Imputación: ¿Dónde está el límite?


  

                Ya hemos visto que las películas sobre juicios, juzgados y tribunales son tropel y, si no éxito asegurado, una buena garantía de interés seguro. Por eso, una de las personas a cuyo alrededor pivota toda la acción no podía dejar de ser protagonista en muchas de ellas, en títulos como Presunto culpable, Presunto inocente, Sospechosos habituales o Inocentes, entre otros muchos. Diferentes nombres para mentar una misma realidad ¿O quizás no es la misma? Ahí está el quid de la cuestión.

                En nuestro teatro, ese sujeto al que llamamos “imputado” constituye el epicentro de nuestro trabajo. Y digo que lo llamamos así porque, técnicamente, dejó de tener ese nombre en la reforma del año 2015 en que, no sé sabe muy bien por qué -¿o si?- se le rebautizó como “investigado”, Entonces, cabría preguntarse por qué se sigue hablando en todas partes de “imputado/a” e “imputación”, tanto en ambientes jurídicos como, sobre todo, en medios de comunicación y opinión pública.

                La respuesta no es fácil, desde luego. Y, aunque es posible que yo no la tenga, lo que sí puedo hacer es dar las claves para encontrarla. Así que preguntad donde están las llaves, y yo seré quien diré que el fondo del mar, Matarile, rile rile.

                Cuando, en los primeros tiempos de este teatro nuestro dedicamos un estreno al imputado , todavía se llamaba así y nadie pensaba que fueran a cambiarle el nombre. Hasta que las aguas de fuera de Toguilandia empezaron a removerse tanto que el tsunami nos llegó de pleno.

                En el esquema original de nuestra vetusta ley de enjuiciamiento criminal, el procedimiento tipo, el sumario, tenía varias fases bien diferenciadas. Primero se investigaba, incluida la declaración como imputado -entonces, sí- y, una vez concluida la investigación, se decidía si se dictaba o auto de procesamiento, que era lo que marcaba un camino judicial de difícil marcha atrás. Ese imputado pasaba a llamarse “procesado” y ya estaba claro que la cosa seguía adelante por unos indicios claros. Por supuesto, sin perjuicio del resultado del juicio, presunción de inocencia mediante.

                Con el tiempo, este proceso resultaba demasiado largo y en aras a la economía procesal y a la rapidez se crearon otros que ahorraban trámites, quedando el sumario solo para los juicios realmente graves, en que la pena de prisión pueda -y recalco lo de “pueda”, porque se trata de la pena en abstracto, no la que se pida en concreto- superar los 9 años de prisión. En los ochenta se creo el proceso para delitos menos graves y flagrantes -PELO- que luego sería declarado inconstitucional- y en los noventa le sustituyó el llamado “procedimiento abreviado” -PALO- que sigue en vigor. Curiosamente, se regula como procedimiento especial cuando es el normal, ya que por él se conocen el 90 por ciento de los asuntos. Pero esa es otra historia.

                La cuestión es que en este proceso ya no había procesamiento y por tanto no había un auto que durante el procedimiento estableciera que la cosa iba en serio, como sucede con el auto de procesamiento. Así que como ya no se podía hablar en estos casos de “procesado” se empezó a usar como comodín el término “imputado”. Y ahí empiezan los problemas, porque, ¿cuándo está imputada una persona realmente? Se decía, y no deja de ser cierto aunque con matices, que en la citación en tal calidad, pero hay que reconocer que una mera citación es poca cosa para algo tan grave. En realidad, esta citación solo garantizaba que la persona iba a declarar con abogado, para salvaguardar sus derechos caso de que luego siga adelante el proceso, ya que citarla como testigo implicaría que tendría que decir verdad y no tendría derecho ni a un abogado ni a guardar silencio. Pero, paradójicamente, lo que era una garantía se convirtió en un estigma, sobre todo cuando empezar a frecuentar Toguilandia políticos y otros personajes de renombre.

                Para evitar este efecto, y también para su seguridad, más de una Señoría se sacó de la manga un denomina do “auto de imputación” que no prevé la ley en absoluto, aunque pueda hacerse en virtud de la cualidad maravillosa de los autos judiciales para abarcar toda decisión judicial. La jugada no era poca cosa, porque al ser un auto cabía recurso y sería en último caso la Audiencia quien decidiera sobre esa imputación. Así ocurrió, por ejemplo, en el famoso caso que, entre otros, afectaba a una infanta de España y a su cónyuge, hoy condenado al tiempo que ella absuelta, como es de dominio público,

                Pero, si se sigue el procedimiento a rajatabla,, lo verdaderamente definitivo es el auto de incoación de procedimiento Abreviado, que se dicta después de toda la investigación. Por tanto, hasta ese momento no se podría hablar con propiedad de “imputado”. Pero como se les citaba el tal concepto, los políticos -siempre del partido contrario al que resultaba afectado, qué casualidad– empezaron a exigir responsabilidades por esa supuesta imputación, adelantando en realidad el momento definitivo. Porque, en teoría la declaración podría haberlo aclarado todo y dar lugar a un sobreseimiento ¿Por qué no?

                Así las cosas, la reforma de 2015 complicó aun más las cosas. Temerosos de que esas citaciones como imputados causaran más de un cataclismo, se cambió el nombre a “investigado” algo tan absurdo como ambiguo ¿Se considera “investigado” a alguien a quien se está investigando para citarlo como “investigado·? Y, si es “investigado” a partir de entonces, ¿qué era antes¿? ¿preinvestogado? ¿Se le podía investigar si no le había citado como “investigado? O lo que es lo mismo ¿cómo decidir que alguien está investigado sin investigarlo previamente? Por todo esto y por mucho más se ha seguido usando la referencia a la imputación aunque se haya cambiado el nombre.

                En definitiva, la verdadera imputación se produce con el auto de incoación de procedimiento abreviado, no con la citación. Aunque, claro está, cuando se realiza un informe para decidir si se procede o no, se da un paso más que si solo existiera esa citación. Algo que tiene especial importancia en el caso de personas aforadas, porque determina la competencia, y, entonces sí, hace ese informe necesario. Pero cuando se llega a ese momento aun queda partido, aunque se tengan varios goles en contra y algún jugador expulsado, por usar un símil futbolístico. No olvidemos la famosa moral del Alcoyano, cuyo entrenador pasó a formar parte del imaginario colectivo por animar a sus pupilos cuando, con una diferencia de diez goles y a falta de un minuto del final, les decía que aun podían ganar- O eso es, al menos, lo que dice la leyenda.

                Hasta aquí, esta pequeña explicación de un tema que suscita grandes dudas y grandes problemas. Espero que haya quedado un poco más claro. Por eso, daré el aplauso a quienes, ant4es de sentar cátedra se informan bien sobre ello. Ojala ocurriera siempre

Ayuda: hoy por tí…


          Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Nos necesitamos y por eso pedir y dar ayuda forma parte de nuestra naturaleza. O debería formarla, que no todo es tan bonito como nos gustaría. Ya lo decían los Beatles, en una de sus canciones emblemáticas, Help, también título de una película. De cada cual depende cuál sea el resultado cuando se recibe La llamada.

En nuestro teatro, como somos tan humanos como en cualquier otro lugar, las llamadas de socorro y las reacciones ante ello son habituales, aunque por la naturaleza de las materias de que tratamos y la urgencia en resolverlas quizás lo sea todavía más que en otros ámbitos.

En otros estrenos hemos hablado de llamadas de socorro ante todo tipo de necesidades humanas y tecnológicas, de la desesperación por la falta de medios o de la impotencia cuando una no puede hacer todo lo que quisiera. Suma y sigue. Pero hoy quería referirme a algo distinto, a la ayuda entre compañeros y compañeras, en el más amplio sentido de la palabra. Por eso quería ir más allá del colegueo y del compañerismo.

Siempre se ha dicho que lo que diferencia la carrera fiscal de la judicial es el individualismo del juez o jueza frente al sentimiento del grupo del fiscal, la soledad frente a la compañía. Y ya se sabe que, aunque la compañía siempre es de valorar, hay un refrán que dice que más vale solo que mal acompañado. Por eso, lo que hay que hacer es que la compañía sea la buena, no esa de la que habla el refranero.

La idea de este post me vino a la cabeza ayer mismo, cuando, ante una llamada de desesperación de alguien muy cercano, tuve la solución a un solo clic de teléfono, por más que yo del tema no tenía ni idea. Porque si hay algo que hemos experimentado cualquiera de las personas que transitamos por Toguilandia es que quienes son ajenos a nuestro mundo creen que el título de Derecho nos habilita para arreglarlo todo, todo, todo, como el papá de la niña del anuncio. Y que tan pronto damos solución a una herencia, a un asesinato, a una multa o a un tema de impuestos. Debe ser porque no saben lo que dice siempre mi madre. Aprendiz de todo y oficial de nada. O que quien mucho abarca poco aprieta, que viene a ser lo mismo.

El caso es que soy una suertuda. No sé si lo mereceré o no, pero lo que me pasó ayer no fue la única vez que me ocurre. Cada vez que me veo perdida en el maremágnum de leyes y jurisprudencia y toco un tema con el que no estoy familiarizada, encuentro un alma caritativa que me echa una mano jurídica para salir del atolladero. Por supuesto, y siempre trato de hacer otro tanto, pero en honor a la verdad diré que nunca lo hago pensando en que el día de mañana pueda necesitar a la persona a la que me dirijo sino más bien por un ejercicio de empatía. Y tal vez es el karma quine me devuelve la jugada.

Podría echar mano de un latinajo y decir que se tata de un quid pro quo, pero no me gusta demasiado. Prefiero pensar que mis amigos y amigas toguitaconados son generosos y no que esperan nada a cambio. Porque si es así van aviados ante esta jurista de sangre, sexo y vísceras, como siempre digo.

Hay, sin embargo, compañeros y compañeras de los que llevan puñetas que se niegan en redondo a contestar a nadie que les pida consejo alegando que la ley nos prohíbe asesorar. Y, aunque eso sea cierto, no lo es menos que hay una gran diferencia entre asesorar y aconsejar. Por supuesto que no podemos hacer por ley ningún asesoramiento jurídico, pero decirle a alguien dónde debe ir o que haríamos en su lugar dista mucho de asesorar, al menos a mi juicio. Tiene más bien que ver con la amabilidad, si se trata de alguien de fuera, o con el compañerismo en sentido amplio, si se trata de alguien de dentro. O con la amistad, que es como el comodín del público pero con corazones.

Por eso hoy quería hacer ese pequeño homenaje a todas las personas que están ahí cuando las necesitas, códigos en ristre, para sacarte del entuerto. Y a quienes tienen la humildad de reconocer que no lo saben todo, que también tiene mérito. Para ellos y ellas es el aplauso de hoy. Que nunca me falta un teléfono del que echar mano y, sobre todo, una voz al otro lado que me atienda.

Berlanga : homenaje


Este año se celebra el centenario de un director irrepetible. Y valenciano además como yo misma. Su sentido del humor y su personalidad quedarán en los anales de la historia. Y, cómo no rendirle homenaje desde nuestro teatro a alguien que dirigió títulos tan relacionados con Toguilandia como Todos a la cárcel o El verdugo

Así que ahí va el mío, en forma de relato, jugando con esa expresión tan suya: Austrohúngaro

Mi abuelo el delincuente

  • Pero, abuelo ¿estás seguro?
  • En mi vida he estado más seguro de algo
  • Cuando se entere mi madre, nos mata a los dos. Lo sabes, ¿verdad?
  • Y tanto que lo sé. Es la segunda cosa de la que estoy más seguro en el mundo. O la primera, no lo sé ya

          Mi abuelo me cogió de la mano y me hizo salir de casa a toda prisa. Miró a un lado y a otro, como si se tratara del protagonista de una película de espías de serie B. Se había puesto lo que él consideraba sus mejores galas y confieso que si no fuera él, me hubiera muerto de vergüenza de andar a su lado en la calle. Pero si alguien tenía bula para hacer todo lo que le diera la gana era mi abuelo. Se lo había ganado a pulso en sus ochenta y cinco años de vida.

            Me costó mucho convencerle para que no cogiera el coche, pero ya teníamos suficiente con la locura que íbamos a hacer para sumar una detención más que segura por conducción imprudente y por no tener en vigor el carnet de conducir. Por no hablar de su coche, un Seat 600 empeñado en resistir el paso del tiempo sin que ningún operario de la ITV le echara el ojo. No hubo manera de convencerle para que lo llevara a la revisión, ni siquiera antes de que la doctora que tenía que dar el visto bueno a la renovación de su carnet le echara a cajas destempladas de la consulta porque no se quiso poner las gafas de vista

  • Pero señorita, ¿cómo me pide que me ponga estas gafas, si estoy más feo que un pie?

        Todavía me río cuando lo recuerdo, y estoy segura de que aquella médica tampoco lo ha olvidado. Y menos mal que pude quitarle de la cabeza la idea de presentar una queja contra ella al Colegio de médicos, porque él estaba convencido de que tenía toda la razón.

  • Al fin y al cabo, yo ya sé lo que son los juzgados. Yo estuve en la cárcel.

         Por supuesto, no hice caso a aquello, que tomé como una más de sus bravatas, y lo dejé pasar. Como hacía muchas veces.

         Cuando llegamos a la puerta del Instituto Luis Vives, nuestro destino, la cola daba la vuelta al edificio. Yo ya me esperaba algo así, igual que me esperaba que aquella locura no sirviera de nada, pero él estaba tan convencido que pensé que por probar no pasaba nada. El no ya lo tenía.

            La cosa no empezaba demasiado bien. Sin soltar mi mano en ningún momento, que tenía cogida con más fuerza de la que se presuponía en un hombre de aquella edad, me llevó a rastras hasta el principio de la cola, saltándose las más elementales normas de civismo

  • Oiga -se atrevió a decirle un adolescente con una expresión a medio camino entre el asombro y el enfado- Ha de ponerse en la cola. Al final de la manzana
  • ¿Qué dices, criatura? ¿Cómo vas a permitir que un venerable anciano como yo vaya al final de la cola? Y como tengo la próstata…
  • Pero hay que hacer cola, oiga -insistía, ya sin mucha convicción- Yo llevo más de dos horas aquí. Ha de ir al final
  • Pues no pienso hacerlo -gritó, sin moverse un milímetro- Austrohúngaro, que eres un austrohúngaro

La cara del adolescente era un poema. Pero ya no osó replicar. Ni él ni nadie más, que nos miraban como si estuvieran asistiendo a una grabación de alguna cámara oculta.

Sin nuevos incidentes, y sin que yo fuera capaz de levantar la mirada del suelo, llegamos a la ventanilla. Saqué mis papeles de la mochila, y los dejé encima de la mesa, mientras no dejaba de cruzar los dedos de las manos y hasta de los pies. Me iba la vida en ello. Mi abuelo tomó la palabra con su mejor voz de trueno

  • Aquí tiene toda la documentación para matricular a mi nieta en el Bachiller artístico ese que hacen aquí, Está todo en orden, que ya me he encargado yo, pero si quiere le digo que le cante y le baile para que vean su talento
  • Abuelo -protesté abochornada- ¿Qué dices?
  • Pues qué voy a decir, la verdad. Que eres una artista y tienen que matricularte. Acabáramos
  • Perdone, señor, pero esto no funciona así, Déjeme la documentación y si es todo correcto ya verá en el tablón si su nieta está en la lista de admitidos

      Por un instante, se quedó callado, Su silencio se podía cortar un cuchillo hasta que la voz de aquella mujer de la ventanilla lo rompió de un tajo certero

  • Su nieta es menor de edad. Y no veo la firma de sus padres o tutores por ningún sitio
  • ¿Y para qué cree que he venido yo, ¿eh? Pues como persona responsable. ¿O insinúa que no soy una persona responsable?

       A aquella pobre mujer le iba a dar algo. Hacía un gesto en la cara que no hubiera sabido si contenía las lágrimas o las carcajadas. Pero no podía más. Le dio por imposible

  • Mire, voy a quedarme los papeles, pero no tienen validez sin la firma de los padres. Se lo digo para que se vayan haciendo a la idea de que la niña no saldrá en las listas.

        Ya me imaginaba que ese sería el final de nuestra ocurrencia. Pero tenía que intentarlo. Por mí, y también por él, mi mejor cómplice y compinche.

        Mi ilusión era cursar el Bachiller artístico escénico en el Luis Vives, uno de los poquísimos institutos que impartían esa especialidad en la provincia de Valencia. Mis padres, en cambio, querían que me quedara en el colegio donde estaba, estudiando un aburridísimo bachillerato de Humanidades, ya que hacía tiempo que quedó claro que las ciencias no eran lo mío. Ellos anhelaban para mí un futuro en el que terminara siendo funcionaria del Ayuntamiento, como mi madre, con un horario de 8 a 2 y un sueldo fijo cada mes. Yo, sin embargo, soñaba con un edificio que estaba apenas a unos metros físicos, pero a un mundo de distancia, el Rialto, donde me encantaría estrenar algún día una de mis obras. En el abismo que se abrió entre mis padres y yo cuando cada cual mostró sus cartas, se colocó mi abuelo, dispuesto a sacarme las castañas de fuego como fuera. Pero, conociéndole, lo más probable es que salieran chamuscadas.

         Me olvidé del tema y comencé a resignarme a que mi futuro no sería el que yo había soñado. Mi abuelo me insistía en que hay que luchar por lo que se quiere, hasta las últimas consecuencias

  • ¿Nunca te he contado que estuve en la cárcel?

          Lo había intentado, sí, pero yo había podido esquivar la batallita. Pero temía que ahora no hubiera escapatoria

  • Me metieron tres meses en la cárcel, aquí, en Valencia. Solo por decir la verdad
  • ¿Por decir la verdad?
  • Claro. Publiqué en un periódico una carta al director metiéndome con un ministro de Franco
  • ¿Le insultabas?
  • Solo le dije “austrohúngaro”. Es una palabra que empleaba mucho un amigo de mi padre, ese director de cine valenciano tan famoso… Esta memoria no me deja recordar su nombre.

       Apenas un mes más tarde, un día mi abuelo no se despertó. Apareció muerto en su cama, haciendo de su fallecimiento el único acto discreto de su vida.

       Ese mismo día, recogí dos cartas a su nombre de nuestro buzón. Cuando abrí la primera, me quedé estupefacta: el Instituto Luis Vives había admitido la documentación presentada y me citaba para matricularme.

       La otra no fue menos sorprendente. Citaban a mi abuelo para juicio por los insultos proferidos a un adolescente menor de edad en la cola del Luis Vives. Recordé lo que le había gritado y me reí. Austrohúngaro. Genio y figura.

Disfrutar: sin mis tacones ni mi toga


              No todo es trabajar. O, mejor dicho, no todo es trabajar en aquello que supone un medio de vida. Ya en su día la protagonista de Flashdance dejaba las herramientas de soldar para disfrutar bailando, y otro tanto hacían los del Fiebre del sábado noche. Y no vamos a ser menos.

En nuestro teatro, cada cual es de su padre y su madre, pero vivimos más mundos que el de Toguilandia. En su día, ya conté mi tránsito del tutú a la toga y hoy me apetecía contar el trayecto inverso. El de la toga al tutú.

Desde hace tiempo, mi vida ha añadido un nuevo componente a los juzgados y los libros. He vuelto a la danza, a esa práctica que tantos ratos felices me ha regalado y tantos me sigue dando día a día. Podría guardármelo para mí, pero creo que pecaría de egoísta. Algo que me hace tan feliz merecía ser compartido para dejar a un lado, por un día, quejas y reivindicaciones, que nunca viene mal.

Hace tiempo compartí un pequeño vídeo donde evolucionaba con mis zapatillas de punta, rescatadas -metafóricamente, porque son nuevas- del cajón del olvido. Mis pies tenían memoria y en cuanto me calcé las zapatillas, las amé con esa mezcla de disfrute y dolor que es el ballet. Como dije entonces, ni soy una prima ballerina ni mi cuerpo es el de una modelo veinteañera. Ni falta que me hace. Y creo que es bueno saber que ni el ballet ni el deporte, ni nada de lo que nos guste acaba a los veinte, ni a los treinta. Porque la danza no tiene edad, aunque lo tenga el cuerpo que lo practique.

No hace mucho me presenté a un concurso, junto con mi compañera, que también habita Toguilandia cuando no baila. Doblábamos, y hasta triplicábamos, la media de edad. Pero me atrevo decir que también triplicamos la ilusión. Y así lo supo ver la gente en cuanto se abrió el telón. Nos llevamos la mayor ovación, además de un premio, que siempre se agradece. Y todavía me recorre un escalofrío cuando recuerdo la sensación, tanto tiempo olvidada, de encontrarme en un escenario frete a unas butacas llenas de público.

Estoy segura de que habrá quien piense que algo así es improcedente a mi edad. Incluso tuve mis dudas sobre si compartir alguna imagen. Pero la reacción de mucha gente al ver esas fotografías y vídeos me ha hecho reflexionar, y mucho. No han sido una ni dos las personas que me han alabado por lo que escribo, por mi trabajo, pero, sobre todo, por dar esa cara humana al compartir mis evoluciones en clase. Soy, además, doblemente afortunada porque es mi hija, a quien yo inculqué el amor a la danza, la que hoy es mi profesora, convertida en la profesional que yo nunca llegué a ser.

Siempre he disfrutado con cualquier tipo de baile, desde el académico hasta el que se baila en verbenas y discotecas. Aunque lo que más disfruto es el ballet, también practico danza contemporánea y, últimamente, folklore valenciano. Y cualquier día me arrancaré por el claqué, el flamenco o la salsa, que no se diga.

A mí el ballet me aportó disciplina, gusto por la música, cultura, y una espalda a prueba de oposiciones gracias a una educación postural que nunca he perdido. Creo que tampoco he perdido a las mariposas que más de una vez y sin poder evitarlo, conducen a mis manos mientras hablo.

Por supuesto, no voy a invitar a todo el mundo a practicar ballet. Pero sí a encontrar tiempo para hacer aquello que tanto nos gustaba y dejamos aparcado. O aquello que nunca llegamos a hacer por falta de tiempo o de oportunidades. Aprender corte y confección, tocar la guitarra o el trombón de varas, tejer con bolillos, actuar en el teatro o practicar cualquier deporte. Querer es poder. No seremos la Pavlova, ni Messi, ni Margarita Xirgu, pero seguro que somos más felices. Y esa felicidad se transmite a nuestro trabajo y a nuestra vida diaria. Estoy segura de que hacer las cosas que nos hacen disfrutar nos convierte en mejores profesionales. Es más, creo que el justiciable lo notaría, y lo haría para bien.

Y sí, ya sé que el tiempo es oro y que no siempre se encuentra. Pero busquémoslo. Seguro que no nos arrepentimos. Y si no nos gusta, siempre estamos a tiempo de cambiar de palo. Ya dice el refranero, tan sabio, que nunca es tarde si la dicha es buena. Y no seré yo quien lo contradiga.

Así que hoy daré mi aplauso al ballet. Y a la guitarra, la flauta travesera, en encaje de bolillos, el buceo o el hockey sobre patines. A cualquier cosa que nos haga felices. Porque pocas cosas hay más bonitas que compartir felicidad. Aunque suene cursi

Colores: para gustos.


         Según un conocido dicho popular, para gustos, los colores. Y aunque algo hay de eso, no es oro todo lo que reluce. Los colores no solo dependen de los gustos sino del valor que les asignemos o la idea con la que lo relacionamos, como tan bien nos mostraba la película Del revés, donde la alegría, la ira o la tristeza tenían un color preasignado. Y es que los Colores no siempre son lo inocentes que parecen, sino que pueden dar mucha más información de lo que creemos. Pensemos, si no, en el abrigo rojo de la niña de la Lista de Schindler o por qué The Artist se rodó en blanco y negro.

En nuestro teatro, también el color puede tener más influencia de lo que en principio parece. En la Ciudad de Justicia de Valencia, sin ir más lejos, se dividieron las zonas por colores. El rojo para la jurisdicción penal, el azul para los juzgados civiles y el amarillo para los temas laborales. Recuerdo que en Twitter comentaba un abogado que se ponía la corbata a juego con la zona y, por ende, con la jurisdicción. Y es que, como decía, para gustos, los colores.

¿Por qué se eligieron estos tonos y no otros? ¿Responde a alguna razón concreta, o al mero azar? La verdad es que lo ignoro, aunque una siempre tiende a pensar que el rojo, que inmediatamente conduce a evocar sangre y pasión, se pensó que era el color adecuado para esos asuntos que yo llamo de sangre, sexo y vísceras y que a mí personalmente tanto me gustan. Lo del azul y el amarillo, ya no sabría decir, aunque seguro que quien lo diseñó algo tendría en la cabeza para llegar a esa conclusión.

De todos modos, nada es inmutable y no son colores todo lo que reluce. De un lado, porque las necesidades de espacio han hecho que los Juzgados de lo mercantil tengan que quedarse en esa zona rojo pasión que tan poco parece corresponderles y que los de lo contencioso compartan color con sus colegas sociales y civiles. De otro, porque en Toguilandia somos como somos, y no nos vamos a poner un marchamo de alegría así nos maten. Así que, que se olvide quien estuviera imaginando un edificio lleno de colores, porque estos solo los verá en los directorios, y en el número indicador de la planta correspondiente, junto a los flamantes ascensores de cristal. El resto es tan gris y aburrido como es tantas veces la Justicia.

Aunque los colores no solo afectan a los edificios. También existe un código no escrito en las pegatinas con las que nos advierten algunas cosas inaplazables de determinados expedientes, a las que ya dedicamos un estreno. Las causas con preso, o las urgentes por otros motivos tienen que ser necesariamente rojas, como la alerta de los semáforos. Los posits, que también tuvieron su estreno y que siguen siendo imprescindibles, siguen siendo amarillos en su mayor parte, no sé si por casualidad o por asociación al ámbar de precaución de los mismos semáforos. Y el verde, que suele identificarse con paso libre, no se utiliza apenas, que cada cual saque sus propias conclusiones. Tal vez por eso sobran siempre tantos bolis bic verdes en las cajas de material.

Las carpetillas de fiscalía también se impregnan de alguna manera de ese código de colores, y aunque mayoritariamente son de un neutro blanco o amarillo, creo que es por razones prácticas: no hace tanto escribíamos los extractos sobre ellas, a mano, y leer sobre una superficie de color hace doblemente difícil el trabajo de interpretación del manuscrito que a veces, ni con piedra Rosetta se desentrañaba del todo. No obstante, en algunas cosas se notan los cambios. En mi fiscalía, por ejemplo, las carpetillas para los juzgados de violencia son rosas para los asuntos civiles y moradas para los penales, con las connotaciones que ambos colores tienen. Y las carpetillas civiles son azules, a juego con los paneles indicadores de esa jurisdicción.

Lo que nunca he acertado a adivinar es con que criterio deciden en cada juzgado el color de las cartulinas de sus expedientes. Generalmente, hay un color por tipo de procedimiento, según esté en Diligencias Previas, o ya se haya transformado a Juicio por Delito Leve, procedimiento Abreviado o sumario ordinario, cada cual con su color propio. Eso, que facilita la faena cuando se despacha siempre el mismo juzgado, puede llegar a volvernos tarumba como haya un cambio o una equivocación al poner la carátula. Y puede parecer una tontería pero es así. De hecho yo, que no es que sea la persona más ordenada del mundo, me ordeno los asuntos por colores. Que nada tienen que ver en este caso con los gustos, por más que lo diga el dicho.

Hay otros casos en que los colores los aportamos desde fuera del material de Toguilandia. Se nos ponen las mejillas – la cara entera- rojas cuando pasamos vergüenza o alguna situación abochornante, sea a una u otra parte de estrados. O nos ponemos también rojo de ira cuando los planetas se alinean para que todo nos salga mal. Y palidecemos, pasando del blanco folio al azul, cuando nos encontramos con una situación inesperada ante la que no sabemos qué hacer. O cuando estamos tristes, como el gato de la canción de Roberto Carlos.

A estos códigos de colores hemos de sumar los que por convención tienen algunas materias o ámbitos, como el arco iris del colectivo lgtbi o el violeta de la lucha contra la violencia de género. Temas ambos que han sido objeto de varias de nuestras funciones.

En definitiva, que la elección de colores no siempre es tan inocente ni depende tanto de los gustos como se cree. Pero, en cualquier caso, el aplauso hoy se lo daré a quienes los usan para borrar en la medida de lo posible de nuestras vidas ese gris que a veces pesa tanto en el ánimo. Gracias

Trastornos de conducta alimentaria: testimonio


Hoy en Con Mi Toga Y mis Tacones adelantamos un día la fecha de estreno porque tenemos una invitada muy especial. . Hoy, 2 de junio, es el día de lucha contra los transtornos de la conducta de la alimentación y alguien a quien quiero y respeto se ha puesto en contacto conmigo proponiéndome que sirviera de vehículo a su experiencia. Y claro, no solo le he dicho que sí sino que la quiero y la respecto todavía más.

Celia ha compartido su período de prácticas conmigo, y he sido enormemente afortunada de tenerla a mi lado. Como ella y su compañera Sara dicen, yo soy mamá pato y ellas mis patitas. Y hoy sy una mamá pato especialmente orgullosa. Podría decir que el patito feo se convirtió en cisne sino fuera que el cisne siempre estuvo ahí.

Aquí os dejo la experiencia de Celia y el dibujo de @madebycarol para ilustarla. No creo que deje indiferente a nadie. Pero no dejéis de compartirla, es posible que estemos salvando vidas. O mejorándolas, como Celia ha mejorado la mí desde el mismo momento en que se empeñó, por tierra, mar y aire, en hacer el Practicum conmigo. Ni que decir tiene que el aplauso hoy es para ella

Qué rápido pasa cuando no te estás dando cuenta”


Hace casi un año que empezó toda esta aventura, o pesadilla a la que puedo llamar TCA.
Es curioso como funciona la mente, pero lo más curioso es el cuerpo. Hace unos meses ni
siquiera sabía lo que era somatizar.
Pues bien, para los que no lo sepáis, el cuerpo reacciona de formas muy distintas frente a
los sentimientos que tenemos y acumulamos por dentro. Algunos lloran, otros tienen
problemas de piel, otros con su vello, y en otras ocasiones los problemas emocionales se
convierten en problemas con la comida.
Todo esto para variar de la mano de un diagnóstico de depresión y de ataques de ansiedad
constantes.
Y empieza la aventura a la que más le temes, no te puedes explicar como has pasado de
ser una de las personas más feliz y vital de este mundo a convertirte en una sombra más,
que toma más medicamentos y pastillas que una farmacia.
No comprendes como algo que siempre has apreciado se convierte en una lucha interna
cada día, como cada comida se ha convertido en una discusión con tu familia, como un
plato te asusta más que la muerte y como lloras cada día por lo vacía y rota que te sientes
por dentro.
Empiezan los psicólogos, los psiquiatras, las preguntas, el esconderte y el fin de la vida
social. Empiezas a tener que dejar a un lado todo aquello que te hacía feliz, porque tan solo
un paso en tu vida puede llegar a matarte. Porque te pasas más horas en urgencias por las
veces que te has desmayado, que en un bar con tus amigas.
Empiezan las pérdidas de memoria, la caída del cabello, las capas de ropa térmica incluso
en pleno marzo, la pérdida de la regla y la ropa grande.
Y te preguntas constantemente, como ha podido pasar esto, pero sobre todo, como no he
podido darme cuenta de lo que estaba pasando y como no he podido pedir ayuda.
Y me reitero, que peligroso es somatizar, que peligroso es sufrir algo que te rompe por
dentro en un momento puntual de tu vida y ser incapaz de contarselo a la gente que te
quiere, porque cuando no cuentas un problema o una preocupación puede acabar
derivando en algo tan serio como esto.
Quién me iba a decir, que el fallecimiento de mi abuela, la persona que más quería en este
mundo iba a venir acompañado del peor año de mi vida, un año en el que la mitad de mis
recuerdos no existen, en los que pilotaba una persona que no era yo. En los que era una
cáscara vacía que se dejaba llevar por el viento. Porque alejar a mi familia y amigos era lo
mejor que podía hacer por ellos.
Un año en el que todo era sentimiento de insuficiencia, en los que no tenía ganas de comer,
o incluso de levantarme de la cama.
Esta enfermedad me ha traído tantas cosas malas.
Hace poco me preguntaron, que si alguna vez me había planteado si quería volver a estar
así de delgada. Porque claro antes de empezar la recuperación, tantísimas personas me
dijeron lo guapísima que estaba y lo delgada y estupenda que me había quedado. Que
pena que no supieran que detrás de ese cuerpo tan bonito que ellos veían había una
depresión de caballo, un sentimiento de soledad y una persona rota por completo.
Y obviamente mi respuesta es clara, JAMÁS en la vida volvería a permitirme a mi misma
estar en la situación en la que empecé esto. No sólo porque he aprendido a exteriorizar mis
problemas y mis sentimientos sino, porque esta enfermedad me ha costado la vida. Y no
solo la mía.
Esta puta enfermedad ha tenido a toda mi familia llorando delante de una báscula, ha tenido
a todos mis amigos llorando cada vez que me abrazaban, ha tenido a mi abuelo
apoyándome y tocándome en la espalda mientras lloraba delante de una tortilla francesa. Y
ha tenido a toda la gente que me rodea preocupada por mí.
Es importante que un TCA no solo afecta al paciente sino también a su entorno y seres
queridos.
Porque pasé de ser un torbellino de energía a ser la persona con menos luz de este mundo,
porque acabó temporalmente con mis sueños, y con mi vida social.
Vivía en una constante línea roja que significaba que tu vida corre peligro, donde cada
miércoles tienes que subirte en una báscula, donde te hacen preguntas.
No podía durante un tiempo ni siquiera salir de casa, tenía prohibido entrar a la cocina, cada
gramo de la comida se pesaba, no te levantabas hasta que se acaba el último grano de
arroz del plato, y cada visita al médico era un nuevo medicamento para la lista.
También podría decir que esta enfermedad me ha traído cosas buenas, para ser concretos,
me ha hecho ver la maravillosa familia que tengo, lo increíbles que son mis amigos, que han
celebrado cada logro y me han apoyado en cada recaída. Y el novio de 10 que tengo a mi
lado, que ha pasado horas y horas en mi sofá en la época que no podía ni moverme, ha
seguido cada pauta de cocina que le han dado y me hace sentir querida y preciosa cada día
del año.
Y es que qué curioso, cuanto aprendes con estas cosas, te das cuenta de lo importante que
es la vida, lo bonita que es y lo mala que es esa nube que no te deja ver las cosas como
son.
Yo he sido capaz de quitar esa nube de mi cabeza, hay días en los que vuelve, como es
normal, pero ya están las personas que me quieren alrededor para hacer que se disipe lo
más rápido posible.
Con esto quiero darle la visibilidad que se merece a una enfermedad tan tabú. Qué poco se
habla de ella y que importante es, porque jolin cuanto daño puede hacer a cualquier
cabecita inquieta.
No me avergüenza ni la cantidad de medicamentos que me tomo al día, ni lo grande que me
viene la ropa en algunas ocasiones, ni tener que comer con un tenedor especial, ni tampoco
reconocer que he tenido y puede que aún tenga depresión y un TCA.
Ayer la nutri me dijo que en septiembre me dan el alta, y lloré como una de las personas
más felices de este planeta, soy consciente de todo el camino que me queda por recorrer,
pero es una batalla que no estoy dispuesta a perder, porque mi vida y mi gente es
demasiado increíble y valiosa como para dejarlas marchar.
Porque soy físicamente una hormiguita que tiene dentro una leona que necesita ver mucho
mundo sola con una mochila y dar todo lo bueno que tiene dentro a los demás.
Y porque no me da la gana que algo tan pequeño pueda con una persona tan tan grande.
Y quiero acabar diciendo, que de verdad, un cuerpo o un sentimiento no merece tanto la
pena, que lo que está por fuera es tan solo la cáscara que esconde lo que realmente
importa.
No somos la piel que habitamos, mira tu cuerpo, no hay hogar como tú.
Todo lo que necesito existe ya en mí.
“gracias”

Mascarillas: sanseacabó (o casi)


Las mascarillas han dado mucho de sí. Todavía seguimos llevándolas en los últimos sitios donde aún es obligatoria: transporte público, centros médicos y farmacias. Los últimos de Filipinas. Pero hubo un tiempo en que marcaban la línea entre la vida y la muerte. Y por eso dieron tanto de sí, hasta para quienes aprovechan cualquier desgracias en su propio beneficio.

Hoy, desde nuestro teatro, les diremos adiós como toca, con un relato que, una vez más, pretende hacer reflexionar además de conmover. Ojala lo consiga

MASCARILLAS

Aquella era la última caja que quedaba. Cuando se hizo el pedido, nadie pensaba que fuera a pasar lo que pasó. Solo uno de los médicos más veteranos del hospital advirtió, cuando llegó el primer paciente de esa “gripe rara”, que aquello podía ser más gordo de los que imaginaban. Pero nadie le hizo caso. Le tacharon, una vez más, de “viejo chocho” y hubo incluso quien dijo que haría bien en pedirse la jubilación anticipada y retirarse.

Y, de repente, ya no había remedio. El que todos habían tildado de “viejo chocho” pasó a considerarse un visionario, aunque eso no le sirvió de nada cuando su cuerpo acabó por dar la razón a sus predicciones. Un poco de tos, otro poco de fiebre y esa sensación de ahogo que le oprimía el pecho fue lo último de lo que fue consciente antes de convertirse, oficialmente, en el primer médico contagiado de Covid 19

Mientras permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos de su propio hospital, haciendo de funambulista en el alambre que separaba la vida de la muerte, se desataba el caos que él predijo. Su hija, en medio de la tragedia, todavía fue capaz de bromear con ello

  • Tenéis suerte de que papá esté inconsciente. Si no lo estuviera, estaríamos oyendo a cada rato eso de “os lo dije”. Y lo tendríamos merecido

Su hija Lía trabajaba como residente en el mismo hospital que él. Ahora se arrepentía mucho de haberse unido a la masa de compañeros que tildaban a su padre de alarmista. Y no hacía más que rezar a todos los dioses de mundo para que su padre saliera adelante y poder pedirle perdón. Jamás pensó que anhelaría escuchar una bronca suya, pero lo deseaba como ninguna otra cosa.

Pensaba en ello mientras trataba de distribuir la última caja de mascarillas a la espera de que llegara el siguiente envío. Se habían convertido en un bien escaso, casi en un objeto de lujo.

Miró la procedencia. Tenía una leyenda con caracteres chinos, o eso le parecía, aunque no sabía nada de caligrafía oriental. Se preguntaba quiénes habrían fabricado esas mascarillas, y si lo habrían hecho antes de que estallara la pandemia mundial, esta hecatombe horrorosa que solo su padre había podido anticipar

Ella no podía saberlo, pero esa caja de mascarillas fue la última que se hizo en un taller clandestino de una superpoblada ciudad china. Cada día, acudían Li, de quince años, y su hermana pequeña, y pasaban más de catorce horas en un claustrofóbico local sin ventanas, donde se sentaban ante sus máquinas de coser para fabricar mascarillas. Li, que era mayor, ya había pasado al equipo de las trabajadoras que cosían las partes importantes, y se dedicaba a terminar aquellos rectángulos con pliegues de color verde claro, uno tras otro, uno tras otro. Su hermanita, sin embargo, se limitaba a poner las gomas. Todavía no había “ascendido”.

Cuando les dijeron que no deberían volver más, Li se enfadó mucho. Sabía que su trabajo era necesario en casa, y que no se podían permitir estar varias semanas sin cobrar porque, desde luego, un taller como el suyo no les daba derecho a nada. Simplemente, no existían. Si hubieran existido, su actividad se hubiera considerado esencial y habrían podido seguir con su actividad, pero no era el caso. La fábrica tenía una parte “legal” en la planta baja, y esa es la que continuaría. Las trabajadoras del sótano se quedarían en el limbo. Ahora que eran frecuentes las inspecciones, no podían permitirse que descubrieran aquel secreto que albergaban las tripas de la fábrica.

Así es como lo que hasta entonces había sido el taller en que trabajaban Li y su hermana, junto con muchas niñas más, volvió a convertirse en el almacén de la fábrica, lo que siempre había sido “oficialmente”. Y allí se quedó la última caja de mascarillas en la que habían trabajado.

Quiso la casualidad que aquella última caja fuera también la última que quedaba en el hospital en el que trabajaban Lía y su padre. Lía estudió Medicina porque siempre admiró a su padre, pero ahora lo admiraba más que nunca. Solo lamentaba no habérselo dicho más veces y esperaba que no fuera tarde para enmendar su error.

Mientras el padre de Lía se aferraba a la vida a través de un respirador ignoraba que, a muchos kilómetros de allí, la hermanita de Li mantenía la misma lucha a miles de kilómetros de allí. La niña, que siempre había tenido problemas de asma, fue la primera de la casa en caer y su familia esperaba que fuera la única. No se podían permitir otra persona enferma en la casa, donde ya había otra persona de riesgo, su madre, también aquejada desde niña por una enfermedad respiratoria. Por suerte, Li, el día en que se les despidieron de la fábrica, se hizo con un paquete de mascarillas para proteger a su familia, que las llevaba hasta para estar en casa.

Lía, en el otro extremo del planeta, también se había abastecido de unas cuantas mascarillas antes de que todo estallara. Su padre se había puesto tan pesado con el tema que acabó por hacerle caso y llevar una caja a casa, donde temían mucho que la abuela se contagiara. Por eso, también Lía estaba siempre en casa con la mascarilla puesta. No se perdonaría que su querida abuela enfermara por su culpa. Ya tenían suficiente con lo de su padre.

Lía era afortunada. Podía ver a su padre, al menos de vez en cuando. Era la única persona de la familia que podía permitírselo, aun con todas las precauciones, debido a su trabajo. También su padre era de los pocos pacientes afortunados que podían recibir, aunque fuera en esas condiciones, la visita de su hija. Fue ella quien empezó, para hacer una visita a su padre, la última caja de mascarillas, esas mascarillas que, a muchos kilómetros de distancia, habían fabricado unas niñas que pisaban su taller clandestino por última vez

Li, sin embargo, no tenía tanta suerte. Aunque estuviera bien provista de mascarillas, no podía visitar a su hermana. Sabía de ella por los partes periódicos del hospital y seguía temiendo por su vida. Li la echaba tanto de menos que se sentía como si le hubieran arrancado un trozo de sí misma.

Aunque parezca mentira, Lía sentía exactamente lo mismo que aquella niña china a la que no conocía de nada. Y, como ella, cada noche se acostaba con la esperanza de que el nuevo día trajera buenas noticias. Y así un día tras otro, mientras las últimas cajas de mascarillas, en uno y otro extremo del mundo, se iban agotando.

Cuando le dieron la noticia, Lía no podía creerlo. Tampoco podía creerlo Li cuando le dieron el parte esa mañana.

El padre de Lía ya no necesitaba el respirador. Pronto sería trasladado a planta, hasta su completa recuperación. Lo peor había pasado

La hermana de Li tampoco necesitaba ya el respirador. Pronto sería incinerada, cuando el colapso en las funerarias lo permitiera. Le había pasado lo peor.

Cuando todo aquello terminó y llegó el momento de traducir el horror en cifras, el padre de Lía pasó a formar parte de la maravillosa estadística de personas que había superado la enfermedad. Sus compañeros y compañeras del hospital le habían hecho un recibimiento lleno de cariño y aplausos cuando, superada la pandemia, volvió a incorporarse a su puesto de trabajo de siempre. Aquella última caja de mascarillas ya se había agotado hacía tiempo, pero ya no existía ningún problema de abastecimiento, a pesar de que, como siempre, las usaban continuamente.

La hermanita de Li, por el contrario, nunca formó parte de ninguna estadística oficial. Su muerte, como otras muchas en su tierra, no fue computada, y su hermana tuvo que ir, casi a hurtadillas, a hacer cola para recoger la urna con sus cenizas. En su casa recibieron aquella urna en silencio, y en silencio le hicieron un homenaje porque no estaban permitidas manifestaciones públicas de duelo. De nada les sirvieron las últimas mascarillas fabricadas por aquella niña que ya no estaba allí

No obstante, aquellas no fueron las únicas mascarillas que fabricó Li. Cuando pasó lo más grave y las cosas volvieron a ser casi como antes, la llamó su antiguo jefe. Le ofrecía la posibilidad de volver a tener un trabajo frente a la máquina de coser con la que elaboraba mascarillas. Le hubiera gustado negarse, decir que aquellas condiciones eran indignas, que había perdido a su querida hermana y no estaba dispuesta a acabar ella misma igual, pero no podía permitírselo. Con la educación que le habían enseñado desde pequeña, Lí le agradeció a su jefe que contara con ella y dijo que acudiría al día siguiente. En ningún momento le preguntó aquel hombre por su hermana.

Cuando llegó a la fábrica, se llevó la mayor sorpresa de su vida. Habían sido tapiadas las escaleras que conducían al taller del sótano, y cegada la minúscula puerta clandestina por la que ella y su hermana entraron tantas veces. Ante su asombro, fue su propio jefe quien la condujo a su nuevo puesto de trabajo, una mesa con una máquina de coser justo al lado de la ventana que daba a la calle. Cuando llegó, sus compañeras le dieron el aplauso más largo que Li había escuchado nunca. Un aplauso que sabía que no le pertenecía a ella, sino a su hermana.

Lía se quedó mirando la nueva remesa de mascarillas que les habían llegado. No sabía por qué razón, le llamó la atención que, aunque parecían iguales, no lo eran, La leyenda en caracteres orientales era diferente. Si Lía hubiera podido leerla, hubiera sabido que era la garantía de que esas mascarillas habían sido fabricadas con estricto cumplimiento de todos los derechos laborales.

El tiempo pasó y llegó el momento en que el padre de Lía se jubilaba. Lo hizo a regañadientes, porque amaba demasiado su trabajo como para abandonarlo de una manera voluntaria. Su hija Lía le organizó una despedida por todo lo alto, en el mejor restaurante de la ciudad. Costó mucho guardar el secreto para preservar la sorpresa, porque su padre siempre había sido muy bueno para anticiparse a las cosas, pero lo consiguieron.

Cuando entraron, una camarera les sirvió un par de copas de cava mientras el resto de familia, personal del hospital y amistades varias, aparecían como de la nada gritando “¡¡¡¡Sorpresa!!!!”

El ignoraba que aquella joven camarera de rasgos orientales era la misma muchacha que, con solo catorce años, había fabricado las mascarillas con las que su hija pudo entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos a visitarle. Aquella última caja de mascarillas que guardaban como oro en paño y que nunca sabrían que fueron las últimas fabricadas en aquel taller clandestino.

Tampoco sabría nunca que aquella chica, escrupulosa donde las hubiera, siempre preparaba la comida provista de mascarilla, por si acaso. Una mascarilla proveniente de una fábrica donde ya nadie volvería a tener que sentarse a trabajar sin que se respetaran sus derechos.

Descendencia: seguir nuestros pasos


                La familia marca siempre. Marca, incluso más, la ausencia de ella, para quienes han tenido la desgracia de no conocerla. Y, cómo no, seguir los pasos que marcaron quienes nos precedieron es una elección de futuro, a veces voluntaria, a veces forzosa y, las mas de las veces una mezcla de ambas. Lo hemos visto en muchas series de sagas familiares, Dinastía, Los Colby, Falcon Crest, Dallas. Hijos o hijas que trataban de igualar o superar a sus progenitores y progenitores que no se resignaban a que sus vástagos no siguieran sus pasos. Y en el extremo más radical, la famiglia de son Vito Corleone, El padrino.

En nuestro teatro tenemos fama de endogámicos, de casarnos entre nosotros y convertir a nuestras criaturas en réplicas toguitaconadas de papá, mamá, o ambos. Una fama que no siempre responde a la realidad y que, además, ha sido injustamente criticada, teniendo en cuenta que a nuestros puestos de trabajo se accede por oposición. Nadie hereda la fiscalía o la judicatura, aunque bien que nos tranquilizaría poder dejar nuestro puestos a nuestros hijos como ocurre en las empresas familiares. Pero. Como mucho, podemos dejarles la toga, pero el derecho a usarla solo pueden ganarlo por sí mismos.

Como decía, lo de la herencia toguitaconada tiene más de leyenda urbana que de otra cosa. Es cierto que tengo compañeros y compañeras que tienen un padre o una madre de la carrera, pero son una minoría. La mayoría aparecieron aquí sin ningún precedente familiar, incluso en algunos casos siendo los primeros en tener una carrera universitaria en su familia. Y, de otra parte, también es verdad que algunos hijos del gremio eligen entrar en nuestro teatro, pero también son legión quienes tienen aspiraciones distintas. Mis hijas, sin ir más lejos. Y, por supuesto, no todos los hijos e hijas de Toguilandia consiguen aprobar la oposición, aunque haya quien se empeñe en vender la mentira de que basta con el apellido para hacerse un huevo en este difícil mundo.

No obstante, tengo la sensación de que siempre tenemos que estar disculpándonos por nuestros orígenes o nuestras circunstancias. La endogamia, por ejemplo, se explica con facilidad. Habida cuenta que pasamos los mejores años de nuestra juventud encerrados entre cuatro paredes quemándonos las pestañas entre Códigos y apuntes, las posibilidades de conocer a alguien que se pueda convertir en nuestra pareja no son muchas. Salvo que el príncipe –o la princesa- azul se aparezca en la gasolinera o en el súper, lo más fácil es que tropecemos con él en el preparador, en la escuela judicial o en cualquiera de nuestros destinos una vez aprobados. Tan sencillo como eso.

Igual de sencillo que es entender que si unas criaturas ven en su casa a papá o mamá hablando de Derecho, se planteen al menos la posibilidad de seguir sus pasos. Como ocurre con médicos, farmacéuticos o maestros. Pero en su caso parece lo normal y en el nuestro se critica. La otra posibilidad es que salgan disparados en la dirección más opuesta posible, claro está. Para gustos, colores.

Pero aun diré más. Todo el  mundo asume con naturalidad que el hijo o la hija de un empresario o un banquero herede la empresa familiar, para la cual no ha hecho más mérito que nacer en el lugar adecuado y el momento adecuado y aprovechar, en su caso, la formación que hayan podido darle. En cambio, en nuestro caso, a pesar de que no hay más modo de acceder que una durísima oposición, sigue campando la sospecha. Como si los hijos de magistrados o fiscales no fueran capaces de aprobar la oposición por si solos. Y ese es un mensaje que me indigna, porque se sigue repitiendo el manta de que en esta carrera todo el mundo tiene apellido compuesto y relacionado con el derecho por más que esté probado que en las últimas promociones más de un 80 por ciento son de familias totalmente ajenas a Toguilandia

Ser como papá o mamá es una aspiración que todo el mundo ha tenido alguna vez. Luego, se les pasa. O no. A mi hija pequeña, por ejemplo, lo único que le debemos haber transmitido es que esto es aburridísimo y da mucho trabajo. O, lo que aun es peor, que tiene una madre una tanto chalada porque se emociona si habla de asesinatos o puñaladas. De todo hay en la viña del señor.

No me extenderé más por hoy. El aplauso lo daré por igual a quienes siguen y a quienes no siguen la senda paterna, siempre que estén recorriendo su propio camino. Si no es así, que lo repiensen. Antes de que sea tarde

Cámara café: lo que el ojo no ve


         Hace unos años, tuvo gran éxito una serie de televisión cuyos protagonistas eran los trabajadores de una empresa y cuyas escenas se rodaban exclusivamente en el momento en se encontraban ante la máquina de café de la oficina, haciendo lo que llamamos un kit kat, o un receso. La serie tuvo tanto éxito que se ha convertido en película , Cámara café, y sus intérpretes cimentaron carreras que hoy están consolidadas. Y es que la máquina de café daba para mucho.

En nuestro teatro también contamos con esos ratitos. Ya hablamos en otros estrenos de los ratos muertos y de los recesos pero en este caso no se trata exactamente de eso, aunque tenga mucha relación. Se trata de saber, o de imaginar, que veríamos si ante la máquina de café hubiera una cámara que lo inmortalizase todo. Aunque luego quisiéramos que se nos tragase la tierra.

Lo primero que hay que destacar es que las máquinas de café, o de lo que quiera que sea el brebaje que venden, son el lugar más democrático de Toguilandia. Por ellas pasa, sin distinción de togas ni puñetas, cualquiera que quiera o necesite chutarse una dosis de cafeína extra. Y si, además, no está en las dependencias de acceso exclusivo para trabajadores, todavía se democratizan más. Teóricamente, podría estar sacando un café el juez junto al presunto delincuente al que ha de juzgar en un rato, con lo violento que puede resultar.

La verdad es que yo, que soy bastante aficionada a la dichosa maquinita, nunca me he encontrado en ese caso, aunque sí he coincidido con algún miembro del jurado que estaba juzgando el juicio en el que yo estaba interviniendo. Y no deja de ser curiosa nuestra reacción: un “hola” en voz bajita, un mirar hacia otro lado, y un silencio incómodo en el que los minutos se hacen eternos. Ni siquiera puedes salir del paso con una de esas conversaciones de ascensor que versan sobre si va a llover o hay una ola de calor, por si las moscas, no vaya a creer alguien que estás contaminando el futuro veredicto.

Confieso que estoy enganchada a una de las opciones de la máquina llamada “café irlandés”, que poco tiene que ver con el exquisito combinado del mismo nombre. Ni nata, ni whisky, ni granito de café de adorno ni nada. Se trata de cortadito de café con leche con un poquito de esencia que, eso sí, huele muy bien, como si Juan Valdés y Johnny Walker se hubieran aliado para hacer más llevadera la mañana. Más de una vez he visto alguna cara extraña o algún conato de cuchicheo cuando paseo mi brebaje oloroso en el medio metro de espacio del ascensor. A buen seguro que alguien se pregunta que hace la borrachilla de la fiscal pimplando de buena mañana. Y nada más lejos de la realidad, claro. Aunque a veces entren ganas

La cuestión es que delante de esas máquinas se desarrollan conversaciones de lo más variopinto. Desde las de pura cortesía, que empiezan por preguntar qué tal estás y acaban interesándose por el día de trabajo, hasta las más suculentas que cuentan algún asunto escabroso o un cotilleo digno del Hola. He presenciado encendidos debates políticos, dramas humanos y reencuentros inesperados. Y es que, aun estando en el mismo edificio, ahí pueden coincidir con  personas a las que no has visto en meses, incluso en años. Verdad verdadera.

En las máquinas a las que solo tenemos acceso el personal de Toguilandia, los temas oscilan entre lo personal y lo profesional. En ellas me he enterado, por mí o por alguna que ha estado allí, de alguna ruptura sentimental o de los líos en que se había metido tal o cual familiar. Y, por supuesto, he presenciado cómo ponían verde a algún compañero o compañera, o a jueces, fiscales o lajs pensando que no había moros en la costa. Y en esos casos mejor hacerse gotica de agua, como dice una buena amiga, y pasar desapercibida. Quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra.

Y para meteduras de pata sonadas, una que recuerdo de hace mucho tiempo, cuando en la misma máquina de café coincidía personal y público. Allí, mientras sacaba mi brebaje, escuché como un señor explicaba a otro lo que tenía que decir en juicio. “Tú dí que estabas delante, aunque no sea verdad”. Cuando entramos en la sala para celebrar un juicio de faltas de los de antes, y el amigo entregado reconoció a la mujer que estaba bajo la toga –o sea, yo- como la que había estado en la máquina de café, su cara fue un poema. Antes de empezar mi interrogatorio, le recordé que había jurado decir verdad y que el falso testimonio podía estar penado con pena de cárcel. Tras mi generoso acto de refrescarle la memoria, el señor respondió que no había estado en el lugar de los hechos y no sabía nada. Y entonces la cara que fue un poema fue la de su amigo el denunciado. Imagino que luego tendrían una conversación sobre los riesgos de hablar más de lo debido ante desconocidos. Y seguro que ya no lo hacían ante una máquina de café concurrida.

En otra ocasión pasó algo parecido pero no tuve tanta suerte. Uno de los cafeadictos decía a su acompañante  que, aunque lo había negado todo “le había dado una hostia al denunciante porque se lo merecía”. Lástima que no supe en qué juzgado celebraron tal juicio. Y tampoco supe nunca, por supuesto, el contenido de la sentencia aunque deseo de todo corazón que fuera condenatoria.

Y hasta aquí el estreno de hoy. El aplauso lo voy a dedicar a todas las personas que, co sus conversaciones de café, lo han hecho posible, aunque también a quienes se cuidan de que las máquinas funciones y estén a punto. Porque yo no puedo vivir sin mi cafetito a media mañana

Despistes: no tengo remedio


El despiste es algo que exaspera a quien lo presencia y desespera a quien lo padece. Aunque a veces produce una hilaridad más que considerable. Y ahí, por supuesto, aparece un verdadero filón para el cine. Desde el estereotipo del sabio despistado de El profesor chiflado o los viejecitos y encantadores catedráticos de Bola de fuego a títulos que dejan tan poco lugar a dudas como Despistadas o Despiste ministerial, el despiste y sus consecuencias suele dar buenos resultados. Menos, claro está a quien lo sufre. Pero eso es otro cantar.

En nuestro teatro el despiste es tan habitual como en el resto de ámbitos. Aunque las consecuencias puedan ser a veces peores. Pensemos en que se nos pase por alto un señalamiento o el plazo para presentar un recurso porque nos hayamos confundido de día o de hora. Porque pasar, pasa. Y también pasa en el otro sentido: más de una vez me he encontrado con que las partes están citadas para el mismo juicio a horas y hasta en días distintos porque alguien se despistó a la hora de enviar o emitir las citaciones. Y la rabia que da.

La verdad es que yo compito con ganas al trofeo de despistada toguitaconada del año. O del siglo. Ya conté en el estreno dedicado a la vergüenza aquella ocasión donde pasé la mañana con unza zapato de cada modelo y color y, lo pero de todo, sin darme cuenta hasta la hora de volver. Y eso es solo una muestra de algo que me pasa desde pequeñita. Y cada vez que pienso que lo he controlado, pasa algo que me recuerda que no, que mi despiste genético sigue ahí.

El otro día había conseguido cita para renovarme el pasaporte, y estaba pletórica porque no está nada fácil conseguirlo. Pues cuál no sería mi decepción cuando, armada y pertrechada del correo electrónico que me confirmaba la cita previa y tras reclamarle al policía porque no aparecía en la lista del día, me indicó que si leía bien vería que mi cita era para el día anterior. Y lo pero no es que yo leyera mal, sino que vivía con un día de retraso en el calendario. Es decir, que estaba convencida que estábamos a martes cuando ya estábamos a miércoles. Y, como castigo, tuve que volver a pedir cita, y a día de hoy aún no lo he conseguido. Todo por mi proverbial despiste.

Como decía antes, lo de confundirse con los señalamientos es uno de los grandes riesgos de quien padece este desajuste, y sus consecuencias pueden ir desde el desastre más absoluto por no haber ido cuando se debía, a las risas más desaforadas por exactamente lo contrario. Todavía se ríen de mí quienes presenciaron uno de mis momentos gloriosos. Bajaba yo, con mi toga a mis tacones, a la sala de vistas, con algo de antelación por si las moscas o, traducido a términos toguilándicos, por si las conformidades y comprobé que allí no había nadie. Me felicitaba a mí misma por mi previsión hasta que empecé a mosquearme. Que, pasada la hora no estuviera ni siquiera el funcionario encargado de tener todo a punto era sospechoso. Pero que no estuviera el acusado, ni su abogado ni el de la otra parte era absolutamente inaudito. Permanecí un rato más por allí, paseando mi indignación por las salas colindantes y comprobando de paso si habían cambiado el lugar de celebración, pero nada. Así que llamé al juzgado con los brazos en jarras pidiendo explicaciones por lo sucedido y por aquel retraso inexplicable. Ni que decir tiene que los brazos se me bajaron de inmediato cuando me dijeron, conteniendo la risa, que el señalamiento era el día siguiente. Solo puede balbucear, disimulando mi bochorno, que menos mal que no era el anterior.

Pero el despiste no es exclusivo de los mementos togados. Hay otros que también tienen lo suyo. Tengo unas amigas que cada vez que recuerdan en qué consiste “hacer un María” se parten de risa. Y es porque les conté algo que me pasó y que, aunque me hizo pasar un mal rato en su momento, luego ha dado mucho juego. Tenía que hacer una charla, junto con otras ponentes, sobre las Sinsombrero, para lo cual cada una se había preparado una faceta de su entorno. A mí me tocó en el reparto, obviamente, el ámbito de la justicia, y hablé de ello, tal como me lo había preparado, con toda la solvencia y dedicación que pude. Pero a continuación alguien dijo que hablaríamos cada una de una mujer y que la mía era María Zambrano. Tras superar la sorpresa, comprobé que había olvidado leer la segunda parte del correo, donde se me asignaba tan ilustre autora. Y en ese momento me encontraba en una mesa, ante un atril y un micrófono en una sala llena de público y sin un triste apunte del que echar, Así que le eché valor y, entre lo que recordaba, lo que pude pillar en una ojeada fugaz a SanGoogle y mi cara dura, salí del paso, y lo hice empezando con una frase que se ha convertido en un clásico entre nosotras: María escribía como una mujer. Y, al fin y al cabo, tenía razón.

Y es que eso de dar ponencias y conferencias da mucho de sí. En otra ocasión, me encontré con que el tema que había preparado -los delitos de odio- nada tenía que ver con el que habían anunciado y para el que me pidieron la intervención, que era la trata. Menos mal que conozco el tema y pude salir del paso de un modo más o menos digno. De hecho, parece que ni se notó y que los espectadores quedaron contentos. Y yo, una vez pasado el apuro, más.

Aunque a veces no es mi despiste sino los hados informáticos los que provocan los desaguisados. En un Congreso mi presentación a power point se empeñó en desaparecer y tuve que hablar “a pelo” porque no tenía ni una nota escrita. Y creo que también saqué el tema adelante. O eso espero.

La verdad es que siempre creo que estas cosas no me volverán a pasar, pero vuelven Y cada vez que subo a un tren compruebo varias veces los datos. Porque las he hecho de todos los colores: desde presentarme un día antes hasta subirme en un tren distinto y aparecer en otra provincia. Y, por supuesto, un clásico, perder el viaje por haberme confundido de hora

Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que nadie se despiste a la hora de leerlo. Ni tampoco a la hora de dar el aplauso, que va destinado esta vez a todas las personas que han padecido mis despistes y los de cualquiera. Gracias por la comprensión y la paciencia, que tanto se agradecen

Y una vez más, la ovación extra es para @madebycarol, que siempre tiene una imagen adecuada para ilustrar mis palabras