Otra navidad: ayer y hoy


 

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Un año más y aquí seguimos. El teatro decorado con luces de colores –o monocromas, que ahora parecen ser más elegantes-, árboles de Navidad llenos de adornos y Papás Noeles asomando a diestro y siniestro en cualquier esquina del escenario o la platea. Funciones solidarias, sesiones especiales de las llamadas para toda la familia y espíritu navideño, real o fingido, por todas partes. Y de fondo, como siempre, la inolvidable Que bello es vivir, con su escena final en la que ningún año puedo evitar las lágrimas cuando el ángel consigue sus alas. O Love Actually, que también viene a cuento

Pero mientras tanto, parece que hemos olvidado en qué consiste realmente esto de la Navidad. Y no es que quiera ponerme profunda, para unos días que tengo sin toga –aunque con tacones más altos que nunca-, ya me vale. Pero un buen amigo me trajo algo que me hizo pensar. Una actividad que a veces hago. Y que hasta me luce. No digo más.

Mi amigo me trajo una imagen con un texto, la que ilustra este estreno, y la fiscalita que llevo dentro hasta en Navidad, puso su cerebro y su corazón en marcha y hoy se dedica a ello la función de hoy. Previo permiso del amigo en cuestión –gracias, Paco- y de la dueña de la imagen, no vaya a echárseme encima la Ley de Propiedad Intelectual y hasta la de Protección de Datos, que no están los tiempos para tonterías.

El caso es que eso de que San José y la Virgen vinieran de Oriente Medio buscando cobijo y refugio me movió algo dentro. Y no es otra cosa que la historia, que tan lejana e irreal nos parece, se repite más de lo que pensamos. Tenemos en el disco duro de nuestra mente instalada una imagen de la Virgen con larga melena rubia, con un bebé con pinta de angelote, sonrosado, regordete y pálido, y con rubios rizos de querubín. Y probablemente, nada más lejos de la realidad, teniendo en cuenta la zona geográfica de donde provenían. Pero el aspecto físico es lo de menos. Si una piensa en unas personas, haciendo un viaje contra los elementos, cruzando fronteras en cumplimiento de una ley que poco tenía en cuenta a las personas, y huyendo luego de una persecución que les hacía alejarse de su propia tierra, los hechos no parecen tan lejanos. Ni muchísimo menos. Personas obligadas a sufrir hambre, frío y penalidades, a alejarse de sus raíces en un viaje de final incierto, pese a un embarazo a término y luego una criatura indefensa. Y durmiendo a la intemperie, en condiciones precarias, porque por muy bucólico que resulte en los Nacimientos de barro o de cartón piedra a los que estamos acostumbrados, habría que pensar por un momento cómo se las verían teniendo que dar a luz de noche, sin más abrigo que un portal, con un pesebre por cuna y sin más calor que el de los animales. Lo que hoy llamaríamos condiciones infrahumanas y que, por desgracia, no se diferencian demasiado de muchas de las imágenes que hemos visto no hace mucho en la televisión. Y que seguimos viendo. Y, lo que es peor, a las que nos estamos acostumbrando tanto que apenas les hacemos ya caso.

Y, si seguimos pensando, la cosa aún se pone peor. O acaso creemos que lo tendrían fácil para andar por ahí tres magos de diferentes etnias a lomos de unos camellos, con unos cargamentos a cuestas. Seguro que les pondrían impedimentos, de frontera en frontera. Como hoy les ponen. Vallas, cuchillos, controles. Quizás los camellos de ayer sean esas barcas de hoy, ésas que se dejan tantas víctimas en el mar. Esas que también vemos tanto que se nos ha olvidado impresionarnos.

Y la persecución de Herodes, la huída, las leyes injustas, la discriminación.. ¿No nos suena de nada? Y la falta de solidaridad, y tantas cosas…

Y, por otro lado, todos esos pastorcillos, lavanderas, agricultores. Gente sencilla con pocos o ningún medios que acuden a ayudar con lo que pueden. Como las maratones de hoy en día, en que hay gente que da el dinero que no tiene para ayudar a cualquier causa solidaria para suplir lo que los aparatos estatales no saben o no quieren remediar.

No está tan lejos como parce. Y si algo así pasará hoy tampoco lo haríamos mejor. Pasemos y veamos lo que pasa con la llamada crisis de los refugiados, con las noticias que nos vienen de otras tierras de barbaridades contra las que nada hacemos. Si hasta se ha restringido esa vía jurídica que era la Justicia Universal…

Así que no hace falta mirar el portal. Solo veamos los informativos. Y pensemos un poco en esas navidades que se repiten siempre.

Y, desde luego, en este día especial, el aplauso va para todas las personas que luchan contra las injusticias, con toga y sin ella. Para ellos, una ovación cerrada. Porque lo merecen.

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