Colores: para gustos.


         Según un conocido dicho popular, para gustos, los colores. Y aunque algo hay de eso, no es oro todo lo que reluce. Los colores no solo dependen de los gustos sino del valor que les asignemos o la idea con la que lo relacionamos, como tan bien nos mostraba la película Del revés, donde la alegría, la ira o la tristeza tenían un color preasignado. Y es que los Colores no siempre son lo inocentes que parecen, sino que pueden dar mucha más información de lo que creemos. Pensemos, si no, en el abrigo rojo de la niña de la Lista de Schindler o por qué The Artist se rodó en blanco y negro.

En nuestro teatro, también el color puede tener más influencia de lo que en principio parece. En la Ciudad de Justicia de Valencia, sin ir más lejos, se dividieron las zonas por colores. El rojo para la jurisdicción penal, el azul para los juzgados civiles y el amarillo para los temas laborales. Recuerdo que en Twitter comentaba un abogado que se ponía la corbata a juego con la zona y, por ende, con la jurisdicción. Y es que, como decía, para gustos, los colores.

¿Por qué se eligieron estos tonos y no otros? ¿Responde a alguna razón concreta, o al mero azar? La verdad es que lo ignoro, aunque una siempre tiende a pensar que el rojo, que inmediatamente conduce a evocar sangre y pasión, se pensó que era el color adecuado para esos asuntos que yo llamo de sangre, sexo y vísceras y que a mí personalmente tanto me gustan. Lo del azul y el amarillo, ya no sabría decir, aunque seguro que quien lo diseñó algo tendría en la cabeza para llegar a esa conclusión.

De todos modos, nada es inmutable y no son colores todo lo que reluce. De un lado, porque las necesidades de espacio han hecho que los Juzgados de lo mercantil tengan que quedarse en esa zona rojo pasión que tan poco parece corresponderles y que los de lo contencioso compartan color con sus colegas sociales y civiles. De otro, porque en Toguilandia somos como somos, y no nos vamos a poner un marchamo de alegría así nos maten. Así que, que se olvide quien estuviera imaginando un edificio lleno de colores, porque estos solo los verá en los directorios, y en el número indicador de la planta correspondiente, junto a los flamantes ascensores de cristal. El resto es tan gris y aburrido como es tantas veces la Justicia.

Aunque los colores no solo afectan a los edificios. También existe un código no escrito en las pegatinas con las que nos advierten algunas cosas inaplazables de determinados expedientes, a las que ya dedicamos un estreno. Las causas con preso, o las urgentes por otros motivos tienen que ser necesariamente rojas, como la alerta de los semáforos. Los posits, que también tuvieron su estreno y que siguen siendo imprescindibles, siguen siendo amarillos en su mayor parte, no sé si por casualidad o por asociación al ámbar de precaución de los mismos semáforos. Y el verde, que suele identificarse con paso libre, no se utiliza apenas, que cada cual saque sus propias conclusiones. Tal vez por eso sobran siempre tantos bolis bic verdes en las cajas de material.

Las carpetillas de fiscalía también se impregnan de alguna manera de ese código de colores, y aunque mayoritariamente son de un neutro blanco o amarillo, creo que es por razones prácticas: no hace tanto escribíamos los extractos sobre ellas, a mano, y leer sobre una superficie de color hace doblemente difícil el trabajo de interpretación del manuscrito que a veces, ni con piedra Rosetta se desentrañaba del todo. No obstante, en algunas cosas se notan los cambios. En mi fiscalía, por ejemplo, las carpetillas para los juzgados de violencia son rosas para los asuntos civiles y moradas para los penales, con las connotaciones que ambos colores tienen. Y las carpetillas civiles son azules, a juego con los paneles indicadores de esa jurisdicción.

Lo que nunca he acertado a adivinar es con que criterio deciden en cada juzgado el color de las cartulinas de sus expedientes. Generalmente, hay un color por tipo de procedimiento, según esté en Diligencias Previas, o ya se haya transformado a Juicio por Delito Leve, procedimiento Abreviado o sumario ordinario, cada cual con su color propio. Eso, que facilita la faena cuando se despacha siempre el mismo juzgado, puede llegar a volvernos tarumba como haya un cambio o una equivocación al poner la carátula. Y puede parecer una tontería pero es así. De hecho yo, que no es que sea la persona más ordenada del mundo, me ordeno los asuntos por colores. Que nada tienen que ver en este caso con los gustos, por más que lo diga el dicho.

Hay otros casos en que los colores los aportamos desde fuera del material de Toguilandia. Se nos ponen las mejillas – la cara entera- rojas cuando pasamos vergüenza o alguna situación abochornante, sea a una u otra parte de estrados. O nos ponemos también rojo de ira cuando los planetas se alinean para que todo nos salga mal. Y palidecemos, pasando del blanco folio al azul, cuando nos encontramos con una situación inesperada ante la que no sabemos qué hacer. O cuando estamos tristes, como el gato de la canción de Roberto Carlos.

A estos códigos de colores hemos de sumar los que por convención tienen algunas materias o ámbitos, como el arco iris del colectivo lgtbi o el violeta de la lucha contra la violencia de género. Temas ambos que han sido objeto de varias de nuestras funciones.

En definitiva, que la elección de colores no siempre es tan inocente ni depende tanto de los gustos como se cree. Pero, en cualquier caso, el aplauso hoy se lo daré a quienes los usan para borrar en la medida de lo posible de nuestras vidas ese gris que a veces pesa tanto en el ánimo. Gracias

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