Artistas: togas con duende


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Es inevitable. El que es artista es artista y el arte se le escapa por los poros en cualquier momento de su vida. Hasta para presentar una póliza o protestar por una multa de tráfico  el duende sale de su escondrijo y a poco que se frote la lámpara de Aladino, el genio sale de allí como un torbellino y ya no hay quien lo pare. Ser artista es lo que tiene. Aunque el telón haya bajado, el espíritu está siempre ahí.

En nuestro teatro no somos muy distintos. O sí. Que no en balde hay quien piensa que somos más raros que un perro de lunares. Como aquel viejo programa de televisión, El Perro Verde. Y hasta más. Pasen y vean si no.

De un lado, hay quien no se quita la toga del cerebro, aunque sí del cuerpo, en ningún momento del día. Hay veces que, oyendo hablar a algunos, me los imagino por la noche toguiempijamados, y leyendo para dormir fragmentos del Digesto. Y eso muy resptable, vaya que sí, pero no es sano. Siempre recordaré con una sonrisa a cierto compañero que, ante la invitación de nuestro entonces preparador de tomar una caña después de cantar temas, le dijo alborozado que así podrían hablar del proceso penal. Ni que decir tiene que el preparador en cuestión nunca llegó a tomarse esa caña. Y no lo culpo. Aunque en honor a la verdad diré que el compañero ha llegado muy lejos en el extraño mundo de Toguilandia, y también que seguimos siendo amigos. Lo cortés no quita lo valiente.

Pero hoy el estreno iba dedicado a los artistas –o quienes aspiran a ello- que no dejan de serlo. Aunque lleven toga, con o sin tacones. Que son muchos más de los que imaginamos, por extraño que a algunos les parezca. Y quizás con ello contribuya a humanizar un mundo que a muchos les parece ajeno, distante y, lo que es peor, prepotente.

Ya he dicho alguna vez que esta toguitaconada hubo de cambiar en un momento de su vida el tutú por la toga, las zapatillas de punta por los tacones. Pero el alma no siempre acompaña al cuerpo, y parte de esa niña con tutú está siempre conmigo, como si jamás pudiera quitarme Las zapatillas rojas, como la protagonista de la obra.

Pero no soy la única. Ya conté en otra ocasión que las togas también tienen arte, desvelando parte de lo que las togas esconden . Jueces, fiscales, abogados, procuradores, LAJs, forenses, funcionarios y toda la fauna jurídica imaginable dedican parte del poco tiempo que les dejan reformas y sinsabores a cultivar su espíritu. Somos muchos los que, desde nuestras humildes posibilidades, escribimos, por ejemplo. Y no solo sesudos artículos jurídicos. Cuentos, artículos de opinión, crítica de cine, relatos y hasta novelas. Coincido habitualmente con una funcionaria con varias novelas en el mercado con enorme éxito de crítica y público. Y tambíén comparto muchas cosas con cierta procuradora que pinta y expone, y nos arrastra a muchos tras de esa pasión y de su sensibilidad exquisita.

Pero no hace falta irse a ejemplos extremos. Varios bloggeros desparraman su ingenio y su sensibilidad en bitácoras de las que muchos ignoran la condición togada de su autor. Algún otro obsequia a los tuiteros que le seguimos con dibujos de frutas, de paisajes, de personas o de lo que se les ocurre, abriendo una ventana para que entre aire fresco entre tanta reivindicación necesaria. Y también hay quien dedica su tiempo a tocar un instrumento, a cantar en un coro y hasta a hacer de trovador en el camino de Santiago. O a hacer fotografías artísticas. Y hasta a hacer bizcochos o cocidos, que el arte culinario también cuenta. El otro día, sin ir más lejos, me zampé un bizcocho virtual que me supo a gloria.

Por todo eso, también me gustaría usar mi teatro para romper una lanza a favor de los artistas. Los aficionados y, sobre todo, los que tratan de vivir de eso. Porque sin arte y sin artistas el mundo no sería igual. Y aún existe cierto tufillo de perroflautismo, entendido como un modo de tratarlos sin el respeto que merecen. Y, ya que de togas y leyes hablamos, sin que se les reconozcan sus derechos ni se contemple como debiera su formación. Y si no apoyamos el arte, estaremos matando al mundo. Que no solo de dividendos vive el hombre.

Así que hoy mi aplauso va dedicado a todos los que, con toga o sin ella, embellecen el mundo con su arte. Porque son imprescindibles.

Y porque esta toguitaconada no podría vivir sin la pluma en la mano y el tutú en el corazón

Recesos: tiempo muerto


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Todos sabemos lo que es un tiempo muerto. En terminología deportiva, es una pausa en la que no corre el cronómetro, y por extensión, se aplica a todos esos ratos perdidos, entre una cosa y otra, en que no se limita a hacer lo más aburrido del mundo: esperar. Que bien dice el refrán que el que espera desespera.

En el teatro, como en todo, también tienen esos ratos, los que transcurren entre bambalinas y que a los de fuera nos parecen teñidos de romanticismo con camerinos cucos y espejos con bombillas de colores. Probablemente la realidad pudiera romper el mito, pero no seré yo quien venga a estropearla. Y prefiero quedarme con la idea de en esos tempos los artistas siguen recibiendo ramos de flores y visitas de sus admiradores en busca de un preciado autógrafo. En busca del tiempo perdido

Nosotros también tenemos nuestros tiempos muertos. Tantos, que hasta tienen su propio nombre. O nombres, que no nos privamos de nada. Las pausas entre acto y acto las llamamos receso, que siempre queda mejor que llamarlas un descansito para aliviar el cerebro y, por qué no decirlo, el cuerpo. Cuando estamos de congreso o de curso, damos en llamarlas pausa-café, aunque uno se tome un té con pastas o un bocata de tortilla con una caña. Y si estamos trabajando, hora del almuerzo, aunque no dure una hora ni tampoco se almuerce. O sí.

Pero estos ratos no son ratos muertos propiamente dichos. Porque una cosa es matar el tiempo y otra que el tiempo la mate a una, que es lo que a veces pasa. Más veces de lo que quisiéramos. Porque de ratos tontos está llena la justicia, bien lo sabemos. En Derecho puro y duro, el de escrito rimbombante e informe engolado, los llamamos ínterin, que el latín siempre queda elegante y hay que ver lo que nos gusta usar latinajos . Pero de hecho son una peste. O al menos, un pestiño.

Tuiteaba mi amigo Paco hace unos días una foto de un muertecillo reseco junto a una pantalla de ordenador con el odioso circulito dando vueltas sin parar, y decía que así quedó un abogado esperando que se conectara el dichoso Lexnet. Un ejemplo de rabiosa actualidad de los teimpos muertos con los que batallamos día a día. Y lo que te rondaré, morena.

Pero no es el único caso. Jueces, fiscales, LAJs y funcionarios echamos más horas que un reloj dando una clave tras otra y esperando que de una vez aparezca la pantallita que nos dé acceso al programa ansiado, como ya vimos en uno de nuestros estrenos (Claves, sin llave maestra). Tan es así, que creo que ya está apareciendo una nueva enfermedad laboral, la tendinitis cruzadédica, que consiste en una dolencia crónica por el tiempo que pasamos con los deditos cruzados suplicando al cielo, a los dioses o a quien sea, que hayamos dado en el clavo y el ordenador funcione. Porque si no sabemos que nos enfrentamos a un nuevo tipo de tortura, que ya quisiera haber conocido Torquemada: la de dar una incidencia a informática. Que no consiste en otra cosa que en encontrar el momento, marcar el número, armarse de paciencia y, tras esperar un buen rato mientras te perfora la meninge la musiquilla del tono de espera –confieso que tengo un trauma con Ana Magdalena Bach a base de las veces que oigo la misma sintonía-, que alguien te diga que anota la incidencia y que te da un número. Como si eso solucionase algo. Pero claro, debe ser el sistema que se ha puesto de moda. Como lo del papel 0, que lo han dicho y andamos todos esperando que el papel de verdad desaparezca como por ensalmo. O los 6 meses de instrucción, que parece que con ponerlo en el BOE ya está todo arreglado.

Recuerdo una vez en que mi desesperación llegó a grado superlativo. Que ya quisiera ver yo al santo Job en una de éstas. Pues bien, intentaba yo explicarle a mi interlocutora, con la que había contactado tras un buen rato escuchando una y otra vez el mismo tono de espera, que Internet no me funcionaba. Y menos mal que estaba ella allí, vaya que sí. Porque me lo solucionó de todas todas, diciéndome que eso tenía que hacerlo constar a través de la pestaña de incidencias de la página web corporativa. Toma ya. No me quedó otra que pensarlo muy fuerte, a ver si por medio telepático llegaba, porque el medio telemático sin Internet como que no. Pero no lo entendió. Probablemente sea problema mío, que soy un poco regañona y de todo me quejo, pero como solución me pareció que dejaba bastante que desear. Me lo tendré que hacer mirar.

Así que así estamos. Pasando tantos ratos muertos entre esperas ante el ordenador, búsqueda de claves, cruce de dedos y otras miserias, que cualquier día se me pasa el plazo de seis meses antes de haber visto la causa en la pantalla. Y eso sin hablar del rato perdido en registrar, anotar en la estadística y mil tonterías más. Lo que podríamos llamar minutos basura, que se acaban convirtiendo en horas basura. Tantas que, si nos descuidamos, igual nos caduca la acción, nos prescribe la instancia o se nos agotan los seis meses de instrucción

Y hay otros ratos muertos. Los de toda la vida. Esperar que llegue el intérprete, que traigan al detenido, que llegue el abogado de gardia que está en comisaría o que el fiscal cruce dos partidos judiciales en los qe está de guardia simultáneamente. Y sigue y sigue…

Po eso el aplaudo es para todos los que superan ese rato de espera y son capaces de mantener una sonrisa. Porque esos si son verdaderos héroes. Con toga y tacones, o sin ellos.

 

 

Padrinos: estreno de toga y puñetas


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Hay un dicho popular que reza que el que no tiene padrino no se bautiza. Gran verdad, aunque no hablemos de religión ni del sacramento del Bautismo. Tener a alguien que te introduzca en el mundo al que una aspira a veces no sólo es úitl sino necesario. Y en el teatro es más que eso. Aunque hay a quien el talento, la suerte, o ambos, le llevan a triunfar sin padrino o madrina conocidos, al menos para empezar es más fácil si se tiene un avalista detrás. Y si no, no hay más que echar un vistazo a la cantidad de apellidos del mundillo que se repiten. Eso sí, sin quitar mérito a nadie, que una cosa es tener la oportunidad y otra mantenerse, y eso ya es cosa del apadrinado. Y, si seguimos echando un vistazo, también podremos ver la cantidad de hijos, sobrinos o protegidos de alguien que vivieron eso de arrancada de caballo, parada de burro, y sobreviven a base de bolos en discotecas de tercera fila o ni eso.

Y si de cine y padrinazgo hablamos, imposible no recordar la saga de El Padrino. O, al otro extremo del espectro, a Lina Morgan en La llamaban La Madrina. A cada uno lo suyo.

Pero nosotros también tenemos nuestros padrinos y madrinas, que no se diga. Aunque no nos engañemos. No se trata de eso que algunos malpensados estarán rumiando, de si se necesita un enchufe trifásico para aprobar las oposiciones o para meterse en algún despacho. En cuanto a las oposiciones, son bastante más limpias que lo que muchos piensan, y les aseguro que sin unos cuantos años de estudio y angustia a partes iguales, de nada sirve en lustroso apellido. Y viceversa. Y créaseme que hablo con la solvencia que me da haber visto a mucha gente quedarse en el camino con su blasón jurídico a cuestas. En cuanto a los despachos de abogados, sin negar que tener acceso por alguno razón personal puede abrir puertas, ésas se cierran si el trabajo no es acorde a las expectativas o a la confianza depositada.

Y es que no me refería a esa clase de padrinos, aunque pueden coincidir. Me refería a los que todos tenemos para ese acto formal de vestir por primera vez la toga –con tacones o sin ellos-. Yo he tenido la fortuna de interpretar ese papel en varias ocasiones y lo cierto es que no deja de emocionarme. Esta mismo semana, sin ir más lejos.

En las profesiones jurídicas todos tenemos la obligación de jurar o prometer la Constitución, en un acto que suele resultar emocionante. Al fin y al cabo, supone el momento para el que llevamos preparándonos muchos años. Nos ponemos nuestras mejores galas –aunque la verdad es que poco se ven bajo la toga-, y estrenamos ese uniforme que se va a convertir en parte de nuestras vidas. Y, claro está, como todo bautismo, necesitamos padrinos. Y ahí es donde entramos quienes lo somos.

Por regla general, la honrosa función de padrino o madrina se realiza por quien preparó al que fue el opositor o por quien fue su tutor en las prácticas. A veces, es algún familiar que ya ingresó en la secta de las togas. Y hasta pueden ser dos. En cuanto a los abogados, les apadrina aquél con quien tienen relación por las mismas o parecidas razones. En cualquier caso, es un honor ser elegido para ese momento, que formará parte de la memoria real y de la historia gráfica de ese que un día fue un jurista en potencia y ya lo es en acto.

Y algunos afortunados, tenemos la doble suerte de amadrinar dos veces a la misma persona. Porque los jueces juran nuevamente la Constitución cuando ascienden a Magistrados. Y es un lujo que se vuelvan a acordar de quien estuvo con ellos en su día. Y más lujo aún que no lo hayan olvidado nunca, como tengo la fortuna de que me suceda a mí. Acabo de culminar mi segundo doblete. Y tan contenta. Que la cosa no es para menos. Me he toguitaconado adecuadamente, y he cumplido con la misma ilusión con la que yo juré un día, hace ya más tiempo del que a veces me gustaría. Y he visto las mismas caras que ví hace unos años, cuando daban sus primeros pasos judiciales sin las relucientes puñetas que hoy lucen.

Así que me apetecía dedicar hoy mi estreno a todos ellos. Y con ellos, a todos los que empiezan, y a los que siguen en la brecha con la misma ilusión que el primer día. Para ellos va el aplauso.

Eso sí, con un recuerdo especial para alguien. Porque para mamá gallina siempre es un placer que los pollitos ya vuelen por sí solos. Así que por eso, mi mención especial es para Irene, mi chica del doblete de hoy, para Prado, mi otra amadrinada, y para los que les antecedieron, Marta y Alvaro. Sin olvidar a Carmen, Rafa, Elena y Vicenta. Y a los que vendrán.

Ah, y para la tía de Irene que confeccionó a bolillos sus preciosas puñetas. Puñetera envidia la que tendrá todo el mundo al verlas

Rebajas: leyes low cost


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De vez en cuando, llega la época de rebajas. Y se nota hasta en los escenarios. De una parte, hay obras que desprenden toda la gama de las compulsiones compradoras, como las de la protagonista de Loca por las compras, o el glamur de Pret a Porter o Sexo en Nueva York. De otra, cada día tenemos más posibilidades de encontrar entradas para ver las obras a precio de ganga, si uno está atento emulando a Rastreator y pilla un Atrápalo como puedas.

Pero en nuestro teatro no necesitamos rebajas, gangas, ofertones ni Rastreator. Nosotros vivimos en un permanente mundo low cost, como si nuestro mundo estuviera continuamente a precio de ganga o expuesto entre las sobras de una tienda de Chinos. Dicho sea con todo el respeto para los chinos y sus tiendas, que nos sacan de más de un apuro con sus bolis, sus pósits y sus grapadoras. Que no sé qué haríamos sin ellos, vaya.

Pero parece que es la moda. Las últimas reformas legislativas, ésas que nos han traído corre que te pillo y nos tienen sin vivir en nosotros a profesionales y estudiantes –¡pobres opositores!- venían con un regalo incorporado. O, mejor dicho, un no-regalo. Una Disposición Adicional flamante y nuevecita que nos advierte a todos que ésta o aquélla ley no supondrán ninguna dotación de medios personales ni materiales, ni previsión presupuestaria alguna. Por si había dudas. Y eso sí, ahorrando, ahorrando –como aquello de tacita a tacita-, esa Disposición en modo copia-y-pega la han ido colocando en todas las macroreformas con que han tenido a bien atizarnos. Desde las leyes de Enjuiciamiento Civil o Criminal al Estatuto de la Víctima. Pura ganga. Lo que no sé bien es cómo, a ese precio, no han dictado leyes que prohíban el hambre en el mundo o decreten el fin de las epidemias. Total, para no hacer nada para ello, se podrían haber venido arriba. Pero casi que mejor no dar ideas, que una nunca sabe quién la lee. Y luego llega el Tío Paco con las rebajas.

Y la verdad es que una no alcanza a saber dónde son más intensas las rebajas. Si en el hecho o el derecho, que en definitiva acaban viniendo a ser lo mismo. La ley crea la moda del disposicionadicionalismo, consistente en que se haga lo que se haga, se prevé que no se prevea nada. Que nos las apañemos, vaya. Y que si a alguien se le ocurre darnos una grapadora de más, un quitagrapas –otro bien preciadísimo, hasta el extremo de tener que haber atado el mío con un cordel al pomo del cajón-, pues estará incumpliendo la ley. Un prevaricador de tomo y lomo.

Quizá por eso ha salido a la luz uno de nuestros modernísimos sistemas de transporte de expedientes. Que no es la telepatía, como se empeña en decir el corrector cuando una intenta escribir que se haga por vía telemática, sino algo más revolucionario. Los carritos de supermercado, ni más ni menos. Tecnología punta para trasladar expedientes de juzgado a juzgado, a fiscalía o adonde corresponda. Lo bien cierto que es que estábamos tan acostumbrados a verlo que hasta en una entrevista un fiscal bien conocido por el asunto que lleva lo tiene detrás en la fotografía que ilustra el reportaje. Y a nadie se le ocurrió quitarlo, porque lo vemos como normal. Hasta que el poder de las redes y el ingenio de los internautas –de una, en concreto- me abre los ojos, a mí y a muchas personas más, sobre lo chocante de la situación. Por decirlo de algún modo. Hablar de corrupción con cifras astronómicas con semejante telón de fondo.

Pero quizás se trate de una mera confusión de términos. Confundieron el Papel 0 con el presupuesto 0. Y en vez de papel 0 quedó en papel mojado. Pero seguro que se dan cuenta y lo corrigen. Que no nos quepa la menor duda. Aunque mientras nos toque sufrir el lowcostismo sobre las ruedas de un carrito de Mercadona.

Pero mientras lo piensan, y preparan a modo corta-y-pega la consiguiente Disposición Adicional, me cuentan de la nueva medida de ahorro. Y de modernización, faltaría más. Se trata de la digitalización de los carritos. Ruedas 0, se va a llamar. Y va a ser la sensación. No cuento más, no vaya a hacer spoiler y la cosa pierda la gracia. Pero preparémonos para sensaciones fuertes. No digo más.

Hasta entonces, no olvidemos el aplauso de hoy. Que va destinado a todos los que con su esfuerzo suplen las carencias de esa lowcostización de la justicia, pertenezcan al gremio que pertenezcan. Con mención especial a dos inspiradores de este estreno, Carmen y Fernando, parte de dos de estos colectivos que soportamos esa justicia a precio de saldo.

Y mientras, en un universo muy lejano, las redes seguían haciéndose eco del fenómeno…

 

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Maquillaje: cosmética jurídica


MAQUILLAJE

En todo este tiempo –ya casi año y medio- en nuestro escenario, no habíamos dedicado apenas tiempo a algo tan importante como el maquillaje. Sin él, muchas obras carecerían de sentido, o resultarían poco o nada creíbles. ¿Qué sería sin maquillaje El Planeta de los Simios? ¿Cómo convertirían la respingona naricilla de Nicole Kidman en el aspecto que tiene en Las Horas? O cómo harían que el lagarto bueno de V se convirtiera en el terrible Fredy Kruger?

En nuestro teatro también gastamos maquillaje, desde luego. Pero en este caso es algo diferente. Nuestro maquillaje más bien es una cosmética casera, destinada a hacer parecer lustroso a lo que no lo es tanto. O si. Que cada cual juzgue al final de la función.

Para nosotros, nada de brocha, de sombras de ojos, ni de salsa de tomate que haga las veces de sangre. La sangre, por desgracia, es de verdad, de más víctimas de las que quisiéramos. Y en cuanto a lo otro, pues nada de eso.

La verdadera cosmética judicial es otra cosa. Es una sesión de maquillaje que tiene lugar en un gabinete de belleza llamado BOE, y llevado de las manos de unos esteticistas que no son tan profesionales como nos gustaría. Lo que pretenden con esa peculiar sesión de belleza no es otra cosa que tratar de hacer aparentar que algo viejo es nuevo, que algo que está a punto de romperse parezca que está recién estrenado. Pero al igual que maquillar a una actriz de 90 años para aparentar 18 no resulta, nuestro maquillaje tampoco es efectivo. Resulta poco creíble y se cuartea y acaba viviéndose abajo. Y la actriz madura termina por mostrar sus arrugas entre capas de carmín. Como en aquella escena de Qué fue de Baby Jane

Y así, no hace mucho nos maquillaron los viejos juicios de faltas y los convirtieron en delitos leves –o, mejor, levitos-. Y convirtieron al imputado en investigado, encausado o vaya usted a saber qué como si con eso dejara de ser lo que siempre ha sido.

Otra de las sesiones de cosmética ha sido la de pretender vendernos una figura vieja, la cadena perpetua, como una institución jurídica flamante y de nuevo cuño, la prisión permanente revisable. Más de lo mismo.

Pero parece que cambiar el nombre renueva las instituciones. Y quizás por eso decidieron llamar a los Secretarios Judiciales Letrados de la Administración de Justicia, sin dotarles de unos medios que les hubieran ido mucho mejor que ese bautismo. Que digo yo que mejor sería dar al niño de comer que prepararle un bautizo por todo lo alto.

Y los ejemplos podrían sucederse, desde luego. Pero hay uno que nos tiene a todos hablando solos. La famosa digitalización o papel 0, ese niño que no es tan niño y que trae una padrina adosado, el dichoso Lexnet, que tendría que ser el colmo de la modernidad y de momento no es sino el colmo del despropósito. O de cómo construir un ático sin haber terminado el primer piso siquiera. Lo que se viene siendo empezar la casa por el tejado en versión judicial.

¿Qué exagero? Puede ser. Al fin y al cabo, los fiscales no usaremos Lexnet de momento porque es imposible materialmente, y así lo ha dicho la Fiscal General del Estado. Como no podía ser de otra manera. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Lo que me cuesta un poco de comprender es cómo quienes se supone que somos garantes de la legalidad podemos garantizar una ley que no vamos a cumplir por imposibilidad material. Pero igual son cosas mías.

Pero como soy buena chica, me creo a pies juntillas lo que me cuentan abogados y procuradores, que no es otra cosa que eso de que el invento da continuos fallos y problemas. Aunque eso sí, tiene una flamante cuenta de twitter para que la actriz madura parezca de quince años. O no.

Y es que lo podemos llamar digitalización, Papel 0, Lexnet o como queramos, pero la cuestión es que el sistema procesal no está ideado para ello, y las causas judiciales tienen que acabar impresas y unidas con grapas o similares. Así que, en vez de llevar los escritos impresos, pues se mandan –si se puede- a través del ciberespacio para que lleguen al juzgado, que es un espacio nada ciber, y se impriman allí. Estupendo. Y eso según Comunidades Autónomas, que en algunas se ha dicho que nanai de la China.

Así que así estamos. Dándonos purpurina sin habernos puesto siquiera una buena crema debajo. Y tratando de hacer parecer nuevo un sistema que no lo es tanto.

Por eso hoy el aplauso va dedicado a aquellos que han conseguido hacer llegar sus escritos, a los que los han logrado recibir y a esa doble pantalla que han puesto a en algunos sitios. Con la esperanza de que no nos llamen desde allí como a la Carolyn de Poltergeist, claro.

 

Reyes Magos: oro, incienso y mirra


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En estos días, es frecuente ver en los medios de comunicación esas ingeniosas y tan originales entrevistas a famosos en que el preguntar, haciendo larde de una imaginación sin fin, le pregunta al interviuado: ¿Qué le pide al los Reyes?. Y, por supuesto, alguno de los famosos de turno, por no dejar de estar a la altura de tan inteligente cuestión, responden eso de “salud, mucha salud” o, alcanzando un nivel estratósferico, cosas como la paz mundial, y que yo la disfrute con los míos. Nada tópico, oiga. Como tampoco la canción, tan traída y llevada en estos momento: tres cosas hay en la vida, salud, dinero y  amor…

En nuestro particular teatro también escribimos cartas a los Reyes. Y ojo, que nuestra originalidad también es como para darnos el Nobel, no vayan a creer. Pero hace falta tanto, y se resume en tan poco, que ser original sería casi ser extravagante. O extogavante, que viene más a cuento.

El pasado año ya hicimos nuestra propia carta a los Reyes desde Con Mi Toga y Mis Tacones. Pero temo que me confundí, o que tal vez nos hemos portado fatal. Porque no nos han traído nada de lo que pedimos. Y es que como solo les dije eso de que no trajeran más carbón, no debí expresarme bien. O tal vez los Reyes Magos aún no dominaban el idioma toguitaconiano y no entendieron. Así que, por si acaso, empezaré pidiendo algo para ellos mismos: la piedra Justicieta, apta para traducir a lengua corriente las peticiones de los juristas. Que parece que a veces no se entienden. Pero, por si aún no la han podido estudiar, ahí van las peticiones con su debida traducción

Oro. Eso es fácil. Necesitamos dinero, dinero y dinero. Como todos, dirán algunos. Sí y no. Porque el dinero que necesitamos no es para nosotros solo, sino para todos. Necesitamos dinerillos para reparar las tablas del escenario, para cambiar los remendados telones por unos nuevos, para renovar por completo los decorados, para tener sistemas que permitan que los estrenos y las funciones sean ágiles, para que haya más actores y el que hace de San José no tenga también que suplir al pastorcillo o hasta al buey, si me apuran. Y también para que todos puedan acceder al teatro y para que retribuyan diganamente y a tiempo a los intérpretes  Es decir, y traduciendo con la piedra Justicieta y el diccionario toguitaconiano, hace falta modernizar las sedes que lo requieran, dotar de medios que nos hagan ingresar –por fin- en este siglo, proporcionar sistemas informáticos que agilicen en vez de dificultar el trabajo, crear plazas de Jueces, Fiscales, LAJs, funcionarios y lo que haga falta, recuperar a los sustitutos para todos esos casos que son necesarios. Y, por supuesto, que nadie deba pagar tasas para acudir a la justicia -las ONG,s y las empresas de cualquier tamaño han de pagar-. Y que se retribuyan de una manera justa y puntual los servicios como guardias y turno de oficio. Casi nada.

Incienso. Recordando la frase de un amigo que manifiesta con toda rotundidad –no exenta de cierta dosis de ironía- que huele a incienso cada vez que lee determinadas cosas, nuestro incienso no puede ser otro que una dosis extra de sentido común a la hora de legislar. Un sentido común que debe empezar por preguntar a quién sabe para regular las cosas de modo que la ley no vaya por un lado y la realidad por otro. Como sucede con el ya famosos Papel 0, que más que papel 0 es papel mojado. O como sucedió con el Registro Civil , con el que hubo de echar marcha atrás por imposibilidad efectiva. O como sucederá con la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, y ello solo por citar algún ejemplo. Y, por cierto, recuerdo que el momento es muy propicio para retomar estas cuestiones, y que un pacto por Justicia sería un estupendo cofre de incienso que perfumaría con sus vapores a toda la sociedad y no solo a Toguilandia. A quien corresponda, que igual hasta me lee. ¿Por qué no?

Y por último, mirra. La mirra es el gran desconocido, algo que casi nadie sabemos bien qué es, y menos para que sirve ni cómo encontrarla. Pero debía ser la pera limonera, porque los Reyes Magos no se anduvieron con chiquitas a la hora de llevar sus regalos. Por eso, nuestra mirra no puede ser otra que esas cosas intangibles y difíciles de encontrar, pero de enorme valor. La ilusión  de quienes estamos y seguimos en esto, que es tan volátil y más aun en estos tiempos, los sentimientos que ni pueden dejar de estar presentes, y el tiempo, ese que no tenemos y necesitamos tanto.

Así que, queridos Reyes Magos, este año lo dejamos muy claro. Tanto que había pensado aplazar el aplauso para cuando vea si han cumplido. Pero mejor lo anticipo, no nos vayan a traer carbón solo por eso.

 

Despedidas: lo que la ley se llevó


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Otra vez acaba el año. Otra vez los escenarios se vestirán de lentejuelas y se brindará con cava, matasuegras en ristre, y se harán mil propósitos. Y otra vez cientos de artistas lo celebrarán desde las tablas brindando con el público presente mientras todos demuestran una alegría real o fingida. Nada nuevo bajo el sol. Como tampoco es nuevo hacer balance de los que pasó durante el año, recordar a quienes nos dejaron y desear lo mejor para el año entrante. Con lencería roja, si hace falta.

Poco se parecen en nuestro caso los fines de año a los de la farándula. Nosotros no nos ponemos de gala –ni una triste lentejuela en la toga- y, la mayoría, ni siquiera vamos. Salvo, claro está, los compañeros que estén de guardia , y seguro que la cosa no está para mucha fiesta.

Pero eso sí, vivimos nuestro particular fin del mundo  ese que se da año tras año en Julio y en Diciembre, y que se traduce en la creencia de que hay que hacer moverse los expedientes de un destino a otro. De Fiscalía al Juzgado, de éste a la Audiencia, de un Juzgado a otro, de otro a Fiscalía. Para que el Año Nuevo los pille en el limbo de los expeientes, que no otro que la valija donde se transportan de una sede a otra, o los sofisticados carritos de supermercardo que les sirven de vehículo. Parece que el único objetico es que no estén encima de ninguna mesa, como si estuviera jugando al juego de las sillas mientras suena la música.

Pero este año más que nunca. Este año parece que el fin llega sí que sí. Que ese papel que está en el limbo de debería volver porque dice una ley que empieza el papel 0, aunque nadie sabe muy bien cómo.

Y también empieza otra cuenta atrás. La de esos asuntos penales que, a partir de ahora, se verán afectados por el temporizador de la reforma de la LECrim y su límite de seis meses –por más que sea prorrogable-

Pero, además de esa despedida teórica al expediente de papel, hay otras despedidas.  La de los juicios de faltas , por ejemplo, que han sido enviados a la residencia de leyes jubiladas, sustituídos por los nuevos levitos, tan parecidos a sus predecesores que a veces cuesta distinguirlos. Por no hablar de explicarlo, claro.

Y otras despedidas. La de las vacatio legis que daban tiempo a estudiarse la ley, la de la seguridad de saber que ley es aplicable sin necesitar un GPS, la de la tranquilidad de mirar el BOE sin que te inunde el pánico.

Y, por supuesto, la de la dotación presupuestaria para aplicar una ley de enjundia.

Nada volverá a se como era. Ni la Ley de Enjuiciamiento Civil, ni Criminal, ni el Código penal, ni la Jurisdicción Voluntaria. El Registro Civil, sin embargo, que había escrito su Crónica de una Muerte Anunciada, se encontró con una Resurrección.

Pero, como sabemos, el espectáculo debe continuar. Show Must Go On. Aunque sea entre telones remendados, bambalinas apuntaladas y vestuario de segunda mano. Aunque tengamos que ensayar una nueva función con el viejo decorado.

No nos queda otra. Apelar a la profesionalidad. Los buenos actores saben interpretar cualquier papel. Hasta varios a la vez. Por eso, a ellos son a los que daremos el aplauso.

Eso sí, sin olvidar el minuto de silencio para los que se fueron. Esos compañeros de cualquier lado del escenario que ya no volverán a dar una función. Para todos ellos, vaya también hoy la ovación y el recuerdo.

Los números de 2015


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 94.000 veces en 2015. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 4 días para que toda esa gente la visitase.

Haz click para ver el reporte completo.

Pactos: ¿Pactan por Justicia?


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A veces, no todo es tan bonito como se ve en el escenario, o tras la pantalla. Las fricciones entre estrellas, las rivalidades, los intereses de los empresarios o de las productoras e incluso alguno que otro más oscuro e inconfesable, hacen que haya que transigir, ceder y negociar para que la función llegue a buen fin. Tal como hacían quienes trataban de esquivar a la censura en La Corte del Faraón, o como debe hacen productores o distribuidores para estrenar en la fecha más propicia, colocar a una determinada estrella que quieran promocionar o cualquier otra cosa. Pactar es la clave. Hasta cuando de arte se trata. Aunque pueda no parecerlo.

Y, como siempre, nosotros no vamos a ser una excepción. Más bien al contrario. Que digo yo que, como la Justicia emana del pueblo, deberían contar con él, cuando deciden algo. Y, aunque no podamos todos meternos a negociar –ni en el camarote de los Hermanos Marx cabríamos-, bien que nos podrían hacer un sitio. ¿O no?

Pero hete tú aquí, que justo cuando me hallaba haciendo estas reflexiones en el modo voz en off que cuando quiero me arrogo –para algo este teatro es mío-, algo me ha sacado de mis ensoñaciones. Confieso que tengo la -¿mala?- costumbre de ponerme la televisión de música de fondo, desde los tiempos en que Espinete fosforecía con sus púas rosas mientras yo hincaba los codos. Así que esta vez me ha venido bien para no meter la pata con el estreno que estaba montando.

Porque mientras le doy a la tecla, algo me deja entre ojiplática y toguientusiamada. Supongo que cuando se abra el telón ya será del dominio público, pero yo no podía dejar de hacerme eco. Que no en balde estoy Al filo de la Noticia.

Y no es para menos. Escucho que se ha llegado a un acuerdo, por fin, y que el Gobierno en funciones ha decidido, por de pronto, y en tanto terminen las negociaciones, suspender la entrada en vigor de la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, al menos hasta que doten de medios suficientes para hacerla efectiva. Algo es algo. Y que, para ello, se publicará antes de terminar el año una ampliación de las plazas de fiscales y jueces, duplicándolas. Y retrasando de paso un poco la fecha del examen, que parecía escasa con todo lo que se les había caído encima. Y también las de LAJ y funcionarios. Con creación de Juzgados incluída. Que si hay que ir se va, que ir para nada es tontería.

Y no solo eso. En el pack de medidas entran otras leyes, que también se suspenden para darles, al menos, una vuelta. Las noticias aún no son muy fiables, pero fuentes bien informadas dan por seguro que entre ellas se encuentran la llamada Ley Mordaza y una parte importante del Código Penal, entre la que se encuentra la prisión permanente revisable.

Respecto de otras disposiciones se ha llegado al acuerdo de hacerlas desaparecer. Y la primera de ellas la de las tasas judiciales, que parece ser que fue un error eso de eliminarlas solo para las personas físicas, y ahora han decidido enmendarlo, y que nadie, absolutamente nadie, tenga que pagarlas. Ni personas jurídicas ni, por supuesto, las ONG,s, que tanto bien hacen en este tiempo de solidaridad. De hecho, dicen que el propio Ministro va a llamar al maratón solidario para poner a disposición el importe de lo recaudado, que lo tenía bien guardado esperando el momento pese a lo que decían los maledicentes. Es que no se puede ser mal pensado.

Pero no solo están pensando en derogar, que no nos falte de nada. También se legisla en positivo, y por eso me llega que está a punto de ser publicada una disposición que facilita la solución a los refugiados, y otra complementaria que reconoce muchos derechos a los inmigrantes. Y la noticia no viene sola, que la acompañan imágenes de operarios desmontando las concertinas de las vallas.

Y me dicen también que se ha aprobado una partida presupuestaria para la Violencia de Género, y que por ello están llamando ya a todo el personal de las Oficinas de Atención a Víctimas que se desmantelaron, porque vuelven a pleno rendimiento. Con más casa de acogida y recursos asistenciales. Y lo mejor, que a partir de Enero se impartirá educación para ello en las escuelas e Institutos, con prácticas en todos esos centros que se reabren y todo.

Lo cierto es que no doy abasto para hacerme eco de todo. Ni que fuera los reporteros de Primera Página, y más acostumbrados como estamos que lo nuestro fuera a Tercera o Cuarta Página.

Pero hay algo que es preciso destacar. Nos invitan a una boda. La de los sistemas informáticos de Fiscalía y Juzgados. Con Lexnet como madrina. Y dicen que tenían previsto regalar pendrivers como recuerdo pero ya no hacen falta porque la conexión es automática.

Así que ahí lo dejo. Que estoy demasiado ocupada poniendo lentejuelas a mi toga y mis tacones para estar a la altura.

Con puñetas de luxe. Como las que nos hacen todos los días. Y como quizás os haya hecho esta voz en off antes de recortar el muñequito para pegar en las incautas espaldas togadas, antes de ponernos a aplaudir.

Porque todo esto no es más que una inocentada. ¿O no?

 

Otra navidad: ayer y hoy


 

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Un año más y aquí seguimos. El teatro decorado con luces de colores –o monocromas, que ahora parecen ser más elegantes-, árboles de Navidad llenos de adornos y Papás Noeles asomando a diestro y siniestro en cualquier esquina del escenario o la platea. Funciones solidarias, sesiones especiales de las llamadas para toda la familia y espíritu navideño, real o fingido, por todas partes. Y de fondo, como siempre, la inolvidable Que bello es vivir, con su escena final en la que ningún año puedo evitar las lágrimas cuando el ángel consigue sus alas. O Love Actually, que también viene a cuento

Pero mientras tanto, parece que hemos olvidado en qué consiste realmente esto de la Navidad. Y no es que quiera ponerme profunda, para unos días que tengo sin toga –aunque con tacones más altos que nunca-, ya me vale. Pero un buen amigo me trajo algo que me hizo pensar. Una actividad que a veces hago. Y que hasta me luce. No digo más.

Mi amigo me trajo una imagen con un texto, la que ilustra este estreno, y la fiscalita que llevo dentro hasta en Navidad, puso su cerebro y su corazón en marcha y hoy se dedica a ello la función de hoy. Previo permiso del amigo en cuestión –gracias, Paco- y de la dueña de la imagen, no vaya a echárseme encima la Ley de Propiedad Intelectual y hasta la de Protección de Datos, que no están los tiempos para tonterías.

El caso es que eso de que San José y la Virgen vinieran de Oriente Medio buscando cobijo y refugio me movió algo dentro. Y no es otra cosa que la historia, que tan lejana e irreal nos parece, se repite más de lo que pensamos. Tenemos en el disco duro de nuestra mente instalada una imagen de la Virgen con larga melena rubia, con un bebé con pinta de angelote, sonrosado, regordete y pálido, y con rubios rizos de querubín. Y probablemente, nada más lejos de la realidad, teniendo en cuenta la zona geográfica de donde provenían. Pero el aspecto físico es lo de menos. Si una piensa en unas personas, haciendo un viaje contra los elementos, cruzando fronteras en cumplimiento de una ley que poco tenía en cuenta a las personas, y huyendo luego de una persecución que les hacía alejarse de su propia tierra, los hechos no parecen tan lejanos. Ni muchísimo menos. Personas obligadas a sufrir hambre, frío y penalidades, a alejarse de sus raíces en un viaje de final incierto, pese a un embarazo a término y luego una criatura indefensa. Y durmiendo a la intemperie, en condiciones precarias, porque por muy bucólico que resulte en los Nacimientos de barro o de cartón piedra a los que estamos acostumbrados, habría que pensar por un momento cómo se las verían teniendo que dar a luz de noche, sin más abrigo que un portal, con un pesebre por cuna y sin más calor que el de los animales. Lo que hoy llamaríamos condiciones infrahumanas y que, por desgracia, no se diferencian demasiado de muchas de las imágenes que hemos visto no hace mucho en la televisión. Y que seguimos viendo. Y, lo que es peor, a las que nos estamos acostumbrando tanto que apenas les hacemos ya caso.

Y, si seguimos pensando, la cosa aún se pone peor. O acaso creemos que lo tendrían fácil para andar por ahí tres magos de diferentes etnias a lomos de unos camellos, con unos cargamentos a cuestas. Seguro que les pondrían impedimentos, de frontera en frontera. Como hoy les ponen. Vallas, cuchillos, controles. Quizás los camellos de ayer sean esas barcas de hoy, ésas que se dejan tantas víctimas en el mar. Esas que también vemos tanto que se nos ha olvidado impresionarnos.

Y la persecución de Herodes, la huída, las leyes injustas, la discriminación.. ¿No nos suena de nada? Y la falta de solidaridad, y tantas cosas…

Y, por otro lado, todos esos pastorcillos, lavanderas, agricultores. Gente sencilla con pocos o ningún medios que acuden a ayudar con lo que pueden. Como las maratones de hoy en día, en que hay gente que da el dinero que no tiene para ayudar a cualquier causa solidaria para suplir lo que los aparatos estatales no saben o no quieren remediar.

No está tan lejos como parce. Y si algo así pasará hoy tampoco lo haríamos mejor. Pasemos y veamos lo que pasa con la llamada crisis de los refugiados, con las noticias que nos vienen de otras tierras de barbaridades contra las que nada hacemos. Si hasta se ha restringido esa vía jurídica que era la Justicia Universal…

Así que no hace falta mirar el portal. Solo veamos los informativos. Y pensemos un poco en esas navidades que se repiten siempre.

Y, desde luego, en este día especial, el aplauso va para todas las personas que luchan contra las injusticias, con toga y sin ella. Para ellos, una ovación cerrada. Porque lo merecen.