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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Constancia: siempre contra la Violencia de Género


maltrato 2

Luchar contra algo es fácil. A veces, no hay más que chupar rueda del cabeza del pelotón, sobre todo si es un tema candente.

En el espectáculo, ya se sabe que lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Y eso a veces es lo que cuesta sangre, dolor y lágrimas.

E igual que en teatro, pasa en nuestro escenario y en nuestro mundo. Y lo que hoy grita todo el mundo, mañana se olvida.

Algo así ocurre con la Violencia de Género. Todos nos asustamos y gritamos a pleno pulmón el día que matan a una mujer, a dos, el día en que además el suceso es especialmente espeluznante porque también mató a sus hijos, o a su madre, o porque las circunstancias son horrorosas.

Pero mientras, miles de mujeres siguen sufriendo maltrato. Y quizás sean las próximas. Y quizás estén en sus casa muertas de pena, además, porque solo se habla de ellas si son asesinadas. Y, aún cuando lo son, hay quien quiere silenciar las voces de quienes quieren seguir gritando a los cuatro vientos por miedo a un efecto llamada no probado y que, aunque lo fuera, siempre pesará menos que el dolor de cada una de ellas, de sus hijos, de sus padres, de sus amigos.

¿Dejaríamos de hablar del terrorismo yihadista por miedo a que alguien lo copie? ¿Silenciaríamos por ello a las víctimas de París, o las del 11 M? ¿Qué pensarían los supervivientes, o los familiares de quienes murieron?

¿Y qué pensará ahora mismo una mujer maltratada si nadie grita lo que ella no puede gritar?

Por eso, porque no hay que esperar a que maten a una mujer más, ni a que sea 8 de Marzo, ni 25 de Noviembre, publico esta historia. Un relato de algo que podría estar pasando hoy mismo. Y anticipo ese aplauso para todas las víctimas, para que sepan que estamos con ellas. Que no las vamos a dejar solas. Nunca

 

Relato finalista del I Premio Carolina Planells de narrativa corta contra la Violencia de Género 2008, Paiporta (Valencia)

 

“Yo no soy como ellas”

 

– Vámonos de aquí, por favor. ¿No lo ves?. Yo no soy como ellas.

Llevábamos ya más de tres horas en aquella sala. Estaba llena de mujeres, todas ellas jóvenes, muchas de ellas extranjeras, todas serias. El ambiente era opresivo y la sensación de tristeza era tal que podías palparla. En un rincón, una chica de raza negra daba el pecho a un bebé. Dos niños pequeños correteaban por allí ajenos a todo. Casi todas las sillas estaban ocupadas, y había quien recorría mecánicamente el espacio una y otra vez.  Muy cerca de nosotras, en una esquina, una adolescente, casi una niña, lloraba a moco tendido en el hombro de una mujer que debía ser su madre.

Aurora insistía en que nos fuéramos de allí o, al menos, eso es lo que repetía incesantemente, que quería marcharse a toda costa. Fue por eso por lo yo, haciendo de tripas corazón, saqué de mi bolso un espejo de mano y, después de quitarle a Aurora con mucho cuidado las gafas de sol que llevaba puestas, la obligué a mirar el reflejo de su cara, con el ojo morado e hinchado, y con el corte que tenía en el labio. Aurora suspiró varias veces, gimió otras tantas, y volvimos a quedarnos en silencio largo rato.

De vez en cuando, alguien entraba en la sala, pronunciaba el nombre de una de las mujeres que allí se encontraban, y la aludida abandonaba la estancia para volver más tarde, o tal vez para no volver más. No hablaban entre ellas. Parecían existir muchos muros invisibles dividiendo personas, dividiendo historias que no querían ser compartidas. También entraban en ocasiones hombre o mujeres que preguntaban por alguna de ellas, que se acercaban y parecían aconsejarles u orientarles de alguna manera. Nadie había pronunciado todavía el nombre de Aurora. Pasó un rato más callada, y nuevamente volvió a insistir.

– Vámonos, por el amor de Dios. Yo no soy como ellas, no soy una de ellas. Yo no pinto nada aquí. Yo soy una mujer de cuarenta y cuatro años, soy profesora de Universidad, tengo una casa y una familia, tengo una vida estable y posibilidades económicas. Yo no soy una de ellas. Vámonos de aquí.

Aurora y yo éramos amigas de toda la vida. Vivíamos en el mismo barrio, habíamos ido juntas al colegio, compartido amigos, viajes, penas y alegrías, disgustos y fiestas. Nos habíamos mantenido siempre en contacto, pasara lo que pasara, y seguíamos siendo amigas después de todo el tiempo transcurrido. Aurora tenía una vida envidiable, al menos aparentemente. Cuando acabamos el Instituto, estudió Medicina y conoció a Juan, su marido, en la facultad. Fueron novios algún tiempo y cuando se casaron, los dos tenían ya un trabajo fijo y bien remunerado. El era un chico fabuloso, el marido que toda madre quisiera para su hija: bien parecido, encantador en el trato, educado, divertido y amable, se mostraba enamorado de Aurora, como ella lo estaba de él. Juan conquistaba todo el mundo igual que había conquistado a Aurora. Eran la pareja perfecta: guapos, listos, con éxito, con dinero. Siguieron prosperando. Juan se convirtió en un eminente cirujano plástico, lo que, en los tiempos que corren de culto al cuerpo, les suponía ganancias millonarias. Aurora se convirtió en una médica de atención primaria que, aunque no ganaba tanto dinero, se mostraba siempre entusiasmada con su trabajo. Tuvieron dos hijos, la parejita, tan guapos, listos, sanos y perfectos como sus estupendos papás. Vivían en un lujoso piso de nuestro barrio de siempre, y poseían además un magnífico chalet en la playa para pasar los veranos. Todo era maravilloso, o al menos, así lo parecía. Juan y Aurora eran, a todas luces, la envidia de la contornada.

Pero, así como Juan seguía igual de encantador que siempre, atento y solícito con cualquiera, fuera un ministro, el conserje o la dependienta del supermercado, Aurora se fue volviendo más taciturna. Poco a poco, dejó de ser la mujer dicharachera y vivaracha que todos conocíamos y cada vez hablaba menos, sonreía menos, salía menos. A veces, me costaba incluso quedar con ella. Me pedía que la llamara al teléfono móvil en lugar de al fijo –tuvo uno de los primeros móviles, que Juan ¿cómo no? le regaló-, hablaba en voz muy bajita, me daba excusas para no vernos. No le di más importancia, no supe o no quise ver más allá, y lo achaqué al estrés de trabajo, a que estaba criando a dos niños, a la crisis de los cuarenta o a la menopausia, qué sé yo, pero no percibí las señales hasta que me reventaron en la cara.

Un buen día, Aurora me contó que había cambiado de trabajo. Dejaba el ejercicio de la Medicina, su querido centro de asistencia primaria, y se dedicaría a la docencia. Le habían ofrecido un puesto como profesora en la facultad, y lo había aceptado. A mí me extrañó mucho, sabía que Aurora adoraba el contacto directo con los pacientes, que ésa había sido siempre su vocación. Le pregunté la razón y se apresuró a explicarme que era lo mejor, que tendría un horario fijo, que ya no haría guardias, que estaría más tiempo en casa para poder dedicarse a su familia. Los motivos eran muy convincentes, pero Aurora no parecía convencida. Finalmente, supe la verdad: fue el propio Juan quien, tras sugerirle sin éxito que dejara de trabajar, habló con un colega que le debía un favor y éste le consiguió a Aurora su nuevo empleo. Juan había dicho que no era necesario que trabajara tanto, que él ganaba suficiente dinero, y que sería mejor para todos que estuviera más tiempo en casa. El trabajo de Aurora pasó a considerarse un “entretenimiento para que no se aburriera en casa”, y hasta la propia Aurora se refería a él como un pasatiempo.

Pese a todo, cada día me era más complicado quedar con Aurora, lo que no dejaba de resultar curioso, ahora que tenía más tiempo libre Ya nunca salíamos a cenar. Sólo quedábamos muy de vez en cuando, y siempre para un cafetito rápido antes que los niños salieran el colegio, o para vernos un rato aprovechando que había que hacer unas compras. Tampoco salía ya con sus amigos, sólo lo hacía con los colegas de Juan, en calidad de esposa florero, y, generalmente, por razones de trabajo. Su espacio se iba reduciendo cada vez más, y su vida social se reducía a los conocidos de su esposo. Hasta su vida familiar menguó, salvo para las cenas y comidas protocolarias de Navidades y cumpleaños, a las que, por supuesto, nunca faltaban ni Aurora ni su fascinante marido.

Por aquel entonces, Aurora empezó a llevar siempre puestas gafas de sol, fuera la hora que fuera, hiciera el tiempo que hiciera, aunque estuviéramos en el interior de un local o en su propia casa. Me dijo que tenía un problema con la luz, fotofobia según creo, y me explicó que le molestaba mucho cuando le daba en los ojos. También me dijo que no tenía importancia, que Juan le había comprado varios pares de gafas como aquéllas que llevaba, de muchos colores y modelos, pero todas preciosas, de marca, y grandísimas. No le volví a ver sus preciosos ojos verdes. Tampoco veía nada más allá, hasta aquella noche en que la verdad me explotó en las narices.

Era un domingo de madrugada. Yo estaba sola en mi casa, durmiendo a pierna suelta y de repente me desperté sobresaltada por el timbre del portero automático, que llamaba con tan frenética insistencia que nada bueno podía presagiar. Oí la voz de Aurora al otro lado, llorando, que me imploraba que le abriese la puerta. Me apresuré a hacerlo y me encontré a mi amiga deshecha en llanto, mal vestida, peor calzada –llevaba las zapatillas de estar por casa-, y con un enorme moratón en el ojo. También tenía los labios hinchados, y le quedaba un hilillo de sangre seca junto a la boca. Hipaba, sollozaba y a duras penas podía entenderla, pero con todo y con eso, fue incapaz de decir que era él quien había hecho aquello. Se limitaba a musitar un discurso incoherente plagado de disculpas, que si todo lo había hecho mal, que si no servía para nada, que si era una inútil y su vida un desastre, hasta llegó a decirme que se merecía lo que le pasaba. En medio de todo aquello, repetía que estaba asustaba, que no aguantaba más, y que tenía miedo, mucho miedo. Yo no sabía qué hacer, no sabía que decirle. Me limité a ofrecerle algo caliente, a tratar de reconfortarla, a poner mi hombro a su disposición y a darle un abrazo, y después de un buen rato, logré que se rehiciera un poco. En ese momento sonó su teléfono móvil. Se apresuró a cogerlo, muy nerviosa, y, tragándose las lágrimas que le quedaban, habló en voz muy baja. Acto seguido, me dijo que se iba, que se volvía a casa. Le imploré que se quedara, que no lo hiciera, que al menos se tomara un tiempo para reflexionar. Fue en vano. Se marchó con paso cansino, arrastrando su bola de preso hacia su cárcel dorada. Antes de irse, me suplicó que olvidara lo que había pasado, y me aseguró que todo iba a ir bien.

Pero no lo olvide, claro, ¿cómo iba a hacerlo?. Mi amiga estaba enredada en la brillante telaraña que había tejido su ideal marido, y a punto estuve yo de caer en la trampa o quizás caí de bruces sin saberlo. En los días siguientes, la anduve buscando por todas partes, la llamé a todas horas, pero no obtenía respuesta. No contestaba al teléfono móvil, y si alguien contestaba en el fijo, era para decirme que ella no estaba en casa, que no se podía poner, que no podía verme. Y así continuábamos hasta que un día me dejó un sucinto mensaje en mi contestador automático diciéndome que todo se había arreglado, que ella y Juan se marchaban a Venecia para reconciliarse y fortalecer su relación, que los niños estaban con su suegra y que no me preocupara, que ya me llamaría a su regreso, que estuviera tranquila, que no pasaba nada. Alguna vez, durante ese éxodo, me telefoneó para decirme escuetamente que estaba bien y lo estaban pasando divinamente. Yo quería creerlo, pero tenía mis dudas. En cuanto a Aurora, yo ya no sabía qué pensaba.

A su regreso cumplió su palabra y me llamó, y quedamos un ratito, muy poco, a tomar un café. Me enseñó las joyas que él le había regalado, y hasta me dio un detalle que habían comprado para mí. Su tono, al enseñarme aquellos maravillosos regalos, era neutro, vacío, como si se le hubieran esfumado la emoción y los sentimientos. Sus ojos, nuevamente, estaban cubiertos con otras preciosas gafas de sol, por supuesto de marca, y ella otra vez alegaba problemas con la luz para evitar quitárselas. No le pedí que lo hiciera, pero yo ya no me fiaba. Aurora estaba tan atrapada en su dorada tela de araña que era incapaz de darse cuenta de nada.

Después, el silencio. Volvió a pasar una semana sin noticias de Aurora. Al cabo de diez días, traté de localizarle a toda costa. Fue tarea imposible. Ni siquiera jugando a hacerme la encontradiza en la puerta del colegio de sus hijos, en el supermercado, o en los sitios que Aurora frecuentaba, conseguía verla. Contactar por teléfono era también imposible: su móvil estaba apagado o fuera de cobertura, según rezaba la operadora, y en el teléfono de la casa no se ponía nadie. Así que me armé de valor, pedí permiso un día en mi propio trabajo y me planté en casa de Aurora una mañana, justo cuando sabía que los niños estaban en el colegio y Juan trabajando en el hospital. Insistí e insistí y, al final, no tuvo más remedio que abrirme la puerta. Nada más hacerlo, se dejó caer en mis brazos y se desplomó. Lloraba y sollozaba diciendo que no aguantaba más, que no podía seguir así. Su cara era un poema: volvía a tener el ojo amoratado y los labios hinchados, y me pareció vislumbrar en su boca la falta de un diente. Le insté a que se vistiera y viniera conmigo, le dije que había que hacer algo. Asintió. Cabizbaja, me obedeció y me siguió, mansa con un corderito, de nuevo con sus enormes gafas de sol tapándole la cara.

Fuimos hasta Comisaría, donde, entre gemidos, Aurora consiguió a duras penas hacer un relato deshilvanado de sus cuitas, un relato incoherente salpicado de reproches y resentimiento. No sé cuánto tiempo estuvimos allí. Finalmente, nos dijeron que fuéramos a una hora determinada a una dirección, a los Juzgados de Violencia Sobre la Mujer, y hasta allí nos encaminamos.

Estábamos ya allí, más de tres horas, en aquella sala atestada de mujeres, la mayoría jóvenes, muchas de ellas extranjeras, todas serias, que Aurora afirmaba que no eran como ella.

– Vámonos, aquí no hacemos nada. Tampoco ha sido para tanto, cualquiera tiene un mal día, con el estrés que tiene el pobre, el trabajo, las guardias, y encima la niña, que ha suspendido el curso.

Había retomado su sonsonete, pidiendo que nos fuéramos, cuando alguien entró y pronunció su nombre. La llamaban para que pasara a la sala contigua, al Juzgado. Yo pregunté si podía acompañarla, pero me dijeron que no, que en la declaración ante el Juez y el Fiscal sólo podía estar ella, salvo que fuera menor o incapaz. A punto estuve de decir algo relativo a su incapacidad, pero me quedé muda.

Aurora se levantó lentamente, cogió sus cosas, y fue hasta donde le indicaron, mientras yo me quedaba esperando su regreso. Al cabo de veinte minutos escasos estaba de vuelta. Me quedé sorprendida. Nos habían dicho que estábamos allí para la celebración de un juicio rápido, pero aquello era demasiado rápido para ser un verdadero juicio. La miré y bajó la cabeza, recogiendo lentamente sus bártulos. Llevaba un papel en la mano que apretaba con fuerza.

– Vámonos. Esto ya ha terminado.

Le arrebaté aquel papel. Era algo oficial, con todos sus sellos, que resultó ser una copia de la declaración de Aurora. Después de consignar sus datos personales, sólo decía que se acogía a su derecho a no declarar contra su marido, que lo hacía libre y voluntariamente, que no tenía miedo ni tenía nada que reclamar. No fue capaz de mirarme a la cara. Antes de abandonar la estancia, alguien entró sugiriéndole que hablara con una asistente social, con personal especializado de atención a víctimas del delito, con alguien que la asesorara, pero ella rechazó firmemente todo lo que le ofrecían, y enfiló la salida.

Tuve que seguirla a buen paso para conseguir alcanzarla, y casi hube de saltar en el taxi que ella paró, ignorando si estaba invitada a subir. Allí volví a insistir en que se lo pensara, le dije que podía venir a mi casa aunque sólo fuera unos días, que si no quería denunciarlo, se separara de él al menos. Agriamente, me espetó:

– Me voy a casa, no sé por qué te he hecho caso. Nunca tenía que haberme ido. Tengo un marido y una familia con la que estar. Tú no lo entiendes, no puedes saber lo que es eso, no sabes lo que es estar enamorada y unida a alguien tanto tiempo. No tenía que haber venido.

Bajé del taxi, mientras ella pagaba la carrera al conductor, y me fui a mi casa sin siquiera mirarla. Estaba asustada, inquieta, nerviosa, pero, sobre todo, estaba enfadada con Aurora. No podía dormir, y pasé la noche intranquila, hasta que finalmente sucumbí a un duermevela sólo interrumpido por el sonido de las sirenas de ambulancias y  coches de policía que con frecuencia pasaban por nuestro barrio. Ignoraba cómo actuaría el Juzgado, pero esperaba que, pese a la tozudez de Aurora, continuaran investigando la razón de aquel ojo morado y aquella alma anulada. Y deseaba con todas mis fuerza que Juan recibiera el castigo que merecía.

No supe nada hasta el día siguiente, cuando me desperté muy temprano y oí un escándalo que superaba con mucho a lo que era habitual a aquellas horas. Nerviosa, me asomé al balcón, y al ver la lujosa finca donde vivía Aurora, un escalofrío me recorrió el espinazo. Estaba llena de policías, rodeada con una cinta de precinto, con muchísima gente alrededor, y un enjambre de periodistas y cámaras de  televisión hacían guardia en el portal. Le rogué a un Dios en el que no creía que no hubiera pasado lo que imaginaba, que fuera un error, que no se tratara de Aurora, y bajé corriendo a la calle.

La policía no me dejó pasar, pero pude oír con toda claridad cómo el conserje, flanqueado por varios micrófonos, contaba con todo lujo de detalles lo que había pasado. Decía que escuchó gritos, que enseguida llegó una ambulancia y se llevaron a Aurora en una camilla, que no sabía si estaba viva o muerta, que menos mal que los niños no estaban en casa, que al cabo de un rato se llevaron al marido esposado, que qué barbaridad, que quién lo hubiera pensado, que eran una familia tan ideal y bla, bla, bla, bla. El pobre hombre estaba disfrutando su minuto de gloria, y los periodistas haciendo su trabajo, pero en ese momento yo los odié con todo mi corazón.

Vagué sin rumbo por mi propio barrio, y no tardé mucho tiempo en conocer todos los detalles, incluidos los que la fantasía y el morbo de la gente había ido añadiendo. Aquel era un barrio residencial, tranquilo, y hechos como ése convulsionaban el entorno como un terremoto y sacaban a flote los más bajos instintos.

Juan, al parecer, había sido detenido después de que nosotras saliéramos de Comisaría, mientras estábamos en aquella sala atestada de mujeres que Aurora decía que no eran como ella. Se lo llevaron esposado de su propio hospital, para escándalo de propios y extraños, y permaneció en los calabozos hasta que le trasladaron al Juzgado. Después, volvió a su casa en un coche, donde ya estaba Aurora esperándole y, sin darle tiempo a que ella le explicara que había retirado la denuncia, la atacó con saña con su propio bisturí. Seguidamente, telefoneó a la Policía para contarles muy compungido que alguien le había robado su instrumental y había atacado con él a su esposa. Ni siquiera tuvo el coraje de confesar la verdad, ni mucho menos el valor de suicidarse. No obstante, no pasó mucho tiempo hasta que el barrio entero presenciara como se lo llevaban engrilletado.

Ahora, sólo puedo ver a Aurora a través de la ventanita de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital donde se halla ingresada, dos veces al día durante media hora escasa. Sé que es ella porque me lo han dicho, y porque lleva su nombre la etiqueta identificativa que hay junto a su cama, pero me resulta difícil relacionar a mi amiga con aquella amalgama de vendajes y tubos que la mantienen a duras penas a este lado del mundo de los vivos. No sé si su cuerpo se recuperará alguna vez, pero dudo que su alma se recupere.

Juan, según me han contado, está en la cárcel, pero a mí eso ya me da igual. Tejió su dorada tela de araña y quedó atrapado dentro, pero dentro quedó también Aurora, debatiéndose entre la vida y la muerte en un maremágnum de tubos y cables. Y dentro quedaron sus hijos, que nunca alcanzarán a comprender lo sucedido. Dentro han quedado también los padres de Juan, estupefactos entre la culpa y la vergüenza, y los padres de Aurora, destrozados por el dolor de su hija y más destrozados aún por no haber sabido distinguir las señales del calvario de su propia hija.

Y dentro he quedado yo, que no pude o no supe hacer nada para evitar esto, que quizás inconscientemente lo he provocado, que nunca sabré si debí actuar de otra manera. Todos nosotros hemos quedado marcados para siempre, enredados en la telaraña de Juan, y, al fin y a la postre, encarcelados como él, cada cual con sus propios barrotes.

Cuando abandono el hospital hasta mañana, noto un bulto extraño en mi bolsillo. Al palparlo, me doy cuenta de que son las gafas de sol de Aurora, que se dejó en el taxi y yo recuperé. Había decidido entregárselas a su hija, pero lo pienso mejor y las tiro a un contenedor, después de haberlas destrozado a pisotones. No quiero que sirvan para que nadie vuelva a esconder su tragedia detrás de ellas.

 

 

Error: ¿horror?


susto

El que tiene boca se equivoca. Ya lo dice el refrán, y mi madre, que es muy sabia. Y, aunque es bien cierto que quien poco habla, poco yerra, ese dicho es de difícil aplicación al teatro, ya que superada la época de Candilejas y entrados ya en Tiempos Modernos, no hay espectáculo sin sonido ni voz. A salvo, claro está, de nostálgicas excepciones como Blancanieves o The Artists. Pero entonces y ahora, los errores y las equivocaciones son moneda frecente en escenarios y platós y, tanto es así, que ha dado lugar a su propio subgénero, las tomas falsas que tan buenos ratos nos regalan en ocasiones. Y confieso que las de Schreck son unas de mis preferidas.

En nuestro escenario también tenemos nuestras tomas falsas y nuestros errores. A las tomas falsas  ya les dedicamos un estreno, y hasta una saga. De errores podríamos hablar uno tras otro, porque entre la precariedad de medios, el agobio de quienes los sufrimos y la natural condición humana, vamos listos.

Un tipo de error especialmente desesperante es el que que aparece en las pantallas del ordenador. El error 404, que me recuerda el 666 de Demien y la Profecía es uno de ellos. Pocas cosas hay que descompongan más que, tras conseguir tras mil peripecias acceder a la pantalla ansiada, ésta te escupa ese mensaje. Y, en esas ocasiones, si la pantalla recuerda al niño de La Semilla Del Diablo, yo misma empiezo a evolucionar cual Pokemon en la niña de El Exorcista, con giro de cabeza incluido. Eso sí, sin escupir, que me mancho la toga y no están las cosas para dispendios.

Pero los errores no solo vienen de ese lado oscuro. Más allá de las pantallas de ordenador y del Poltergeist que llama a gritos a Carolyn,  toguitaconadas y destaconitogados cometemos errores que a veces nos llevan al borde del precipicio. ¿Quién no ha cometido la pifia de cambiar los nombres de una sentencia, una calificación o un dictamen? Recuerdo un amigo juez que, en su primer destino, firmó tan tranquilo un auto en que se ponía en libertad a sí mismo. Apercibido de su error, contaba con sorna que menos mal que se había pusto en libertad, que si llega a acordar prisión se hubiera visto en el brete de tener que ir al trullo o inocoar procedimiento contra sí mismo por desobediencia.

Y no es el único. Y es que andar por ahí corriendo como vaca sin cencerro es lo que tiene. Y con los medios que contamos, no es para menos. Me contaba no hace mucho una compañera que, en mitad de un juicio de jurado, se quedaron sin luz. Imaginemos por un momento el desconcierto de profesionales, jurados, público y acusado en semejante aquelarre. Y es que si no pasan más cosas es porque Dios no quiere, como dice mi madre también.

Otra fuente frecuente de errores es la debida a que leemos demasiado rápido, o no leemos bien. No hace mucho, intentaba convencerme un abogado de que le rebajara la pena de su cliente vía conformidad, porque estaba claro que concurría en él, cuanto menos, una eximente incompleta. Yo no entendía demasiado bien su empeño y su vehemencia, ya que del informe que yo tenía entre manos no se desprendía semejante cosa. Finalmente, comprendí que él había leído “demencia alcohólica” cuando solo se habllaba de “dependencia alcohólica”. Aclarado el entuerto, conseguimos finalmente llegar a un acuerdo, y tan tranquilos. Que ya se sabe que cuando uno no quiere dos no riñen.

Y así seguimos. Equivocándonos y enmendando lo errado, que rectificar es de sabios. Y que pocas cosas hay peor que el mantenella y no enmendalla por pura cabezonería. Algo que, en honor a la verdad, también he visto hacer a más de uno, a uno y otro lado del banquillo.

Así que hoy el aplauso no será ni para los errores ni para los que los padecen. El aplauso es para los que saben reconocer que se han equivocado y obran en consecuencia. Porque todo, o casi todo, tiene solución si se tiene el valor de admitirlo y corregirlo a tiempo.

 

Complejidad: contorsionismo jurídico


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Cualquiera sabría responder a la pregunta de qué es algo complejo. Algo complicado, difícil de llevar a la práctica o de laboriosa ejecución. Blanco y en botella, leche. Algo que en mundo del espectáculo abunda, y que consigue que una mujer de treinta años parezca de sesenta, que cuatro paredes emulen a la galaxia sideral o que, como antaño, el desierto de Almería se convierta en el salvaje Oeste. La magia del cine, vaya. Y esa varita mágica que consigue que lo difícil parezca fácil y lo imposible posible. Precisamente ahí radica el mérito de un verdadero artista: en hacer que resulte natural lo que naturalmente no lo es. Como la contorsionista que se dobla en posiciones inverosímiles hasta conseguir coger una copa con el dedo meñique del pie izquierdo por encima de la cabeza mientras sonríe sin perder la compostura.

Y en nuestro teatro de la Justicia, aunque no tenemos varita mágica ni nada parecido, también han decidido que nos tengamos que dedicar al contorsionismo. Aunque eso sí, ya llevamos bastante tiempo de entrenamiento. Que no en balde damos palmas con las orejas cada vez que nos hacemos con un taco de posits del tamaño deseado o con una grapadora que haga juego con las grapas que nos han proporcionado. Es lo que tiene vivir Al filo de lo Imposible.

Pero, por si no tuviéramos bastante por andar haciendo día tras día triples mortales carpados con toga y tacones, o sin ellos, el legislador, cual director de pista empeñado en conseguir espectadores a toda costa, nos obliga al Más difícil todavía. Como en las mejores escenas de El Mayor Espectáculo del Mundo.

Y así, cual si de prestidigitador se tratara, se ha sacado de la manga esa reforma que nos trae a vueltas un día sí y otro también. La dichosa reforma de la ley de enjuiciamiento criminal, que pretende que hagamos en seis meses lo que no nos da medios para hacer en el doble de tiempo. Y con un tiempo de entrenamiento –vacatio legis, se llama en nuestro mundo- de apenas dos meses. Así que el pasado diciembre entró en vigor la reformita de marras, a pesar de que el propio legislador estaba a punto de dejar de serlo, urnas mediante. Y por supuesto, a hacer las piruetas arriba del trapecio y sin red, por eso se cuidó muy mucho de disposicionadicionar la ley estableciendo que nada de dotación económica. A ver qué nos hemos creído.

Pero eso sí. La ley venía con su varita mágica incorporada, que no es otra que esa cosa que ha dado en llamar “complejidad”. Se declara una causa compleja y tachán, aparecen hasta dieciocho meses nuevecitos, por estrenar, para que podamos seguir haciendo contorsionismo jurídico con una bomba con temporizador adosada.

Pero la complejidad es más compleja de lo que parece. Porque, además de unos cuantos casos expresamente previstos, como la pendencia de una prueba pericial compleja o la existencia de diligencias a practicar en el extranjero, nos deja una cláusula abierta para que metamos allí lo que podamos, quepa o no quepa. Y la caja de sorpresas tiene muelle y payaso, y pronto va a salir de ella para hacernos burla. Y es que lo complejo no es lo que tarda en practicarse, sino lo que resulta difícil. Y no se debería utilizar como un cajón de sastre, porque el día menos pensado nos llevamos una sorpresa. ¿Podemos considerar compleja una causa porque un gabinete psicosocial tenga una lista de espera de ocho meses, o porque un sencillo análisis de sustancia se ponga en el furgón de cola de las pericias a practicar en un saturado laboratorio? ¿Es compleja la búsqueda de un testigo qaue no sabemos si ha ido a Burgos o a la casa de okupas de la esquina? Pues sí y no, pero lo realmente complejo es conseguir hacer milagros cuando no hemos estudiado las oposiciones a santo. Y eso no es complejidad, es una insensatez.

Mientras tanto, alguien aventura una solución. Una pócima mágica que podría desfacer el entuerto. Eso que llamamos esepear (de SP: sobreseimiento provisional) y que consiste en dejar las cosas en el congelador del archivo para descongelarlas cuando sea el momento de hincarles el diente. O sea, cuando la prueba esperada se pueda practicar. No dudo de lo ingenioso de la solución, pero algo me falla. Además del pequeño detalle de que sería un fraude de ley, de esos de forzar la norma para una finalidad no pretendida, chocaríamos con un escollo importante: las medidas cautelares, esas cautelas que se adoptan para asegurar el éxito de la investigación, la celebración del juicio o, lo que es más importante, la seguridad de la víctima.

¿Exagero? Tal vez. Pero que alguien explique a una mujer que denuncia un maltrato que su orden de protección puede quedar en nada a los seis meses si no hemos encontrado a ese testigo que vio cómo su pareja le daba una paliza. Que, o guardamos su procedimiento en la nevera, y sus medidas de protección quedan en nada, o nos arriesgamos a tirar para adelante como los de Alicante sin esa prueba que podría marcar el estrecho límite entre la absolución y la condena.

Y otro tanto cabe decir de otras medidas, como la prisión preventiva del presunto culpable, la retirada del pasaporte para evitar que se fugue, o la intervención de sus bienes para impedir que los haga desaparecer. Ahí es nada.

Y por si parece poco, no olvidemos que esa varita mágica llamada complejidad tampoco es infalible. Como los yogures, caduca, aunque sean de los que se conservan más tiempo sin nevera.

Pero mientras tanto, el tiempo pasa. Y, si nadie lo remedia, podríamos ver al trapecista en que nos han convertido tropezarse estrepitosamente desde lo alto del trapecio, y estrellarse contra el suelo de la impunidad o de algo peor, la vida de una víctima. Y eso a la vista del público. Y por más que el pobre trapecista se contorsione hasta que los huesos le crujan y los músculos se partan porque no den más de sí.

Así que hoy el aplauso se queda tan congelado como nos dejan a todos. Conteniendo la respiración mientras en la pista se oye el redoble de tambores. Y contorsionándonos mientras. Hasta que el cuerpo aguante

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Artistas: togas con duende


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Es inevitable. El que es artista es artista y el arte se le escapa por los poros en cualquier momento de su vida. Hasta para presentar una póliza o protestar por una multa de tráfico  el duende sale de su escondrijo y a poco que se frote la lámpara de Aladino, el genio sale de allí como un torbellino y ya no hay quien lo pare. Ser artista es lo que tiene. Aunque el telón haya bajado, el espíritu está siempre ahí.

En nuestro teatro no somos muy distintos. O sí. Que no en balde hay quien piensa que somos más raros que un perro de lunares. Como aquel viejo programa de televisión, El Perro Verde. Y hasta más. Pasen y vean si no.

De un lado, hay quien no se quita la toga del cerebro, aunque sí del cuerpo, en ningún momento del día. Hay veces que, oyendo hablar a algunos, me los imagino por la noche toguiempijamados, y leyendo para dormir fragmentos del Digesto. Y eso muy resptable, vaya que sí, pero no es sano. Siempre recordaré con una sonrisa a cierto compañero que, ante la invitación de nuestro entonces preparador de tomar una caña después de cantar temas, le dijo alborozado que así podrían hablar del proceso penal. Ni que decir tiene que el preparador en cuestión nunca llegó a tomarse esa caña. Y no lo culpo. Aunque en honor a la verdad diré que el compañero ha llegado muy lejos en el extraño mundo de Toguilandia, y también que seguimos siendo amigos. Lo cortés no quita lo valiente.

Pero hoy el estreno iba dedicado a los artistas –o quienes aspiran a ello- que no dejan de serlo. Aunque lleven toga, con o sin tacones. Que son muchos más de los que imaginamos, por extraño que a algunos les parezca. Y quizás con ello contribuya a humanizar un mundo que a muchos les parece ajeno, distante y, lo que es peor, prepotente.

Ya he dicho alguna vez que esta toguitaconada hubo de cambiar en un momento de su vida el tutú por la toga, las zapatillas de punta por los tacones. Pero el alma no siempre acompaña al cuerpo, y parte de esa niña con tutú está siempre conmigo, como si jamás pudiera quitarme Las zapatillas rojas, como la protagonista de la obra.

Pero no soy la única. Ya conté en otra ocasión que las togas también tienen arte, desvelando parte de lo que las togas esconden . Jueces, fiscales, abogados, procuradores, LAJs, forenses, funcionarios y toda la fauna jurídica imaginable dedican parte del poco tiempo que les dejan reformas y sinsabores a cultivar su espíritu. Somos muchos los que, desde nuestras humildes posibilidades, escribimos, por ejemplo. Y no solo sesudos artículos jurídicos. Cuentos, artículos de opinión, crítica de cine, relatos y hasta novelas. Coincido habitualmente con una funcionaria con varias novelas en el mercado con enorme éxito de crítica y público. Y tambíén comparto muchas cosas con cierta procuradora que pinta y expone, y nos arrastra a muchos tras de esa pasión y de su sensibilidad exquisita.

Pero no hace falta irse a ejemplos extremos. Varios bloggeros desparraman su ingenio y su sensibilidad en bitácoras de las que muchos ignoran la condición togada de su autor. Algún otro obsequia a los tuiteros que le seguimos con dibujos de frutas, de paisajes, de personas o de lo que se les ocurre, abriendo una ventana para que entre aire fresco entre tanta reivindicación necesaria. Y también hay quien dedica su tiempo a tocar un instrumento, a cantar en un coro y hasta a hacer de trovador en el camino de Santiago. O a hacer fotografías artísticas. Y hasta a hacer bizcochos o cocidos, que el arte culinario también cuenta. El otro día, sin ir más lejos, me zampé un bizcocho virtual que me supo a gloria.

Por todo eso, también me gustaría usar mi teatro para romper una lanza a favor de los artistas. Los aficionados y, sobre todo, los que tratan de vivir de eso. Porque sin arte y sin artistas el mundo no sería igual. Y aún existe cierto tufillo de perroflautismo, entendido como un modo de tratarlos sin el respeto que merecen. Y, ya que de togas y leyes hablamos, sin que se les reconozcan sus derechos ni se contemple como debiera su formación. Y si no apoyamos el arte, estaremos matando al mundo. Que no solo de dividendos vive el hombre.

Así que hoy mi aplauso va dedicado a todos los que, con toga o sin ella, embellecen el mundo con su arte. Porque son imprescindibles.

Y porque esta toguitaconada no podría vivir sin la pluma en la mano y el tutú en el corazón

Recesos: tiempo muerto


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Todos sabemos lo que es un tiempo muerto. En terminología deportiva, es una pausa en la que no corre el cronómetro, y por extensión, se aplica a todos esos ratos perdidos, entre una cosa y otra, en que no se limita a hacer lo más aburrido del mundo: esperar. Que bien dice el refrán que el que espera desespera.

En el teatro, como en todo, también tienen esos ratos, los que transcurren entre bambalinas y que a los de fuera nos parecen teñidos de romanticismo con camerinos cucos y espejos con bombillas de colores. Probablemente la realidad pudiera romper el mito, pero no seré yo quien venga a estropearla. Y prefiero quedarme con la idea de en esos tempos los artistas siguen recibiendo ramos de flores y visitas de sus admiradores en busca de un preciado autógrafo. En busca del tiempo perdido

Nosotros también tenemos nuestros tiempos muertos. Tantos, que hasta tienen su propio nombre. O nombres, que no nos privamos de nada. Las pausas entre acto y acto las llamamos receso, que siempre queda mejor que llamarlas un descansito para aliviar el cerebro y, por qué no decirlo, el cuerpo. Cuando estamos de congreso o de curso, damos en llamarlas pausa-café, aunque uno se tome un té con pastas o un bocata de tortilla con una caña. Y si estamos trabajando, hora del almuerzo, aunque no dure una hora ni tampoco se almuerce. O sí.

Pero estos ratos no son ratos muertos propiamente dichos. Porque una cosa es matar el tiempo y otra que el tiempo la mate a una, que es lo que a veces pasa. Más veces de lo que quisiéramos. Porque de ratos tontos está llena la justicia, bien lo sabemos. En Derecho puro y duro, el de escrito rimbombante e informe engolado, los llamamos ínterin, que el latín siempre queda elegante y hay que ver lo que nos gusta usar latinajos . Pero de hecho son una peste. O al menos, un pestiño.

Tuiteaba mi amigo Paco hace unos días una foto de un muertecillo reseco junto a una pantalla de ordenador con el odioso circulito dando vueltas sin parar, y decía que así quedó un abogado esperando que se conectara el dichoso Lexnet. Un ejemplo de rabiosa actualidad de los teimpos muertos con los que batallamos día a día. Y lo que te rondaré, morena.

Pero no es el único caso. Jueces, fiscales, LAJs y funcionarios echamos más horas que un reloj dando una clave tras otra y esperando que de una vez aparezca la pantallita que nos dé acceso al programa ansiado, como ya vimos en uno de nuestros estrenos (Claves, sin llave maestra). Tan es así, que creo que ya está apareciendo una nueva enfermedad laboral, la tendinitis cruzadédica, que consiste en una dolencia crónica por el tiempo que pasamos con los deditos cruzados suplicando al cielo, a los dioses o a quien sea, que hayamos dado en el clavo y el ordenador funcione. Porque si no sabemos que nos enfrentamos a un nuevo tipo de tortura, que ya quisiera haber conocido Torquemada: la de dar una incidencia a informática. Que no consiste en otra cosa que en encontrar el momento, marcar el número, armarse de paciencia y, tras esperar un buen rato mientras te perfora la meninge la musiquilla del tono de espera –confieso que tengo un trauma con Ana Magdalena Bach a base de las veces que oigo la misma sintonía-, que alguien te diga que anota la incidencia y que te da un número. Como si eso solucionase algo. Pero claro, debe ser el sistema que se ha puesto de moda. Como lo del papel 0, que lo han dicho y andamos todos esperando que el papel de verdad desaparezca como por ensalmo. O los 6 meses de instrucción, que parece que con ponerlo en el BOE ya está todo arreglado.

Recuerdo una vez en que mi desesperación llegó a grado superlativo. Que ya quisiera ver yo al santo Job en una de éstas. Pues bien, intentaba yo explicarle a mi interlocutora, con la que había contactado tras un buen rato escuchando una y otra vez el mismo tono de espera, que Internet no me funcionaba. Y menos mal que estaba ella allí, vaya que sí. Porque me lo solucionó de todas todas, diciéndome que eso tenía que hacerlo constar a través de la pestaña de incidencias de la página web corporativa. Toma ya. No me quedó otra que pensarlo muy fuerte, a ver si por medio telepático llegaba, porque el medio telemático sin Internet como que no. Pero no lo entendió. Probablemente sea problema mío, que soy un poco regañona y de todo me quejo, pero como solución me pareció que dejaba bastante que desear. Me lo tendré que hacer mirar.

Así que así estamos. Pasando tantos ratos muertos entre esperas ante el ordenador, búsqueda de claves, cruce de dedos y otras miserias, que cualquier día se me pasa el plazo de seis meses antes de haber visto la causa en la pantalla. Y eso sin hablar del rato perdido en registrar, anotar en la estadística y mil tonterías más. Lo que podríamos llamar minutos basura, que se acaban convirtiendo en horas basura. Tantas que, si nos descuidamos, igual nos caduca la acción, nos prescribe la instancia o se nos agotan los seis meses de instrucción

Y hay otros ratos muertos. Los de toda la vida. Esperar que llegue el intérprete, que traigan al detenido, que llegue el abogado de gardia que está en comisaría o que el fiscal cruce dos partidos judiciales en los qe está de guardia simultáneamente. Y sigue y sigue…

Po eso el aplaudo es para todos los que superan ese rato de espera y son capaces de mantener una sonrisa. Porque esos si son verdaderos héroes. Con toga y tacones, o sin ellos.

 

 

Padrinos: estreno de toga y puñetas


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Hay un dicho popular que reza que el que no tiene padrino no se bautiza. Gran verdad, aunque no hablemos de religión ni del sacramento del Bautismo. Tener a alguien que te introduzca en el mundo al que una aspira a veces no sólo es úitl sino necesario. Y en el teatro es más que eso. Aunque hay a quien el talento, la suerte, o ambos, le llevan a triunfar sin padrino o madrina conocidos, al menos para empezar es más fácil si se tiene un avalista detrás. Y si no, no hay más que echar un vistazo a la cantidad de apellidos del mundillo que se repiten. Eso sí, sin quitar mérito a nadie, que una cosa es tener la oportunidad y otra mantenerse, y eso ya es cosa del apadrinado. Y, si seguimos echando un vistazo, también podremos ver la cantidad de hijos, sobrinos o protegidos de alguien que vivieron eso de arrancada de caballo, parada de burro, y sobreviven a base de bolos en discotecas de tercera fila o ni eso.

Y si de cine y padrinazgo hablamos, imposible no recordar la saga de El Padrino. O, al otro extremo del espectro, a Lina Morgan en La llamaban La Madrina. A cada uno lo suyo.

Pero nosotros también tenemos nuestros padrinos y madrinas, que no se diga. Aunque no nos engañemos. No se trata de eso que algunos malpensados estarán rumiando, de si se necesita un enchufe trifásico para aprobar las oposiciones o para meterse en algún despacho. En cuanto a las oposiciones, son bastante más limpias que lo que muchos piensan, y les aseguro que sin unos cuantos años de estudio y angustia a partes iguales, de nada sirve en lustroso apellido. Y viceversa. Y créaseme que hablo con la solvencia que me da haber visto a mucha gente quedarse en el camino con su blasón jurídico a cuestas. En cuanto a los despachos de abogados, sin negar que tener acceso por alguno razón personal puede abrir puertas, ésas se cierran si el trabajo no es acorde a las expectativas o a la confianza depositada.

Y es que no me refería a esa clase de padrinos, aunque pueden coincidir. Me refería a los que todos tenemos para ese acto formal de vestir por primera vez la toga –con tacones o sin ellos-. Yo he tenido la fortuna de interpretar ese papel en varias ocasiones y lo cierto es que no deja de emocionarme. Esta mismo semana, sin ir más lejos.

En las profesiones jurídicas todos tenemos la obligación de jurar o prometer la Constitución, en un acto que suele resultar emocionante. Al fin y al cabo, supone el momento para el que llevamos preparándonos muchos años. Nos ponemos nuestras mejores galas –aunque la verdad es que poco se ven bajo la toga-, y estrenamos ese uniforme que se va a convertir en parte de nuestras vidas. Y, claro está, como todo bautismo, necesitamos padrinos. Y ahí es donde entramos quienes lo somos.

Por regla general, la honrosa función de padrino o madrina se realiza por quien preparó al que fue el opositor o por quien fue su tutor en las prácticas. A veces, es algún familiar que ya ingresó en la secta de las togas. Y hasta pueden ser dos. En cuanto a los abogados, les apadrina aquél con quien tienen relación por las mismas o parecidas razones. En cualquier caso, es un honor ser elegido para ese momento, que formará parte de la memoria real y de la historia gráfica de ese que un día fue un jurista en potencia y ya lo es en acto.

Y algunos afortunados, tenemos la doble suerte de amadrinar dos veces a la misma persona. Porque los jueces juran nuevamente la Constitución cuando ascienden a Magistrados. Y es un lujo que se vuelvan a acordar de quien estuvo con ellos en su día. Y más lujo aún que no lo hayan olvidado nunca, como tengo la fortuna de que me suceda a mí. Acabo de culminar mi segundo doblete. Y tan contenta. Que la cosa no es para menos. Me he toguitaconado adecuadamente, y he cumplido con la misma ilusión con la que yo juré un día, hace ya más tiempo del que a veces me gustaría. Y he visto las mismas caras que ví hace unos años, cuando daban sus primeros pasos judiciales sin las relucientes puñetas que hoy lucen.

Así que me apetecía dedicar hoy mi estreno a todos ellos. Y con ellos, a todos los que empiezan, y a los que siguen en la brecha con la misma ilusión que el primer día. Para ellos va el aplauso.

Eso sí, con un recuerdo especial para alguien. Porque para mamá gallina siempre es un placer que los pollitos ya vuelen por sí solos. Así que por eso, mi mención especial es para Irene, mi chica del doblete de hoy, para Prado, mi otra amadrinada, y para los que les antecedieron, Marta y Alvaro. Sin olvidar a Carmen, Rafa, Elena y Vicenta. Y a los que vendrán.

Ah, y para la tía de Irene que confeccionó a bolillos sus preciosas puñetas. Puñetera envidia la que tendrá todo el mundo al verlas

Rebajas: leyes low cost


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De vez en cuando, llega la época de rebajas. Y se nota hasta en los escenarios. De una parte, hay obras que desprenden toda la gama de las compulsiones compradoras, como las de la protagonista de Loca por las compras, o el glamur de Pret a Porter o Sexo en Nueva York. De otra, cada día tenemos más posibilidades de encontrar entradas para ver las obras a precio de ganga, si uno está atento emulando a Rastreator y pilla un Atrápalo como puedas.

Pero en nuestro teatro no necesitamos rebajas, gangas, ofertones ni Rastreator. Nosotros vivimos en un permanente mundo low cost, como si nuestro mundo estuviera continuamente a precio de ganga o expuesto entre las sobras de una tienda de Chinos. Dicho sea con todo el respeto para los chinos y sus tiendas, que nos sacan de más de un apuro con sus bolis, sus pósits y sus grapadoras. Que no sé qué haríamos sin ellos, vaya.

Pero parece que es la moda. Las últimas reformas legislativas, ésas que nos han traído corre que te pillo y nos tienen sin vivir en nosotros a profesionales y estudiantes –¡pobres opositores!- venían con un regalo incorporado. O, mejor dicho, un no-regalo. Una Disposición Adicional flamante y nuevecita que nos advierte a todos que ésta o aquélla ley no supondrán ninguna dotación de medios personales ni materiales, ni previsión presupuestaria alguna. Por si había dudas. Y eso sí, ahorrando, ahorrando –como aquello de tacita a tacita-, esa Disposición en modo copia-y-pega la han ido colocando en todas las macroreformas con que han tenido a bien atizarnos. Desde las leyes de Enjuiciamiento Civil o Criminal al Estatuto de la Víctima. Pura ganga. Lo que no sé bien es cómo, a ese precio, no han dictado leyes que prohíban el hambre en el mundo o decreten el fin de las epidemias. Total, para no hacer nada para ello, se podrían haber venido arriba. Pero casi que mejor no dar ideas, que una nunca sabe quién la lee. Y luego llega el Tío Paco con las rebajas.

Y la verdad es que una no alcanza a saber dónde son más intensas las rebajas. Si en el hecho o el derecho, que en definitiva acaban viniendo a ser lo mismo. La ley crea la moda del disposicionadicionalismo, consistente en que se haga lo que se haga, se prevé que no se prevea nada. Que nos las apañemos, vaya. Y que si a alguien se le ocurre darnos una grapadora de más, un quitagrapas –otro bien preciadísimo, hasta el extremo de tener que haber atado el mío con un cordel al pomo del cajón-, pues estará incumpliendo la ley. Un prevaricador de tomo y lomo.

Quizá por eso ha salido a la luz uno de nuestros modernísimos sistemas de transporte de expedientes. Que no es la telepatía, como se empeña en decir el corrector cuando una intenta escribir que se haga por vía telemática, sino algo más revolucionario. Los carritos de supermercado, ni más ni menos. Tecnología punta para trasladar expedientes de juzgado a juzgado, a fiscalía o adonde corresponda. Lo bien cierto que es que estábamos tan acostumbrados a verlo que hasta en una entrevista un fiscal bien conocido por el asunto que lleva lo tiene detrás en la fotografía que ilustra el reportaje. Y a nadie se le ocurrió quitarlo, porque lo vemos como normal. Hasta que el poder de las redes y el ingenio de los internautas –de una, en concreto- me abre los ojos, a mí y a muchas personas más, sobre lo chocante de la situación. Por decirlo de algún modo. Hablar de corrupción con cifras astronómicas con semejante telón de fondo.

Pero quizás se trate de una mera confusión de términos. Confundieron el Papel 0 con el presupuesto 0. Y en vez de papel 0 quedó en papel mojado. Pero seguro que se dan cuenta y lo corrigen. Que no nos quepa la menor duda. Aunque mientras nos toque sufrir el lowcostismo sobre las ruedas de un carrito de Mercadona.

Pero mientras lo piensan, y preparan a modo corta-y-pega la consiguiente Disposición Adicional, me cuentan de la nueva medida de ahorro. Y de modernización, faltaría más. Se trata de la digitalización de los carritos. Ruedas 0, se va a llamar. Y va a ser la sensación. No cuento más, no vaya a hacer spoiler y la cosa pierda la gracia. Pero preparémonos para sensaciones fuertes. No digo más.

Hasta entonces, no olvidemos el aplauso de hoy. Que va destinado a todos los que con su esfuerzo suplen las carencias de esa lowcostización de la justicia, pertenezcan al gremio que pertenezcan. Con mención especial a dos inspiradores de este estreno, Carmen y Fernando, parte de dos de estos colectivos que soportamos esa justicia a precio de saldo.

Y mientras, en un universo muy lejano, las redes seguían haciéndose eco del fenómeno…

 

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Maquillaje: cosmética jurídica


MAQUILLAJE

En todo este tiempo –ya casi año y medio- en nuestro escenario, no habíamos dedicado apenas tiempo a algo tan importante como el maquillaje. Sin él, muchas obras carecerían de sentido, o resultarían poco o nada creíbles. ¿Qué sería sin maquillaje El Planeta de los Simios? ¿Cómo convertirían la respingona naricilla de Nicole Kidman en el aspecto que tiene en Las Horas? O cómo harían que el lagarto bueno de V se convirtiera en el terrible Fredy Kruger?

En nuestro teatro también gastamos maquillaje, desde luego. Pero en este caso es algo diferente. Nuestro maquillaje más bien es una cosmética casera, destinada a hacer parecer lustroso a lo que no lo es tanto. O si. Que cada cual juzgue al final de la función.

Para nosotros, nada de brocha, de sombras de ojos, ni de salsa de tomate que haga las veces de sangre. La sangre, por desgracia, es de verdad, de más víctimas de las que quisiéramos. Y en cuanto a lo otro, pues nada de eso.

La verdadera cosmética judicial es otra cosa. Es una sesión de maquillaje que tiene lugar en un gabinete de belleza llamado BOE, y llevado de las manos de unos esteticistas que no son tan profesionales como nos gustaría. Lo que pretenden con esa peculiar sesión de belleza no es otra cosa que tratar de hacer aparentar que algo viejo es nuevo, que algo que está a punto de romperse parezca que está recién estrenado. Pero al igual que maquillar a una actriz de 90 años para aparentar 18 no resulta, nuestro maquillaje tampoco es efectivo. Resulta poco creíble y se cuartea y acaba viviéndose abajo. Y la actriz madura termina por mostrar sus arrugas entre capas de carmín. Como en aquella escena de Qué fue de Baby Jane

Y así, no hace mucho nos maquillaron los viejos juicios de faltas y los convirtieron en delitos leves –o, mejor, levitos-. Y convirtieron al imputado en investigado, encausado o vaya usted a saber qué como si con eso dejara de ser lo que siempre ha sido.

Otra de las sesiones de cosmética ha sido la de pretender vendernos una figura vieja, la cadena perpetua, como una institución jurídica flamante y de nuevo cuño, la prisión permanente revisable. Más de lo mismo.

Pero parece que cambiar el nombre renueva las instituciones. Y quizás por eso decidieron llamar a los Secretarios Judiciales Letrados de la Administración de Justicia, sin dotarles de unos medios que les hubieran ido mucho mejor que ese bautismo. Que digo yo que mejor sería dar al niño de comer que prepararle un bautizo por todo lo alto.

Y los ejemplos podrían sucederse, desde luego. Pero hay uno que nos tiene a todos hablando solos. La famosa digitalización o papel 0, ese niño que no es tan niño y que trae una padrina adosado, el dichoso Lexnet, que tendría que ser el colmo de la modernidad y de momento no es sino el colmo del despropósito. O de cómo construir un ático sin haber terminado el primer piso siquiera. Lo que se viene siendo empezar la casa por el tejado en versión judicial.

¿Qué exagero? Puede ser. Al fin y al cabo, los fiscales no usaremos Lexnet de momento porque es imposible materialmente, y así lo ha dicho la Fiscal General del Estado. Como no podía ser de otra manera. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Lo que me cuesta un poco de comprender es cómo quienes se supone que somos garantes de la legalidad podemos garantizar una ley que no vamos a cumplir por imposibilidad material. Pero igual son cosas mías.

Pero como soy buena chica, me creo a pies juntillas lo que me cuentan abogados y procuradores, que no es otra cosa que eso de que el invento da continuos fallos y problemas. Aunque eso sí, tiene una flamante cuenta de twitter para que la actriz madura parezca de quince años. O no.

Y es que lo podemos llamar digitalización, Papel 0, Lexnet o como queramos, pero la cuestión es que el sistema procesal no está ideado para ello, y las causas judiciales tienen que acabar impresas y unidas con grapas o similares. Así que, en vez de llevar los escritos impresos, pues se mandan –si se puede- a través del ciberespacio para que lleguen al juzgado, que es un espacio nada ciber, y se impriman allí. Estupendo. Y eso según Comunidades Autónomas, que en algunas se ha dicho que nanai de la China.

Así que así estamos. Dándonos purpurina sin habernos puesto siquiera una buena crema debajo. Y tratando de hacer parecer nuevo un sistema que no lo es tanto.

Por eso hoy el aplauso va dedicado a aquellos que han conseguido hacer llegar sus escritos, a los que los han logrado recibir y a esa doble pantalla que han puesto a en algunos sitios. Con la esperanza de que no nos llamen desde allí como a la Carolyn de Poltergeist, claro.

 

Reyes Magos: oro, incienso y mirra


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En estos días, es frecuente ver en los medios de comunicación esas ingeniosas y tan originales entrevistas a famosos en que el preguntar, haciendo larde de una imaginación sin fin, le pregunta al interviuado: ¿Qué le pide al los Reyes?. Y, por supuesto, alguno de los famosos de turno, por no dejar de estar a la altura de tan inteligente cuestión, responden eso de “salud, mucha salud” o, alcanzando un nivel estratósferico, cosas como la paz mundial, y que yo la disfrute con los míos. Nada tópico, oiga. Como tampoco la canción, tan traída y llevada en estos momento: tres cosas hay en la vida, salud, dinero y  amor…

En nuestro particular teatro también escribimos cartas a los Reyes. Y ojo, que nuestra originalidad también es como para darnos el Nobel, no vayan a creer. Pero hace falta tanto, y se resume en tan poco, que ser original sería casi ser extravagante. O extogavante, que viene más a cuento.

El pasado año ya hicimos nuestra propia carta a los Reyes desde Con Mi Toga y Mis Tacones. Pero temo que me confundí, o que tal vez nos hemos portado fatal. Porque no nos han traído nada de lo que pedimos. Y es que como solo les dije eso de que no trajeran más carbón, no debí expresarme bien. O tal vez los Reyes Magos aún no dominaban el idioma toguitaconiano y no entendieron. Así que, por si acaso, empezaré pidiendo algo para ellos mismos: la piedra Justicieta, apta para traducir a lengua corriente las peticiones de los juristas. Que parece que a veces no se entienden. Pero, por si aún no la han podido estudiar, ahí van las peticiones con su debida traducción

Oro. Eso es fácil. Necesitamos dinero, dinero y dinero. Como todos, dirán algunos. Sí y no. Porque el dinero que necesitamos no es para nosotros solo, sino para todos. Necesitamos dinerillos para reparar las tablas del escenario, para cambiar los remendados telones por unos nuevos, para renovar por completo los decorados, para tener sistemas que permitan que los estrenos y las funciones sean ágiles, para que haya más actores y el que hace de San José no tenga también que suplir al pastorcillo o hasta al buey, si me apuran. Y también para que todos puedan acceder al teatro y para que retribuyan diganamente y a tiempo a los intérpretes  Es decir, y traduciendo con la piedra Justicieta y el diccionario toguitaconiano, hace falta modernizar las sedes que lo requieran, dotar de medios que nos hagan ingresar –por fin- en este siglo, proporcionar sistemas informáticos que agilicen en vez de dificultar el trabajo, crear plazas de Jueces, Fiscales, LAJs, funcionarios y lo que haga falta, recuperar a los sustitutos para todos esos casos que son necesarios. Y, por supuesto, que nadie deba pagar tasas para acudir a la justicia -las ONG,s y las empresas de cualquier tamaño han de pagar-. Y que se retribuyan de una manera justa y puntual los servicios como guardias y turno de oficio. Casi nada.

Incienso. Recordando la frase de un amigo que manifiesta con toda rotundidad –no exenta de cierta dosis de ironía- que huele a incienso cada vez que lee determinadas cosas, nuestro incienso no puede ser otro que una dosis extra de sentido común a la hora de legislar. Un sentido común que debe empezar por preguntar a quién sabe para regular las cosas de modo que la ley no vaya por un lado y la realidad por otro. Como sucede con el ya famosos Papel 0, que más que papel 0 es papel mojado. O como sucedió con el Registro Civil , con el que hubo de echar marcha atrás por imposibilidad efectiva. O como sucederá con la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, y ello solo por citar algún ejemplo. Y, por cierto, recuerdo que el momento es muy propicio para retomar estas cuestiones, y que un pacto por Justicia sería un estupendo cofre de incienso que perfumaría con sus vapores a toda la sociedad y no solo a Toguilandia. A quien corresponda, que igual hasta me lee. ¿Por qué no?

Y por último, mirra. La mirra es el gran desconocido, algo que casi nadie sabemos bien qué es, y menos para que sirve ni cómo encontrarla. Pero debía ser la pera limonera, porque los Reyes Magos no se anduvieron con chiquitas a la hora de llevar sus regalos. Por eso, nuestra mirra no puede ser otra que esas cosas intangibles y difíciles de encontrar, pero de enorme valor. La ilusión  de quienes estamos y seguimos en esto, que es tan volátil y más aun en estos tiempos, los sentimientos que ni pueden dejar de estar presentes, y el tiempo, ese que no tenemos y necesitamos tanto.

Así que, queridos Reyes Magos, este año lo dejamos muy claro. Tanto que había pensado aplazar el aplauso para cuando vea si han cumplido. Pero mejor lo anticipo, no nos vayan a traer carbón solo por eso.

 

Despedidas: lo que la ley se llevó


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Otra vez acaba el año. Otra vez los escenarios se vestirán de lentejuelas y se brindará con cava, matasuegras en ristre, y se harán mil propósitos. Y otra vez cientos de artistas lo celebrarán desde las tablas brindando con el público presente mientras todos demuestran una alegría real o fingida. Nada nuevo bajo el sol. Como tampoco es nuevo hacer balance de los que pasó durante el año, recordar a quienes nos dejaron y desear lo mejor para el año entrante. Con lencería roja, si hace falta.

Poco se parecen en nuestro caso los fines de año a los de la farándula. Nosotros no nos ponemos de gala –ni una triste lentejuela en la toga- y, la mayoría, ni siquiera vamos. Salvo, claro está, los compañeros que estén de guardia , y seguro que la cosa no está para mucha fiesta.

Pero eso sí, vivimos nuestro particular fin del mundo  ese que se da año tras año en Julio y en Diciembre, y que se traduce en la creencia de que hay que hacer moverse los expedientes de un destino a otro. De Fiscalía al Juzgado, de éste a la Audiencia, de un Juzgado a otro, de otro a Fiscalía. Para que el Año Nuevo los pille en el limbo de los expeientes, que no otro que la valija donde se transportan de una sede a otra, o los sofisticados carritos de supermercardo que les sirven de vehículo. Parece que el único objetico es que no estén encima de ninguna mesa, como si estuviera jugando al juego de las sillas mientras suena la música.

Pero este año más que nunca. Este año parece que el fin llega sí que sí. Que ese papel que está en el limbo de debería volver porque dice una ley que empieza el papel 0, aunque nadie sabe muy bien cómo.

Y también empieza otra cuenta atrás. La de esos asuntos penales que, a partir de ahora, se verán afectados por el temporizador de la reforma de la LECrim y su límite de seis meses –por más que sea prorrogable-

Pero, además de esa despedida teórica al expediente de papel, hay otras despedidas.  La de los juicios de faltas , por ejemplo, que han sido enviados a la residencia de leyes jubiladas, sustituídos por los nuevos levitos, tan parecidos a sus predecesores que a veces cuesta distinguirlos. Por no hablar de explicarlo, claro.

Y otras despedidas. La de las vacatio legis que daban tiempo a estudiarse la ley, la de la seguridad de saber que ley es aplicable sin necesitar un GPS, la de la tranquilidad de mirar el BOE sin que te inunde el pánico.

Y, por supuesto, la de la dotación presupuestaria para aplicar una ley de enjundia.

Nada volverá a se como era. Ni la Ley de Enjuiciamiento Civil, ni Criminal, ni el Código penal, ni la Jurisdicción Voluntaria. El Registro Civil, sin embargo, que había escrito su Crónica de una Muerte Anunciada, se encontró con una Resurrección.

Pero, como sabemos, el espectáculo debe continuar. Show Must Go On. Aunque sea entre telones remendados, bambalinas apuntaladas y vestuario de segunda mano. Aunque tengamos que ensayar una nueva función con el viejo decorado.

No nos queda otra. Apelar a la profesionalidad. Los buenos actores saben interpretar cualquier papel. Hasta varios a la vez. Por eso, a ellos son a los que daremos el aplauso.

Eso sí, sin olvidar el minuto de silencio para los que se fueron. Esos compañeros de cualquier lado del escenario que ya no volverán a dar una función. Para todos ellos, vaya también hoy la ovación y el recuerdo.