Despistes: no tengo remedio


El despiste es algo que exaspera a quien lo presencia y desespera a quien lo padece. Aunque a veces produce una hilaridad más que considerable. Y ahí, por supuesto, aparece un verdadero filón para el cine. Desde el estereotipo del sabio despistado de El profesor chiflado o los viejecitos y encantadores catedráticos de Bola de fuego a títulos que dejan tan poco lugar a dudas como Despistadas o Despiste ministerial, el despiste y sus consecuencias suele dar buenos resultados. Menos, claro está a quien lo sufre. Pero eso es otro cantar.

En nuestro teatro el despiste es tan habitual como en el resto de ámbitos. Aunque las consecuencias puedan ser a veces peores. Pensemos en que se nos pase por alto un señalamiento o el plazo para presentar un recurso porque nos hayamos confundido de día o de hora. Porque pasar, pasa. Y también pasa en el otro sentido: más de una vez me he encontrado con que las partes están citadas para el mismo juicio a horas y hasta en días distintos porque alguien se despistó a la hora de enviar o emitir las citaciones. Y la rabia que da.

La verdad es que yo compito con ganas al trofeo de despistada toguitaconada del año. O del siglo. Ya conté en el estreno dedicado a la vergüenza aquella ocasión donde pasé la mañana con unza zapato de cada modelo y color y, lo pero de todo, sin darme cuenta hasta la hora de volver. Y eso es solo una muestra de algo que me pasa desde pequeñita. Y cada vez que pienso que lo he controlado, pasa algo que me recuerda que no, que mi despiste genético sigue ahí.

El otro día había conseguido cita para renovarme el pasaporte, y estaba pletórica porque no está nada fácil conseguirlo. Pues cuál no sería mi decepción cuando, armada y pertrechada del correo electrónico que me confirmaba la cita previa y tras reclamarle al policía porque no aparecía en la lista del día, me indicó que si leía bien vería que mi cita era para el día anterior. Y lo pero no es que yo leyera mal, sino que vivía con un día de retraso en el calendario. Es decir, que estaba convencida que estábamos a martes cuando ya estábamos a miércoles. Y, como castigo, tuve que volver a pedir cita, y a día de hoy aún no lo he conseguido. Todo por mi proverbial despiste.

Como decía antes, lo de confundirse con los señalamientos es uno de los grandes riesgos de quien padece este desajuste, y sus consecuencias pueden ir desde el desastre más absoluto por no haber ido cuando se debía, a las risas más desaforadas por exactamente lo contrario. Todavía se ríen de mí quienes presenciaron uno de mis momentos gloriosos. Bajaba yo, con mi toga a mis tacones, a la sala de vistas, con algo de antelación por si las moscas o, traducido a términos toguilándicos, por si las conformidades y comprobé que allí no había nadie. Me felicitaba a mí misma por mi previsión hasta que empecé a mosquearme. Que, pasada la hora no estuviera ni siquiera el funcionario encargado de tener todo a punto era sospechoso. Pero que no estuviera el acusado, ni su abogado ni el de la otra parte era absolutamente inaudito. Permanecí un rato más por allí, paseando mi indignación por las salas colindantes y comprobando de paso si habían cambiado el lugar de celebración, pero nada. Así que llamé al juzgado con los brazos en jarras pidiendo explicaciones por lo sucedido y por aquel retraso inexplicable. Ni que decir tiene que los brazos se me bajaron de inmediato cuando me dijeron, conteniendo la risa, que el señalamiento era el día siguiente. Solo puede balbucear, disimulando mi bochorno, que menos mal que no era el anterior.

Pero el despiste no es exclusivo de los mementos togados. Hay otros que también tienen lo suyo. Tengo unas amigas que cada vez que recuerdan en qué consiste “hacer un María” se parten de risa. Y es porque les conté algo que me pasó y que, aunque me hizo pasar un mal rato en su momento, luego ha dado mucho juego. Tenía que hacer una charla, junto con otras ponentes, sobre las Sinsombrero, para lo cual cada una se había preparado una faceta de su entorno. A mí me tocó en el reparto, obviamente, el ámbito de la justicia, y hablé de ello, tal como me lo había preparado, con toda la solvencia y dedicación que pude. Pero a continuación alguien dijo que hablaríamos cada una de una mujer y que la mía era María Zambrano. Tras superar la sorpresa, comprobé que había olvidado leer la segunda parte del correo, donde se me asignaba tan ilustre autora. Y en ese momento me encontraba en una mesa, ante un atril y un micrófono en una sala llena de público y sin un triste apunte del que echar, Así que le eché valor y, entre lo que recordaba, lo que pude pillar en una ojeada fugaz a SanGoogle y mi cara dura, salí del paso, y lo hice empezando con una frase que se ha convertido en un clásico entre nosotras: María escribía como una mujer. Y, al fin y al cabo, tenía razón.

Y es que eso de dar ponencias y conferencias da mucho de sí. En otra ocasión, me encontré con que el tema que había preparado -los delitos de odio- nada tenía que ver con el que habían anunciado y para el que me pidieron la intervención, que era la trata. Menos mal que conozco el tema y pude salir del paso de un modo más o menos digno. De hecho, parece que ni se notó y que los espectadores quedaron contentos. Y yo, una vez pasado el apuro, más.

Aunque a veces no es mi despiste sino los hados informáticos los que provocan los desaguisados. En un Congreso mi presentación a power point se empeñó en desaparecer y tuve que hablar “a pelo” porque no tenía ni una nota escrita. Y creo que también saqué el tema adelante. O eso espero.

La verdad es que siempre creo que estas cosas no me volverán a pasar, pero vuelven Y cada vez que subo a un tren compruebo varias veces los datos. Porque las he hecho de todos los colores: desde presentarme un día antes hasta subirme en un tren distinto y aparecer en otra provincia. Y, por supuesto, un clásico, perder el viaje por haberme confundido de hora

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que nadie se despiste a la hora de leerlo. Ni tampoco a la hora de dar el aplauso, que va destinado esta vez a todas las personas que han padecido mis despistes y los de cualquiera. Gracias por la comprensión y la paciencia, que tanto se agradecen

Y una vez más, la ovación extra es para @madebycarol, que siempre tiene una imagen adecuada para ilustrar mis palabras

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