Mascarillas: sanseacabó (o casi)


Las mascarillas han dado mucho de sí. Todavía seguimos llevándolas en los últimos sitios donde aún es obligatoria: transporte público, centros médicos y farmacias. Los últimos de Filipinas. Pero hubo un tiempo en que marcaban la línea entre la vida y la muerte. Y por eso dieron tanto de sí, hasta para quienes aprovechan cualquier desgracias en su propio beneficio.

Hoy, desde nuestro teatro, les diremos adiós como toca, con un relato que, una vez más, pretende hacer reflexionar además de conmover. Ojala lo consiga

MASCARILLAS

Aquella era la última caja que quedaba. Cuando se hizo el pedido, nadie pensaba que fuera a pasar lo que pasó. Solo uno de los médicos más veteranos del hospital advirtió, cuando llegó el primer paciente de esa “gripe rara”, que aquello podía ser más gordo de los que imaginaban. Pero nadie le hizo caso. Le tacharon, una vez más, de “viejo chocho” y hubo incluso quien dijo que haría bien en pedirse la jubilación anticipada y retirarse.

Y, de repente, ya no había remedio. El que todos habían tildado de “viejo chocho” pasó a considerarse un visionario, aunque eso no le sirvió de nada cuando su cuerpo acabó por dar la razón a sus predicciones. Un poco de tos, otro poco de fiebre y esa sensación de ahogo que le oprimía el pecho fue lo último de lo que fue consciente antes de convertirse, oficialmente, en el primer médico contagiado de Covid 19

Mientras permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos de su propio hospital, haciendo de funambulista en el alambre que separaba la vida de la muerte, se desataba el caos que él predijo. Su hija, en medio de la tragedia, todavía fue capaz de bromear con ello

  • Tenéis suerte de que papá esté inconsciente. Si no lo estuviera, estaríamos oyendo a cada rato eso de “os lo dije”. Y lo tendríamos merecido

Su hija Lía trabajaba como residente en el mismo hospital que él. Ahora se arrepentía mucho de haberse unido a la masa de compañeros que tildaban a su padre de alarmista. Y no hacía más que rezar a todos los dioses de mundo para que su padre saliera adelante y poder pedirle perdón. Jamás pensó que anhelaría escuchar una bronca suya, pero lo deseaba como ninguna otra cosa.

Pensaba en ello mientras trataba de distribuir la última caja de mascarillas a la espera de que llegara el siguiente envío. Se habían convertido en un bien escaso, casi en un objeto de lujo.

Miró la procedencia. Tenía una leyenda con caracteres chinos, o eso le parecía, aunque no sabía nada de caligrafía oriental. Se preguntaba quiénes habrían fabricado esas mascarillas, y si lo habrían hecho antes de que estallara la pandemia mundial, esta hecatombe horrorosa que solo su padre había podido anticipar

Ella no podía saberlo, pero esa caja de mascarillas fue la última que se hizo en un taller clandestino de una superpoblada ciudad china. Cada día, acudían Li, de quince años, y su hermana pequeña, y pasaban más de catorce horas en un claustrofóbico local sin ventanas, donde se sentaban ante sus máquinas de coser para fabricar mascarillas. Li, que era mayor, ya había pasado al equipo de las trabajadoras que cosían las partes importantes, y se dedicaba a terminar aquellos rectángulos con pliegues de color verde claro, uno tras otro, uno tras otro. Su hermanita, sin embargo, se limitaba a poner las gomas. Todavía no había “ascendido”.

Cuando les dijeron que no deberían volver más, Li se enfadó mucho. Sabía que su trabajo era necesario en casa, y que no se podían permitir estar varias semanas sin cobrar porque, desde luego, un taller como el suyo no les daba derecho a nada. Simplemente, no existían. Si hubieran existido, su actividad se hubiera considerado esencial y habrían podido seguir con su actividad, pero no era el caso. La fábrica tenía una parte “legal” en la planta baja, y esa es la que continuaría. Las trabajadoras del sótano se quedarían en el limbo. Ahora que eran frecuentes las inspecciones, no podían permitirse que descubrieran aquel secreto que albergaban las tripas de la fábrica.

Así es como lo que hasta entonces había sido el taller en que trabajaban Li y su hermana, junto con muchas niñas más, volvió a convertirse en el almacén de la fábrica, lo que siempre había sido “oficialmente”. Y allí se quedó la última caja de mascarillas en la que habían trabajado.

Quiso la casualidad que aquella última caja fuera también la última que quedaba en el hospital en el que trabajaban Lía y su padre. Lía estudió Medicina porque siempre admiró a su padre, pero ahora lo admiraba más que nunca. Solo lamentaba no habérselo dicho más veces y esperaba que no fuera tarde para enmendar su error.

Mientras el padre de Lía se aferraba a la vida a través de un respirador ignoraba que, a muchos kilómetros de allí, la hermanita de Li mantenía la misma lucha a miles de kilómetros de allí. La niña, que siempre había tenido problemas de asma, fue la primera de la casa en caer y su familia esperaba que fuera la única. No se podían permitir otra persona enferma en la casa, donde ya había otra persona de riesgo, su madre, también aquejada desde niña por una enfermedad respiratoria. Por suerte, Li, el día en que se les despidieron de la fábrica, se hizo con un paquete de mascarillas para proteger a su familia, que las llevaba hasta para estar en casa.

Lía, en el otro extremo del planeta, también se había abastecido de unas cuantas mascarillas antes de que todo estallara. Su padre se había puesto tan pesado con el tema que acabó por hacerle caso y llevar una caja a casa, donde temían mucho que la abuela se contagiara. Por eso, también Lía estaba siempre en casa con la mascarilla puesta. No se perdonaría que su querida abuela enfermara por su culpa. Ya tenían suficiente con lo de su padre.

Lía era afortunada. Podía ver a su padre, al menos de vez en cuando. Era la única persona de la familia que podía permitírselo, aun con todas las precauciones, debido a su trabajo. También su padre era de los pocos pacientes afortunados que podían recibir, aunque fuera en esas condiciones, la visita de su hija. Fue ella quien empezó, para hacer una visita a su padre, la última caja de mascarillas, esas mascarillas que, a muchos kilómetros de distancia, habían fabricado unas niñas que pisaban su taller clandestino por última vez

Li, sin embargo, no tenía tanta suerte. Aunque estuviera bien provista de mascarillas, no podía visitar a su hermana. Sabía de ella por los partes periódicos del hospital y seguía temiendo por su vida. Li la echaba tanto de menos que se sentía como si le hubieran arrancado un trozo de sí misma.

Aunque parezca mentira, Lía sentía exactamente lo mismo que aquella niña china a la que no conocía de nada. Y, como ella, cada noche se acostaba con la esperanza de que el nuevo día trajera buenas noticias. Y así un día tras otro, mientras las últimas cajas de mascarillas, en uno y otro extremo del mundo, se iban agotando.

Cuando le dieron la noticia, Lía no podía creerlo. Tampoco podía creerlo Li cuando le dieron el parte esa mañana.

El padre de Lía ya no necesitaba el respirador. Pronto sería trasladado a planta, hasta su completa recuperación. Lo peor había pasado

La hermana de Li tampoco necesitaba ya el respirador. Pronto sería incinerada, cuando el colapso en las funerarias lo permitiera. Le había pasado lo peor.

Cuando todo aquello terminó y llegó el momento de traducir el horror en cifras, el padre de Lía pasó a formar parte de la maravillosa estadística de personas que había superado la enfermedad. Sus compañeros y compañeras del hospital le habían hecho un recibimiento lleno de cariño y aplausos cuando, superada la pandemia, volvió a incorporarse a su puesto de trabajo de siempre. Aquella última caja de mascarillas ya se había agotado hacía tiempo, pero ya no existía ningún problema de abastecimiento, a pesar de que, como siempre, las usaban continuamente.

La hermanita de Li, por el contrario, nunca formó parte de ninguna estadística oficial. Su muerte, como otras muchas en su tierra, no fue computada, y su hermana tuvo que ir, casi a hurtadillas, a hacer cola para recoger la urna con sus cenizas. En su casa recibieron aquella urna en silencio, y en silencio le hicieron un homenaje porque no estaban permitidas manifestaciones públicas de duelo. De nada les sirvieron las últimas mascarillas fabricadas por aquella niña que ya no estaba allí

No obstante, aquellas no fueron las únicas mascarillas que fabricó Li. Cuando pasó lo más grave y las cosas volvieron a ser casi como antes, la llamó su antiguo jefe. Le ofrecía la posibilidad de volver a tener un trabajo frente a la máquina de coser con la que elaboraba mascarillas. Le hubiera gustado negarse, decir que aquellas condiciones eran indignas, que había perdido a su querida hermana y no estaba dispuesta a acabar ella misma igual, pero no podía permitírselo. Con la educación que le habían enseñado desde pequeña, Lí le agradeció a su jefe que contara con ella y dijo que acudiría al día siguiente. En ningún momento le preguntó aquel hombre por su hermana.

Cuando llegó a la fábrica, se llevó la mayor sorpresa de su vida. Habían sido tapiadas las escaleras que conducían al taller del sótano, y cegada la minúscula puerta clandestina por la que ella y su hermana entraron tantas veces. Ante su asombro, fue su propio jefe quien la condujo a su nuevo puesto de trabajo, una mesa con una máquina de coser justo al lado de la ventana que daba a la calle. Cuando llegó, sus compañeras le dieron el aplauso más largo que Li había escuchado nunca. Un aplauso que sabía que no le pertenecía a ella, sino a su hermana.

Lía se quedó mirando la nueva remesa de mascarillas que les habían llegado. No sabía por qué razón, le llamó la atención que, aunque parecían iguales, no lo eran, La leyenda en caracteres orientales era diferente. Si Lía hubiera podido leerla, hubiera sabido que era la garantía de que esas mascarillas habían sido fabricadas con estricto cumplimiento de todos los derechos laborales.

El tiempo pasó y llegó el momento en que el padre de Lía se jubilaba. Lo hizo a regañadientes, porque amaba demasiado su trabajo como para abandonarlo de una manera voluntaria. Su hija Lía le organizó una despedida por todo lo alto, en el mejor restaurante de la ciudad. Costó mucho guardar el secreto para preservar la sorpresa, porque su padre siempre había sido muy bueno para anticiparse a las cosas, pero lo consiguieron.

Cuando entraron, una camarera les sirvió un par de copas de cava mientras el resto de familia, personal del hospital y amistades varias, aparecían como de la nada gritando “¡¡¡¡Sorpresa!!!!”

El ignoraba que aquella joven camarera de rasgos orientales era la misma muchacha que, con solo catorce años, había fabricado las mascarillas con las que su hija pudo entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos a visitarle. Aquella última caja de mascarillas que guardaban como oro en paño y que nunca sabrían que fueron las últimas fabricadas en aquel taller clandestino.

Tampoco sabría nunca que aquella chica, escrupulosa donde las hubiera, siempre preparaba la comida provista de mascarilla, por si acaso. Una mascarilla proveniente de una fábrica donde ya nadie volvería a tener que sentarse a trabajar sin que se respetaran sus derechos.

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