Sinhogarismo: una realidad incómoda


mendiga

Hubo un tiempo que el mundo del artisteo la pobreza se identificaba con lo bohemio, y de ahí, más de una vez, con la pobreza. Quizás tiene que ver el estereotipo con la ópera La Boheme o la zarzuela Bohemios o tal vez con una realidad que se ve en Tolouse Lautrec o en el escritor protagonista de Moulin Rouge. Pero la pobreza no siempre tiene ese halo romántico e idealista, y no faltan las obras que nos la muestras en toda su crudeza, desde clásicos como El chico, de Chaplin o Las uvas de la ira hasta versiones más modernas y en clave de comedia musical como Slumdog Millonarie o Annie, pasando por cualquiera de Dickens o clásicos españoles como Nazarin. La pobreza y su consecuencia inevitable, las personas sin hogar, son algo tantas veces reflejado que sería imposible hacer una lista completa.

En nuestro teatro la pobreza, la indigencia y lo que podemos llamar sinhogarismo son el pan nuestro de cada día. Gente sin casa como protagonistas de funciones de Derecho Penal o administrativo, gente que se queda sin casa como parte del Derecho civil, gente que lo pierde todo reflejada en el derecho concursal o laboral o niños y niñas necesitados de que el Estado les proporcione el hogar del que carecen en la jurisdicción de menores.

Recuerdo que, en mis primeras guardias, siendo todavía una fiscalita en prácticas con la toga por estrenar, aunque con los tacones ya en acción, veíamos bastantes delitos, de mayor y menor trascendencia, cometidos por personas que vivían en la indigencia. En uno de los casos, en que el detenido había sido sorprendido con un auto radio cassette en la mano -sí, existían- éste contestó que lo había encontrado en un contenedor y, ante mi sorpresa, la juez le dijo que había que ver la suerte que tenía, que ella rebuscaba cada día en el contenedor de debajo de su casa y nunca encontraba nada. Luego supe que la respuesta de la juez se debía que el detenido era un habitual de la casa y que siempre contaba el mismo cuento.

En otra ocasión, trajeron a dos detenidos, acusados de haberse causado lesiones recíprocamente. Resultó que el motivo era nada menos que el sitio para mendigar, a la puerta de un conocido supermercado. Nos llevamos las manos a la cabeza cuando uno y otro nos contaron la diferencia entre ese punto concreto y cualquier otro, traducida en pesetas de las de entonces, tanta que, en broma, comentábamos que daban tentaciones de colgar la toga y cambiarla por harapos. Pero, por desgracia, la cosa no tiene ni pizca de gracia cuando conocemos sus verdaderas dimensiones, como el homicidio sucedido hace mucho tiempo en que un mendigo mató a otro porque le arrebató el lugar junto a un semáforo donde vendía el periódico La Farola, un diario que se publicaba para ayudar a personas sin recursos.

El problema es más de una vez se identifica indigencia y pobreza con delincuencia y se les estigmatiza doblemente. No olvidemos el espíritu que a estos efectos animaba la antigua Ley de vagos y maleantes, cuyo propio título ya es toda una declaración de intenciones. Una ley que, instada con un propósito teóricamente protector en 1933, devino con el franquismo en un instrumento de represión de personas sin recursos, a los que añadiría a los homosexuales. Por fortuna, esta visión legal está más que superada y hoy los recursos de carácter social nada tienen que ver con eso, pero el estigma social permanece, con lo que conlleva de aislamiento y exclusión.

Cuando mis hijas eran pequeñas, les insistíamos mucho en el respeto y la dignidad de los sin techo. Hasta el punto que una vez mi hija, viendo que el mendigo que normalmente pedía cerca de casa con una guitarra, había sustituido su instrumento por un cartel donde decía “me han robado la guitarra” tuvo una reacción preciosa. Quiso bajarle su guitarrita de plástico rosa para que pudiera seguir cantando. Llamadme cursi, pero me emociono al recordarlo.

Por desgracia, indigentes sin hogar han sido desde siempre objeto de burlas y desprecio que hoy llegan a un nivel de crueldad inusitada. Todo el mundo ha visto imágenes subidas a canales de vídeo y redes sociales donde se les maltrata y se les humilla, mientras el resto se ríen sin piedad, sin olvidar la oportuna grabación. Recuerdo haber leído de casos de mendigos y mendigas quemados vivos en el cajero donde pernoctaban y sometidos a las humillaciones más escalofriantes. No hace mucho, veíamos cómo un joven era condenado por el escarnio público de un mendigo al que daban galletas con dentífrico solo para reírse de él, difundiéndolo en redes sociales a los mismos efectos. Por suerte, el Derecho actuó y desde la fiscalía de odio de Barcelona se instó una condena que acabó imponiéndose en sentencia.

No obstante, la aporofobia, o rechazo al pobre, término que entró hace poco en nuestra lengua y que fue acuñado por la  filósofa Adela Cortina, todavía no está expresamente incluida entre los motivos que dan lugar a la condena por delito de odio. Lo cual no significa que el hecho sea impune o que no merezca una agravación por sus circunstancias. Pero las veleidades políticas de los últimos tiempos nos privaron de una reforma al respecto que estaba en camino.

El sinhogarismo, además, se mezcla con otros factores que también dan lugar a discriminación, particularmente, la inmigración. La ley de Extranjería prevé el internamiento en un Centro de Extranjeros para aquel que no señale un domicilio donde encontrarlo mientras se tramita la expulsión -y, en su caso, los recursos contra esta- Todavía recuerdo con una sonrisa los esfuerzos que hacía una juez con la compartí juzgado para que le dijeran que tenían una casa como referencia. Preguntaba por amigos, por vecinos, por conocidos, hasta le decía cosas como “seguro que puede decirnos que le hacen un huequito en un bar o en una panadería” Y a veces, ni por esas

Tener un techo es una de las cosas más necesarias en la vida. No en balde la Constitución reconoce el derecho a una vivienda digna, aunque los medios para trasladarlo a la práctica sean lo realmente difícil. Y de ahí, precisamente, que sea tan terrible el drama de las personas que se quedan sin hogar como ha ocurrido con los desahucios. El verdadero problema es que es algo cuyas dimensiones sociales exceden lo jurídico y nunca pueden arreglar los tribunales más allá de una suspensión o de un remedio puntual.

El sinhogarismo, en definitiva, es una cuestión compleja que va mucho más allá de los límites de Toguilandia. Aquí podemos, a lo sumo, poner tiritas, pero nunca curar la herida ni, mucho menos, evitarla. Eso es cuestión de otras instancias y para allí tiro mi pelota

Por último, no me olvido del aplauso. Hoy lo voy a dedicar para quienes, como la jueza de la que hablado, tienen la humanidad de ver mucho más allá en estas personas. Porque no tendrán casa pero sí dignidad que respetar,

 

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