquiera de sus secuelas y precuelas. Tampoco hay Navidades sin turrones, y, hasta no hace mucho, sin el anuncio que decía eso de “vuelve a casa por Navidad” o el de las doradas burbujas de cava.
En nuestro teatro, creo que puedo presumir de estar contribuyendo a la consolidación de un clásico de las Navidades. De un clásico que, además, se forjó en este escenario y en este escenario sigue. Porque segundas, terceras y cuartas partes son buenas, si bueno es el fin. Y este es inmejorable.
Por si acaso hay algún desmemoriado que no lo recuerde, o alguna nueva incorporación al público de este teatro toguitaconado, os lo volveré a contar. Durante varios años, he fabulado cuentos para explicar la trascendencia de esta iniciativa. Y hoy recordaré ese espíritu. Porque el propósito lo merece.
La Fundación Soledad Cazorla financia becas para huérfanos y huérfanas de violencia de género. Se trata de esos jóvenes, niños y niñas que vieron abruptamente interrumpida su vida y sus estudios porque su madre fue asesinada. Asesinada, además, en un supuesto de violencia de género, en muchos de los casos por su propio padre. Y esas criaturas quedan, de repente, además de sin su madre muerta, sin un padre que esté obligado a subvenir sus necesidades. De modo que, por si fuera poco con todo lo que han sufrid, se ven en la necesidad de interrumpir sus estudios, o de no enfocarlos por el camino que hubieran tomado porque las necesidades económicas aprietan. Una injusticia encima de otra.
Imaginemos por un momento que esas niñas y niños, que esos adolescentes que han de dejar de estudiar sin nuestros sobrinos, o los hijos o hijas de esa amiga que queremos tanto, o de esa compañera de colegio tan maja. ¿No nos gustaría que les ayudaran a salir adelante?. Pues imaginemos ahora que ni siquiera tienen tíos ni tías, ni amigas ni compañeras de colegio que estuvieran cerca de sus madres. Hay quienes, además, tienen a la poca familia que les queda a muchos kilómetros. Está claro que nos necesitan.
Pero no solo eso. Tal vez el mundo esté perdiendo un nuevo premio nobel que vaya a curar la enfermedad que nos azote en un futuro, o sea un nuevo Cervantes o, por qué no, una nueva Rosalía de Castro. Quizás estas criaturas tengan escrito en su destino ser los artífices de grandes descubrimientos para la humanidad, o consigan la ansiada paz en el mundo. No podemos permitirnos borrar ese destino que tenían marcado en las estrellas.
¿Y qué tenemos que hacer? Pues poca cosa, si comparamos con lo que conseguiremos. No tenemos más que comprar un décimo, o dos, o más, de esa lotería solidaria que la Fundación Soledad Cazorla nos trae cada Navidad para el sorteo de El Niño. Un décimo como este
Es, además, el legado de una gran mujer, Soledad Cazorla, la que fue la primera fiscal de sala contra la violencia de género que nos dejó prematuramente, no sin antes haber dispuesto un legado para tan encomiable fin.
A mí, que soy fiscal como ella, me enorgullece especialmente contribuir con mi granito de arena a esta gran obra amadrinando un número. Y os animo, claro está, a que lo compréis.
Os daré mi aplauso si compráis a cualquiera de los números, pero si lo hacéis al mí, será con ovación extra. Una ovación extra que se une a la que doy a @madebycarol por contribuir, una vez, con sus maravillosas ilustraciones.
Aqui os dejo de nuevo el enlace. Y recordad que el 11822 es el número que, aunque no toque, toca
En la UCI pediátrica de un hospital de Valencia, un niño de apenas ocho años devolvía la alegría a su familia. O, al menos, parte de ella. Tras un tiempo de angustia, el niño recobraba la consciencia. El personal sanitario se unía a la familia en la celebración. Porque la historia de Miguel había conmovido a todo el mundo.
Miguel paseaba por su abuelo, como cada tarde, por el pueblo valenciano donde vivían. De pronto, un torrente de agua incontrolable les sorprendió, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. El abuelo agarró al niño, al que ya le llegaba el agua al cuello, con fuerza y consiguió encaramarlo a un árbol valiéndose de uno de los coches que arrastraba la corriente. Sacando fuerzas de donde no tenía, aseguró al niño y le pidió que, pasara lo que pasara, no soltara esas ramas hasta que vinieran a por él. Apenas unos instantes después, desapareció, y nadie volvió a verlo. Miguel obedeció a su abuelo y se mantuvo agarrado con todas sus fuerzas hasta que un helicóptero le rescató. Estaba exhausto, magullado y tenía un fuerte golpe en la cabeza. Ingresó en el hospital, y permaneció inconsciente durante un interminable día y medio.
Por suerte, el niño no tenía graves daños físicos. Lo de su mente ya era otra cosa. No recordaba nada, y los médicos, una vez le dieron de alta, recomendaron que le dejaran tranquilo
– Sé que es difícil, pero deberían llevarse a su hijo fuera de Valencia. Hagan un viaje que le entretenga para que se reponga. Poco a poco, irá asimilando lo sucedido. Pero tiene un trauma importante, y mejor no precipitar las cosas
Los padres hicieron caso y, sacando fuerzas de flaqueza y gracias a la ayuda económica de unos y de otros, organizaron un viaje a Laponia. Verían a Papá Noel y su hijo, después de lo que había sufrido, tendría una alegría.
Dicho y hecho. A principios del mes de diciembre ya estaban en un avión rumbo a la casa de Santa Claus. En ningún momento comentaron a Miguel nada de lo que había pasado, y evitaban cuidadosamente que le llegara ninguna noticia al respecto. Le dijeron que era un regalo por sus buenas notas, y que ya habían hablado con su colegio para que le permitieran faltar unos días más a clase. Miguel no podía saber que ya no había colegio, ni clase, ni nada. Y por supuesto, nadie debía hablarle de su abuelo, del que le dijeron que fue a pasar unos días a casa de su tía.
No resultó nada fácil a los padres del niño disimular su pesar por la pérdida de su negocio y los daños en su casa, y el inmenso dolor por la muerte del abuelo, cuyo cadáver ni siquiera había aparecido. Lees costó un mundo fingir ante su hijo una alegría que no sentían. Pero el bienestar de la criatura lo merecía todo.
Cuando llegaron a su destino, Miguel fue aupado en brazos de Santa Claus, como tantos otros niños. Quien representaba ese papel no sabía valenciano, que era lo que hablaba el niño, pero disimulaba muy bien. De haberle entendido, habría escuchado lo que dijo
– Santa, cuida de mi abu, allá donde esté, que seguro que puedes. No les quiero decir a mis papis que lo sé todo, porque se han esforzado tanto que me da pena ponerlos más tristes
Después, le dijo algo más al oído, pero nadie puedo escucharlo. A sus padres les contó que le había pedido los juguetes que había escrito en su carta. No les explicó nada más.
Cuando llegaron a la casa donde se alojaban, Miguel encontró un paquete con una nota que decía que Papá Noel había decidido traerle el regalo allí en vez de en su casa de Valencia. El niño abrió el paquete y sonrió
– ¡Un patinete eléctrico!, Justo lo que había pedido
Sus padres se miraron y sonrieron aliviados. No podían saber que, a muchos kilómetros de donde se encontraban, Papá Noel había cumplido con lo que Miguel le pidió. El cuerpo de su querido abuelo había sido encontrado, por fin. Y cuando recibieron la noticia, los padres de Miguel se abrazaron, emocionados, tratando de que el niño no los viera. No podía saber nada
Él, que les espiaba por una rendija, también se emocionó y trató de que no le vieran. No podían saber que él lo sabía todo. Y Papá Noel también.
No siempre es fácil determinar dónde están los límites, dónde están las fronteras entre el sí y el no, La delgada línea roja de que habla el cine, o la diferencia que vuelve el Azul oscuro casi negro. Y es que la vida, como el cine, está llena de charcos que hay que evitar, aunque no siempre se consiga.
En nuestro teatro estamos constantemente bordeando límites para no pisar más charcos de los precisos. La que separa la absolución de la condena es la más conocida y la más obvia, pero hay otros momentos donde esas líneas se difuminan hasta hacernos dudar.
Si duda alguna, una de las líneas más peligrosas y resbaladizas con la que nos encontramos en Toguilandia es la que hace referencia a la prueba. La sentencia o, en su caso, el auto de sobreseimiento acaba por tomar partido entre absolución o condena y para ello, las más de las veces, ha de decidir si el objeto del pleito se considera o no probado.
Para considerar que algo está probado, por más que parezca una perogrullada, hay que tener pruebas. Pero tan importante como tenerlas es saber qué se considera prueba. Se suele decir, obre todo en ámbitos ajenos a Toguilandia que si se trata de la palabra de uno contra la de otro no hay prueba suficiente, porque sol hay versiones contradictorias. Y aunque eso puede pasar y pasa, sobre todo, en los juicios por delitos leves, no se puede hacer esta afirmación tan alegremente. El Tribunal Supremo ha declarado hasta la saciedad que el testimonio de la víctima puede tener virtualidad suficiente como para mandar al carajo a la presunción de inocencia siempre que se den determinados requisitos, cuales son, en resumen: verosimilitud, persistencia en la incriminación y ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. Pero, además, hay otra cosa que es clara: el investigado tiene derecho a no declarar contra sí mismo, con lo cual puede mentir sin que por hacerlo le pasa nada; sin embargo, el testigo, si mintiera, podría ser inculpado de falso testimonio. Esto les pone en situaciones desiguales, sin duda. Y pese a que no siempre sen entiende cuando hay una víctima que declara ya no se trata de que no haya prueba son que hay una, la testifical. Como se valore en cada caso ya es harina de otro costal. Que la presunción de inocencia es lo que tiene.
Directamente relacionado con ello, está la línea roja que separa el ser imputado de no serlo, declarar como testigo o hacerlo como investigado, una línea roja a la que ya dedicamos un estreno y que constituye una de las cosas más difíciles de nuestro trabajo.
Otro de los límites importantes en nuestro escenario es la diferencia entre los que es delito y lo que no lo es, y sus límites pueden venir, como mínimo, por dos partes. Una, la que separa e ilícito civil del penal, y otra, la que diferencia entre el delito y la infracción administrativa. Sin olvidar, por supuesto la que delimita el delito leve del menos grave o, según la terminología anterior a la reforma de 2015, el delito de la falta.
En cuanto al límite entre el delito leve y el menos grave, la cosa es sencilla cuando se trata de delitos contra el patrimonio. Cuando no hay violencia ni intimidación, que el objeto del delito sea superior a 400 euros o no lo sea, marca esta diferencia, que penológicamente puede ser muy importante. Más complicada resulta la diferencia cuando hablamos de cuestiones de matiz o de gravedad, como ocurre en las amenazas o las coacciones -fuera de la violencia de género- o en las mismas injurias. Habrá que ir al caso concreto y no siempre llueve a gusto de todos. Gajes del oficio.
De otra parte, está la línea que separa el ilícito civil y penal, entre los cuales existe una línea que muchas veces es casi imperceptible. Diferenciar una estafa de un incumplimiento contractual puede ser complicadísimo. Toda una copiosa literatura judicial sobre las llamadas “querellas catalanas” da buena fe de ello. Además, esta línea es especialmente resbaladiza en supuestos de imprudencia profesional o de otro tipo
Por último, hay que tratar la línea que divide el ilícito administrativo del civil. Porque además hay que recordar que la jurisdicción penal es siempre preferente y en cuando se conoce de la incoación de un proceso penal, debe cesar cualquier otro hasta que el pleito penal se resuelva. Esta línea se traspasa cuando el ilícito de tráfico pasa de ser eso a convertirse en un delito imprudente, y también tiene mucha relevancia en relación con las infracciones disciplinarias. En cualquiera de los casos, no se puede olvidar el principio de negación de la doble incriminación o de non bis in idem
Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero no haber traspasado los límites de vuestra paciencia. Si es así, negadme el aplauso. De lo contrario, aquí estoy.
Hoy en nuestro teatro un relato muy especial. La carta que una víctima escribiría a un maltratador. Es ficción aunque podría ser realidad. O quizás lo sea
Me voy. Nos marchamos. No creo que nos vuelvas a ver, ni tampoco quiero volver a verte. Por fin he encontrado el valor para hacerlo. Pero no quiero irme sin decirte todo lo que tengo guardado dentro. Solo he encontrado coraje para dejarte, pero no tanto como para decírtelo a la cara. Sí, soy una cobarde, pero al fin y al cabo eso es algo que aprendí de ti. No te quedes así. Por muy fuerte que te hayas creído siempre, nunca has sido otra cosa que un cobarde, un triste y miserable cobarde. Ya no me asustan tus bravuconadas, ni me estremecen tus lágrimas. Ya no me queda corazón para compadecerte, ya todo me da igual. ¿Creías que no lo sabía? Pues entonces, además de cobarde, eres tonto. Espero estar aún a tiempo de no haberme vuelto tonta yo también, aunque he estado cerca. No sabes cuánto la echo de menos… Y ni siquiera he podido llorarla como toca. Ni siquiera he podido contar a nadie lo que pasó. Incluso me costó verlo yo misma. Sé que nadie va a comprender mi decisión, pero tampoco aspiro a ello. No es fácil que nadie entienda cómo soy capaz de dejar a mi padre solo, sumido en la depresión por la muerte de su esposa, mayor y enfermo. Pero nadie sabe que fuiste tú quién la mató. Creo que ni siquiera tú lo sabes. Ya sé que fue ella sola quien se tiró por la ventana, que tú no la empujaste. Y que antes se había tomado montones de pastillas, y en otra ocasión la encontraron con cortes en las muñecas. Pero ella no se quitó la vida. Ella ya no tenía vida, tú se la quitaste antes. Tú, que despreciabas la comida que hacía, las cosas que decía, los amigos que tenía. Tú, que no parabas de decirle lo mal que lo hacía todo, lo inútil que era, la carga que suponía. Tú, que a cada momento te lamentabas en voz alta de haberte casado con ella, que fantaseabas en lo que hubieras podido ser de no haberlo hecho. Tú, que cada día despintabas la sonrisa que a ella cada vez le costaba más lograr. Y tú, que finalmente fuiste cambiando esos desprecios por empujones, y los empujones por bofetadas, y las bofetadas por golpes. Y encima la llamabas torpe por caerse, la llamabas fea por tener los labios hinchados, y el ojo morado, la llamabas inútil por no estar en condiciones de atenderme.
Tú la echaste en brazos de esas copitas de anís que fueron nublando su vida y durmiendo su desdicha. Y aún tuviste el valor de llorarla en su entierro. Ni siquiera la dejaste sola allí. Sé que aún vas de vez en cuando a turbar su descanso al cementerio. Y que la culpas de tu desgracia. Por Dios, déjala en paz. Sé que tus ramos de flores la siguen asfixiando, allá donde esté. Ya sé que a mí nunca me has puesto una mano encima, que nunca me insultaste, que a tu modo me quieres, como quieres a tu nieta. Pero no quiero ese amor envenenado. Me has hecho más daño quitándome a mi madre, porque nunca conocí cómo pudo haber llegado a ser, ya que tú la habías matado antes. Hube de convivir con un fantasma que era mi madre, pero no lo era. He vivido en un mundo de silencios, de tristezas, de puertas cerradas con llave, he vivido ocultando botellas, tapando errores, encubriendo historias. Y no quiero más. Ni siquiera saldrás nunca en las noticias, ni pasarás por un Juzgado. Tu mujer se suicidó. Tú te quedaste solo y deprimido. Y la desalmada de tu hija, encima, te abandona, viejo y enfermo. Pero ya no más. Mi hija, que no ha tenido padre porque yo fui incapaz de convivir con alguien sin verte a ti, no vivirá este infierno. No, si yo puedo evitarlo. No la voy a condenar a un mundo de silencio, de puertas cerradas con llave, de visitas al médico, de botellas de anís y de tranquilizantes. Quiero que sea todo lo feliz que no lo fue su abuela, ni su madre, ni siquiera tú. No la volverás a ver. Y, cuando sea mayor y me pregunte por sus abuelos, le enseñaré esta carta. Y espero que por fin ella viva en un mundo donde no existan personas como tú. Hasta nunca.
La publicidad forma parte de nuestra vida. Hay publicidad en a televisión, en el cine, en las marquesinas, en las paradas de autobús y en cualquier sitio. De publicidad y sus cosas tratan películas de hace tanto tiempo como Pijama para dos o más recientes como La mejor película jamás vendida, aunque pausas publicitarias puede haberlas en cualquiera. Depende de dónde se emitan.
En nuestro teatro no hay pausas publicitarias, desde luego. Solo faltaba que en mitad de un juicio Su Señoría interrumpiera la vista para dar paso a un espacio publicitario, o que antes o después apareciera la advertencia de que “este juico esta patrocinado por Togas Puñetitas”. Aunque nunca se sabe, que tal vez lo que hoy parece imposible mañana se asume con naturalidad. Si lo hicimos del papel de claco y la Olivetti al ordenador, podemos evolucionar con todo.
La cuestión es que hay algunos anuncios que han quedado en el imaginario colectivo. Algunos de ellos hoy no pasaban ningún filtro. Pensemos, sin ir más lejos en aquel eslogan de los 70 que anunciando un coñac afirmaba que “Soberano es cosa de hombres”, que duró varias campañas y que todo el mundo repetía como si fuera lo más natural del mundo. Y es que lo natural, en aquel entonces, era ser machista sin ningún empacho. Ahora tal vez lo sigamos siendo, pero nunca se admitiría un anuncio que lo proclamara. Estaría -por fortuna- sancionado por la Ley General de publicidad desde la redacción que de la misma hizo la ley integral contra la violencia de género, allá por el 2005.
Por cierto, que esa misma Ley General de Publicidad, en su última redacción hace apenas un par de años, introdujo entre lo que se considera publicidad ilícita la que sea de carácter racista, sexista, homófoba, tránsfoba o que fomente la discriminación por edad, por discapacidad o por razones estéticas.
Ni que decir tiene que el negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao no hubiera podido cantar en nuestra tele actual sin arriesgarse a que le eliminaran de las pantallas por publicidad ilícita por su contenido racista, y tampoco hubiera podido atravesar con su motocicleta nuestras pantallas aquella chica del mono de lúrex que buscaba a Jacques, y que no sé si le habrá encontrado. Aunque si el tal Jacques ha envejecido tan mal como el artículo, mejor que corra en dirección contraria y se vaya bien lejos con su moto.
Estos son solo algunos ejemplos, pero en el pasado no había lavadora, cocina o similares que no se ofreciera como de uso exclusivo de las mujeres, que han seguido siendo, hasta hace poco, las únicas que anunciaban detergentes, como si a los hombres les saliera urticaria solo con acercarse a él. Y, como me decía una amiga, tampoco sé por qué somos casi exclusivamente las mujeres las que tenemos varices, o hemorroides en los anuncios, como si no tuviéramos bastante con sufrir cada mes el período, que ni huele como huelen las nubes, ni es un líquido azul, ni provoca la cara de alegría que tienen las modelos de los spots.
Y, halando de liquiditos azules, siempre me ha invadido una duda en la relación entre publicidad y Derecho. Y es cómo harán esas pruebas ante notario en que dos bebés hacen pis en dos pañales diferentes, para demostrar cuál absorbe mejor. ¿Están los notarios esperando en su notaría a que el bebé tenga ganas de hacer aguas menores? ¿Y si le da por hacer aguas mayores, o no le da la gana de hacer pis? ¿Comprueba personalmente el notario con sus manos si se ha absorbido el pipí? Y, la más importante pregunta ¿tanto tiempo estudiando la oposición de Notarías para eso? Pues hala, Iker Jiménez, aquí tienes temazo de misterio para tu Cuarto Milenio.
Lo bien cierto es que, aunque la publicidad ilícita está proscrita en nuestro ordenamiento, no lo es menos que el procedimiento no es de lo más sencillo. Como muestras de que pueden lograrse cosas, hay condenas por publicidad sexistas en casos como el del calendario de una compañía aérea que utilizaba los cuerpos de sus azafatas para anunciar sus vuelos, o de una cementera que pensó que lo más adecuado para vender cemento es estampar la imagen de una mujer de muchas tetas y poca ropa en los sacos que contienen el producto.
No obstante, no echemos las campanas al vuelo. No hay más que poner la tele y ver los anuncios de juguetes, de perfumes, de detergentes o de productos navideños para percatarnos que si la aplicación de una sanción legal fuera tan automática como debiera, no se salvaban ni la tercera parte. Y eso siendo generosa.
Y ahora cierro el telón. Sin dar espacio a la publicidad y dejando el aplauso en suspenso. Ya lo daremos cuando todo esté en orden y en clave de igualdad. Que ya es hora,
Son muchos los trabajos en que se requiere una ropa característica. Imaginemos a los bomberos de El coloso en llamas apagar el fuego vestidos de calle, o a los soldados de El puente sobre el río Kwai, El día D, La chaqueta metálica o cualquier otra película bélica sin su uniforme militar. O a los miembros de las profesiones sanitarias de Urgencias u Hospital General atendiendo a sus pacientes en traje de chaqueta u operando en chándal. Pero no solo son profesiones, también en otros lugares como en colegios, residencias u orfanatos se vestía uniforme, como veíamos en Las niñas o en Las hermanas de la Magdalena. Aunque, si algún uniforme que hemos visto en el cine nos ha dejado marca es el de los campos de concentración nazis, ese horrible ropaje que vestía El niño con el pijama de rayas.
En nuestro teatro, también tenemos nuestros propios uniformes, aunque con unas características peculiares. Ya dedicamos varios estregas a nuestra toga , a nuestras puñetas y hasta a nuestro vestuario. Pero hoy incidiremos más en el tema y, sobre todo, de otra manera.
Cuando hablamos de uniforme de Toguilandia, pensar en nuestras togas, con puñetas o sin ellas, es inevitable. Esa especie de abrigo negro, con su beca y sus pliegues que una de mis “clientas” llamaba “batín” –“no es verdad lo que dice la señora del batín negro” dijo, refiriéndose a mí- es el más característico de nuestros uniformes, pero no es el único.
Jueces y juezas, fiscales, Lajs y miembros de la abogacía y la procuraduría, lucimos toga para los actos oficiales. Obligatoriamente. Con nuestra galleta -placa- identificadora de cada cuerpo y todo. Aunque cuando hablamos de la obligatoriedad, siempre surge la misma cuestión. ¿Por qué, si es obligatoria, no nos la proporciona el estado? ¿Por qué tenemos que pagarla de nuestro bolsillo y quienes no somos profesionales liberales ni siquiera podemos desgravar ese gasto? Pues nadie sabe responder. Pero, aunque nadie imagina al policía o el bombero pagándose su uniforme, nosotros hemos de hacerlo. Y es que Toguilandia is diferent.
Cabría preguntarse, entonces, qué pasaría si celebramos juicios sin ella. Y la respuesta es que podrían abrirnos expediente. De hecho, así lo hicieron alguna vez en que un juzgado eximió de llevarla porque los 40 grados a la sombra casaban mal con un abriguito negro, por más puñetas que llevara, aunque luego archivaran el expediente. Verdad verdadera.
Otros de los que llevan uniforme en Toguilandia, son los médicos y médicas forenses. Aunque, justo al revés que nosotros, utilizan su bata para el trabajo de campo y no para los actos oficiales. Así que en la guardia ellos llevas bata y nosotros, no, y en los juicios somos nosotras quienes llevamos togas y ellas quienes visten de calle.
Pero, cuando se habla de uniformes, hay algo en que la mayoría de gente ajena a Toguiladia está equivocada. Se trata de la ropa que visten las personas que sufren de privación de libertad en prisión. Por más que la iconografía clásica los represente hasta la saciedad con el traje de rayas blanco y negro y hasta con una bola atada a la pierna, aquí nada de eso ocurre. Y muchísimo menos lo de las prisiones americanas, en las que, según vemos en las películas, los presos visten un mono naranja y tienen cadenas atadas a los pies. No deja de ser curioso que más de una serie española muestre a nuestra población penitenciaria de la misma guisa, pero eso no responde más que a la ignorancia y a la falta de documentación, que cualquier que sepa un poquito del tema les habría explicado que aquí las presas y presos visten su propia ropa.
Para acabar, me referiré a los cuerpos uniformados por antonomasia, esto es, las Fuerzas y Cuerpos de seguridad . O el Cuerpo de bomberos. Todos ellos, a diferencia de quienes habitamos Toguilandia, tienen su uniforme de trabajo y su uniformidad de trabajo, de modo que en los actos oficiales van vestidos de bonito, y en la tarea diaria lo hacen lo hacen con su uniforme de faena.
Y con esto cierro el telón por hoy. Aunque no m olvidaré el aplauso, que esta vez va dedicado, cómo no, a todas las personas uniformadas de Toguilandia. Que no se diga.
Sumar, restar, multiplicar o dividir son el paquete básico de las matemáticas, aunque hay genios que poseen Una mente maravillosa, que tienen Un don excepcional, que constituyen Figuras ocultas, o que han construido La teoría del todo a quienes el cine les dedica, merecidamente, obras estupendas. Y eso por no hablar de programas televisivos tan populares como Cifras y letras, que siguen triunfando. Y es que, a pesar de que las metes tienen mala fama en la infancia, pueden ser apasionantes.
En nuestro teatro hay que reconocer que somos muy de letras. Tanto, que si vemos un par de números nos entran sudores fríos y mareos y sacamos el comodín de siempre, el de que “somos de letras” como si nuestro cerebro tuviera un impermeable que o permitiera entran a ninguna operación que no pasara de la tabla de 2.
Pero siempre hay excepciones, claro está, y de ellas es de las que quería hablar hoy. Y las hay de varios tipos.
En primer término, no puedo dejar de hablar del trabajo de los LAJs y de su relación con los números. A este cuerpo de la Administración de Justicia corresponde todo lo relacionado con las cuentas del juzgado, que no es poca cosa, porque en algunos casos manejan ingentes cantidades de dinero. Y no siempre se da a esta función el valor y la dificultad que tiene.
Otra de las materias donde lo números tienen gran importancia se encuentra en materia de ejecución , de la que a veces no nos acordamos. Se trata de las liquidaciones de condena, para determinar exactamente cuántos días de prisión o de alejamiento corresponden a cada penado. Y también a la parte de ejecución corresponden determinaciones numéricas como las asaciones de costas o los cálculos de la responsabilidad civil con sus correspondientes intereses.
Aunque tal vez sea trasladándonos al campo del derecho civil donde encontramos más influencia de los números. De hechos todas las indemnizaciones por daños y perjuicios no hacen sino traducir a una cantidad el perjuicio causado, y otro tanto cabe decir del cumplimiento de cualquier obligación que se reclamen judicialmente y no pueda hacerse efectiva en especie.
Si, dentro del Derecho Civil nos adentramos en el Derecho de Familia, también encontramos algunas cuestiones de dinero al determinar pensiones o liquidaciones de regímenes matrimonial, entre otras cosas.
Aunque la parte donde más cifras aparecen es, obviamente, la que se circunscribe al Derecho Bancario, o al Derecho Mercantil en general. Ahí se diluye bastante eso de que seamos “de letras”.
Otro tanto cabe decir del Derecho Laboral en el que también hay que calcular indemnizaciones por despido y salarios debidos. Por que lo que se debe, es debido, y con las cosas de comer no se juega.
Per no me olvido del Derecho Penal, por descontado. Y dentro del mismo destacaré la importante labor de quienes califican, enjuician delitos económicos, una materia difícil y farragosa donde las haya. Y yo, que soy fiscal de sangre, sexo y vísceras como digo siempre, me quito el sombrero antes quienes lo hacen. Que no se diga
Para acabar, recordaré la importancia de las tasaciones periciales, que, con su determinación de lo que vale cada cosa, no solo fijan la cantidad que se debe abonar, sino que pueden establecer la existencia o no de un delito -como ocurre en delitos fiscales- o la diferencia entre un delito leve y uno menos grave -como en el caso del hurto-, lo cual no es baladí.
Y con esto cierro el telón de hoy, con la intención de aportar algo que sume, y no reste. Por eso dedico mi aplauso a quienes dentro de nuestro trabajo trabajan con los números. Una tarea nada fácil.
El arte en general y el cine en particular están llenos de homenajes o reflejos de personas que han supuesto un referente para las generaciones venideras. Ghandi, el Nelson Mandela de Invictus, Clara Campoamor, la mujer olvidada,Concepción Arenal, la visitadora de prisiones, y muchas mujeres y hombres más han sido espejo en el que siguen viéndose muchas personas.
En nuestro teatro también tenemos referentes. Tanto generales, esos juristas que inspiraron a varias generaciones a lo largo e los tiempos, como particulares, en ese o esa a quien conocimos y a quine quisiéramos parecernos. En realidad, a todo el mundo nos gustaría acabar convirtiéndonos en un referente, aunque también tenga una parte de responsabilidad que abruma un poco. O un mucho, según se vea.
Por la parte que atañe a juristas de todos los tiempos, hay referentes grandes y pequeños, y depende de cada época y de cada cual, porque para gustos hay colores, hasta en Toguilandia y aledaños. Un buen ejemplo de un jurisconsulto que todos, más o menos, admiramos o tomamos como referente, es el de Ulpiano, jurisconsulto romano del siglo II y III después de Cristo -ahí es nada- al que se le atribuya la frase que todo jurista ha empleado alguna vez, “Justicia es la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo suyo”. Una definición tan sencilla aparentemente como completa y expresiva si se analiza bien. Todo un código en menos de 15 palabras, que ya quisiéramos en algunos informes que se hacen eternos para decir bien poco. O sentencias, que también las hay, y yo, como seguidora de Ulpiano, también tengo por costumbre dar a cada uno lo suyo, aunque se trate de dar leña. Eso sí, con respeto y cariño, que eso nunca falta.
Continuando con esos referentes universales, y sin ánimo de exhaustividad, no vaya a ser que se me enfade alguien, citaré algún otro que, a mí al menos, m ha marcado. O mejor dicho, otra. Ninguna mujer española que se precie debe pasar por alto el papel de Clara Campoamor, la mujer que consiguió que se nos reconociera el voto a las mujeres, nada menos que allá por 1933. Lástima que pocos años más tarde se nos arrebatara durante cuarenta años tanto a hombres como a mujeres.
En el ámbito internacional, hombre como Ghandi y su pacifismo, Mandela y su lucha por la igualdad y contra el apartheid también han aportado mucho al avance de los Derechos Humanos, aunque, si tuviera que elegir, me quedaría con logros aparentemente más pequeños, como el de la niña Malala y su lucha por la educación de las niñas, o el de Rosa Parks, que consiguió tanto contra el racismo con el sencillo gesto de sentarse en un autobús. Muchos hombres pequeños, en lugares pequeño, haciendo cosas pequeñas, que pueden cambiar el mundo como dijo Galeano, otro referente. Una cita a la que solo le pondría un pero, aunque haya quien me llame tiquismiquis u otras cosas que prefiero no pensar. Un pero que seguro que quien me conozca habrá adivinado: que tendría que aludir no solo a hombres sino también a mujeres.
Pero además de estos referentes, hay otros más cercanos y que marcan tal vez mucho más. Los primeros aparecen en la Universidad, incluso en el colegio. Es bastante conocida la carta que Albert Camus escribió a su maestro de la infancia en el momento en que recibió el Premio Nobel agradeciéndole todo lo que hizo por él y diciéndole nada menos que si no hubiera sido por él, no habría llegado a donde llegó. Si alguien a estas alturas no conoce esa carta, recomiendo su lectura, así como la respuesta. Una verdadera lección de humildad que merece ser un referente.
Pues bien, aunque no todos los maestros y maestras son tan buenos ni sobre todo, su alumnado tan agradecido, todo el mundo tenemos algún profesor que constituye nuestro referente. Más aun, cuando llegamos a la facultad y damos nuestros primeros pasos toguitaconados.
Profesores de universidad, preparadores y preparadoras, tutores de prácticas se convierten, casi sin darse cuenta, en un modelo a imitar. Yo, desde luego, nunca olvidaré a los míos. N a mis preparadores, ni a mi tutor ni aquellas compañeras y compañeros que tuvieron la paciencia de enseñarme el oficio, y mucho más que el oficio. El amor al Derecho y a la carrera Fiscal. Aunque suene cursi.
Hoy en día, sin embargo, se habla de referentes para aludir a influencers y opinadores que saben menos de lo que deberían. Pero no generalicemos. También los hay que día a día hacen pedagogía de las pequeñas cosas en redes sociales o medios de comunicación, en periódicos y textos. Y estos también son excelentes referentes hoy en día. Referentes que, además, pueden llegar más a la gente joven que cualquier jurisconsulto premiado y respetado.
Reconozco, aunque sea un poco umbralista, que hay una compañera que siempre se refiere a mí como referente y, aunque no sé si lo merezco, sí que me hace sentirme feliz y orgullosa. Si ella pienso eso de mí, algo estaré haciendo bien
Pero dejaré de darme autobombo, n vaya a pasarme, e iré directamente al momento del aplauso. Y ese va dedicado a los y las referentes de todos los tiempos, grandes y pequeños. Gracias por todo
Las relaciones familiares, sean de sangre o de otro tipo, dan lugar a múltiples historias. Positivas o negativas, buenas o malas. Ahí tenemos series como Familia, La hora de Bill Cosby , Con ocho basta, Enredo, Los problemas crecen, Dos hombres y medio, Modern Family o Como conocí a vuestra madre son algunos de los muchos ejemplos de comedias basadas en diferentes modelos de vida familiar, mientras que las sagas de dinero y herencias como Dinastía, Falcon Crest o Dallas marcaron toda una época en nuestras televisiones. Y es que la familia da mucho de sí.
En nuestro teatro tanto la familia como el parentesco, que son parecidos, pero no iguales, tienen muchos efectos jurídicos. AlDerecho de familia, una parte esencial del Derecho Civil, ya le dedicamos un estreno en su día. Pero ahí no acaba todos los efectos del parentesco en nuestro Derecho. Ni en el Civil ni en otros ámbitos.
En el ampo del Derecho Penal, el parentesco puede producir múltiples efectos, tanto positivos como negativos. De hecho, la circunstancia de parentesco, en su configuración legal, no es agravante ni atenuante sino una circunstancia considerada mixta que, en teoría, tanto puede agravan como atenuar la pena, e incluso no producir ningún efecto. Tradicionalmente, se decía que agravaba los delitos que atacan a bienes personales, como la libertad sexual o la integridad, y que atenuaba los delitos conta la propiedad. Pero en honor a la verdad diré que, más allá de los casos de concurrencia de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, no he visto efectos positivos al parent4esco cuando autor y víctima están ligados por una relación de este tipo. Y parece lo lógico: a priori, es más reprochable delinquir contra la persona de la que eres pariente que contra un extraño.
Además del ya citado supuesto de la excusa absolutoria en delitos patrimoniales, que exime de responsabilidad los delitos de este tipo cometidos contra personas con las que se tiene un vínculo estrecho -el típico caso sería el del hijo que coge sin permiso el coche del padre-, hay más casos donde el parentesco está expresamente contemplado en el tipo, en la mayor parte de los casos para agravar la pena. Pensemos, por ejemplo, en los supuestos de violencia doméstica y de género expresamente regulados y castigados en nuestro Código penal.
Otros supuestos serían los de los padres que abandonan a los hijos o el impago de pensiones. En el Código anterior se regulaba expresamente el delito de parricidio, que no era más que un homicidio o asesinato a determinados parientes, penados más gravemente; o el infanticidio, referido a las madres que asesinaban a sus hijos recién nacidos para ocultar su deshonra, a las que se les asignaba una pena mucho más atenuada que al asesinato de un bebé en otras circunstancias. Otros casos contemplados en el Código anterior eran el adulterio, por el que se castigaba con dureza a las mujeres que cometían una infidelidad o el tipo atenuado del uxoricidio en adulterio, que castigaba únicamente con pena de destierro el asesinato de la propia mujer si era por casa de infidelidad. Por fortuna estos tipos penales son fruto de otra época ya superada, donde el machismo impregnaba la vida y los textos legales.
En el Derecho Civil además del ya mentado Derecho de familia, también son muchas las disposiciones que contemplan la existencia del parentesco, De hecho, e sus propias disposiciones se contiene la diferenciación entre los grados de parentesco que tanto costaba comprender en los tiempos de facultad. Es particularmente importante el parentesco y el grado del mismo en el Derecho de sucesiones. Los herederos naturales son siempre los descendientes, que no se pueden desheredar salvo por causas concretas y tasadas, a pesar de la creencia basada en esas series de millonarias sagas familiares, de que se pude desheredar a un hijo cuando a uno le venga en gana.
Para acabar, no podemos olvidar el Derecho Procesal. El hecho de tener determinado nivel de parentesco con el investigado/acusado permite, sin ir más lejos, no declarar contra él, a diferencia de la obligación de cualquier testigo de hacerlo. Es la llamada dispensa legal que ha motivado que tantas mujeres no denuncien a sus agresores o incluso que se echen atrás tras haberlo hecho, aunque la última reforma haya matizado el precepto, y no permita acogerse a la dispensa legal a quien haya denunciado.
Y hasta aquí, estas pinceladas sobre los efectos del parentesco, Podrían citarse más ejemplos, pero de muestra vale un botón. Pero no podemos cerrar el botón sin dar el aplauso de hoy que corresponde, sin duda, a quienes viven las relaciones familiares como algo positivo y actúan en consecuencia. Que no siempre ocurre
A punto de atravesar la frontera de otro 25 N, comprobamos que seguimos sin razones para celebrar y con mucho que reclamar.
Como homenaje a todas las víctimas, hoyos dejo uno de mis cuentos, incluido en mi antología Remos de plomo
LA OPORTUNIDAD
Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas noticias. No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero, como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre —o sea, el mío— por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello, pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario, cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo. Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido imperdonable. Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre perfecta. En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya hablaría con ella más tarde. Cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo juntas.
Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio, Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola puta, zorra y cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo, cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio deportivo. Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho creer. La pareja que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la oportunidad anhelada, precisamente esa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el patio del colegio. Andrea nunca contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y Antonio, eran la pareja ideal. Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, que habían llegado a motivar llamadas de los vecinos a la Policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La Policía acudió una vez más al domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden. Mientras tanto, yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a videojuegos. Le tenían que hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo la
culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara el momento de ir a trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte. La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las dejamos el día anterior. Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo el teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le pudiera decir. A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para que me espolvorearan la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían delante. No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos. Mi cerebro se negaba a leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no reconocía como propia, grité más que dije: «El malnacido de Antonio, el de deportes, ha asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos seamos todos, por nuestra complicidad». Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del guion, que rezaba: «Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero sentimental, no se han esclarecido las causas». Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que llamaron «causas objetivas» aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue
mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo. Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente las desigualdades entre hombre y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo y en el que Andrea se sentó una sola vez. Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes.