Error: ¿horror?


susto

El que tiene boca se equivoca. Ya lo dice el refrán, y mi madre, que es muy sabia. Y, aunque es bien cierto que quien poco habla, poco yerra, ese dicho es de difícil aplicación al teatro, ya que superada la época de Candilejas y entrados ya en Tiempos Modernos, no hay espectáculo sin sonido ni voz. A salvo, claro está, de nostálgicas excepciones como Blancanieves o The Artists. Pero entonces y ahora, los errores y las equivocaciones son moneda frecente en escenarios y platós y, tanto es así, que ha dado lugar a su propio subgénero, las tomas falsas que tan buenos ratos nos regalan en ocasiones. Y confieso que las de Schreck son unas de mis preferidas.

En nuestro escenario también tenemos nuestras tomas falsas y nuestros errores. A las tomas falsas  ya les dedicamos un estreno, y hasta una saga. De errores podríamos hablar uno tras otro, porque entre la precariedad de medios, el agobio de quienes los sufrimos y la natural condición humana, vamos listos.

Un tipo de error especialmente desesperante es el que que aparece en las pantallas del ordenador. El error 404, que me recuerda el 666 de Demien y la Profecía es uno de ellos. Pocas cosas hay que descompongan más que, tras conseguir tras mil peripecias acceder a la pantalla ansiada, ésta te escupa ese mensaje. Y, en esas ocasiones, si la pantalla recuerda al niño de La Semilla Del Diablo, yo misma empiezo a evolucionar cual Pokemon en la niña de El Exorcista, con giro de cabeza incluido. Eso sí, sin escupir, que me mancho la toga y no están las cosas para dispendios.

Pero los errores no solo vienen de ese lado oscuro. Más allá de las pantallas de ordenador y del Poltergeist que llama a gritos a Carolyn,  toguitaconadas y destaconitogados cometemos errores que a veces nos llevan al borde del precipicio. ¿Quién no ha cometido la pifia de cambiar los nombres de una sentencia, una calificación o un dictamen? Recuerdo un amigo juez que, en su primer destino, firmó tan tranquilo un auto en que se ponía en libertad a sí mismo. Apercibido de su error, contaba con sorna que menos mal que se había pusto en libertad, que si llega a acordar prisión se hubiera visto en el brete de tener que ir al trullo o inocoar procedimiento contra sí mismo por desobediencia.

Y no es el único. Y es que andar por ahí corriendo como vaca sin cencerro es lo que tiene. Y con los medios que contamos, no es para menos. Me contaba no hace mucho una compañera que, en mitad de un juicio de jurado, se quedaron sin luz. Imaginemos por un momento el desconcierto de profesionales, jurados, público y acusado en semejante aquelarre. Y es que si no pasan más cosas es porque Dios no quiere, como dice mi madre también.

Otra fuente frecuente de errores es la debida a que leemos demasiado rápido, o no leemos bien. No hace mucho, intentaba convencerme un abogado de que le rebajara la pena de su cliente vía conformidad, porque estaba claro que concurría en él, cuanto menos, una eximente incompleta. Yo no entendía demasiado bien su empeño y su vehemencia, ya que del informe que yo tenía entre manos no se desprendía semejante cosa. Finalmente, comprendí que él había leído “demencia alcohólica” cuando solo se habllaba de “dependencia alcohólica”. Aclarado el entuerto, conseguimos finalmente llegar a un acuerdo, y tan tranquilos. Que ya se sabe que cuando uno no quiere dos no riñen.

Y así seguimos. Equivocándonos y enmendando lo errado, que rectificar es de sabios. Y que pocas cosas hay peor que el mantenella y no enmendalla por pura cabezonería. Algo que, en honor a la verdad, también he visto hacer a más de uno, a uno y otro lado del banquillo.

Así que hoy el aplauso no será ni para los errores ni para los que los padecen. El aplauso es para los que saben reconocer que se han equivocado y obran en consecuencia. Porque todo, o casi todo, tiene solución si se tiene el valor de admitirlo y corregirlo a tiempo.

 

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