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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Mascarillas: sanseacabó (o casi)


Las mascarillas han dado mucho de sí. Todavía seguimos llevándolas en los últimos sitios donde aún es obligatoria: transporte público, centros médicos y farmacias. Los últimos de Filipinas. Pero hubo un tiempo en que marcaban la línea entre la vida y la muerte. Y por eso dieron tanto de sí, hasta para quienes aprovechan cualquier desgracias en su propio beneficio.

Hoy, desde nuestro teatro, les diremos adiós como toca, con un relato que, una vez más, pretende hacer reflexionar además de conmover. Ojala lo consiga

MASCARILLAS

Aquella era la última caja que quedaba. Cuando se hizo el pedido, nadie pensaba que fuera a pasar lo que pasó. Solo uno de los médicos más veteranos del hospital advirtió, cuando llegó el primer paciente de esa “gripe rara”, que aquello podía ser más gordo de los que imaginaban. Pero nadie le hizo caso. Le tacharon, una vez más, de “viejo chocho” y hubo incluso quien dijo que haría bien en pedirse la jubilación anticipada y retirarse.

Y, de repente, ya no había remedio. El que todos habían tildado de “viejo chocho” pasó a considerarse un visionario, aunque eso no le sirvió de nada cuando su cuerpo acabó por dar la razón a sus predicciones. Un poco de tos, otro poco de fiebre y esa sensación de ahogo que le oprimía el pecho fue lo último de lo que fue consciente antes de convertirse, oficialmente, en el primer médico contagiado de Covid 19

Mientras permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos de su propio hospital, haciendo de funambulista en el alambre que separaba la vida de la muerte, se desataba el caos que él predijo. Su hija, en medio de la tragedia, todavía fue capaz de bromear con ello

  • Tenéis suerte de que papá esté inconsciente. Si no lo estuviera, estaríamos oyendo a cada rato eso de “os lo dije”. Y lo tendríamos merecido

Su hija Lía trabajaba como residente en el mismo hospital que él. Ahora se arrepentía mucho de haberse unido a la masa de compañeros que tildaban a su padre de alarmista. Y no hacía más que rezar a todos los dioses de mundo para que su padre saliera adelante y poder pedirle perdón. Jamás pensó que anhelaría escuchar una bronca suya, pero lo deseaba como ninguna otra cosa.

Pensaba en ello mientras trataba de distribuir la última caja de mascarillas a la espera de que llegara el siguiente envío. Se habían convertido en un bien escaso, casi en un objeto de lujo.

Miró la procedencia. Tenía una leyenda con caracteres chinos, o eso le parecía, aunque no sabía nada de caligrafía oriental. Se preguntaba quiénes habrían fabricado esas mascarillas, y si lo habrían hecho antes de que estallara la pandemia mundial, esta hecatombe horrorosa que solo su padre había podido anticipar

Ella no podía saberlo, pero esa caja de mascarillas fue la última que se hizo en un taller clandestino de una superpoblada ciudad china. Cada día, acudían Li, de quince años, y su hermana pequeña, y pasaban más de catorce horas en un claustrofóbico local sin ventanas, donde se sentaban ante sus máquinas de coser para fabricar mascarillas. Li, que era mayor, ya había pasado al equipo de las trabajadoras que cosían las partes importantes, y se dedicaba a terminar aquellos rectángulos con pliegues de color verde claro, uno tras otro, uno tras otro. Su hermanita, sin embargo, se limitaba a poner las gomas. Todavía no había “ascendido”.

Cuando les dijeron que no deberían volver más, Li se enfadó mucho. Sabía que su trabajo era necesario en casa, y que no se podían permitir estar varias semanas sin cobrar porque, desde luego, un taller como el suyo no les daba derecho a nada. Simplemente, no existían. Si hubieran existido, su actividad se hubiera considerado esencial y habrían podido seguir con su actividad, pero no era el caso. La fábrica tenía una parte “legal” en la planta baja, y esa es la que continuaría. Las trabajadoras del sótano se quedarían en el limbo. Ahora que eran frecuentes las inspecciones, no podían permitirse que descubrieran aquel secreto que albergaban las tripas de la fábrica.

Así es como lo que hasta entonces había sido el taller en que trabajaban Li y su hermana, junto con muchas niñas más, volvió a convertirse en el almacén de la fábrica, lo que siempre había sido “oficialmente”. Y allí se quedó la última caja de mascarillas en la que habían trabajado.

Quiso la casualidad que aquella última caja fuera también la última que quedaba en el hospital en el que trabajaban Lía y su padre. Lía estudió Medicina porque siempre admiró a su padre, pero ahora lo admiraba más que nunca. Solo lamentaba no habérselo dicho más veces y esperaba que no fuera tarde para enmendar su error.

Mientras el padre de Lía se aferraba a la vida a través de un respirador ignoraba que, a muchos kilómetros de allí, la hermanita de Li mantenía la misma lucha a miles de kilómetros de allí. La niña, que siempre había tenido problemas de asma, fue la primera de la casa en caer y su familia esperaba que fuera la única. No se podían permitir otra persona enferma en la casa, donde ya había otra persona de riesgo, su madre, también aquejada desde niña por una enfermedad respiratoria. Por suerte, Li, el día en que se les despidieron de la fábrica, se hizo con un paquete de mascarillas para proteger a su familia, que las llevaba hasta para estar en casa.

Lía, en el otro extremo del planeta, también se había abastecido de unas cuantas mascarillas antes de que todo estallara. Su padre se había puesto tan pesado con el tema que acabó por hacerle caso y llevar una caja a casa, donde temían mucho que la abuela se contagiara. Por eso, también Lía estaba siempre en casa con la mascarilla puesta. No se perdonaría que su querida abuela enfermara por su culpa. Ya tenían suficiente con lo de su padre.

Lía era afortunada. Podía ver a su padre, al menos de vez en cuando. Era la única persona de la familia que podía permitírselo, aun con todas las precauciones, debido a su trabajo. También su padre era de los pocos pacientes afortunados que podían recibir, aunque fuera en esas condiciones, la visita de su hija. Fue ella quien empezó, para hacer una visita a su padre, la última caja de mascarillas, esas mascarillas que, a muchos kilómetros de distancia, habían fabricado unas niñas que pisaban su taller clandestino por última vez

Li, sin embargo, no tenía tanta suerte. Aunque estuviera bien provista de mascarillas, no podía visitar a su hermana. Sabía de ella por los partes periódicos del hospital y seguía temiendo por su vida. Li la echaba tanto de menos que se sentía como si le hubieran arrancado un trozo de sí misma.

Aunque parezca mentira, Lía sentía exactamente lo mismo que aquella niña china a la que no conocía de nada. Y, como ella, cada noche se acostaba con la esperanza de que el nuevo día trajera buenas noticias. Y así un día tras otro, mientras las últimas cajas de mascarillas, en uno y otro extremo del mundo, se iban agotando.

Cuando le dieron la noticia, Lía no podía creerlo. Tampoco podía creerlo Li cuando le dieron el parte esa mañana.

El padre de Lía ya no necesitaba el respirador. Pronto sería trasladado a planta, hasta su completa recuperación. Lo peor había pasado

La hermana de Li tampoco necesitaba ya el respirador. Pronto sería incinerada, cuando el colapso en las funerarias lo permitiera. Le había pasado lo peor.

Cuando todo aquello terminó y llegó el momento de traducir el horror en cifras, el padre de Lía pasó a formar parte de la maravillosa estadística de personas que había superado la enfermedad. Sus compañeros y compañeras del hospital le habían hecho un recibimiento lleno de cariño y aplausos cuando, superada la pandemia, volvió a incorporarse a su puesto de trabajo de siempre. Aquella última caja de mascarillas ya se había agotado hacía tiempo, pero ya no existía ningún problema de abastecimiento, a pesar de que, como siempre, las usaban continuamente.

La hermanita de Li, por el contrario, nunca formó parte de ninguna estadística oficial. Su muerte, como otras muchas en su tierra, no fue computada, y su hermana tuvo que ir, casi a hurtadillas, a hacer cola para recoger la urna con sus cenizas. En su casa recibieron aquella urna en silencio, y en silencio le hicieron un homenaje porque no estaban permitidas manifestaciones públicas de duelo. De nada les sirvieron las últimas mascarillas fabricadas por aquella niña que ya no estaba allí

No obstante, aquellas no fueron las únicas mascarillas que fabricó Li. Cuando pasó lo más grave y las cosas volvieron a ser casi como antes, la llamó su antiguo jefe. Le ofrecía la posibilidad de volver a tener un trabajo frente a la máquina de coser con la que elaboraba mascarillas. Le hubiera gustado negarse, decir que aquellas condiciones eran indignas, que había perdido a su querida hermana y no estaba dispuesta a acabar ella misma igual, pero no podía permitírselo. Con la educación que le habían enseñado desde pequeña, Lí le agradeció a su jefe que contara con ella y dijo que acudiría al día siguiente. En ningún momento le preguntó aquel hombre por su hermana.

Cuando llegó a la fábrica, se llevó la mayor sorpresa de su vida. Habían sido tapiadas las escaleras que conducían al taller del sótano, y cegada la minúscula puerta clandestina por la que ella y su hermana entraron tantas veces. Ante su asombro, fue su propio jefe quien la condujo a su nuevo puesto de trabajo, una mesa con una máquina de coser justo al lado de la ventana que daba a la calle. Cuando llegó, sus compañeras le dieron el aplauso más largo que Li había escuchado nunca. Un aplauso que sabía que no le pertenecía a ella, sino a su hermana.

Lía se quedó mirando la nueva remesa de mascarillas que les habían llegado. No sabía por qué razón, le llamó la atención que, aunque parecían iguales, no lo eran, La leyenda en caracteres orientales era diferente. Si Lía hubiera podido leerla, hubiera sabido que era la garantía de que esas mascarillas habían sido fabricadas con estricto cumplimiento de todos los derechos laborales.

El tiempo pasó y llegó el momento en que el padre de Lía se jubilaba. Lo hizo a regañadientes, porque amaba demasiado su trabajo como para abandonarlo de una manera voluntaria. Su hija Lía le organizó una despedida por todo lo alto, en el mejor restaurante de la ciudad. Costó mucho guardar el secreto para preservar la sorpresa, porque su padre siempre había sido muy bueno para anticiparse a las cosas, pero lo consiguieron.

Cuando entraron, una camarera les sirvió un par de copas de cava mientras el resto de familia, personal del hospital y amistades varias, aparecían como de la nada gritando “¡¡¡¡Sorpresa!!!!”

El ignoraba que aquella joven camarera de rasgos orientales era la misma muchacha que, con solo catorce años, había fabricado las mascarillas con las que su hija pudo entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos a visitarle. Aquella última caja de mascarillas que guardaban como oro en paño y que nunca sabrían que fueron las últimas fabricadas en aquel taller clandestino.

Tampoco sabría nunca que aquella chica, escrupulosa donde las hubiera, siempre preparaba la comida provista de mascarilla, por si acaso. Una mascarilla proveniente de una fábrica donde ya nadie volvería a tener que sentarse a trabajar sin que se respetaran sus derechos.

Descendencia: seguir nuestros pasos


                La familia marca siempre. Marca, incluso más, la ausencia de ella, para quienes han tenido la desgracia de no conocerla. Y, cómo no, seguir los pasos que marcaron quienes nos precedieron es una elección de futuro, a veces voluntaria, a veces forzosa y, las mas de las veces una mezcla de ambas. Lo hemos visto en muchas series de sagas familiares, Dinastía, Los Colby, Falcon Crest, Dallas. Hijos o hijas que trataban de igualar o superar a sus progenitores y progenitores que no se resignaban a que sus vástagos no siguieran sus pasos. Y en el extremo más radical, la famiglia de son Vito Corleone, El padrino.

En nuestro teatro tenemos fama de endogámicos, de casarnos entre nosotros y convertir a nuestras criaturas en réplicas toguitaconadas de papá, mamá, o ambos. Una fama que no siempre responde a la realidad y que, además, ha sido injustamente criticada, teniendo en cuenta que a nuestros puestos de trabajo se accede por oposición. Nadie hereda la fiscalía o la judicatura, aunque bien que nos tranquilizaría poder dejar nuestro puestos a nuestros hijos como ocurre en las empresas familiares. Pero. Como mucho, podemos dejarles la toga, pero el derecho a usarla solo pueden ganarlo por sí mismos.

Como decía, lo de la herencia toguitaconada tiene más de leyenda urbana que de otra cosa. Es cierto que tengo compañeros y compañeras que tienen un padre o una madre de la carrera, pero son una minoría. La mayoría aparecieron aquí sin ningún precedente familiar, incluso en algunos casos siendo los primeros en tener una carrera universitaria en su familia. Y, de otra parte, también es verdad que algunos hijos del gremio eligen entrar en nuestro teatro, pero también son legión quienes tienen aspiraciones distintas. Mis hijas, sin ir más lejos. Y, por supuesto, no todos los hijos e hijas de Toguilandia consiguen aprobar la oposición, aunque haya quien se empeñe en vender la mentira de que basta con el apellido para hacerse un huevo en este difícil mundo.

No obstante, tengo la sensación de que siempre tenemos que estar disculpándonos por nuestros orígenes o nuestras circunstancias. La endogamia, por ejemplo, se explica con facilidad. Habida cuenta que pasamos los mejores años de nuestra juventud encerrados entre cuatro paredes quemándonos las pestañas entre Códigos y apuntes, las posibilidades de conocer a alguien que se pueda convertir en nuestra pareja no son muchas. Salvo que el príncipe –o la princesa- azul se aparezca en la gasolinera o en el súper, lo más fácil es que tropecemos con él en el preparador, en la escuela judicial o en cualquiera de nuestros destinos una vez aprobados. Tan sencillo como eso.

Igual de sencillo que es entender que si unas criaturas ven en su casa a papá o mamá hablando de Derecho, se planteen al menos la posibilidad de seguir sus pasos. Como ocurre con médicos, farmacéuticos o maestros. Pero en su caso parece lo normal y en el nuestro se critica. La otra posibilidad es que salgan disparados en la dirección más opuesta posible, claro está. Para gustos, colores.

Pero aun diré más. Todo el  mundo asume con naturalidad que el hijo o la hija de un empresario o un banquero herede la empresa familiar, para la cual no ha hecho más mérito que nacer en el lugar adecuado y el momento adecuado y aprovechar, en su caso, la formación que hayan podido darle. En cambio, en nuestro caso, a pesar de que no hay más modo de acceder que una durísima oposición, sigue campando la sospecha. Como si los hijos de magistrados o fiscales no fueran capaces de aprobar la oposición por si solos. Y ese es un mensaje que me indigna, porque se sigue repitiendo el manta de que en esta carrera todo el mundo tiene apellido compuesto y relacionado con el derecho por más que esté probado que en las últimas promociones más de un 80 por ciento son de familias totalmente ajenas a Toguilandia

Ser como papá o mamá es una aspiración que todo el mundo ha tenido alguna vez. Luego, se les pasa. O no. A mi hija pequeña, por ejemplo, lo único que le debemos haber transmitido es que esto es aburridísimo y da mucho trabajo. O, lo que aun es peor, que tiene una madre una tanto chalada porque se emociona si habla de asesinatos o puñaladas. De todo hay en la viña del señor.

No me extenderé más por hoy. El aplauso lo daré por igual a quienes siguen y a quienes no siguen la senda paterna, siempre que estén recorriendo su propio camino. Si no es así, que lo repiensen. Antes de que sea tarde

Cámara café: lo que el ojo no ve


         Hace unos años, tuvo gran éxito una serie de televisión cuyos protagonistas eran los trabajadores de una empresa y cuyas escenas se rodaban exclusivamente en el momento en se encontraban ante la máquina de café de la oficina, haciendo lo que llamamos un kit kat, o un receso. La serie tuvo tanto éxito que se ha convertido en película , Cámara café, y sus intérpretes cimentaron carreras que hoy están consolidadas. Y es que la máquina de café daba para mucho.

En nuestro teatro también contamos con esos ratitos. Ya hablamos en otros estrenos de los ratos muertos y de los recesos pero en este caso no se trata exactamente de eso, aunque tenga mucha relación. Se trata de saber, o de imaginar, que veríamos si ante la máquina de café hubiera una cámara que lo inmortalizase todo. Aunque luego quisiéramos que se nos tragase la tierra.

Lo primero que hay que destacar es que las máquinas de café, o de lo que quiera que sea el brebaje que venden, son el lugar más democrático de Toguilandia. Por ellas pasa, sin distinción de togas ni puñetas, cualquiera que quiera o necesite chutarse una dosis de cafeína extra. Y si, además, no está en las dependencias de acceso exclusivo para trabajadores, todavía se democratizan más. Teóricamente, podría estar sacando un café el juez junto al presunto delincuente al que ha de juzgar en un rato, con lo violento que puede resultar.

La verdad es que yo, que soy bastante aficionada a la dichosa maquinita, nunca me he encontrado en ese caso, aunque sí he coincidido con algún miembro del jurado que estaba juzgando el juicio en el que yo estaba interviniendo. Y no deja de ser curiosa nuestra reacción: un “hola” en voz bajita, un mirar hacia otro lado, y un silencio incómodo en el que los minutos se hacen eternos. Ni siquiera puedes salir del paso con una de esas conversaciones de ascensor que versan sobre si va a llover o hay una ola de calor, por si las moscas, no vaya a creer alguien que estás contaminando el futuro veredicto.

Confieso que estoy enganchada a una de las opciones de la máquina llamada “café irlandés”, que poco tiene que ver con el exquisito combinado del mismo nombre. Ni nata, ni whisky, ni granito de café de adorno ni nada. Se trata de cortadito de café con leche con un poquito de esencia que, eso sí, huele muy bien, como si Juan Valdés y Johnny Walker se hubieran aliado para hacer más llevadera la mañana. Más de una vez he visto alguna cara extraña o algún conato de cuchicheo cuando paseo mi brebaje oloroso en el medio metro de espacio del ascensor. A buen seguro que alguien se pregunta que hace la borrachilla de la fiscal pimplando de buena mañana. Y nada más lejos de la realidad, claro. Aunque a veces entren ganas

La cuestión es que delante de esas máquinas se desarrollan conversaciones de lo más variopinto. Desde las de pura cortesía, que empiezan por preguntar qué tal estás y acaban interesándose por el día de trabajo, hasta las más suculentas que cuentan algún asunto escabroso o un cotilleo digno del Hola. He presenciado encendidos debates políticos, dramas humanos y reencuentros inesperados. Y es que, aun estando en el mismo edificio, ahí pueden coincidir con  personas a las que no has visto en meses, incluso en años. Verdad verdadera.

En las máquinas a las que solo tenemos acceso el personal de Toguilandia, los temas oscilan entre lo personal y lo profesional. En ellas me he enterado, por mí o por alguna que ha estado allí, de alguna ruptura sentimental o de los líos en que se había metido tal o cual familiar. Y, por supuesto, he presenciado cómo ponían verde a algún compañero o compañera, o a jueces, fiscales o lajs pensando que no había moros en la costa. Y en esos casos mejor hacerse gotica de agua, como dice una buena amiga, y pasar desapercibida. Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra.

Y para meteduras de pata sonadas, una que recuerdo de hace mucho tiempo, cuando en la misma máquina de café coincidía personal y público. Allí, mientras sacaba mi brebaje, escuché como un señor explicaba a otro lo que tenía que decir en juicio. “Tú dí que estabas delante, aunque no sea verdad”. Cuando entramos en la sala para celebrar un juicio de faltas de los de antes, y el amigo entregado reconoció a la mujer que estaba bajo la toga –o sea, yo- como la que había estado en la máquina de café, su cara fue un poema. Antes de empezar mi interrogatorio, le recordé que había jurado decir verdad y que el falso testimonio podía estar penado con pena de cárcel. Tras mi generoso acto de refrescarle la memoria, el señor respondió que no había estado en el lugar de los hechos y no sabía nada. Y entonces la cara que fue un poema fue la de su amigo el denunciado. Imagino que luego tendrían una conversación sobre los riesgos de hablar más de lo debido ante desconocidos. Y seguro que ya no lo hacían ante una máquina de café concurrida.

En otra ocasión pasó algo parecido pero no tuve tanta suerte. Uno de los cafeadictos decía a su acompañante  que, aunque lo había negado todo “le había dado una hostia al denunciante porque se lo merecía”. Lástima que no supe en qué juzgado celebraron tal juicio. Y tampoco supe nunca, por supuesto, el contenido de la sentencia aunque deseo de todo corazón que fuera condenatoria.

Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar a todas las personas que, co sus conversaciones de café, lo han hecho posible, aunque también a quienes se cuidan de que las máquinas funciones y estén a punto. Porque yo no puedo vivir sin mi cafetito a media mañana

Despistes: no tengo remedio


El despiste es algo que exaspera a quien lo presencia y desespera a quien lo padece. Aunque a veces produce una hilaridad más que considerable. Y ahí, por supuesto, aparece un verdadero filón para el cine. Desde el estereotipo del sabio despistado de El profesor chiflado o los viejecitos y encantadores catedráticos de Bola de fuego a títulos que dejan tan poco lugar a dudas como Despistadas o Despiste ministerial, el despiste y sus consecuencias suele dar buenos resultados. Menos, claro está a quien lo sufre. Pero eso es otro cantar.

En nuestro teatro el despiste es tan habitual como en el resto de ámbitos. Aunque las consecuencias puedan ser a veces peores. Pensemos en que se nos pase por alto un señalamiento o el plazo para presentar un recurso porque nos hayamos confundido de día o de hora. Porque pasar, pasa. Y también pasa en el otro sentido: más de una vez me he encontrado con que las partes están citadas para el mismo juicio a horas y hasta en días distintos porque alguien se despistó a la hora de enviar o emitir las citaciones. Y la rabia que da.

La verdad es que yo compito con ganas al trofeo de despistada toguitaconada del año. O del siglo. Ya conté en el estreno dedicado a la vergüenza aquella ocasión donde pasé la mañana con unza zapato de cada modelo y color y, lo pero de todo, sin darme cuenta hasta la hora de volver. Y eso es solo una muestra de algo que me pasa desde pequeñita. Y cada vez que pienso que lo he controlado, pasa algo que me recuerda que no, que mi despiste genético sigue ahí.

El otro día había conseguido cita para renovarme el pasaporte, y estaba pletórica porque no está nada fácil conseguirlo. Pues cuál no sería mi decepción cuando, armada y pertrechada del correo electrónico que me confirmaba la cita previa y tras reclamarle al policía porque no aparecía en la lista del día, me indicó que si leía bien vería que mi cita era para el día anterior. Y lo pero no es que yo leyera mal, sino que vivía con un día de retraso en el calendario. Es decir, que estaba convencida que estábamos a martes cuando ya estábamos a miércoles. Y, como castigo, tuve que volver a pedir cita, y a día de hoy aún no lo he conseguido. Todo por mi proverbial despiste.

Como decía antes, lo de confundirse con los señalamientos es uno de los grandes riesgos de quien padece este desajuste, y sus consecuencias pueden ir desde el desastre más absoluto por no haber ido cuando se debía, a las risas más desaforadas por exactamente lo contrario. Todavía se ríen de mí quienes presenciaron uno de mis momentos gloriosos. Bajaba yo, con mi toga a mis tacones, a la sala de vistas, con algo de antelación por si las moscas o, traducido a términos toguilándicos, por si las conformidades y comprobé que allí no había nadie. Me felicitaba a mí misma por mi previsión hasta que empecé a mosquearme. Que, pasada la hora no estuviera ni siquiera el funcionario encargado de tener todo a punto era sospechoso. Pero que no estuviera el acusado, ni su abogado ni el de la otra parte era absolutamente inaudito. Permanecí un rato más por allí, paseando mi indignación por las salas colindantes y comprobando de paso si habían cambiado el lugar de celebración, pero nada. Así que llamé al juzgado con los brazos en jarras pidiendo explicaciones por lo sucedido y por aquel retraso inexplicable. Ni que decir tiene que los brazos se me bajaron de inmediato cuando me dijeron, conteniendo la risa, que el señalamiento era el día siguiente. Solo puede balbucear, disimulando mi bochorno, que menos mal que no era el anterior.

Pero el despiste no es exclusivo de los mementos togados. Hay otros que también tienen lo suyo. Tengo unas amigas que cada vez que recuerdan en qué consiste “hacer un María” se parten de risa. Y es porque les conté algo que me pasó y que, aunque me hizo pasar un mal rato en su momento, luego ha dado mucho juego. Tenía que hacer una charla, junto con otras ponentes, sobre las Sinsombrero, para lo cual cada una se había preparado una faceta de su entorno. A mí me tocó en el reparto, obviamente, el ámbito de la justicia, y hablé de ello, tal como me lo había preparado, con toda la solvencia y dedicación que pude. Pero a continuación alguien dijo que hablaríamos cada una de una mujer y que la mía era María Zambrano. Tras superar la sorpresa, comprobé que había olvidado leer la segunda parte del correo, donde se me asignaba tan ilustre autora. Y en ese momento me encontraba en una mesa, ante un atril y un micrófono en una sala llena de público y sin un triste apunte del que echar, Así que le eché valor y, entre lo que recordaba, lo que pude pillar en una ojeada fugaz a SanGoogle y mi cara dura, salí del paso, y lo hice empezando con una frase que se ha convertido en un clásico entre nosotras: María escribía como una mujer. Y, al fin y al cabo, tenía razón.

Y es que eso de dar ponencias y conferencias da mucho de sí. En otra ocasión, me encontré con que el tema que había preparado -los delitos de odio- nada tenía que ver con el que habían anunciado y para el que me pidieron la intervención, que era la trata. Menos mal que conozco el tema y pude salir del paso de un modo más o menos digno. De hecho, parece que ni se notó y que los espectadores quedaron contentos. Y yo, una vez pasado el apuro, más.

Aunque a veces no es mi despiste sino los hados informáticos los que provocan los desaguisados. En un Congreso mi presentación a power point se empeñó en desaparecer y tuve que hablar “a pelo” porque no tenía ni una nota escrita. Y creo que también saqué el tema adelante. O eso espero.

La verdad es que siempre creo que estas cosas no me volverán a pasar, pero vuelven Y cada vez que subo a un tren compruebo varias veces los datos. Porque las he hecho de todos los colores: desde presentarme un día antes hasta subirme en un tren distinto y aparecer en otra provincia. Y, por supuesto, un clásico, perder el viaje por haberme confundido de hora

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que nadie se despiste a la hora de leerlo. Ni tampoco a la hora de dar el aplauso, que va destinado esta vez a todas las personas que han padecido mis despistes y los de cualquiera. Gracias por la comprensión y la paciencia, que tanto se agradecen

Y una vez más, la ovación extra es para @madebycarol, que siempre tiene una imagen adecuada para ilustrar mis palabras

Eurovisión: Vivo calificando


Los festivales de música existen desde que el mundo es mundo, desde luego, y por eso películas y obras de teatro se hacen eco de ello. La vida sigue igual nos contaba el triunfo de Julio Iglesias con el tema del mismo nombre en el Festival de Benidorm -hoy reseteado en el Benidorm Fest- y, mucho más recientemente Eurovisión:la historia de Fire Saga, nos hablaba del Eurofestival en clave de comedia, precisamente en el único año en que no pudo celebrarse, pandemia mediante, el 2020. Y es que, querámoslo o no, el festival de Eurovisión ha sido una constante en nuestras vidas. Y más aun después del casi-triunfo de Chanel tras muchos años de sequía eurovisiva.

            Tal vez haya quién se pegunte qué narices tiene que ver nuestro teatro con semejante evento. Y tal vez tengan razón como las cosas no siempre son lo que parecen, hoy propongo este juego de relaciones músico jurídicas con un toque friki. Y, por supuesto, invito a quien quiera a participar.

            En Toguilandia es cierto que no hacemos festivales , pero no es menos cierto que tenemos nuestra propia selección para ser parte de este mundo. Ahí está la carrera, y, para quien quiera una toga con puñetas en el lado fijo de estrados, la oposición. No hay casting más exigente, os lo aseguro. Y a más de uno y una se le ha escapado un gallito como el que hizo tristemente famoso a nuestro representante de la edición de 2017, Manel Navarro, o ha acabado su participación con los 0 points que nos hicieron renegar en su día de Remedios Amaya y de quien manejaba su barca.

            La verdad es que aunque Julio Iglesias participó con Gwendoline, hay otro título suyo, que ganó otro festival, el de Benidorm, que parece escrito para describir la situación de nuestro teatro en todas las épocas: La vida sigue igual. Aunque a veces nos encontramos cada desastre que parece nuestro particular Waterloo, por más que no nos quede otra que decir que Voy a quedarme. Qué vamos a hacer si no. Y qué va a hacer la ciudadanía cada vez que haya que detener a un Bandido. ¿Deccirle que Baile el chiqui chiqui como el Chiquilicatre? Pues eso.

            No podemos negar que este año hemos recibido un chutazo de energía, con ese tercer puesto de Chanel, pero hemos tenido que sufrir muchos palos antes, por más Euphoria que pusiéramos cada año. Algo parecido a lo que nos sucede cada vez que el ministro de turno nos promete medios materiales y plazas, y luego nos deja como nos deja, diciendo Hallelujah si no nos quitan algo, practicando el Virgencita que me quede como estoy. Porque hay que reconocer que en este mundo vivimos un poco como esas Marionetas en la cuerda que tienen que hacer esfuerzos para no caerse.

            No obstante, siempre hay quien se empeña en mirar la vida con optimismo y va cantando La la la por donde quiera que vaya, que eso de Vivir cantando nos fue muy bien en su día, aunque fuera Al fin del camino. Ya lo decía Peret: Canta y sé feliz. Por eso otro de nuestros representantes repetía lo de Enséñame a cantar una y otra vez, mientras que Su canción, con Betty Missiego y su coro de niños nos dejó a los niños y niñas de la época al borde del colapso con ese segundo puesto que fue primero hasta la última votación.

            Pero no pensemos que todo es tradicional y rancio. Ya vimos que la parejita edulcorada  que nos cantaba Tu canción hacía un papelón, mientras que otras visiones alternativas triunfaban, como la propuesta de Conchita Wurst, con sus lentejuelas y su barba. Y es que, por qué no, Eurovisión es una buena excusa para reivindicar la igualdad, y más en modo Diva, y también para abrirnos los ojos en temas como el bullyng, convirtiéndonos en Héroes o en Toys. Y, por descontado, sobre los horrores de la guerra, que han sido los que, según todos los eurosabihondos, ha llevado a Ucrania y su Stefania al triunfo en 2022.

            Aunque, tratándose de un festival europeo, no podemos olvidar la vocación de transnacionalidad del Derecho Europeo, que podía ser a lo que cantaba Rosa en su Europe’s livings a cellebration. Aunque para los británicos la cosa no era para tanta celebración, y, si hubiera que dedicarles alguna canción tras el Brexit, seguro que sería Quédate conmigo, o, mejor, Vuelve conmigo. Y quizás nos contestarían que La fiesta terminó.

            Incluso podemos ver un trasunto de las órdenes de busca y captura finalizadas con éxito cuando Mocedades cantaban Eres tú, y un modo de responder el de Raphael Yo soy aquel. Y, si se trata de esos habituales con los que tantas veces nos encontramos, alguien acabará diciéndoles, una vez atraviesan las puertas de juzgado de guardia que Volverá.

            Y qué decir del amor, que tantos títulos genera, y que, en algún caso, estarían cerca de ser protagonistas de alguno de nuestros procesos. Pues que no sea siempre así, pero esa insistencia en decirle a la ex pareja Vuelve conmigo, o buscar a alguien para hacerle el encargo de Dile que la quiero pueden rozar el acoso, como ese empeño en decir que Voy a quedarme o Guarda tus besos para mí. Habría que saber mucho del fondo de la historia, claro.

            Y con esto, acabo este pequeño divertimento jurídico eurovisivo que, si no otra cosa, espero que haya ayudado a esbozar una sonrisa. Y, en vez de aplauso, esta vez será un Congratulations en que dedique a todos esos artistas que nos han alegrado la vida. Bravo samurais

Modas: vintage jurídico


              

  La moda ha sido tema, principal o secundario, de numerosas películas y series. ¿Quién no recuerda aquella marimandona Meryl Streep de Pret a Porter, o los looks que creaban tendencia de Sexo en Nueva York? Y es que, aparte de que para el éxito de cualquier obra es necesaria una cuidada puesta en escena, incluida la moda de la época, la moda en sí misma puede ser la protagonista absoluta. Pensemos, si no, en cualquier entrega de premios donde el posado en la alfombra roja de las estrellas de turno es tan importante como el concurso mismo.

En nuestro teatro, además de lo que respecta al vestuario, bastante poco creativo y al que ya hemos dedicado algún estreno, también hay modas, aunque no lo parezca. Para quien no lo crea, basta con echar la vista atrás respecto de cosas de las que se hablaba mucho dentro y fuera de Toguilandia y que hoy han quedado pasadas de moda. O vintage, que queda mucho más bonito.

Uno de los peligros de esas modas es lo que se ha dado en llamar legislar a golpe de telediario. De repente, un tema es objeto, con razón o sin ella, de una atención desmedida de los medios, y parece que no queda otra que apresurarse con una modificación legislativa, que no se diga. Y es que el BOE es muy sufrido. Y cuando se casa con la todología , muy peligroso también.

Ahora mismo se me viene a la cabeza un caso del que ahora apenas se habla, pero en su momento dio lugar a una alarma social superlativa. Era el caso de los llamados conductores suicidas, que parecía responder a una moda de conductas extremas y apuestas, consistente en conducir en contradirección por una autopista o vía de gran densidad, con el peligro que supone y los terribles resultados que puede implicar. Lo bien cierto es que esas conductas fueron, afortunadamente, flor de un día, pero no había informativo que no hablara de alguna. Y, aunque el Código ya tenía un perfecto encaje de estas conductas entre los delitos contra la seguridad del tráfico –ahora seguridad vial- se empeñaron en hacer un precepto específico para contentar a propios y extraños. Sin explicar, claro está, que la regla de la irretroactividad de la ley penal no es posible en perjuicio de reo.

Y, no hace nada, antes de que pandemia y guerra colmaran espacios en las noticias, nos hablaban día y sí y día también de los okupas, como si la ocupación de inmuebles no fuera un delito ya existente y sancionado. Pero claro, la alarma social sale barata y rápidamente se hacía creer que cualquiera que faltara media hora de sus casa podría encontrársela okupada y no tener, además, posibilidad de recuperarla. Después, mirando con ojos jurídicos, resultaba que muchas de las supuestas ocupaciones que denunciaban no eran sino impagos del alquiler, y que muchos de los denunciantes indignados no eran los propietarios sino unos vecinos molestos por el comportamiento de quien estuviera en la casa. Afortunadamente, en este caso el BOE no llegó a hacerse eco, pero sí fueron muchas las horas de información, las tertulias jurídicas y hasta las notas de servicio destinadas a un tema que desapareció de los telediarios en cuanto algo más atractivo llenó su espacio. Eso sí, suponiendo generosos ingresos a las empresas de seguridad que fabricaban alarmas, dicho sea de paso.

También recuerdo que, en un momento en que surgió una verdadera alarma por la existencia de asesinatos que tenían relación con los juegos de rol, empezó a hablarse de estos como si fueran el mismísimo demonio, y como si el solo hecho de practicarlo te convirtiera en un asesino en potencia. Otra moda que acabó en humo, como tantas otras.

Pero a veces no son los medios de comunicación sino la realidad la que da lugar a que surjan determinadas modas en los tipos delictivos. Quienes tenemos cierta edad seguro que nos acordamos de haber hecho juicio tras juicio por robos de radíocasete en el coche. Claro está que se trataba de unos artilugios que se extraían con relativa facilidad, y que daban lugar a que en muchos casos, los propietarios anduviéramos de un lado a otro con nuestro radiocasete en la mano para evitar disgustos. En esa misma época otro de los delitos frecuentes era la utilización ilegítima de vehículo de motor, o robo de uso, que ahora ha pasado a ser una reliquia. Nadie, o casi nadie, coge un coche ajeno para dar una vuelta, y, además, la tecnología actual de los coches no lo pone fácil.

Recuerdo con mucha tristeza la época en que los atracos a farmacias, o los robos usando una jeringuilla que decían infectada de SIDA eran habituales. La época más negra del consumo de heroína combinada con un SIDA entonces incurable hicieron estragos. No había día que no archiváramos varias ejecutorias por la defunción del reo.

Y si de modas hablamos, no podemos olvidar esas cosas de las que todos los días nos hablaban como una realidad y que siguen siendo una quimera. Me refiero, obviamente, al llamado Papel 0 y la famosa digitalización que se supone que era inminente, y aún seguimos cargando con expedientes de tomos y tomos. Eso sí, lo de referirse al Papel 0 quedó aparcado en el rincón del olvido.

Los ejemplos serían muchos, y no descarto volver a este tema. Pero por hoy cerramos el telón. Eso sí, sin olvidar el aplauso, dedicado, cómo no, a quienes no se dejan llevar por las modas y modismos. Si cundiera el ejemplo, otro gallo nos cantara

Consejo Fiscal: un gran desconocido


El saber no ocupa lugar, reza un conocido dicho. Pero no siempre sabemos de todas las cosas, incluso ignoramos algunas que nos son muy cercanas. La sabiduría no puede ser infinita, y hay cosas que escapan a nuestro conocimiento. Y no hace falta ser Dos tontos muy tontos para desconocer algunas cosas

En nuestro teatro, a poco que rasquemos, encontramos grandes desconocidos. Y el Consejo Fiscal es uno de ellos. Seguro que no todo el mundo en Toguilandia sabría exactamente decir qué es, y poca gente fuera de aquí. Y es que si la figura del Ministerio Fiscal es desconocida más allá de lo que vemos en las películas, su máximo órgano representativo es poco menos que un Expediente X. Por más que aparezca en nuestros más importantes textos legales.

En una primera aproximación, podríamos decir que el Consejo Fiscal es a la fiscalía lo que el Consejo General del Poder Judicial a la judicatura. Pero solo sería una aproximación, porque las diferencias son muchas y de muy diverso calado.

Ambos consejos se asemejan en que forman parte de la cúpula de las respectivas carreras, y en que entre sus funciones hay atribuciones tan importantes como informar de las leyes que se proyectan en determinadas materias. Pero sus diferencias son muchas, y van desde la composición hasta las funciones, aunque tal vez la más trascendente sea que el órgano de los jueces tiene autonomía presupuestaria y el Consejo fiscal no la tiene, lo que marca con rotundidad sus posibilidades de acción, y todavía más las de no acción.

También hay otra diferencia profunda en el carácter de sus decisiones. Las del Consejo Fiscal nunca son vinculantes al tratarse de un órgano meramente consultivo. Cosa distinta es que, si la máxima representación de la carrera informa en un sentido, parezca de sentido común seguir su criterio, por más que quien sea Fiscal General del Estado pueda hacer lo que le venga en gana, incluso ignorar olímpicamente el criterio del Consejo. Algún ejemplo de ello recuerdo, y seguro que no soy la única.

Sin embargo, quizás la mayor peculiaridad de este órgano nuestro sea la composición y el modo de elección. El Consejo Fiscal lo forman 12 miembros, 11 más la Fiscal General. Todos -salvo el o la Fiscal General del Estado han de ser fiscales en activo, algo que nos diferenciaba de quienes formaban el Consejo de la carrera hermana, aunque ahora se ha matizado. A diferencia del Consejo General del Poder Judicial, donde hay vocales de procedencia judicial y de otras carreras jurídicas, en nuestro Consejo solo hay fiscales en activo, y además no hay ninguna exención de funciones, lo cual supone una carga de trabajo considerable a tratarse de un extra sobre nuestras ya sobrecargadas espaldas. Esta situación era opuesta al consejo de la judicatura hasta que una reforma limitó la exención de otras funciones a la comisión permanente.

Pero en el aspecto en el que más llama la atención la diferencia es en el sistema de elección. 9 de los 12 miembros son escogidos entre miembros de la carrera fiscal de todas las categorías. Son los llamados vocales electos, por contraposición de los natos, que lo son por su cargo -Teniente fiscal del Tribunal Supremo, Jefe de la Inspección Fiscal y Fiscal General del Estado-. Se trata, además, de listas abiertas, con lo cual se puede votar a candidatos de diferentes candidaturas, incluidos independientes, con la peculiaridad de que no es necesario votar tantos candidatos como puestos a llenar.

La verdad es que todo esto parece muy idílico a primera vista, pensando en un sistema donde los fiscales elijan a los fiscales, pero la realidad no es muy distinta de lo que ocurriría en otros casos. Se da la paradoja de que en varios casos los Fiscales Generales del Estado designados en su momento habían sido también elegidos como miembros del Consejo Fiscal por la carrera. Esto es, que el Gobierno tomó una decisión a la hora de nombrarlos muy similar a la que tomamos los fiscales. Y eso tampoco supuso ninguna ventaja, la verdad. Lo siento por los jueces, que tienen puestas sus esperanzas en un cambio de sistema, pero las cosas son así. Tiempo al tiempo,

Por otro lado, no deja de ser curioso que, mientras todo el mundo tiene siempre en la boca lo de la dependencia de los fiscales del poder político, como si no pusiéramos un visto sin que nos llamaran de Moncloa para darnos permiso, nuestro sistema de elección es interno, al contrario de lo que ocurre con el de los jueces, cuya independencia parece no cuestionar nadie. Ahí lo dejo, para la reflexión.

En cualquier caso, el desconocimiento del gran público acerca de nuestro órgano representativo es un buen indicador de la importancia que se nos da. Por desgracia.

En realidad, la labor más característica de este Consejo es la de informar sobre los nombramientos de los puestos discrecionales en la carrera. Ahí es donde el juego de mayorías y de equilibrio o desequilibrio entre asociaciones -hasta ahora, dos, y a partir de estas últimas elecciones, tres- entra en liza, con consecuencias realmente importantes porque, como dije antes, aunque el resultado de la votación no es vinculante, lo normal es seguirlo y, de no hacerlo, debería explicarse muy bien

Ojalá algún día nuestro Consejo, además de un sistema de elección que parece ser del gusto mayoritario, tenga una importancia y unas funciones que nos permita tener nuestro sitio en Toguilandia. Pero de momento aún queda camino

Eso sí, que nadie intente enterarse de la actividad del Consejo Fiscal a través de redes, porque lo tiene claro. La cuenta de Twitter tiene su último mensaje fechado en 2016. Esperemos que no sea un presagio de la modernidad de nuestra institución y de su potencial, porque mal vamos entonces. O igual leen esto y deciden activarlo. O borrar la cuenta, nunca se sabe

Y hasta aquí estas pequeñas pinceladas sobre un órgano desconocido en buena parte. Ya solo queda el aplauso. Y esta vez se lo daré a quienes trabajan por el bien de la carrera y de quienes la componemos. Ojalá sean muchos y muchas

Llegar a tiempo: la ausencia


Hoy en nuestro escenario rescato un cuento que, lamentablemente, está tan de actualidad como cuando lo escribí. Y es que el dicho de «mejor tarde que nunca» no siempre se cumple. Hay veces en que el tiempo es oro, y nuestra reacción también.

Espero que os guste- Está incluido en mi antología Remos de plomo y se hizo una lectura en público el día de la movilidad, a la que pertenece la imagen

Relato galardonado con el premio del público en el concurso “Busseja la ciutat” organizado por Descriu.org y la EMT Valencia, 2018 e incluído en el libro «Valencia en línia» de editorial. Descriu en su versión original en valenciano

LA AUSENCIA

No sé por qué, pero me llamó más la atención su primera ausencia que su primera presencia. Quizás me acostumbré a verla sin darme cuenta, como a tantos otros pasajeros que, un  dia tras de otro, iban arriba y abajo

No sé tampoco qué día fue el primero que la vi, pero sabía prefectamentee cuál fue el último. Ayer. Porque hoy tampoco estaba. Y un escalofrío acompañaba su ausencia

En principio, ella no era máas que de las personas que ya estaban sentadas en su asiento cuando yo subía, a las 7.15 exactamente, al autobús número 5. Siempre llevaa una bolsa enorme, y no sé cómo ni cuándo, empecé a fabular con qué cosas llevaría dentro.

Por su expresión la primera vez que la miré a la cara, debían de ser cosas bonitas. Tenía una sonrisa esplendorosa y, cuando a veces giraba la cabeza hacia donde yo estaba, su cabellera se movía. Y yo también sonreía.

Poco a poco, su sonrisa se fue apagando. Ya solo parecía cuando alguien decía “buenos días”. Y un día, solo dos meses más tarde, ya no rspondía a los saludos, ni siqueira con la cabeza. Ya no se giraba nunca ni movía la cabellera y, como quine no quiere la cosa, su sonrisa había dejado paso a una llamativa tristeza

Juraría que un día la vi llorar. No me atereví a preguntarle, pero dejé de fabular con el contenido de su bolsa y comencé a hacerlo con el conrenido de su corazón. Ya solo miraba al suelo del autobus, como si no hubiera ninguna otra cosa que le interesara.

Fue entonces cuando yo abandoné mi costumbre de llegar al autobús con el tiempo justo, y madrigaba más con tal de estar el primero en la cola para subir. Ssí lograba un asiento a su lado. De ese modo descubrí sus marcas. Las tenía en la cara, en los braazos y en las piernas. Aquela chica tenía moretones por distintas partes de su cuerpo, según el día. Incluso creo que que una vez vi una en su cuello, que ella trataba de tapar con un pañuelo cuando la miraba fijamente. Y también llevaba gafas de sol, aunque hiciera un día en que la lluvia no dejara asomarse ni un solo rayo. Ccreo que fue entonces cuando decidí buscar la ocasión propicia ara preguntarle.

No pude hacerlo. Ella no volvió. Y, de nuevo, me recorrió un escalofrío

No me equivocaba. Exactamente a las 7.35, cuando yo bajaba del autobús como l hacía días antes junto a ella, escuchaba en la radio una noticia: una mujer había sido asesinada por su marido en Valencia. Antes de ver su fotografia en la prensa, ya sabia que era ella. Y me maldije a mí mismo por siempre.

Yo continúo viajando en el autobús número 5 cada día. Y cada día, su asiento vacío me recuerda mi silencio cómplice.

Clichés del lenguaje: discriminación oculta


Todo el mundo sabe que la primera película sonora fue El cantor de jazz, aunque lo que no sabían entonces es que era un claro ejemplo de blackface, esos casos donde una persona de piel blanca tiñe su cara de negro para parecer -teóricamente- alguien de piel negra y que a día de hoy se considera inequívocamente racista. Como si no hubiera cantantes negros de jazz como para interpretar al protagonista de esa película, por cierto. Y, aunque no es el único caso, es verdad que las asimilaciones del color negro como negativo frente al blanco como positivo han sido tan frecuentes que títulos como El negro que tenía el alma blanca no llamaban la atención. Aunque yo siempre me acuerdo de los bienintencionados Angelitos negros de Machín.

En nuestro teatro, como en la vida, el uso del lenguaje discriminatorio también está ahí, aunque a veces sea tan sutil que no nos demos ni cuenta.

Este estreno viene a cuento de una reflexión muy interesante que hacían en Twitter los titulares de la cuenta de Olympe abogados. Decían, y con razón, que no volverían a utilizar la palabra «denigrar», ni sus derivados, porque, según les explicaron, etimológicamente significa “ennegrecer” y perpetúa el cliché que une lo bueno a lo blanco y lo malo a lo negro. Pensemos cuántas veces hemos utilizado esta palabra sin pensar en ese significado oculto y, al menos pensémoslo. Porque no es solo cosa de nuestra habla corriente, el Código Penal también la utilizaba con referencia a algunos insultos, y nos es extraño leerla en alguna sentencia, incluso -oh, paradoja- referida a delitos de odio, cuando se califica una expresión o hecho de denigrante. Por supuesto, no se hace con ese significado oculto, pero ahí queda para perpetuar el estereotipo.

Como decía, no es el único caso. Tal vez el más paradigmático sea el uso continuado del verbo “blanquear” para referirse, a tornar bueno algo teóricamente malo. La RAE se refiere a ello solo en su acepción fiscal y, precisamente, echa mano de otro cliché, al decir que blanquear consiste en ajustar a la legalidad fiscal el dinero negro. De modo que el dinero ilegal era negro y el legal blanco. ¿o no? Pues eso. Y nuestro Código no es ajeno a ello, al castigar como delito el blanqueo de capitales.

También el término blanquear se usa, con carácter general, para referirnos a sacar a la luz de la legalidad algo que era ilegal, o para tornar lícito o aceptable algo que no lo era. Más paradojas, porque no es extraño que también venga referido a la discriminación y el odio, cuando se critica, por ejemplo, a quienes blanquean el fascismo.

Pero hay más. Es bien conocido el ejemplo de la histeria, una enfermedad que se relacionaba directamente con las mujeres y que tomaba su nombre de parte de nuestro aparato reproductor. Porque, claro está, lo que se valora es la hombría, como si ser muy hombre fuera tan maravillosos como proporcionalmente es horrible ser mujer. Por eso reprenden a más de un niño con eso de que no sea “nenaza”. Los hombres no lloran, tiene que pelear, claro está. Ya lo cantaba Miguel Bosé. Y, aunque no habla de hombría exactamente, son todavía varios los artículos de nuestro Código Civil que utilizan como paradigma de todo lo que debe ser a un buen padre de familia. Faltaría más.

A veces son los estereotipos regionales los que dejan una impronta de discriminación en el lenguaje, incluso en el jurídico o meta jurídico. Sería el caso, por ejemplo, de las famosas querellas catalanas, que utilizan la vía penal para hacer presión en un asunto civil.

Y es que el lenguaje esconde muchas cosas que a veces ni notamos. Se habla con naturalidad de judiadas como malas pasadas y hasta el refranero se ensaña con determinados grupos, en particular con el pueblo gitano. No hay más que echarle un vistazo para comprobar con que ligereza le endosa estereotipos negativos.

Y, aunque los ejemplos serían muchos se trata de un estreno, no de una trilogía, así que acabaré con algo que hasta hace poco estaba en nuestros Códigos y discriminaba a las personas mucho más de lo que pensábamos. Cuántas veces no habremos hablado de incapaces, como si las personas que padecen alguna discapacidad no pudieran hacer absolutamente nada. Afortunadamente, tanto el Derecho como el lenguaje común es cada vez más sensible a esta realidad y acuña términos como diversidad funcional o capacidades diferentes para los que no hace tanto, se llamaban “inválidos”, con un deje peyorativo del que no siempre éramos conscientes.

Y con esto, bajo el telón por hoy. El aplauso se lo daré a quienes inspiraron este post y a las personas que cada día cuidan los pequeños detalles para que, de verdad, seamos cada vez más iguales. Mil gracias

Tópicos: ni peluca ni mazo


Cuantas veces no habremos oído eso de que la realidad no te estropee un buen titular, algo que es aplicable no solo al mundo del periodismo. Los tópicos, cuanto más facilones mejor, entran sin dificultad y se quedan en las mentes, y más de una vez el mundo del espectáculo sirve como argamasa para fijarlos. No hay más que echar un vistazo a todas aquellas películas de los años 70 que pretendían vendernos el typical spanish con sus suecas rubias esbeltas que volvían locos a unos españoles descritos con trazo gordo, con títulos tan sugerentes como Lo verde empieza en los Pirineos. Unos tópicos de los que no escapa, ni mucho menos, la Justicia, que pinta, aunque sea en nuestra tierra, unos estereotipos anglosajones que se han quedado en el disco duro de la gente. Y lo que cuesta desmentirlos.

            En nuestro teatro, como decía, abundan los tópicos cinematográficos que, perpetuados por tertulianos y opinólogos varios, hacen que constantemente tengamos que decepcionar a nuestro público, cuando comprueba que la realidad no es como la de las series de abogados.

            Ya hemos dedicado varios estrenos a estas cosas. Leyendas urbanas, series de ficción absolutamente infieles a nuestra realidad judicial y todología son un cóctel difícilmente rebatible. Por más que nos esforcemos. Seguro que muchos habitantes de Toguilandia saben de que hablo cuando me refiero a la cara de decepción de una testigo cuando no le damos Biblia sobre la que jurar ni le hacemos ponerse la mano en el pecho. ¿Cuándo me dicen eso de decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Pues eso.

            Confieso que me dan ganas de volver a las andadas, o mejor, a las escritas, cada vez que veo una serie de televisión española cuyos guionistas olvidaron documentarse mínimamente, no fuera a ser que les estropeara el argumento. Pero sigue pasando. Me decía un compañero que precisamente por esa razón no ve series de nuestro país, y creo que solo eso sería suficiente razón para reconsiderarlo. Pero si quieres arroz, Catalina. Ya no nos sacan con peluca y las togas son como las nuestras, pero ahí todas las similitudes con nuestro proceso. Desde una violación juzgada por un tribunal de jurado, absolutamente imposible en Derecho español, en que los delitos sexuales están excluidos de esa modalidad de juzgar, hasta toda una parafernalia que en nada nos define.

            Al hilo de es comentario en redes, me contestaba otra tuitera que era ficción, y se admitirían licencias, y que sus padres, por ejemplo, no entenderían que el juez no llevara mazo. Y, precisamente, de eso se trata. Sus padres creen a pies juntillas que los jueces llevan mazo porque lo han visto en miles de películas americanas, y nadie les ha explicado a la hora de hacer la réplica patria que aquí no hay mazo, sino, en todo caso, campanilla, aunque cada vez menos. Por la misma razón que nadie explicó a la testigo de mi primer ejemplo que no hay Biblia, ni mano en el pecho. Y ojo, que tampoco nos levantamos cuando llega el juez, ni nadie grita que preside el honorable juez Fulanito. Y es que somos más de andar por casa, vaya, por más cortinajes de terciopelo y banderas que se gasten en las altas instancias.

            Pero esta vez, por si con las series no tuviéramos bastante, nos encontramos con las declaraciones de un presunto que da una nueva vuelta al tópico de los tópicos, el de los fiscales obedeciendo ordenes del Gobierno. Y ojocuidao que el investigado en cuestión, que presume de dormir nueve horas como un angelito -al que no le afectan el paro, la crisis ni el precio de la luz y la gasolina- nos suelta una perla inigualable. “La Fiscalía, ya sabes, son todos de izquierdas y así actúan”, Tócate los pies -seguramente los suyos calzados de Gucci, cuanto menos- toguitaconados o no.

            ¿A qué nos suena esto? Pues a aquel “la fiscalía te lo afina” que decía otro investigado, pero de signo contrario. Y no ha pasado tanto tiempo, así que, o han echado a todos ent4re una cosa u otra, o los miembros del Ministerio Fiscal somos de lo más chaquetero.

            La explicación es sencilla, para quien la quiera saber y no quedarse con el titular. Aunque a la Fiscal General del Estado la elija el Gobierno, por mor de una Constitución a la que para otras cosas se usa por bandera, las fiscales y los fiscales estamos ahí por una durísima oposición, la misma que judicatura, y ahí seguimos, haciendo nuestro trabajo contra viento y marea cada día esté quien esté en el poder. ¿Quiere decir que no tenemos ideología? Pues tiene ideología la persona que trabaja como fiscal, pero no la fiscalía en sí. Por eso, cuando trabajamos, estamos ajenos a nuestros pensamientos políticos, por más que haya quien no lo crea, y quien no lo quiera creer. Si fuera de otro modo nos echarían a todos cada vez que cambia el Gobierno, y eso está claro que no pasa.

            Aun hay más. No hace mucho, y periódicamente de vez en cuando, sale alguien diciendo que jueces y fiscales somos una pandilla de pijos retrógrados que cantamos el Cara al Sol a poco que nos toquen las palmas. Que todas y todos tenemos varios apellidos compuestos y nunca hemos tenido más problema económico que no fuera que no nos compraran el último Luisvi. Ya dediqué un estreno a contar lo contrario pero parece que hay quien se niega a aceptar otra verdad.

            Pero ¿en qué quedamos? ¿Somos retrógrados y reaccionarios o los pijoprogres que describe el investigado dormilón? Pues ni una cosa ni otra, aunque no estaría mal que le explicaran al muchacho que echar un vistazo a las perdonas que están asociadas en ambas carreras, judicial y fiscal, le daría una idea más clara de las cosas. Tiene las elecciones del Consejo Fiscal, donde votamos los fiscales -a diferencia del Consejo General del Poder Judicial- a la vuelta de la esquina para verlo.

            No insistiré mucho más en derribar tópicos, aunque no me resisto a recalcar que nuestro sueldo, por ejemplo, no da ni para pagar la fianza que se le pide al investigado en cuestión. Y que no somos policías, y no salimos a la calle en busca de pruebas como vemos en las pelis, aunque más de una vez me encantaría estar por ahí en lugar de encerrada delante de mi ordenador.

            Espero haber derribado algún mito que otro. Porque hay cosas que ya no pueden combatirse. Decir que en España no hay libertad con o sin cargos, sino provisional o definitiva, y que no todos los procedimientos son sumarios, es ya misión imposible. Aunque lo seguiré intentando

           Solo queda el aplauso. Y hoy propongo que se lo demos se lo demos a quienes, con rigor, se r3esiten a usar tópicos, aunque no les quede el artículo, el post o el tuit tan lucido. Mil gracias